Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo II

Magnus estuvo a punto de irrumpir la reunión. Quería saber qué estaba sucediendo exactamente. Su padre no sería capaz de dejarle al margen o al menos, eso era lo que creía. Era el príncipe heredero, después de todo. Estaba decidido a meterse allí y demandar que le dieran una explicación.

Pero antes de que pudiera dar un paso más, Berwald le tomó del brazo para que no lo hiciera. Aquello le molestó, ¿acaso no sentía lo mismo?

—¿Por qué? —le preguntó entre susurros antes de liberarse de su guardia personal.

—Porque todo lo que vas a conseguir, es que nos echen —le contestó con severidad. A veces pensaba que tenía que obrar como la voz de la razón, además de velar por su bienestar físico.

El danés frunció el entrecejo, no le gustaba que le reprendieran. Sin embargo, era posible que el otro tuviese razón. Respiró profundamente y se levantó. Con cuidado, se alejaron los dos del despacho del rey.

—¿Crees que habrá guerra? —Magnus no iba a dejar de pensar en ello tan fácilmente.

—¿Qué otra cosa podría ser para que se movilizaran de ése modo? —Berwald se encogió de hombros. Intentaría hablar con su padre más tarde, si es que se le se presentaba la oportunidad.

En la mesa, ya se encontraba Annelisse. Vestía uno de esos vestidos anchos y bien ajustados en la cintura. Berwald no pudo evitar en fijarse en su escote. Era evidente que la muchacha estaba lejos de ser feliz. Miró a los recién llegados y se sentía humillada. No conseguía comprender por qué ella tenía que hacer cosas aburridas.

—Te ves como una persona normal —Se burló Magnus antes de tomar su asiento a la derecha de la cabeza, que por obvias razones, estaba desocupada.

—Pues tú te ves como un maníaco. El que debería ir a bañarse, eres tú —Annelisse estaba molesta y no planeaba dejar de mostrarlo.

Luego ella y Berwald intercambiaron miradas. Por un momento, ella creyó que éste le diría algo al respecto. Era la única opinión que en realidad le importaba y estaba ansiosa por escucharla. Sin embargo, el guardia de su hermano sólo se limitó a asentir y luego se concentró en la comida.

Aquello la tomó por desprevenida. Nunca empezaban a comer sin que su padre estuviera sentado en su lugar correspondiente. Como siempre, era ella la última en enterarse de todo.

—¿No deberíamos esperar a que él esté en la mesa con nosotros? —Annelisse arqueó una ceja, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo.

—Nuestro querido padre está ocupado con alguna emergencia —le contestó Magnus, ansioso por probar algún bocado.

—¿Y ustedes prefieren comer antes de ir a descubrir lo que está pasando? —Estaba tan indignada por el comportamiento de los dos que arrojó una servilleta y se puso de pie. Tenía que hacer algo aunque no estaba segura de qué precisamente.

Magnus sabía que su hermana tenía razón así que después de darle un mordisco a su pedazo de pan, se puso de pie para seguirla. Aunque en ocasiones sus puntos de vista tendían a chocar, esta vez los dos estaban de acuerdo.

Berwald hubiera deseado quedarse allí, pero no podía permitir que él se lastimara o que ella cometiera una tontería. Así que, a regañadientes, se puso de pie.

—¿A dónde vamos? —preguntó antes que nada. Se limpió la boca y no podía dejar de pensar en lo hermosa que ella se veía en ese vestido. La verdad era que si ella le hubiera pedido que fuera a lo más recóndito de un bosque, él lo hubiera hecho sin lugar a dudas.

Los mellizos sonrieron y Annelisse se dirigió directamente hacia las afueras del palacio. Por supuesto, aquella acción dejó perpleja a la servidumbre. Sin embargo, ninguno de ellos se atrevió a decir algo al respecto.

—Me supongo que nuestro padre estará en su despacho —Annelisse supuso, a pesar de que Magnus no lo había dicho.

—Todo el Consejo está encerrado allí. Todo lo que sabemos es que el ejército se va a movilizar muy pronto —comentó Magnus, intrigado por lo que su hermana estaba tramando.

Ella se detuvo repentinamente y luego señaló la ventana que pertenecía al lugar donde estaban reunidos los ministros y el rey. La distancia entre la misma y el suelo debía ser de al menos unos veinte metros.

