Ah, vaya. Ha pasado un tiempo. Traté de editar el capítulo rápido, pero justo terminaron mis vacaciones y tuve que volver a la universidad y uf... se hizo todo un desastre... ¡Pero ya está! Por fin. (?) Aunque mi idea principal era subir capítulo cada tres días, ya vi que no podré. Pero daré lo mejor de mí para subir cada semana.
Gracias también por los comentarios, en serio. Saber que alguien lee el fanfic me motiva bastante a continuarlo. Les agradezco que lo sigan. ¡Espero que les guste!
III
Antes de ser el segundo héroe más poderoso de Japón o de tener el récord de casos resueltos; de ser un mal padre o de romper lazos personales con All Might y Tsukuchi Naomasa, había sido un joven aprendiendo acerca del alcance de su poder mientras lidiaba con la terrible experiencia del primer amor y el descubrimiento de cierta tendencia homosexual desconocida hasta el momento. Entre una y otra cosa, la situación se había convertido en algo que, llamaría tiempo después, un grave error.
Con sus padres no hablaba acerca de lo que le sucedía. Era imposible hacerlo y, aunque hubiera sido distinto, tampoco hubiera cambiado su decisión. Incluso cuando los héroes estaban instaurados en la sociedad, su familia seguía perteneciendo a un régimen tradicional en el que las muestras de afecto de cualquier tipo eran algo impensable. Su padre, hombre de negocios, era una persona demasiado severa y poco expresiva; su madre, apenas si constituía una figura de respeto, cuyas tareas propias de una progenitora habían sido relegadas a personalidades desconocidas como su nodriza, o bien de nula importancia como los tutores y cuidadores que había tenido a lo largo de su vida. En alguna ocasión, Toshinori le había mencionado que se veía como una persona solitaria y le había soltado un sinfín de preguntas acerca de cómo se sentía no tener alguien con quien compartir felicidades y tristezas o a quién recurrir cuando las cosas iban mal.
Lo cierto era que, hasta ese entonces, nunca se había puesto a reparar en su situación.
Suponía que así funcionaban las cosas. Si uno está en medio de la oscuridad sin conocer nada más que las sombras, el primer encuentro con la luz es demasiado fuerte. Yagi era su luz. Y mientras más tiempo pasaba con él, más se daba cuenta de que el mundo era diferente a como lo había imaginado. Afuera de esas barreras en las que había vivido había todo un universo, uno donde la gente tenía corazón y sentimientos y estaba permitido equivocarse; uno donde era posible amar a alguien y ser amado de regreso.
Acostumbrado a asistir a colegios donde lo único que parecía importante eran las conexiones, la fuerza y la inteligencia, nunca había hecho un lazo lo suficientemente cercano con nadie. Tal vez por eso nunca antes se había enamorado.
― ¿Y quién es? ― Preguntó su padre, sentado del otro lado de la habitación.
― Se llama Toshinori Yagi. Viene a practicar al dojo algunas veces ―. Mencionó, con la cabeza baja.
No necesitó levantar el rostro. Escuchó a la perfección el suspiro del hombre y pudo imaginar las pequeñas llamas que bailaban entre sus dedos cuando algo no le parecía. Estaba ofendido, sin lugar a dudas. Y sabía que había razones para que lo estuviera.
― Es una falta de respeto que no lo hayas presentado adecuadamente. Me sorprende que hayas tenido no sólo el atrevimiento, sino el descaro y el ingenio para mantener oculta la situación ―. Seguramente hablaría con los criados y más de uno se metería en problemas, pensó ―. ¿Por qué no he escuchado nada de su familia?
― Lo siento mucho, padre ―. Se disculpó ―. No es de ninguna familia de renombre.
Hubo un momento de silencio.
― ¿Eso quiere decir que estás haciendo amistades banales?
― ¡No! ―. Exclamó. Volvió a bajar la vista cuando se dio cuenta de que había levantado la voz y el rostro. Trató de serenarse e inhaló con fuerza antes de continuar hablando ―. Es un gran aspirante a héroe. Ganó el festival deportivo del año pasado y ha hecho un buen trabajo en sus prácticas. Considero que podría ser conveniente tenerlo en la mira a futuro. ―. No estaba diciendo mentiras, aunque tampoco pensaba confesar la totalidad de sus intereses.
La pausa comenzó a extenderse, segundo tras segundo. Los ojos encendidos de su progenitor pesaban sobre él y no había valor suficiente en la Tierra como para hacerlo levantar la mirada. No sólo por el hecho de las visitas, sino por ese sentimiento indecente que albergaba en su pecho y que se sentía incorrecto en presencia de aquél hombre.
― Espero que no te estés equivocando, Enji ―. Dijo, con esa voz desprovista de sentimiento, grave y pausada ―. Has demostrado tener un buen juicio en casi todas tus decisiones hasta el día de hoy, pero decidiste decantarte por un camino diferente al mío. Ya que juraste que ibas a hacer que funcionara ese capricho tuyo de ser un héroe, no lo eches a perder.
