¡Ah, lo siento por la tardanza! He tenido días agitados y desagradables jaja y la escuela no me deja demasiado tiempo... pero en fin, aquí está el capítulo. En serio, gracias totales por seguir la historia. :')
Y bueno, los spoilers siguen por el 93 o 94 del manga. (?)
VII
Su cuerpo realizaba movimiento tras movimiento de manera automática; una tras otra, las ráfagas de fuego salían despedidas en dirección a un enemigo que las apartaba con facilidad. Los ataques no estaban funcionando. En otro momento, su cabeza habría comenzado a pensar en una forma de solucionar el asunto, algún plan que pudiera ser de utilidad, pero su mente estaba ocupada en otra cosa. Incluso la expresión de su rostro no correspondía en modo alguno a la lucha que libraba en ese momento. Se trataba de algo más: de ese silencio en los labios conocidos, de esa mirada avergonzada en los ojos azules, de esa sensación de estar perdido y no saber cómo orientarse.
Las palabras de All for One apenas si llegaban a sus oídos. El zumbar de los helicópteros, el estruendo de la pelea. Incluso la consciencia del mundo, de la necesidad de ganar, estaba en segundo plano, como una voz en off que apenas si reconocía. Los últimos 28 años se iban diluyendo cada vez más a prisa y el futuro comenzaba a verse cada vez más incierto. Como cenizas arrastradas en el viento, incapaces de ser tomadas con las manos, su mente era un remolino cada vez más disperso. Los límites entre el héroe y la persona se volvieron imprecisos y ahí, peleando de manera casi automática, Todoroki Enji, el hombre, sintió ganas de levantar la voz.
Quiso gritarle todo lo que llevaba años escondiendo.
Que se había esforzado desde antes de que se marchara.
Que había deseado estar a su lado, pelar con él, avanzar juntos.
Que se había sobrepuesto al dolor del abandono y a la amargura del tiempo y que ahora estaba ahí, en el campo de batalla.
Quiso gritarle que se moviera, que se levantara y peleara.
Quiso gritarle que, por una vez, le demostrara que los sacrificios que había hecho habían valido la pena.
Por aquél entonces habían pasado algunos meses desde su graduación. Se veían poco, pero tanto como les era posible. Enji había aceptado un trabajo en una de las mejores agencias de la ciudad, mientras que Toshinori, por esa situación que los metía en tantos conflictos, había comenzado a actuar por su cuenta, sin importar todas las ofertas que había recibido de agencias de renombre. Las ideas de Todoroki acerca de estar juntos, así las promesas de ir avanzando hombro con hombro tras convertirse en héroes profesionales eran sueños que cada vez se veían más improbables.
Al mismo tiempo, la ausencia de Yagi era cada vez más patente.
Debido a que era hijo único de una familia tradicional, estaba obligado a quedarse en la casa paterna un par de años más. Eso era lo que lo había detenido para mudarse con el rubio. Eso y que, en realidad, el contrario no parecía estar muy convencido de dar ese paso. Fuera como fuese, lo cierto era que la habitación en la que ambos solían dormir al menos una vez por semana durante su época estudiantil se sentía vacía. Demasiado grande para albergarlo sólo a él. El futón, incluso a pesar de su temperatura, le resultaba frío. Era inevitable que un sentimiento de incerteza se implantara en su pecho y que la espina del miedo y la inseguridad comenzara a clavarse de manera cada vez más profunda, dejando uno de esos dolores difíciles de ignorar. El veneno que llenaba la herida se extendía lentamente, silencioso y tenue, casi invisible, puesto en latencia, pero capaz de explotar en cualquier momento.
El generalmente centrado e inteligente Todoroki Enji, comenzó a perder el criterio y la razón poco a poco, a raíz de una infatuación demasiado grande para ser descrita. Hombre, como era, cayó presa de sus sentimientos y, casi sin darse cuenta, cavó su propia tumba.
Cuando no estaba trabajando, se dedicaba a entrenar. La soledad, mala compañera para las situaciones complejas, lo había llevado a concluir, de manera mayormente errada, que lo que sucedía entre ambos, el silencio de Toshinori y esos secretos que pesaban demasiado, no era otro que su falta de fuerza y determinación. La figura heroica de Toshinori era tan grande y tan admirable que costaba trabajo pensar que había algún fallo en ella. Por eliminación, las cosas siempre lo regresaban al mismo punto.
― He tomado una decisión, Tsukauchi.
Anunció una tarde, con voz solemne. Se había vuelto usual pasar el rato con él; algunas veces lo visitaba en su casa, otras simplemente se reunían en algún sitio. Enji había comenzado a sentirse cómodo a su lado, como si encontrara en el chico una especie de alivio a sus pesares, una distracción momentánea que era realmente necesaria. De vez en cuando lo ayudaba a entrenar o se limitaba a escucharlo y lo observaba descargar su ira en los troncos secos de un parque cada vez más quemado. Aunque nunca se lo diría, en él había encontrado un amigo con el que compartía esa sensación de encontrarse al margen.
― ¿Acerca de qué? ― Preguntó.
Tomó aire, porque no lo había expresado en voz alta con anterioridad. La idea había estado dando vueltas en su cabeza, zumbando en sus oídos todo el tiempo, esperando a que él tomara la decisión. Expresarlo lo haría real. Tener un testigo de sus intenciones le daría la fuerza para hacerlo, incluso si se trataba de puro orgullo, así que separó los labios y dejó salir la frase sin dudar.
