13. La vida sigue
21:23, Sábado 3 de Febrero, hoy pruebo a sentarme sobre la mesa porque tengo para rato y si no cojo dolor de espalda
Querida libreta que tengo que usar hasta que no sea mayor de edad y me dejen tomar antidepresivos:
Y sí, la vida sigue. Con la resaca anclada en tu sistema digestivo, y con la vergüenza pesando sobre tus espaldas, pero el mundo no deja de girar, ni la gente de hablar de tu baile/streaptease sobre una barra, ni tus profesores de poner exámenes y trabajos enciclopédicos así que sí, aparqué mis intenciones suicidas para poder aprobar el trimestre con nota y aquí estoy, unas tres semanas después de "la noche que no fue mi noche y que me hizo ver que beber es malo y que nunca jamás volveré a salir". Mortalmente confundida y atolondrada.
Pero como siempre, tengo que hacer un flashback para que lo entiendas todo.
Creo que la última vez que hablamos, mi última palabra fue "vómito", o "zapatos de Rukawa" o algo por el estilo. No importa el término con el que lo ejemplifique, ya ha quedado bastante claro que mi patetismo puede ir más allá. ¿Podría caer aún más bajo?
Oh, ¿pero es que aún me subestimas? Por supuesto que sí.
Mi duro despertar empezó con la sensación de una garganta rasposa y una cabeza que se sentía como si fuese la batería de un concierto de heavy metal. Estaba completamente sudada pero, a la vez, me moría de frío. Rebusqué mi nórdico, pero no lo encontré. Se habría caído. Me encogí sobre mi cama y la noté áspera y rasposa. Vale, me había caído yo. Finalmente me aventuré a abrir los ojos, más valía volver a dormir cómoda y calentita después de una agradable ducha que seguir revolcándome por el suelo, en mi ropa sudada, impregnada de tabaco. Cuando me incorporé me golpeó un malestar terrible. No sabía decir qué me dolía más ni en qué postura me mareaba menos. Y, a pesar de no llevar mis gafas y tener mi visión entelada por 6 dioptrías de miopía, supe que aquello no era mi habitación. Ni siquiera era mi casa.
-¿ Pero dónde estoy? – Me levanté de golpe pero me mareé tanto que me caí. Por suerte fue sobre un sofá.
Piensa que en aquel instante yo no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado la noche anterior. Mis recuerdos se habían ahogado con el primer cubata, y sólo recordaba una pista llena de gente y un amanecer borroso. Nada más. Ni a nadie más. ¿Dónde podría haber acabado la noche?
- En casa de unos narcotraficantes con los que hiciste negocios ayer por la noche.
Me giré conmocionada y vi como una figura borrosa venía hacia mí. Era Rukawa. Que gracioso el muchacho, menudo susto.
- ¿Rukawa?
¡Un momento! Qué hacía yo en casa de Rukawa? Habríamos… O no, me acordaría.
Y entonces, el primer flashback mental entró en escena:
- Bueno pues… Voy a buscar a Rukawa! A lo mejor mañana me paso a verte… Ya me entiendes, si me despierto cerca de tu casa… Jajajaja
Era una voz tan repelentemente aguda y algo estridente. Era Mari. Y Rukawa. ¿Mari y Rukawa? Otro recuerdo me sacudió; una melena negra, lacia, y unas manos pálidas enredadas en ella, Rukawa cogiendo a Mari por la cintura y besándola apasionadamente. Como me encantaría que me besase a mí. Pero la estaba besando a ella. Algo se rompió en mi interior mientras intentaba esbozar una sonrisa de buenos días.
- Rukawa yo… ¿Qué hago aquí?... Lo siento, seguro que te he causado alguna molestia. Perdona por… sea lo que sea.
- ¿Por emborracharte como una cuba y vomitarme encima? Sí, claro. – Le miré anonada. Vale, ya me podía imaginar que los tiros habían ido por un derrotero patético y lamentable, pero no hacía falta que me lo echara así en cara, cuando yo aún estaba vulnerable, resacosa y, probablemente, algo borracha.
- Bueno… No recuerdo nada. Lo siento, de verdad.
- No pasa nada – Me dijo esto como si me hubiese dicho la hora. Ningún sentimiento ni ninguna expresión. ¿Porqué estaba tan rencoroso? ¿Tal vez le había aguado la noche con Mari? ¿Habría sido capaz de interponerme? ¿Decirle a Mari que era una zorra? Oh por dios, mil teorías se pasaron por mi mente en aquellos instantes. Simulé mil recreaciones en las que yo apartaba a Rukawa de Mari y le confesaba mi amor eterno. Joder, esperaba realmente que la cosa no hubiese ido así… Más me valía.
- Toma – Miré a Rukawa, que me estaba ofreciendo un zumo de naranja. Qué majo. ¿Se puede ser más majo? ¿Y más guapo? ¿Y más sexy?
- Gra…gracias – dije balbuciendo un poco. Me moría de ganas por preguntarle si sabía qué había pasado ayer, pero claro, cualquier se arriesgaba… Tal vez fuese mejor enterarse por rumores en el Shohoku o confiar en que la Madre Naturaleza me devolviera mis recuerdos cuando fuera lo suficientemente madura y responsable como para asumirlos. El zumo estaba súper bueno, se notaba que estaba recién exprimido. Y empecé a pensar en la de tiempo que hacía que no me tomaba un zumo natural, porque antes me los solía hacer mi madre, pero como ahora ya nadie se levantaba antes que yo y yo siempre iba tarde, nunca me los hacía. Y Rukawa, que después de vomitarle tuvo la amabilidad de llevarme a su casa y prepararme un zumo por la mañana. Peor aquello era puntual y la única destinataria de los zumos de Rukawa a partir de ahora sería Mari. Me entraron ganas de llorar. Y todo por un puto zumo. – Prrrrfff, no beberé más en mi vida.
- ¿No? – Rukawa me miraba escéptico, levantando una ceja.- Con lo bien que te lo pasaste…
- Prrfff, mira, no me digas nada. Prefiero no saberlo. Mi cerebro es inteligente y ha bloqueado los recuerdos, porque seguro que son odiosos.
- Tú misma.- Este hombre, es como el zumo, al cabo de un rato se le van las vitaminas. Veníamos de que fuese amable y comprensivo y ahora ya volvía otra vez a sus frases secas y a sus miradas frías.
- ¿Qué pasa? ¿Porqué lo dices con ese rintintín?
- Nada. Tú misma. No siempre habrá ahí alguien para recogerte y evitar que hagas tonterías.
- ¿Perdona? Muchas gracias por todo, Rukawa, de verdad. Ya te lo he agradecido antes, pero tampoco es para ponerse así. No tenías la obligación de recogerme y aguantarme, me sé cuida perfectamente sola. – Reconozco que me empecé a poner un poco borde, pero es que estaba muy tensa. Rukawa se había referido a tener que llevarme a casa como si fuera un absoluto coñazo. Como si tuviera cosas mejores que hacer. Como haberse liado con Mari, y habérsela traído a casa mientras yo volvía demacrada en el primer autobús. Sentí que me trataba como si fuese un estorbo a quien su moral no había podido evitar recoger.
- Oh, claro, venga. Si ya te ibas a tirar a todo lo que se te ponía por delante. Si no llega a ser por mí hubiese acabado en un descampado o allí en medio…
No le dejé acabar. No podía soportarlo. ¿De qué iba ese tío? Justo cuando crees que un poltergeist lo ha poseído y se ha vuelto majo y amable va y empieza a tratarme como si fuese una cualquiera. Sin conocerme. Sin saber porqué hacía las cosas. Por quién las hacía.
- Mira, Rukawa, estás mucho mejor callado. Al menos no pareces un gilipollas. Gracias por todo, pero no creo que tenga que aguantar que me juzgues cuando no tienes ni puta de quién soy.
