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Siempre tendremos París
Maye Malfter
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Capítulo 5 - La vie en rose
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—Bienvenidos a Kyushu. Gracias por volar con nosotros.
La azafata le indicó por dónde bajar mientras el mismo mensaje se repetía en loop desde la cabina de mando del avión comercial. Yuri bajó las escaleras caminando como en el aire, sintiéndose tan diferente de cuando había partido hacia París, y a la vez tan igual.
Llegó a la terminal junto con los pocos pasajeros cuyo destino era Kyushu. Recogió sus maletas sin complicaciones y se fue directo a la zona de espera. Salió al exterior y tomó el tren a Hasetsu.
Esta vez no había nadie para recibirle, ni afiches con su rostro ni Minako con una gran pancarta de bienvenida. Ni mucho menos Viktor, con un abrazo reservado sólo para él.
Era de esperarse que nadie lo recibiera, puesto que había adelantado su vuelo tres días. Probablemente estaba siendo malagradecido con sus amigos, al dejar a medias el tour que con tanto esfuerzo le habían regalado. Pero a pesar de la culpa, la simple idea de quedarse en Paris sabiendo que Viktor también estaba allí resultaba impensable.
"Fue muy lindo estar juntos otra vez, pero estoy convencido de que no es lo mejor para ninguno de los dos. Es mejor que sólo sea un bonito recuerdo y nada más. Espero que no me odies, aunque no te culpo si lo haces. Yo por mi parte, nunca podría odiarte a ti. Y como dicen en las películas antiguas… Siempre tendremos París."
Sin proponérselo, Yuuri había memorizado el contenido de la nota que dejó para Viktor antes de marcharse. Las palabras más duras que había tenido que expresar jamás, más duras incluso que la primera vez. Aquella vez llevaba días convenciéndose de que hacía lo correcto; esta vez, en cambio, acababa de hacer el amor con el hombre que intentaba abandonar.
Yuuri se obligó a espabilar, demasiado cargado de cosas como para realizar su ritual de romperse las palmas con las uñas. Salió de la estación de trenes y tomó un taxi a casa. En menos de nada se encontró de nuevo en su hogar.
—Ya estoy en casa —anunció al entrar al hotel. Tal como esperaba, su madre, su padre y su hermana le dirigieron miradas idénticas y sorprendidas.
Su madre fue la primera en acercarse, abrazándole sin decir palabra. Era extraño que no le riñera por regresarse antes, pero quizás algo en su rostro delatara lo terriblemente afectado que se encontraba. Sea como fuere, la mujer pasó de preguntarle sus razones.
—Querido, ¿cómo estuvo el vuelo? ¿Todo en orden en el aeropuerto? —preguntó, como si hubiera sabido desde siempre que Yuuri regresaría antes de lo planeado.
—Estuvo bien, supongo. Nada fuera de lo usual… —respondió, evadiendo la mirada de su madre. Sabía que no era de reproche, pero aun así no podía evitar sentirse culpable por ser tan infantil—. Te traje algunos recuerdos, están dentro de la maleta.
—Qué bueno, cielo —dijo, retirando las maletas de las vendadas manos de su hijo—. Pero ya habrá tiempo para verlos. Ahora mismo necesito que me ayudes con una cosa.
Yuuri no se sorprendió ante aquello, después de todo, en el Yu-topia Katsuki siempre había algo qué hacer.
—¿Qué necesitas, mamá? —preguntó, agradecido de tener algo que hacer en lugar de carcomerse la cabeza con los recientes acontecimientos—. ¿Hay que palear la nieve de la entrada?
—No, no. Eso ya lo hace Mari en un momento —desestimó la mujer, llevándose las maletas y trayendo consigo una cesta grande de mimbre. La puso en manos de Yuuri, que sintió el peso al instante—. Necesito que le lleves esto a Yuko en el Ice Castle. Son algunos panecillos y dulces para las niñas. Supongo que Takeshi también estará ahí, así que puedes ir y desearles felices fiestas.
Eso sí qué sorprendió a Yuuri.
—¿Qué hace Yuko en el Ice Castle? —preguntó, agarrando bien la cesta—. Pensé que se tomaría la semana.
—Ah, yo qué sé cómo piensan los jóvenes de ahora —dijo su madre, encogiéndose de hombros y guiándolo hacia la puerta del hotel—. Me dijo que estaría ahí y que dejaría la puerta abierta. Puedes hacerme el favor, ¿verdad, cariño?
Yuuri no supo qué pensar de todo aquello, pero terminó asintiendo en aprobación. Su madre necesitaba un mandadero y él necesitaba con urgencia algo en que ocupar su mente poblada de sombras.
