Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Annelisse contempló a la pareja desde una prudencial distancia. Estuvo a punto de interrumpirlos, pero hacía tiempo que no veía a su hermano realmente feliz. Todas las responsabilidades del reino se habían caído sobre sus hombros. Se merecía tener un instante de paz.

No iba a negar que estaba celosa. Deseaba que Berwald se encontrara ahí. Estaba segura que con su apoyo, todo sería más fácil. Sin embargo, pese a lo mucho que le dolía, la vida continuaba y ella tenía que hacer su parte para vengar a su padre.

Suspiró y se dio la vuelta. Decidió entonces que esperaría al día siguiente para conversar con su hermano y se dirigió hacia la habitación de Thorvald. Él era el único que realmente podía brindarle respuestas.

Bajó al sótano y golpeó suavemente su puerta. Le daba escalofríos estar ahí ella sola. Sin embargo, no tenía momento para dudar. El tiempo estaba en contra de todos.

—Pero si es la princesa —dijo el desgarbado anciano con una sonrisa. No esperaba verla ahí a esa hora.

—Necesito hacerte más preguntas —Annelisse le mostró la carta de su padre:—Hoy… —Sacudió la cabeza: —¿Puedo pasar? —Tenía un torbellino en la mente. Demasiadas cosas en muy poco tiempo.

—Siempre dispongo de tiempo para la hija del gran Mikkel —contestó el hombre antes de moverse a un lado para que ella pudiera ingresar.

Annelisse estaba intrigada por la cantidad de libros que tenía ese hombre. Se preguntaba cuánto tiempo su padre habría pasado allí. Dudaba que una vida fuera suficiente para leer cada uno de esos grandes tomos que se asomaban.

—Entonces, ¿te has decidido? —le preguntó el anciano.

Al principio quedó desconcertada pero al recordar el porqué estaba allí, asintió.

—Berwald se ha marchado al ejército esta mañana, Magnus tiene muchos asuntos con los cuales lidiar… —Se mordió los labios antes de continuar:—Quiero ser de ayuda para el reino —dijo decidida.

El anciano asintió.

—El reino va a precisar de toda la ayuda posible. El enemigo al que se enfrenta es terrible. Su sed de poder es inimaginable. Tu hermano está en grave peligro —Thorvald le advirtió. El anciano creyó que sería mejor ser franco con Annelisse.

La muchacha respiró profundamente.

—Hoy sucedió algo… —Annelisse miró el suelo antes de contemplar los ojos verdes del anciano:—Necesito que me prometas que no le dirás una palabra a Magnus —le suplicó.

El hombre movió de arriba abajo la cabeza, como signo que aceptaba la petición de la princesa.

—Un hombre… —Annelisse negó con la cabeza:—No. Un ser entró en mi habitación hoy y me advirtió sobre un tal Markell. Que pronto regresaría —La muchacha seguía turbada por aquel encuentro.

El anciano frunció el entrecejo.

—¿Estás segura de que dijo que se llamaba Markell? —El hombre se dirigió hacia uno de los estantes y sacó un libro que lucía como si hacía siglos nadie hubiera cogido.

Thorvald puso el libro sobre la mesa más cercana e indicó a Annelisse que se acercara. Tras hojear con mucho cuidado, le señaló una página.

—Markell era un muchacho que vivió miles de años atrás, cuando el Antiguo Reino aún sobrevivía. Intentó arrebatar el trono al legítimo rey y… —Thorvald se sorprendió. La hoja, donde se suponía que debía estar la historia, había sido arrancada.

Annelisse vio por primera vez el desconcierto en el rostro del anciano.

—No, es imposible... —El anciano cerró abruptamente el libro, dejando que el polvo se levantara por todas partes.

Annelisse se cubrió los ojos y tosió un poco.

—En fin, en fin… —El hombre no quería atosigar con demasiada información a su nueva alumna. Tenía muchas cosas que enseñarle:—Ya hablaremos de eso. ¿Ya tienes el arma de tu madre? —le preguntó.

—No he podido pedirle a Magnus aún la llave… —Annelisse suspiró:—Se lo pediré mañana a primera hora —le prometió.

