XII

Habían estado viajado hasta al amanecer. Cuando finalmente descendieron, Annelisse tuvo la impresión de que Berwald estaba usando lo que le quedaban de fuerzas para continuar despierto. Quería decirle algo al respecto, pero se dio cuenta de que no era el momento. Tenía que confiar en él.

Abandonaron a los animales en los alrededores del pueblo. Berwald no le dijo nada, simplemente se dirigió hacia una posada. Annelisse observaba los alrededores con atención. Como parte de la familia real, nunca había estado en un sitio tan remoto. Incluso dejó de caminar detrás de su pareja para contemplar lo que estaba sucediendo.

Un par de mujeres llevaban consigo un par de baldes, en dirección al río. Varios carromatos iban ingresando al centro del pueblo y el mercado comenzaba a cobrar vida de a poco. Incluso unos cuantos niños ya estaban corriendo por delante de sus padres, riendo y hablando de cuestiones sin importancia.

Por lo que pudo observar, se trataba de gente de lo más sencilla, parecida a la que trabajaba en el servicio de su castillo.

El soldado se dio la vuelta y se percató de que había una distancia considerable entre él y ella. No, eso no era lo que le inquietaba. Lo que le molestaba era el hecho de que Annelisse destacaba demasiado. Aun cuando se había deshecho de su vestido, ella tenía una especie de halo que hacía que simplemente llamara la atención y no le cabía duda de que aquellos pueblerinos se darían cuenta de ello.

Le tomó suavemente del brazo y Annelisse pareció despertar de una especie de ensoñación. Ésta se limitó a reír por su torpeza.

—Deja de mirar así —Berwald le reprendió. Era evidente que pronto tendrían que viajar a otro lugar.

—¿Por qué? No estoy haciendo nada malo —Aquella petición se le hizo extraña. Annelisse sólo estaba echándole un vistazo a aquel sitio.

El soldado se dio la vuelta. Sabía que la princesa no estaba acostumbrara a que le dieran órdenes. Pero tenían que pasar desapercibidos, si pretendían seguir con vida por largo tiempo. Además, debido al cansancio, no estaba de humor para andar con muchos rodeos.

—Porque llamas la atención de la gente —Berwald le explicó en una especie de susurro:—Cuando nos busquen y pasen por este pueblo, van a recordarte —murmuró antes de girarse sobre sus talones:—Luego hablaremos más detalladamente —añadió y continuó su camino.

Annelisse no supo qué responder. Ni siquiera se había percatado de ello hasta que Berwald lo hubo mencionado. Agachó la cabeza y se limitó a seguirle hasta la posada. Incluso se sintió algo apenada, pues lo último que deseaba ser era una carga para Berwald.

Una vez dentro, Berwald se encargó de rentar la habitación. Pensó que, como aún no habían fijado un rumbo determinado, lo mejor sería ahorrar tanto dinero como fuera posible. No era así como había soñado pasar la primera noche con Annelisse, pero las circunstancias habían dado un giro muy brusco.

La princesa observaba como un par de sujetos jugaban a los dados a unos cuantos metros de distancia. Un sujeto la miraba como si estuviera a punto de devorarla, pero pronto ella se sintió la mano de Berwald y el alivio se apoderó de ella.

—Perdona, pensé que sería lo mejor para ambos —Berwald se disculpó. Además del tema del dinero, la realidad era que no veía el momento de poder dormir. Había cabalgado durante días casi sin detenerse. No era un simple capricho, era una necesidad que su cuerpo le estaba reclamando.

Annelisse se rió, antes de acariciarle una de sus mejillas. Se sentía afortunada, a pesar de todo lo que había pasado la noche anterior. Al menos, lo tenía a él a su lado. Le tomó de la mano y le siguió hasta la habitación que ocuparían por el resto de la semana.

El militar depositó sus pertenencias y las de su acompañante en una esquina. Trancó la puerta para asegurarse de que nadie pudiera ingresar a su habitación. Luego se dirigió a la cama, se descalzó y se quitó la camisa. Contempló a Annelisse una vez más. Todo parecía un sueño. Nunca se le había ocurrido que ella y Magnus lo perderían todo tan rápidamente. Sin embargo, vio aquella oportunidad para disfrutar de su compañía, ya que nunca habían pasado mucho tiempo solos.

