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Siempre tendremos París

Maye Malfter

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Capítulo 3 - Quelqu'un m'a dit

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Yuuri despertó con un sobresalto.

Se incorporó sobre la cama, tomando una gran bocanada de aire que sus pulmones reclamaban. La habitación estaba a oscuras, pero la luz que se colaba entre las cortinas del ventanal delataba la mañana.

El mundo estaba borroso a su alrededor, y un poco movedizo también. Buscó a tientas sus anteojos, que consiguió sobre la mesita de noche. Sin miopía de por medio, la habitación seguía movediza, pero mucho más nítida.

Sentía la boca seca y los sentidos atontados. ¿Por qué estaba así? Todo lo que podía recordar era estar frente a la magnificencia del mirador más alto de la torre Eiffel, darse la vuelta y… Oh.

—¿Qué rayos hice ayer? —se dijo en voz alta, agarrándose la cabeza con ambas manos.

En un gesto reflejo miró a ambos lados de su cama matrimonial. Estaba solo; ningún Viktor (o signos de él) hasta donde alcanzaba su visión. Se puso de pie de un salto, abrió las cortinas de par en par y miró en derredor: sólo estaban sus pertenencias.

—¿El baño? —masculló para sí mismo. Cruzó la habitación de dos grandes zancadas, abrió la puerta del baño y entró. No había nadie dentro, tampoco signos de otro ocupante aparte de él mismo.

Soltó el aire, medio aliviado. Si no había evidencia, lo más probable era que su laguna mental no ocultara ningún incidente bochornoso y/o transcendente. Al menos, no dentro de su habitación…

¡Mierda!, pensó, palpándose la cara, el cuerpo, el pecho, sólo para darse cuenta de que estaba completamente vestido. Llevaba la misma ropa que se había puesto el día anterior, salvo los zapatos. Todo parecía estar en orden, todo en su lugar, aunque un poco arrugado por haber dormido con la ropa puesta.

Se acercó al lavamanos y echó abundante agua fría sobre su rostro. Una, dos, tres veces. Para espabilar. Para dejar de pensar en tonterías que no pasaron. Se miró al espejo y se obligó a calmarse, recordando por primera vez en lo que iba de mañana que estaba en un tour y que probablemente ya se había perdido el paseo del día.

Como respondiendo a sus preguntas mentales, alguien llamó a la puerta de la habitación. ¿Quizás era el guía del tour para avisarle que ya partían? No, era un tour libre, nadie iría a buscarle a menos que fuera por cuestiones más importantes que perderse un paseo. ¿Acaso hizo algo indebido estando borracho? Oh, dioses, por favor que no haya hecho el ridículo estando borracho.

Yuuri se colocó de nuevo sus anteojos, intentó peinar el rebelde y lacio cabello (evidentemente moldeado por las almohadas) y fue a atender la puerta. Quien estaba del otro lado lo hizo abrir los ojos de par en par.

Bonjour, monsieur. ¿Ordenó usted un desayuno continental?

Viktor estaba de pie en el umbral de su habitación, tan imponente como alto era. Llevaba una bandeja de desayuno entre las manos, surtida con lo que efectivamente parecía un desayuno continental: un par de tostadas con mermelada de fresa, jugo de naranja, café negro y un par de piezas de delicados dulces franceses.

—¿Viktor? —fue lo único que Yuuri logró articular. Una soberana tontería, pues nadie en su sano juicio podría confundir a ese hombre con alguien más. El mencionado simplemente le dedicó una sonrisa por encima del jugo de naranja.

—Buenos días, dormilón —saludó—. Espero hayas tenido buena noche. ¿Puedo pasar? Esto pesa más de lo que parece…

—Por supuesto, claro que sí. —Yuuri se apresuró a quitarse de en medio y Viktor pasó a su habitación.

Viktor colocó la bandeja sobre la cama y se giró sobre sus talones para seguir a Yuuri con la mirada. Yuuri cerró la puerta de forma pausada, sintiendo la mirada del otro sobre él incluso antes de darse la vuelta.

—Muchas gracias —dijo, camino a la cama, dándose cuenta de que su habitación era demasiado pequeña como para alejarse de Viktor más de dos metros a la vez.

—No hay de qué —respondió Viktor, sentándose a la orilla de la cama y cruzando las piernas en un gesto casual—. Supuse que te vendría bien algo de comida y bebida, considerando lo de anoche.