― No lo haré, padre ―. Aseguró.
― Tráelo a cenar el sábado. Quiero saber qué clase de persona es la que ha llamado tu atención y ha estado frecuentando mi casa sin mi consentimiento.
Se tragó un suspiro de agobio.
― Entendido.
― Puedes retirarte.
Hizo una inclinación más, se puso de pie, caminó hasta la puerta y esperó a que la criada la abriera antes de salir. Anduvo en silencio hasta la pasarela del jardín y ahí dejó escapar un jadeo de frustración. Nada estaba bien. Quiso maldecir al responsable, pero en el fondo sabía que era su culpa por completo. Él había permitido que Yagi se le acercara demasiado; él le había abierto las puertas de su casa; él había roto las reglas y había roto su muro de contención. Él, y nadie más que él, estaba avanzando por ese camino nuevo, atrayente y desconocido y se negaba a dar marcha atrás. Si su padre supiera lo que hacía, si se enterara de que estaba enamorado de un hombre que, aparte de todo, no era nadie, seguramente se mostraría muy decepcionado.
Esperaba que las cosas pudieran ser distintas algún día.
Sus ojos parecieron soltar destellos de emoción. Una sonrisa demasiado grande le surcó los labios. Los suyos sólo se fruncieron. Había optado por lo más pragmático y le había soltado un: "Mi padre quiere que vayas a cenar el sábado a casa", sumido en un murmullo molesto mientras caminaban a la salida. Había sido difícil encontrar la manera, puesto que era algo que no le entusiasmaba en lo absoluto.
― No es necesario que vayas. Diré que tenías algo qué hacer.
Podía lidiar con la decepción de su padre si Toshinori faltaba al compromiso, pero no estaba seguro de poder hacerlo si lo conocía. No veía manera en que ese encuentro fuera a salir bien.
― ¿Qué dices? ¡Por supuesto que iré! ―. Exclamó, con más felicidad de la que él hubiera esperado ― ¡No podría perder la oportunidad de conocer a tu familia!
― Son gente severa, Yagi ―. Advirtió.
― ¿Más que tú? ¡No hay ningún problema! ¡Todo estará bien!
― ¿Por qué lo dices? ¿Cómo diablos puedes saberlo?
― ¡Es fácil, Todoroki! ¡Porque yo estaré ahí!
Lo miró durante unos segundos. La abrumadora seguridad que desprendía era inquietante.
― No puedes ser tan ingenuo todo el tiempo… ―Murmuró, sintiendo que había cavado su propia tumba.
Pero ajeno a sus preocupaciones, Yagi se echó a reír y le dio un par de palmadas en la espalda. Cerró los ojos con pesar y maldijo en voz baja, esperando que esas palabras que había comenzado a repetir el rubio de un tiempo para entonces, le dieran algo de sosiego.
La cena fue mil veces mejor de lo que hubiera esperado, pero eso no evitaba la angustia que lo carcomía por dentro. De su predecesor había heredado muchas de sus facciones, así que era complicado saber a ciencia cierta qué era lo que estaba pasando por su mente. La actitud despreocupada de Yagi y sus respuestas honestas lo tensaban en todo momento, así como las estrepitosas carcajadas que dejaba salir en momentos inadecuados o cuando se tocaba un tema serio que no parecía entender. Él, por su parte, nunca habría tenido el atrevimiento de soltar una broma en la mesa y mucho menos interrumpir a su progenitor antes de que terminase de hablar. Pero ahí estaba el rubio, actuando igual que siempre, sin respetar la mayoría de los modales tradicionales, sentado como si estuviera en una casa de té y tan relajado como cualquier otro día.
― ¿A qué se debe tu interés por los Estados Unidos, Yagi-kun? ― Preguntó su padre luego de un rato de charla. Enji había olvidado mencionarle al chico que su familia tenía una inclinación nacionalista bastante marcada.
― ¡Mi mamá es americana! ― Soltó, lleno de orgullo ―. Pero más allá de eso, pienso que los Estados Unidos son el símbolo de la libertad; han forjado el sueño americano de modo que cualquiera puede ser lo que quiera ser. La gente tiene esperanza en el futuro y en sus aspiraciones sin importar quiénes sean o de dónde vengan… ¡Y no es que esté menospreciando a Japón! ¡En absoluto, amo Japón! Sólo pienso que, como héroe, me gustaría rescatar ese espíritu. ¡Quisiera ser un símbolo que represente todo eso! ¡El Símbolo de la Paz! ¡Así la gente va a poder estar segura!
Por puros modales, Enji no se palmeó el rostro, pero apretó los dientes y puso toda su voluntad en mantener su gesto impasible. No era como si su respuesta tuviera algo de malo, pero sonaba tan ideal, tan ingenua, que no sabía si estaba bien. Su padre levantó una ceja. ¿Era reproche? ¿Era molestia? ¿Estaba ofendido?
