2. Cuando mi dignidad voló disfrazada de suave felpa.
Martes, 13 de Noviembre, 17:22, donde siempre
Queridísimo objeto aún no identificado donde, siendo una masoca empedernida, me recuerdo lo patética y triste que es mi vida.
Creo que ayer solo te introduje una pequeña parte de cómo mi orgullo se volatilizó por la ventana, literalmente. Bueno, pues sigo con mi apasionante relato, hasta que no me compre otro oso de peluche tamaño gigante con el cual descargarme en momentos como este.
Pues eso, que llegó la hora de volver a casa, asediada constantemente por el club de fans del bello durmiente, y con 20.000 yenes más. Qué bella es la vida, no importa que un centenar de degeneradas enamoradas busque el fin de mi existencia, ni que todo el instituto me mire cada vez paso como la pervertida que se atrevió a besar a la superestrella del básquet Kaede Rukawa´, ni que haya tenido que volver a presentarme frente al claustro de profesores por cometer tal obscenidad en horario escolar, porque lo realmente importante es que este fin de semana voy a ser la versión oriental de Pretty Woman.
Ah, porque aún no te lo he contado, no? Que, al parecer, si tienes 16 años (casi 17) y besas en contra de su voluntad al tío más popular del instituto, te conviertes de súbito en una adolescente promiscua y desesperada. Ahora todos creen que, Shina Suzakashi estaba tan amargada por no tener novio, que le plantó un beso al primero (precisamente Rukawa) que se le puso en frente. Pero efectivamente sí, lo que menos me importa ahora es convertirme en la mosquita muerta del instituto cuando pasó lo que pasó. Y que pasó? Corearon todos al unísono. Pues…
Lo recuerdo como si fuera ayer (es que fue ayer)…
Serían las… ocho de la tarde y ahí estaba yo, una joven y atractiva adolescente desvistiéndose, tan inocente e ingenua ella, tal pura y tan virtuosa, tan… (ehem, ehem.). Bueno, que iba a ducharme, como cada noche.
Y ahí estaba, mi piel húmeda e impregna del olor frutal de mi champú, que bañaba mis cabellos azabache con destellos cobre, que ligeramente ondulado caía empapado sobre mis hombros. Mi piel perlada por el agua, y mis manos acariciaban con suave tacto mi tez morena (ehem, ehem. Creo que te estás pasando.- Y quien eres tú para decirme eso?- Tu cordura literaria. Eso no concuerda en este relato. Es una cursilada.- Cállate!), la espuma del gel cubría mi cuerpo y… de pronto sonó el timbre.
.- Quien es el gili, hij, ca, que se atreve a llamar a estas horas? Co, que me estoy duchando! – Preguntó amablemente mi melódica voz. No iba a contestar pero luego pensé… Y si son mis padres que han decidido hacerme una visita sorpresa? – Sorpresa, cariño! En el momento menos pensado (como la regla!), te hemos venido a visitar para recordarte que nuestra única misión paternal es dejarte en evidencia donde quiera que estés!- El caso es, que si fueran ellos, y yo no abriera la puerta, no valdrían las excusas a la hora de vernos las caras, por más que me estuviera duchando, el me apuntaría con su escopeta sacando a relucir su instinto de padre sobre protector de su hija única y preguntando, que hacías el lunes a las ocho de la noche? Donde, porque y sobretodo con quién estabas? .- con… con Ken.- balbuciría yo confirmando así una coartada .- Y quien es Ken, eh? Quien diablos es ese maldito Ken? Que te ha hecho y hasta donde habéis llegado!.- Apuntándome con el foco de mi escritorio.- Dínoslo, cariño.- Mi madre sería el poli bueno, aunque en cuestiones de limpieza, suele ser el malo, malísimo.- Pues Ken… Ken es… Ken es mi patito de goma! – confesaría tras tanta presión!.- Y estábamos en la ducha… estábamos en la ducha…- Y estallaría en llanto repitiendo esa frase entre sollozos.
En fin, me dejo de cosas irrelevantes y paso a explicar que, aterrorizada de encontrarme las caras sonrientes de mis progenitores, y tomando la precaución de cubrirme con una toalla, abrí al puerta. Pero ahí no había nadie. Y, una vez, cometí a irracional imprudencia de salir y mirar tras el helecho, elemento común del edificio, porque no era la primera vez que se escondían, y luego salían diciendo Hola princesa! Mira quien ha venido a verte!´ provocando un paro cardíaco a su princesa, que esta al borde del suicido, o del homicidio, todo dependía del día.
