Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo Vi

Nunca había ansiado llegar tan pronto a aquel palacio. Al contrario, sus deseos habían sido la de salir de allí y ver el mundo. Pero ahora el miedo se había apoderado por completo de ella y lo único que ansiaba era regresar al mismo.

Se aferró con fuerza de las plumas del grifo. Quería descansar por un instante pero cada vez que cerraba los ojos, volvía a recrearse en su mente la última escena que había visto. ¿Cómo se suponía que iba a explicar a sus amigos que sus padres habían muerto? ¿O cómo les explicaría que ella era la única superviviente de aquel acontecimiento tan atroz?

Sin embargo, lo que más le perseguía eran esos dos ojos rojos que había visto entre las llamas. Sentía que aún aquel ser la estaba observando desde algún lugar. Sacudió la cabeza, eso era imposible. Estaba a cientos de kilómetros y en el aire.

No veía la hora de volver a Magnus. Era absurdo pues en ocasiones su presencia le irritaba. Sin embargo, en aquel instante, hubiera hecho lo que fuera necesario para estar entre sus brazos. ¿Sería capaz de perdonarla?

Las dudas le carcomían. Quizás debería regresar. Ya se enterarían de otro modo.. No era justo que ella fuera la única superviviente. Ella, que no era nadie importante para el reino, había salido de aquella situación por los pelos. Esta vez quizás no se libraría de las acusaciones de ser bruja.

El viaje le pareció interminable. Por un instante, pensó en bajar a tierra firme y buscar algún lugar en dónde ir a comer. Pero se dijo a sí misma que debía ser fuerte y persistir. Sólo un poco más y estaría de nuevo a salvo entre las paredes de aquel palacio.

No sabía siquiera cuánto tiempo había pasado desde que habían partido. ¿Dos semanas, un mes? Había perdido por completo la noción del tiempo.

Se dibujó una débil sonrisa en su rostro cuando vio que ya estaban llegando. Junto a ella, le seguía el resto de los grifos que el grupo había empleado.

—Sólo un poco más y ya podrás descansar —le susurró al grifo para motivarlo a continuar.

Mientras tanto, en el interior del palacio, Magnus estaba sentado en el trono y hablando con un embajador extranjero. Había procurado mostrarse maduro pese a su corta edad. Había decidido prestar más atención a sus clases particulares. No podía fallar a su padre, pese al sufrimiento que experimentaba en su interior.

De pronto, un guardia ingresó al lugar con rapidez. Estaba dudando sobre si interrumpir la audiencia o no. El monarca había dado órdenes para que se le informase de cualquier cambio brusco y esos animales que se iban acercando más y más al jardín del lugar encajaban perfectamente a dicha definición.

Se aclaró su garganta y aunque podía ser víctima del enojo del rey, decidió interrumpir.

—Discúlpeme, su Majestad, pero algo está sucediendo afuera que podría ser de su interés —comentó el soldado. Todas las miradas se dirigieron a él de inmediato.

Magnus hizo una además con su mano para que el embajador callase y se levantó de inmediato. No quería ilusionarse y esperaba que el guardia se estuviera equivocando. Había pasado noches en vela contemplando el cielo sin ninguna respuesta. Tenía que ir a verlo sin lugar a dudas.

No permitió que nadie le dijera algo al respecto. No le interesaba. Salió del lugar tan rápido como sus piernas le permitieron. El palacio de inmediato se paralizó ante la marcha del rey. Todos los que trabajan allí dejaron de hacerlo que estaba realizando para contemplar al monarca.

Annelisse, que se hallaba en su aburrida clase de costura, se dio cuenta de inmediato de los murmullos. Se olvidó por completo de lo que estaba haciendo y se puso de pie.

—Señorita, ¿a dónde cree qué va? —le preguntó indignada su maestra pero la princesa la ignoró por completo.

Se detuvo en el pasillo y sólo alcanzó a ver la espalda de su hermano. Quería seguirlo pero su intuición le decía que debía dejarlo solo. Desde que su padre se había marchado, ella se había dado cuenta de que se había formado una brecha entre los dos. Se preguntaba si aquello se resolvería aquel mismo día.

Cuando él finalmente llegó al exterior, se quedó asombrado. Signe apenas conseguía estar de pie. Pero lo que más le llamaba la atención era el hecho de que ella era la única que había regresado. Su mente tenía tantas preguntas que hacerle. Quería saberlo todo.

Sin embargo, pronto se olvidó de ello cuando ella cayó arrodillada. Se apresuró y la tomó entre sus brazos. Examinó su rostro por unos cuantos minutos para asegurarse de que efectivamente se trataba de ella. Acarició una de sus pálidas mejillas con cariño. No estaba seguro del cómo, pero finalmente había regresado junto a él.

