La mayoría de los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya. Los OC's son míos. (?)
V
Annelisse y Berwald se miraron antes de ingresar al lugar. Estaban realmente sorprendidos por la vasta colección de libros que aquel anciano poseía. La primera pensó que daría lo que fuera por echarle un vistazo a los mismos.
—Necesito… —La muchacha se aclaró la voz antes de proseguir:—Necesitamos tu ayuda —dijo con más firmeza.
El anciano corvo sonrió dejando entrever la escasa dentadura que le quedaba. Esperaba recibir a alguien de la familia real, pero debía admitir que estaba bastante sorprendido por el hecho de que fuera la princesa y no el príncipe quién estuviera allí.
—No tengan miedo, jóvenes. Sí, tal vez está algo mugriento el lugar pero les prometo que no escondo un monstruo o algo por el estilo —murmuró el hombre antes de darles la espalda y continuar avanzando por el lugar.
Los dos jóvenes siguieron a Thorvald hasta llegar a una pequeña sala de estar, la cual contaba con una pequeña ventana que daba al amplio jardín del palacio real. Les hizo una señal con la mano para que se sentaran en un par de viejas butacas y luego el anciano se sentó en otra, justo delante de los dos.
—Mi padre ha salido prácticamente corriendo y sin decir palabra alguna —Annelisse miró al suelo:—Al menos, a mí. No sé si Magnus recibió el mismo trato —Estaba segura de que éste sí tenía alguna idea pero estaba tan sobrepasado con la responsabilidad que recaía sobre él que parecía estar congelado:—Necesito saber qué está pasando y si hay alguna manera en la cual yo pudiera hacer de ayuda.
—Supongo que… —El hombre pensó bien en sus palabras. El rey le había indicado que todo debía mantenerse en secreto. Pero, por otro lado, el peligro al cual el monarca se estaba enfrentando podría llegarles en cualquier momento y aunque no quería admitirlo, dudaba de que éste regresara con vida:—Te diré lo que supongo que está ocurriendo —Aunque obviamente omitiendo ciertos detalles.
Annelisse instintivamente agarró de la mano a Berwald, detalle que no fue dejado de lado por Thorvald.
—Si hay algo que podamos hacer… —Berwald estaba dispuesto a lo que sea por ayudar a su padre y a su mejor amigo. No podía permitir que Magnus estuviese completamente perdido.
El anciano asintió y se puso de pie, dirigiéndose hacia una mesa. Luego se volvió para indicarles que se acercaran. Sobre la misma se hallaba un enorme mapa del reino. Cuando ambos adolescentes estuvieron lo suficientemente próximos, el hombre señaló un punto en la zona más norteña del reino.
—El rey se ha dirigido a este lugar —comentó y observó por unos breves instantes las reacciones de los jóvenes antes de proseguir:—Al monarca le han llegado noticias de que los bosques y los pueblos se están incendiando.
La princesa arqueó una de sus cejas, incrédula.
—¿Por un simple incendio? —preguntó la muchacha.
Berwald estaba igualmente consternado. Su padre le había indicado que ése hombre sabía sobre lo que acontecía pero dudaba de que fuera un mero incendio. De eso, podrían ocuparse los pueblerinos y los guardias, no el rey y su consejo.
—No, mi niña. No es un simple incendio —murmuró el hombre antes de respirar profundamente:—Las llamaradas que han visto los pocos que han sobrevivido… —Negó con la cabeza. Comenzaba a dudar sobre lo que estaba haciendo. ¿Serían esos niños capaces de entender lo que iba a decirles o le tratarían de viejo con problemas mentales?
—Entonces ¿qué? —Annelisse apretó la mano de Berwald, algo temerosa. Temía que su padre se hubiera metido en un lío catastrófico:—¿Qué son?
—Negro. Fuego completamente negro, tan negro como la oscuridad misma —replicó el anciano al cabo de unos minutos en los que se había mantenido en silencio.