—Bueno, a menos que tú tengas alas y no veo que… —Magnus se detuvo en ese momento y se percató de lo que Annelisse estaba planeando:—No —Soltó el muchacho mientras que negaba con la cabeza.

—Por todos los dioses, Magnus. A este paso, la reunión va a terminar y no nos vamos a enterar de nada —le recordó:—Yo misma treparía la pared sino fuera por este estúpido vestido —añadió exasperada.

—Bien, iré a buscar a Signe —Magnus no quería involucrarla en nada que pudiera ser un riesgo para ella. Ya de por sí apenas había podido conseguir que la dejaran quedarse allí. Si la llegasen a encontrar, era probable que no pudiera hacer algo para salvarla.

Magnus salió corriendo de allí. Tarde o temprano, se enteraría de lo que estaba sucediendo en la reunión, pero estaba seguro de que no le dirían toda la verdad. Odiaba tener que involucrar a Signe en ello, pero en ese momento era la única que podía subir por aquella pared. Tanto él como Berwald eran demasiado pesados para hacerlo y Annelisse estaba excluida por el exceso de ropa.

—¡Signe! —exclamó, entrando a las apuradas en el invernadero donde ella estaba trabajando.

La muchacha estaba en el fondo pero de todas maneras pudo escuchar la retumbante voz del príncipe. Dejó lo que estaba haciendo para ir a su encuentro.

—Vaya, no me esperaba que vinieras a verme tan pronto —contestó con cierto veneno. Estaba sorprendida que incluso viniera a esa hora, cuando se suponía que debería estar almorzando con el resto de la familia real.

—Necesito tu ayuda —Y sin darle más explicaciones, le agarró de la mano y saliendo corriendo de allí.

Signe estaba aún más asombrada. Le costó bastante correr al mismo paso que el danés e incluso intentó que fuera más despacio.

Cuando finalmente llegaron, Signe estaba exhausta y le estaba dando una mirada furibunda a Magnus. Se secó el sudor de la frente y miró a su alrededor. Se encontró con Annelisse y Berwald y hasta se sintió un tanto avergonzada por estar vistiendo ropas muy andrajosas. O al menos, su vestido pegado al cuerpo no podía competir con lo que estaba usando la princesa.

—¿Vas a darme una explicación ahora? —Le reclamó la muchacha mientras que respiraba agitadamente. No era de hacer mucho ejercicio, en razón de que su cuerpo era bastante frágil. Además, la magia que empleaba solía drenarle bastante energía.

Pero antes de que el heredero al trono pudiera responder, Annelisse se le adelantó. Sabía que a su hermano le faltaba bastante tacto para decir las cosas y temía que Signe se rehusara.

—Espero que disculpes al tonto de Magnus. Se cayó de cabeza cuando nació y… —Se encogió de hombros antes de ir al punto:—Verás, el rey y su consejo está reunido en aquella habitación —Señaló la ventana del despacho:—Y tú eres la única que puede trepar por el muro —Se mordió los labios al finalizar la oración.

Signe quería creer que estaba escuchando patrañas, pero el trío estaba pendiente de su respuesta. Casi podía ver que Magnus le estaba suplicando para que lo hiciera. La muchacha rodó los ojos y se acercó al muro para tantear las hendiduras del mismo.

—Deben estar bastante desesperados para pedirme ayuda —comentó antes de comenzar a trepar. Luego se dio la vuelta para mirar al danés:—Si me caigo, serás tú el responsable de todo esto, ¿me escuchaste? —le advirtió antes de continuar con su ascensión.

A los dos metros de haber escalado la pared, Annelisse se percató de que se podía ver la ropa interior de la muchacha así que de inmediato agarró a los dos de la oreja para que se dieran la vuelta.

—Dejen de ser pervertidos —Les regañó a ambos:—Den la espalda mientras que ella se esté ahí arriba —No solamente le indignaba que ella fuera capaz de usar tan poca ropa, sino que estaba algo celosa de que lo que Berwald pudiera llegar a ver.

Por un breve momento, Signe creyó que iba a caerse. El muro estaba cubierto de moho y debía tener mucho cuidado para no resbalarse. Debió haberse negado a subir tal altura, pero era tarde para bajarse, estando ya a medio camino.

