Capítulo 2
…Catástrofes celestes tiran al mundo escombros,
Alas rotas, laúdes, cuerdas de arpas
…Restos de ángeles
"Restos de ángeles"
La noticia lo pilló tan de improvisto, que escupió el trago que acababa de dar a su coca-cola, rociando la mesa y también a parte de sus amigos.
En cualquier otra ocasión, el chico habría recibido un buen repertorio de golpes y collejas, pero en este caso todos permanecieron callados observando con total incredulidad a su otro compañero de clase.
-¿Qué has dicho qué¿Estás hablando en serio? –vociferó Keigo, limpiándose con la manga de la chaqueta las gotas del refresco que aún resbalaban por su barbilla.
Mizuiro sonrió apesadumbrado encogiéndose de hombros.
- Sí. Es lo que hay.
- ¡¿Es lo que hay?! –repitió el escandaloso de Asano, antes de que los santos y toda la corte celestial comenzaran a bajar a aquella pequeña cafetería, ante la estupefacta mirada del resto de clientes. – ¿Cómo puedes quedarte tranquilo y feliz después de soltarlo?
-Yo no he dicho que esté feliz con la idea. Sencillamente es lo que hay.
Ichigo se pasó la mano por el pelo pensativo.
Mizuiro Kojima los había invitado a tomar algo después de clase en una cafetería cercana al centro. A pesar de que tenía cosas que hacer, el chico se lo había propuesto varias veces, y dado que no acostumbraba a ser una persona persistente, había terminado por aceptar su invitación.
Pensaba que sería una buena forma de evadirse de todos los problemas que le acarreaba su nueva faceta Vizard, compaginada con el trabajo de Shinigami Sustituto, y por supuesto con el agobio que suponía ser un estudiante de instituto del montón.
Además, Mizuiro también se había encargado de reunir a otros compañeros de clase más allegados. Ahora eran aquel antiguo grupo de amigos que en tantas ocasiones echaba de menos. Otra vez los cuatro: Sado, Keigo, Mizuiro y él.
¿Era demasiado pedir tener una vida normal¿Qué todo volviera a ser como antes?
Ya sabía cuál era la respuesta.
De todos los allí presentes, el pequeño Kojima era el único ajeno a la guerra que se aproximaba en el cielo y la tierra. El único que por el momento se había visto al margen de la situación. Por eso mismo, al contrario que el escandaloso de Keigo, el escuchar aquella noticia lo alegró. De una forma un tanto amarga, sí. Pero sería muchísimo mejor para él y para todos.
- Lo entiendo. –habló finalmente.
Ahora todas las miradas se posaron en el joven Kurosaki, que permanecía aún con el ceño fruncido y los ojos cerrados.
-¡Ichigo! –exclamó Keigo horrorizado. – ¿Cómo que lo entiendes¿No te das cuenta de la barbaridad que acaba de decir¿Vas a permitirlo?
-No es algo que se pueda impedir. ¿Qué quieres¿Qué me líe a puñetazos con su madre?
Sado arqueó una ceja. La verdad que creía a Ichigo capaz de cualquier cosa. Era posible que para Keigo la idea no fuera tan descabellada.
Y no lo era...
-¡Por ejemplo! –soltó dándole la razón.
El rubio torció el labio disgustado.
¿De verdad Keigo pretendía que hiciera algo al respecto? La forma con la que lo miraba, como si fuera algún tipo de Súper héroe vengador del espacio ultrasónico, le decía que sí.
Dejó escapar un largo suspiro antes de volver a hablar:
- ¿Hay algo que se pueda hacer al respecto? –preguntó casi obligado, y con marcada parsimonia.
- La verdad es que no. –volvió a sonreír Mizuiro.
Asano chasqueó la lengua con nerviosismo. Se puso en pie y comenzó a dar vueltas alrededor de la mesita donde los habían servido.
- Keigo siéntate que te van a dar por loco. –le advirtió Ichigo, comenzando a perder la paciencia. Todos los estaban mirando por su culpa. De ésa forma estaba convencido que ni él conseguiría sacar nada en claro, ni dejaría pensar a los demás.
-Yo ya lo doy por loco. –aseguró Sado.
- Bueno, a no ser que... –les interrumpió Kojima.
Keigo se volvió súbitamente hacia él y lo agarró con fuerza del cuello del uniforme.
-¿A no ser...¿A no ser qué? –lo sacudió. – ¿Quieres dejar de hacerme sufrir¡Habla de un maldita vez tío!