― ¿No crees que es una meta muy grande, Yagi-kun?
Toshinori sonrió con toda la confianza del mundo.
― ¡En absoluto, Todoroki-san! ¡Yo también tengo esperanza en el futuro y mucha confianza en mi quirk! ― Levantó un puño y lo apretó en el aire ―. ¡El primer paso para cumplir un sueño es creer que puedes lograrlo! ¡Y yo no creo, yo sé que puedo hacerlo, así que es lo que haré! ¡No importa qué tenga que hacer, ni qué tenga que sacrificar ni a quién me deba enfrentar, voy a poner una sonrisa en el rostro de las personas!
Ninguno dijo nada. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo hasta su madre, callada e inexpresiva, abría los ojos con sorpresa. Los labios de su padre, por un momento, parecieron curvarse en una de esas pocas sonrisas que se permitía esbozar de vez en cuando. Ese pequeño discurso, por una u otra razón, se había llevado el aliento de los Todoroki. Nadie hubiera dudado de las palabras del rubio y el pelirrojo sintió, en ese instante, una punzada de envidia y orgullo por Toshinori.
― Creo que Enji podría aprender de ti lo que es tener una verdadera ambición ―. Dijo el hombre finalmente ―. Cuida de él a partir de ahora.
Entre conversaciones y comida, la luna terminó bastante alta. Como sus casas no estaban en la misma zona, el padre de Todoroki, quien parecía extrañamente complacido, insistió en que se quedase esa noche. Se levantaron de la mesa y la criada les preparó el baño. Con la amplitud de la residencia, no era necesario que ocuparan el principal, reservado para los señores, sino el correspondiente al segundo complejo, cerca de la habitación de Enji en la construcción aledaña del dojo, cruzando el segundo jardín.
― ¡Estaba realmente nervioso! ¡Tu padre impone mucho! ― Exclamó Yagi.
Todoroki no sabía de qué estaba hablando. A él le parecía que estaba demasiado relajado, casi como si no le tomara importancia a la figura de su padre. Su corazón había estado a punto de detenerse al menos diez veces a lo largo de la reunión. Ahora, sin tanta tensión, y una vez que su sorpresa hubo desaparecido, se sentía ligeramente irritado.
― Deja de jugar, ni siquiera parecías preocupado ―. Se quejó. Procedió a descalzarse y se desató la toalla que llevaba en las caderas; luego la dejó en el sitio correspondiente, antes de sentarse en el banquillo y comenzar a tallarse el cabello.
― No había forma en la que pudiera dejar que tu padre lo supiera ―. Mencionó el contrario, mientras tomaba sitio a su lado ―. Sé que era importante para ti, así que vine a salvarte. Siempre debes salvar a la gente con una sonrisa en los labios.
― ¡¿Hah?! ¿Qué es esa mierda? Por supuesto que no me salvaste, idiota ―. Gruñó. Aunque una parte de sí sentía que sí lo había hecho.
Voltear a verlo no fue la mejor idea que pudo tener si deseaba mantenerse tranquilo. Lo había visto desnudo en las duchas, igual que a todos sus compañeros, pero tanta presión le había hecho olvidar esa atracción inevitable que Yagi ejercía sobre él. De pronto estaba frente a su cuerpo expuesto, sin ninguna restricción, completamente húmedo. Los músculos que se adivinaban por debajo de la ropa parecían más imponentes sin nada que los cubriera; el movimiento de cada inhalación resultaba tremendamente obvio y la forma en la que el agua se iba deslizando sobre su piel comenzaba a ponerlo nervioso. Y es que, si alguna vez había dudado acerca de si le gustaba o no Toshinori de forma física, acababa de descubrir que sí, lo hacía. Demasiado. La adolescencia también le había dado esa clase de impulsos.
― ¿Te asombran mis músculos Todoroki?
No sabía si se estaba burlando o no, pero desvió la mirada rápidamente y, a modo de contener su vergüenza, se limitó a gruñir de mala gana mientras se enjuagaba.
― ¡Los tuyos no están nada mal! ―. Insistió―. Aunque tendrás que esforzarte más para poder alcanzarme.
Incapaz de soportarlo más, se puso de pie bruscamente y se dirigió a la bañera.
― Cállate. Que seas un fenómeno no significa que todos los demás deban de serlo ―. Protestó, entrando en el agua y sentándose de espaldas a donde se encontraba el rubio. Cerró los ojos un momento, tratando de relajarse y de sacar de su mente esas impresiones extrañas que lo habían invadido repentinamente. El deseo sexual, si en algún momento lo había profesado, no había sido por nadie como Toshinori y nunca lo había golpeado con tanta fuerza como para sentirse avergonzado de sí mismo. Todo eso lo tomaba con la guardia baja. La idea de pasar los siguientes minutos al lado del contrario lo agitaba. Cuando terminaran de tomar el baño, dormirían en futones contiguos. Pasarían la noche juntos. La consciencia repentina de su situación lo estaba matando.