—Tenemos mucho trabajo que hacer —El anciano no quería ocupar más tiempo de la muchacha:—Voy a hablar con el rey para que pueda ser tu tutor a tiempo completo —le explicó.

Annelisse al fin vio algo positivo en toda esa horrible experiencia: Ya no tendría esas tediosas clases de confección que tanto aborrecía.

—Gracias —La muchacha se sentía aliviada. Tal vez no era su padre, pero encontraba cierto confort en hablar con ese hombre. Por una vez, no le trataban de tonta o de loca.

—Mañana empezaremos a trabajar —El hombre supuso que la muchacha había tenido suficiente por lo que quedaba del día. Además, debía organizarse. ¿Cómo empezar la educación de una muchacha de su edad?

Annelisse marchó del lugar aliviada. Era lo que necesitaba para distraerse del dolor que le producía la ausencia de Berwald.

Los tres seres seguían observando el castillo desde una prudencial distancia. Pronto uno de ellos notó la figura que iba acercándose hacia al mismo y frunció el entrecejo.

—Debería matarlo —murmuró la voz femenina mientras que preparaba para atacar.

—Basta —La única voz masculina respondió:—Markell estaría disgustado. Deberías esperar —le aconsejó.

La hechicera casi asesinó con la mirada al espadachín.

—¿Qué? ¿Piensas que alguien más pueda superarte con tu magia? —Una segunda voz femenina se mofó de la primera.

—Si no fuéramos aliados, les haría arder hasta que no quede polvo de ustedes —Amenazó la primera voz. Se sentó y apagó la llama que se había encendido en su palma.

—Markell volverá pronto y podrás hacer lo que se te dé la gana —comentó la voz masculina para apaciguar a la hechicera.

La muchacha asintió. Estaba impaciente. No veía la hora de enseñar a todos aquellos sujetos quién era el verdadero rey. Ya habían esperado demasiado para ocupar el trono. Sólo esperaba que Markell despertara pronto.

Llegó la mañana. Signe estaba con sus plantas y leyendo un viejo de libro de runas. Suspiró. No había manera de que pudiera mejorar. Estaba frustrada. Le había prometido su apoyo a Magnus pero no tenía nada que ofrecerle más que eso. Necesitaba mejorar sus conocimientos de magia urgente.

Fue en aquel momento que vio una figura merodeando su lugar. Signe se levantó de inmediato.

—¿Quién anda por ahí? —Signe estaba asombrada. Por lo general, los grifos se inquietaban ante la presencia de un extraño y sin embargo, estos no se habían molestado al sentir la presencia del extraño.

Signe perdió todo el color en su rostro cuando vio al extranjero. Era imposible que estuviera ahí. Estaba segura que todos los de su clan habían muerto en aquella masacre. Pero ahí estaba parado frente a ella. ¿Acaso se trataba de un fantasma o un espíritu?

—Ha pasado mucho tiempo, ¿no lo crees? —El muchacho se acercó para acariciar suavemente el cabello de Signe.

—Sigurd… —Los ojos azules de Signe no daban crédito a lo que estaba viendo frente a ella. Le tocó una de las mejillas y se percató de que su hermano estaba ahí:—¿Qué haces aquí? —Estaba aturdida. Tenía tantas preguntas para hacerle y no sabía por donde empezar.

—Hablaremos luego. Me alegra verte —Sigurd tenía otras cuestiones en mente en aquel momento, pero si todo salía bien, disfrutaría de más tiempo a solas con su hermana.

Signe asintió, muda. Estaba tratando de asimilar la figura que tenía delante de ella. Nunca se había imaginado que alguien más había sobrevivido a aquella masacre.

Sigurd se dio la vuelta y se despidió con un ademán. Ya tendrían el tiempo para ponerse al día. Lo sabía.

Magnus empezó a recibir gente esa tarde, después de su entrenamiento con la guardia real. Quería dominar el uso de la hacha de su padre. Estaba determinado a ser capaz de ser el nuevo dueño de "La hacedora de Tormentas". Le dolían los brazos pero de lo único que se arrepentía era de no ser capaz de dedicarle más tiempo.

Hizo un ademán para que entrara la primera persona que había solicitado la audiencia con él. Estaba seguro de que se trataría de algún campesino pidiendo compensación por las pérdidas de su cultivo o algún comerciante quejándose de la inseguridad. Sólo quería acabar con el asunto de una vez por todas.