- Que consiga un compañero de piso antes de mañana a las ocho. –concluyó con una sonrisa.
El chico dejó de sacudirlo y lo contempló perplejo con los ojos increíblemente abiertos.
- Un compañero de piso...-repitió.
- …para mañana... –continuó Sado.
- … antes de las ocho. –finalizó Ichigo, dejándose caer sobre la mesa.
Mizuiro asintió feliz.
- ¡TÚ ESTÁS LOCO¡TE FALTA UN TORNILLO¡UNA TUERCA¡SENTIDO COMÚN¿DE DÓNDE PIENSAS QUE SAQUEMOS A ALGUIEN PARA QUE TE HAGA COMPAÑÍA PARA MAÑANA?
-¡Oye! No lo digas como si fuera un crío o un viejo inválido. Es para pagar los gastos del piso. -explicó alisándose la corbata, una vez su amigo lo hubo soltado. - ¿Por qué te crees que he dicho que no hay nada que hacer?
-¿Entonces tu madre te obliga a irte a vivir al extranjero por que el piso de aquí tiene muchos gastos? –inquirió Ichigo, haciendo caso omiso a los berridos de Keigo.
- Sí. En parte sí.-suspiró el chico.
- ¿En parte? –preguntó Sado con curiosidad.
- Sí... –contestó él ruborizándose. – … luego está eso de que no le gusta que haya chicas mayores que yo rondando por la casa. Podría compartir piso con cualquiera de ellas, pero como no son de mi edad... Bueno, y aunque lo fueran... A mi madre le gustan esas tradicionales que siguen rigurosamente la ceremonia del té y no sé que más... Ya sabéis. Las madres tienen que dar el punto de vista bueno y esas cosas.
- ¿Y no hay nadie en la escuela que quiera compartir piso? –atacó de nuevo el rubio.
- No. Ya he buscado todas las posibilidades. Se lo habría propuesto a Orihime-san, pero ahora está viviendo con esos parientes suyos tan raros.
Los tres chicos se lanzaron una pequeña mirada de complicidad.
- Comprendo. –dijo Ichigo. Pensando para sus adentros que era muchísimo mejor que las cosas fueran de este modo.
-¿Y cuándo te irías? –preguntó esta vez Asano, asumiendo cada vez más la partida de su amigo.
- Pasado mañana.
-¿PASADO MAÑANA? –volvió a berrear.
- Sí. Como podéis comprobar no hay nada que hacer. Necesitaría un milagro. –sonrió resignado. – Es muchísimo más fácil que un ángel caiga del cielo y me toque con su gracia, que me quede a vivir en Japón. Lo siento chicos. –terminó, dándose por vencido. – Ha sido un placer conoceros.
Justamente en ese mismo instante, quién sabe si por acción divina o no, un fuerte estallido que hizo retumbar las cristaleras del lugar, los rescató de esa tortuosa conversación. Acto seguido: varios frenazos, toques de claxon y el inconfundible sonido de colisión de algunos coches.
-¿Una explosión? –exclamó Keigo levantándose de su asiento asustado.
Ichigo conocía su reacción; no lo culpaba. Últimamente cualquier ruido fuera de lo usual era causado por algún hollow o algo peor atacando el barrio de Karakura. Y él no tenía todas consigo de que aquel primer sonido fuera una explosión natural.
Varias personas que como ellos estaban sentados en la cafetería salieron a la calle a curiosear. Una de ellas se giró hacia la barra para informar al dueño.
- Parece que ha habido un accidente bastante grave. Desde aquí distingo por lo menos seis coches afectados.
Al escuchar esto último, Ichigo también se incorporó y acudió junto con sus compañeros a la entrada del recinto. El accidente había ocurrido a escasos metros de allí.
- Voy a ver qué ha pasado. –informó al resto. – Quizá tenga que llamar a casa para trasladar a los heridos a la clínica.
- Te acompañamos. –le dijo Sado, echando a caminar a grandes zancadas tras suyo.
Keigo y Mizuiro asintieron y se unieron a la carrera. La verdad es que ellos no servirían de mucha ayuda, pero si los necesitaban estarían allí para cualquier cosa. Era una de sus últimas tardes juntos y un accidente no cambiaría la situación.
El joven Kurosaki se abrió paso entre todo el gentío apelotonado entre los coches y la acera. Parecía ser que el accidente había ocurrido en el cruce de dos avenidas importantes. Afortunadamente los coches implicados en el asunto, no habían sufrido mas que pequeñas colisiones frontales a la hora de frenar, y no parecía haber heridos entre los conductores. Siguió esquivando al amasijo de personas al tiempo que escuchaba murmurar:
- Dios santo¿La ha atropellado?