El Ice Castle Hasetsu no estaba demasiado lejos del Yu-topia, pero a Yuri le apetecía tener una larga caminata antes de enfrentar a sus amigos. Así que tomó el camino más largo, asegurándose de dar pasos cortos y mirando alrededor.
El pueblo estaba cubierto de nieve, como era de esperarse en esa época del año. Hacía frío, pero Yuuri estaba acostumbrado tras más de una década de ser patinador a tiempo completo. Se preguntó si Yuko lo dejaría patinar un poco antes de regresar al hotel, eso si le dejaba vivo tras la reprimenda por desperdiciar el tour a París.
Caminó por mucho rato, pensando en todo y en nada a la vez. De cuando en cuando su cuerpo intentaba apretar los puños, pero la pesada cesta entre sus manos se lo impedía. Por ello se conformó con contar del cinco al cero sin herirse a sí mismo… de momento al menos
Cuando llegó al Ice Castle la puerta estaba abierta, pero no había nadie para recibirle. Ni Yuko ni Nishigori estaban a la vista, así que Yuuri buscó por aquí y por allá sin tener la menor idea de lo que pasaba.
Al final decidió que quizá habían salido un momento, se encogió de hombros y justo cuando iba a sentarse a esperar, su vista se posó en los patines detrás de la recepción. Algo en el ambiente hizo su mente volar directo a París, donde Viktor probablemente ya habría leído su nota y le odiaría por ser un cobarde.
Suspiró y negó con la cabeza. Si tenía que esperar a sus amigos, bien podría usar su tiempo en algo que quitara su mente de esos horribles pensamientos.
Se fue directo a los vestidores, abrió su casillero de siempre y sacó sus confiables patines. Los admiró un momento antes de poner la cesta de lado y colocárselos. Sentir el peso de los patines en las piernas era extrañamente reconfortante, casi tanto como practicar. Hacer algo que le ocupaba el cuerpo y la mente, eso era lo que necesitaba en ese momento y eso haría.
Se fue a la pista, cesta en mano, rogando con todas sus fuerzas que a Nishigori no le hubiera dado por descongelar la pista durante las fiestas. Pero no fue la pista de hielo intacta lo que le hizo retener la respiración, sino la persona de pie en medio de ella.
Viktor estaba ahí, en Hasetsu, en el Ice Castle, y definitivamente frente a él. Vestía su ropa de practicar: pantalones deportivos, camiseta de algodón y sus icónicos patines con cuchilla dorada. Su expresión era indescifrable, tanto por la lejanía como por el hecho de que el hombre era experto en esconder sus verdaderos sentimientos cuando se lo proponía.
Yuuri siguió caminando en dirección a la pista, como un autómata, sin saber qué más hacer. Viktor se sacó del bolsillo algo pequeño y cuadrado, que un instante después Yuuri reconoció como un mando a distancia.
Viktor apretó un botón y de inmediato el ambiente se llenó de notas musicales. Románticos acordes de trompeta, violines, piano, saxofón, acordeón y guitarra clásica, entretejidos para hacer que la pista se convirtiera por un momento en ese lejano París que había presenciado su reencuentro.
Viktor patinó en su dirección y desde el borde de la pista extendió un brazo hacia él. Yuuri dejó de lado la cesta, que no recordaba haber traído consigo al rink, y caminó para darle encuentro, hipnotizado por la música y por el hombre frente a él. Tomó su mano, y fue como si todo en el mundo desapareciera, quedando sólo ellos, una pista de hielo y la música parisina.
Llegaron al centro de la pista, y al estar uno frente al otro fue como si sus cuerpos hablaran por ellos. Viktor le tomó de las manos y Yuuri le siguió, dejándose llevar en una sucesión de pasos, giros, saltos y posiciones al compás de la música.
Bailaban como uno solo, abrazándose, soltándose, volviéndose a encontrar y dejándose una vez más. Una persecución que terminaba en delicadas caricias, girando en espirales por toda la pista, siempre siguiendo las caídas de los instrumentos, en sincronía perfecta con la vie en rose y con sus propios corazones.
Cuando la canción terminó, ambos estaban sin aliento. Uno frente al otro, en un abrazo que emulaba la casi caída de Yuuri en cierta habitación del Le Royal Monceau. E imitando aquella vez, Viktor le besó en los labios como si el mañana fuera cosa de tontos y soñadores.
