Annelisse arrugó la frente cuando escuchó aquella sugerencia por parte de Berwald. No entendía por qué tenía que cambiarse de ropa. La que vestía era la adecuada para el viaje que estaban emprendiendo.

—No creo que sea necesario —La muchacha se cruzó de brazos. Había pasado toda su vida buscando excusas para no usar vestidos y ahora, Berwald esperaba que lo hiciera nuevamente.

—Anne… —El soldado puso una de sus manos sobre uno de sus brazos:—Yo estoy vistiendo mi uniforme y tú una ropa que llama la atención a todo el que te ve. Tenemos que pasar desapercibidos —Berwald le explicó. Al menos, si pretendían continuar con vida, debían de pasar como simples ciudadanos.

La princesa se soltó y luego se sentó sobre la cama. Buscó la manera de pensar de forma más lógica y olvidarse momentáneamente de su capricho.

—¿Realmente crees que deberíamos cambiarnos? —Si bien era cierto que no había visto a ninguna mujer con su misma vestimenta, tal vez simplemente era cuestión de buscar. Pero, por otro lado, ignoraba la vida que se llevaba en esos lugares, a diferencia de Berwald.

El hombre recorrió la habitación y corrió las cortinas, para contemplar el trajinar de la mañana. Su mirada se perdió en aquellas personas que ignoraban por completo que había sucedido un repentino cambio de rey. ¿Acaso les importaba siquiera? Tomó una larga bocanada de aire, antes de dirigirse a la princesa.

—Deberíamos adoptar nuevas identidades, además —Le sugirió. Berwald pretendía borrar todo rastro de la presencia de los dos. O al menos, que terminara en aquel pueblo.

Annelisse sonrió y se puso de pie. Sabía que estaban lejos de estar participando en una obra teatral, pero le intrigaba eso de pretender ser otra persona.

—Has pensado bastante en todo esto —Annelisse colocó una de sus manos sobre el pecho del soldado, quien se ruborizó al escuchar aquellas palabras.

—Tenemos que sobrevivir, Anne —Berwald estaba determinado a recuperar lo que ella y su hermano habían perdido. Tal vez les llevaría incluso años antes de volver a poner un pie en el castillo, pero eso no importaba.

—Tenemos que llegar a esa biblioteca —Thorvald le había confiado aquellos dos libros, pero Annelisse sabía que solo eran parte una investigación mucho más profunda. Markell y sus secuaces no eran humanos normales y tenía que descubrir quiénes eran en realidad.

Un par de días más tarde, se estaban preparando para abandonar aquel pueblo. Berwald creía que era de vital importancia no quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo y menos en un sitio que apenas estaba a unos cuantos kilómetros de la capital.

Habían comprado un par de caballos, pues ambos estaban de acuerdo que en los grifos llamarían mucho la atención. Al fin y al cabo, las únicas personas que empleaban semejantes animales para transporte, eran las que pertenecían a la familia real.

Annelisse se echó la capucha negra que había comprado sobre su cabellera, que ahora había perdido casi toda su longitud. Vestía en vestido pegado al cuerpo, de un color azul apagado. También había adquirido un abrigo de piel de oso, pues la temperatura solo bajaría en la medida que avanzaran en el norte del reino.

Por su lado, Berwald se había deshecho de su uniforme de gala y vestía como si fuera un simple mercader. Escondió su espada entre las pertenencias que habían adquirido para el viaje y a decir verdad, se sentía desnudo sin ella.

—¿Estás lista, Dagmar? —Aquel había sido el nombre que Annelisse había decidido adoptar frente a los extraños.

—Lista, Gustav —La princesa esbozó una sonrisa de picardía antes de montar la yegua parda que sería su compañera de viaje.

Estaban prácticamente en el camino que les llevaría a la siguiente ciudad, cuando varios personajes vestidos de negro empezaron a llamar a la gente.

—¡Reuníos, reuníos! —gritaban con fuerza mientras que la multitud se agolpaba en el centro de la ciudad.

La pareja intercambió una mirada de suspicacia. Annelisse se había estremecido al ver a aquellos sujetos. No se parecían en lo absoluto a la guardia real, que por lo general vestía un uniforme rojo con detalles dorados. No era la única que se había estremecido por la presencia de aquellos soldados, las quejas de la gente no se hicieron esperar.

—Tenemos que irnos, Anne —Berwald temía que fueran descubiertos en aquel sitio. Su instinto le decía que aquellos hombres no traían buenas noticias.

Sin embargo, la princesa negó con la cabeza. Tragó saliva y se bajó del caballo.

—Quédate aquí, iré a ver de qué se trata —Annelisse estaba segura de que su disfraz sería lo suficiente como para pasar como una aldeana. No obstante, antes de retirarse, se dio la vuelta y le cogió de la mano a Berwald:—No te preocupes, cariño. Estoy segura de que no me verán —Bueno, eso esperaba.

Berwald arrugó la ceja, pero sabía que no tenía sentido contradecirle. Respiró profundamente y no apartó la mirada de ella. ¿Serían lo suficientemente rápidos para escapar de allí, si es que algo llegaba a suceder? Las dudas empezaron a agolparse en su mente.

Mientras que Annelisse intentaba hacerse paso entre la gente, un sujeto regordete, de nariz roja y cuyo botón del chaleco parecía que estaba a punto de dispararse en cuanto tuviera la oportunidad, apareció.

—¡Soy el alcalde de este pueblo y demando una explicación para este barullo! —exclamó el hombre, mientras que la muchedumbre posaba su mirada sobre éste.