Por un momento creyó que los adolescentes se le iban a reír en cara como los consejeros del rey lo habían hecho. Ya estaba acostumbrado a ello, pero le preocupaba que lo hicieran teniendo en cuenta de que estaba en juego la supervivencia del reino y de todos sus pobladores.
—¿Eso qué significa? —Annelisse siempre había sido extremadamente curiosa en todo y lamentaba que fuera su hermano el que recibiera la mejor instrucción, mientras que ella le tocaba tonterías como las de confección o buenas etiquetas. ¡Al diablo con eso! Ese hombre le proveería de conocimiento que ella necesitaba:—El fuego suele ser de colores más brillantes, ¿por qué entonces es negro?
El hombre inhaló y exhaló lentamente antes de animarse a explicarle. Tenía su atención, ¿por qué no aprovecharse de la misma?
—Las viejas profecías que vienen del Antiguo Reino hablan de un hombre que intentará adueñarse del trono del reino y dejar que la oscuridad se adueñe del mismo hasta que la nación sea completamente olvidada por el resto del mundo —explicó guardándose alguno que otro detalle:—Los escritos no nos dicen de dónde proviene este ser, pero sí que una de las señales de su llegada es el fuego negro, un fuego capaz de devorar todo lo que toque —añadió.
Annelisse no estaba segura de qué creer. Pero había visto a Signe usar magia en alguna que otra ocasión. De inmediato, sus ojos se abrieron de par en par. ¡Signe! ¡Signe se había marchado con ellos! Confiaba en su padre pero le preocupaba lo que le pudiera pasar a la muchacha. ¿Acaso Magnus tenía conocimiento de esto? Negó con la cabeza, estaba segura de que si lo hubiera sabido, hubiera hecho lo que fuera para impedirlo.
—Pero puede que sea simplemente alguien que está intentando asustar al gobierno —Arguyó Berwald.
—Todo es posible —comentó el anciano:—Pero el rey no quiso arriesgarse. Ha dedicado toda su vida a nuestro reino y se rehúsa a dejarlo morir. Quizás no sea nada —Se encogió de hombros:—Como puede ser que sea un signo de que las antiguas profecías podrían cumplirse.
Los tres se quedaron en silencio. Annelisse trataba de analizar lo que acababa de decirle mientras que Berwald seguía dudando de aquellas palabras.
—¿Y qué se supone que hará mi padre? —preguntó al cabo de un momento la muchacha:—Sólo se ha llevado a un escaso grupo de personas. Suponiendo que es el caso de ese ser… —Se mordió los labios antes de pronunciar las siguientes palabras:—¿Acaso tiene alguna posibilidad?
—Anne… —Berwald le jaló de la mano para llamarle la atención ante tal pregunta.
—Oh, vamos, Ber —Se dio la vuelta y contempló el rostro del muchacho:—Nuestros padres se han ido a enfrentar a algo desconocido si es que resulta ser cierto lo que el viejo nos ha dicho —Frunció el entrecejo:—Magnus podría heredar el trono e incluso tener que realizar la misma tarea. ¡Tenemos que…! —Las lágrimas cayeron por sus ojos y le dio un par de golpes sobre el pecho del sueco.
Éste la abrazó y comprendió lo que quiso decirle.
—Entonces ¿el rey tiene alguna solución? —preguntó Berwald mientras que trataba de calmar a la princesa.
—Se ha ido tan rápido que no me ha permitido indagar en los antiguos escritos. Al parecer, ya ha sucedido algo parecido muchos siglos antes pero… —El anciano se dio cuenta de inmediato de que estaba empeorando la situación al ver la cara de desesperación de la princesa:—De todos modos, supongo que el rey es lo suficientemente sabio como para saber cuándo enfrentar al enemigo.
