Seiiki no mukou no sekai

o

El mundo al otro lado del santuario

...

III. Visitando un santuario un tanto peculiar [Parte I].

...

La mañana de su decimoctavo cumpleaños, Shiori amaneció congelada. No literalmente, sino que durante la madrugada había nevado y ella, incauta, no se había abrigado lo suficiente. Aunque tampoco era su culpa; ¿quién esperaba tan bajas temperaturas apenas a principios de noviembre?

Ni bien se levantó de su futón, corrió a toda velocidad hacia su armario para equiparse con un grueso suéter de lana y unas medias todavía más gruesas. Aún tiritando, regresó sobre sus pasos y cogió el móvil, viendo que tenía un mensaje de Yūhei. Su corazón se agitó, revoloteando en su pecho. Con un dedo tembloroso, pulsó el botón para abrirlo.

Yūhei

¡Feliz cumpleaños, Chica Tomate! (^o^)

¡Qué frío! ¡Mira que ponerse a nevar tan temprano! Los meteorólogos no dijeron nada de esto, deberían despedirlos (ーー゛). Por cierto, los chicos de la clase te mandan saludos. "¡Qué envidia! ¡Puedes faltar en tu cumpleaños!" dicen. Pues ya qué. ¡Te compraré la Jump, así que diles a todos en tu familia que no lo hagan! Mañana te la llevaré al colegio, ¿sí? ¡El receso está por terminar, así que nos vemos luego!

P.D: Suerte con su súper-ultra-mega-secreta misión-a-la-que-no-puedes-no-ir :D.

P.D. 2: Ah, lo había olvidado. Aki-san también te manda un saludo.

Cuando terminó de leer el mensaje, toda la emoción que la pelirroja sentía antes se esfumó de repente. Un halo de tristeza se apoderó de sus facciones. Suspiró, frustrada. Aki-san. Justo cuando pensaba que el día no podía ser mejor, Yūhei mencionaba su nombre. El nombre de aquella persona a quien envidiaba tanto.

No seas idiota, Shiori —se reprendió—. Son hermanos, sólo eso. —Ah, si tan sólo creyera en sus propias palabras. Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y contestó el mensaje de Yūhei. Le escribió que no se preocupara por la Jump, sino por la escuela y que les agradeciera a los chicos de la clase y a Aki-san por los saludos. Y también comentó casualmente cómo tenía de fríos los pies. Lo normal.

...

Unas horas más tarde, luego de haberse dado un buen baño caliente y haber desayunado todo lo que más le gustaba (era su cumpleaños después de todo, nadie podía regañarla por comer ramen a las diez de la mañana), Shiori se abrigó como para salir a esquiar y se dirigió al jardín principal de su "casa".

Aunque la casa de la familia Uzutani no era precisamente una casa, sino una gran mansión tradicional que tenía más años de los que Shiori pudiera precisar. Alrededor de mil, suponía. Eran los más ricos de toda la región, así que el que la trataran como a una especie de princesa fue moneda corriente durante toda su infancia, hasta que ingresó a la secundaria baja y le dio un merecido alto a toda esa atención innecesaria y, según ella, inmerecida. El hecho de que su abuelo haya sido alcalde del pueblo por casi cuarenta años no había hecho nada para ayudar a la situación, precisamente, pero eso a Shiori le había dejado de importar hacía ya un tiempo.

La mansión Uzutani tenía forma casi rectangular y el centro de ese rectángulo estaba al aire libre, formando un precioso jardín con una decena de árboles de sakura, muchos arbustos y flores típicas japonesas por aquí y por allá, y la joya del lugar: un hermoso estanque de unos cinco metros de diámetro, lleno de piedras minerales blanquecinas y peces koi. A Shiori le encantaba ese estanque, cuando era niña se pasaba horas alimentando a los peces, admirándolos y viéndolos nadar. Sencillamente, le encantaba.

Cruzando a toda prisa los pasillos, llegó a su destino: el dōjo de los Uzutani. Era allí donde Shiori había pasado la mayor parte de su vida, entrenando diversas artes marciales bajo la estricta tutela de la persona a la que había ido a buscar.

—Buenos días, abuelo —saludó al ingresar. Inmediatamente después, y sin sorprenderse en absoluto, se agachó para esquivar una patada voladora, quedando en cuclillas. Afirmó sus manos en el suelo y, recargando todo su peso en ellas, alzó las piernas verticalmente mientras las giraba en el sentido contrario a las agujas del reloj, obligando a su oponente a retroceder. Al comprobar que no había peligro de un segundo ataque, Shiori se puso en pie.

—Buen tiempo de reacción —la felicitó Takezō Uzutani. A Shiori no dejaba de sorprenderle que, a pesar de tener alrededor de noventa años, su abuelo no sólo pareciera más joven, sino que conservara tanta vitalidad. Con su cabello blanco, largo hasta la mitad de la espalda y atado en una coleta baja, su rostro lleno de arrugas y un par de astutos ojos azules, él no daba la impresión de haber sido, en su tiempo, el hombre más importante del pueblo.