—¿Magnus? —preguntó entre susurros. El brillo del sol le impedía ver con detenimiento el rostro del muchacho.

—Signe, soy yo —respondió el otro. Éste estaba peleando para no lagrimear. No podía explicar lo aliviado que se sentía en aquel instante.

La muchacha esbozó una ligera sonrisa antes de quedarse dormida. Estaba exhausta. Había viajado por días en el lomo del grifo casi sin detenerse. Se aferró a la camisa del otro. Por primera vez en semanas, se sentía segura nuevamente.

Magnus se dio la vuelta, con la muchacha entre sus brazos. Ordenó a los soldados a que dieran de comer a los animales y luego ingresó al palacio. No quería desperdiciar tiempo alguno. Ignoró por completo las preguntas que le estaban realizando. Sólo tenía una misión en aquel momento y esa era la de llevar a Signe a una habitación cómoda, pues el dormitorio de Signe se hallaba en el otro lado del palacio y siempre le había parecido indigna de ella.

Antes de ingresar a dicho dormitorio, pidió a uno de los sirvientes que se encontraban ahí cerca que llamaran a un médico y a otro le solicitó que trajeran ropa nueva además de comida. Finalmente a uno de los guardias solicitó que nadie ingresara allí sin su consentimiento.

Tras entrar al dormitorio, la depositó sobre la cama y se sentó a su lado. Llevaba la misma vestimenta con la cual había partido al viaje. Acarició suavemente su largo cabello con cariño. Se preguntaba qué había sucedido para que ella llegara en semejante estado y qué había pasado con su padre. A pesar de que seguía molesto con él, no había dejado de preocuparse por él.

Le dio un cálido beso en la frente y le sostuvo la mano hasta que el médico llegó. Se apartó lo suficiente para que éste pudiera examinarla.

—Está exhausta, eso es todo —murmuró el hombre y añadió:—Y probablemente esté con una ligera desnutrición. Con un buen descanso, debería bastar —explicó al cabo de un rato:—Sin embargo, creo que debería esperar un par de días antes de comenzar a interrogarla. Dele su espacio, no sabemos cuál es su estado mental —aclaró.

Magnus no dejó de contemplarla un largo rato hasta que asintió. Agradeció al doctor y volvió a sentarse a su lado. No había fuerza en el mundo que podría obligarlo a salir de allí. Quería estar presente para cuando volviera a estar consciente y por otro lado, quería evitar que alguien indeseado ingresara.

Después del médico, entraron las sirvientas. Le dio la espalda sólo cuando comenzaron a desvestirle. Respiró profundamente mientras que las muchachas hacían su trabajo. Después de cambiarle a un cómodo pijama y colocaron una bandeja con abundante fruta, además de una jarra de agua a su lado.

El monarca regresó a su lado cuando las muchachas le dijeron que ya estaba todo listo. Su agenda del día se había ido al demonio, pero no le interesaba. Ella era mucho más importante que cualquier otra persona en el mundo.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Annelisse se encontraba inquieta. Su hermano no había permitido que ella ingresara. Frunció el entrecejo. No había mucho que ella pudiera hacer considerando que al fin y al cabo él era a quién su padre había dejado la corona. Sólo quería verla, eso es todo.

En ese momento, Berwald apareció a su lado. Había estado entrenando con otros soldados cuando escuchó sobre el rumor de la llegada de Signe. Había dejado por completo lo que estaba haciendo y fue a buscar a la princesa. Había ido a la clase de costura pero la maestra le había indicado que ella se había escapado así que no le quedó de otra más que deambular por el palacio hasta encontrarla.

—¿Alguna noticia? —le preguntó de inmediato.

Annelisse negó con la cabeza.

—Magnus está siendo egoísta. No quiere que nadie entre al dormitorio sin su autorización —comentó frustrada.

Berwald no sabía qué responder. No quería interponerse en una discusión entre hermanos. Lo único que podía hacer era brindarle su apoyo y esperar lo mejor. Aunque, para ser sincero, tenía el presentimiento de que lo peor había ocurrido. Su padre era fuerte pero en la última conversación que había mantenido con él, se le había pasado por la cabeza de que quizás no volvería a hablar con él.

—Sólo dale tiempo. No sabemos qué pasó —le recordó. Él también quería saber qué había ocurrido y porqué Signe había sido la única en regresar.

—Por eso mismo… —Annelisse suspiró. No había nada que hacer. Podía entrar al dormitorio y pelearse con su hermano, pero no lograría nada. Lo más probable era que Magnus se enfrascara aún más en su decisión de que nadie ingresara allí.