El anciano se dio cuenta de que los dos se estaban esforzando mucho por entenderlo todo pero eran demasiado jóvenes. Lo ideal hubiera sido que el heredero estuviera allí en lugar de su hermana. Tenía que pensar rápido en aquel instante. Les podía decir lo que en verdad le había dicho al rey, pero no tenía sentido causarles tanto sufrimiento. Él sabía que ni el monarca ni su séquito regresarían con vida. No, mejor era que mantuvieran la esperanza y rogar por que al menos un superviviente consiguiera volver.
—Ahora me parece que sería mejor que descansaran. El príncipe va a necesitar de su ayuda y apoyo, ¿no lo creen? —Además necesitaba de tiempo para continuar leyendo las antiguas escrituras.
—Vamos, Anne —Berwald le acarició el cabello con cariño:—Te vendría distraerte un momento —Aunque la verdad era que él mismo estaba preocupado por su padre y su destino.
Annelisse seguía sin estar satisfecha del todo. Desconfiaba de ese anciano, había algo en su interior que le hacía sospechar. Se dio la vuelta y se secó los ojos antes de dirigirse al hombre.
—Thorvald, me gustaría regresar y que me explicaras más de esas antiguas escrituras —le suplicó.
El hombre no podía negarse a tal pedido. La muchacha parecía ser tan testaruda como su padre y se sintió mal por estar escondiéndole la verdad. Quizás era la única manera de poder redimirse.
—Cuando quiera, Su Majestad —contestó éste antes de hacer una reverencia y añadir un comentario:—Me encantaría ver al joven Magnus eventualmente.
—Se lo diré —respondió antes de acomodarse y agarrar de la mano a Berwald para irse de aquel lugar.
El muchacho se limitó a asentir a modo de despedida y de ése modo salieron de allí. Berwald, preocupado por el bienestar de la muchacha, se la acompañó hasta su habitación. Había sido mucha información para digerir y supuso que sería mejor que se recostara antes de hacer una tontería.
—Nos veremos a la hora de la cena —le prometió Berwald.
La princesa se quedó jugando con sus manos antes de mirarle a los ojos. Siempre era tan bueno con ella y con su hermano, que en ocasiones pensaba que ellos ya abusaban de él. Sin embargo, había algo que él sólo podía realizar ya que Signe no estaba y Magnus no confiaba lo suficiente en ella.
—Necesito pedirte un favor —Annelisse respiró profundamente.
—Lo que quieras —Berwald era capaz de hacer lo que fuera por ella, sólo tenía que decírselo.
—¿Podrías asegurarte de que Magnus siga respirando? Estoy preocupada por él —admitió.
—No te preocupes por ello —respondió con seguridad antes de asentir y alejarse de allí.
Annelisse contempló la figura del muchacho perderse por los pasillos del castillo. Suspiró. Había momentos en los que le hubiera gustado explicarle todo lo que él significaba para ella. Pero dudaba de que existieran palabras en el mundo para explicarle sus sentimientos. Algún día definitivamente se lo haría saber, sin que le importara lo que el resto pensara de ello.
Berwald se detuvo a medio camino. Confiaba en su padre pero estaba preocupado. Lo había visto regresar de las peores situaciones y aun así no podía dejar de pensar en que quizás lo había visto por última vez. Golpeó una de las piedras con fuerzas y respiró profundamente.
—Maldición —murmuró para sí mismo pero tenía que calmarse. Debía mantenerse fuerte, no sólo por él, sino por sus dos mejores amigos. No debían verle flojear o mostrarse débil.
Sin embargo, una voz interrumpió sus pensamientos.
—¿Ber? —Magnus contempló a su amigo un largo rato y luego se acercó.
El mencionado negó con la cabeza y luego miró hacia al príncipe. Intentó pretender que no había pasado nada.
—Anne quería que vea cómo has estado —le explicó con una aparente calma. No le estaba mintiendo en teoría.
Sin embargo, Magnus le puso una mano sobre el hombro. A él no le engañaba en lo absoluto.