― Voy a decirle a mis padres que estoy saliendo con Toshinori.
La frase le pareció un grito, seguido por un silencio que magnificó el peso de la misma. Ése era el primer paso y era enorme. No pensaba esconderse más. No pensaba seguir huyendo frente a nadie, incluso cuando su padre podría desheredarlo. Había retrasado ese momento debido al miedo que le inspiraba enfrentar a su progenitor de manera tan directa. Ya no importaba. Estaba listo para hacerlo, para confesar su relación con el mentón en alto y el pecho hinchado de orgullo. Estaba listo para sus palabras duras y su mano firme golpeando su rostro. Estaba listo para marcharse de casa, para formar su propia vida de la manera en la que quería.
Quizás no había esperado una reacción específica del contrario, pero, tampoco había esperado esa expresión que puso, en donde se adivinaba la sorpresa y algo más, como si se sintiera lastimado. No era bueno entendiendo las expresiones y los sentimientos de la gente, por lo que fue incapaz de decir con certeza a qué se debía esa actitud. Tsukauchi lo miró unos segundos, tratando de asimilar las cosas. ¿Qué de eso podría molestarlo? Se cuestionó. Lo vio inhalar tras unos segundos y después arrugó el entrecejo.
― ¿Por qué… por qué tan repentino…? ― Preguntó en voz baja, arrastrando las palabras con dificultad.
Entonces, dudó. Era la primera persona a la que se lo decía, pero la manera en la que lo cuestionaba, en murmullos inseguros, lo hizo preguntarse si aquello era lo mejor. ¿Realmente iba a poner sus cartas sobre la mesa de esa manera? Era una apuesta demasiado grande, pero apretó los dientes y gruñó por lo bajo, cerrando los puños con fuerza.
― Sé que suena descabellado ―. Aceptó, sin apartarle la mirada ―. Pero debo hacerlo. ¿Cómo podría pretender que Toshinori me tome en cuenta como su compañero si ni siquiera soy capaz de admitir lo que somos?
Argumentó, con plena seguridad en sus palabras.
― ¿Y exactamente qué es lo que quieres demostrar, Todoroki?
La pregunta, incisiva, se clavó en su pecho. ¿Qué quería demostrar? ¿Acaso quería demostrar algo? Pasó saliva, sin saber a ciencia cierta cómo enfrentarse a esa mirada inquisitiva. Repitió la frase un par de veces para sí mismo y supo que, en realidad, no había forma de contestar si no se sinceraba.
― …que vale la pena estar conmigo ―. Aceptó.
Probablemente, ése era el asunto de todo. Más allá de su labor como héroe, más allá de unirse a su lucha, lo que Enji quería era sentir que estaba bien estar con Toshinori. Deseaba demostrarle que estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario por él. Cuando Naomasa desvió la mirada, algo dentro de sí se calmó. No supo qué. Lo vio sonreír sin muchas ganas mientras miraba al suelo y entonces lo escuchó soltar un suspiro prolongado.
― ¿Piensas arriesgarte así, Todoroki? Realmente lo amas, ¿verdad?
No lo dudó.
― Sí ― Lo amaba más de lo que era capaz de expresar en palabras, más de lo que él mismo podía comprender ―. Debo enfrentar a mi padre en algún momento y su respuesta será la misma sin importar cuándo se lo diga. Estoy preparado para cualquier cosa que pueda pasar ―. Explicó ―. En cuanto a Toshinori… Quiero que sepa que voy en serio sin importar lo que suceda. Lo he pensado: voy a dejar la agencia también; estoy seguro de que no habrá problema si en algún momento decido regresar… ―. Una desesperación conocida anidó en su estómago y empezó a ganar terreno ―. Has visto lo que puedo hacer, Tsukauchi, sabes que he mejorado. En pocos meses me he posicionado en el Top 10. Así que si lo que quiere Toshinori es ir a salvar el mundo como el idiota que es… necesitará a alguien que le cubra la espalda. En algún momento pondrá los pies en el suelo y las cosas irán mejor. Si no lo hago ahora… sería lo mismo que no hacerlo nunca ―. Terminó.
Sentía que estaba en un momento crítico frente a su pareja. ¿Qué sucedería si de pronto debía marcharse por meses, o demasiado lejos? Él ya no podía lidiar con la incertidumbre de no saber si iba o no a volver, si el beso que le daba para despedirlo no era el último. No podía, tampoco, lidiar con la impotencia y con la sensación de sentirse subestimado frecuentemente. Así que ésa era su solución. Iba a tomar lo que quería, fuese por las buenas o por las malas.
Su amigo levantó la mirada. Algo extraño se cocinaba al interior, como si de pronto estuviera lleno de determinación. La actitud tan fuera de lugar lo tomó con la guardia baja. Lo vio inhalar y pasar saliva y todo su rostro se recompuso hasta quedar serio.
― Estás arriesgando mucho ―. Hizo notar, como si no fuera lo bastante obvio―. Además, ¿estás seguro de que Yagi no…?
― Confío en él ―. Interrumpió.