Yuuri hizo un gesto de dolor con su rostro, sin poderse contener. La duda, antes apaciguada, volvió a reptar como una serpiente en la boca de su estómago. Para su sorpresa, Viktor soltó una risotada.

—No pasó nada de qué avergonzarse, Yuuri, relájate —dijo sin dejar de sonreír—. Quería torturarte un poquito más, pero tu cara de mortificación habla más alto que Yakov cuando está enojado.

—No es gracioso —dijo Yuuri, sentándose del otro lado de la cama, junto a la bandeja de desayuno—. Bebí demasiado. Ni siquiera recuerdo cómo llegué a mi cama…

Yuuri contuvo el aire al decir aquello. No pretendía hacerlo. Por mucho que Viktor asegurara que nada embarazoso sucedió, lo cierto era que él no podría recordarlo ni aunque hubiera ocurrido. ¡Demonios! Ni siquiera recordaba haber dejado el restaurante.

Viktor lo miró con una ceja levantada, sugerente. Yuuri tragó con dificultad.

—Pues… con mucho esfuerzo. —Yuuri abrió mucho los ojos y Viktor volvió a reír, esta vez con ganas—. Tranquilo, no quise decir ese tipo de esfuerzo —explicó, mientras a Yuuri se le subían los colores a la cara—. Salimos del Jules Verne en un uber y te dormiste antes de cruzar la esquina. Prácticamente tuve que arrastrarte hasta aquí arriba. El de recepción te reconoció como cliente y me dio la tarjeta para abrir la puerta de tu habitación.

—De verdad lo siento —se disculpó Yuuri, con una inclinación de cabeza—. No debí beber tanto.

—No hay nada que sentir —desestimó Viktor a su vez—. Hace años que no me divertía tanto.

Yuuri sintió la mirada del otro recorrerlo entero, y las mejillas se le calentaron aún más. Carraspeó y dirigió su atención hacia el desayuno sobre la cama.

—Y… ejem… ¿qué me dijiste que hacías aquí arriba? —preguntó, llevándose una tostada a la boca.

—Estoy en una misión de rescate —dijo Viktor, lo que hizo que Yuuri subiera la mirada, extrañado—. Te rescataré de conocer el París que todos conocen —aclaró—. Vine a mostrarte mi Ciudad Luz. No has recorrido París de verdad hasta que la recorres con un asiduo visitante, y como me aburro estando por mi cuenta, prefiero hacerte de guía turístico. ¿Sabías que una vez consideré mudarme de forma permanente?

—No lo sabía —dijo Yuuri, masticando sus tostadas—. ¿Hace mucho?

—Justo después de anunciar mi retiro del patinaje—respondió Viktor, sin darle demasiada importancia—. Estaba buscando departamento cuando Chris me envió tu video de mi rutina, de hecho —comentó, colocando el índice en su barbilla, en un gesto pensativo. Yuuri sintió que la garganta se le secaba. Tosió un poco—. Supongo que por eso no se me hizo tan descabellado mudarme a Hasetsu para ser tu entrenador. Igual ya tenía todo en cajas… —Se encogió de hombros—. En fin, eso es agua pasada. Lo que importa ahora es enseñarte París desde mi punto de vista. ¿Te animas?

Viktor lo miraba con una media sonrisa en los labios y ese gesto decidido que secretamente significaba que no aceptaría un "no" como respuesta. Yuuri sopesó sus opciones, que en ese momento básicamente consistían en quedarse en la habitación viendo TV sin hacer nada durante todo el día.

Tragó el pedazo de tostada que había estado masticando y asintió una vez, más para sí mismo que para Viktor.

—¿A qué hora nos vamos? —preguntó.

Viktor no pudo esconder su gesto satisfecho.

...

El día se pasó en un santiamén. Cuando Viktor decía que conocía París de cabo a rabo, no lo hacía sólo por presumir. El hombre en verdad era un experto en todo lo referente a la ciudad, desde atajos para evitar embotellamientos hasta sitios escondidos y completamente maravillosos.

Cada conductor de uber los miraba más extrañado que el anterior cuando Viktor daba la dirección. Más de una vez, Viktor tuvo que guiar al conductor de turno en cuanto a qué desvíos tomar y qué calles seguir para llegar a algún lugar.