Primero vino Thorvald. Le había tomado el gusto a conversar con el anciano.

—¿Qué te trae por aquí, anciano? —le preguntó. Magnus estaba aguardando impacientemente por saber con qué iba a sorprenderle esta vez.

—Su Majestad, quiero apelar a su buen sentido común y al amor que le profesa a su hermana —Empezó. Lo había meditado toda la noche y sabía que ése era el único camino para conseguir un "sí" por parte del monarca.

—Interesante, sigue —Magnus se recostó sobre su trono mientras observaba al viejo. Se preguntaba si aquello provenía de él o si su hermana lo estaba utilizando.

—En los tiempos que estamos viviendo, su hermana se merece una mejor educación de la que recibe —Respiró profundamente antes de continuar:—Sé que es inusual que una mujer reciba una educación reservada para hombres, pero ella es especial —añadió.

Magnus asintió. Su hermana no encajaba en lo que se esperaba de una muchacha de su edad. Respiró profundamente. Era probable que la corte le reprendiera por tomar una medida nunca antes vista. Sin embargo, la felicidad de Annelisse venía primero. No quería darle otra razón para que le detestara.

—Estoy de acuerdo —comentó finalmente el rey ante la gente que lo rodeaba:—Desde mañana, ella se reunirá contigo. Pero tú serás el responsable de su educación —Esto último acotó sólo porque recordaba que su padre solía decirlo y quería sonar como si realmente estuviera sabiendo lo que estaba haciendo.

El anciano asintió en agradecimiento y se retiró de la sala.

Magnus tomó un poco de agua. Ya veía que lo iban a atosigar con dicha medida. Sin embargo, no había nada que le pudiera hacer cambiar de parecer al respecto.

Después de un descanso y de haber escuchado a un montón de gente más, entró el último. Magnus estaba listo para acabar con las audiencias.

Sin embargo, se quedó con la boca abierta cuando vio al que ingresaba al lugar. Tuvo que sacudir la cabeza para intentar serenarse. Nunca había creído poder encontrar a alguien que se pareciera tanto a Signe.

—Su Majestad —El muchacho se hincó al saludar al monarca.

El rey estaba tan asombrado que se limitó a hacer un ademán para indicar al visitante que continuara hablando.

—Vengo por mi hermana —Sigurd sabía que se estaba jugando el pellejo. Si los rumores eran ciertos, el monarca estaba extremadamente encariñado con ella:—Me gustaría llevarla conmigo a mi recorrido por el mundo.

El salón se quedó en silencio. A pesar de que la corte y sus ministros no estaban de acuerdo con la relación entre Magnus y Signe, jamás se habían animado a pedirle que terminara la misma. Todos sabían lo caprichoso que era y lo poco tolerante que podía ser ante la sola mención del nombre de la muchacha.

—No —Magnus había considerado llamar a Signe, pero lo pensó dos veces. Rechazó la petición de forma tanjante, nadie iba a llevársela de su lado.

—Su Majestad… —Sigurd bajó los ojos. No iba a desistir tan fácilmente:—Ella necesita instrucción en el uso de la magia de sus ancestros y…

—No. He dicho que no —Aquello le puso de un terrible mal humor:—Ahora lárgate —Magnus se puso de pie y se retiró por una puerta que se hallaba al costado del trono.

No, no podía lidiar con esto. Primero su mejor amigo había decidido irse al norte y alistarse al ejército. Ahora alguien venía descaradamente a reclamar a Signe. No iba a permitir que alguien apareciera de la nada y se la llevara de su lado.

Esa noche, después de la cena, subió hasta la habitación de la muchacha. Golpeó suavemente la puerta ya que no quería entrar y encontrarse con una situación embarazosa.

Al cabo de unos minutos, Signe abrió la misma y se hizo a un lado. En todo el día no habían podido conversar, así que no pudo esconder la alegría que le suponía verle allí, aunque sea por un breve lapso de tiempo.

Ella se arrojó a sus brazos y él la atrapó. Pronto ella se dio cuenta de que algo le molestaba.