Sabía qué quería preguntar, porque él también se lo preguntaba todo el tiempo; él también se preguntaba si el rubio iba a quedarse a su lado; le afligía pensar que su relación no pudiera prosperar por la distancia y por la diferencia de habilidades entre ambos. Él también quería saber si iban a estar juntos el año siguiente o el que viniera luego; también quería saber si algún día, veinte o treinta años en el futuro, iban a estar parados en el mismo escenario, peleando las mismas batallas. En algunas ocasiones, cuando todo lo superaba, tenía miedo de que no fueran más que fantasías sin fundamento. Pero la forma en la que Toshinori se aferraba a él cada vez que se encontraban, la pasión con la que le hacía el amor y alargaba las noches, la forma en la que lo besaba, en la que lo miraba como si no deseara más en el mundo, como si hubiera llegado a un sitio seguro…
Era incapaz de dudar de ello.
Por eso iba a arriesgarse. Sólo necesitaba un poco más de tiempo y un poco más de valor. Era joven y todavía era incapaz de ver más allá. Su mente estaba nublada, su corazón inexperto estaba demasiado herido y ése dolor se había encargado de empañar cualquier lógica que pudiera ayudarlo. De otra forma, no hubiera tardado en darse cuenta de que era una empresa fallida desde el inicio; un paso demasiado grande sobre el aire. El error que lamentaría profundamente en el futuro. Pero, por más que lo negara entonces, el amor había puesto una venda en sus ojos y había apretado el nudo con demasiada fuerza; lo guiaba ciegamente por un único camino que, aunque no lo sabía, lo conducía a un precipicio del que era imposible escapar.
― Todoroki, hay algo que debo decirte ―. Declaró Naomasa.
El pelirrojo arrugó el entrecejo. En medio de la determinación contraria había una pizca de nerviosismo. De haberse puesto a reflexionar acerca de lo que estaba pasando, hubiera sido capaz de ver las intenciones ajenas. Pero, a la defensiva como estaba, no podía pensar en nada que no fuera en sus propios planes y deseos. Decidió que no quería escuchar razones lógicas, ni que le dijera que estaba a punto de hacer una estupidez.
― No me importa lo que tengas que decir, Tsukauchi. Ya tomé la decisión.
― No, espera, Todoroki, no es eso, yo…
― No pienso escucharte.
Sin importarle nada, se puso de pie bruscamente y se dirigió a la salida, dispuesto a irse sin voltear atrás. Los pasos del chico sonaron a sus espaldas.
― ¡Todoroki, tú m…!
No logró escucharlo del otro lado de la puerta.
Verlo pelear en esas condiciones era… doloroso. No había otra palabra para describirlo. Los helicópteros sobrevolaban el escenario. Seguramente, esa pelea estaba siendo transmitida a nivel nacional. Podía imaginar a todo Japón gritando para apoyar a All Might. Él también lo estaba deseando, pero, quizás, esa angustia que lo consumía y lo obligaba a luchar con todas sus fuerzas era diferente a la del resto de las personas. No se trataba sólo de la caída de un Símbolo o del final de la sociedad de héroes como el mundo la conocía. Se trataba de algo más. Enji lo había visto fallar haciendo las cosas más sencillas, rompiendo cosas sin control, gritando Smash por todas partes, herido sobre una camilla… lo había visto sonreír al verlo vivo, había visto la mirada esperanzada en sus ojos, la sonrisa de felicidad surcando sus labios. Lo había visto crecer. Lo había admirado y envidiado a partes iguales. Lo había odiado lo suficiente para construir su vida alrededor de él.
Había conocido al hombre debajo del traje.
¿Qué sería de Japón, del mundo…? ¿Qué les quedaría a ambos, a él, si no ganaba esa batalla? Era impensable. Aun cuando Toshinori no parecía verlo igual, sus vidas estaban tan intrincadas que, si uno caía, el otro seguiría sus pasos de una u otra manera.
No podía perder. No sólo por el sentimiento egoísta que experimentaba, sino porque no debía hacerlo. All Might era el héroe. Se había marchado por eso. Lo había dejado por eso. Porque era el mejor. Porque el mundo lo necesitaba. Porque era lo correcto. Porque ningún sacrificio era demasiado grande para él. Porque no se suponía que terminara de esa forma.
Porque Toshinori era todo lo que había deseado.
Porque ese hombre era el sueño de un estúpido adolescente que había proclamado una noche frente a su padre que se convertiría en el mejor y que llevaría esperanza y felicidad a las personas para que siempre tuvieran una sonrisa en la cara.
Porque ése era el hombre del que Todoroki Enji se había enamorado alguna vez.
Volvió luego de un par de semanas y lo interceptó en una de sus rondas nocturnas, sobre la azotea oscurecida de un edificio, susurrando contra su oreja una de esas tonterías que solía soltarle.
― You set me on fire…
La voz vibró en el aire y mandó un estremecimiento por todo su cuerpo. Como siempre, la inercia y el instinto, conjugados con una concentración expectante y un estado de alerta, lo condujeron a voltearse inmediatamente y a soltar un puñetazo encendido en su dirección, que el rubio desvió sin demasiado problema gracias a esos reflejos demasiado rápidos que poseía. Le hubiera gustado sentirse molesto por semejante broma, pero, como siempre, se sentía aliviado de tenerlo de vuelta.
― ¡Maldición, Toshinori! ¡Deja de hacer eso! ― Gruñó de todos modos, mirándolo de mala manera y relajándose un poco.
― Vas a lastimar a alguien si sigues reaccionando así ―. Argumentó el chico.
― Nadie es lo suficientemente estúpido como para hacer lo que tú acabas de hacer y lo sabes.