Al final, Magnus se dio la vuelta. Aunque, sin lugar a dudas, la vista era bastante apreciable, estaba más bien preocupado con que Signo se pudiera caer.

—¡Tú puedes! —exclamó antes de que Annelisse le cubriera la boca.

—Se supone que no estamos aquí, tonto —le recriminó. En esta clase de oportunidades, no podía comprender cómo era posible que su hermano fuera el sucesor al trono.

Cuando finalmente terminó de escalar, ella se asomó por la ventana con mucho cuidado para que no la vieran. Le había costado bastante trabajo subirse hasta allí, le dolían los brazos y piernas. Más le valía a Magnus que le diera un buen masaje o la invitara a uno de esos baños calientes.

Tal como le había comentado la princesa, estaban todos reunidos allí, el rey ocupando la posición central y los ministros sentados a su alrededor. Dos hombres, uno de una barba tan roja como la sangre y otro con una cicatriz que le cubría la mitad de su rostro, estaban discutiendo con animosidad. Al parecer, el ambiente estaba bastante caldeado.

—¡Su Majestad no puede gastar dinero en eso! ¡Hay que ser prácticos, maldita sea! —exclamó el de la barba roja, a quien parecía que una de las venas de su rostro estuviera a punto de explotar.

—¿Entonces es mejor que dejemos que esta amenaza se apodere del reino? ¡No va a haber reino que defender, zopenco! —Vociferó el de la cicatriz.

Un tercer hombre, un anciano que quizás estaría llegando a los cien años, se levantó. Con una señal, hizo que ambos se quedaran callados.

—La profecía nos había hablado de esta amenaza hace siglos. Nadie le ha hecho caso y ahora… Bueno, tenemos que enfrentarla —Parecía cansado. Se masajeó las sienes antes de continuar hablando:—Lo que primero que deberíamos hacer es mandar una expedición —sugirió.

—¿No sería mejor movilizar todo el ejército? —preguntó el hombre de confianza del rey, el padre de Berwald:—La defensa del reino debe ser una prioridad. No hay tiempo de investigar. Si las noticias que nos llegaron son ciertas… —Sin embargo, el anciano hizo una señal para que se callara. Aquello hizo que el hombre se enfadara, pero permaneció en silencio.

—Esta amenaza no es como cualquier otra que este reino ha enfrentado anteriormente. No son seres humanos… normales —comentó a falta de otra palabra:—No sabemos siquiera si nuestras armas serán suficientes para matarlos —añadió.

El rey escuchaba atentamente a lo que estaban diciendo. Se acarició la larga y rubia barba antes de hablar.

—Vamos a movilizar… —Todos los asesores estaban observando al rey atentamente, incluido el anciano:—La mitad del ejército. No podemos darnos el lujo de que la capital quede desprotegida y tampoco tenemos tiempo para averiguar el tipo de criaturas que nos están amenazando —Hizo un gesto para que el anciano no le interrumpiera:—Nuestro reino está en peligro y es nuestra prioridad asegurarnos de que nuestros ciudadanos estén protegidos —comentó antes de ponerse de pie.

Todos los hombres presentes hicieron lo mismo. El rey examinó el rostro de cada uno de ellos.

—Y para asegurar mi compromiso con la gente… —El monarca tomó un enorme hacha que se hallaba recostado cerca del trono:—Iré yo mismo al lugar —sentenció.

Las quejas no tardaron en aparecer. Todos estaban anonadados por las palabras del hombre.

—Pueden retirarse —No deseaba escuchar ningún reclamo:—Excepto Oxenstierna. Necesito hablar con él a solas —dijo antes de volver a sentarse.

Signe ya no podía más sostenerse desde allí. Estaba usando toda su fuerza para poder aguantarlo. Miró hacia abajo y se dio cuenta en el lío que se había metido. Por un breve segundo, el temor fue perceptible en su rostro inexpresivo. Magnus le tendría que compensar después de todo esto.

Lentamente fue bajando, con el mismo cuidado. Sabía que cualquier error podría costarle la vida.

Magnus estaba expectante y luego miró con irritación a su hermana.

—Si llega a pasarle algo, es tu culpa —Arremetió. Se sentía impotente, debió haber sido él quien hubiera escalado el muro.

