VII
–No te voy a dejar escapar.
Conociendo sus mañas le tomo por el cuello, impidiendo que se eche a correr –es una molestia tener que buscarlo por todo el apartamento–. A paso veloz, voy al baño y me encierro con él.
Por instinto se esconde pero, en ese reducido espacio esa bola de grasa está bajo mi merced.
No pierdo el tiempo y abro el grifo para que la bañera se llene con agua tibia.
La última vez que bañe al saco de pulgas con agua fría, Lenalee no me dirigió la palabra por todo un mes.
Cuándo me acerco para meterlo –aventar lo– en la tina, el maldito no tarda el gruñir –es bueno que Lenalee le corta las garras con regularidad–.
–Como si eso me importara.
Tomo la regadera y lo voy rociando con agua para que salga de su escondite.
«No cabe duda, me satisface hacer esto»