Yagi sólo lo miró con la sonrisa de siempre y con el anhelo en sus pupilas. Enji no pudo no suspirar pesadamente y sonreírle de regreso, con algunos miramientos. Seguramente acababa de volver; lo podía decir porque llevaba puesto el traje y su rostro estaba sucio. A pesar del cansancio que lograba atisbar en sus facciones, parecía estar feliz. Deseaba acercarse y besarlo, envolver sus brazos en él y no pensar en nada, o al menos tocarlo para asegurarse de que estaba ahí y estaba a salvo.
― ¿Dónde diablos estuviste todo este tiempo? ― Preguntó, con un poco más de sutileza de lo que esperaba. No se movió de su sitio.
― En Chiba, pero he vuelto. Estoy aquí ―. Respondió, acercándose un par de pasos y poniéndole una mano en el hombro ―. Te acompañaré hasta que termines tus rondas, ¿de acuerdo?
Se limitó a poner mala cara y fruncir los labios, pero no protesto. Ésa era la dinámica usual. A veces le decía cuándo se marchaba y cuándo iba a volver más o menos. No le decía a dónde iba, ni qué era lo que hacía, pero le concedía alguna información de su paradero una vez que estaba de regreso, cuando él no podía ir a buscarlo. Aunque era molesto y fastidioso, Enji sentía que era un avance.
― Sólo no me estorbes, ¿entiendes? ― Pidió.
― ¡Entendido! No causaré problemas.
― …al menos no más de los que ya me causas ―. Murmuró entre dientes, a lo que el joven sólo sonrió. Todoroki se tragó un suspiro ―. Toshinori, hay algo que quiero decirte ― Anunció. Era mejor ir preparando el terreno.
― ¿Qué es?
― Algo importante, te lo diré más tarde, en privado.
Yagi comenzó a reír con más ganas, sin parecer preocupado por el asunto. Arriba del tejado como estaban, cubiertos por la penumbra, sintió los brazos de su pareja alrededor de su cintura, sus manos bajando lentamente y presionando por encima de su traje considerablemente apretado; sus labios pegados nuevamente al cartílago de su oreja. Su piel se erizó por un momento.
― No estoy seguro de que vaya a dejarte hablar en privado, Enji ―. Susurró, acariciando su sien con la punta de su nariz mientras hablaba con ese tono grave que lo enloquecía ―. Es que… te eché mucho de menos. Tanto que podría besarte ahora mismo…
Y él quería que lo besara, quería que lo sujetara con más fuerza, que lo tomara. Pero no era el momento ni el maldito lugar. Por más que deseara estar a solas con Yagi, todavía tenía trabajo por terminar. No se había esforzado tanto en llegar hasta ahí como para echarlo todo por la borda en un arranque. Así que, con un chasquido de lengua, se removió entre sus brazos y lo apartó con cierta fuerza, por más que le costara mantener la compostura.
― Atrévete a hacerlo y no voy a volver a besarte jamás ―. Amenazó, retrocediendo un par de pasos. Sentía el rostro caliente.
― So mean! ― Se quejó el rubio.
― Estoy trabajando, All Might ―. Argumentó, usando su nombre de héroe para poner distancia ―. No es momento para esas cosas.
― Lo sé, Endeavor ―. Aceptó ―. Lo sé.
Pero, aunque dijo eso, le sonrió como si supiera que ya había ganado.
Las rondas nocturnas prosiguieron en calma. Luego fueron a cenar en uno de esos lugares ambulantes que tenían servicio hasta altas horas de la noche. Hablaron de algunas cosas, del trabajo del pelirrojo y algunos temas irrelevantes. Como era usual, terminaron yendo al piso de Yagi, un sitio pequeño pero agradable y silencioso, en los suburbios de la ciudad, donde podían estar en paz. Todoroki quería comunicarle sus preocupaciones, pero apenas se hubo cerrado la puerta, ninguno pudo volver a hablar. Toshinori lo besó con avidez y Enji respondió con la misma sed. Así, entre una y otra cosa, se les escapó la noche y él se encontró entre los brazos de su pareja a la mañana siguiente.
Sus ojos se encontraron con el pecho desnudo y fuerte del rubio, con algunas cicatrices que conocía bien y dos o tres que eran nuevas e irregulares. La luz que se colaba lo hacía creer que no era muy tarde, así que, permitiéndose un momento de vulnerabilidad y descanso, elevó las comisuras de sus labios ligeramente y cerró los ojos nuevamente.
― Ah… eres lindo cuando sonríes, Enji.
Susurró Toshinori, quien parecía haberlo estado observando. Dio un respingo y pestañeó, arrugando el entrecejo por la costumbre. Llevó una de sus manos a su cabello mientras lo apretaba un poco más.
― Cállate, ¿quieres? ― Bufó, pero no hizo ningún amague de apartarse.
― Está bien ser feliz de vez en cuando, ¿sabes?
La risa tranquila de su novio resonó al interior de su pecho, como ejemplificando lo que quería decir. Pensó en ello. Ser feliz… sí, era eso lo que quería. No sólo de vez en cuando, sino tanto como fuera posible. Aquello le hizo recordar el tema que no habían zanjado la noche anterior.
― ¿Vas a seguir sin decirme nada? ― La pregunta mató el momento e hizo un cambio abrupto de tema, pero debía hacerla.
Yagi sólo suspiró.
― Lo siento… ―. Se disculpó, besando su frente.
