A las afueras del palacio, Berwald y Annelisse lo observaban con atención. No habían sido capaces de defender a Magnus y ahora se preguntaban por la suerte de éste. ¿Había muerto? No. Annelisse sabía que su hermano era fuerte.
—Deberíamos entrar de vuelta —La muchacha sugirió. Tenía que rescatarlo. ¿Acaso él no haría lo mismo por ella?
Pero pronto sintió que Berwald la estaba estirando hacia unos arbustos. Al principio, se resistió. Creyó que estaba actuando de forma cobarde. Sin embargo, cuando vio a Markell con la corona de su hermano sobre su cabeza, se estremeció. Era una réplica casi exacta de Magnus, excepto por la cicatriz en una de sus mejillas y la barba incipiente.
Annelisse se quedó entre los arbustos con su pareja mientras que observaba cómo los otros tres seguían a Markell. Tenía ganas de enfrentarles pero sabía que era el momento. Vio a Bertram y éste miró hacia su dirección, con una sonrisa que le causó escalofríos.
Cuando finalmente desaparecieron, Annelisse corrió hacia al interior de la fiesta. No quedaba un solo alma. De repente vio a Signe que intentaba levantar a su hermano pero como ella era muy delgada, no podía hacerlo.
Annelisse salió e hizo una señal a Berwald para que viniese pronto. Se le vino un montón de horribles pensamientos. Después de que Markell hubiera hecho su entrada "triunfal", Annelisse había perdido el rastro de lo que le había pasado a Magnus.
Respiró profundamente y se acercó a Signe.
—¿Estará bien? Dime que estará bien —le preguntó a la muchacha.
—Le acabo de hacer dormir. Está con mucho dolor —admitió Signe y luego miró a Berwald:—¿Podrías llevarlo hasta el jardín exterior? Ahí está mi hermano y los grifos —Signe no quería perder más tiempo del necesario.
Berwald levantó a Magnus por los hombros y lo llevó hasta el lugar indicado. Annelisse siguió a Signe, algo sorprendida por su forma de actuar. Si estuviese en su lugar, era muy probable que estuviera perdiendo la cabeza. ¿Cómo lo hacía?
Sigurd estaba aguardando impacientemente cerca de los animales. Aunque su hermana le había pedido que esperara allí, pensó en ingresar, por temor a que ella hubiera sido presa de una trampa.
Berwald colocó a Magnus sobre el lomo de uno de los animales y lo ató para que no cayera.
—¿Qué piensas hacer ahora, Signe? —Annelisse preguntó.
—Tengo que llevarlo a un lugar seguro. Markell se ha autoproclamado rey, así que el castillo no es más seguro —respondió ésta:—No sé porqué le han perdonado la vida pero temo que Markell cambie de opinión —explicó.
Annelisse suspiró. Hasta se habían apoderado de su residencia. Sin embargo, había cosas que debía salvar. Debía buscar un par de libros, además de su carcaj con flechas. Además, debía de cambiarse de ropa. Quizás lo mejor sería intentar esconderse por un tiempo.
—Nosotros iremos al castillo —Annelisse anunció. Por supuesto que temía por su suerte, pero alguien debía hacerlo.
—¿Estás segura? Podría ir yo solo —Berwald estaba preocupado por lo que pudiera suceder. Annelisse no tenía experiencia en combate y estaba seguro de que esos cuatro eran mucho más poderosos de lo que parecían.
Annelisse se dio la vuelta y frunció el entrecejo.
—Estoy segura, Berwald. Tenemos que hacerlo —Puso una mano sobre el pecho del soldado:—No podemos dejar que se salgan con la suya —Se mordió los labios. Le habían arrebatado a su padre y habían lastimado severamente a su hermano. No, no podía dejarlo así.
Sigurd escuchó la conversación y decidió ayudarlos.
—Lleven dos de los grifos. Los van a necesitar para escaparse —Sigurd silbó y un par de animales surgieron de los cielos, hasta descender en el jardín:—Son inmunes a la magia negra así que no podrán ser utilizados por Sissa —les explicó.
—¿Sissa? —Annelisse se acercó a uno de los animales e intentó acariciarle las plumas.
—Sissa es la bruja que siempre está cerca de Markell —Sigurd suspiró:—No puedo explicártelo ahora. Aunque tiene relación con nuestro clan —En sus largos viajes, habían sido capaces de identificarla.