Annelisse se paseó por la habitación. Era muy rudimentaria en comparación a lo que estaba acostumbrada. No obstante, se dio la vuelta y ahí estaba la persona con la que había soñado por tanto tiempo. Se recordó que aquel viaje distaba mucho de ser uno de placer y que la razón por la cual estaban allí, era porque aquellos individuos se habían apoderado de sus vidas.

—Deberíamos descansar —Berwald le sugirió. La verdad era que ya no aguantaba más el sueño.

—¿Crees que Magnus estará bien? Confío en Signe, por supuesto —Annelisse se daba vueltas por la habitación mientras que trataba de procesar todo lo que había tenido que hacer durante la noche. Todavía le costaba creer aquellos acontecimientos.

—Está en buenas manos —Pero Berwald no se atrevió a decir si su mejor amigo se recuperaría del todo. Estaba seguro de que aquello había sido un gran golpe emocional para el rey, o mejor dicho, el depuesto rey.

Annelisse suspiró y se arrojó a la cama. No era tan cómoda como la de su dormitorio, pero era lo suficiente para poder dormir por unas cuantas horas. Observó a Berwald y de inmediato, se acurrucó contra su pecho. Se sentía segura entre sus brazos, como si nada en el mundo pudiera afectarle en ese instante.

—¿Qué crees que estará sucediendo en el palacio? Hemos dejado abandonada a toda esa gente —La princesa era consciente de que habían huido sin pensar en nada más. Sin embargo, quería pensar que todo lo que habían hecho era simplemente posponer una batalla.

El silencio se adueñó del dormitorio y la muchacha miró hacia arriba. Berwald se había quedado completamente dormido. Ella sonrió. Tal vez podría acostumbrarse a esa vida, después de todo.

Lejos de allí, Markell hacía su entrada en la sala donde Magnus solía tener sus reuniones con el consejo de ministros. Markell no se sorprendió en lo absoluto al darse cuenta de que más de la mitad de los mismos ya habían partido. No le importaba, ya que pronto regresarían más de su séquito. Por supuesto, todo dependía de las grandes habilidades de Sissa.

Se sentó en el trono con gran parsimonia y contempló a cada uno de los presentes. Era evidente que el miedo les invadía. Una escueta sonrisa apareció en su rostro. Esto iba a ser interesante.

A su derecha, se hallaba Bertram. Había solicitado que le acompañara, pues estaba seguro de que tendría que cortar algunas cabezas y su mejor amigo era el más indicado para aquella tarea. Miró de reojo su espada, era evidente que ésta ya había probado un poco de sangre. Luego volvió a mirar al grupo reunido frente a él.

—Magnus está muerto —O lo estará pronto, pensó Markell. Aquellos hombres no necesitaban saber la verdad. Continuó:—Esa es la realidad y yo soy el nuevo el rey. No quiero escuchar ninguna queja —Sabía que se estaba arriesgando, pero había esperado por aquel instante por tanto tiempo, que no le importaba.

Los rumores comenzaron a esparcirse en la habitación. Sin embargo, Markell levantó una mano para acallar el salón.

—Yo soy el responsable de haber matado al rey Mikkel —admitió y prosiguió, sin importarle la reacción de aquellos hombres:—Por lo que, verán, oponerse a mí no es una opción —dijo de forma tajante.

Bertram sacó su espada de la vaina. Resplandeciente y tan negra como la oscuridad que asolaba las cuevas más profundas, aquella arma estaba diseñada para provocar la más rápida de las muertes con un solo movimiento elegante y eficiente. El hombre inspeccionó el salón con su vista, listo para emplearla. Después de tantos años de uso, aquella espada era prácticamente parte de su brazo derecho.

—Por supuesto, pueden intentar ir en mi contra pero… —Markell sonrió antes de señalar la espada de Bertram:—Dudo que quieran probar el filo de mi mano derecha —añadió.