Paciencia, se dijo. Sólo necesitaba paciencia. Esa misma noche las cosas comenzarían a ser distintas. Todo iba a estar bien.
― Oye ―. Dijo entonces el contrario ―. Llévate mi llave y ven hoy también cuando terminen tus rondas… quiero estar contigo, ¿puedes hacerlo?
Asintió sin dudarlo. En ese entonces, Enji sentía que podía hacerlo todo.
Mirarlo era más difícil que mirar el rostro deformado del villano mientras lo encerraban para llevarlo al Tártaro. De la figura fuerte que era All Might no quedaba rastro alguno. Era como el desecho de un héroe al que no conocía.
No se forzó a verlo. No le dijo nada porque, de todos modos, no sabía qué decirle.
Apretó los puños hasta que sintió que dolían y lo mismo hizo con las mandíbulas. Tenía que ir al Departo de Policía a hacer papeleo e informes, pero todo lo que deseaba era romper cosas, quemar todo lo que tenía alrededor. Dentro de sí ardía una rabia que manchaba su vista de color rojo, como una fiera lista para atacar en cualquier instante.
Lo último que vio antes de retirarse fue a Toshinori (o a quien se suponía que era), mirando en silencio el desastre de su última batalla.
Matamos lo que amamos
lo demás no ha estado vivo nunca.
Los recuerdos de esa noche estaban grabados a fuego en su memoria. Cada palabra, cada movimiento; todas y cada una de sus acciones y de las contrarias lo seguían como fantasmas que resurgían de vez en cuando. Aunque tratara de desterrarlos, siempre volvían. Clavaban sus dedos como garras en su pecho y tiraban en sentidos opuestos, reabriendo heridas que nunca terminaban de sangrar.
Frente a la puerta del apartamento, llenó sus pulmones de aire y exhaló pausadamente. Repitió el procedimiento un par de veces más, haciendo acopio de todo su valor. Iba a decirle a Toshinori lo que pensaba hacer y no iba a quedarse conforme hasta que obtuviera lo que deseaba. Su corazón bombeaba desesperado. Incluso las yemas de sus dedos, generalmente calientes, se sentían frías por la anticipación. Metió la llave en la cerradura y dio vuelta hasta que el chasquido de la puerta llegó claramente a los oídos. Entonces empujó.
Del otro lado, las luces estaban apagadas. La única iluminación que incidía en la pieza provenía del reflejo de las farolas de la calle. Incluso la luna parecía haberse escondido detrás de un cielo nublado. En el único sofá del sitio, el dueño de éste estaba sentado. Tenía los codos apoyados en las rodillas, con el rostro mirando hacia el suelo. Levantó la vista cuando lo escuchó, sin prisa, sin ninguna clase de sorpresa.
Su pulso se aceleró. Fue un intercambio de miradas silencioso que le pareció eterno. No había sonrisa en su rostro, ni huella alguna de su alegría usual. No hubo un abrazo ni un beso para recibirlo.
Enji no se atrevió a encender la luz. Una sensación desagradable lo mantuvo en su sitio.
― ¿Entraste por ahí? ― Su voz era apenas un susurro, pero señaló la ventaba abierta.
― Sí.
Ni siquiera movió el rostro para saber de qué estaba hablando. Era una respuesta seca, casi impersonal. Nunca lo había escuchado así antes.
― ¿Qué está pasando, Toshinori?
Escuchó su propia voz antes de que pudiera procesar que había hablado. Hubo una pausa en la que su inquietud pareció crecer conforme los segundos iban avanzando.
― Mañana me iré otra vez, Enji.
Era sólo una frase. Una simple sentencia que lo hizo arrugar el entrecejo a pesar de que se sintió como un golpe bajo. Sabía que tarde o temprano volvería a marcharse, como lo hacía siempre, pero no pensó que fuese tan rápido.
― ¿Cuándo volverás? ― Quiso saber.
― No lo sé…
― ¿Estás… teniendo problemas?
― Algunos…
― Puedo ayudarte, Toshinori ―. Comenzó a decir sin pensar ―. Puedo…
― No. No puedes, Enji ―. Dijo. La firmeza de la aseveración se clavó como una aguja.
― ¿Qué diablos estás diciendo?
Yagi se puso de pie y se acercó. Por un momento creyó que lo abrazaría. Deseaba que lo hiciera, con el fin de que esa sensación de angustia cesara; pero bajó la mano apenas la hubo levantado y la dejó caer a su costado. Su aliento se cortó en ese instante. Le hubiera gustado tener tiempo de averiguar lo que sentía el contrario, de comprender por qué su rostro parecía tan descompuesto; mas todo lo que lograba procesar era el sonido desbocado de un latido imparable. Sentía que estaba cayendo en picada y por más que tratase de encontrar algo a qué sujetarse, Toshinori sólo se sentía cada vez más lejano.
― Enji… ―. Susurró ―. …estás haciendo lo que deseas. Mírate… trabajas para una de las mejores agencias del país. Estás entre los diez mejores héroes… estás salvando gente ―. Enumeró con una calma que le resultaba fastidiosa ―. ¿…no es eso lo que querías? Debes…debes mantenerlo así. Estás… seguro de esta manera.
La sensación helada de sus dedos comenzó a esparcirse. La forma en la que parecía ir cayendo pareció acelerarse. Alguna clase de veneno que provenía de algún lugar desconocido empezó a correr por sus venas. No importaba nada de eso. Nada de lo que tenía, ni la agencia, ni un estúpido ranking. No era eso lo que deseaba alcanzar. Apretó los dientes al interior de su boca y toda su expresión se torció.