Berwald sintió ganas de responderle, pero se contuvo. Detestaba verlos discutir de ése modo y sobre todo, cuando Magnus le echaba toda la culpa a Annelisse. ¿Cómo no podía comprender que ella sólo había tenido las mejores de las intenciones? Se limitó a suspirar.

Finalmente Signe consiguió bajar del muro, aunque le temblaban las piernas. Magnus fue el primero en acercarse y aunque se veía enfurecida, de igual manera le abrazó con mucho cariño. Si bien la muchacha estaba enojada con él, le correspondió con la misma intensidad. Era absurdo y quizás un tanto exagerado, pero el miedo se había apoderado de ella en los últimos pasos.

—¿Ves? Estás sana y salva —bromeó el muchacho antes de apartarle el cabello que le cubría el rostro.

—No gracias a ti —comentó antes de salir de su abrazo. Aunque le había gustado estar entre sus brazos, no quería darle ninguna falsa esperanza.

Una vez que se recompuso, les explicó a los tres lo que había conseguido escuchar.

Magnus se enfureció cuando escuchó lo que su padre planeaba hacer. ¿Cómo se atrevía a tomar semejante decisión? ¿Acaso no tenía un reino que proteger? Era la idea más estúpida que jamás se le había ocurrido.

—Debería ir yo en su lugar —resolvió y estuvo a punto de partir hacia al despacho de su padre, cuando Signe le tomó del brazo.

—Deja de decir estupideces —le pidió. Podía ver el ansía de aventura reflejada en los brillantes ojos del danés, pero alguien debía traerle de vuelta a la Tierra:—¿Qué vas a hacer tú? ¡Ni siquiera tienes experiencia de batalla! —Y por una vez, dejó entrever que lo que sentía por él era más que mera amistad.

—Signe tiene razón —añadió Berwald:—Lo más sensato sería… —Se quedó callado por un rato y respiró profundamente:—Trataré de hablar con mi padre esta noche —No estaba seguro de lo que podría lograr, pero debía intentar al menos investigar lo que estaba sucediendo.

Magnus contempló a los tres. Annelisse no había dicho nada, pero era evidente que estaba de acuerdo con Signe y Berwald.

—¡Se pusieron los tres en mi contra, eso es injusto! —exclamó y cruzó los brazos, encaprichado.

—Y tú serás el rey, por todos los dioses —Se quejó la princesa.

Llegó la noche y Berwald ingresó a la habitación que ocupaba de su padre, muy cerca de la alcoba real. Golpeó la puerta para anunciar su llegada y se acercó a la mesa central, donde su padre estaba analizando un mapa.

Su padre medía más de dos metros de altura, llevaba el corte al ras y su barba rubia bien recortada. Sin embargo, lo que siempre intimidaba a la gente, era su mirada gélida.

Dejó lo que estaba haciendo cuando vio a su hijo aproximarse. Desde que había muerto su esposa, el hombre se dedicaba exhaustivamente a su trabajo. Sin embargo, siempre se preocupaba por su único hijo y esta vez no era la excepción.

—¿Qué ocurre, Ber? —le preguntó mientras que se acomodaba en su sillón.

—Yo… Quería saber qué está pasando —dijo sin animarse a mirar a los ojos de su padre.

El hombre arqueó una de sus cejas y se removió en su asiento.

—El rey lo revelará esta noche, luego de la cena —Se limitó a comentar. Le dolía tener que ocultar la verdad a su único hijo, pero tenía un deber con el reino y con el monarca.

—Me lo suponía —Berwald no se molestó en disimular lo decepcionado que estaba y sin despedirse, se dio la vuelta para retirarse del dormitorio de su padre.

No obstante, éste decidió darle una mano.

—Si quieres ayudar… —Pensó con detenimiento lo que le diría a su hijo:—Dile a la chica bruja que se reúna con Torvald, el viejo —le indicó:—Mañana. No antes de que el rey anuncie sus planes —le pidió.

Berwald asintió en silencio y se retiró.

Durante la cena, el rey se puso de pie, tras haber degustado un ciervo que le habían regalado. Levantó la copa de vino que se hallaba a su costado y miró a todos los presentes.

—Señores, necesito toda su atención. El futuro del reino está en juego —anunció tras beber un sorbo de alcohol.


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