Mientras aquella reunión proseguía, Sissa tenía un trabajo pendiente. Desde el día que puesto sus ojos sobre aquel castillo, estaba determinada a destruir un par de libros que sabía que se encontraban allí. Después de todo, era ella la autora de uno de ellos y el segundo daba demasiada información sobre ellos, información que debía desaparecer de una vez por todas.

A su lado, le seguía Metta-Lisse. Ésta estaba sumamente aburrida y además, Sissa le había pedido su compañía como favor especial. Después de todo, aunque la nueva reina se consideraba capaz de hacer lo que fuera necesario para eliminar aquellos libros, asesinar nunca había sido lo suyo. Lo había hecho, por supuesto, pero Metta-Lisse estaba mejor preparada para ello.

Abrió la puerta que daba a la biblioteca de Thorvald. Sin decir nada, bajó por las escalaras y examinó el lugar. Arrugó la nariz, aquello le llevaría tiempo.

—Vaya. Me siento un hombre muy afortunado al tener la visita de su Majestad —Thorvald murmuró mientras que recorría con lentitud su amplia biblioteca. Salió de entre las sombras y se detuvo a unos cuantos metros de aquellas mujeres.

Sissa sonrió. Estaba segura que aquel hombre había ayudado a aquellos dos muchachos a escapar la noche anterior. Sin embargo, no perdía nada con hablar con él, supuso.

—Tienes una maravillosa biblioteca —La mujer se acercó a uno de los estantes y leyó los lomos de cada uno de los libros. Se trataban de textos antiguos, de aquellos que sólo habían sobrevivido un par de ejemplares como mucho. Negó con la cabeza, no podía distraerse, ya tendría el tiempo para inspeccionar el resto:—Estoy buscando "Tratado de la Magia" e "Inicios del Reino". Estoy segura de que los tendrás.

Thorvald esbozó a su vez una sonrisa, mostrando los pocos dientes que le quedaban.

—Lamentablemente he prestado esos libros, Majestad —Thorvald contestó. En teoría, no estaba mintiendo:—Pero espero que pueda encontrar otro que sea de su agrado —explicó.

La sonrisa de Sissa desapareció por completo. Sus puños se cerraron y en sus ojos se reflejaba la furia que se estaba apoderando de ella. Aquellos libros jamás debieron haber visto la luz y ahora se veía obligada a buscarlos en otro lugar.

—Ni Markell ni yo hemos dado autorización para eso, viejo —Sissa le recriminó y continuó:—Sólo eres guardián de estos libros. Es el monarca quien dispone de uso como quiera —Dio un par de pasos hacia al anciano, quien parecía imperturbable:—¿Quién los tiene? —preguntó pese a tener una idea de lo que pudo haber pasado.

Thorvald se sentó. Había anticipado esa situación y el veneno comenzaba a hacer efecto. No obstante, hizo un último esfuerzo para contestar a la mujer.

—Magnus sigue siendo el rey, por más que ahora esté en otro lugar —Thorvald pensó que la muerte ayudaba a ser más valiente. El tiempo era cada vez más valioso y pronto solo sería un cadáver:—Sissa, ya has sido reina y si no fuera por ti, tal vez esta nación no existiría. Dime, ¿por qué estás haciendo esto? Deberías estar descansando —Thorvald se atrevió a preguntarle.

Sin embargo, Sissa no estaba de humor. Si no fuera por el valioso contenido de aquellos estantes, tal vez ya hubiera incendiado todo el lugar. Sin embargo, se dio la vuelta y le dio un suave golpe en el hombro a Metta-Lisse. Ésta había traído su ballesta y estaba preparada para disparar en cuanto Sissa le diera la orden.

Aunque ardía de rabia por aquella impertinencia, la nueva reina decidió contestarle. Al fin y al cabo, pronto sería hombre muerto. ¿Qué más daba?

—Mi vida y la de mi esposo se acabó demasiado pronto. Tú, que pareces haber leído sobre nosotros, sabes muy bien que apenas pudimos disfrutar de nuestro reinado. ¿Qué tiene de malo querer una segunda oportunidad? —Sissa cerró los puños y respiró profundamente:—Estos niñatos no saben nada.