― ¿Por qué no confías en mí? ― Cuestionó. Su voz era un susurro cortante.
― No es eso, Enji…
― ¿Entonces qué es?
― Es peligroso, yo… no puedo decirte. ¡Te juro que quisiera hacerlo, pero…!
Toshinori se veía desesperado, pero no completó la frase. Aquello que se había ido cuarteando con el pasar de los meses colapsó en un segundo. Se rompió sin que Enji pudiera hacer nada, sin que fuera capaz de alcanzar a comprender qué era lo que estaba pasando. Las palabras comenzaron a salir a borbotones, atropellándose las unas a las otras, tratando de disfrazar la desesperación que lo embargaba.
― ¿Pero qué…? ―. Como otras tantas veces, la respuesta nunca llegó ―¡Sé que piensas que no estoy a tu nivel, Toshinori!― Gritó. ―. ¡Deja de subestimarme! ¡Deja de pensar que no estoy en tu nivel!¡Puedo mostrarte lo que puedo hacer, puedes ver que he mejorado! ¿Sabes algo? ¡Voy a decirle a mis padres que estamos saliendo, voy a dejar la maldita agencia y voy a ir contigo! ¡¿Entiendes eso?!¡Si lo que me falta es fuerza, entonces voy a ganarla peleando a tu lado! ¡¿Acaso eso no es suficiente?!
Se frenó. Hubo un momento de silencio en el que su respiración agitada era lo único que se escuchaba en el departamento. Una patrulla pasó por la calle, algún reloj avanzaba en alguna cómoda. Toshinori lo observó con los ojos abiertos a más no poder, pero apretó los párpados inmediatamente y negó. Frunció las cejas y lo vio inhalar con fuerza.
― Enji… ―. Musitó―. Creo que deberíamos hablar.
No se necesitaba ser un genio para saber qué era lo que significaban esas palabras.
― …no estás haciendo esto… ―. Murmuró.
― Lo siento…
Ni siquiera lo estaba mirando.
Las cosas dejaron de pasar. Como el mar que se retira para volver con más fuerza, su mente tardó un momento en procesar lo que estaba pasando y primero uno a uno, luego como una ola, los sentimientos de impotencia, de rabia y de inferioridad se agolparon violentamente. Lo envolvieron hasta romper todas y cada una de sus barreras y reducirlas a polvo. El calor de las lágrimas corriendo por sus mejillas le hizo darse cuenta de que aquello estaba pasando. Todo el tiempo que habían pasado juntos se convertía en nada. Todos sus esfuerzos de pronto no eran más que un chiste.
Quería gritarle, quería decir algo. Quería maldecirlo. Quería volver a ser esa persona que años atrás se hubiera marchado con el mentón en alto por la puerta sin volver atrás. Pero no podía. No podía. Sólo estaba él, frente a Toshinori, expuesto y humillado, reducido a cenizas, sin entender el motivo de que lo estuviera dejando. Toda su determinación, todo su futuro, todos planes eran nada. Frente a Yagi, ni siquiera él mismo parecía valer algo. Sólo sentía rabia y un dolor demasiado grande para ser descrito.
― ¿Por qué? ― Quiso saber una voz rota ―. ¿Por qué...?
― …no puedo estar contigo.
No era eso lo que estaba preguntando. No quería darle más vueltas. Que al menos tuviera el valor de decirle que no lo amaba, que había jugado con él, que no valía la pena. Que no era fuerte o que jamás podría mirarlo como un igual. Cualquier cosa, un motivo le bastaba. Un lugar en dónde concentrar todo su odio, todo su sufrimiento.
― ¡RESPÓNDEME, TOSHINORI! ― Vociferó ―. ¡¿POR QUÉ?!
― Debo hacerlo, Enji…
― ¡CONTESTA LO QUE TE ESTOY PREGUNTANDO! ¡¿POR QUÉ?! ¡¿ES QUE ACASO NO SOY SUFICIENTE PARA…!?
― ¡DEBO HACERLO PORQUE ES LO CORRECTO, ENJI! ― Respondió al fin, olvidando su fachada de calma.
― ¡¿LO CORRECTO PARA QUIÉN?!
Los ojos que tanto amaba lo miraron como si fueran un espejo de su mismo pesar, pero su boca no emitió palabra alguna. Cada segundo era demasiado largo, demasiado pesado. El silencio era una tortura llena de incertidumbre. Su cuerpo se movió antes de que supiera el por qué y se encontró sujetando al contrario del cuello de la playera.
― ¡CONTÉSTAME! ― Exigió.
Pero no hubo respuesta, ni siquiera un intento de lucha. Todo lo que vio fue la mano de Toshinori acercándose a su rostro, intentando limpiar las lágrimas que salían sin control de sus ojos encendidos.
― No te atrevas… ―. Gruñó.
Su puño estrelló con fuerza en un rostro que conocía bien. Sabía que el otro podría haberlo esquivado, pero no lo hizo. Apenas si dio un paso atrás. Sus labios continuaban sellados, sus ojos seguían evitando los suyos, como si trataran de huir.
― ¡¿NI SIQUIERA VAS A DEFENDERTE?! MALDITO BASTARDO… ¡¿NI SIQUIERA CREES QUE VALGO LO SUFICIENTE PARA PELEAR CONMIGO?!
