Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo IV
Magnus no había conseguido dormir en lo absoluto. Sabía que Signe no tenía otra opción más que acompañar a su padre y su séquito a aquellos sitios remotos del reino. Lo que le indignaba era el hecho de no poder ir con ella.
No había caso en demandar o rogar a su padre para que lo reconsiderara. No iba a escucharlo y era muy capaz de mandarlo a la cárcel si lo creyese conveniente. No había nada que podía hacer por ella y eso era algo que le irritaba demasiado.
¿Y si algo le ocurriera? Su padre y los demás guardias eran expertos en el combate cuerpo a cuerpo. No por nada se decía que el hacha del rey Mikkel parecía más una extensión de su cuerpo que un arma de guerra. Sin embargo, Signe no sabía siquiera blandir una maldita espada.
Sus ojos azules miraban al techo. Berwald había querido decirles algo importante pero lo de Signe le había molestado tanto que no le había prestado suficiente atención. Frunció el cejo, se sentía un inútil. No podía ser de ayuda ni para su padre ni para aquella chica a la que tanto adoraba. Porque, aunque no lo pareciera, esa adolescente se había convertido en su mundo.
Día tras día, desde que había llegado allí, había ido junto a ella. Si bien al principio le había intrigado su belleza, había sido su personalidad lo que le había hipnotizado por completo. No le trataba como si fuera alguien especial, como la gran mayoría de las personas, ni buscaba conquistarlo, pese a ser el príncipe heredero.
Magnus se volvió a revolver sobre su cama y miró hacia la ventana. No, no podía quedarse allí por más tiempo. Tenía que estar con ella durante las horas restantes. No podía soportar la idea de que no regresara y él no le había dicho nada de lo que sentía por ella, aunque estaba seguro de que se lo había dejado bien en claro.
Se vistió mal que mal y evadiendo la seguridad del castillo, salió hacia al jardín. Al salir allí, escuchó los gritos de los animales. Signe estaba trabajando con mucho esfuerzo, totalmente sola.
Ella estaba en negación, en completa negación. Quería creer que la conversación con el rey no había tomado lugar. Sólo estaba entrenando a los animales para un nuevo ejercicio militar.
Colocar las monturas era la parte sencilla. Era lo más fácil de todo, pensó. De lo que no estaba segura era que aquellos animales pudieran resistir un viaje tan largo. Suspiró, no había nada qué hacer.
Se sentó en el suelo, hambrienta. No había probado bocado en toda la noche y era probable que no lo hiciera antes de emprender el viaje. El rey quería salir cuanto antes. Sólo esperaba resistir lo suficiente.
—¿Estás trabajando mucho? —preguntó una voz en la oscuridad.
Signe no era fácilmente intimidada, pero aquello le sobresaltó. No había esperado que alguien se le acercara a esa hora de la noche. Sin embargo, intentó mostrarse serena al percatarse de que se trataba de Magnus.
—Oh, eres tú —comentó. Trató de mostrarse indiferente, pero agradecía que le hiciera compañía en ese instante. Necesitaba de apoyo y él era el único capaz de brindárselo.
El príncipe se sentó a su lado y contempló a las bestias. Eran imponentes, lo admitía. Se preguntaba cuánto tiempo le habría tomado a Signe para domarlas. Algunos aleteaban y las enormes plumas de sus alas caían al suelo.
Sin embargo, pronto se centró en ella.
—Siempre me ha impresionado cómo manejas a estos animales —comentó el muchacho mientras que veía lo que sucedía frente a él. Todos tenían el arnés y aunque lucían un tanto incómodos, ninguno se molestaba en escaparse.
—No son tan difíciles —respondió cortante. Sin embargo, sin realmente pensarlo, se acercó un poco más al otro.
—¿Estás nerviosa? —Había querido evitar la pregunta pero no podía hacer otra que preocuparse por ella. Era una interrogante ridícula, ¿por qué no habría de estarlo? Tenía que viajar con un grupo de viejos que apenas conocía…
Magnus cerró los puños. Volvió a sentirse enfadado. No podía hacer nada por ella y eso le irritaba demasiado.
—Tú luces más nervioso que yo —La muchacha no había dejado de contemplar cada gestos del otro.
Repentinamente apoyó la cabeza contra su hombro. No se consideraba capaz de pedirle que le abrazara, pero estando así de juntos, se sentía un poco mejor.
El príncipe abrió los ojos de par en par al sentir la cabellera de la otra caer por su espalda. Instintivamente la abrazó contra sí, como si de ése modo pudiera protegerla de lo que el futuro le deparaba para ella. Si fuera por él, se quedarían así, contemplando las estrellas y olvidándose de todo.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que ella se estaba agarrando el estómago. Como siempre, era demasiado orgullosa para indicarle lo que necesitaba. Pero esta vez tendría que vencer aquel defecto suyo, no aguantaba más el hambre.
