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Siempre tendremos París

Maye Malfter

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Capítulo 4 - Je vais t'aimer

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El primer beso dio paso a un segundo. Los besos dieron paso a las caricias. Las caricias a los toqueteos, y éstos a la certeza de que la ropa sobraba. Un momento estaban enzarzados en una batalla campal sobre el Luis XV de tres plazas y al siguiente daban tumbos a ciegas, sin querer separarse ni para mirar el camino desde el recibidor a la cama.

El cuerpo desnudo de Viktor se frotaba contra el suyo en un vaivén exquisito. Yuuri estaba aprisionado entre el otro hombre y la cama, dejándose hacer y queriendo hacer más. Tocando, besando y explorando cuanto estaba a su alcance, y a la vez deseando con todas sus fuerzas que el otro le tocara, besara y explorara.

Era tanto lo que había extrañado a ese hombre, que la sola noción de saberlo tan cerca hacía que le diera vueltas la cabeza. Ese primer beso despertó en Yuuri todos aquellos sentimientos que quiso sepultar mucho tiempo atrás, bajo montañas de negación, auto compasión y auto convencimiento de que lo que hizo era lo mejor para todos.

Pero en ese preciso momento, su antigua convicción de que estar lejos de Viktor era lo mejor podía irse mucho a la mierda.

Quería a Viktor cerca de él, tan cerca como fuera físicamente posible. ¡Demonios! Ni siquiera lo quería: lo necesitaba con cada célula, átomo y molécula. Viktor era el mundo, el universo entero. Estar con Viktor era estar completo. Dejarle ahora, echarse atrás e impedir lo que pasaba le parecía a Yuuri una locura tan grande como haberse tirado desde la Torre Eiffel antes de encontrarle de nuevo.

Viktor besaba, mordisqueaba y lamía cada centímetro de su piel. Yuuri se dejaba hacer, por demás extasiado ante las sensaciones que tanto extrañó y que pensó no volver a sentir nunca más.

—Eres hermoso. Tan, tan hermoso... —decía Viktor mientras le recorría de arriba abajo con manos, labios y lengua.

Yuuri sentía la sangre subirle a las mejillas, lo cual resultaba algo estúpido dadas las circunstancias. Pero Viktor siempre lograba hacerle sonrojar de las maneras más extrañas y en los momentos menos apropiados. Como al realizar un perfecto lutz triple en la práctica, al besarle en plena competencia o al decirle "hermoso" mientras hacían el amor.

El cumplido dio paso a algo que Yuuri también había olvidado, algo que extrañaba y que siempre era demasiado pudoroso para pedir.

Viktor le tomó con su boca sin siquiera una señal y Yuuri tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no gritar a todo pulmón. La lengua del hombre entre sus piernas recorría por completo el largo de su erección, mientras las manos jugueteaban con sus sensibles testículos. Un momento, Viktor le tomaba por completo dentro de la boca y al siguiente le liberaba, lamiendo y besando como si la polla de Yuuri fuera la cosa más deliciosa.

Todo lo que Yuuri podía hacer era cerrar los ojos y apretar las sábanas entre los dedos, intentando no venirse antes de tiempo como un adolescente inexperto. Le pasó un par de veces, al principio, cuando la capacidad para el sexo oral de Viktor le era completamente desconocida. Pero de eso hacía mucho tiempo; él no era un adolescente inexperto, y definitivamente no tenía intención de acabar la faena tan deprisa.

La atención a su miembro cesó tan repentinamente como había iniciado, dejándole jadeante sobre las sábanas. Viktor escaló por su cuerpo hasta que sus rostros se encontraron; los labios hinchados, las mejillas sonrosadas y la frente perlada de sudor. Perfecto.

Viktor tenía claras intenciones de decirle algo, pero Yuuri no pudo contener el impulso de besar esos labios en forma de corazón. El sabor a vino seguía presente en su aliento, unido a un regusto salado que Yuuri adoró reconocer como propio. Le besó con dedicación, como si de eso dependiera su vida. Y casi sin saber cómo, Yuuri se dio cuenta de que había intercambiado los papeles.