Dolía. Dolía mucho más de lo que hubiera imaginado. Lo estaba dejando; lo estaba menospreciando en ese mismo instante. Era incapaz de lidiar con tanta humillación junta. ¿Qué se suponía que haría después? Su vida, su esfuerzo, su amor, sus sueños. Todo le pertenecía al joven que le daba la espalda sin dudarlo.
― ¡DEFIÉNDETE, IMBÉCIL!
Su puño se encendió sin que pudiera evitarlo y volvió a buscar el rostro ajeno. La violencia era la única manera que conocía para hacerle frente al sufrimiento. Sus nudillos ardientes volvieron a impactar en el mentón de Toshinori y el puño libre no tardó en hacerle compañía, pero antes de que pudiera alcanzar el tercer golpe, la conocida sensación de los puñetazos de Yagi se hizo presente en su abdomen, haciéndolo retroceder un par de pasos. Entonces por fin lo miró. Sus ojos azules estaban húmedos también. No muy distintos a los suyos, eran dos llamas alimentadas de dolor y furia.
Su garganta ardió cuando volvió a gritar, sin que le importara que alguien pudiera escucharlo. Sus pies volvieron a moverse, el fuego de su quirk, descontrolado, envolvió sus brazos. No tardó en atacar de nuevo, exigiendo una lucha sin sentido, un conducto para escapar. Alcanzó a golpearlo en el abdomen, pero Toshinori se mantuvo firme y le devolvió un puñetazo en el rostro. El sabor de la sangre llenó su boca. Se fue encima de él sin pensar en estrategias, sin considerar victoria alguna, pues no la había. El llanto se volvió una presencia convulsa más grande que ambos.
Yagi recibía más golpes de los que daba. Y cuando lo hacía, Enji estaba consciente de que no buscaba lastimarlo. Sentía el dolor de su cuerpo extendiéndose por zonas, pero de haber querido, el rubio lo hubiera dejado inconsciente. Incluso cuando él luchaba con todas sus fuerzas, se sentía como una broma.
― ¡BASTARDO…!
El fuego azul relumbró en la estancia, pero no alcanzó a producir impacto. Antes de hacerlo, la fuerza de un golpe sacó todo el aire de sus pulmones y lo despidió al otro lado de la habitación, donde la pared se hundió por la fuerza. Su cuerpo se dobló sobre sí mismo. Estaba dispuesto a levantarse y a seguir peleando hasta que el dolor desapareciera por completo, hasta perder la consciencia o hacer que él otro la perdiera; pero pronto sintió al contrario frente a él, impidiéndole ponerse de pie, sujetando sus manos temblorosas y heridas, uniendo sus labios con los suyos una vez más.
Y no pudo ni quiso evitarlo, porque aquello era lo que deseaba. No había otra cosa. Deseaba pelear a su lado, no contra él. Deseaba ser capaz de levantarse por las mañanas y verlo dormido a su lado; probar sus labios todas las noches, aferrarse a él, construir un futuro, sujetarlo para que no se marchara a pesar de que sabía que era imposible. No había duda. Lo que fuera contra lo que competía era demasiado para él si Toshinori lo elegía sin pensarlo. No importaba lo que hiciera, estaba seguro de que Yagi no cambiaría su decisión.
La piel de sus manos volvió a arder.
―Basta, Enji… ―. Susurró contra su boca. El regusto salado de sus lágrimas y las de Toshinori le quedó en la lengua.
Ya no podía pelear. Su rabia se había acabado. Había perdido y era estúpido seguir peleando. Detrás de su fuerza no era otra cosa sino un joven al que le acababan de dar el golpe de gracia.
― ¿Por qué…? ―. Insistió, incluso cuando no había respuesta.
― Lo siento, Enji… lo siento tanto…
Se sentía expuesto. Se sentía perdido, como no lo había hecho antes. No puso resistencia cuando sus bocas se encontraron, consciente de que no habría una próxima vez luego de esa noche. Toshinori se marcharía y no tenía la menor idea de cuándo iba a regresar. Incluso si lo hacía, no importaba. Separó los labios, ansioso y desesperado, incapaz de hacer otra cosa que no fuera dejarse llevar por la agonía que lo embargaba. Podría haberse parado y guardar lo poco que le quedaba de dignidad, pero tampoco lo hizo. No quedaba nada del joven orgulloso y altanero que era antes de conocerlo. Yagi Toshinori le había dado una luz, algo por lo que hubiera dejado todo, pero también le había dado un punto débil. Ya había consumido todo lo que tenía, le había entregado todo lo que era; su voluntad, su esfuerzo, su ira… el patético deseo de estar con él una última vez era todo a lo que podía sujetarse.
Esas manos grandes de conocía perfectamente lo despojaron también de la ropa, de la vergüenza. No intercambiaron más palabras, porque no existía nada que pudiese aminorar la agonía de la separación. Toshinori comenzó a acariciarlo con calma, llenándolo de ligeros temblores que descendían por su pecho, por vientre, por su sexo y por sus piernas. No volvería a sentir esa calidez. Nadie lo tocaría como él lo tocaba, ni trazaría un camino por toda su espalda haciendo presión en los puntos correctos. Los labios ajenos descendieron por su cuello, marcando bruscamente y sin ningún reparo, dejando una marca tras otra en su piel como si lo declarara suyo a pesar de que, a la mañana siguiente, ya no se pertenecerían.
