Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.

Notas de autor: (?)

1. Me peleé bastante con este capítulo. Recién hace poco me vino la inspiración para continuar. No quería entregar algo aburrido y casi sin sentimiento. Así que lo siento por no actualizar antes.

2. ¡Los 2p aparecen! Quiero aclarar que las personalidades los second players son de mi autoría. Tal vez no sean como el fandom los muestre, pero esta es mi forma de ver. Igual no es que haya mucho material de los 2pNórdicos.

3. El capítulo es algo nsfw. No soy de poner mucho erotismo en mis historias, pero hice una excepción porque me pareció divertido hacerlo. Les aseguro que no es lo que piensan, lmao.

¡Espero que disfruten del capítulo!


VII

Era la hora perfecta para salir de allí. Aún no había amanecido, por lo que nadie podría verlo escabullirse del palacio. Sólo llevaba consigo ropa de cambio, todos sus ahorros, el documento que le había dado Magnus para asegurar su entrada al ejército y la espada de su padre.

Usaría su caballo de siempre para su huida, un enorme semental negro que su padre le había comprado hacía unos tres años atrás.

Acomodó sus pertenencias y montó el animal. Por un momento, dudó sobre lo que estaba haciendo. Iba a abandonar lo que había considerado su hogar desde pequeño.

Sin embargo, sabía que esto era lo que debía hacer. Estaba seguro de que su padre aprobaría de su decisión.

Luego de subirse al animal, decidió irse tan rápido como pudo por el portón trasero. De ése modo, nadie le podría ver. Su huida sería lo más silenciosa posible.

No obstante, en el camino, se encontró con Signe quien estaba dando el desayuno a sus preciadas criaturas. La muchacha se detuvo al ver a Berwald. Éste se quedó en silencio. No sabía qué hacer, ya lo había visto.

—Espero que estés seguro de lo que estás haciendo —Signe comentó antes de arrojar otro pedazo de carne hacia uno de los grifos, quien chilló antes de devorar su comida.

—¿Podrías no decírselo? Que me viste —le suplicó Berwald. No dejaba de pensar en la reacción de Annelisse y era probablemente lo único que le hacía dudar sobre su decisión.

—Nunca tuvimos esta conversación —acordó la muchacha. Ya podía imaginarse el drama que se armaría dentro de unas cuantas horas y Annelisse nunca le perdonaría si se llegara a enterar de semejante encuentro.

—Gracias —Berwald se dio la vuelta para retomar su camino.

—Buen viaje —Le deseó Signe. Magnus no le había mencionado nada sobre esto pero por las pintas del otro, no le cabía dudas de que se iría a algún lugar remoto.

Berwald asintió y tras golpear suavemente al animal, se puso al galope. Debía alejarse lo más rápido posible de allí. Se preguntaba si alguna vez Annelisse conseguiría entender los motivos que le forzaban a ingresar al ejército.

Signe contempló a su amigo y su caballo por un largo rato. Esperaba volverlo nuevamente muy pronto. Sin duda alguna, los gemelos lo iban a necesitar.

Suspiró y continuó su labor. Pronto iba a amanecer y el caos iba a desatarse.

Al cabo de una hora, Berwald detuvo el caballo y mientras que analizaba lo que estaba haciendo, vio una figura a apenas unos cuantos metros de él. Se limpió las gafas, estaba seguro de que estaba alucinando.

La mujer era igual a Annelisse, con la salva excepción de que sus ojos eran de un color rojo escarlata y su cabello tan oscuro como el carbón. Caminaba de una manera tan seductora que el muchacho comenzó a ponerse nervioso.

Berwald negó con la cabeza, era imposible que eso estuviera ocurriendo. Pero la muchacha se le acercó lo suficiente para ponerle una mano sobre su pecho. Éste no podía ni siquiera moverse.

—El reino de tu amigo va a llegar muy pronto a su fin —murmuró y luego se apartó. Le regaló una sonrisa al otro antes de darse la vuelta.

No obstante, antes de que Berwald pudiera hacerle una pregunta, la muchacha desapareció.

Berwald estaba desconcertado. Quizás sólo se debía a que no había dormido lo suficiente y veía la figura de Annelisse por todas partes. Esa debía ser la explicación. Aunque aquello se había sentido muy real.