Signe se subió al animal que cargaba también a Magnus. Lo miraba de reojo. Estaba tratando de controlar sus emociones. Luego miró a Annelisse.
—Nosotros iremos a la isla de Terrynar. Allí Magnus podrá sanar sus heridas —Sabía que era arriesgado mencionar su dirección, a sabiendas de que cualquier curioso podría vender luego esa información.
Dicha isla se hallaba al sur del país. La ciudad se hallaba rodeada por frondosos bosques y para cualquiera que no la conociera, pensaría que estaba inhabitada. Signe la había elegido porque era uno de los pocos lugares donde la magia blanca todavía se practicaba y donde Magnus podría estar en paz.
Annelisse asintió. Ella no sabía todavía lo que harían luego de salir del castillo. Sin embargo, algo le decía que Berwald ya lo estaba planeando.
—Tenemos que irnos —Sigurd se subió a otro animal:—Les vamos a encontrar, ustedes no se preocupen —Este hizo un movimiento con la cabeza antes de darse la vuelta y dar un par de patadas al torso de animal.
—Anne, no te preocupes por Magnus. Nos volveremos a ver —Signe le prometió:—Y vamos a recuperar lo que se ha perdido —añadió.
Annelisse se dio cuenta de que la muchacha en realidad se estaba controlando. Pensó ver una lágrima correr por una de sus mejillas pero prefirió no decir algo al respecto. Aunque temía sobre lo que podría suceder, confiaba en ella plenamente.
—Lo sé —Annelisse respondió:—Nos volveremos a ver, Signe —O al menos, eso esperaba.
Pronto los dos hermanos se perdieron de vista.
—¿Aún quieres ir al castillo? —Berwald pensó que sería mejor buscar un lugar para resguardarse, pero Annelisse era muy testaruda y prefería no llevarle la contraria.
La muchacha sonrió y luego se subió al grifo con cierta dificultad. Cómo odiaba ese maldito vestido.
—Por supuesto —contestó Annelisse antes de emprender el vuelo.
Cuando llegaron al castillo, ingresaron por la puerta que utilizaba el servicio doméstico. Anneliss earrojó sus tacones ya que le resultaba imposible correr con los mismos sin lastimar sus pies. Su primera prioridad fue la de llegar hasta su habitación.
Berwald encabezaba la marcha, pues temía que aquellos cuatro hubieran colocado sus propios guardias pero todo parecía relativamente normal. Tenía su espada desenvainada por si se encontraran con una sorpresa desagradable.
Sin embargo, el castillo parecía muerto. Como si hubieran pasado años desde que lo habían abandonado. ¿Acaso les estaban tendiendo una trampa?
Llegaron al piso donde se encontraban las habitaciones reales. Berwald miró por todas partes y agudizó su oído, pero nada. Así que Annelisse ingresó a su dormitorio.
—Me quedaré haciendo guardia mientras… —Berwald no terminó de hablar cuando Annelisse le agarró de la mano.
Berwald nunca había estado en esa habitación y de hecho, jamás se lo hubieran permitido entrar. Sin embargo, Annelisse se había olvidado del protocolo o en realidad, no le importaba demasiado. Ella cerró la puerta y la trancó, para asegurarse de que nadie pudiera ingresar.
—Tendrás que ayudarme —Ella le avisó, con las mejillas sonrojadas:—Si estuviera Signe aquí, le pediría a ella pero… —Se encogió de hombros y se dio la vuelta.
El muchacho se quedó contemplando el tocado y luego la espalda de ella. No entendía qué quería, aunque quizás era porque estaba pensando en un montón de cuestiones en aquel momento.
—Ayúdame a salir de este vestido —Annelisse suspiró:—Es bonito y todo, pero ¿sabes lo pesado que es y cuánta gente me ha ayudado a meterme en él?
Berwald dejó su espada a un lado y bajó el cierre del vestido. Le tembló un poco la mano y estaba seguro de que Annelisse se dio cuenta de ello.
La princesa se sacó el vestido lo más rápido que pudo pero estaba atorada en el montón de telas.
—¡Ayúdame! —Volvió a exigirle a Berwald. Entendía sus dudas pero ese no era el momento de pensar en nada erótico.
Berwald se puso en frente de ella y le tendió la mano para que pudiera salir. Annelisse pisó lo que había sido su vestido y sonrió a su pareja. Todo lo que ella vestía ahora era una fina ropa interior blanco.
Berwald le echó un pequeño vistazo y luego se dio la vuelta.