Jadeó cuando la boca alcanzó su pecho. Colocó las manos en su cabeza, presionando, solicitando un placer que fuese capaz de hacerlo olvidar la herida en su interior que cada vez se hacía más grande. Y estaba ahí, en ese callejón sin salida que era el amor, sintiendo cómo se rompía poco a poco a cada caricia que le daba, cómo se le escapaba la vida a cada suspiro que soltaba, cómo cada promesa, cada palabra, cada momento que habían compartido se desvanecía hasta dejar estelas dolorosas que alimentaban su llanto.
No se movieron del piso, por más que sentía el frío de éste contra su espalda desnuda, pero tampoco se quejó. No protestó tampoco cuando Toshinori se abrió camino por su cuerpo descuidadamente, con fuerza y sin aviso alguno, ni cuando comenzó a embestirlo casi con violencia o cuando clavó las uñas en la piel de sus caderas o los dientes a la altura de su hombro. Necesitaba ese tipo de agresión, esa clase de ardor que no lo dejaba pensar en otra cosa, ese placer violento de ser tomado sin ningún cuidado, de sentirlo moviéndose dentro de sí como si realmente quisiera partirlo. Casi como si lo odiara. Y así se aferró a él, lo mantuvo contra sí y con las manos encendidas arañó su espalda, con saña y con furia, con un rencor que nunca más saldría de su corazón, dejando surcos que su mismo fuego iba cauterizando.
La noche fue demasiado corta.
Ni las manos ni las bocas fueron suficientes para abarcarlo todo. El cuerpo entero no era bastante. Y el dolor, a pesar del placer asfixiante de sus últimos encuentros, no les dio tregua ni un segundo.
― Enji, yo te…
― …no lo digas… ―. Cortó. Empujó las caderas con más fuerza y gimió mientras sus uñas bajaban por el brazo ajeno ―. Sólo… no lo digas…
Toshinori Yagi no volvió a hablar.
Fue la luz entrando por la ventana la que lo hizo abrir los ojos. Por un pequeño instante, mientras su mente se aclaraba, sintió como si todo hubiera sido un sueño.
Pero reconocía esa cama que no era suya y su lado derecho estaba vacío. El olor a cosas quemadas le llegaba a la nariz. Su cuerpo dolía; el sitio donde Toshinori había dejado las marcas de sus dientes punzaba y sus caderas estaban destrozadas; el peso de sus piernas era proporcional al esfuerzo. Su abdomen palpitaba ligeramente, resultado de la tensión y de los golpes que había recibido horas antes. Su rostro no estaba en mejores condiciones: sus párpados estaban hinchados por el llanto y, el resto, por el intercambio violento de la pelea. Estaba agotado en todo sentido.
Ni siquiera se esforzó por ponerse en pie y buscar a Yagi, pues sabía que no iba a encontrarlo. Desde su sitio alcanzaba a ver las cosas que habían desaparecido de su lugar. Toshinori ya no iba a volver, así que él debía continuar con su vida. O lo que fuera que quedase de ella. Debía levantarse y presentarse en la agencia, pero no lo hizo. Rodó sobre su costado y cerró los ojos, a pesar de que sabía que nada iba a cambiar cuando volviera a abrirlos.
Fuyumi no dijo nada cuando lo vio llegar, pero bajó la cabeza y se hizo a un lado para que entrara. Ni siquiera intentó voltear a verla. Se dirigió a la sala de entrenamiento e inmediatamente el saco de boxeo salió despedido hasta el otro extremo con un estruendo que sonó en toda la casa. Los recuerdos se superponían unos a otros sin orden o secuencia lógica, compartiendo una única cosa: la rabia. Su garganta soltó un gritó de frustración y tanto los golpes como el fuego comenzaron a alcanzar lugares al azar. La pared, la duela… Todavía no tenía bastante. ¿Cómo se atrevía? ¿Qué diablos estaba mal con él? Lo había dejado una vez y ahora simplemente perdía todo aquello por lo que lo había abandonado. No había forma en la que pudiera perdonarlo, no cuando ese motivo por el que se había marchado tantos años antes había desaparecido.
Quería destruir algo. Quería destruirse a sí mismo y era tanta su frustración que terminó por poner toda la habitación de cabeza.. No iba a aceptarlo. No quería aceptarlo. ¿Cómo mierda se suponía que iba a tomar el lugar de Toshinori? ¿Cómo pretendían que lo hiciera cuando nunca había estado a su nivel? ¿Cuándo lo había subestimado de la forma en la que lo había hecho? Veintiocho años antes le había permitido burlarse de él, pero las cosas eran diferentes ahora. El retiro de All Might era el final de esa maldita comedia de mal gusto en la que se había convertido su vida.
Bueno, nada. Lo siento por la cantidad tan ofensiva de OoC en el capítulo. Es que siempre he pensado que Enji es medio intenso para esas cosas. Es decir, ¿alguien quiere pensar en su estabilidad mental? Se casó sólo para superar a All Might, tuvo hijos sólo para superar a All Might. Es medio obsesivo el tipo... entonces pues... yo creo que sí se enamoró cabrón de Toshi jaja. Pero en fin. Espero que les haya gustado :'D ¡El siguiente ya es el final! Aunque tengo algún extra por ahí que subiré luego. :')
Gracias por leer. ;u; 3 Ya saben, los comentarios me harían muy feliz. ;u;