No, no podía ser. Berwald negó con la cabeza y volvió a subirse al caballo. Tenía una misión que cumplir y ninguna alucinación le haría retroceder.

Alrededor de las nueve de la mañana, Magnus y Annelisse estaban desayunando. El rey miró de reojo a su hermana quien se hallaba de un excelente humor. ¿Debía dejar que estuviera así hasta que lo descubriera o debía ser él quien le diera las malas noticias? Le resultaba obvio que Berwald había sido incapaz de contarle sus planes.

Ya me la pagarás, pensó Magnus.

—Por cierto, no he visto a Berwald en toda la mañana —comentó Annelisse, extrañada por el asiento vacío en frente de ella.

Magnus se acomodó la ropa y suspiró. No era la conversación que deseaba mantener con ella e n ese momento pero era inevitable. De algún modo u otro, lo descubriría y seguiría siendo su culpa.

—Él… —Magnus no se animó a mirarle a los ojos. Sabía que iba a destrozarle el corazón.

—¿Sí? —Annelisse no había dejado de pensar en el beso de la noche anterior y moría de ganas de volver a repetirlo. Quería hablar de tantas cuestiones con Berwald que apenas había podido dormir.

Magnus apretó los puños antes de soltar la verdad. O la media verdad. A pesar de todo, sentía cierta lealtad hacia Berwald y prefería que su hermana lo odiara a él antes que a su amigo.

—Decidí que lo mejor sería que entrase al ejército en el norte del país —le dijo con firmeza.

Annelisse observó a su hermano por un largo rato antes de levantarse.

—¿Qué? —Estaba desconcertada. No conseguía comprender del todo las palabras que su hermano acababa de pronunciar.

—Lo que he dicho. Le envié al ejército en el norte del país —Intentó sonar lo más firme posible y luego se dio la vuelta para retirarse.

La princesa se quedó ahí, parada, tratando de procesar lo que acababa de anunciarle el otro. No, no, no. Sacudió la cabeza y sin importarle el protocolo, siguió a Magnus.

—¡Espera! —le reclamó mientras que aceleraba el paso para acercarse al otro

Magnus hizo una señal a uno de sus guardias para que le detuvieran. Tendría que convivir con su odio. Pero esperaba que algún día lo entendiera. De esa manera, consiguió alejarse de la situación, dejando a su hermana completamente devastada.

Annelisse se dio la vuelta y salió corriendo hacia donde estaban los aposentos de Berwald y su padre. Tenía que verlo con sus propios ojos. Con mucho cuidado, empujó la puerta donde había sido el dormitorio del muchacho.

Se detuvo en la entrada. Era la primera vez que se hallaba allí, aunque había pensado varias veces en visitarlo. Sin embargo, sabía que si alguien se enteraba de que había visitado a Berwald en la mitad de la noche, podría acarrearle problemas a él.

Todo estaba en perfecto orden. No parecía como si alguien hubiese dormido ahí por años. Annelisse se sentó sobre la cama y dejó escapar un largo suspiro. ¿Por qué no se lo había dicho? Tal vez lo hubiera acompañado o quizás hubiera conseguido que Magnus pospusiera su idea por un tiempo.

Acarició sus labios. Aquello había sido un beso de despedida. No era como a ella le hubiera gustado que sucediera. Tenía tantas cosas que preguntarle y decirle pero no podía hacerlo. Por un momento, se le pasó por la mente emplear uno de los animales de Signe e ir junto a él. Pero era estúpido. Sólo le ocasionaría más problemas.

Se recostó y cerró los ojos por unos minutos. Se preguntaba si Berwald había conseguido dormir algo durante la noche, a sabiendas del destino que le esperaba. Si tan sólo lo hubiera sabido de antemano…

¿Por qué estaba perdiendo a tanta gente de pronto? Primero su padre y ahora él. Cada día parecía que le arrinconaban más en la soledad.

No estaba segura de lo que sentía realmente. Era como un tornado de emociones en su interior. ¿Por qué no fue capaz de dejarle una nota siquiera? Abrió los ojos de vuelta.

Se levantó y se dirigió hacia al despacho del padre de Berwald, donde lo había visto contemplar una espada. Allí se percató de que había un montón de papeles rotos en una esquina. La tinta parecía aún fresca. La pluma estaba a un lado. Era como si alguien hubiera intentado escribir algo pero cada vez que lo hacía, se sentía frustrado y lo arrojaba a la esquina.