Él iba a replicarme, pero algo en mi expresión le advirtió que era mejor no hacerlo. Me encaminé hacia la puerta y me dispuse a abrirla para irme como si estuviera súper indignada (que lo estaba). Estaba cerrada con llave. Por suerte Rukawa lo vio antes de que yo tuviera que decírselo, y menos mal, porque estaba llorando. Intenté esconder mi cara entre mi pelo y espero de todo corazón que no me viese. Porque el panorama ya no podía ser más desalentador.
Y así, querido diario, es como amaneció la peor mañana de mi vida. Sobre todo cuando empecé a recordar. Y a asociar cosas. Sin duda Rukawa me había visto con Kaoru. Seguro que pensaba que era una guarra que se iba con el primero que se le ponía delante. No es que me importase, si Rukawa pensaba aquello, allá él, yo conocía bien mis motivos y mis razones y oye,… ¿porqué no podía irme con el primero que pasase? Estaba soltera, y borracha, no tenía por qué darle explicaciones a nadie. Y mucho menos a él.
Y así fue como los incipientes cimientos de nuestra relación desaparecieron por completo, no más trayectos juntos de casa al colegio, ni más clases particulares, ni más partidos de la NBA en mi casa…
Nada.
Como si nunca nada hubiera pasado.
Vale, no es que tuviéramos aquello una historia de años y mil aventuras vividas juntos, pero oye, eran aquellos pequeños detalles. Pensarás que estoy loca y que me estoy inventando una relación que ni siquiera ha existido… Y probablemente sea asi.
Pero en fin. La vida siguió, el segundo trimestre empezó, poco a poco fui dejando de ser el tema de conversa, Mari y Sendoh empezaron su relación oficial,…
Y yo no podía evitar echarle de menos. Las cosas estúpidas y absurdas, el encontrármelo en el ascensor cuando venía de entrenar y yo de compras, las noches que vino a mi casa sólo para ver el básquet, encontrarlo poniendo comida a Miau porque sabía que yo era un absoluto desastre y nunca me acordaba…
Me he pasado tres semanas comiendo helado. Como si estuviese superando una ruptura. ¿Una ruptura de qué? Si ni siquiera era amistad… Tras mucho reflexionar y meditar, estos días llegué a la conclusión de que no podía seguir así. Lo mío con Rukawa había sido una ilusión óptica, una relación convencional de la que él sacaba un enorme provecho: cable y pizza gratis, pelotas secuestradas, clases de repaso.
Así que todo tenía que cambiar. Yo iba a ir a por todas. Y todo gracias al trabajo colectivo de historia.
Te habrás percatado ya de que en el Shohoku les gusta mucha hacer milongas así grupales para conseguir objetivos que van más allá de lo académico. Cada año hay un trabajo de historia que se debe hacer por parejas, y estas las organizan los diversos profesores entre todos los alumnos de un mismo curso, por aquello de evitar que siempre te emparejes con la misma gente y que aprendas a trabajar con gente con la que no te sueles llevar. Los resultados ya se habían publicado y yo estaba de suerte, me había tocado con Yoishiro Akamoto, un chico de 2-4 bastante resultón. Jugaba en el equipo de fútbol y era muy atractivo. Y definitivamente mucho más simpático que Rukawa. Entiendo que no es difícil y que mi tortuga "Lechuga" (sí tuve una tortuga. No, el hecho de que cayera del balcón hacia abajo fue algo completamente fortuito y accidental que no estuvo en absoluto relacionado con el hecho de que estuviera jugando con Lechuga a los Power Rangers)era más afectiva que él, pero nunca está de más valorar ese factor.
Así que el jueves pasado miré de subirme la falda un poco más, me levanté media hora antes para plancharme el pelo y maquillarme – pero en plan natural, que no se notase que iba en misión de caza mayor – y me armé de valor y confianza para acercarme a Yoishiro y proponerle una cita. Académica, per cita a fin de cuentas.
Le encontré saliendo de su clase a la hora de comer y por suerte estaba solo. La verdad es que también podría haber hecho él el paso, vaya ganas de hacer pasar un mal rato a la pobre Shina, pero al final la ocasión era óptima.
- Akamoto! – Él se giró buscando a quien le había llamado, y cuando me vio me sonrió. Y qué sonrisa. Aquel chico iba a ser un novio perfecto. Y no tenía un sanguinario club de fans, otro elemento que suma Shini-puntos.
- Ei, Suzakaishi, te he estado buscando estos días. ¿Dónde te escondes? –Otra sonrisa. Oh, por dios, que susceptible soy a los encantos masculinos.
- Bueno, yo… nada, he estado por aquí pero… no habremos coincidido. – Intenté sonreír igual de arrebatadoramente que él, pero creo que todo se quedó en un intento y una mueca similar a la que haría una mula cuando rebuzna – Pues… Ahora que nos hemos encontrado jajajaja – No puedo controlar mi risa estúpida cuando hay un chico cerca – Qué te parece si quedamos un día para empezar a mirarnos el trabajo?
- Sí, genial! Te iría bien el sábado? Quieres que quedemos en la Biblioteca?
- Sí, el sábado perfecto! Si quieres vamos a mi casa… lo digo por estar más tranquilos y porque tengo bastantes libros y tal.
- Ah… no molestaremos a tus padres?
- Vivo sola. Pero si prefieres ir a la biblioteca, yo…
- No, no, qué va. Pues dame la dirección y estoy allí a las 10. Va bien?
- Va fantástico –Y desplegué una sonrisa tan amplia que seguro que me hizo quedar como una estúpida, pero no podía evitarlo. Era tan majo, y tan simpático, y hablar con él era tan fácil… - Pues te apunto la dirección – Saqué un boli, y rebusqué entre mis libros – Um… Tienes papel? No encuentro…
- Es igual, apúntalo aquí – Dijo mientras se arremangaba la camisa y me enseñaba su muñeca. Que antebrazo más fibrado. Qué poco autocontrol tengo…
Le cogí de la muñeca y le empecé a apuntar mis datos. No podía sentirme mejor, todo estaba saliendo a pedir de boca…
Y pasó Rukawa, justamente en ese instante por el pasillo. Chasquis, ya tenía que venir a aguar la fiesta. A pesar de que esos días intentaba alejarme de todo lo que le implicara, ni pude evitar echarle un ojo a su nombre en la lista de las parejas. Iba con una chica. Tal vez estaba planeando lo mismo que yo. Zorro insensible.
- Bueno, Akamoto…
- Llámame Yoishiro, Shina – Otra sonrisa. Otro flechazo fugaz.
- Pues nos vemos el sábado, Yoishiro.
- No veo el momento de que llegue. – Me guiñó el ojo y se fue, con la mochila al hombro, sin deshacer su sonrisa.
Yo tampoco lo veía, que los días de la semana se fueran deslizando hasta que llegara el Sábado, hasta que llegara él, se me iban a hacer eternos. Estaba luchando contra todas la Shinas ilusas que viven en mí, porque hay que decir que Akamoto tenía fama de ser amable y encantador las 24 horas de día y con cualquier tipo de persona con la que se cruzara. Si Darth Vader llamara al timbre de su casa, le preguntaría amablemente que querría tomar. Pero aún mi razón se iba hundiendo poco a poco en las entrañas de mi imaginación, que ya planeaba una relación tórrida y romántica a partes iguales, una boda en una playa virgen de Hawai y un rebaño de retoños monos y tan encantadores como su futuro progenitor. Sí, todo iba a empezar ese sábado. Al principio nos daría cierta vergüenza y yo le sonreiría tímida desde el linde de la puerta, el rompería el hielo con un piropo moderado y, después de muchas horas de estudio, me diría si quería ir a tomar algo para relajarnos. Y el resto sería historia. Sería amor. Sería una familia feliz y una vía de escapa del patetismo que había impregnado mi vida hasta ahora.