—¿Por qué no vamos a dar una vuelta? —le sugirió. Su mente obviamente estaba en lo que Signe pudiera o no decir pero creyó que en lugar de estar allí, aguardando por una respuesta que podría tardar en llegar, lo mejor era distraerse.

La muchacha asintió. Dio un último vistazo a la puerta y siguió a Berwald.

—Oye, Ber… —Al cabo de un instante, ella tuvo una idea. Sabía que su hermano iba a resentirla por lo que ella estaba planeando, pero no podía con su genio.

—Dime —Se detuvo en el pasillo y la contempló. Temía que estuviera tramando algo.

—¿Podrías ayudarme en algo? —Se sentía terriblemente mal por utilizarlo, pero era por el bien de todos. O al menos, se convenció de ello.

Berwald asintió. Después de todo, le era imposible decirle que no.

Pasaron unas cuantas horas y Magnus se había quedado dormido al lado de Signe. Ésta comenzó a despertarse. Aún se sentía agotada, pero al menos estaba recostada en un sitio sumamente cómodo. Sus ojos azules se dirigieron al muchacho. Dudó por un buen momento, pero finalmente se atrevió a tocarle su cabello. Siempre tan desordenado, pensó.

El monarca se despertó al sentir aquellos dedos que jugaban con su cabello y miró a Signe. Le regaló una cálida sonrisa.

—¿Has estado todo el tiempo aquí? —le preguntó la muchacha.

—Bueno, en algún momento tenías que despertar y no quería que estuvieras sola cuando eso sucediera —Magnus bostezó con ganas y luego le agarró de la mano.

—Yo pensé que un rey tendría mejores cosas que hacer —No se quejaba en lo absoluto que estuviera allí. Simplemente estaba sorprendida.

—El resto puede esperar —admitió el muchacho antes de depositarle un beso sobre la frente.

Había tantas cuestiones sobre las cuales Magnus quería preguntarle, incluido qué se suponía que estaba sucediendo entre ellos. Sin embargo, a pesar de su gran curiosidad, sabía que tenía que darle su espacio.

Signe se puso de pie y se dirigió hacia la ventana que dicha habitación tenía. Había demasiadas cosas que en ese momento tenía en la mente. Quería contarle todo a Magnus pero no estaba segura de cómo empezar y tenía miedo que él la odiara. Él solía propasar los límites de su paciencia, pero a pesar de todo, siempre había estado a su lado. La idea de perder su amistad la devastaba,

—No deberías esforzarte demasiado —le recomendó el muchacho.

—¿Crees que me podrías a llegar a odiar? —le preguntó Signe ignorando por completo el consejo del otro.

Aquella interrogante tomó por sorpresa a Magnus.

—¡Jamás! —exclamó indignado y se acercó a ella:—No… No hay algo que pudieras hacer para que yo te odie —le explicó. No estaba seguro si ella le dejaría que le abrazara o no así que mantuvo una distancia prudencial entre los dos.

—¿Seguro? —Se dio la vuelta para mostrarle las lágrimas que caían por sus mejillas.

Cualquier duda que Magnus hubiera sentido en aquel instante, se disiparon y la abrazó con fuerza. No creía que fuera el momento de confesarle todo lo que él realmente sentía por ella, pero quería brindarle la seguridad que tanto ella deseaba.

—Te prometo que no hay forma en que pueda enfadarme contigo —le repitió mientras que le sostenía entre sus brazos. Había extrañado demasiado aquel delicioso aroma de ella:—No sé lo que sea que haya sucedido, pero sea lo que sea, no hay manera de que pueda enojarme —añadió.

Signe sollozó entre sus brazos. Sólo había deseado escuchar esas palabras. Escondió su rostro en el pecho del otro mientras que éste le acariciaba la larga caballera rubia.

—¿Por qué no comes algo y luego vuelves a acostarte? —le sugirió. Era tan frágil, pensó, y aun así se había animado a realizar semejante viaje.

Signe se secó los ojos y ambos fueron a sentarse en la cama. Magnus peló una manzana y se la entregó. Aunque la muchacha dudó al principio, luego le dio el primer mordisco. Estaba tan hambrienta que la devoró en cuestión de minutos.

El muchacho la miró con intriga. Aguantaba las ganas de hacerle preguntas sólo porque se había dado cuenta de que su estado mental era muy frágil. Lo último que ella necesitaba era que le interrogaran sobre lo que había sucedido.

En aquel momento, alguien golpeó la puerta. Magnus arrugó la nariz. ¿Acaso no eran capaces de respetar su autoridad? Mal que mal, era él quien mandaba en ese lugar. Se levantó y fue a atender a quién fuera que estuviera afuera.