—¿Qué ocurre? —le preguntó. Le acarició una de las mejillas para ver si calmaba su ánimo, ya que el monarca parecía algo irritado.

—Alguien… —Magnus no quería arruinar la velada pero no podía ocultarle algo así a Signe, si pretendía tener algo más con ella:—Alguien ha venido a reclamarte hoy. Mencionó que era tu hermano —acotó.

—Oh… —Signe había querido evitar el tema con Magnus. A decir verdad, ella sentía curiosidad por su hermano.

Magnus se apartó y observó a la muchacha por un largo rato. Arqueó una de sus cejas.

—Tú quieres ir con él, ¿no es así? —le cuestionó.

—No, por supuesto que no. Mi lugar es a tu lado… —Signe se acercó al monarca pero este dio un par de pasos hacia atás.

—Ya lo sabías —comentó el rey después de unos cuantos minutos en silencio.

Signe se limitó a asentir, ya que temía por la reacción del muchacho.

—No quise decírtelo porque no creí que fuera la gran cosa. Vamos, Magnus —Intentó acercarse una vez más pero el rey volvió a acercarse.

Magnus se dio la vuelta, herido en el orgullo. O quizás era el temor de perder a alguien más lo que le estaba nublando el juicio por completo.

—Haz lo que quieras —Magnus se retiró de allí. No quería pelear con ella.

La mañana llegó y Signe fue directamente hacia sus criaturas. Estar con ellas siempre le daba cierto confort. Ellas le comprendían sin necesidad de hablar. Su cabello ondeaba con el viento. Estaba lastimada por la actitud de Magnus.

La muchacha no se dio cuenta pero había comenzado a sollozar. Había dado su vida a ese lugar que solía maltratarle sólo por su origen. De todas las personas que habitaban ese castillo, había creído que Magnus sería el más comprensivo.

De repente, una mano se colocó sobre su hombro y de inmediato, intentó limpiarse la cara.

—Lo siento, no quise asustarte —Sigurd se sentó a su lado.

—No, sólo… —Signe se mordió los labios y buscó algún pañuelo para que no se diera cuenta de que había estado llorando, aunque ya era muy tarde para eso.

Sigurd la examinó y luego el lugar. Aunque el invernadero era precioso, no creía que fuera un lugar para alguien de su clase.

—Signe, me gustaría que vengas conmigo a mi viaje —El muchacho había fallado con el rey, pero quizás podía convencerle a ella.

—No puedo —A pesar de todos los malos ratos que pasaba, sentía que ese castillo era su lugar. Además, le había hecho una promesa a Magnus. No podía abandonarlo.

—¿Por qué no? ¿Realmente crees que perteneces a este lugar? —Sigurd sabía que se estaba moviendo en terreno peligroso. Sin embargo, lo estaba haciendo por el bien de ella.

—Yo… —Signe no tenía una respuesta para eso. Siempre se había sentido como una invasora, una extranjera. Pero Magnus le hizo cambiar eso. La trataba como igual pese a la diferencia en las clases sociales. No era algo que podía dejar de lado.

Sigurd metió la mano en su bolsa y sacó un par de rollos.

—Al menos, ¿ya manejas las runas? —le preguntó mientras que deslizaba un pergamino.

Signe negó con la cabeza. De hecho, ni siquiera sabía cómo utilizar lo más básico. Nunca había tenido nadie que le mostrara y sus padres no habían tenido el tiempo para enseñarle.

El otro suspiró. Luego comenzó a dibujar un par de inscripciones sobre el pergamino.

—¿Y no tienes interés en aprender? Signe, te estás echando a perder —Sigurd le reprendió.

La muchacha miro hacia otro lado.

Sigurd le tomó de la mano. Estaba preocupado por ella. El legado de su familia debía continuar de algún modo pero él solo no iba a poder lograrlo.

—Signe, ¿qué estás esperando? ¿Realmente crees que un rey va a casarse contigo? —le preguntó.

La muchacha, enfadada, se dio la vuelta y le dio una cachetada. Ni siquiera sabía lo que pretendía con Magnus, pero esa insinuación le había molestado de sobremanera.

—¡No lo sé! ¡No sé qué quiere de mí! —exclamó antes de salir corriendo. Aquello había sido demasiado para ella. Estaba confundida.