Verás que si estoy explicando mis ensoñaciones despiertas con tanto detalle es para que puedas ver cuán equivocada llegaría a estar.
Los días se pasaron más rápidos de lo que esperaba y sin ningún tipo de cruce o roce con Rukawa. Ni en los pasillos del instituto, ni en el rellano de nuestros pisos, ni en el ascensor ni detrás de helecho. Ese caminar indiferente y esa mirada que nunca más se dignaría a posarse en mi fue lo último de él que vi. Y me hice la idea de que era mejor no verlo más. ¿Porqué si había chicos tan majos y solícitos como Yoishiro me iba a interesar un tío sin ningún tipo de emoción ni empatía por el resto de la humanidad?
El día llegó y toda mi piel se erizó en cuanto sonó el timbre a las diez tocadas. Me había levantado con tiempo para inspeccionar mi armario y dar con estilismo casero a la par que sexy pero sin resultar demasiado forzado y con ese aire chic de chica que ha visto mundo y lo demuestra sin querer. Combiné mis mejores vaqueros con un jersey que tenía la espalda muy escotada y un collar bastante vistoso. Mi pelo ese día me había quedado bastante bien, algún mérito hay que reconocerle, y pese a seguir siendo una masa homogénea y descontrolada parecía que más o menos me hubiese peinado. Sólo necesite una capa de rímel y un pintalabios muy natural y ya está, ya podía abrir la puerta, con mi taza de café humeante entre las manos y una sonrisa discreta y seductora.
- Hola Suzakaishi!
Me quedé conmocionada durante varios segundos, sin saber qué decir. Yo creía que tras la puerta me esperaría la sonrisa incansable y las armónicas facciones de Yoichiro, su voz segura y sus miradas cálidas. Mi futuro marido tenía que estar ahí, dispuesto a caer en las redes de mis encantos y a pedirme matrimonio cuando hubiésemos acabado la Universidad.
-Eh... Hola, ¿qué haces aquí?
En cambio, el destino había traído a mi puerto a una mole pelirroja de casi dos metros. Era Hanamichi Sakuragi, a quien probablemente recuerdes de episodios como "Shina cabalgando entre hordas de animadoras enfurecidas". Tenía una expresión muy afable, y la verdad es que el chico me dio buena impresión en cuanto lo conocí, pero no dejaba de imponer e infundir cierto miedo, es el típico chico que te encontrarías en un callejón haciendo negocios turbios.
- Soy tu nuevo compañero del trabajo – Una amplia sonrisa le iluminó el rostro mientras las diapositivas de mi vida con Yoishiro pasaban rápidamente por mi mente, fugándose al lugar donde duermen mis fantasías imposibles – Akamoto me dijo si me iba bien cambiarme la pareja, porque él vive más cerca de la mía y le iba mejor.
- Pero... pensaba que no... que no se podían cambiar...
- Tranquila lo hemos solucionado.
- ¿Cómo?
- No te preocupes por los detalles – Dijo mientras se quitaba las zapatillas y entraba n mi comedor – Anda, café! Gracias, lo necesito – Me arrebató la taza de las manos y se sentó en mi sofá. - Bueno, bueno... Un trabajo, ¿no? Qué es, de matemáticas?
- Ehm... No de historia.
- Anda, historia! Qué bien!
Yo aún estaba en la entrada, parpadeando infinitas veces por segundo. ¿Qué quería decir que Yoishiro prefería hacer el trabajo con alguien que viviera más cerca? ¿Porqué no me lo había dicho el martes? Todo aquello era rarísimo, y yo ahora tenía a un tío sentado en mi sofá que si ni siquiera sabía para qué asignatura estaba allí. Encima eso, Yoishiro era un chico listo y los dos habríamos hecho una buena pareja académica (y romántica, claro, pero eso iba después), ahora todo apuntaba a que me tocaría cargar con todo el trabajo yo sola. Sin entender aún absolutamente nada, fui a la cocina a hacerme otro café mientras intentaba entablar algo de conversación con el pelirrojo allanador de moradas.
- Entonces, Sakuragui, ¿se te ocurre algo? Tiene que estar relacionado con las segunda Guerra mundial.
- Ah. Pues no. No sé. ¿Esa cuando fue? -Oh dios, me iba a traer más trabajo hacer el ensayo con él que sola.
- La de 1939 a 1945. - Ahora que mi café volvía a estar hecho y calentito, le puse la leche y empecé a remover con la esperanza de que se hiciera algo de espumita – Yo había pensando que podríamos coger el ataque a Pearl Habour, y narrarlo como si fuéramos diarios de diferentes países, en plan, cómo lo explicaría un japonés, cómo un americano... No sé, Sakuragi, ¿a ti que te parece? - Le eché un poquito de vainilla algo extrañada, mi piso era como una caja de cerillas, aparte de tonto estaba sordo también? - ¿Sakuragi?
Me di la vuelta y me asomé por la barra americana de la cocina, intrigada por la poca interacción de mi invitado.
- Sakura... - Mis palabras se aturdieron en mi boca cuando vieron que el pelirrojo usurpador de cafés estaba con la cabeza pegada a la pared.- gi...
- Ah, hola, Shina, nada, nada, que me decías? Pearl Habour? Pero eso qué es, una película, ¿no? ¿No era un trabajo de historia?
Mi Shina interna estaba desesperada, pero decidí armarme de paciencia e intentar que al menos la primera parte del trabajo fuera algo conjunta.
- Mira, aquí tengo información que encontré en la Biblioteca. Tú léetela, pregúntame lo que no te quede claro, con calma, y yo de mientras preparo el guión del trabajo, ¿vale? Luego nos lo miramos todo juntos.
- De acuerdo! - Asintió muy enérgicamente, pero en cuanto vió el taco de folios que había fotocopiado los cogió con una expresión abatida y se puedo a leer haciendo una mueca aburrida con los labios. Yo empecé a escribir la introducción del trabajo, dando por sentado que lo haría todo yo, y después me enfrasqué en hacer esquemas y en distribuir tareas. Cuando ya llevaríamos una media hora concentrados, levanté mi mirada de los apuntes para preguntarle a Sakuragui si quería comer algo, y lo encontré muy tenso, mirando fijamente hacia la pared.
- Sakuragui, ¿te pasa algo?
Me miró con cara de circunstancia, tenía una expresión muy preocupada. Iba a volver a preguntarle si se encontraba bien cuando se levantó de golpe y fue corriendo hacia la pared. Cogió el jarrón que había encima de la estantería, lo vació tirando las flores y agua sobre la alfombra y encaró el jarrón sobre la pared, acercando su oreja a la abertura del jarrón decorativo.
- Sakuragi qué diablos?...- Mi cortesía y mis formas se fueron cuando el pelirrojo macarra pisó mis preciosas lilas.
- Tshhhh – Me indicó que me callase poniendo su dedo índice sobre su boca – Escucha...
Intrigada porqué sería lo que escuchaba y qué demonios habría en mi pared, acerqué también mi oreja. Sakuragi y yo nos quedamos cara a cara, concentrados en descubrir qué decía el gremlin de dentro mi pared (en aquellos momentos era la teoría que más plausible me parecía). La situación, como te puedes imaginar perfectamente, era de lo más esperpéntica. Entonces escuché unas risas. Unas risas histéricas y femeninas que me dieron una breve pista de porqué Sakuragi estaba así. Le miré interrogante esperando una explicación. Él empezó a susurrar.
- Haruko es la pareja de trabajo de Rukawa...
- ¿Y?
- ¿Cómo que y? Rukawa… Y Haruko… ¡Juntos! Y si pervierte a mi querida Harukito? Sola, en su casa? ¡Tengo que evitarlo!
Me alejé de la pared y le indiqué a Sakuragi con la mano que viniera. Nos sentamos en el sofá.