Ahora era él quien estaba sobre Viktor, besándole, tocándole, explorándole con ahínco y frenesí. Le besó la boca, la línea de la mandíbula y la piel del cuello a su alcance. Beso las clavículas y subió hasta el hueco del cuello, cuidándose de dejar su marca de saliva allá donde besaba.

Con una mano, Yuuri se apoyaba sobre la cama, mientras con la otra tocaba la piel de Viktor a su alcance. Le acarició el dorso de las costillas y sintió al hombre estremecerse por la sensación. Sonrió para sí mismo y siguió su camino, un poco más arriba, hasta un rosado pezón que apretó entre el índice y el pulgar.

Viktor le obsequió con un sonoro gemido que hizo su entrepierna vibrar de emoción. Pero al momento siguiente se encontró con una mano que le impedía a la suya seguir provocando tales sonidos.

—Yuuri, espera… —Escuchó decir a Viktor—. Mírame.

Yuuri hizo lo que le pedía y la sola visión lo dejó sin palabras.

Viktor estaba aún más sonrojado que antes de comenzar a besarle, sus labios en carne viva en sitios donde seguramente se había mordido sin querer. El fino cabello plateado le caía en mechones desarreglados, pegándose a su frente y cuello debido al sudor. De haber podido, Yuuri le habría tomado allí mismo. Sólo que esa no solía ser su dinámica de pareja.

—Quiero que esta vez sea diferente —dijo Viktor, mirándole a los ojos—. Quiero que sea especial para los dos.

—¿A qué te refieres? —preguntó Yuuri, un tanto confundido—. Estamos juntos en París. Eso lo hace muy especial.

Viktor sonrió ante aquello, pero su expresión era la de alguien que ha decidido algo y no permitirá que ocurra de otra manera. Yuuri conocía esa mirada, era la misma de cuando lo encontró desnudo en el baño de aguas termales, tendiéndole una mano y diciendo que sería su entrenador.

—Quiero que me tomes esta vez —declaró Viktor sin rodeos—. Quiero que me la metas y sentirte dentro de mí, como tantas veces tú me sentiste dentro de ti.

Yuuri estuvo a punto de jadear en voz alta.

—Pe-pero yo siempre… y tú nunca has… —Yuuri tomó una bocanada de aire para tranquilizarse, intentando enviar más sangre a su cerebro que en dirección sur—. Viktor, no tienes que hacerlo.

—Lo sé —convino Viktor, sonriéndole. Puso una mano sobre su mejilla—. Pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo hoy. Y quiero que sea contigo.

Yuuri solo pudo asentir, mirando hacia todos lados en busca de lo necesario. Que era, ¿qué exactamente?

—No sé qué hacer —admitió—. Tú siempre lo hacías por mí. Tendrás que guiarme.

—Haré algo mejor que eso —afirmó Viktor. Se movió hacia la mesita de noche y sacó lubricante y un par de preservativos—. Tú quédate con estos —dijo, lanzándolos en dirección a Yuuri.

Sin decir mucho más, Viktor se acomodó boca arriba sobre la cama, la cabeza en una almohada y la cadera sobre otras dos. Se abrió de piernas frente a Yuuri sin el más mínimo atisbo de vergüenza, a pesar de que a él sí que querían subírsele los colores.

Viktor se embadurno un par de dedos con el lubricante, y sin demasiada ceremonia comenzó a trazar movimientos circulares sobre su entrada. Yuuri se encontró a si mismo mirándole boquiabierto, fascinado por la vista ante él.

Su contraparte no le quitaba los ojos de encima, observándole entre las pestañas y con la boca ligeramente entreabierta. La mano libre de Viktor hizo su camino por todo el torso hasta llegar a la entrepierna, donde se detuvo para apretar y toquetear su erección al mismo ritmo impuesto sobre su entrada.

Yuuri boqueaba sin saber qué hacer, sintiendo su propia erección vibrar contra su vientre. La tomó con una mano y se dio cuenta de que las tontas vendas le molestaban, así que se las quitó y las tiró al suelo.