—¿Y tú cómo estás? —le preguntó el príncipe.
Berwald negó con la cabeza. No quería hablar del asunto y de todos modos estaba seguro de que se le iría la preocupación pronto.
—Bien —respondió sin añadir más y volvió a insistir con la pregunta:—Lo que me interesa saber es cómo tú lo estás llevando todo —afirmó.
Magnus se dio cuenta de que no tenía sentido en insistir. Pero no por ello iba a dejarle de lado.
—Estoy preocupado por Signe —confesó a pesar de que no era ningún secreto:—Soy demasiado débil para todo esto, ¿no lo crees? Estoy seguro de que mi padre se va a reír cuando se entere que el primer día de mi mandato me he pasado encerrado y oculto de todos —comentó antes de echarse a reír.
—Volverán —Berwald dijo tal cosa como si se quisiera convencer a sí mismo de ello:—Sólo es cuestión de tiempo.
Magnus le regaló una triste sonrisa. No había nada que él pudiera hacer en ese instante más que rogar a los dioses para que le devolvieran a Signe y a su padre tan pronto como les fuera posible.
—¿Vendrás al banquete esta noche? Estarás sentado a mi derecha —Magnus bromeó. Estaba tratando de sobreponerse. No podía permitir que los vasallos creyeran que era un débil de corazón, por más que lo tuviera completamente destrozado.
—No me lo perdería —contestó. Si con ello conseguía ver a Annelisse una vez más…
De repente, Magnus lo envolvió en un fervoroso abrazo. Berwald no estaba seguro de cómo reaccionar.
—Siempre puedo contar contigo, ¿no es así? —le preguntó en un susurro:—Aun si llegara a suceder lo peor…
—Así es. Siempre a tu lado —respondió a su vez. Era la primera vez que veía en tal estado a su mejor amigo. Se dijo a sí mismo que debía convertirse en la piedra que sostendría a los príncipes a cualquier precio, incluso si ello fuera a su propio costo.
Berwald se percató de inmediato de lo que estaba pasando. Sintió su ropa humedecerse repentinamente. Temía que Magnus colapsara en cualquier momento. Pero creyó conveniente no decir nada más que quedarse allí y darle su tiempo.
Al cabo de unos minutos, el príncipe se separó y se enjuagó las lágrimas.
—Tengo un reino que gobernar —Se dio la vuelta y no dijo nada al respecto. Confiaba lo suficiente en Berwald para que tampoco hablara.
Una semana después y cientos de kilómetros de la capital del reino, Signe se hallaba en un campamento para refugiados. Estaba acurrucada sobre uno de los grifos mientras que contemplaba el panorama. Había cientos de personas que lo habían perdido todo, desde sus casas y cosechas hasta familiares. No era precisamente un lugar alentador.
Desde que habían partido de la capital, todo lo que había deseado era regresar. En ningún momento le explicaron lo que estaba sucediendo. Cerró los ojos y pensó en Magnus. Se preguntaba cómo estaría. Aunque en ocasiones podía ser increíblemente molesto, extrañaba su compañía. Lo que hubiera dado para estar de vuelta con él…
Se puso de pie y se envolvió con piel de lobo. Nunca había sentido tanto frío en su vida. Acarició a uno de los animales antes de ir hacia al prado del bosque. Por un momento, pensó que debería escapar pero al fin y al cabo le debía todo a ese maldito rey. No podía irse sin esperar un castigo. Sabía que Magnus no podría conseguir que se librara de eso.
Tal vez caminó un par de kilómetros en aquella alfombra de nieve hasta que se cansó. Se sentó cerca de un árbol. Le pareció extraño que no hubiese conejos o zorros por allí. Tal vez el frío era tan abrasador que ni los pobres animales se animaban a salir de sus escondites.
Por un momento trató de pensar en que estaba en un pequeño pueblo y de que nada de esto estaba sucediendo. Era una campesina cuya mayor preocupación era la de conseguir algo con que alimentar a su familia.