Yuuri correspondió el beso con ansias, incluso más que esa vez en París. Se había convencido a si mismo de que podía vivir sin Viktor, de que podía seguir su vida como si nada hasta que algún día lejano dejara de respirar. Pero la verdad era muy diferente. La verdad era que Viktor le daba una razón para respirar. Cada latido lo evocaba a él, cada bocanada de aire lo llamaba, y en cada momento del día, era Viktor quien estaba en sus pensamientos.
Yuuri sintió sus mejillas humedecerse y supuso que los sentimientos le habían ganado la partida, pero al separarse del beso, se dio cuenta de que era Viktor (y no él) quien lloraba.
—Eres un tonto, Yuuri Katsuki, ¿lo sabes? —dijo, componiendo algo parecido a un puchero. Era increíble cómo podía pasar de ser un adulto a un niño en cuestión de segundos—. Un tonto y un obstinado.
—Lo soy —admitió Yuuri, llevando las manos a las mejillas de Viktor para secar sus lágrimas.
Viktor posó las suyas sobre las de Yuuri, inclinándose hacia el contacto y cerrando los ojos. Yuuri no pudo sino sonreír como un idiota enamorado.
—Lo eres —convino Viktor, abriendo los ojos pero sin apartarse del contacto. Rozó las vendas de Yuuri, dando a entender que sabía que estaban ahí—. Pero ya no necesitas serlo. Así como ya no necesitas usar vendas para ocultar tus heridas.
Yuuri sintió su cuerpo tensarse. ¿Viktor lo sabía? ¿Lo sabía y no le importaba?
—¿Cómo es que—?
—¿Olvidas que perdí a mis padres cuando era chico? —dijo, como si fuera la cosa más obvia—. Sé diferenciar entre raspones y marcas de uñas, sobre todo considerando que eso era lo que yo hacía.
Algo en su expresión debió revelar su tren de pensamiento, porque en seguida Viktor le tomó las manos y las acunó entre las propias. Las llevó hasta sus labios y besó cada una cual si fueran de cristal. Yuuri sintió un escalofrío recorrerle de pies a cabeza.
—Te ayudaré a superarlo. Lo haremos juntos —dijo, mirándole con seriedad—. Porque aunque seas un tonto y un obstinado, no hice todo el camino desde París en un helicóptero para dejar que te escapes otra vez.
Viktor dejó de hablar y Yuuri no supo qué más decir. Así que se quedó callado, observando al hombre frente a él. El mismo que tanto le había costado dejar y que ahora le decía que no se rendiría.
—No pienso perderte de nuevo —declaró Viktor con firmeza—, y juro que no lo haré… ¡así tenga que ponerte un cascabel cada vez que me quede dormido!
Y después de soltar una genuina risotada, Viktor volvió a besarle.
Esa vez el beso fue más suave, lento, para afirmar sus palabras anteriores. Yuuri era plenamente consciente de las vendas y de las heridas debajo de ellas, pero por una vez no se sintió culpable al respecto. Por una vez, sólo eran heridas. Unas que en poco tiempo sanarían, y que con algo de suerte nunca volverían a abrirse.
Porque Viktor estaba con él y todo estaba bien en el mundo. Y lo que no lo estaba, seguro lo estaría muy pronto.
Viktor estaba con él y todo estaría bien.
Todo estaría bien.
FIN
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Notas finales:
¿Soy yo? ¡Pues sí! Volví de donde andaba para traer esta historiecirijilla desde lo más profundo de mi corazoncirijillo. Hay una razón por la cual no la había sacado y era que quería que estuviera lo mejor posible antes de mostrarla, lo más parecido a eso que tuve en mi cabeza cuando la imaginé hace meses. Ahora por fin creo que está perfecta tal cual, así que la muestro.
En el departamento de perfeccionamiento, agradezco enormemente a Pukitchan Shindou por su apoyo, beteo y consejo con esta historia. Eres una Yurienciclopedia ambulante y te adoro por ello. A ella también le pueden agradecer todo el Makkachin del fic (o al menos el 99,99%). Denle amor en mi nombre.
Espero hayan disfrutado leyendo tal como yo disfruté escribiendo esta historia que cae tan cerquita de mi corazón. Espero volver pronto con más historias que contar. Au revoir, mes chéris!
Maye~
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P.D.1: Cada nombre de capítulo es una canción de amor en francés. Son libres de buscar las melodías, las letras, darle amor a los artistas, escuchar las canciones mientras leen y un largo etc.
P.D.2: Para la danza final de Yuuri y Viktor usé como inspiración el programa largo con "La vie en rose" de Jamie Sale & David Pelletier en el Abierto Canadiense (Canadian Open) del 2000. Por si les da curiosidad c;
P.D.3: Cada vez que comentan, a Makka le dan una galletita para perros y un achuchón :3