Se agachó y aunque era evidente que no se podía leer ninguna de las supuestas cartas, consiguió encontrar un "Lo siento, Annelisse" escrito con una pulcra letra. La muchacha se aferró a ese pedazo de papel. Todo lo demás era simplemente imposible de leer.

Tenía sus dudas sobre lo que debía hacer a continuación. Podría seguir a Berwald pero la ausencia de una princesa sería demasiado notoria. Se mordió los labios. Contempló el resto del despacho y respiró profundamente.

Luego se puso de pie. Si Berwald estaba determinado a hacer justicia por su padre, entonces eso era lo que debía hacer ella también. Aunque no tenía ninguna habilidad en particular. Su hermano era eximio en el uso del hacha y Signe tenía conocimientos de magia. ¿Ella? Sabía trepar y causar problemas. Dudaba que coser le pudiera ayudar en algo.

Se dirigió a su habitación y recordó la carta que Signe le había entregado. Todavía no la había leído. Quizás era el momento de hacerlo. Se arregló el vestido y salió de allí.

Quería parecer como si no lo hubiera afectado la partida tan repentina de Berwald pero, de vez en cuando, tenía que detenerse para secarse las lágrimas.

Ingresó a su dormitorio y cerró la puerta. No planeaba asistir a ninguna de sus clases.

Se dejó caer sobre su cama y respiró profundamente. ¿Qué debía hacer a continuación? Cuando su padre aún vivía al menos tenía el plan de ir al extranjero y quizás ser diplomática. Pero ahora estaba perdida. Con todos los acontecimientos recientes, dudaba de que la respuesta fuera abandonar a Magnus.

Sus ojos se fijaron repentinamente en el pedazo de papel que Signe le había entregado tiempo atrás. ¡La carta de su padre! Se sentó y agarró la misma. Hasta aquel instante, no había tenido el valor de leerlo. Sin embargo, creyó que quizás así encontraría la clave si leía las últimas palabras que su padre le había dejado.

Querida Annie:

Sé que en este momento me estarás odiando. O quizás odies a tu hermano. Realmente hubiera deseado tener el tiempo para explicarles a los dos la situación en la que nuestro reino se encuentra. No pido que me perdones pero espero que algún día me entiendas. Un rey se debe a su pueblo y debe hacer los sacrificios que crea necesarios.

Habla con Thorvald. Me gustaría que fueras su pupila. Él va a enseñarte muchas cosas que tu hermano va a necesitar en el futuro.

No estoy seguro si lo que haré va a funcionar pero al menos les va a comprar el tiempo necesario para prepararse ante la amenaza que se avecina. Thorvald te dará más explicaciones.

¿Recuerdas la habitación a la cual siempre has deseado entrar desde niña? En aquel sitio guardé todas las pertenencias de tu querida madre y hay algo que me gustaría que te lo lleves. Se suponía que debía entregártelo luego de su muerte pero fui un idiota. Creí que las mujeres no necesitaban armas. Cuán errado he estado.

En ese lugar, se encuentran su preciado arco y flechas. Tu madre era una excelente cazadora antes de casarse conmigo y creo que te serán útiles. A tu hermano le he dejado mi doble hacha. Los dos están imbuidos con magia ancestral, la única capaz de enfrentarse al peligro que acecha.

Lo siento mucho, Annie. Debí ser un mejor padre para ti y tu hermano. Sin embargo, sé que serán capaces de enfrentarse a las fuerzas oscuras.

En cuanto a tu matrimonio… Mi niña, eres tan rebelde que siempre he dudado sobre un matrimonio concertado. Así que con esta carta, te libero. Puedes casarte con quien más desees. Ama hasta que tu corazón te duela tanto que no puedas respirar.

Luego estaba la firma del rey con su sello real.

Annelisse estaba llorando. La muchacha se sacudió y se limpió los ojos.

—Maldición, estoy a un paso de convertirme en una catarata —Se quejó antes de guardar la carta en su mesa de luz. Aunque seguía enfadada con Magnus, tenía que hablar de inmediato.

Fue a su tocador y se limpió el rostro. Se miró en el espejo para asegurarse de que no había rastros del llanto. No podía permitirse ser tan débil.

No obstante, cuando se disponía a salir, una alta figura apareció en su balcón. Annelisse se quedó paralizada.