Sin embargo, pronto sintió un espantoso olor a quemado y regresó a la realidad. Miró por todas partes para saber de dónde provenía. Luego vinieron los gritos. Algo espantoso estaba sucediendo en el campamento. Se volvió a acomodar el abrigo y fue corriendo a ver qué estaba sucediendo.
Los grifos estaban fuera de control y la gente corría de aquí para allá. Signe no comprendía nada. Pronto se paralizó al ver lo que estaba sucediendo. Las llamas negras estaban devorándolo todo y sintió una extraña presencia que provenía de las mismas. ¿Acaso estaba alucinando? Estaba segura de que ya en algún momento de su vida había experimentado tal sensación pero no conseguía recordar cuándo exactamente.
Pronto vio al rey y a su guardia, incluyendo al padre de Berwald, acercándose a dichas llamas. ¿Acaso se había vuelto completamente loco? Axel Oxestierna se dio la vuelta y se percató de la presencia de la muchacha. Se acercó a Signe, sin perder de vista al rey.
—Cuando te dé la orden, vas a huir —le advirtió y luego le entregó una llave.
—Pero…
—Nada de peros —le dijo el hombre:—Entrega eso a Berwald, él sabrá lo que tiene que hacer —Tragó saliva:—El rey, además… —Suspiró:—El rey ha dejado su hacha detrás de su trono, Magnus tiene que aprender a usarlo en cuanto antes —Finalmente entregó un rollo a la muchacha:—Y esto es para Annelisse.
Signe se dio cuenta de la mirada triste del hombre.
—Dile a mi hijo que lamento que no voy a estar allí pero que estoy seguro en que será el hombre de confianza del nuevo rey —añadió:—Y que cuide de la princesa. Quizás algún día consiga casarse con ella —Se dio la vuelta de inmediato.
—¡Espera! ¿Acaso el rey no planea regresar? —Signe estaba consternada ante aquellos sucesos.
—Ninguno planeaba hacerlo. Tú eras necesaria para nuestros últimos encargos —El hombre le dio un último vistazo:—Magnus será un buen rey si se rodea de la gente indicada —Sonrió:—Y tú quizás su reina consorte, ¿quién sabe?
El hombre se alejó a zancadas sin permitir que la muchacha pudiera hacer una pregunta al respecto. Miró el pergamino y la llave que le acababa de entregar. A pesar de las órdenes recibidas, lo siguió a una distancia prudencial.
El hombre finalmente pudo alcanzó a la figura del rey quien estaba parado a unos escasos metros de la llamarada.
—Pensé que viviría para ver a mis nietos crecer pero supongo que será una muerte digna —comentó el monarca mientras que esgrimía una larga espada.
—Juntos hasta al final, ¿eh? —preguntó entonces éste quien realizó la misma acción y sacó su espada de la vaina.
Signe se paralizó al ver las cuatro figuras que emergían de las llamas. Nadie debería sobrevivir a tal cosa. Sin embargo, esas cuatro personas parecían que no eran afectadas por las mismas. No podían tratarse de humanos. Sin pensarlo, retrocedió del miedo que repentinamente la había envuelto.
No obstante, al ver la figura de quien encabezaba aquella cuadrilla, Signe no supo cómo reaccionar. Era imposible que él estuviera allí. Por un breve instante, hizo contacto visual con ella y eso le provocó un profundo escalofrío en su interior.
Axel se volteó a ver a la muchacha.
—¡Ahora, huye! ¡Huye! —Le gritó antes de mirar al enemigo que tenía en frente. Tragó saliva y luego contempló a su viejo amigo.
Signe no discutió y salió corriendo. No estaba segura de cómo iba a explicarlo todo, pero en aquel instante todo lo que ella sí sabía era que debía salir de allí en cuanto antes.
Estuve con bloqueo y sin motivación so...
¡Gracias por leer!