Escuchó los pasos de Yagi acercándose y trató de no tensarse. Reparó en el movimiento del agua cuando comenzó a entrar, pero se negó a abrir los ojos mientras el silencio se hacía más largo, hasta que, por fin, la voz de Toshinori, algo más relajada, hizo su aparición.
― La expresión que tienes cuando cierras los ojos es curiosa.
― ¿Eh? ―. Separó los párpados y lo primero que vio fue a Toshinori de pie, observándolo con interés y sin ninguna clase de pudor. Eso, sumado a lo que acababa de decirle, lo descolocó―. ¿Te importaría tener un poco de vergüenza? ¿Te estás burlando de mí? Deja de decir esa clase de tonterías, ¿quieres?
― No. Pienso que es… interesante. Me gusta.
Enji quería hacer algo, pero no sabía qué. Tratar de mantener la compostura era cada vez más difícil. Todo lo que hacía o decía el chico era como un golpe directo que removía todo su interior. Si continuaba, tarde o temprano terminaría por doblegarse y estaba seguro de que eso no sería nada bueno. No sabía cuáles eran los gustos de Toshinori, pero no parecía la clase de persona que podría sentirse atraída por un cuerpo musculoso y varonil como el suyo. Gruñó de nuevo, irritado consigo mismo y con el rubio. Al menos Toshinori decidió que había sido suficiente y se sentó a su lado. Él se limitó a bufar mientras perforaba la pared con la vista.
― Eres un idiota, Yagi ―. Murmuró ―. Si no fuera tan tarde, ya serías ceniza…
― ¿Supongo que debo agradecer que tu sentido de la responsabilidad sea más grande que tus ganas de calcinarme?
― Sólo cállate, ¿de acuerdo?
― Lo siento.
A pesar de eso, Yagi Toshinori continuó riendo un rato más.
La distancia entre los futones no era más de 20 centímetros a pesar de la amplitud de la habitación. Aunque había estado antes en el dojo, era la primera vez que veía el resto de la casa de Todoroki, incluyendo su habitación. Una de las puertas corredizas daba al jardín, la otra, al interior de la casa. Todo se veía demasiado ordenado. Era casi como si la expresión del rostro de Enji fuera un reflejo de su cuarto o viceversa. Sabía que lo necesario para entrenar estaba en el dojo, pero no podía dejar de preguntarse dónde estaba el resto de cosas que debería tener, como revistas o algo para divertirse. En la mesita baja que estaba en uno de los extremos había algunos libros, el tintero de caligrafía y los rollos de papel perfectamente acomodados; en la pared había un armario empotrado. No veía nada fuera de su sitio.
Mentiría al decir que no tenía curiosidad, porque el asunto era que, ajeno a lo que el pelirrojo sentía por él, en algún punto también había comenzado a desarrollar sentimientos hacia el chico. Tal vez era muy arisco y era fácil hacerlo enojar, pero tenía algo que lo atraía; quizás era su determinación y su fuerza, quizás esos atisbos de sensibilidad que expresaba muy de vez en cuando, quizás la manera en la que sonreía, quizás la expresión que tenía cuando peleaba… no lo sabía con certeza, pero lo que era un hecho era que se había enamorado. Por supuesto, no había dicho ni media palabra de esto a Gran Torino o a Nana. Ni siquiera a Tsukauchi. De hacerlo, seguramente le hubiera llovido un sermón acerca de su responsabilidad y el compromiso. Todavía podía dar vuelta e ignorar eso que Enji despertaba en él, pero lo cierto era que no quería evitarlo; no había forma en la que pudiera parar esa sensación tan violenta que lo empujaba a acercarse a Todoroki una y otra vez, a buscar excusas para pasar tiempo a su lado. Tampoco había manera en la que pudiera dejar de observar su cuerpo desnudo o la manera en la que sus manos limpiaban su cuerpo, o su expresión calmada mientras estaba en la bañera, casi como si esperase un beso. Ahora, tener que dormir a menos de 20 centímetros era una especie de tortura que estaba ansioso por llevar a cabo.
Se ajustó la yukata mientras miraba la habitación. Afuera era noche cerrada y un aire ligeramente frío se colaba al interior por la pequeña abertura que Todoroki había dejado en la puerta.
― No hay gran cosa para mirar, Yagi. Vamos a dormir ya ―. Dijo con una prisa que no llegó a entender.
― Está bien.
En esa situación no tenía mucho qué decir. Nunca habían estado tan solos como en esa noche. Incluso cuando peleaban juntos en los entrenamientos o iban a resolver delitos menores, ésta era otra clase de intimidad. Con lo grande y solitaria que parecía la residencia, no estaba seguro de que alguien pudiera escuchar sus conversaciones. Además, debido a la hora, seguramente se habría dormido todo el mundo. Estaba excesivamente consciente de la presencia de Todoroki y eso lo afectaba más de lo que quería admitir. Ni siquiera se le ocurría cómo empezar una conversación.