Intentó emular el ritmo de Viktor sobre sí mismo, captando la atención del otro y ganándose una lasciva expresión como premio. Viktor comenzó a relamerse los labios y a gemir de forma entrecortada, marcando un ritmo más rápido con ambas manos. Yuuri lo imitó, incapaz de despegar la mirada de aquella maravilla frente a él, un hombre hermoso que movía sus caderas al son de sus manos, como si fuera música.

De un momento a otro, Viktor consideró necesario introducir un dedo en su interior, provocando que algo en la base de los testículos de Yuuri palpitara. El dedo en cuestión entraba y salía con bastante facilidad, apenas contrariando el sonrosado anillo de piel circundante. Yuuri no sabía si tenía más ganas de ser quien preparaba a Viktor para la penetración o de ser quien se dejaba preparar, concentrado como estaba en no venirse con la sola visión de un dedo dentro de su adorado tormento.

Al dedo le siguió otro, y otro más, y mucho más pronto de lo que hubiera imaginado, Viktor se acomodaba debajo de él para recibirle. Yuuri estaba completamente nervioso, pues no solo era su primera vez en el papel de activo con Viktor; era la primera vez que su polla entraba en algo que no fuera la boca del hombre entre sus piernas.

Se aseguró de colocar bien el preservativo, sin bolsas de aire y con suficiente lubricante como para no tener que buscar la botella en un rato. Viktor le esperaba con paciencia, con los brazos y piernas abiertas para él, la piel perlada y los labios entreabiertos. Toda una visión para sus ojos cansados, lo más hermoso que Yuuri hubiera visto en su vida.

Al final, fue Viktor quien tomó la erección de Yuuri y la posicionó sobre su dilatada entrada. La guio con su mano hasta introducirla apenas un poco, y Yuuri sintió como el mundo se desvanecía a su alrededor. Era la sensación más placentera que hubiera experimentado nunca. Sentirse unido a Viktor, estar dentro de él, era simplemente maravilloso, tanto que no había palabras suficientes para describirlo.

Hizo falta todo su autocontrol para no embestir hacia Viktor antes de tiempo. Penetrarle resultaba tan celestial, que era fácil olvidar que para Viktor no debía estarse sintiendo tan bien como para él. Sí, la preparación había sido bastante minuciosa, pero apresurar la penetración podía resultar tan doloroso como no haberle preparado en absoluto.

Así que Yuuri esperó, adentrándose un poco cada vez, escuchando cada sonido de Viktor, sintiendo su respiración y prestando atención a las tensiones de sus músculos. Hasta que al final estuvo completamente dentro, unido a ese magnífico hombre tanto como le era posible.

—¿Estás bien? —preguntó, sintiendo su erección ser apretada por el interior del otro—. Si te duele o algo, podemos parar.

Viktor le sonrió, apartando un par de mechones de sus ojos.

—No soy de cristal, Yuuri. No me voy a romper.

Dicho aquello, Viktor le tomó del cuello y le acercó para besarle, causando que Yuuri dejara de pensar coherentemente.

Viktor comenzó a mover las caderas en un vaivén lento, medido, que resultaba placentero y a la vez evitaba que Yuuri saliera demasiado de su interior. Yuuri no se quejaba, de verdad. Si hubiera podido permanecer toda la vida enterrado dentro de Viktor, lo haría de buena gana y sin segundos pensamientos.

El tempo fue aumentando con el paso de los minutos, a medida que el cuerpo de Viktor se acostumbraba a la intrusión. Cada momento que pasaba, era más fácil para Yuuri entrar y salir del interior de su amante, lo que hizo más sencilla la tarea de encontrar ese punto dentro de Viktor que haría que todo aquello valiera la pena.

Un grito ahogado de Viktor fue todo lo que necesitó para saber que su búsqueda había rendido frutos. Y a partir de ese instante, Yuuri se dedicó a rozar la próstata de Viktor con su pene tantas veces como le fuera posible.

Después de encontrar el ángulo correcto, fue solo cuestión de tiempo para que las manos de Viktor se fueran hacia su entrepierna. Entre gemidos y jadeos, Viktor se corrió copiosamente sobre su vientre, obsequiando a Yuuri con los sonidos más eróticos jamás pronunciados. Debido a los espasmos del orgasmo, el interior de Viktor comenzó a pulsar con fuerza alrededor de la polla de Yuuri, y en cuestión de segundos éste también se vino.