Pero no había nadie. Y esa parte consciente de mi cerebro que razona en momentos de pánico extremo me dijo: Esto ha sido una broma pesada de cualquier palurdo que pasaba por aquí, y le dio por hacerse el simpático, y apoyarse un largo rato contra el timbre de mi puerta. Y me susurró también: Tú fuera. Llaves dentro. Puerta cerrada a causa de una inoportuna corriente de aire.
Me abstuve de gritar desesperadamente y medité profundamente, pensando en ese valle verde, con sus pájaros cantores y su bucólico paisaje. Pero pronto esa imagen la sustituyó una Shina empapada, con una simple toalla como atuendo, con los labios pintados de rojo pasión (porque puesto que en el colegio se lo prohíben, y no suele salir, se lo aplica antes de ducharse, cosa muy inteligente y económica por su parte), y al borde del histerismo maternal (esa histeria que toda madre tiene cuando ve el ordenado´ armario de su hija (nota para mí: ordenar el armario) y/o habitación en general y/o piso en general y/o vida en general.), es decir, peor que cuando su madre la sorprende y ve lo buena ama de casa que es.
Bien, bien. Es noviembre. Estás medio desnuda. Estás en el rellano. No tienes llaves. Has perdido la calma. Has perdido la razón. Estás perdiendo el tiempo. Estás rezando porque no le dé por subir las escaleras a un vecino tuyo que te acosó en el ascensor, ni el preadolescente que te preguntó si querías ser su tutora sexual y musa erótica.
Que opciones tienes?
1-. Coger el tren y hacer dos transbordos con el metro, contando con el riesgo de que vas ligera de ropa y en hora punta de cuando todos los ejecutivos agresivos vuelven de su ruta diaria por todos los burdeles de la prefactura bastante ebrios, e ir a casa de tus abuelos a pedirles la copia de la llave de mi casa, contando con el riesgo de contestar preguntas innecesarias y el carácter de tu abuela (peor que el de tu madre), y su discurso de que la moda de hoy en día no es lo que era, que parecemos fulanas desvergonzadas, y que tendría que volver el yukata, la decencia y sumisión femenina. Tiempo estimado: 4 horas en ida y vuelta. 5 en sermón de la abuela. Esfuerzo estimado: Excesivo. Esquivar a pervertidos insolentes, y a abuelas que echan de menos tiempos mejores. Verosimilitud: 0
2-. Bajar a la calle, conseguir un trozo de cartón y un rotulador permanente y escribir: Yo tenía ropa, un gato y una casa. Lo perdí todo por culpa de unos gamberros, y sólo me queda una toalla y la cómoda alfombra de bienvenida. Me olvidaba del helecho. No quiero su dinero ni su compasión, solo ropa, una cena caliente, y un hogar donde pasar la noche. Gracias, su recompensa será la voluntad, y todo mi cariño. (Abstenerse ejecutivos agresivos provinentes del peloteo a su jefe (los burdeles), vecinos solteros carentes de afecto y preadolescentes faltos de instrucción sexual.)
Tiempo estimado: indefinido, hasta que alguien se fije en tí, y te acoja. Esfuerzo estimado: Moderado. Bajar a la calle, vencer al frío glacial, esconderme de conocidos y esperar a que alguien te tenga compasión y te adopte por una noche desinteresadamente. Verosimilitud: 5
3-. Confiar en que la persona que vive en el piso de al lado, sea una viejecita amable y bondadosa, sin nietos ni familia, que me deje saltar por el balcón y te prepare unas deliciosas galletas, y teja horribles jerséis de lana, y te diga que eres muy guapa, y que te cuente historias de la posguerra, para expiar tus pecados (el de atreverte a contestar estando duchándote).
Tiempo estimado: Unos… 15 minutos, depende de la convicción de tu querido y desconocido vecino. Esfuerzo: Nulo… aunque corres el riego de que quien me abra la puerta sea uno de los vecinos que nombré anteriormente (Ya sabes, el cuarentón y el preadolescente). Verosimilitud: 10.
Un cuarto de hora, dos derrotas de mi timidez en vano y varios retos a mi capacidad reflexiva después, me encontraba frente a la puerta de al lado, rezando porque su respectivo propietario estuviera, llamando al timbre.
A estas alturas, puedes imaginarte quien me abrió, por divina coincidencia y maltita casualidad de la vida, segundos después, tenía ante mí ese metro ochenta y siete de músculo y pura fibra, de impasible ser que me debía permitir el paso a mi dulce, dulce hogar. Imagino mi expresión: Vergüenza, frustración, expectación e incredulidad. La suya, igual que siempre. Cosa que me extrañó, porque si ante mí se presentara una chica que me había despertado, dicho una declaración de amor que yo había ignorado y besado frente a mi club de guardaespaldas personales, enfundada en una toalla y completamente mojada, me hubiera extrañado. O asustado, pensando en que venía dispuesta a todo con tal de conseguir mi amor.