― Voy a apagar la luz ―. Mencionó el contrario.
― ¡Ah, sí, adelante! ― Contestó por reflejo.
Se metió en el futón y se acomodó sobre su costado; pronto se encontró en la penumbra, no demasiado profunda por la luz de la luna que atravesaba el delgado papel de la puerta que daba al jardín
― Buenas noches ―. Susurró Enji, dándole la espalda.
― Buenas noches ―. Respondió.
No tenía sueño. Podía ver la espalda del contrario, su cabello corto y rojo resaltando sobre la tela pálida del futón, su nuca desnuda que la yukata no alcanzaba a cubrir, el lóbulo de su oreja, la forma de sus hombros… Aunque no se lo había dicho a nadie, muchas veces se había preguntado cómo sería tener ese cuerpo, ligeramente más delgado que el suyo, entre sus brazos. Su mente adolescente se había hecho mil y un escenarios al lado de Todoroki por los que a veces se sentía culpable. El poco contacto físico que tenían cuando entrenaban o las visiones cortas de su piel expuesta, o el sonido de su voz cuando jadeaba agotado, o sus labios separados cuando buscaba aire, o la manera en la que lo llamaba cuando lo necesitaba… todo eso sumaba a su imaginación incontrolable que cada vez exigía ir un poco más allá. Pasó saliva y dejó que los minutos siguieran avanzando, perdiéndose en fantasías que tenían mucho de indecente. Una pequeña ráfaga de viento hizo que todo su cuerpo se estremeciera a pesar de las mantas y la idea cruzó por su cabeza.
Era algo estúpido, sin lugar a dudas y podía salir bastante mal, tomando en cuenta de quién se trataba, pero una parte de sí deseaba intentarlo, arriesgarse y dar un gran paso para ver si ésa era la dirección correcta. De no serlo, probablemente Enji se enojaría y dejaría de hablarle, pero si fuese lo contrario, podría ir con más seguridad por el mismo camino. No necesitaba que el pelirrojo le saltara encima y le declarara su amor o su deseo; para un primer contacto, que no lo rechazara ya contaría como una gran victoria. Con un montón de pensamientos en la cabeza, se dijo a sí mismo que los héroes son aquellos que se arriesgan aunque tengan pocas probabilidades de éxito. Estaba descontextualizando todo, por supuesto, pero le dio el valor suficiente para que llevara a cabo su empresa.
No supo cuánto tiempo pasó desde que la luz se había apagado, pero calculó que serían unos quince minutos. Con todo el silencio del mundo, y esperando que Enji no fuese a despertarse, salió del futón. No se puso de pie, porque la distancia era muy corta, así que sólo se removió un poco hasta que alcanzó la manta del contrario. Su corazón latía con fuerza excesiva y sentía que las manos le sudaban. ¿Qué diablos estaba a punto de hacer? Se preguntó, pero en un arranque de valentía y antes de que la razón le llegara a la cabeza, levantó el borde del futón y se coló al interior. Casi se arrepintió en ese mismo instante.
― ¿Qué crees que estás haciendo?
La voz de Todoroki, aunque baja, no sonaba como la de alguien que se hubiera despertado repentinamente. Seguramente ni siquiera había comenzado a conciliar el sueño. Por un segundo, sintió que toda la sangre se le iba del cuerpo y se quedó realmente helado.
― Tenía frío ―. Se excusó inmediatamente, diciendo lo primero que se le cruzó por la cabeza.
No podía ver la expresión del pelirrojo, pero que hiciera una pausa tan prolongada a pesar de la situación lo dejó pensando. Su mente iba demasiado rápido; no quería asumir cosas, pero, de haber querido, Enji lo habría apartado. Tenía reflejos demasiado buenos como para que aquello fuera una simple coincidencia.
― Para eso existe la calefacción… ―. Susurró. En su voz no se atisbaba ningún rastro de enojo. Era más como… un tono neutro. ¿Duda, quizás?
No estaba seguro de qué debería decir, así que se quedó en silencio. Entonces se dio cuenta de algo: bien era cierto que nunca había tocado demasiado al pelirrojo, pero ya fuera por su quirk o por cualquier otra cosa, siempre le había parecido que era más cálido que los demás, como si sus llamas nunca se apagaran al interior de su cuerpo. Ahí, metido en su futón, por fin podía comprobarlo y ese descubrimiento sólo hizo que su corazón acelerara todavía más su marcha. ¿Podría sentirlo el contrario contra su espalda? Qué vergüenza. De todos modos, había llegado demasiado lejos y no estaba calcinado todavía. Hasta que Todoroki no lo apartara, decidió que no iba a moverse. Por el contrario, halló la voluntad necesaria para pasarle un brazo sobre el torso, a lo que lo sintió tensarse inmediatamente.