- Sakuragi, creo que puedes estar tranquilo. Si Haruko es tu novia no creo que...
- Futura novia. Ella aún no lo sabe.
- Vaya. Bueno conozco... un poco a Rukawa. Y no creo que vaya a abusar de ella porque...
- ¿Pero cómo no iría a hacerlo? Haruko es la mujer ideal, es preciosa y perfecta, es lista, sabe de básquet, le encanta, se le da bien el deporte... Yo cuando los veo juntos en los entrenamientos siempre pienso que Rukawa le va detrás...
- ¿Ah sí? ¿Es muy guapa?
- Mucho. Guapa? No, no es sólo guapa, es preciosa, es una princesa, una diosa que ha bajado a la tierra para hacernos más felices al resto de los mortales.
Mierda. Así que a Rukawa no sólo le había tocado hacer el trabajo con una chica, sino que le había tocado con una a la qué solía a ver a menudo, que era preciosa y que además estaba muy interesada en el básquet. Sakuragi tenía razón, aquello podría acabar en cita. Vale que Rukawa no era conocido por estar interesado en las chicas por guapas que fueran, pero si empezaban a hablar de básquet y... Leches, y yo que pensaba que era la única que tenía una relación privilegiada con él. Bueno y Mari, que aún no he podido aclarar desde cuando son tan amigos y hablan tanto, tengo que indagar.
- Entonces… ¿Por eso te has cambiado el turno con Akamoto? - Ahora empezaba a entenderlo todo.
Él se encogió de hombros.
- Es que no puedo soportarlo. Llevo ya dos años detrás de Haruko y sí, es muy simpática conmigo pero es incapaz de verme como algo más... Encima va y le toca el trabajo con él, ostias - Cuando vi la cara de cachorrito abandonado una fría noche de invierno de Sakuragi se me encogió el corazón y le perdoné de ipsofacto todo lo que había hecho hasta ahora. Un puntito de mi se sentía tan identificada con él...
- Sé lo que quieres decir, Sakuragi. Pero tú... ¿te has declarado alguna vez? A lo mejor no te ve como nada más porque no le has dado pie a que te vea como otra cosa...
- Lo he pensado muchas veces... - Cogió un cojín y se abrazó a él – Pero es que ya me han rechazado 50 veces, no podría con una calabaza más... - Ostis. 50 veces eran muchas veces.
-Ya, pero nunca se sabe...
-Es que ella está cegada con Rukawa. No lo entiendo, es borde, antipático,... Y está loca por él.
-Si Hanamichi,... - Me abracé a un cojín yo también – Yo tampoco lo entiendo. Yo aún no he sabido ver a la persona que hay detrás de Ruakawa, cuando parece que está a punto de asomar, ¡zas!, el ciborg del corazón de acero de vuelvo a recomponer otra vez.
-Cómo lo odio... Puto zorro. Y ahora está ahí, a solas, con Haruko...
- Bueno, podrían dejar de estar a solas. Podríamos necesitar algo de su cocina. Y podríamos entrar y... Ya no estarían solos.
No tardé en arrepentirme de haber dicho aquello en voz alta. Aquello era algo que pensaba la Shina maquiavélica que tenía intenciones de interrumpir una cita. Al fin y al cabo si a Rukawa le gustaba aquella chica, y viceversa, ni Sakuragui ni yo éramos nadie para cortarles el rollo. Pero no había podido evitarlo, la conversa entre el pelirrojo y yo se había convertido en una reunión de corazones despechados, y todo encajaba la perfección; él no quería que entre aquellos dos surgiera nada, yo tampoco, vivíamos al lado de Rukawa y todo era tan fácil cómo irrumpir el pasteloso ambiente que sus confesiones de amor hubiesen podido crear. Mientras mi ética interna, abrigada entre capas de narcisismo y envidias insanas, se debatía entre lo que sería correcto y lo que no, Sakuragi me miraba de forma cómplice con el rostro iluminado.
- ¡Claro! Eso es! Muy bien Shina, esto va a ser el principio de una gran amistad – Dijo de forma épica mientras se ponía en pie
- Espera, espera, que era un decir…
- No, no era un decir – Me guiñó el ojo de forma pícara – Yo quiero un batido de chocolate, y tú no tienes. Así que se lo tendremos que pedir a Rukawa.
Cuando me di cuenta ya había salido por la puerta y se estaba sintiendo un timbre insistente. Salí corriendo hasta el rellano (asegurándome de coger las llaves, eso sí, esta vez no volvería a picar) y cuando cerré la puerta miré anonadada como se empezaba a construir una pared de tensión entre las mirada desafiante de Sakuragui y la ira contenida que irradiaba Ruakawa.
- Se puede saber qué haces tú aquí, ¿mono de mierda?
- Cállate zorro asqueroso, yo estoy donde me sale de los co… Vaya, Haruko! – Los gestos de Hanamichi se volvieron dóciles como los de un oso panda recién nacido y empezó a ponerse casi tan rojo como su pelo – Pero que… pero que casualidad! ¿Qué haces aquí?
- Sí, cómo si no lo supieras – murmuró Rukawa mientras se hacía a un lado para dejarle pasar, sabiendo que al fin y al cabo aquello era inevitable. - ¿No entras? – Me cogió por sorpresa, y cuando me fijé en él vi que me estaba mirando directamente a los ojos. Me quise derretir, ¿cómo puedo albergar sentimientos tan bipolares hacia este hombre? ¿Soy normal? ¿Tengo un alma de chica sumisa y por eso me siento atraída hacia el chico que peor me puede hacer sentir? En ese momento me dejé de cavilaciones y me apresuré a entrar, sin poder sostenerle la mirada y tarareando una tintineante expresión de asentimiento.
La puerta se cerró y una de las escenas más surrealistas que he vivido nunca cobro vida. Te podrá parecer exagerada la expresión, viniendo de estar desnuda en casa de mi vecino, de una batalla campal con animadoras, de unos panfletos en que se publicitan mis servicios impúdicos y de un baile en que enseñé el culo a todo el Shohoku. Pero es que la cosa era rara en sí. Sobre todo desde el momento en que Hanamichi abrió su bocaza.
- Veníamos porque ya es la hora de comer y Shina tiene la nevera vacía. Y nos hemos dicho… tal vez el vecino tenga algo. No, Shina?
- Eh… - No sabía hacia dónde mirar. El extraño amago de relación amistosa que había habido entre Rukawa y yo las últimas semanas se había diluido por completo en aquel zumo de naranja matutino, y ahora me presentaba en su casa, acompañada de su peor enemigo, pidiendo que nos diera de comer. Fantástico, el escenario era digno de montar una fiesta, llamar al cerdo ibérico del gorrito y montar todos una conga para celebrar lo absurdo de la situación. – Bueno. No ha ido exactamente así, yo…
- Claro, es genial! – Reparé entonces, por primera vez, en la futura novia de Rukawa. Cabe decir que la descripción de Sakuragui estaba más que sobredimensionada, la chica era de lo más normalita… Bueno era mona, sí, y el chico estaba enamorado, pero si había sobrevivido a años de Mari, competir con aquella chica menuda e inocentona era cosa de aficionados.- Comamos juntos! Ya sabéis que para el equipo es importante que nuestros dos jugadores estrella se lleven bien, y las actividades fuera de la cancha fomentan las relaciones interpersonales… - Mira, otra que había hecho la optativa de psicología.
- ¡Eso mismo había pensado yo, Haruko! – Sakuragui la miraba embelesado, asintiendo con una sonrisa bobalicona. Qué mono, me sabía tan mal que no tuviera suerte con sus relaciones… Decidí, en aquel instante, que haría todo lo posible para que Haruko le viera como veía a Rukawa. – Pues mira, vosotros, vecinitos, os quedáis a hervir fideos y como sé que te falta salsa de soja, Rukawa, Haruko y yo la vamos a comprar ¿vale?