- No se mueve...
Observó espantado a las mujeres que habían dicho esto, y finalmente consiguió alcanzar laprimera fila donde podía verse el panorama: Uno de los vehículos más perjudicados era un deportivo color amarillo eléctrico al que le faltaba casi toda la parte delantera. Había varias huellas de frenado en el suelo y finalmente terminaban en el semáforo dónde se había estrellado. No sabía el motivo, pero salía humo de los restos del capó de una forma exagerada.
Y entonces la distinguió. Tirada en medio del asfalto, totalmente inmóvil... La figura de una chica enteramente vestida de blanco. Su larguísima melena castaña le cubría por completo la cara y hombros.
Sin pensárselo dos veces y al contrario que todos los allí presentes, se lanzó a la carretera para ir a socorrerla. Cuando llegó a su lado se agachó nervioso, pensando por un momento si debía moverla o no.
¿Estaría muerta? No... De ser así su fantasma todavía no se habría separado del cuerpo por completo. No había rastros de la cadena.
Con mucho cuidado le apartó el pelo de la cara.
Unos enormes ojos castaños, hundidos por unas terribles ojeras, le devolvieron la mirada aterrorizados.
-¿Puedes oírme? -le preguntó Ichigo al verla consciente. - ¿Dónde te ha dado?
- ¿Lo he matado?-inquirió entonces, con una vocecilla casi imperceptible. - ¿Ha muerto? -insistió comenzando a temblar.
No esperaba que le dijera eso. No entendía a qué se refería. Alzó la cabeza y echó un vistazo rápido a su alrededor en busca de cualquier otra persona herida o... Muerta. Pero solo estaba ella.
- No te muevas, voy a llamar a la clínica para que traigan una ambulancia¿de acuerdo? -le dijo con suavidad.
-¿Ambu... Ambulancia? -repitió ella cada vez más asustada.
- No te preocupes, no...
No le dio tiempo a continuar la frase. La puerta del coche amarillo estrellado en el semáforo acababa de abrirse; una horrenda y machacante "música" comenzó a escucharse.
A continuación, el dueño y conductor del vehículo bajó del mismo y se arrastró vagamente hacia el lugar en el que estaban los dos.
El tipo era un pelao veinteañero, vestido con unos pantalones ajustadísimos, una camiseta sin mangas de brazil, aún más ceñida al cuerpo; con muñequeras de plástico y un sin fin de cadenas colgando a modo de cinturones de dudosa utilidad. El chico estaba bastante desorientado, y por la cara que traía podía adivinarse no era a causa del choque... A saber cuánta mierda llevaba en la sangre en ese momento.
Otro accidente por culpa de un tío de estos... -Masculló Ichigo irritado.
Por suerte esta vez no había habido víctimas, así que prefirió ignorarlo... Ya se encargaría la policía de él. Ahora necesitaba concentrarse en aquella pobre chica.
Esas eras sus intenciones hasta que...
-¡Maldita mocosa! - exclamó el tío, acercándose hacia ellos, apartando a Ichigo y cogiendo a la joven por el cuello del kimono.
Luego comenzó a zarandearla. - ¡¿Quién te has creído que eres para destrozarme el coche?! No te pienses que no te he visto lanzar esa granada!
Ella gritó aterrorizada; el chaval siguió acusándola ante la atónita mirada de Kurosaki.
¿Pero de qué iba?
No pudo contener ni un minuto más su rabia, así que la huella de su zapatilla quedó al instante marcada en su cara de torta. Luego le propinó otra buena patada en el estómago, haciéndolo caer de espaldas, mientras soltaba a la chica.
- ¡¿Pero qué cojones?! -le dio tiempo a protestar al pelao, antes de que Ichigo lo volviera a callar con la suela de sus zapatillas.
- ¡CAPULLO! -le soltó, despegándole el zapato de la boca pero reteniéndolo en el suelo. - ¿Qué coño te crees que estás haciendo¿Atropellas a una pobre chica y aún tienes la poca vergüenza de echarle la culpa¡IDIOTA!
Otra nueva patada casi lo dejó inconsciente en el suelo.
En ese instante sus amigos aparecieron de entre el apelotonamiento de personas que contemplaba el espectáculo con gran atención.
De nuevo Ichigo estaba dándole su merecido a quienes alteraban la paz y el orden de la ciudad. Venciendo malhechores y ayudando a los desvalidos... Luego se quejaba cuando Keigo le llamaba Súper Héroe.