― No… ―. Murmuró, acercando la nariz a su cabello y deslizándola hasta alcanzar su oreja. ¿Se estaba pasando? ¿Todoroki se enojaría? No sabía qué esperar. El pelirrojo seguía sin contestarle, aunque percibía también cierta agitación cada vez que inhalaba―. …me gusta tu temperatura ―. Agregó en tono bajo, listo para salir corriendo a la primera de cambio.
No hubo mayor resistencia, así que se acercó a él tanto como podía, sintiendo la forma de su espalda contra el pecho, la curvatura de la misma, esa parte baja que le resultaba tan inquietante. La mano en su torso se apretó contra el abdomen, palpando por encima de la tela la firmeza de sus músculos. Quería acariciarlo, así que lo hizo. Movió su mano sobre la yukata, frotando pausadamente y apretando de vez en cuando. Por más que lo intentaba, no podía no imaginar cómo se sentiría esa misma zona, desde las costillas hasta su vientre bajo, desnuda contra su mano; o esos pocos centímetros que lo separaban de su entrepierna. No logró contener un suspiro de gusto, ni la excitación creciente que comenzaba a sentir. Estaban demasiado cerca y todo su ser gritaba por seguir adelante. Tuvo que decirse que no pensaba hacer nada más sin previo consentimiento del contrario para calmar sus ansias.
Y aunque no tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo con el contrario, su cuerpo aumentó la tensión y soltó un par de sonidos que no eran propiamente de molestia. No lo pateó fuera ni lo insultó, así que se apretó un poco más contra él, tentando a la suerte. Luego, sin saber a ciencia cierta el porqué, sintió que la temperatura del cuerpo del pelirrojo aumentó un par de grados más, haciendo del futón un lugar tan agradable que no tardó mucho tiempo en dormirse.
De ese pequeño incidente no hablaron hasta mucho tiempo después. Cuando Yagi abrió los ojos en la mañana próxima, el lugar en el que Todoroki debería haber estado se encontraba vacío, aunque el chico en cuestión estaba sentado en la mesa al otro extremo de la habitación, leyendo un libro con la misma expresión de siempre. Estaba a punto de decir algo cuando el pelirrojo volteó.
― Duermes demasiado ―. Le espetó.
― ¿Lo siento?
Bostezó ampliamente y se incorporó hasta quedar sentado. El futón que le correspondía ya estaba doblado y la puerta que daba al jardín estaba abierta. La luz matutina bañaba el interior. Los rayos del sol le permitían ver con claridad el rostro ajeno y el color rojo de sus mechones brillando con fuerza. Recordar cómo se había sentido abrazarlo durante la noche le dibujó una sonrisa bastante torpe en el rostro. Su satisfacción era tan grande que sentía ganas de acercarse de nuevo y apretarlo contra su cuerpo.
― Deja de hacer eso ―. Lo escuchó decir.
― ¿Hacer qué?
― Sonreír como si fueras idiota. No sé qué esté pasando por tu cabeza, Yagi, pero apresúrate a levantarte. No puedes quedarte ahí todo el día.
― Podría si tú me dejaras ―. Dijo, aunque estaba jugando.
La mirada que recibió no era severa; se veía indecisa e inquieta, como si quisiera preguntar algo que no externó. Él tampoco insistió para que le dijera.
― Eso no va a pasar ―. Murmuró.
La seriedad con la que lo dijo lo descolocó un poco.
Se reunió con Tsukauchi unos días después. Entre la escuela y el entrenamiento extra que recibía de parte de Nana yGran Torino, que era una tortura constante, apenas si tenía tiempo para ver a su amigo. Afortunadamente éste parecía entenderlo a la perfección, por lo que no parecía estar molesto en lo absoluto
― Ayer vi a Todoroki en el centro comercial ―. Soltó Naomasa mientras caminaban.
― ¿Ah, sí? No me dijo nada.
― No estoy seguro de que me haya visto, estaba observando algo en una tienda. Parecía bastante molesto, así que no me atreví a hablarle.
Toshinori se soltó a reír.
― Todoroki siempre se ve molesto ―. Explicó ―. Pero la mitad del tiempo sólo está preocupado o demasiado concentrado en algo. A lo mucho, irritado. Su rostro siempre tiene esa clase de gestos duros y cuando no, es más bien inexpresivo. Cuando se enoja de verdad, se enciende, literalmente. Créeme. Apuesto a que te hubiera respondido bien si lo hubieras saludado, creo que le agradas.
El contrario lo escuchó con atención y sonrió para sí mismo.
― Se ve que lo conoces bien ―. Dijo, pasando por alto algunas cosas ―. Aunque me he estado preguntando… ¿te gusta? Antes de que digas cualquier cosa, quiero que sepas que no tengo ningún problema con eso, voy a apoyarte en cualquier situación.
Pese a lo que hubiera esperado Naomasa, Yagi no se apresuró a negar o a reír escandalosamente como si apenas se estuviera enterando. Lo que hizo fue desviar la vista y soltar una risa delatora antes de rascarse la nuca. Eso sólo quería decir que lo había estado pensando lo suficiente como para aceptarlo.