¿Quééé? Vale, sí, me había propuesto ser una buena samaritana y ayudar a Hanamichi a conquistar un corazón, pero si eso implicaba tener que quedarme a solas con Rukawa y nuestros problemas sin resolver, el celestinaje podía aplazarse perfectamente para otro día. Sin embargos apenas me dio tiempo a tartamudear una réplica que Sakuragi ya se había llevado a Haruko de la mano por la puerta.
Me giré hacia Rukawa. Había tanto silencio que el giro de mis pies sonaba como un reloj antiguo de cu-cut a media noche. Aquel movimiento fue casi doloroso. Le miré. Me miró. Se largó, tan campante, a preparar los fideos mientras yo me quedaba en medio de su salón, preguntándome en qué momento el destino había decido volver a hacerme la bufón oficial de su corte y presentar a Hanamichi ante mi puerta en vez a un príncipe azul de instituto.
- ¿Lo tenías que traer a mi casa? ¿De verdad? - Resoplé mientras me dejaba caer desplomada en el sofá. No tenía fuerzas, aquellas dos semanas habían sido demasiado intensas como para poder soportar más reproches de Rukawa.
- Sabes tan bien como yo que si estamos aquí no por mi culpa, y que si hubiese podido evitarlo lo hubiera hecho. – Rukawa salió de la cocina con un delantal puesto. Por dios, hasta con un delantal, la prenda que encabezaba las listas de las prendas anti-morbo junto a la batamanta, Rukawa estaba para tirarle en la encimera y quitarle la ropa a mordiscos. Tengo un problema, está claro: Rukawa es un gilipollas, un anormal, un imbécil, pero todas esas cualidades están encerradas en un cuerpo que me hace suspirar y pensar en escenas que no sería apropiado reproducir en este diario.
- Si, tienes razón. Si ni siquiera os había tocado juntos. – Ehh, y él cómo sabía eso? Al tiempo que mi corazón palpitaba emocionado, creyendo que se había tomado la molestia de mirar con quien me había tocado por saber a qué manos iba a parar, me acordé de que me había visto con Akamoto en el pasillo.- Es capaz de lo que sea con tal de hacerme la vida imposible.- Murmuró con rabia
- Oye, Rukawa – Me incorporé del sofá y me senté a un lado, le miré. El se sentó en el otro, con esa pose desganada que era tan extremadamente sexy y que volvía increíblemente loca. Por dios. Sueno como una de sus animadoras- Te puede parecer que Sakuragui sólo quiere joderte, pero es que él está muy colado por Haruko, y cada vez que os ve juntos pues…
- Es que no es mi culpa. – Encendió la tele y siguió hablando mientras cambiaba de canal – Yo nunca le he dicho nada, ni le provoqué en un principio. Yo le gusto a una tía y el problema es mío, es que hay que fastidiarse, macho.
- Oooh, claro. La dura vida del chico guapo-que-te-mueres – Entendía a Rukawa pero yo, que había lidiado tanto con su versión feminizada, me sentía tan Sakuragui que podía salir de su piel- Algo malo tenía que tener – Le canturreé
Rukawa bufó y pasó el siguiente canal apretándolo con demasiada fuerza.
- Claro. Qué vas a saber.
- Lo mismo que tú cuando opinas de mi – Todo mi rencor acumulado sazonó aquellas palabras que me quedé con las ganas de decir la última vez.
- Pues vale.
- Pues mira.
Nos quedamos los dos muy concentrados viendo la tele. Cuando me di cuenta de que el programa en cuestión era Bob Esponja supe qué con aquella discusión habíamos tocado fondo. Aquello nunca se solucionaría, nunca podríamos seguir hacia delante. Rukawa era Rukawa, el borde chico guapo, y yo era la pobre patética que nunca haría nada bien.
- Es que siempre soy yo el malo de la película
Estaba tan sumida en cómo Bob Esponja preparaba con alegría las cangreburgers que aquella frase me cogió súper desprevenida. Me giré lentamente hacia Rukawa y vi su expresión de cachorrito frío como el hielo con mirada impasible. Si, la expresión de su rostro seguía como siempre, y el tono de sus palabras también. Sin embargo, yo no podía evitar ver un cachorrito escondido y arrullado entre aquellas palabras heridas. Y todos sabemos mi debilidad por los cachorritos.
- No creo que veas las cosas como las ven los demás. – Le dije mirándole y esperando a que su mirada se derritiera y a que depositara todos sus secretos inconfesables en mi confianza. Miento como una vil bellaca, en realidad mi verdadera esperanza era que se abalanzara sobre mi y empezara a besarme con desenfreno. Pero mis hormonas tendrán que esperar. Aún más.
- ¿Cómo las ven los demás? Porque yo veo que en el equipo no le caigo bien a nadie, todos están del lado de Sakuragi, y no importa cuánto me esfuerce o cuantas pelotas enceste, que siempre es él al que hay felicitar porque antes era una torpe de mierda que no sabía hacer ni la o con un canuto y ahora ya no. Felicidades por ser un mediocre con suerte.
Rukawa seguía mirando a Patricio mientras yo me conmovía por dentro. Sí que era un pobre cachorrito desvalido, que sentía envidia y frustración como el resto de los seres mortales. No sabía ni que decirle. Mi optativa de psicología no me había preparado para consolar a Rukawa, el hombre de hielo.
- Sé que puede parecer duro que nadie te valore. Pero piensa que es porque te dan por sentado. Tú ya eres bueno. Ya eres el mejor jugando a básquet. Tú ya gustas a todas las chicas… Por el amor de dios, tienes un club de animadoras que se cuenta por decenas. No digo que Sakuragi no tenga la culpa de crear tensiones en el equipo – En ese momento se giró, y me miró. Quise morir. Quise tirarme sobre él. Quise que me desvirgara con esa misma mirada con la que me miraba. Pero me mostré impasible y no flaqueé en mis consejos psicológicos – Seguramente si os peleáis es siempre por su culpa. Y no digo que le perdones, ni que cambies lo que sientes hacia él. Sólo digo que intentes entender sus motivos para hacerlo. Eres todo lo que él no es, y la única chica que le importa, la única a la que ni siquiera se atreve a declararse, bebe los vientos por ti. Le podrías dar un respiro.
- ¿Pero qué más puedo hacer? Soy un estúpido con ella cuando estamos entrenando, tanto que me sabe hasta mal, porque la chica es maja, pero ni le quiero dar falsas esperanzas ni me apetece morir a manos de ese imbécil…
- Pues… No lo sé. También podrías hablar con Sakuragi y decirle como te sientes. Ser un poco adultos e intentar reconciliaros.
Me dio la sensación de que Rukawa iba a decir algo, pero en ese momento sentimos el alegre e histriónico parloteo de Hanamichi en el rellano. Los dos nos levantamos para ir a mirar el estado de los fideos y, justo cuando me encaminaba hacia la cocina, pasó.
Ohhhhhh díos mío!
Hiperventilo.
No sé cómo decírtelo.
Fue tan rápido. Tan intenso. Se hizo eterno. Me hubiese gustado que se hiciese eterno. Pasar toda mi vida así. Pero fue fugaz. Ni siquiera me di cuenta. No pude apreciarlo.
Wahahahhhggggggggggggggggggg ggg
Iba a la cocina cuando algo me cogió de la mano. Y me atrajo hacia sí. Y cogió mi cabeza con sus manos. Con una sutil brusquedad, con una viril delicadeza. Y me inclinó. Y me besó. Y fue como en las películas. Pero fue real.
Oh-dios-mío. Rukawa me besó. Me besó con unos labios carnosos, con una tranquilidad pasmosa y con una decisión arrebatadora. Mis labios estuvieron entre los suyos. Fue todo muy rápido. Muy repentino. No había podía saborear la suavidad de sus labios ni memorizar el sabor mentolado de su aliento.