-¡No la he atropellado pelo pincho¡Ha sido ella quién me ha agredido con una granada¡Mira cómo me ha dejado el coche¿No has oído la explosión?
Ichigo volvió a mirar a la peculiar chica que acababa de ponerse en pie ayudada por Keigo y Mizuiro, y los observaba temblorosa.
Es cierto que habían oído una explosión antes que el accidente, pero aquel tío iba demasiado colocado como para saber de dónde venía o estaba. Además, sólo tenías que mirarla... ¿Una granada¿Ella? ¡Si ni siquiera podía sostenerse en pie!
Volvió a clavar los ojos en aquel tipo.
-¡GILIPOLLAS¡Deja de flipar pepinos¿Dónde te dieron el carné capullo¿No sabes que jamás debes mover a los heridos de un accidente¡Por tu bien espero que no lleve nada roto o volveré a patearte el trasero!
El conductor fue a contestarle, pero esta vez lo interrumpió las luces de un coche de policía que acababa de aparcar sobre la acera.
Ichigo le dirigió una última y fulminante mirada, mientras lo abandonaba protestando algo sobre los papeles del coche.
Se acercó al lugar donde sus amigos habían sentado a la chica.
Varias personas los habían rodeado y la miraban expectantes. Ella seguía temblando de arriba a bajo. Al Ichigo no le extraño en absoluto dado a la ropa que llevaba: Un finísimo yukata blanco aún estando de cara al invierno. ¿Vendría de alguna fiesta tradicional?
-¿Te encuentras bien? -le preguntó él, agachándose a su lado y poniéndole su chaqueta de la escuela por los hombros.
La joven levantó ligeramente la cabeza para encontrarse con sus ojos, y parpadeó un par de veces confundida.
- Sí... Estoy bien. -contestó finalmente.
- Lleva quemaduras en las manos. -le informó Mizuiro. - Es posible que sea del golpe con el coche.
- La llevaré a la clínica. Aunque no sea nada, no estará demás que le echen un vistazo. Se le ve afectada.
Kojima hizo un gesto afirmativo.
La verdad es que parecía totalmente ida y ajena a la realidad. A lo largo de los años, Ichigo había tenido oportunidad de ver a varios pacientes implicados en accidentes de tráfico, pero su reacción no se ajustaba a ningún canon psicológico que él conociera.
No era porque no se estuviera enterando de nada lo que sucedía, siendo que tampoco había sido tan grave como para que estuviera tan ausente. Pasaba de tener la vista fija en el cielo, a cambiarla rápidamente a las luces de los semáforos, a los coches, la gente que no dejaba de preguntarle cosas que no contestaba y por último otra vez él.
Parecía asustada, sorprendida y al mismo tiempo, habría jurado que incluso maravillada.
- Escúchame. -le dijo él, aprovechando ese momento en el que sus miradas se habían encontrado. -Vamos a llevarte al médico ¿De acuerdo?
- Estoy bien. -insistió. - No hace falta.- y escapando de las manos de Keigo y Mizuiro que la sostenían, trató de ponerse en pie.
Una vez más sus fuerzas le fallaron y cayó hacia delante. Afortunadamente Ichigo pudo cogerla a tiempo.
Al hacerlo y notarla tan cercana, se percató de que tenía dificultades para respirar, como quien no puede resistir más la presión del oxígeno en alta montaña. Entonces se desplomó por completo y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en si, estaba tumbada sobre una camilla. Habría jurado por un momento que nada de lo que había vivido era cierto y seguía en aquella habitación de la división cuatro, o en la suya propia, pero todo cuanto la rodeaba era bien distinto.
Se incorporó poco a poco y se apresuró por ponerse en pie. Podía moverse y caminar perfectamente.
Después de inspeccionar el lugar y averiguar por todos los instrumentos que había en las cristaleras, que se encontraba en una consulta médica, se dirigió hacia la única ventana del cuarto. Apartó la cortina solo un poco. Lo justo para poder mirar al exterior.
Se encontraba en un lugar no muy elevado, pero la vista del barrio de Karakura al atardecer, le recordó exactamente todo lo que le había sucedido.
El miedo se apoderó de ella. ¿La habrían traído esos humanos hasta allí? Si se trataba de eso solo se le ocurría una cosa por hacer: tenía que escapar de allí. No era prudente que ellos se encargaran de hacerle una revisión... Al fin y al cabo estaba en un Gigai.