Yuuri intentó no caer encima de Viktor cuando las rodillas le fallaron, pero apenas pudo hacer algo para dejar de jadear como si hubiera corrido un maratón. Estaba exhausto, completamente drenado y la cabeza le daba vueltas. El post-orgasmo le golpeaba con ondas de palpitaciones en la entrepierna, que había logrado sacar del interior de Viktor antes de derrumbarse. Viktor parecía igual de agotado que él, pues tampoco se había movido de su sitio.

Un par de minutos pasaron sin que nada se escuchara más que las respiraciones de ambos. Al final, y tras darse cuenta de que se estaba quedando dormido, Yuuri se incorporó en la cama y fue al cuarto de baño, tanto a descartar el preservativo usado como a limpiar los restos del semen de Viktor sobre su abdomen.

Ya menos agitado y un poco menos pegajoso, Yuuri se lavó las manos y la cara en el lavabo del enorme baño con jacuzzi. Se miró en el espejo y su borroso reflejo le devolvió la mirada, pues sus anteojos habían ido a parar a algún lugar entre el sofá y la cama.

—¿Qué rayos hiciste, Katsuki? —se preguntó en voz baja. El gusanillo de la duda comenzando a dar vueltas en el interior de su estómago.

Negó con la cabeza y cerró la llave del agua tras humedecer una toalla para Viktor. Salió del baño y fue a enfrentar sus consecuencias, que en ese momento le esperaban acostadas sobre sábanas de algodón revueltas.

Le tendió la toalla a Viktor, quien le sonrió agradecido, y se recostó sobre la cama. El post orgasmo se había ido por completo, dejándole a Yuuri una sensación de desasosiego bastante molesta y difícil de ignorar. Viktor se acercó a él tras asearse, acurrucándose a su costado como solía hacerlo cuando dormían juntos durante las competencias, tantas vidas atrás.

Subió el rostro hacia él y Yuuri bajó el suyo para mirarle. Tenerle así después de tanto tiempo era tan irreal, que no pudo contener el impulso de rodearle con los brazos y besarle con suavidad. Viktor correspondió el beso con ansias, su lengua jugueteando con la de Yuuri de forma perezosa.

Cuando el beso terminó, Viktor se volvió a acurrucar en su costado, reposando la cabeza sobre el pecho de Yuuri.

—Estoy tan feliz de que estemos juntos de nuevo, Yuuri —dijo—. No sabes cuánto te extrañé.

Yuuri sintió un nudo tensarse dentro de su estómago tras esas palabras, pero decidió que ese no era el momento adecuado para refutarlas. Escuchó a Viktor bostezar y sintió su respiración ralentizarse a medida que el sueño lo vencía.

Pero para él, la noche no traía más que ansiedad. Las palabras de Viktor resonando en su cabeza una y otra vez, su propia voz interior repitiéndole mil veces que había sido un idiota por dejarse llevar. Lo que hacía estaba mal, no era justo para Viktor que lo ilusionara de esa manera. ¡Rayos! No era justo para él mismo crearse ilusiones de algo que no podía ser.

Las razones de su partida un año atrás seguían tan vigentes como el primer día. Nada había cambiado: él seguía siendo un patinador mediocre y Viktor seguía siendo Viktor. Convertirse en un lastre para el campeón del mundo del patinaje era casi un crimen, y Yuuri estaba a punto de convertirse en el perpetrador.

Tenía que terminar con esto antes de que tuviera tiempo de comenzar. Si Viktor despertaba, Yuuri ya jamás sería capaz de abandonarle; no por voluntad propia, al menos. Si se permitía quedarse, nada en el mundo le convencería de hacer lo correcto, egoísta como era, y más cuando se trataba del hombre al que más había amado en todo el mundo.

Así que Yuuri esperó pacientemente a que Viktor se durmiera, sintiendo la desesperanza carcomerle desde dentro. Repitiéndose a sí mismo de que eso era lo mejor.

Las cartas estaban echadas y no había lugar para cambiar de parecer. Yuuri acababa de tomar una decisión.

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