Durante aquellos breves pero intensos y delicioso instantes, la puerta de había abierto y Hanamichi y Haruko habían entrado, con las bolsas del súper colgando de sus manos y el saludo pendiendo de sus bocas, abiertas, presas del shock.
Mi respiración, mis latidos se habían parado. Como mi tiempo. Los labios de Rukawa se despegaron de mi al tiempo de una de las bolsas que llevaban los recién llegados cayó al suelo. Y fue el detonante para que todo se volviese a acelerar y el mundo de azúcar y finales felices que yo había creado ya en mi imaginación se rompiese a pedazos.
- Aquí tienes tu respiro – Me susurró Rukawa mientras me dejaba ir. Caí al suelo y le vi alejarse hacia la cocina. Y así se desvaneció la magia, el momento, se fue volando con una brisa que aún olía a mi primer beso de verdad.
Haruko re recompuso rápido, cogió la bolsa que se le había caído y empezó a abrir, compulsivamente, todas las bolsas de patatas y cosas para picar que habían comprado. Entre en la cocina y empezó a llenar los platos con mi futura grasa corporal.
Cuando me levanté, aún conmocionada, Sakuragui estaba justo en frente mío. Y cómo me estaba mirando daba auténtico miedo.
- Traidora! – Me susurró mientras hacía el gesto ofendido y me acusaba con el dedo – Pensaba que tú… eras diferente. Que me entendías! – Aumento el dramatismo de su gusto y se llevó la mano a la frente, de forma teatral, como si fuese una desvalida damisela a punto de desmayarse, mientras negaba con la cabeza – Y resulta que… Oh, no puedo ni pensarlo!
- Shhh – Hanamichi había alzado la voz, así que le indiqué que la bajase mientras lo tiraba del brazo para alejarnos aún más de la cocina – No estoy con él ni nada, lo hemos fingido… Por ti.
- Por mi? – El pelirrojo se señaló a sí mismo con expresión confusa – Perdona, no sé qué concepto tienes de mí pero no tengo ningún interés en veros… Ghhh –Hizo ver que un escalofrío recorría su cuerpo mientras apartaba algo imaginario con la mano.
- Nooo, Sakuragui, no ves que… Si Haruko piensa que Rukawa tiene novia…
- Sí… - Asentía mientras se acariciaba el mentón con el pulgar
- No me sigues…
- No.
- A ver, a Haruko le gusta Rukawa… Pero si Rukawa tiene novia, y sabe que ella ya no tiene ninguna oportunidad, se olvidará de él.
- ¿Sí? – La mirada de Sakuragui se iluminó de pronto y un renovado interés poseyó su expresión.
- ¡Claro! Y necesitará a alguien que la consuele, y le diga que es una chica increíble, y que hay más chicos ahí fuera… Chicos como tú, que la querrán como se merece.
- Claro… Y dónde encuentro a alguien para que le diga eso? – Hanamichi parecía preocupado – Crees que podrías decírselo tu?
- ¡Tú mismo Sakuragui! – El chico me empezaba a desesperar – Ahora tienes que aprovechar que Haruko estará algo sensible para acercarte a ella y decirle que no se preocupe y que todo va a salir bien. Intenta que te vea como a un posible novio, porque si no te costará salir de la zona de amigos.
- ¡Chicos, vamos a comer! – Haruko con apareció en el comedor con aquellos platos a rebosar de cosas que acabarían apalancadas en mi cintura. Vi que Rukawa estaba sirviendo los platos y fui hasta la cocina para llevarlos al comedor.
Cuando había cogido dos de los platos, pasó por mi lado y me dijo, muy cerca de la oreja
- En verdad el beso de antes te lo he dado porque tenía la necesidad de dártelo. Te quiero, Shina.
Eso era lo que mi romántica Shina interna quería haber sentido. Pero no, todo se quedó en un simple:
- ¿Crees que ahora me dejará en paz? – Luego se puso entre la puerta y yo, bloqueándome el paso. Yo sólo podía pensar en ese beso. Qué beso. Joder.
- Yo… diría que sí. Ahora sólo es cuestión de tiempo.
Dicho eso, me dejó pasar y, poco después, estábamos todos sentados en la mesa cuadrada, yo al lado de Rukawa y en frente de Sakuragi. El silencio incómodo era el anfitrión de la velada y el sonido que el pelirrojo hacía al sorber los cereales era el único sonido.
- Bueeno, bueno… - Dijo el Hanamichi después de engullir un buen puñado de patatas fritas.- Así que estáis juntos eh, pillines? ¡Qué calladito te lo tenías Rukawa! – Sakuragi me guiñó el ojo mientras yo contenía las ganas de dejar ir toda la Coca-cola que estaba bebiendo en modo aspersor. ¿Es que no había ya suficiente tensión? – Ya te notaba yo algo diferente… - Sakuragui inspiró fuertemente – Aaah, si es que se respira amor. Mira cómo la miras Rukawa… Cómo se nota que no tienes ojos para ninguuuna más.
Había remarcado ese ninguna con especial énfasis, mientras miraba de reojo a Haruko y me guiñaba el ojo. Si pensaba tener ese tacto y ser así de sutil, este chico iba a necesitar muchas dosis extras de ayuda casamentera.
- ¿Y cómo os conocisteis? – Preguntó de forma amable Haruko
Rukawa y yo compartimos una mirada llena de instintos homicidas y, en vistas de sus intenciones de colaborar, decidí tomar la iniciativa.
- Bueeno… Es una larga historia…
- Oh, tenemos tiempo – Dijo Sakuragi con una enorme sonrisa. Le quise matar.
- Pues… a ver. Yo, un día, me estaba duchando cuando alguien llamó a la puerta. Salí a abrir pensando que podrían ser mis padres porque hacía tiempo que no se pasaban y son muy de venir así de sorpresa. La cuestión, es que salí directamente con la toalla de la ducha y abrí. Salí al pasillo, pensando que mis padres se habrían escondido y cuando me di cuenta, la puerta se había cerrado y… claro, yo pensé varias opciones, pero lo más lógico me parecía saltar de balcón a balcón.
Haruko y Sakuragi me miraban con mucha atención, interesados en mi historia.
- Entonces llamé y Rukawa me abrió. Así me enteré que era mi vecino y fue la primera vez así que nos vimos – Decidí omitir que la mañana anterior le había besado porque la historia de yo en el rellano con sólo una toalla ya era bastante patética en sí – Y…
- Y entonces ya os podéis imaginar lo que pasó.- Y, dicho esto, Rukawa se levantó de la mesa sin reparar en el sonrojo de Haruko ni en mi expresión de perplejidad. Cuando salí de mi estupor, recogí los platos sobre la mesa y seguí al ser más odioso del mundo hasta la cocina.
- ¿Pero se puede saber qué haces? – Le repliqué enfadada en voz baja mientras dejaba los platos en el fregadero – Ya que nos teníamos que inventar algo, ¿no podrías haber sido algo más romántico?
- ¿Qué más te da? – Me dijo como si de verdad fuera necesaria una explicación para aclarar porque Rukawa era tan imbécil y metía la pata siempre que abría la boca.
- ¿Perdona? Gracias, por si no tenía suficiente fama ahora, aparte de morir descuartizada en cuando tus animadoras sepan la noticia, seré la chica fácil por excelencia!
Rukawa me miraba con su inmutable expresión mientras alzaba una ceja.
- ¡Chicos, hemos comprado helado!
- Mira, Haruko, míralos. Seguro que están aprovechando para hacerse arrumacos. Qué tierno, ¿verdad?
Abrí el congelador y salí disparada al comedor dispuesta a evitar que Sakuragui perdiera todas sus oportunidades remotas con Haruko. Al cabo de un rato Rukawa llegó a la mesa con las cucharas y los platos y mi ya conocida amiga la incomodidad volvió a hacerse un hueco entre nosotros.