Sin saber muy bien a donde dirigirse, abandonó el cuarto.
Un largo pasillo de puertas cerradas se extendía ante ella. Pasando por alto el hecho de que estuviera descalza, y que pasaría frío marchando así a la calle, abrió una de las puertas esperando encontrar la salida.
- ¿A dónde crees que vas jovencita? -una autoritaria voz masculina tras suyo, la detuvo en seco.
Se dio la vuelta lentamente y distinguió a un hombre de mediana edad, de pelo azabache y barba de tres días, vistiendo una bata blanca.
-Yo... -comenzó ella, como si se tratara de una niña pequeña a la que han pillado haciendo algo malo. Intentando buscar una respuesta que pareciera lógica en un humano, se tomó unos instantes para hablar: -no sé dónde estoy. -respondió estúpidamente.
Para su sorpresa, el hombre soltó una sonora carcajada.
Tal vez había metido la pata...
- ¡EH VOSOTROS! -llamó a voz en grito. - ¡Vuestra amiga a resucitado!
Se escuchó el sonido de pasos apresurados y cuatro adolescentes irrumpieron en el pasillo. Los reconoció a duras penas. Eran los mismos que la habían rescatado de aquel abominable ser amarillo rodante de hierro y cristales.
Sintiéndose totalmente acorralada al verlos aparecer, no se atrevió a moverse.
- No es amiga nuestra papá. -le contestó uno de ellos. - Es la chica del accidente. La trajimos aquí para que le echaras un vistazo ¿Lo has hecho?
-¡Ah! -exclamó el médico. - ¡Es cierto! Estaba convencido de que era alguna compañera de clase.
El chico le lanzó una indignada mirada a su padre, y éste se apresuró en decir:
-¡No me mires así¡No sería tan extraño! Últimamente traes a chicas muy bonitas a casa...
De nuevo una fulminante mirada por parte del chico.
-Está bien, está bien.. Ahora le hago una revisión. - y acercándose a Hinamori le hizo un gesto para que lo siguiera otra vez a la habitación de la que había intentado huir. Ésta, aunque algo resignada, lo siguió sin rechistar- ... Vamos a ver que tripa se te ha roto.
Al oírle decir esto un escalofrío recorrió su espalda y miró al médico bastante preocupada.
-Disculpe, no entiendo mucho de medicina pero... No creo que... -murmuró, llevándose involuntariamente las manos al estómago.
Pero el hombre la ignoró por completo y la obligó a que pasara al interior de la habitación y se sentara en la camilla. Los pies no le llegaban al suelo.
-Vosotros cuatro podéis pasar si queréis. -les dijo a los chicos que educadamente iban a esperar fuera, mientras buscaba algo en los cajones. -Hace mucho que no sé nada de vosotros tres¿Qué os contáis¿Qué es lo que ha pasado¿Un accidente decís?
Todos pasaron tímidamente al interior, sin atreverse a mirar del todo a la chica que los contemplaba distante. Era una situación algo incómoda.
-Ya te lo hemos contado, papá. -refunfuñó el otro. - Ha sido uno de estos idiotas que se dedican a dar vueltas con el coche y la música a toda leche, que casi la atropella.
-Vaya, menos mal que no parece nada grave. -murmuró el otro acercándose finalmente a la chica. - ¿Y ha llegado a darte, pequeña?
Tragó saliva. No sabía que tipo de preguntas iban a ser más difíciles de contestar... Si las posibles que le hubiera hecho Unohana-Taicho o las de aquellos humanos.
-No. Lo cierto es que no. Tan solo me he asustado.
-Hummm... No tienes muy buen aspecto. -le dijo el médico, alzándole la barbilla para mirarla directamente a los ojos. - ¿Has estado enferma últimamente?
-...pues... Yo... En realidad... -definitivamente éstas preguntas eran mucho más difíciles. - ... Hace casi dos años que...
-¿Si?
-... Me pegaron el sarampión.
Una gota resbaló por el rostro de los cuatro jóvenes allí presentes.
¿Eso era últimamente?
-¡Vaya! -se sorprendió el señor Kurosaki. - ¿Y te duran las ojeras desde entonces? -inquirió fascinado por el hecho. - Debiste de pasarlo muy mal. Pobrecilla.
La chica enrojeció hasta las orejas dándose cuenta de cuan estúpida había sido su respuesta. Sin embargo había sido lo primero que se le había ocurrido. Decirle que había estado en coma no era una muy buena opción. Además, lo del sarampión era cierto.