—Lo siento —Se disculpó mientras que trataba de pensar en cualquier otra cosa, pues temía cierta reacción su cuerpo. Había pasado años desde que había visto a Annelisse por última vez y no esperaba ver aquella imagen esa misma noche, aunque lo hubiere deseado.
Annelisse se echó a reír. Le resultaba adorable. Sin embargo, no tenía mucho tiempo para ello. Buscó la ropa que solía usar para los entrenamientos con Thorvald y luego su carcaj con sus flechas. Arrojó su tiara y se arregló el cabello. Por último, sacó dinero de su reserva, pues era probable que tuviesen que escapar de la capital por un tiempo.
—Ya puedes mirarme de nuevo —Annelisse anunció para que Berwald pudiera darse la vuelta de inmediato.
El muchacho hizo caso pero seguía creyendo que la princesa seguía siendo tan hermosa como siempre. Sacudió la cabeza, ya tendrían tiempo para conversar largamente. Volvió a tomar su espada y abrió la puerta.
—¿A dónde vamos? —inquirió el soldado.
—A la biblioteca de Thorvald —respondió ésta:—Hay un par de libros que tengo que llevar y quizás… —Annelisse se mordió los labios, dubitativa:—Tal vez pueda hablar con él.
—Deberíamos salir lo más rápido de aquí, Anne. No estamos en condiciones de combatir contra ellos—le recordó Berwald. Aún estaba exhausto por culpa del viaje que había hecho para llegar a la fiesta a tiempo y aquel combate le había desgastado. Si todavía se mantenía a pie, era por Annelisse.
Durante la fiesta, al ver que Magnus estaba siendo amenazado por un sujeto extraño, Berwald no había dudado en intentar liberarlo. Desenvainó la espada lo más rápido posible, sin importarle los gritos de los otros invitados.
—Líberalo ahora —Le amenazó, mientras que avanzaba a paso firme.
El sujeto sonrió. Había algo macabro en su sonrisa. Sus ojos eran tan rojos que Berwald se preguntó si no estaba sangrando.
—Como quieras —Soltó a Magnus y éste cayó al suelo.
Berwald intentó atraparlo pero Bertram le amenazó con la punta de su espada.
—No es tan fácil —El hombre se colocó enfrente del monarca:—Todo tiene un precio.
Berwald suspiró, no estaba totalmente recuperado de la cabalgata que había hecho. Sin embargo, tenía que hacer el esfuerzo. Dio un par de pasos hacia atrás, en posición defensiva.
—Vénceme y puedes llevártelo —le dijo con soberbia.
Sin embargo, una mujer se le acercó a Bertram antes de que diera un paso hacia adelante.
—¿Acaso estás loco? Markell se enojará contigo si llegas a perderlo —Miró de arriba abajo a Berwald.
Éste la reconoció de inmediato. Era la mujer que se le había presentado cinco años atrás. Su cabellera era tan negra como la oscuridad de la noche. Ella le devolvió la mirada con desdén antes de desviarla hacia Bertram. Apoyó una de sus manos sobre el hombro del sujeto que estaba a su lado.
—¡Sé lo que hago, Metta-Lisse! —Bertram exclamó:—Mi espada no tiene competencia —añadió. Estaba seguro de su victoria.
—Sólo no quiero que Markell se decepcione —murmuró un beso en la mejilla:—Aunque estoy segura de que no lo harás —Sonrió antes de desaparecer entre la multitud.
Bertram se encogió de hombros y dio un paso al frente y dio la primera estocada. Berwald movió su espada frente a su cuerpo para evitar el golpe. Si tan sólo tuviera un escudo cerca de él, pensó. Pero no era el momento de lamentarse.
Los golpes fueron cada vez más intensos. Berwald tensó la mandíbula. Vio cómo aquella espada partía en dos con facilidad las sillas. Un mal paso y podría no contar el cuento.
Pero pronto los ataques se detuvieron y una neblina cubrió la sala.
Con sigilo, fueron hasta la biblioteca de Thorvald. De vez en cuando, escuchaban los gritos de los guardias y luego silencio. Ambos sentían impotencia, pero al mismo tiempo, pensaban que si hacían algo en aquel momento, tal vez su sacrificio sería en vano. Era injusto y tal vez egoísta, pero la realidad era que no estaban preparados.
Berwald se preguntaba si Magnus había bajado la guardia. Sacudió la cabeza, no era su culpa. No era el momento de lamentarse sobre lo que se pudo haber hecho, sino el de buscar posibles soluciones.