- Entonces estáis todos en el quipo de básquet, ¿no? – pregunté mientras saboreaba aquella delicia congelada.- ¿Cómo váis? ¿Tenéis opciones de ganar las nacionales?
- ¡Oh sí! – Haruko asintió entusiasmada- La verdad es que están haciendo un gran trabajo. Pensamos que sería difícil, porque casi todos los veteranos se han ido… Pero de momento los hemos ganado todos, menos uno, que lo empatamos! Tenemos muchas opciones.
- ¡Qué bien! – Fingí interés en el rendimiento del equipo mientras me servía más helado, que era lo que de verdad me interesaba. Bueno, en realidad me interesaba volver a besar a Rukawa y seguir así hasta el fin de mis días, pero en vistas de que no sería posible, tendría que ser un poco diplomática e intentar seguir la conversación.
- Yo no es por dármelas de nada, pero mi entrada en el equipo fue determinante para llegar hasta donde hemos llegado – Dijo Sakuragi con el semblante muy serio.
- Oh, sí claro…
- ¿Tienes algo que decir zorro de mierda? – Hanamichi se levantó de la silla y le encaró con la rabia contenida en sus puños cerrados.
- Sólo que no te lo creas tanto. Somos 5 jugadores en la cancha, tu sólo no conseguirías nada – Dijo él pausadamente, y sin moverse un solo ápice de su silla.
- Ya, pero soy un genio.
- Un genio torpe.
- Zorro…
- Yo soy mejor que tú y lo sabes.
- ¿Ah sí? Pues no, no lo sé.
- ¿Acaso necesitas que te lo demuestre? ¿Otra vez? ¿Una vez más?
Cuando vi el matiz que cogía la expresión de Hanamichi, supe que aquello se había vuelto más violento de lo que parecía. Con el ceño muy fruncido, murmuró con solemnidad:
- Tu. Yo. En la cancha. Ahora.
Rukawa se levantó de la silla de inmediato y fue hacia el pasillo. Al cabo de unos segundos se asomó sosteniendo su pelota de los Lakers debajo del brazo.
- Vamos. – Sentenció.
Hanamichi no dudó en seguirle y, cuando la puerta de la calle se hubo cerrado de golpe, Haruko y yo nos miramos confusas. No acabábamos en entender que había pasado en esa breve fracción de tiempo, pero por su semblante resignado, supe que ella estaba acostumbrada a eso.
- ¿Sabes dónde habrán ido? – Me preguntó.
- Um… Creo que sí.
Salimos de casa de Rukawa y guié a Haruko hasta la cancha de básquet que había cerca. Por el corto camino me contó que Rukawa y Sakuragi siempre estaban igual, y que no había día de entreno que no acabara con insultos. Pobre, pensé. Debía ser agotador aguantar aquellas peleas de gallos día sí día no.
Cuando llegamos, aquellos dos estaban frente a frente. Rukawa botaba la pelota a un ritmo constante y pasmosamente lento, y Sakuragui destilaba ira desde su posición de ataque.
- ¡Haruko! – Cuando nos vio en la entrada de la cancha, parte de sus ansias rivalizadoras se calmaron y pareció acordarse de que se había dejado algo en el apartamento de Rukawa.- ¿Oye, queréis jugar?
Estoy tan poco echa al deporte que ni siquiera me di aludida por aquella pregunta. A sí que cuando iba a declinar la invitación con un elegante y protocolario: "Oh, qué, va, gracias por el ofrecimiento antes me bañaría en un lago lleno de pirañas y anacondas después de haberme rebozado en sangre, pero gracias", ya se estaban escuchando unos grititos estridentes.
- ¡Oh, claro! ¡Qué divertido!
¿Divertido?¿Divertido? Divertido fue cuando Tayama quiso chulear de forma física, hizo el pino en clase y se le cayó el peluquín. Divertido fue incluso el día que me resbalé con una piel de plátano por la calle, divertido sería, en todo caso, que decidieran acabar con aquello y volver a casa a acabarnos el helado antes de que se derritiera. Correr e intentar botar una pelota de forma diga no sería divertido. Sería una tortura.
- ¡Genial! ¡Ven conmigo, Haruko, a ver si ganamos a la parejita!
Rukawa y yo nos miramos entonces y supe leer la decepción en sus ojos. Era como cuando te nombraban capitán y tenías que elegir, en la última tanda, entre el cojo o el ciego. Como cuando no te tocaba la lotería por un solo número. Me acerqué a él e intentamos hacer lo mismo que Sakuragui y Haruko, que parecían planear una táctica.
- Esto es una pelota – Me dijo Rukawa con voz de muñeco de barrio Sésamo mientras me la señalaba.
- Deja de hacer el gilipollas – Le espeté, aún enfadada por haber limitado la magia de nuestra relación a un encuentro sexual esporádico. – No soy buena, pero se me da bien bloquear. Yo cubro a Haruko e intentamos molestar lo menos posible mientras tú y Hanamichi jugáis como niños de preescolar.
Rukawa pareció tardar un tiempo en procesar mis palabras, pero finalmente asintío.
- Me parece bien.
El partido comenzó y, la mayor parte del tiempo, fue bastante parecido a la estrategia que Rukawa y yo habíamos diseñado. Sakuragi tenía la intención, muchas veces, de pasarle la pelota a Haruko, pero como yo la estaba cubriendo y podían perder la pelota, seguía en su uno a uno contra Rukawa. Cabe decir que si la cubría bien era más por el hecho de que le sacaba casi 10 centímetros que no por ponerle mucho empeño, aunque intenté en todo momento imitar sus movimientos.
- ¡Ei Haruko! – Sakuragi le pasó la pelota y ella la cogió, pero pude quitárselo a tiempo de un manotazo y me quedé con ella en las manos.
- ¡Pásamela, pásamela! – Rukawa me decía que le pasase la pelota con un tono autoritario, pero yo estaba algo aburrida de estar paseando por la cancha sin hacer nada más, así me dispuse a botar la pelota para hacer un intento de encestarla.
Un bote.
Dos botes.
Y al tercero, me di cuenta de que la pelota ya no estaba allí. Miré hacia delante y vi a Rukawa botando la pelota, dispuesto a anotar un triple.
¿Sería anormal? Le había robado la pelota a su propia compañera de equipo. Cabía tanta estupidez en un solo ser humano? La cortina de besos de cine se corrió de golpe, dejando a la vista la clara realidad que había estado velando todo aquel día. Me di cuenta de que estaba muerta de envidia por Haruko. Y no por Rukawa, ni porque a Hanamichi le gustara, sino más bien el concepto en sí de que le gustara a alguien así. Envidiaba con todas mis fuerzas que alguien estuviera tan pendiente de ella como para preferir perder un partido con su gran archienemigo y mayor competidor con el fin de que ella se lo pasara bien. Yo necesitaba a alguien que me quisiera como Hanamichi la quería a ella, que fuese capaz de cambiar las reglas de un trabajo sólo por estar más cerca, que antepusiese verla sonreír a ganar un estúpido partido de básquet. Que la tratase como a una más, y de igual a igual, sin condescendencias. Y me sentía estúpida, por haberme pasado el día suspirando por un beso que no era más que una mentira. Había sido una forma de callarme la boca, y, en el mejor de los casos, un intento a la desesperada de que Sakuragi dejase de meterse con él.
Sumida estaba yo en mis profundos pensamientos y cavilaciones cuando la realidad vino a golpearme la cara para traerme de nuevo al mundo terrenal. Literalmente, estaba tan centrada en mis dramáticos y contradictorios sentimientos que no me di cuenta de que me había interpuesto en la trayectoria de la pelota que Hanamichi le estaba pasando a Haruko.