-¿Y ahora qué¿Te duele algo¿Sientes alguna molestia? -le dijo colocándose el estetoscopio para auscultarla . - Inspira fuerte¿vale?
La chica obedeció y tomo una buena cantidad de oxígeno.
Se sentía increíblemente agarrotada y lenta en aquel gigai. Le costaba mucho moverse, pero era un problema que no podía contarle. Así que negó con la cabeza.
-¡Vaya! -se sorprendió otra vez el hombre. Esta vez, sin embargo, el "vaya" fue alarmante. Como si lo que estuviera escuchando no fuera normal o tuviera una enfermedad increíblemente rara y única en todo el mundo.
-¿Qué ocurre papá? -se preocupo Ichigo.
-¿Se encuentra bien señor Kurosaki? -inquirió Mizuiro.
-¿Se va a morir? -agregó Keigo.
-Nada... En realidad. -sonrió él tranquilizándolos.
Hinamori lo miró confusa.
El frío tacto del metal de aquel aparato se le posó entonces en la espalda y volvió a tomar aire. El médico le apartó la larga melena hacia delante para poder trabajar mejor. O eso pensaba ella hasta que dijo:
-Un bonito tatuaje, sin duda. Hacía mucho que no veía nada parecido.
Los ojos de la chica se abrieron como platos e involuntariamente se llevó la mano al cuello donde estaba dibujado el emblema de su división y le correspondía a ese gigai.
-Tres campanillas pendiendo de un mismo tallo... -prosiguió él. - Siempre me gustó ese símbolo.
Los cuatro chicos miraron al hombre sin comprender de lo que hablaba. No obstante, el corazón de ella latía con fuerza y acelerado. No lo comprendía... ¿Cómo podía saberlo¿Se había dado cuenta? No estaba segura, pero algo en ella le decía que sí. Incluso llegaba a sentir su energía espiritual ejerciendo presión sobre ella.
¿Quién era él?
-Bueno, -le dijo dándole una palmadita en la espalda. - No te preocupes pequeña. Creo que estás perfectamente aunque...
-¿Aunque?
-¡Haz así!
Kurosaki Ishiin se puso en pie de un salto y comenzó a contornearse en una postura parecida a la grulla pero mucho más patética y extraña. Así que su hijo lo vio en esta espeluznante pose, recibió una colleja por su parte.
-¡Deja de hacer el tonto¡¿Qué clase de revisión le estás haciendo a la pobre?!
El hombre se protegió la cabeza con las manos y se apresuró por defenderse:
-¡Pero si lo hago por una buena razón¡Quiero comprobar su movilidad!
Hinamori parpadeó mientras veía como los dos comenzaban a perseguirse y propinarse golpes y patadas por la habitación.
-Están locos... -murmuró Chad.
-Dan miedo... -agregó Keigo.
-... Pues a mi lo que me dan es envidia. -suspiró Mizuiro.
La chica contempló a este último de reojo al escucharlo. Él, dándose cuenta de que lo miraba le dirigió una inmensa sonrisa. Ésta se la devolvió, antes de que Kurosaki padre aterrizara justo al lado de ella con la cabeza.
-Toma pequeña... -le dijo con lágrimas en los ojos, a causa del trompazo; tendiéndole un aparato de metal. -Intenta deformarlo¿vale?
Ella asintió en silencio tratando de hacer lo que el hombre le pedía. Pero no pudo moverlo ni siquiera un poquito.
-Esta muy duro... No puedo. -confesó, sin soltarlo y empeñada por deformarlo aunque fuera un poquito. Había perdido fuerza en estos últimos meses en coma y el gigai no le ayudaba nada.
-Ya veo. -comprobó el otro. -Ahora vuelvo. Iré a buscarte una medicina que te vendrá bien. -le dijo saliendo de la habitación.
Ichigo, ahora con un morado en la mejilla observó indignado cómo su padre los dejaba en el cuarto.
-Ese idiota... -masculló. -Cada día que pasa lo comprendo menos. Hace unos instantes ha dicho que no le pasaba nada y ahora necesita medicina. -concluyó, obserbando a Hinamori de reojo.
Ésta, tratando por todos los medios posibles pasar desapercibida, ocultó su cara tras la melena suelta.
Pero no le sirvió de nada, porque el chico ya se había situado con paso decidido justo delante suyo.
-Eh... Esto... -hizo una pausa. - Perdona pero aún no sé cómo te llamas.
Momo alzó la vista.