― Lo sé… ¿Crees que es muy obvio? ― Preguntó con cierta duda.
― Sólo un poco.
― ¿Crees que ya se haya dado cuenta?
Lo que le sorprendía era que no lo hubiera hecho. Aunque no los frecuentaba demasiado, las veces en las que habían quedado para salir juntos había notado ese lazo entre ellos que no parecían compartir con alguien más. Era algo sutil, pero que podía notar gracias al tiempo que llevaba conociendo a Yagi. La forma en la que se miraban o en la que se hablaban, incluso si no ocupaban sus nombres de pila, parecía muy cercana. Todoroki Enji, aunque inspiraba mucho miedo, se veía más relajado al lado del rubio y éste no hacía sino estar alrededor de él insistiendo todo el tiempo. Quizás él no tenía demasiada experiencia, pero estaba seguro de que podía reconocer a un par de personas enamoradas si las veía, incluso si éstas eran jóvenes musculosos e imponentes.
― La verdad es que creo que Todoroki es un poco lento para esas cosas ―. Admitió.
Su amigo soltó un suspiro y levantó la mirada como si esperase que le cayera alguna respuesta del cielo. Se mantuvo así unos segundos hasta que empezó a hablar.
― Bueno… el sábado me invitó a cenar. Su padre quería saber con quién se lleva Todoroki y quién frecuentaba su casa sin permiso. Creo que fue bien, así que me quedé a dormir.
En ese punto, Tsukauchi no sabía bien qué esperar. Conocía a Yagi y sabía que podía ser bastante impulsivo, aunque no estaba seguro de qué era lo que quería contarle. Sacar conclusiones de buenas a primeras no era lo correcto.
― ¿Y?
― Yo… ―. Lo escuchó carraspear un poco ―. …tal vez invadí su espacio personal.
― ¿A qué te refieres con eso?
― Estábamos en su habitación, íbamos a dormir, pero… ¡Te juro que no pude evitarlo! Realmente, realmente me descoloca ―. Su aflicción era bastante cómica, a decir verdad, pero no terminaba de entender qué era lo que había sucedido. Una parte de sí intuía por dónde iban los tiros, pero no quería precipitarse. Ni siquiera estaba seguro de querer saber.
― ¿Qué fue lo que hiciste? ― Preguntó directamente.
― …me metí en su futón durante la noche.
― ¿Qué?
― ¡Ah! ―. Fue uno de los lamentos más largos que le había escuchado en toda la tarde ―. Es que no lo entiendes. ¿Qué se supone que debía hacer? ¡Sólo pasó! Lo tenía demasiado cerca… además es realmente cálido. Y no me apartó, así que lo apreté un poco más… ¡pero no fui más allá de eso! ¡Me dormí enseguida!
Le estaba costando un poco procesar las cosas.
― ¿Qué tan cerca estabas de él? ― Quiso saber.
― Uh… ―. Carraspeó un poco ―. Muy cerca.
― ¿Muy cerca?
― Como… demasiado cerca ―. Aclaró ―. ¿Crees que eso fue ir muy lejos? Es decir, no me dijo nada al otro día, pero… Mi pecho estaba pegado a su espalda y… ―. La voz del rubio comenzó a bajar de tono ―. Mi mano estaba en su abdomen… ah, realmente quería…
― ¡De acuerdo, bastante información! ― Imaginar a esos dos pegados el uno al otro ya le costaba lo suyo, no necesitaba más detalles que alimentaran sus ideas.―. ¿Entonces no te apartó, ni nada? ¿No te insultó? ¿No intentó quemarte? ― Toshinori negó ―. ¿Has pensado que quizá también le gustes? ―. Aunque para él era muy claro, Yagi parecía necesitar algo de ayuda.
La mirada que le dio su amigo sólo lo hizo reír un poco. Tenía pintado un gesto de incredulidad.
― No, no, no hay forma ―. Mencionó, moviendo la cabeza. Luego pareció meditarlo un rato antes de volver a verlo ―. O… ¿crees que sea posible? Quiero decir, ¿realmente piensas…?
― Por lo que sé de Todoroki, no me parece la clase de persona que dejaría que alguien lo abrace durante la noche. O que hiciera… lo que sea que hiciste. Ni siquiera parece la clase de persona a la que le gusta el contacto humano. No se ve muy amigable.
El rubio parecía confundido, como si nunca se hubiera puesto a pensar en ello. Parpadeó un par de veces y terminó sonriendo. Tsukauchi estaba seguro de que comenzaba a entender lo que quería decir y se daba cuenta de la razón que había en ello.
― ¡Voy a pedirle que salga conmigo en estos días! ― Exclamó.
― Asegúrate de guardar el número de los bomberos en tu bolsillo.