—Pobre niña inocente —comentó la voz antes de esbozar una brillante sonrisa.

La princesa arrugó la frente. No iba a ponerse a llorar. No iba a demostrarle que tenía miedo, fuera quien fuera.

—No sé quién eres pero los guardias han hecho un pésimo trabajo —contestó. Buscó con la mirada pero no tenía nada que pudiera emplear como arma.

—Tus guardias no podrían hacer nada contra mí —respondió antes de salir a la luz.

Annelisse se sobresaltó. Se suponía que Berwald había salido muy temprano a la mañana. ¿Cómo era posible…? Sin embargo, al fijarse mejor, no era él aunque el parecido con éste era increíble. Sus ojos rojos y su cabello rojizo lo hacían diferenciarse de su amigo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó la muchacha cuando finalmente se recuperó de la sorpresa.

—Muchas cosas —contestó el ser antes de acercarse lo suficiente a la princesa como para tomarla del cuello:—Ese Berwald es un idiota, ¿no es así? Dejarte sola, a la merced de cualquiera —Acercó su rostro para disfrutar del aroma de la muchacha.

—¡¿Qué demonios quieres?! —Annelise se estaba desesperando.

—Te dejaré una advertencia para ti y tu hermano… —Se relamió los labios:—Aunque supongo que ella lo hará… —El hombre negó con la cabeza, como si estuviera confundido.

—Lo que dices no tiene sentido —Annelisse se removió para escaparse pero aquel hombre era muy fuerte.

—Ya, ya… —Asintió y continuó:—Sigue jugando con tu mundo de fantasía. Cuando Markell regrese, vendrá a reclamar lo que es suyo —Pasó la punta de la lengua por el cuello de la muchacha y luego se apartó.

Annelisse cayó al suelo, estremecida. Sus ojos irradiaban odio.

—Ustedes mataron a mi padre, ¿no es así? —Estaba asqueada pero no podía dejar pasar aquella oportunidad.

El hombre le sonrió, se encogió de hombros y desapareció en las sombras.

Annelisse se levantó y salió corriendo. Tenía que hablar con Thorvald. Era el único que podía ayudarla.

Mientras tanto, Magnus se hallaba en su dormitorio. Había pasado la mañana entrenando tan rigurosamente como podía y ahora estaba descansando, antes de abrir su despacho y recibir las quejas de sus súbditos.

Cerró los ojos por un breve instante. Todavía sentía el peso de ser rey sobre sus hombros. Había sido un ingenuo. ¿Acaso no podía regresar al tiempo cuando era un simple niño y pretender que era uno?

De repente escuchó la puerta de su dormitorio cerrarse con un estruendo. Magnus se levantó de inmediato.

—Dije que no quería que nadie me molestara —dijo con feracidad, irritado.

—Oh, pero si sólo me tomara un par de minutos, Su Majestad —respondió una suave voz de mujer.

Magnus estaba desconcertado. Con la sola excepción de Signe y las empleadas que cambiaban sus sábanas y lavaban sus ropas, ninguna mujer podía ingresar a su habitación.

—Si con esto pretendes que me case contigo… —Pero pronto el rey se quedó sin palabras y con la boca abierta.

Era una mujer de delgada contextura y un largo cabello castaño. Magnus pensó por un momento de que se trataba de Signe pero ésta jamás intentaría seducirlo de la forma que esta extraña estaba intentándolo. Sus ojos eran de un azul cristalino y… Estaba desnuda.

—¿Te he puesto nervioso? —preguntó la muchacha, quien lucía divertida por la reacción del otro.

Magnus tragó saliva. No obstante, trató de recobrar el sentido.

—Necesito que te vayas. No tengo negocio alguno contigo —Magnus miró al techo porque no quería caer en la tentación.

Se escuchó una carcajada y eso hizo que el monarca se pusiera más nervioso.

—Por favor, vete —Magnus estaba colorado y se dio la vuelta, esperando que la otra le hiciera caso.

Sin embargo, las manos de la mujer pronto comenzaron a tocar la espalda del monarca.

—¿Tan nervioso te pone una mujer desnuda? —preguntó la mujer con desdén.

—No… Por supuesto que no —Magnus siguió en su misma posición.

Luego la muchacha se colocó justo en frente de él y lo empujó contra la cama.