Llegaron a la planta baja. Berwald se asomó y vio que los cuatro estaban disfrutando de una cena. Markell estaba sentado en la cabecera, con la corona de Magnus, disfrutando de una cerveza. Berwald estuvo a punto de empuñar su espada, pero Annelisse le retuvo.
—No, todavía no —le susurró:—Ya llegará tu momento, pero no es éste —añadió.
El hombre guardó de vuelta su arma en su vaina. La princesa le hizo un ademán para que le siguiera. Ella se agachó y se fue en gatas hasta la puerta del comedor. Rogó para que no la vieran o estaban perdidos.
Sissa arqueó una de sus cejas pero Markell le sirvió un poco de vino. Miró a sus alrededores y pensó que tal vez estaba alucinando. Quizás solamente era la borrachera.
Una vez que Annelisse hubo cruzado, se escondió detrás de la puerta y esperó a que Berwald hiciera lo mismo. Le resultó una eternidad. Se pegaron a las paredes y continuaron su camino.
Bajaron con lentitud por la escalera que se dirigía hacia la biblioteca. del anciano. Annelisse se preguntó si el hombre continuaría ahí o si ya se había marchado. Ahora que se veían obligados a abandonar aquel castillo, Annelisse pensó que no le había dedicado el tiempo suficiente al estudio o de lo contrario, tal vez pudo haber prevenido aquel desastre.
Golpeó la puerta y aguardó. No quiso insistir mucho por temor a que los escucharan. Berwald se quedó detrás de ella por si alguien hubiera decidido seguirles.
La espera resultó una eternidad.
—Soy yo, Annelisse —murmuró la muchacha, pues quizás el anciano sabía ya de los nuevos dueños de casa.
Al cabo de un par de minutos, la puerta se abrió.
—Entra, entra —Una mano anciana le hizo el ademán para que ingresara.
Annelisse se dio la vuelta y le agarró de la mano a Berwald, para que la acompañara.
El anciano cerró la puerta de inmediato. Contempló a la pareja y respiró profundamente.
—¿El rey? —Fue su primera pregunta aunque tenía una idea debido al desorden y al ruido que se habían apoderado del castillo desde hacía una hora o dos.
—Está a salvo pero malherido. Lo han depuesto —Annelisse cerró su puño debido a la frustración que ello suponía.
Thorvald asintió.
—Tienes que ponerte a salvo —le recomendó el anciano:—Serán semanas de celebraciones pero luego… —Se encogió de hombros:—Es probable que empiece la cacería. Tu hermano y tú corren graves peligros.
Annelisse tragó salivo y apretó la mano de Berwald. Sin embargo, no estaba dispuesta a mostrar debilidad en ese momento.
—Vamos a huir de la capital, ¿no es así, Berwald? —Annelisse miró a su pareja. Se preguntaba qué hubiera pasado si éste no hubiera aparecido para la fiesta. Agradecía de todo corazón de que estuviera a su lado.
—Iremos a… —Pero el anciano interrumpió a Berwald antes de que éste pudiera decir otra palabra.
—No me lo digas. Si llegan a capturarme es posible que me pregunten sobre ello. No, es mejor no saberlo —El anciano respondió y luego se dio la vuelta:—Vienes por un par de libros, ¿no es así?
Sin perder tiempo en esperar respuesta, el hombre rebuscó entre su librería.
—Sí. Aquel libro donde hablaban de ellos… —Annelisse recordó aquel primer libro que le había mostrado.
El hombre sacó el libro que estaba justamente sobre su mesa.
—Le falta una hoja. Aún no se cómo se ha podido desprender —Thorvald tenía sus teorías pero prefirió callarse:—¿Y el otro?
—La historia de los reyes de nuestro reino —contestó con seguridad.
Thorvald obedeció y tras encontrar el libro, colocó un mapa dentro del mismo.
—No lo revises ahora. Cuando llegue el momento, lo entenderás —le dijo el anciano.
Annelisse contempló a Thorvald por un largo rato. No quería dejarlo solo con aquellas cuestionables personas.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —le sugirió la princesa. Después de todo, le había enseñado bastante. Había sido su compañía, cuando Berwald y Signe habían abandonado el castillo. Tenía que hacer algo por él.
El anciano negó con la cabeza.