.- Eh… esto…ah… - Intenté esbozar la mejor de mis sonrisas y poner la mejor de mis miradas. Me hubiera gustado que supiera leer la mente para evitar tener que dar explicaciones. Pero seguía estático ante la puerta y una mirada nada agradable.- Hola! Pues… eh… Probablemente te estarás preguntando que hago yo aquí, con una toalla y mojada, verdad?
Ni el más mínimo movimiento. De pequeña, solía jugar a estatuas en el colegio. Yo creo que este chico se lo tomó tan en serio, y se entrenó tanto, que ahora ha perdido toda capacidad polifacética existente en su rostro.
.- Pues el caso es que me estaba duchando y…- proseguí balbuciendo- y bueno, alguien llamó a la puerta, y yo abrí, pero no había nadie, y la puerta se cerró y… y me dejas pasar y saltar de tu balcón al mío? Es que no se tú, pero no es muy agradable estar así en pleno noviembre… en el rellano… me entiendes, no?
El solo se hizo a un lado, y yo pasé. Solo que no me acordé de que la distribución de nuestros pisos es completamente simétrica, por ende, que cuando me dirigí esperanzada al comedor, tenía en frente de mí el baño (Y recuerdo que había unos calzoncillos negros al lado del váter). Salí de allí corriendo, pero yo y mi pésimo sentido de la orientación acabamos en el estudio. Pronto sentí una imponente presencia tras de mí. Me giré azorada y vi a Rukawa, a su metro ochenta y siete y a su glacial mirada. Estuve a punto de chillar. Pero me callé al ver que abría la boca.
.- Es por allí.- Dijo como si me estuviera indicando el camino hacia la muerte.
Yo seguí sus indicaciones tras un imperceptible (más bien silencioso) gracias y al fin llegué. Ahí estaba, cubierto por unas cortinas blancas e inmaculadas, el ventanal de mi salvación. Y acerqué mi mano al pomo, y lo giré. Y otra vez, y otra, y otra. Y estaba cerrado. Suerte que llegó Iceman para salvarme de una horrible cautividad en su propia morada, o en el rellano a su contrario, abriendo el cerrojo del cristal.
Y lo recuerdo como si fuera ayer (es que fue ayer), a cámara lenta.
Creo que, para conservar su gélido carácter, no enciende la calefacción, y por eso yo estaba tan helada como su mirada y calada hasta los huesos. Y un gesto típico de cuando tienes frío, es cruzar los brazos sobre el pecho. Pues bien, cuando esa pobre noventa se convirtió de repente en una espectacular noventa y cinco, me di cuanta de que la aureola del pezón, aquellos que amenazaban con perforar la toalla de un momento al otro, se asomaba por el filo blanco de mi escueta toalla, quise, subírmela. Y entonces…
Shhhhh
Fiuuuuuuuu
Argharghargh!
Fleshhhhhhh
Waaaaaaacho!
Y te preguntarás… que quieren decir esas onomatopeyas? Pues te lo explico a continuación.
El Shhhhh fue el viento, que entró en la estancia, gélido, llevándose con sonoro Fiuuuuuuuu mi toalla, que yo había soltado un momentín para ponermela bien, y que se había escapado de entre mis dedos sin que yo pudiera hacer nada. El Argharghargh! Fue mi evidente y estridente grito. Y como de pequeña me caí, lesionándome esa parte del cerebro que me aporta todos los reflejos mínimos humanos, en vez de cubrirme ciertas partes superiores, y ciertas partes inferiores, cubrí con ambas manos mi cara. Quieras que no, es algo inteligente, porque no pueden decir a quien vieron desnudo, y no debes esforzarte en cubrir tres partes íntimas con tan solo dos manos. A no ser, claro, que te conozcan, y hayan visto que era tu toalla la que se fugaba y volaba en busca de un árbol sobre el cual posarse. Pero demos gracias a dios que estaba el Fleshhhhhhh de la cortina, que inducida por el viento, se alzó cubriendo mi cuerpo desnudo, e impidiendo que Rukawa viera ciertas partes que no deben ser nombradas en un fic para puritanas mentes. Para cuando esa zona demolida que se encarga de mis reflejos empezó a actuar, me aferré a las cortinas y me hice una improvisada túnica romana. El Waaaaaaacho que viene a continuación, fue el estornudo que desencadenó y sentenció el resfriado de mis próximas dos semanas. Para que veas, que exponerse a la intemperie desnuda a finales de otoño puede ser muy perjudicial y más si estas en plena época de exámenes.