—Vas a escucharme bien —dijo la mujer con determinación.

Magnus pensó en huir pero entonces sería un cobarde. Así que, a pesar de lo nervioso que estaba, se quedó allí.

La mujer se sentó a horcajadas y y se apoyó contra el pecho del otro.

Magnus intentó pensar en Signe. Temía que su cuerpo lo traicionara en cualquier momento. Podía sentir perfectamente los senos de la mujer.

—Aprovecha el tiempo que tendrás en el trono —murmuró la mujer antes de darle un suave mordisco en la oreja.

—¿Qué? —Magnus quiso empujarla pero por alguna razón esa diminuta mujer pesaba demasiado.

—Lo que escuchaste —La muchacha se relamió los labios y luego tomó del mentón al rey:—Markell va a regresar pronto. Tu estúpido padre… —Negó con la cabeza:—Disfruta de lo que tienes antes de que el verdadero rey reclame lo que es suyo.

De repente se escuchó un trueno y en un abrir y cerrar de ojos, la muchacha se desvaneció. Magnus estaba pálido y con la respiración entrecortada. ¿Qué demonios había sido eso? Se puso de pie y salió de su habitación de inmediato.

—¿Has visto a alguien entrar aquí? —preguntó a uno de los guardias que se hallaban frente a la puerta de su dormitorio.

—No, Su Majestad —contestó el soldado.

En ese instante, Signe estaba caminando por el pasillo cuando intercambió miradas con Magnus. Arqueó una de sus cejas al ver lo agitado que estaba el rey. Por lo general, después de horas de entrenamiento, estaba exhausto.

—¿Qué sucedió? —Con cariño, acarició una de sus mejillas.

Magnus abrió la boca pero no estaba seguro de ser capaz de explicarle lo que había visto. No quería que creyese que estaba viendo a otra mujer. Al fin y al cabo, era probable que Signe pensara que se estaba inventando una historia con tal de justificar su comportamiento.

—Sólo… —Magnus examinó el rostro de la muchacha para asegurarse de que se trataba de ella. Sus dedos se enredaron con su cabello rubio por un largo rato antes de contemplar sus ojos azules.

—¿Qué? —Signe estaba preocupada por la forma en que el otro se comportaba.

Magnus miró al suelo y dio un par de pasos hacia atrás. Se rascó la nuca.

—¿Crees que soy un pésimo rey? Tal vez debería renunciar o algo por el estilo —No podía olvidar las palabras de aquella mujer. Quería estar a la par de las expectativas de su padre pero se sentía inseguro. ¿Y si fallaba en proteger a la gente que quería?

Signe rodó los ojos y puso ambas manos sobre las mejillas del rey.

—¿Desde cuándo tienes esa actitud tan derrotista? Tu mejor amigo fue a unirse al ejército para ayudar. Yo he visto cosas que no debería haber visto y de toda maneras, ¡regresé! ¡Regresé para estar a tu lado! —le reclamó.

Magnus abrió ampliamente los ojos, sorprendido.

—¡Vi como ése hombre de ojos rojos mataba a todo lo que se le acercaba! —añadió antes de que los ojos se le llenaran de lágrimas:—No… —Negó con la cabeza.

Magnus se dio cuenta de su error. Estaba avergonzado.

—Voy a estar a tu lado y vas a salir adelante —Signe le agarró de la mano:—¿De dónde has sacado esa idea tan rara?

Magnus quería contárselo todo pero ya la había hecho enojar y no quería empeorar la situación.

—Fue una estupidez…

Y de repente, Signe puso sus labios sobre los de Magnus. La muchacha estaba sonrojada pero quería dar a entender su punto de la forma más directa posible para que el rey la comprendiera de una vez por todas.

—Así que… —Signe se apartó y miró al otro:—Deja de decir tonterías. Tu reino te necesita, deja de dudar. Yo voy a estar a tu lado sin importar qué —le aseguró.

Y en ese momento, Magnus la envolvió entre sus brazos.

Sin embargo, tres personajes estaban sentados a las afueras del palacio, aguardando como quien tiene una paciencia infinita.


Se vienen capítulos con mucha acción en todos los sentidos. La verdad es que disfruto mucho escribir esta historia, si no se dieron cuenta. (Sobre todo torturar a Magnus (?))

¡Gracias por leer!