-Hina... -Sin embargo, al encontrase otra vez con él cara a cara, enmudeció al instante. Esa cara le recordaba demasiado a... No, no era posible.
-¡Ah! -exclamó Mizuiro acercándose allí también. - Hina es un nombre que me gusta mucho.
-Eso es porque la primera chica que te gustó se llamaba Hinata. -agregó Keigo.
-No es por eso. -le aseguró el otro, algo molesto.
-Bueno, Hina-chan... ¿Puedo llamarte Hina-chan? -le preguntó Asano. - Yo soy Asano Keigo.
-Mizuiro Kojima. -se presentó éste. - Y él es Sado... No habla mucho.
-Hola. -dijo Chad solamente.
La chica sonrió amablemente a los tres.
Tal vez era mejor así... Hina no era un nombre que le disgustara.
-Claro que sí, llamadme como más os guste. Encantada.
-¡Ah¿No es adorable? -inquirió Keigo, casi desprendiendo lucecitas por los ojos.
-Y Kurosaki Ichigo. -terminó el rubio, ignorándolo. - Esta es la clínica de mi padre... Aunque no lo parezca él es bastante normal.
-A mi no me parece lo contrario. -sonrió ella.
-Te trajimos aquí pero... Como no encontramos ninguna tarjeta o identificación tuya no hemos podido avisar a tu casa. -agregó. - Creo que deberíamos avisar a tus padres y decirles dónde estás para que puedan venir a recogerte.
Sus pupilas se encogieron repentinamente.
No había caído en ese detalle. Ella... Hacía mucho tiempo que no tenía padres o lo que podía definirse como una familia. Vivía rodeada de buenos amigos y gente a la que quería. Sin embargo, ser shinigami no tenía nada que ver en absoluto con la vida de un humano. Allí, ellos sí tenían parientes unidos por lazos de sangre como ocurría en las casas nobles y en los llamados shinigamis puros.
Además de eso, tampoco había caído en el detalle de que no tenía ningún lugar donde quedarse durante su estancia allí. Su ceguera con ir al mundo mortal para encontrar a Aizen, le había impedido ver detalles esenciales. Ahora estaba atrapada por los errores que ella misma había cometido.
Bajó la mirada algo entristecida.
-No tengo familia.
Tras unos segundos de silencio y tensión, Ichigo habló de nuevo:
-Lo lamento mucho... Mi madre... También murió.
Hinamori miró al chico perpleja sin comprender porqué él le había confesado algo así. Pero sintió como si se hubiera quitado ya un peso de encima. Estaba segura de que no volvería a atacarla por ese camino.
-Entonces no te preocupes, nosotros te acompañaremos a casa ¿Te parece bien? No estaría bien que volvieras sola.
Mizuiro asintió conforme.
-Verás... Es que tampoco tengo casa... Aquí. -añadió, cada vez más consumida por su estupidez. - Cuando me encontrasteis debía estar buscando algún sitio para pasar la noche. Ahora ya es un poco tarde.
Los chicos la miraron atónitos. No se esperaban que estuviera tan desamparada. El mero hecho de mirarla ya provocaba lástima... Pero al conocer estos pequeños detalles, veías que era incluso peor que en lo que en un principio habías imaginado.
Ninguno dijo nada.
-¡Ya estoy aquí! -anunció entonces el señor Kurosaki abriendo enérgicamente la puerta, y rompiendo con su alegría el pesado ambiente que habían conseguido en pocos segundos.
Se acercó a Momo y le tendió un frasquito con tape de cuentagotas.
-Toma. Tienes que tomarte esta medicina tres veces al día antes de las comidas. Se echa una sola gota en un vaso de agua, remueves y te lo bebes entero¿entendido?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-Ya verás como en dos días te encuentras mucho mejor. Ah! Y de momento te sugeriría que no hicieras mucho ejercicio. Al menos no muy fuerte. Pero no te preocupes, dentro de una semana ya estarás lo suficientemente recuperada como para volver a hacer vida normal.
-Entendido. -dijo leyendo el lateral de la caja. - Muchas gracias, Kurosaki-san.
-Pues ya está, señorita... Si necesitas algo más o notas algo raro durante el tratamiento no dudes en avisarnos. Habla con mi hijo que tiene muy buena mano para las mujeres. - le aseguró, dándole una palmada a Ichigo en la espalda. - Os dejo que ha venido una mujer a la que se le ha quedado atascada una servilleta en las fosas nasales.
Tras la marcha de Ishiin, Hinamori se guardó el frasquito en el sinus del kimono.