Visitaron casas antiguas, paisajes espectaculares al alcance de la mano, parquecitos escondidos, sitios para probar la comida más deliciosa e incluso clubs de música al puro estilo boheme. En cada lugar, alguien (generalmente el dueño o encargado) conocía a Viktor y le daba un regalo por su victoria en el Grand Prix.

Yuuri sólo se dejaba guiar, fascinado por tanta hermosura escondida de la vista de los turistas habituales. Y bueno, también fascinado por su guía turístico. Viktor describía los sitios que visitaban con tanta pasión como cuando creaba nuevas rutinas, algo digno de ver en cualquier circunstancia.

—¿Sabes? Deberíamos ir a cenar… ¿no tienes hambre? —preguntó Viktor de forma casual, al salir de un café jazz que los dejó oliendo a humo de tabaco y especias raras.

—Podría cenar, sí —respondió Yuuri, quien a decir verdad estaba algo hambriento después de tanto pasear, conocer y asombrarse—. ¿Qué tienes en mente esta vez? ¿Algún restaurant escondido y ultra exclusivo para patinadores?

Viktor rio ante su comentario, leyendo en su móvil lo que probablemente era el mensaje de confirmación del uber de turno.

—Mejor que eso —dijo, con una sonrisilla pícara—. Te voy a llevar con el mejor cocinero de todo París.

—¿Ah, sí? —preguntó Yuuri, intrigado—. ¿Y ese quién es?

Un auto se detuvo frente a ellos en la calle. Viktor habló con el conductor a través de la ventanilla y luego abrió la puerta de atrás.

—Yo —respondió finalmente, guiñando un ojo hacia Yuuri antes de subir al vehículo.

...

El uber los depositó frente a la fachada de un hotel que a todas luces no era para clase turista. Le Royal Monceau, un cinco estrellas cuyas instalaciones parecían sacadas de la revista Forbes.

La suite de Viktor más parecía un pequeño departamento que una habitación de hotel. Tenía un minibar, cocina, desayunador, jacuzzi y una cama tamaño queen que bien podría ocupar todo el espacio de la habitación de Yuuri en el Eiffel Seine.

—Siento el desorden —dijo Viktor mientras colocaba sus abrigos en un pequeño armario (¡sí, hasta un armario para abrigos!)—, no esperaba visitas.

El "desorden" en cuestión incluía un par de zapatos colocados de cualquier manera sobre una alfombra cerca de la cama, dos camisas de seda descartadas sobre la cama, un periódico a medio leer y un par de platos apenas sucios en el fregadero. De haberse sentido un poco más en confianza con Viktor, se habría reído.

—Esto es fantástico —dijo Yuuri en su lugar, siguiendo a Viktor hasta la cocina—. Mi habitación es una caja de fósforos en comparación.

Viktor le sonrió desde el otro lado del desayunador.

—Tu habitación es acogedora —dijo, rebuscando algo entre los cajones cerca de la estufa. Yuuri sólo podía verle la espalda, así que no supo discernir si estaba hablando sarcásticamente o no—. Esta es… demasiado grande para mí solo.

Yuuri sintió un extraño tirón en el estómago. ¿Era eso una insinuación o un reclamo? Era imposible saberlo sin ver a Viktor a la cara. Decidió que sus preocupaciones eran demasiado estúpidas. Y que definitivamente no era el momento.

Viktor se giró por fin, llevaba un objeto de colores muy chillones en una mano. Parecía… ¿un mandil?

—Ahora, basta de charla —dijo, pasando el mandil sobre su cabeza y atándolo detrás de la cintura. La parte delantera decía "El mejor cocinero del mundo" en inglés—. Siéntate y relájate, que el chef está en la casa.

...

El tiempo se pasó volando. Ver cocinar a Viktor era como ver a uno de esos hombres de la televisión que a su madre tanto le gustaban. Explicaba cada cosa que hacía, por qué lo hacía y qué quería lograr con ello. El hombre era un maestro nato, aunque él mismo, Yakov y otros dijeran lo contrario.

Para cuando Yuuri se dio cuenta de lo que Viktor intentaba cocinar, éste ya se encontraba bastante entrado en materia: katsudon extra grande, como el que hacía su madre en el hotel.