—Quiero… —Signe meditó sus palabras por un momento:—¿Podrías traerme algo para comer? Aún no he cenado nada y… —Se mordió los labios.
Magnus se levantó de inmediato, como si se tratara de una orden que debía ser realizada de inmediato.
—Quédate aquí —Magnus le regaló una sonrisa tranquilizadora. No tenía sentido seguir enfadado. Al menos, no en aquel instante. Estaba seguro de que había sobrado una buena cantidad de comida en la cena. Si él hubiera sido ya rey, sin duda algunas habría hecho que Signe se sentara con él.
Lo que fue la media hora más interminable para la pobre muchacha, se acabó con la figura del príncipe trayendo un montón de comida. No estaba seguro de qué era lo que a ella realmente le gustaba así que había traído de todo.
Mientras estos dos compartían lo que quedaba de la noche, Annelisse y Berwald se encontraban en una de las torres. Ella había pensado que sería mejor dejar lo que fuera que el último quería decirles para el día de mañana y había intentado acostarse, pero todos aquellos eventos le habían impedido descansar.
Él, por su lado, no había querido molestar a Magnus así que había estado recorriendo el castillo hasta que se encontró con ella.
—¿Crees que regresarán pronto? —Annelisse trataba de no mostrar debilidad, pero se preocupaba por su padre. No era un jovencito sin responsabilidades. No le importaba que el otro le mintiera, sólo necesitaba que le consolase a su manera.
—Todo saldrá bien —Berwald sabía que no era así pero no creía necesario hacerle sufrir.
Ambos eran conscientes de la verdad. Sin embargo, por unas escasas horas, preferían simplemente ignorarla.
—¿Podrías quedarte conmigo hasta que…? —No podía decirlo en voz alta:—Si es que mi hermano no te necesita, por supuesto —Ni siquiera se animaba a mirarle a los ojos. Estaba así de avergonzada.
El muchacho le tomó de la mano tímidamente, sin contestarle. No creía necesario decir nada más.
El viento soplaba y el tiempo transcurría mucho más rápido de lo que el grupo de adolescentes creía.
—Gracias —dijo Annelisse casi en un murmullo. Era todo lo que necesitaba en aquel instante.
Media hora antes de que saliera el sol, el rey con su comandante y un par de guardias salieron al jardín. El monarca había estado lidiando con distintos asesores, rogándole que no hiciera tal descabellada aventura. Estaba de mal humor y no planeaba escuchar las palabras de nadie.
—¿Están los animales preparados? —preguntó con esa voz grave que le caracterizaba. Vio a su hijo sentado junto a ella, pero optó por no decir algo al respecto.
La muchacha se levantó antes de agacharse a saludar al monarca y luego lo miró tímidamente a los ojos.
—Sí, Su Majestad —Trató de contestar con seguridad, pese a estar temblando. Ese hombre le aterrorizaba con creces y no sabía cómo iba a poder viajar con alguien como él. Realmente deseaba que Magnus le acompañase.
No tuvo tiempo ni siquiera de dirigirse al príncipe por una última vez. El rey estaba demasiado impaciente por partir de inmediato. Signe ayudó a colocar las provisiones en las hembras más pequeñas y luego ayudó al resto de la delegación, incluido el padre de Berwald, a montar el resto de los animales.
—Muchacho… —El rey decidió aprovechar aquella ocasión para encomendarle unas últimas palabras.
Magnus estaba irritado y quería romperle la cara. Sin embargo, se controló. Respiró profundamente antes de acercarse a su padre. Lo dejaría para cuando regresara. De algún modo u otro, se vengaría pero no cuando Signe estuviese en una posición tan delicada.
—Te dejo a cargo de todo mientras que viajo. El pueblo no se ha de enterar de esto, por lo que las audiencias quedan suspendidas hasta mi regreso —le explicó:—Es tu primera gran prueba. Veremos de qué estás hecho —No estaba realmente seguro de qué esperar, pero era su única esperanza.
—Sí, padre —Asintió Magnus. No había esperado tal cosa, pensó que quizás alguno de sus consejeros asumiría su posición mientras que durara aquella expedición. Comenzaba a sentirse mareado.
—Si llegara a pasarme algo… —Pero antes de que pudiera decir algo más, Axel Oxenstierna decidió intervenir.
—Su Majestad estará seguro todo el tiempo —afirmó aunque la verdad era que no sabía cuán ciertas eran aquellas palabras. Simplemente las dijo para dejar al príncipe aliviado.