—Los niñatos van a vencerte, Sissa. Estás arruinado tu legado y el de Markell —Thorvald sentía que comenzaba a entumecerse. Sonrió, no era el final que había esperado pero al menos lo había hecho bajo sus propios términos:—Recuérdalo.

Metta-Lisse no dudó en disparar la ballesta. Apuntó directamente al corazón. No quería escuchar las palabras de un anciano que no sabía nada. La sangre brotó por el pecho de éste y la mujer se dio por satisfecha.

—Insensato —murmuró Metta-Lisse. ¿Qué podía saber aquel hombre sobre sus vidas? No era una mujer que se dejara llevar por sus emociones, pero el anciano había conseguido sacarle de sus casillas.

Sissa no respondió nada. Salió de aquella habitación de inmediato y cuando Metta-Lisse estuvo segura, se dio la vuelta. Aunque había querido controlarse, la rabia hacía estragos en su interior. En un abrir y cerrar de ojos, una pequeña bola de fuego totalmente negro se formó en una de sus manos, para luego lanzarla hacia aquella habitación. Luego trancó la puerta.

—Parece que, a pesar de todo, tendremos que salir de cacería —dijo a su cuñada:—Aunque eso tendrá que ser después de las celebraciones —Sissa no había olvidado que Markell deseaba una coronación y que Metta-Lisse había expresado cierto deseo que quería cumplir.

—No te preocupes por eso. Bertram y yo conocemos este reino como la palma de nuestra mano —Metta-Lisse estaba emocionada. Al parecer, aquella existencia tendría un motivo para continuar, pensó.

Se separaron y Sissa se dirigió a una habitación donde se hallaba el oráculo, que por tantas generaciones había sido empleado por la familia real. Por el demacrado estado del sitio, se dio cuenta de que hacía años que nadie entraba allí. Se preguntaba por qué, ya que estaba segura de que Signe y su hermano formaban parte de su mismo clan. Tal vez si lo hubieran consultado, hubieran podido prever aquella situación.

Daba igual, habían triunfado. Sin embargo, creyó conveniente consultar con el mismo. No quería que se repitiera el pasado o al menos, quería ver si era necesario tomar precauciones para evitarlo. Arrojó una moneda y suspiró.

—¿La historia volverá a repetirse? —preguntó con serenidad. Muchos siglos atrás, había pasado prácticamente cada día de su reinado en ese lugar. Esperaba que esta vez no fuera necesario.

Pronto unas cuantas imágenes se formaron en el agua oscura. Una tras otra se sucedieron con rapidez. Sissa arrugó la frente. Era evidente que Markell había tomado una mala decisión el día anterior al perdonarle la vida a ese miserable. Cuando las imágenes se desvanecieron, Sissa tuvo que controlarse para no echarse a llorar. Tenía que hablar cuanto antes con su pareja.

A la tarde, Markell había dado por finalizado la reunión con su gabinete. ¿Cuánto tiempo tendría que soportar a esos incompetentes? No era ningún idiota, el olor a revuelta apareció en el momento en que aquel grupo de hombres había desaparecido de su vista.

Estaba agotado y deseaba descansar. Markell estaba asombrado de que su cuerpo aún pudiera experimentar tales sensaciones. ¿Acaso Sissa había cometido un error? No. Quizás aún no se había recuperado por completo tras aquel encuentro con aquel rey y su segundo al mando. Miró su brazo, donde le había atravesado la espada. La herida aún estaba allí.

—¿Crees que puedes controlar a los guardias? —le preguntó a Bertram.

—Markell, estás haciendo una pregunta muy estúpida —Bertram se dio la vuelta y sonrió. No podía esconder lo mucho que estaba disfrutando de aquella situación.

—¿No te duele? —Markell señaló la cicatriz en el cuello del nuevo general del ejército.

Bertram se encogió de hombros y luego sonrió macabramente.