Aún aturdida por el fuerte impacto que me había dado en la cara, me agaché para coger la pelota antes de que el imbécil de hielo de Rukawa me la arrebatase. Aquella pelota era mía y aquel iba a ser momentos, quisiese él o no.
Aún con la pelota entre mis dos manos, eché un ojo al panorama. Durante mis reflexiones, Haruko se había tropezado y se había hecho daño en el tobillo, así que no era ningún obstáculo, puesto que estaba demasiado ocupada intentando apoyar el pie en el suelo sin morirse de dolor. Rukawa me imploraba con la mirada que le pasase la pelota, al lado de la canasta, y Hanamichi estaba delante de mí, con las piernas flexionadas y mirando a Haruko, preocupado.
Boté la pelota hacia la derecha y Hanamichi de seguida se abalanzó hacia mí. La cogí al vuelo con las dos manos, antes de que me arrebatara la oportunidad de jugar un poco y le miré fijamente. Sólo había algo que podía hacer si quería intentar encestar esa pelota.
- Dios mío, Haruko, ¿estás sangrando?
- ¡Harukoo! –Hanamichi fue corriendo hacia ella y, con la pista despejada, tiré la pelota hacia la canasta.
Como en los capítulos de Oliver y Benji, el tiempo paró en seco y la trayectoria de la pelota hasta la canasta fue dolorosamente inacabable. Pero iba recta. Todo apuntaba a que iba a entrar. Se estaba acercando a la cesta. Había impactado justo en el centro del cuadro. Iba a entrar limpia.
Pero Rukawa tuvo que joder las cosas, como siempre, y aprovechó que la pelota estaba cerca de la canasta para saltar y hacer un mate.
- ¡Toma! ¡Chúpate esa, torpe! ¡He ganado! – Rukawa y su expresión de triunfo miraban a Sakuragi, que estaba arrodillado junto a Haruko.
- ¿He ganado? Tú eres imbécil Rukawa. – Le miré con todo el odio que me había hecho profesarlo con su actitud egoísta – La pelota iba a entrar. La puta pelota iba a entrar y la había tirado yo, pero claro, nooooo, fuese caso que tu orgullo se resienta, tenías que aprovechar y ser competitivo hasta el último momento para demostrar que eres un gilipollas egoísta. Pues muy bien, ahí tienes tu victoria, métetela en el culo o cómetela con patatas fritas pero… ¿Sabes qué? Sakuragui será mucho más hombre de lo que tú no podrías llegar a ser por más que te esforzaras el resto de vida. – Paré para respirar. Todos me miraban atónitos. Incluso Rukawa. Especialmente Rukawa. – Suerte tienes de que existan deportes como este porque es lo único en lo que vas a ganar nunca.
El silencio volvió, con el viento, a hacer acto de presencia.
- Bueno chicos, me llevo a Haruko a casa que esto no pinta bien. – Cargó a Haruko en sus brazos y se puso de pie – Hablamos el lunes, Shina. Del trabajo, y eso. Hasta luego.
Se fueron de allí y entonces noté que las cosas sólo irían a peor. Acababa de montarle el pollo más espectacular de todos los tiempos a mi supuesto novio. Y todo por una tontería. Pero lo que me cabreaba era lo que había detrás de aquella tontería, la actitud soberbia de Rukawa y, sobretodo, que no me viese como yo quería que me viera. Me sentí la peor persona del mundo, había dicho cosas bastante fuertes, y todo fruto del rencor más rancio e incrustado. Seguro que Rukawa ni siquiera era consciente de cómo se había comportado, era un jugador indivisualista por naturaleza. Y no sentía nada por mí, no tenía la obligación de preocuparse por mí como Sakuragi lo hacía por Haruko.
Miré a Rukawa y vi su expresión. No había variado mucho de la habitual, porque eso sería todo un milagro y porque Rukawa conseguirá llegar a los 70 sin una sola arruga. Pero había algo en su mirada. Era un cachorrito. Un cachorrito tierno y adorable a quién había sermoneado, y que ahora me miraba con cierta culpa.
En capítulos anteriores ya descubrimos que Shina no puede ser una femme fatale indestructible porque, por más que lo intento, llevaré siempre la cruz encima de ser un trocito de pan empapado en leche que no se puede enfadar con nadie. Me sentí tan mal por todo lo que le había dicho que intenté remediarlo.
- Oye Rukawa, perdona. Si que estaba algo enfadada, pero eso último no lo he dicho de verdad… Ha sido para que Haruko reflexione y se empiece a fijar en Sakuragi. Esas cosas siempre funcionan. No sé si lo entenderás, pero son cosas de chicas.
El tono ofuscado de su mirada se relajó y tuve la sensación de que había colado. Me acerqué hacia él y le di un puñetazo flojito en el brazo.
- Creo que hoy hemos hecho nuestra buena obra del día – Me giré hacia él para sonreírle y él hizo una mueca con el labio. Lo aceptaremos como sonrisa. Empezamos a caminar hacia casa en silencio.
- Vas a coger frío – Le miré extrañada mientras vi como ponía su chaqueta encima de mis hombros. Me iba a desmayar. Un beso, un gesto amable… Hoy ya puedo morirme. No creo que nunca llegue a ser más feliz que en estos instantes.
- Ah… vaya, gracias.
- Siento no haber contado contigo. Pero es que yo juego así, y tampoco sabía que te apeteciera jugar.- Sacó sus llaves para abrir la puerta, ya habíamos llegado a la entrada. Me esperé a contestarle hasta que no estuvimos en el ascensor.
- No, si… No sé, no es que fuera lo que más me apetecía en ese momento, pero está bien saber que cuentan contigo a pesar de que piensen que una langosta tullida sería mejor compañera de equipo.
Rukawa esbozó… bueno ha esbozado. Yo pinto esto como si fuera algo muy lejano pero en verdad hace sólo media hora de esto. Pues eso, Rukawa ha esbozado media sonrisa justo antes de que se abriese la puerta del ascensor.
- Bueno, no lo haces tan mal tampoco. Pero de todas formas, así no aprobarás gimnasia. El lunes después de clase y te ayudo a entrenar.
Me ha emocionado tanto la oferta que no he sabido atinar a meter la llave en la cerradura a la primera. Me he girado para mirarle mientras me despedía.
- Vale. Hasta el lunes entonces.
- Bueno, me paso en una hora. Hoy juegan los Lakers y necesito tu televisión por cable, ya sabes. Pedimos pizza para evitar los disgustos y cocinas destrozadas. Adiós.
Ha entrado en su casa y yo me he quedado ahí, aturdida y embobada, pensando, en que la vida sigue y en que sigue igual. Y en que estoy estúpida y perdidamente enamorada de Kaede Rukawa.
Aún virgenmente tuya, muy a mi pesar, se despide sin ganas de suicidarse, por un día y sin que sirva de precedente,
Shina.
N/a: Buenas noches amorcitos! Y unas felices navidades bastante atrasadas y un feliz año nuevo al que casi llego a tiempo. Bueno, después de años entre actualización y actualización, creo que estos tres meses que he tardado esta vez son dignos de ser celebrados! xD Ahora tendré más tiempo, así que espero poder mantener un ritmo similar, o mucho mejor, a ver si soy capaz de actualizar una vez cada mes/mes y medio. Empezamos este 2013 con el capítulo 13, que creo que es bastante intenso y ya empieza a dar pie a que las cosas se pongan más serias. Como siempre, muchísimas gracias a todas/os por estar ahí, por leerme y entenderme y por hacer posible que esto siga adelante, y en especial a las maravillosas lectoras que me han dejado reviews, sois un encanto y no sabéis con qué poco llegáis a alegrarme el día. Los contesto ahora por MP!
Nada más, desearos un año lleno de felicidad y salud, que es lo importante, y si deja caer a un Rukawa envuelto en papel de regalo… No estaría mal!
Un besito enorme, os quiero!