—He dicho que no quiero que nadie… —Pero el rey no pudo hablar más.

Annelisse le empujó a un lado y Berwald lo agarró para que ella pudiera ingresar a la habitación.

Magnus no sabía cómo reaccionar ante aquel hecho. Estaba sumamente decepcionado y enfadado con los dos.

—Así que ¿te prestas a su juego? —Magnus estaba incrédulo. Él, quien era su mejor amigo, le había traicionado descaradamente.

—Sólo quiere respuestas. Tú también las quieres —Se justificó aunque no se animó a mirarle a los ojos:—No está haciendo nada malo —añadió.

—Excepto ignorar mis órdenes —Estaba tan enfurecido que no dudó en desquitarse con él:—Tú estás aquí porque tu padre era el mejor amigo del mío —Le recordó:—Debí haberlo visto antes. Tú eres leal a ella y no a mí —Se dio la vuelta y pronto se dio cuenta de que la puerta estaba trancada.

—No lo entiendes —Berwald estaba avergonzado.

—Lo entiendo perfectamente —Magnus hizo una señal a sus guardias:—Arréstenle por desacato y tráiganme mi hacha —Ni siquiera se dio la vuelta para contemplar el desconcierto en el rostro de su mejor amigo.

Magnus sentía tal revoltijo de emociones en aquel instante que apenas podía pensar claramente. Pateó varias veces la puerta sin éxito. Estaba firmemente asegurada para que no fuera abierta con facilidad. Era por ello que había escogido dicho dormitorio.

Escuchó algunos sollozos en el interior y aquello lo puso más impaciente. No estaba seguro de lo que su hermana pretendía lograr. Su mente tampoco lo ayudaba, sólo pensaba en que debía sacarla de allí inmediatamente.

Tras varios minutos que le resultaron una eternidad, alguien le acercó su hacha de doble filo. No era tan grande e imponente como la que su padre ostentaba, pero de igual manera haría el trabajo que necesitaba. Golpe tras golpe, sintió que todo lo que experimentaba se iba diluyendo. Por supuesto, seguía enfadado y eso era lo que le hacía continuar.

Al fin, la puerta cayó por completo y Magnus arrojó su arma al suelo.

Signe estaba sollozando mientras que Annelisse estaba parada, tratando de asimilar las respuestas que le había proporcionado la otra. La princesa se dio la vuelta y se encontró cara a cara con su hermano. Sabía que había hecho mal pero las ansias por saber algo de su padre le ganaron más.

—Yo… —Annelisse miró hacia al suelo. Había utilizado a Berwald y a Signe. No sentía orgullosa de su comportamiento en lo absoluto:—Sólo quería saber qué había pasado con nuestro padre —dijo en una voz apenas susceptible.

Magnus rodó los ojos y la empujó, mientras que se sentaba al lado de Signe.

—Fuera —le pidió.

Pero Annelisse volvió a ignorar su petición. ¿Qué era lo peor que podía suceder?

—Está muerto —dijo antes de tragar saliva:—Al igual que el padre de Berwald —Se dio la vuelta. Sabía que su hermano no iba a perdonarla pero al menos había conseguido conocer la verdad.

Magnus miró hacia al suelo y luego posó sus ojos sobre Signe.

—¿Es cierto? —Apenas se animó a realizar semejante pregunta. Le daba la sensación que tenía un enorme peso sobre los hombros.

Signe se limitó a asentir.

—Lo siento —Annelisse se disculpó:—Tenemos que… —La muchacha no estaba segura de cómo continuar:—Tenemos que planear un funeral y tu coronación —añadió antes de retirarse.

Magnus se puso de pie y ordenó que dejaran en paz a Berwald. No se arrepentía de nada de lo que le había dicho o hecho. Tenía otras preocupaciones en ese instante. Regresó al lado de Signe y la abrazó con fuerza.

Ella no dijo nada más. Permitió que él estuviera así de cerca pues le reconfortaba. Se sentía culpable por ser quien trajera las malas noticias al palacio. Acarició nuevamente su cabello con cariño para tranquilizarlo.

Pronto se dio cuenta de que estaba sollozando en silencio. Ella lo atrajo más hacia ella para que reposara sobre su pecho. Había tantas cosas que deseaba decirle pero no sabía cómo expresarlas. Su vida acababa de dar un enorme giro y era por su maldita culpa.

—Prométeme que no te irás de vuelta —murmuró el rey en medio de su congoja,

Signe siguió entrelazando sus dedos con el cabello del monarca antes de responder.

—Mientras que me sigas queriendo a tu lado, voy a estar allí —le respondió con seguridad.


Aunque a nadie le guste, disfruté escribiendo esto :')

¡Gracias por leer!