Se encerró en su habitación y se tiró sobre su cama para llorar amargamente. ¿Qué se suponía que debía hacer? Magnus se había enfadado con ella por demostrar interés en su hermano y éste le insistía para que se alejara de la única persona que le había tratado bien durante toda su estadía.

Estaba tan exhausta que se quedó dormida.

Alrededor de las una de la tarde, Annelisse golpeó su puerta e ingresó a su habitación. Encontró a la muchacha recostada, boca abajo. La princesa se acercó y le acarició suavemente el cabello.

—Esto es culpa de Magnus, ¿no es así? —Se acomodó sobre la cama mientras que trataba de consolar a su amiga.

—No… —Aunque Signe no estaba realmente segura de ello.

—A mí no me mientas. Mi hermano es un idiota con todas las letras cuando se propone —le respondió la princesa para que la otra se sintiera más cómoda con ella.

—Se enfadó porque quería hablar con mi hermano —murmuró sin levantar la mirada.:—Ni siquiera sabía que mi hermano había sobrevivido y ahora apareció… —Suspiró.

Annelisse siguió dándole caricias mientras que aguardaba a que siguiera.

—Sigurd… Sigurd quiere llevarme. Dice que necesito aprender más sobre nuestra magia —Signe explicó. Algo dentro de ella le decía que debía seguir a su hermano, pero no podía romper la promesa que le había hecho a Magnus.

—¿Y qué es lo que quieres hacer tú? —Annelisse le preguntó:—Tienes que hacer lo que tu corazón te diga, por más cliché que suene. Berwald… —Tomó una bocanada de aire antes de proseguir:—Hizo lo que pareció más conveniente. Duele pero estoy segura de que ha tomado la decisión correcta —le explicó.

Esa noche, Signe se escapó del castillo y fue a la posada donde se encontraba su hermano. Buscó y buscó, hasta finalmente dar con la indicada. Tenía muchas cuestiones que plantearle, antes de tomar una decisión definitiva.

Mientras tanto, Magnus daba vueltas y vueltas por su habitación. Se sentía mal por la forma en que había tratado a Signe. No había hablado con ella en todo el día. Signe ni siquiera se había dignado a aparecerse durante el almuerzo o la cena.

Debía hacer algo al respecto. Tal vez podría dejar que su hermano se quedara allí, con ellos. Sí, esa parecía ser una buena solución. No quería perderla por una tonta discusión.

Se puso de pie y se dirigió hacia el dormitorio de la muchacha, sólo para encontrarlo vacío.

—¿Qué? —Magnus creyó que tal vez estaba aún con sus animales.

Bajó de inmediato y se dirigió al jardín, pero allí tampoco estaba. Corrió hacia el invernadero pero no había señales de su presencia.

A Magnus le estaba palpitando el corazón con rapidez. ¿Dónde estaba? ¿Acaso se había marchado sin que le dijese nada? Su tez se volvió pálida. No, no, no. ¿Cómo era posible que aquello hubiera sucedido?

Buscó por todas partes y repentinamente vio una sombra que se movía con rapidez hacia una puerta trasera. Sabía que era una insensatez acercarse sin tener un arma, pero en aquel momento no estaba pensando.

—¡Oye, tú! —Magnus salió corriendo al encuentro de aquella misteriosa persona quien se detuvo en el momento que escuchó aquel grito.

Magnus bajó el ritmo y se detuvo apenas a unos cuantos metros de ese alguien.

—Baja tu capucha… —Se aclaró garganta, intentando sonar más autoritario.

Signe le hizo caso y descubrió su rostro ante él. No era la manera en que quería mantener aquella conversación. Había creído que iba a poder salirse con la suya sin que Magnus se percatara de su ausencia.

—Signe… —Magnus le abrazó firmemente. Estaba aliviado aunque no sabía porqué ella estaba allí.

—Tenemos que hablar, Magnus —dijo en una voz fría.

Magnus se asustó pero no le quedaba de otra. Tampoco le culpaba. Se había comportado como un niño caprichoso.

La noche fue espantosamente larga para Magnus. No daba crédito a lo que estaba escuchando pero aceptó cada palabra que Signe le dijo. Sabía que no podía cortarle las alas, ¿qué clase de monstruo sería si así lo hiciera? Podía detenerla pero jamás se atrevería a hacerle daño o a coartarle la liberta. No. Él quería que ella fuera feliz.