Luego les hizo a los chicos una profunda reverencia en señal de agradecimiento.
-Muchísimas gracias por todo. -les dijo aún en reverencia. -Ahora será mejor que me vaya. No quiero causaros más molestias. De nuevo os estoy muy agradecida.
-Hina-chan... - la llamo Keigo. - ¿Te vas a ir¿No has dicho que no... Tenías a dónde ir? -terminó la frase algo inseguro y claramente preocupado.
Ella asintió tratando de sonreír.
-Sí, pero no importa. Ya me las arreglaré.
-¡Pero no es bueno que una chica tan bonita ande por ahí sola¡Y descalza!
Hinamori se miró los pies como si no comprendiera qué tenían de malo su ropa y sus pies.
-¿Ir descalza está prohibido?
-No es que esté prohibido pero...
-Hina... -lo cortó Mizuiro. - ¿Quieres quedarte en mi apartamento? Estoy buscando alguien para compartirlo.
Todos ellos se quedaron mirando al pequeño Kojima con los ojos increíblemente abiertos. Como si aquella hubiera sido la locura más descabellada que hubiera salido de su boca.
-¿... Qué? -preguntó Hinamori casi tan perpleja como ellos.
-Verás, -sonrió él con amabilidad. - Estoy buscando desde hace mucho tiempo un compañero de piso, o de lo contrario me tengo que ir a vivir al extranjero. Necesito a alguien con quien compartir gastos. Estoy convencido de que mi madre no pondría ninguna pega si tu te quedaras.
El chico la repasó analizando cada detalle...Pies pequeños, constitución menuda y delgada, ojos grandes en una cara aniñada, el kimono...
-Sí, estoy seguro de que le parecerá perfecto.
Ya había anochecido cuando Momo y los tres chicos abandonaban la clínica de los Kurosaki. Había sido él quien había tenido que proporcionarle algo de la ropa que usaba Rukia para regresar, ya que el tiempo había empeorado y la temperatura había descendido mucho para entonces.
Mientras esperaban al taxi que acudiría a recogerlos hacia su nuevo hogar, Hinamori miró el cielo abrumada. No se veía ni una sola estrella; tampoco la luna. Era un lugar tan diferente a la sociedad de almas, que le provocaba continuos escalofríos.
Había estado muy segura de si misma en un principio partiendo hacia allí, sin embargo ahora no se sentía capaz de permanecer por mucho tiempo en un lugar como ese.
El mirar al cielo que siempre la había tranquilizado, ahora no conseguía reconfortarla. Buscaba desesperada en aquel lugar algo u alguien que pudiera tranquilizarla y calmara su corazón.
-Hina-chan... ¿vamos?-la llamó Mizuiro abriéndole la puerta de uno de esos monstruos rodantes, que había definido como "taxi". Luego comprendió que hacían el mismo papel que un coche de caballos.
-Sí... - asintió finalmente, con los ojos aún puestos en el firmamento.
Mizuiro también la imitó.
Justo en ese instante, en el que su mirada se perdió en la distancia, como si de delicadas plumas blancas se tratasen, llegó la primera nevada del año.
Ambos sonrieron abiertamente deleitándose con aquella maravilla.
No debía haberlo hecho pues el recuerdo aún era amargo... pero Momo sintió que le volvía la paz.
-Gracias...
A pesar de que estas palabras no iban dirigidas hacia Mizuiro él también sitio alivio.
Antes de que ella entrara en el coche, extendió la mano esperando coger una de esas brillantes y diminutas estrellas de cristal, que enseguida se derritió en su mano.
Dirigiendo una última mirada al cielo, pensó que además de todas las cosas malas que ocurrían y los dioses les enviaban, los milagros existían... Y los ángeles también.
To be continued...
N.A: Muchas gracias por todos los reviews recibidos! Me alegro de que os gustara el primer capítulo! Y espero que este segundo igual os haya gustado. Creo que tiene algunos toques de humor bastante agradables, no? Eso compensará el dramón del siguiente XD En el tercero sufriréis! BOHAHAHAHA!
Quiero que sepáis que aunque es una historia dedicada a Hinamori, es posible que los capítulos estén contados bajo el punto de vista de distintos personajes. Sobre todo de los tres protagonistas. Así que quedáis avisados con antelación!
Ah! La semana que viene es el salón del Manga de Barcelona, así que no colgaré capítulo hasta que vuelva. Ahora ya sabéis: dudas, preguntas y quejas... así como todos vuestros comentarios al respecto en un REVIEW!