—No perderé la cabeza esta vez, Markell —Se encogió de hombros antes de salir de la amplia habitación. Había mucho que hacer.

Sin embargo, el descanso no le duró demasiado a Markell. Al cabo de unos cuantos minutos, Sissa hizo su aparición. Trancó la puerta para que nadie pudiera ingresar mientras que hablaba con su esposo.

Si bien estaba cansado, Markell no podía dejar de deleitarse con la imagen de Sissa, que iba acercándose a él. Tal vez era aquel vestido beige con el cual se deslizaba a cada paso o aquel cabello que parecía flotar con cada movimiento que ella hacía. Si había algo que no había cambiado en lo absoluto, era su amor por ella.

Ella se sentó sobre su regazo y él se recostó sobre su pecho. Estuvieron un largo rato en silencio, antes de que él decidiera hablar.

—Ocurre algo, ¿no es así? —le cuestionó. Por supuesto, no se quejaba en lo absoluto de su presencia. Simplemente tenía una idea de que algo le inquietaba.

Sissa se puso de pie y luego de unos cuantos minutos en silencio, decidió plantearle la situación.

—Tenemos que matar a esos muchachos, Markell —Ella bajó la cabeza. Podía ver que aún quedaba algo de misericordia en su pareja, pero quizás podía hacerle cambiar de opinión una vez que le explicara lo que acababa de ver.

—No representan amenaza alguna. Magnus no podrá ponerse de pie por un largo tiempo y para cuando lo haga, el ejército estará a mi favor. Las flechas de Metta-Lisse no son armas cualquieras y tú sabes muy bien eso, Sissa —Markell estaba intrigado por la opinión de su mujer.

Sissa suspiró.

—Ellos van a levantarse contra nosotros, Markell. Lo he visto —Sissa se apresuró y luego se arrodilló frente a él:—Necesito que me escuches esta vez. Sé que no crees en el oráculo, pero neceisto que confíes en mí. Tenemos que matarlos antes de que sean una amenaza para nosotros —Le rogó.

Markell le tomó de las manos y le acarició el cabello con cariño. Vio la angustia en sus ojos, el reflejo del dolor por el cual habían atravesado muchos siglos atrás. Su temor era comprensible. Les había tomado tanto tiempo regresar y esta vez, deseaban disfrutar de la vida.

—¿Qué has visto? —Markell le tomó del mentón para contemplar sus ojos.

Sissa le explicó con detalles todo lo que había conseguido mostrarle el oráculo. Incluso tembló en algún momento determinado, algo extraño para una mujer que por lo general nunca mostraba miedo. Pero ella sabía que el oráculo nunca fallaba y que si no hacían algo al respecto, era probable que volviesen a su descanso eterno.

—Tenemos una misión, Markell —Sissa le recordó al final de toda su explicación.

—Lo sé —Éste se reclinó en el trono. Era distinto a lo que él recordaba, aunque no se quejaba. Era mucho más cómodo. Cerró los ojos y luego suspiró:—Una vez que consigamos estabilizar el gobierno, vamos a hacerlo, si eso te deja tranquila —Seguía creyendo que no valía la pena, pero conocía a Sissa y no iba a dejar de insistir hasta que lo aceptara.

La muchacha se puso de pie y le dio un beso en los labios.

—Su Majestad es muy generoso cuando lo desea —Sissa bromeó antes de alejarse del trono.

—Tal vez sean los años… —Markell se encogió de hombros y también se levantó:—Tenemos que planear la coronación. El pueblo tiene que conocer a su nuevo rey —Tomó de la mano a su mujer y salieron de allí.

A muchos kilómetros de allí, un fuerte grito resonó a la redonda. A Magnus le lloriqueaban los ojos por culpa del dolor. Respiraba con dificultad, pero al menos seguía con vida. Signe había puesto una venda rápidamente en el lugar donde había estado aquella flecha. Luego miró con reproche a Sigurd.

Sin embargo, tenía que concentrarse en Magnus primero. Cerró los ojos y tras murmurar un hechizo, una resplandeciente luz azul apareció. No era mucho, pero esperaba que al menos fuera lo suficiente para cerrar la herida por completo y para que el dolor desapareciera.