—Me enseñaste bien —repuso ella, encogiéndose de hombros pero sonriendo levemente. Su abuelo le indicó que tomara asiento en uno de los cojines que había en el piso de madera, a lo que ella obedeció.

—No te lo dije antes, pero feliz cumpleaños, Shiori —le dijo él, sonriéndole cariñosamente. La pelirroja le agradeció, feliz, y entonces el semblante de su abuelo se volvió mucho más serio—. He terminado con los preparativos —informó. Shiori tragó duro.

—Entiendo... —murmuró en respuesta, pensativa— Entonces tengo que entrar en el Santuario al atardecer, ¿verdad? —preguntó, a pesar de que sabía más que bien la respuesta. Takezō asintió con la cabeza.

—Te entregaré la Fūmaken antes de que ingreses, pero deberás comenzar a alistarte a las tres. Exactamente a las cinco tienes que entrar en la Habitación del Sello, ni un minuto más ni un minuto menos.

—Pero sigo sin entender qué es eso de la Habitación del Sello... ni por qué es importante la espada Fūma. Y por qué es tan importante todo esto, sobre todo...

—Ya te he dicho que no puedo explicártelo —la interrumpió su abuelo, con el tono de quien ha dicho lo mismo cientos de veces—. Debes descubrirlo por ti misma. Y sólo puedes hacerlo si entras al Santuario en Espiral esta noche.

—Hmph —bufó Shiori, mirando para otro lado e inflando las mejillas.

—¿Qué eres? ¿Una niña de primaria? —preguntó Takezō, con un tic en la ceja izquierda. Como toda respuesta, la pelirroja le sacó la lengua—. No importa —suspiró él, poniéndose en pie—. Ven, tengo que darte algo.

Shiori se paró, un tanto extrañada, pero no dijo nada y siguió a su abuelo hasta un pequeño cobertizo que había a un par de metros del dōjo. Ella nunca supo qué guardaban exactamente allí, puesto que el cobertizo de jardinería estaba prácticamente en la otra punta de la mansión, pero nunca le habían permitido entrar. Cuando su abuelo deslizó la vieja puerta de bambú, Shiori se puso en puntas de pie para tratar de ver algo, acción que resultó ser innecesaria: su abuelo no impidió que entrara.

La pelirroja ahogó un grito de asombro. Ahora comprendía por qué no la dejaban entrar allí. Era una sala de armas. Literalmente. Había espadas japonesas de todo tipo: tantō, wakizashi, kodachi, katana, ōdachi, nodachi, incluso shirasaya y, por lo que llegaba a ver, incluso había espadas medievales, más parecidas a la Ama-no-Murakumo-no-Tsurugi que a las katanas más modernas. Pero no sólo había espadas, sino que también había shurikens de todo tipo, hasta unas que no había visto nunca, arcos y flechas de kyūdo, tonfas, bastones y espadas de madera.

—Esto... es... increíble —dijo, a duras penas controlando el impulso de gritar de la emoción y comenzar a tocar todo. Su abuelo no le contestó, sino que avanzó hasta el final de la habitación y entonces Shiori notó por primera vez el kimono.

Era hermoso, de un rojo intenso bordado con motivos de remolinos con hilo negro, con las mangas tan largas que, al estar el kimono extendido, ocupaba prácticamente toda la pared. Sobre una pequeña mesa a su lado, había un precioso obi dorado y azul, con bordados de remolinos también.

—Esto es lo que llevarás cuando ingreses al Santuario —le informó Takezō con tono solemne. Con suma delicadeza y cuidado, descolgó el kimono y lo dobló. Luego recogió el obi y desanduvo el camino hasta llegar a Shiori, entregándoselo.

—Así que para esto fueron todas esas insufriblemente aburridas clases de colocación de kimonos —comentó la pelirroja, atando cabos. Su abuelo sonrió.

—Muy astuta —ironizó él.

—Oh, cállate.

End of the chapter.

...

Jelou beibis, ¿cómo los trata la laif?

Ay, es muy probable que estén tipo "¿Qué me está contando esta wacha atrevida loca? ¡Yo quiero Naruto, no la historia de esta tarada!", o algo muy cercano a eso, tal vez con más insultos, tal vez con menos, pero yo tengo algo muy importante que comentarles al respecto:

...

Cuando llega la noche, quiero que llegue el día...

...Cuando llega el día, quiero que llegue la noche.

...

OK, no. Es que BNT me puede, lo siento.

La cosa importante que les tengo que decir es que... en el próximo capítulo empieza lo bueno 7w7. Ay, qué virgo me quedó ese """""emoji""""".

Bueno, nada, conchas infladas (?), nos re vimos.

Bais.