—No sabía que supieras hacer katsudon —dijo sorprendido—. Ni siquiera sabía que cocinabas…

—Antes de vivir contigo, solía vivir solo en San Petersburgo. Ya sabes, por lo de mis padres… —comentó Viktor sin levantar la mirada de los vegetales que estaba salteando—. Éramos Makkachin y yo contra el mundo. Si no aprendía a cocinar, moríamos de hambre los dos.

Yuuri lamentó haber sacado el tema. A pesar de que Viktor seguía salteando, moviendo y probando, Yuuri sabía que el tema de su estancia solitaria en San Petersburgo era algo que no disfrutaba sacar frente a nadie.

—Eso no explica el katsudon —dijo, tratando de desviar la conversación—. Nunca te vi hacerlo.

—Tu madre me enseñó —confesó, bajando el fuego del cerdo. Miró a Yuuri desde el otro lado del desayunador—. Iba a ser una sorpresa para cuando terminara la final del Grand Prix. Supongo que las cosas no siempre salen como uno espera... ¿Vino?

Y se fue a rebuscar en el minibar, en la esquina más alejada de la cocina. Genial, otra razón para sentirme culpable, pensó Yuuri.

Por mero reflejo, Yuuri intentó clavarse las uñas en la palma. Pero al hacerlo todo lo que consiguió fue lastimarse las heridas que se hizo la noche de su llegada a París. Aparte, los vendajes le impedían empuñar correctamente, así que se dio por vencido.

Viktor regresó con dos botellas diferentes y dos copas. Le miró con perspicacia, y Yuuri se sintió como un niño al que han pillado haciendo algo indebido.

—Quería que probaras un precioso merlot que compré en el mercado esta mañana —dijo, sirviendo líquido color vino tinto en una copa y líquido dorado burbujeante en la otra—, pero recordé el incidente de ayer y mejor te traje la sidra sin alcohol.

Viktor le tendió la copa y Yuuri la tomó, más apenado que nunca por los vendajes de sus manos, completamente visibles ahora que no tenía abrigo ni guantes para cubrirlos.

—Gracias —balbuceó, evitando la mirada de Viktor tras un largo trago de sidra de manzana sin alcohol. El otro tenía razón, inclinarse por una bebida no alcohólica fue una sabia decisión.

—He querido preguntarte —comenzó Viktor, después de paladear y tragar un poco de su merlot—, ¿qué te pasó en las manos? ¿Alguna clase de accidente?

Yuuri no quería mentirle. No a Viktor. Pero decir la verdad tampoco era fácil, sobre todo considerando que nadie sabía de su tendencia al control de impulsos y la autolesión. De todas formas, ¿qué eran unas cuantas heridas en sus palmas una o dos veces por semana? Es decir, eso no significaba que Yuuri tuviese un problema de verdad… ¿O sí?

—No es nada —mintió al final—. Me caí en el aeropuerto. Los del tour me ayudaron pero me raspé las palmas. Nada de qué preocuparse—. Y remató su mentira con una sonrisa.

Viktor le miró con los ojos entornados, pero no dijo nada más al respecto. Bebió el resto de su copa y se volvió para atender la estufa.

Después del incómodo momento, no volvieron a hablar hasta que estuvo lista la cena. Viktor le sirvió otra copa de sidra a Yuuri y la cuarta de merlot para sí mismo, puso la mesa y encendió unas velas—: Sólo porque estamos en París.

La cena estuvo deliciosa, y una vez se sentaron a comer, la incomodidad anterior quedó olvidada por completo. Conversaron de todo y de nada, riendo y bromeando con familiaridad, como si el tiempo jamás hubiera pasado, como si Yuuri nunca le hubiera abandonado.

El exquisito katsudon extra grande dio paso a una tartaleta de frambuesas que Viktor se sacó de la manga, o mejor dicho, del refrigerador. Era obvio que había planeado llevarle a cenar en su habitación/palacio desde el primer momento. Eso, o al estar en París le daba por cocinar.

Terminada la tartaleta, y la primera botella de merlot, Viktor sugirió mover la conversación al pequeño recibidor en medio de la estancia. Un mueble de tres plazas, un par de butacas y una mesita de café, todos al mejor estilo Luis XV, cercanos a una chimenea falsa que irradiaba calor real.