—¿Mejor? —le preguntó a Magnus mientras que acariciaba su frente. No se había apartado de su lado desde que habían llegado allí, pese a estar exhausta.

El derrocado rey se limitó a asentir y regalarle una débil sonrisa. No estaba en condiciones de articular palabra alguna.

Luego Signe se dio la vuelta para hablar con su hermano.

—¿Acaso no hay manera de hacerlo de una manera menos dolorosa? —le reprendió. Signe estaba muy preocupada por Magnus. ¿Y si no se recuperaba del todo?

—Tengo que hacerlo rápido, Signe. No son flechas cualquiera —Sigurd se limitó a explicar. Observó la misma por un largo rato:—Tiene una runa inscripta en la punta —Pasó su dedo por el lugar exacto y luego se la entregó a su hermana para que la viera por sí mismo.

En los últimos años, Signe había aprendido el significado de las runas y cómo emplearlas. Por supuesto, no se consideraba una experta en ello. En cambio, su hermano sí lo era. Nunca había visto una como ésa en su vida.

—¿Qué significa? —le preguntó mientras que Sigurd se lavaba las manos en un recipiente que Leena le había acercado. Se estiró un poco, ya que aún debía extraer la segunda flecha que se hallaba incrustada en la otra pierna de Magnus.

—No estoy seguro. Es una runa muy antigua. Tengo que confirmar mis sospechas con mi libro —contestó éste y luego observó a Magnus:—¿Estás listo?

Magnus sonrió y asintió. Luego miró a Signe. Era la única manera de que pudiera soportar aquella tortura. Cuánto la había extrañado, pensó. Detestaba estar en esa lamentable situación y el tener que depender tanto de ella. Pero, al menos, estaba de nuevo a su lado.

Se repitió la operación y una vez terminada, Signe le sirvió a Magnus una poción para que pudiera dormir tranquilo y recuperar un poco de fuerzas. No podría caminar por unas cuantas semanas, como mínimo. Ella le besó en la frente y cerró la puerta del dormitorio con cuidado. Luego se desplomó en la silla más cercana.

Sigurd depositó ambas flechas llenas de sangre sobre una mesa y agarró un trapo para secarse la frente.

—Signe, ¿estás segura de todo esto? Entiendo que lo amas pero… —Sigurd fue bruscamente interrumpido por su hermana.

—Lo estoy. Deja de hacerme esa pregunta. Sé en el lío en el que me he metido —No podía abandonarlo. Magnus nunca le había dado la espalda, aun cuando la gente la había tratado de bruja. Por lo que ella sentía el deber de hacer lo mismo por él:—Él me ha hecho una promesa y sé que va a cumplirla.

Sigurd vio la determinación en los ojos de su hermana. No pensaba dejar de apoyarla, simplemente había querido que ésta hubiese puesto su vida como prioridad.

—Tenemos que recuperar lo que hemos perdido —Signe dijo mientras que cerraba los puños. No tenía la menor idea de cómo iban a hacerlo, pero era capaz de todo.

Sigurd colocó una de sus manos sobre el hombro de Signe.

—Puedes contar conmigo —Sigurd le prometió. No tenía buena opinión sobre Magnus, pero confiaba en su hermana.

Días después, se celebró la coronación de Markell y de Sissa, como los nuevos reyes del imperio. Ambos lucían trajes tan blancos que competían con la misma luz de la luna. La diadema de Sissa iluminaba a quien se acercara a ella. No habían escatimado un solo centavo en aquella celebración.

Tras la coronación en la catedral central, ambos recorrieron las calles sobre una carroza rodeada de guardias. Tanto Metta-Lisse como Bertram estaban trabajando arduamente en la seguridad de la pareja real.

—Una nueva era ha empezado —Markell murmuró mientras que miraba a la multitud. No dejaba de preguntar cuántos de los presentes ya estarían trabajando para derrocarlo. Esbozó una sonrisa, quizás su nuevo reinado sería mucho más divertido de lo que inicialmente había esperado.


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