—En fin… —El rey negó con la cabeza y volvió a hablar:—Si llegara a pasarme algo, el pueblo no puede enterarse de esto. Podría causar una crisis interna y no estoy seguro de que puedas manejarlo —Lo había meditado bastante y sabía que había una gran probabilidad de no regresar.
—¿A qué te refieres con "esto"? —Magnus preguntó y luego miró a Signe por un momento. ¿Acaso el rey se estaba yendo a una misión suicida en la que ella era incluida?
—Habla con el viejo, él te lo dirá todo —El monarca levantó la cabeza y miró hacia al frente. Ya estaba amaneciendo y no quería perder más tiempo:—Y por los dioses, protege a tu hermana —le pidió como si fuera un favor más que una orden.
El muchacho se limitó a asentir. Repentinamente sintió unas ganas de arrojarse al frente de aquel pequeño grupo y detenerlo todo. O de secuestrar a Signe y llevársela a algún lado, donde no fueran reconocidos. Después de todo, ella era todo lo que necesitaba para continuar respirando.
Pero no lo hizo. Dio un par de pasos al costado, cuando los animales comenzaron a prepararse para despegar. Su mirada estaba estancada en Signe, en su larga cabellera rubia que flotaba con el viento. Debía memorizar esa escena, pues las palabras de su padre no lo habían consolado en lo absoluto.
Signe lo miró una última vez antes de dar un par de golpes al costado del grifo. Estaba asustada y le miraba como si le estuviera suplicando que la sacara de allí. Sin embargo, pronto se giró. No quería que él viera que ella estaba llorando ni tampoco quería el monarca lo notase.
Magnus se quedó postrado en el suelo. No había pasado ni cinco minutos desde que aquellos animales habían prendido vuelo y ya se sentía culpable. ¿Y si no la volvía a ver?
—¡Maldición! —exclamó una y otra vez, arrodillado en el suelo, mientras que las figuras se perdían en el horizonte. Se agarró del cabello de la frustración. Se permitió dejar caer unas lágrimas, seguro de que nadie lo estaba viendo.
Sin embargo, Annelisse y Berwald lo estaban viendo desde aquella torre. Apenas se habían movido de allí. Instintivamente la muchacha se refugió en los brazos del último. Éste se sorprendió pero intentó no demostrarlo. Aunque su semblante no lo demostrara, estaba preocupado por su propio padre.
No obstante, no quería detenerse mucho en ello. No podía hacer mucho por Magnus, así que al menos intentaría ser fuerte por Annelisse.
—¿Por qué no te vas a recostar? —le sugirió el muchacho. Él también necesitaba dormir urgentemente. Su mente estaba llena de pensamientos turbios y la necesitaba completamente clara si quería dar una mano a sus dos mejores amigos.
—¿Podrías prometerme algo antes? —le preguntó la muchacha entre sollozos. Se rehusaba a mirarlo porque no quería que la viera en ese estado, pese a que estaba empapando su camisa.
—Sí —respondió lacónicamente Berwald. Se atrevió a acariciar su cabello, a modo de calmarla. Nunca se le había ocurrido que podía enamorarse más de ella, pero ahí estaba, con los sentimientos a flor de piel.
—No le digas nada de esto a mi hermano o a Signe —le suplicó.
—Tu secreto está bien guardado conmigo —le aseveró Berwald. Cerró los ojos por un instante. Había algo mágico en aquel instante o al menos, eso era lo que le pareció.
Ella se dio la vuelta para secarse los ojos. No quería que él la viera así. Levantó la cabeza y se arregló el cabello.
—¿Te importaría acompañarme hasta mi habitación? —le preguntó:—Tal vez más tarde puedas contarme qué era lo que se suponía que ibas a decirle a Magnus y a Signe —Lo tenía bien grabado en su mente, pero hasta ese momento no había creído que fuera oportuno recordarlo.
—Más tarde —repitió Berwald antes de cogerle de uno de los brazos.
Por otro lado, Magnus se mantuvo en aquella posición por un largo rato, hasta que un par de guardias se acercaron a él. El muchacho se limpió la cara tan pronto como pudo, ya que no quería que ningún vasallo lo viera en ese estado. Necesitaba estar a solas, al menos por un par de horas.
—Su Majestad, ¿se encuentra bien? —preguntó uno de los soldados.
—No es nada, no es nada —Se apuró a decir el príncipe. Sin embargo, después de ponerse de pie, se acercó al soldado y le susurró:—Tú no has visto nada, ¿me escuchaste? —le advirtió antes de apartarse.
—Sí, Su Majestad —El guardia tragó saliva y asintió.
Magnus salió de allí de inmediato. Estaba seguro de que estaban preparando el desayuno, pero no tenía apetito. Sólo quería retirarse a sus habitaciones.