El anfitrión siguió bebiendo vino tinto, mientras Yuuri cambió la sidra sin alcohol por café expresso. Viktor se lo preparó, por supuesto, pero a opinión de Yuuri, era él quien necesitaba un poco de expresso en su sistema. Viktor estaba pasado de tragos, su pálida piel teñida del rubor propio de quien se ha bebido más de botella y media de vino por su cuenta.

A diferencia de Yuuri, Viktor no se ponía en ridículo a sí mismo cuando se pasaba de tragos. Al menos no demasiado. Sus "espectáculos" apenas consistían en quedarse dormido en plena conversación, quitarse prendas de ropa "por el calor", y colgarse del cuello de Yuuri sin razón aparente.

En cualquier caso, Viktor no presentaba ningún signo de embriaguez salvo el rubor, por lo que Yuuri se dijo que estaba siendo exagerado.

—Así que le enseñas a los niños a patinar en el Ice Castle —dijo Viktor, apurando el resto de su copa. La botella a medio acabar descansaba sobre la mesita, pero él no hizo ademán de alcanzarla. En su lugar, colocó la copa vacía junto a sus pies, sobre la mullida alfombra—. No te tenía por alguien que disfruta enseñar.

—Ni yo —aceptó Yuuri, sonriendo. Le era un poco difícil seguir la conversación cuando el rubor de su contraparte resultaba tan distrayente. ¿Es que el hombre es atractivo hasta borracho?—. Yuko fue la de la idea y Nishigori la secundó. Ya pasaba todo mi tiempo libre patinando, así que no fue un gran cambio de rutina. Y bueno, tengo que admitir que los niños son geniales. ¡Aprenden súper rápido!

—Si son la mitad de monos que tú, seguro te la pasas genial en cada clase.

El comentario sonó casual, pero la manera predatoria en la que Viktor le miraba no tenía nada de casual en ella. Yuuri tragó saliva, repentinamente incómodo. Sabía que era demasiado vino.

—Ejem… sí —dijo, con una risita nerviosa—. Me gusta mucho. Y Nishigori me paga muy bien. Aparte puedo patinar a cualquier hora y eso está bien. ¿Viste la hora? Creo que ya es hora de irme a mi casa... ¡a mi hotel! Es hora de irme a mi hotel. ¿Me prestas el baño?

Lo dijo todo en sucesión, tanto, que incluso él tuvo dificultades para saber exactamente qué rayos había dicho. Para su sorpresa, Viktor sí le había entendido. Señaló con el brazo una pequeña puerta del otro lado del recibidor. Una sonrisa burlona en sus labios.

—Por allá —indicó, todavía mirándole—. Te lo presto, pero no te lo lleves, ¿hecho?

—Hecho —dijo Yuuri, poniéndose de pie.

Caminó por el espacio entre la mesita y el sofá, con cuidado de no pisar ni a Viktor ni sus propios pies. De lo que no tuvo cuidado fue de la copa sobre la alfombra, y fue sólo cuando su pie chocó contra ella que Yuuri recordó su existencia. Intentó no pisarla y perdió el equilibrio, trastabilló hacia adelante, hacia atrás, y al final cayó sobre el sofá. O eso creyó él.

No se dio cuenta en qué momento cerró los ojos (probablemente al presentir el impacto). Pero al abrirlos estuvo muy seguro de que no fue precisamente el sofá lo que detuvo su caída. En un ágil movimiento, Viktor logró sostenerlo con los brazos antes de que cayera al piso, colocándolos a ambos en una suerte de inclinación de danza.

Viktor estaba tan cerca de él, que su rostro se emborronaba. Sólo sus ojos eran visibles, ese perfecto tono de azul que ahora le miraba como si quisiera hurgarle el alma. Yuuri sentía el pecho de Viktor contra el suyo, su respiración agitada por el repentino esfuerzo, los músculos de su brazo tensos por la posición y el calor de sus cuerpos ahí donde se juntaban.

Fue como si Yuuri lo hubiera esperado por mucho tiempo. Como si lo hubiera sabido desde el momento mismo en el que se reencontraron a miles de kilómetros del suelo, en aquel mirador. Un instante sus ojos miraban fijamente los de Viktor y al siguiente su mundo era oscuridad, reemplazando la totalidad del universo con el sabor a vino de la boca de Viktor y la sensación de sus labios juntos en un tan ansiado beso.

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