Por supuesto, decir las cosas era más difícil que hacerlas. Los días comenzaron a pasar, pero no hallaba momento ni forma para tratar el tema. Siempre que estaba a punto de sacarlo, el nerviosismo se apoderaba de su estómago y la mirada azul de Enji parecía atravesarle el cráneo, impidiéndole articular palabra alguna. Además, ¿qué era lo que iba a decirle? Le había parecido de lo más lógico que el pelirrojo también gustara de él cuando lo había mencionado Tsukauchi, pero las actitudes de Todoroki seguían siendo las de siempre. Quizás a veces se encontraba con su mirada como si lo hubiera estado observando, pero más allá de eso, los días transcurrían con la misma rutina.
En algún punto se dio cuenta de que no había forma en la que pudiera decirlo abiertamente sin ser brusco. No deseaba ponerlo incómodo, a pesar de que era su especialidad. Por una vez, quería que el contrario estuviera tan tranquilo con la situación como fuera posible. Le dio muchas vueltas, pero al final terminó trazando un plan. Todo lo que debía hacer era llevarlo lejos de la escuela, donde pudieran estar solos. Luego simplemente lo dejaría salir, casualmente y sin ninguna tensión. Luego le haría frente a lo que viniera. Sin darse cuenta de las grandes lagunas que había en su estrategia, lo detuvo un viernes, al final de la última clase.
― ¡Todoroki! ― Dijo, poniendo una mano sobre su mesa.
― ¿Qué? ― Preguntó el contrario, guardando las cosas en su mochila con calma y sin prestarle demasiada atención.
― ¡Salgamos esta tarde!
Las manos ajenas se detuvieron y el chico levantó la vista.
― ¿Vienes a decirme eso ahora?
― ¿Tienes algo qué hacer?
― Estudiar.
― ¡Vamos! ¡Prometo que sólo será un rato, puedes estudiar el fin de semana completo! ― Como no parecía ceder, decidió jugar su última carta ―. ¡Podemos comer kuzumochi! ¡Yo invito!
Entonces lo vio torcer los labios. Conocía ese gesto, así que prácticamente sintió la victoria encima. Luego lo escuchó bufar y remató el asunto con un largo suspiro y una mirada de reproche.
― Sólo un rato, ¿entiendes?
― ¡Eso será suficiente!
La textura gelatinosa y blanquecina resaltaba encima de la cerámica negra. El sabor dulce del kuromitsu se podía percibir llenando el aire junto con algunos restos de kinako que seguramente se habían rebelado para volar por todas partes al momento de servirlo. Pese a lo que se pudiera esperar, ésa era su comida favorita. Era consciente de lo chocante que resultaba imaginarlo comiendo kuzumochi debido al tipo de persona que era. Cualquiera hubiera apostado a que lo suyo era la comida picante; wasabi directo a la boca o alguna cosa de ese tipo. La verdad era que disfrutaba de lo dulce más de lo que pensaba admitir abiertamente.
Los palillos tintinearon un segundo cuando tocaron la superficie al momento de cortar el primer trozo, mismo que comenzó a llevar a su boca lentamente, centímetro a centímetro, sin ninguna prisa; sin ninguna intención de alcanzar el final. El silencio reinaba en la estancia, expectante, ligeramente tenso. Sentía un par de ojos mirarlo casi con timidez, pero eran los únicos que se atrevían a observarlo directamente. Consciente de eso, no devolvió la mirada. Cerró los ojos al mismo tiempo en que el primer bocado hizo contacto con su lengua. Dejó que la textura vagara unos instantes al interior de su boca mientras el kuromitsu y el kinako se mezclaban al interior, descendiendo involuntariamente por su garganta.
¡Ah!, ese sabor tan peculiar siempre le daba un poco de paz. Era como un momento de descanso y frescor en medio del infierno. Prolongó la tarea innecesariamente, dejando en vilo a su interlocutor. Un regusto amargo pareció tomar posesión de su sentido del gusto y poco a poco fue invadiendo al resto. Arrepentirse ya no era una opción. La imagen del local en medio de una calle cualquiera, los sonidos de la barra, el sorber de los clientes, una sonrisa brillante, el cabello rubio que caía con gracia en mechones irregulares… todo se difuminaba y se convertía en una espalda alejándose cada vez más hasta dejarlo solo.
Abrió los ojos, pasando sin problema alguno lo que tenía en la boca. Dejó los palillos alineados sobre la mesa e hizo una reverencia profunda ante el hombre que lo observaba.
― Pido su permiso para casarme con su hija ―. Dijo, con tal determinación que sintió que su voz resonaba como un grito en medio de la habitación.
Poco a poco, mientras se concretaba su compromiso, la dulzura del kuzumochi comenzó a saberle a hiel.
Insisto en que la historia va bastante rápido. (?) Es el punto, como hacer un panorama general de la situación. Aunque no lo parezca, es porque todo parte del presente. Así que podría decirse que esas historias del pasado son cosas que Enji y Toshinori están recordando de manera más reciente... o algo así. Gracias de nuevo por su paciencia y por seguir leyendo esta historia.