Pasaron segundos eternos, en los que yo me encontraba envuelta entre las cortinas blancas del salón de la estrella de básquet, con semblante horrorizado y estupefacto. Y él con la misma cara que siempre, Iceman volvía al ataque! Entonces, se quitó la camiseta. Lo primero que hice, fue observar detalladamente aquellos abdominales perfectamente trabajados y todos los músculos de su cuerpo. Una vez mis hormonas se hubieron calmado, empecé a plantearme el porque de aquel acto. Vaya, ahora Rukawa era extrañamente solidario, y en vez de acercarme una gruesa manta con la que cubrir mi cuerpo (cabe decir que las cortinas eran de seda, un tejido no muy cálido precisamente), se desnudaba él también para que yo no me sintiera tan cohibida. Y analizándolo, llegué a la conclusión de que era la forma más rápida de entrar en calor. Al fin y al cabo, ya me había parecido un tipo inteligente desde el principio.
Y me tendido la camiseta. Que quería, que la hiciera volar, como la toalla, para quedarnos los dos en paños exageradamente menores y montar una orgía improvisada para darnos calor en mitad de aquel viento glacial?
No! Caí pronto en cuenta, cuando mi inteligencia, esa ínfima parte de mi cerebro me sugirió que tal vez me tendía la camiseta para que yo me cubriera con esta. La cogí, tras tanta profunda meditación y, mientras él se alejaba por el pasillo, me la puse. Me llegaba a altura de los muslos, así que, a no ser que abajo viviera uno de mis vecinos pervertidos y le diera por mirar arriba no tenía porque preocuparme. Salí al balcón, y en aquellos momentos, deseaba tanto volver a sentarme sobre mi mullido sofá, que lo que menos me importaba es que estuviera a dos grados, que llevara solo una camiseta provinente de un completo desconocido inmutable al cual yo había besado esa misma mañana, que viviéramos en un sexto piso y yo tuviera vértigo a más de dos metros sobre la faz terrestre y que la oscilación entre ambos balcones era considerable. Nada me importó, tras un ágil salto llegué a mi ansiada terraza… mis manos se posaron lentamente sobre el pomo férreo de la puerta del ventanal… y lo giré. Repetidas veces. Y luego caí en cuenta…Caramba, Shina, quien deja la puerta del balcón abierta en pleno Noviembre, cuando hace un frío que pela y aún queda un mes para que venga Papá Noel? En circunstancias normales, tú, pero eres tan sumamente gafe que, mira tú por donde, se te ocurrió cerrarla.
.- Esto… Rukawa! – Le llamé desde mi balcón.- Rukawa!.- Y, al cabo de unos minutos, apareció, asomándose por el ventanal-. Eh… esto… tú no tendrás una horquilla, verdad?
Y, sin cambiar la expresión de su rostro ni decir nada, posó una mano sobre la baranda y dio un salto digno de un jugador de básquet. Cuando llegó a mi balcón, me hizo a un lado empujándome suavemente´, y levantó la pierna, que impactó inmediatos instantes después contra mi ventanal, abriéndolo. Impecable, sin romper ni el cristal ni el cerrojo, allí me aguardaba mi sofá, y mi ropa…
.- Gra…gracias! .- Musité sin salir aún de mi asombro
Pero él ya se había largado tras un elegante salto entre ambos balcones.
Entre y me tiré sobre el sofá como quien no ha visto uno de diez años, sintiendo que le debía la vida mi recién descubierto vecino (si, llevo viviendo aquí toda mi vida, pero no conozco más que al par ese nombrado anteriormente), y prometiendo que lavaría su camiseta a mano y con el mejor suavizante existente sobre el mundo del detergente en general.
Pero, aunque tenía la certeza de que sería discreto (como iba a decir algo, si ni hablaba ni tenía amigos?), quise que un terremoto abriera una estría sobre la faz terrestre y que yo cayera en picado al vacío, perdiéndome allí por los siglos y los siglos, amén. Sí, la común expresión Tierra trágame!´fue lo que susurré en la intimidad de mi hogar, cuando me acordé del calvario que había pasado, y de que guardaba una copia de las llaves entre las hojas del helecho del pasillo.
Si hubiera estado de buen humor y hubiera sido un sueño, creo que incluso me abría parecido gracioso. Pero cuando las desventuras que suelen sufrir las protagonistas de películas americanas y series británicas te suceden a ti, ves la situación desde otra perspectiva.
Te dejo, voy a suicidarme, ahora vuelvo:
Shina