—Mi lugar es cerca del rey aunque éste no sea legítimo —contestó y al ver que Annelisse estaba a punto de llorar, se acercó a ésta y colocó sus manos sobre sus hombros:—Ya he vivido lo suficiente, Anne. Mi hora va a llegar pronto. Sólo seré una carga para ti.
Pero la princesa no quería abandonarlo.
—Tienes que venir, Thorvald. Has hecho tanto por mí —insistió. Sin embargo, Berwald comenzó a jalarle de la mano para su desesperación.
—Anne, tenemos que irnos ya —Berwald estaba preocupado de que los descubrieran allí.
El anciano estaba de acuerdo con Berwald.
—Toma —Thorvald se sacó una cadena que contenía una preciosa esmeralda en el medio:—Nunca he tenido hijos y creo que te quedará mejor a ti —añadió antes de entregarle la joya.
Annelisse se la puso de podía dejar de llorar en aquel momento.
—Vete ya —El anciano le hizo un ademán para que se fuera:—No te preocupes por mí. Haz justicia por tu padre —El hombre se dio la vuelta de inmediato, ya que sabía que la otra iba a prolongar la despedida. Por un momento, realmente se creyó incapaz de dejarla ir.
Berwald volvió a jalar a Annelisse y esta vez, ella le hizo caso. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Finalmente consiguieron salir del castillo. Annelisse le echó un último vistazo. Se preguntó cuándo volvería a habitar aquel lugar. Sin embargo, pronto otra cosa había captado su atención. El cielo estaba completamente negro, sin ninguna estrella que adornara el firmamento. Tuvo un mal presentimiento.
—¿A dónde vamos, Ber? —le preguntó a su pareja mientras que cargaba los libros sobre el lomo de su grifo. Una sensación de miedo se apoderó de ella ahora que estaba a solas con él.
—Esta noche iremos al siguiente pueblo. Luego… —Berwald se acercó a la princesa para ayudarla a subir. Por un momento, ambos intercambiaron miradas y se sintió tentado a besarla, pero el tiempo estaba corriendo en contra de ellos:—Sé un lugar en el norte donde podríamos quedarnos —añadió sin dar más explicaciones.
Annelisse asintió. Confiaba plenamente en él por lo que no hizo más preguntas. Además de que estaba agotada y sólo veía la hora de descansar.
Pronto emprendieron el viaje.
Desde una de las torres, Markell y Sissa contemplaron a Annelisse y a Berwald.
—¿Estás seguro de que quieres dejarlos escapar? —preguntó Sissa. Aquella era la oportunidad perfecta para hacerlos prisioneros, pero Markell parecía no tener apuros.
—Esta noche es para celebrar. Mañana será la coronación y anunciaremos la muerte de Magnus —contestó Markell:—Tenemos cuestiones más importantes en las que preocuparnos —Éste se atrevió a poner su brazo alrededor de la cadera de Sissa.
—¿Y si regresan? —Ella no estaba conforme con la respuesta. Temía que aquel triunfo se fuera tan rápido como lo habían conseguido.
Markell sonrió.
—No son un desafío para nosotros, Sissa —suspiró:—¿Por qué no vamos a la alcoba real y estrenamos la cama? —le preguntó antes de morder suavemente la piel de su cuello.
Sissa supuso que era una batalla perdida y no tenía sentido continuar con la conversación.
—Me parece una buena idea —murmuró antes de seguir a Markell. Miró por una última vez a las bestias que volaban y luego continuó con su camino.
A kilómetros de allí, Signe y Sigurd habían llegado a la residencia de este último. En ella, le esperaba la esposa de Sigurd. No esperaba su regreso tan pronto. Pero pronto vio de que se trataba de una emergencia.
—Leena, necesito que prepares una cama rápido —Sigurd le pidió.
—¿Qué ocurrió? —preguntó la mujer con desconcierto.
Sigurd se apartó de su vista y vio que Signe estaba acariciando a lo que parecía ser el cabello de alguien.
—El rey está herido y viene con nosotros —Sigurd le explicó enseguida.
Leena abrió de par en par sus ojos violetas e ingresó a la residencia de inmediato para hacer los arreglos.
Mientras tanto, Signe había comenzado a llorar. Había tratado de mostrarse fuerte desde el comienzo pero las emociones eran demasiadas para contener. Quizás si hubiera llegado antes a la fiesta, hubiera podido impedir todo lo que había pasado. Tal vez Magnus aún seguiría estando en el trono.
Se arrodilló frente al animal. Estaba exhausta. ¿Qué se suponía que debían hacer ahora?
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