—Te esperaré —anunció el monarca después de que Signe le dijera sus planes:—No importa cuánto tiempo, voy a estar aquí, esperándote —le prometió.

—No hace falta… —Signe se sonrojó. Por supuesto, eso era lo que su corazón deseaba. Pero ¿qué tan realista era esa expectativa?

—Lo haré, Signe. Me enamoré de ti desde que te trajeron a este castillo y no hay distancia que pueda cambiar eso —le replicó Magnus con firmeza antes de darle un beso sobre su frente. No estaba seguro de cómo iba a sobrevivir sin ella. No quería perderla de vuelta. Sin embargo, lo que más temía era que ella lo odiara y era capaz de sacrificarlo todo para que eso no sucediera.

—Voy a volver, tonto —le prometió antes de ocultar su rostro en el pecho de Magnus:—Voy a volver —le repitió con lágrimas en los ojos.

Magnus tomó el mentón de la muchacha para mirarle a sus ojos.

—Quiero que me prometas algo más —Magnus respiró profundamente. Sabía que era algo sumamente apresurado pero era ahora o nunca.

Signe asintió en silencio. Lo que fuera. Lo que fuera.

—Quiero que te cases conmigo cuando regreses —le pidió casi suplicando:—Es apresurado pero si aún sigues sintiendo algo por mí, quiero que seas mi reina —Su corazón latía a mil kilómetros por hora.

—Yo… —Signe estaba asombrada:—Podrías casarte con cualquier mujer de la nobleza —le recordó.

—Podría pero no quiero. Quiero que estés a mi lado para siempre —Le apartó el cabello que cubría parte de su rostro. No quería desprenderse de ella en lo absoluto.

Signe aceptó antes de fundirse en un beso con el otro, beso que deseaba que no terminara jamás.

La muchacha contempló el anillo que le había entregado Magnus como símbolo de su promesa. Aquella sortija le había pertenecido a la madre de él y ahora ella era su poseedora. Le dio un suave beso antes de guardarla en una diminuta bolsa que colgaba de su cuello. Tenía un motivo para regresar. Contempló al rey y a su hermana por una última vez.

—Vamos —Sigurd le dio una suave patada al grifo para que emprendiera vuelo.

Signe asintió y se giró. Iba a volver, se dijo. Iba a cumplir con su promesa.

Magnus estaba devastado. Primero se había ido su mejor amigo y ahora, la persona que más amaba en su vida. ¿Qué diablos había hecho para merecer todo esto? Sabía que cada uno estaba tomando la decisión que más le convenía para sí mismo y para el reino. Era un maldito egoísta.

Annelisse se acercó a su hermano mientras que éste contemplaba la manera en que Signe se alejaba con Sigurd. Posó su mano sobre el hombro del muchacho para consolarle. Al final, se habían quedado ellos dos solos en un mundo que apenas conocían.

—Volverá —Annelisse seguía dolida por la marcha de Berwald y aunque en su momento le había culpado a Magnus, ahora lo veía con otra perspectiva.

—¿Y si no lo hace? —Magnus le preguntó con una voz quebrada.

—Lo hará —Annelisse le respondió con una confianza que no estaba segura de donde provenía:—Te lo ha prometido, ¿no es así? —No sabía qué clase de conversación habían tenido pero creía saber que Signe era capaz de decir lo que fuera necesario para que Magnus se quedara aliviado.

El rey asintió en silencio.

—Tienes un reino que gobernar, Magnus —Se recostó sobre su hombro:—Tienes muchos súbitos que están dispuestos a dar la vida por ti, incluyendo a Berwald y Signe. No desperdicies su sacrificio —Cerró los ojos un momento. Estaba cansada.

Magnus se secó las lágrimas que caían de su rostro. Su hermana gemela tenía razón. No había tiempo para desperdiciar. Él también que dar su mejor esfuerzo para enfrentar al enemigo que en cualquier momento podría aparecer.

—Vamos, tenemos asuntos que resolver —Magnus se dio la vuelta. Tenía que seguir adelante. Algún día, volvería a verse con Signe.


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