Esto era lo que tanto había anhelado, ser rey y ser quién diera todas las órdenes, aunque fuera temporalmente. Pero no podía saborear el momento en lo absoluto. Estaba pagando un precio demasiado alto por ello.
Hizo caso omiso de los asesores de su padre y de cualquiera que se atreviera a pasar cerca de él. Esas voces no importaban en aquel momento. Una vez que llegó hasta la puerta de su habitación, se dio la vuelta y miró a uno de los guardias que lo estaban custodiando.
—Que nadie me moleste —le pidió y luego de un momento de silencio, añadió:—Ni siquiera mi hermana ni Berwald. Bajo ninguna circunstancia —Luego cerró la puerta tras de sí.
Ni siquiera se molestó en sacarse la ropa. Así tal cual se encontraba, se tiró sobre su cama. Quería olvidarse del mundo por unas cuantas horas. Hundió el rostro en la almohada y se sintió patético. ¿Qué clase de rey era? Había creído que sería capaz de lidiar con todas esas sensaciones, pero al fin y al cabo, era un muchacho de tan sólo quince años.
Era lamentable. Simplemente lamentable y estaba seguro de que su padre se decepcionaría si llegase a saber sobre su comportamiento.
Profirió una maldición antes de quedarse dormido. De repente, se sentía muy, muy cansado.
Horas más tarde, Annelisse fue hasta la puerta de la habitación de su hermano. Pero al escuchar al guardia que el príncipe no estaba recibiendo visitas de nadie, se retiró. Ahora estaba doblemente preocupada. Su hermano, el ser más feliz y ambicioso del planeta, estaba destruido. Conocía demasiado bien a su mellizo para intuir que sólo algo así podría llevarlo al encierro total.
Respiró profundamente, tendría que darle tiempo.
Regresó por donde había venido, donde Berwald le estaba esperando. No hacía mucho tiempo que le había comentado sobre el anciano Thorvald. Se suponía que Signe debía hablar con él pero dadas las circunstancias…
—Vamos, quizás podamos averiguar algo —murmuró la muchacha al otro.
Era la primera vez que pasaban tanto tiempo juntos, cosa que ninguno de los dos se quejó. Al contrario, Annelisse se sentía mucho más segura a su lado, como si pudiera hacer todo lo que ella quisiera y nada malo podría pasarle. Se le había pasado por la cabeza confesarle lo que sentía, pero no creyó que el momento fuera apropiado.
—¿Segura de que quieres hacer esto sin Magnus? —preguntó Berwald. A él no le importaba, haría lo que ella deseaba.
—Tenemos que saber dónde está mi padre… —Annelisse miró a los ojos de su interlocutor y se percató pronto de su error:—Nuestros padres. Estoy segura de que ése hombre tiene alguna idea… —Se mordió los labios:—Es uno de los pocos hombre al que el rey presta atención —añadió.
Temía descubrir a lo que el monarca se estaba exponiendo pero para que viajase de ése modo, tan abruptamente, debía existir una razón de fuerza mayor.
—No perdamos más tiempo —respondió éste.
El anciano se hallaba en el sótano del castillo, donde estaban los libros más antiguos. El rey había insistido en que se mudase allí, pues lo quería tener cerca de él en caso de tener que solicitarle alguna consulta.
Annelisse no estaba segura de cómo iba a reaccionar aquel hombre ante su presencia. Éste siempre se había comportado como una sombra y podía contar con los dedos de una mano las veces en las cuales habían intercambiado palabras. Sin embargo, no era el momento de tener reservas. El futuro del reino quizás dependiera de su conocimiento.
Ambos bajaron con cuidado por las escaleras y golpearon suavemente la puerta que daba a su enorme habitación. Ella sostuvo la mano de él por unos breves instantes. Tenía miedo de descubrir algo terrible, pero su curiosidad era aún mayor.
La puerta hizo un chirrido al abrirse y el encorvado anciano apareció frente a los adolescentes.
—Pero si es la princesa… —La contempló un largo rato antes de que Berwald aclarara su garganta. Luego posó sus ojos sobre éste:—Y tú eres el hijo del general… —Se tomó su tiempo para hablar:—He recibido muchas visitas en estos días pero nunca pensé que tendría estos invitados —murmuró más bien para sí.
—Tenemos que hablar con… usted —Annelisse pensó bien en la forma en la cual debía dirigirse al mayor.
El hombre arqueó una de sus cejas antes de sonreír.
—Pasen, pasen. Ya me imagino cuál es el tema que les trae hasta aquí —Con lentitud y arrastrando los pies, se apartó para que los dos jóvenes ingresaran al pequeño recinto.
Mientras tanto, Magnus se arrastró hacia su balcón. Levantó la mirada hacia al cielo, preguntándose en dónde estaría Signe…
¡Gracias por leer!