—Traemos noticias de la capital —respondió uno de los sujetos. Su rostro estaba cubierto por una máscara negra y sólo se veían un par de ojos tan rojos como la sangre.

Después de mucho empuje, Annelisse consiguió situarse en una de las primeras filas. Había algo estremecedor en aquellos personajes. Sus ropajes negras parecían estar todas desgarradas. Esas máscaras escondían algo más que solo sus identidades. De repente, uno de estos soldados fijó la mirada en la princesa y ésta de inmediato bajó la mirada. Se estremeció por completo, sin lugar a dudas, esos guardias carecían de humanidad.

—Sobre los cambios que han sucedido abruptamente —comentó otro de aquellos extraños personajes:—Se trata sobre su amado monarca.

—El Rey Magnus ha muerto —anunció un tercero para la consternación de la gente.

Annelisse pudo escuchar el llanto de algunas personas, mientras que otras intentaban hablar sobre las demás para saber qué había pasado. A la princesa le entró piel de gallina, le resultaba extraño escuchar sobre la supuesta muerte de su hermano. Tuvo ganas de gritar que no era así, pero se contuvo.

—Por el momento, estamos investigando su asesinato —Aseveró el primero, aunque era evidente que dijera lo que dijera, la gente no calmaría. En fin, tampoco es que le importaba demasiado. Estaba cumpliendo con la tarea que Sissa le había encomendado.

—Pronto recibirán la visita de su nuevo rey, su Majestad, Markell —añadió el segundo:—Y de la reina Sissa —explicó.

—¿Qué ocurrió con la princesa Annelisse? —preguntó una señora que todavía llevaba un canasto lleno de víveres.

—Es la que perpetró el golpe —Uno de los soldados dio un paso hacia adelante:—Ella en complicidad con el hijo del antiguo general Axel. También creemos que empleó a un par de brujos para hacerlo.

Annelisse se quedó boquiabierta al escuchar tal cosa. Se ajustó mejor la capucha que le tapaba el rostro. ¿Cómo osaban culparla a ella? Era evidente que ella y Berwald corrían un peligro mucho mayor del que jamás se había imaginado. Los ojos se le llenaron de lágrimas y de inmediato, intentó escapar de la muchedumbre.

—¿Y cómo podemos confiar en ustedes? ¡Tal vez sea un intento para derrocar al rey! —exclamó un sujeto lánguido, con una barba espesa. Era el herrero del pueblo y sostenía aún un martillo en sus manos.

—El rey Markell vendrá muy, muy pronto y todo aquel que cuestione su autoridad será ejecutado —advirtió uno de esos extraños sujetos.

Berwald estaba esperándola a unos cuantos metros del camino real, escondido entre algunos árboles, mientras que los caballos pastaban. Incluso desde aquella distancia pudo escuchar el murmullo de la gente. Sea lo que sea que hubiera sucedido, estaba seguro de que esos sujetos no eran de confiar.

La muchacha miró por todas partes antes de meterse en los matorrales y encontrarse con su pareja. Le explicó todo lo que había conseguido ver y escuchar. Berwald asintió y luego la rodeó con sus brazos, para al menos intentar tranquilizarla.

—Van a ejecutarnos, Ber —La muchacha se sostuvo de los firmes brazos de su pareja. Por primera vez, sus fuerzas parecían flaquear.

—Nadie te hará daño, Anne —Berwald acarició una de las mejillas de la princesa y le secó la lágrima que caía por esta. Le dio un suave beso en la frente antes de ir en busca de los caballos.

La princesa no podía sacudirse el extraño sentimiento que le había provocado aquellos ojos rojos infernales. Si aún se mantenía de pie en ese instante era porque contaba con la compañía de Berwald. No dejaba de preguntarse sobre lo que le habría ocurrido si éste no hubiese llegado a tiempo a la fiesta.

—Tendremos que evitar el camino real —Berwald había querido usar originalmente aquella ruta, pero con aquellos nuevos acontecimientos, tuvo que tomar una decisión de último momento.

—¿Estás seguro de eso? Tal vez podríamos unirnos a alguna caravana o algo así —Annelisse vocalizó su temor. Jamás había estado mucho tiempo en aquellos bosques y si lo había estado, había sido con una guardia imponente. ¿Acaso Berwald sería suficiente? No quería que éste corriera un riesgo que podrían evitar.

—Conozco atajos. Llegaremos a un lugar donde podríamos descansar por un par de semanas y donde podrás leer esos libros que Thorvald te dejó —El soldado le explicó.

Berwald no dejaba de contemplar el rostro de la princesa, pues aunque en aquel momento demostraba estar asustada, era lo más hermoso que había visto en su vida. Estaba totalmente comprometido con su seguridad y no le importaba llegar a extremos para que a ella no le sucediera nada.

—Entonces vamos —Annelisse respiró profundamente y se esforzó para subirse sobre su yegua.

Berwald hizo lo mismo y después de un breve intercambio de miradas, éste encabezó el camino. Tenían que alejarse de allí en cuanto antes. Sólo esperaba no estar equivocado con la persona a la cual pensaba pedirle refugio.

En la capital, Sissa estaba postrada en la cama. Estaba agotada. Odiaba ese maldito cuerpo que tenía. La magia le requería el uso extraordinario de su energía y en ocasiones, terminaba completamente exhausta. El revivir de aquellos tres soldados le había demandado mucho más esfuerzo de lo que había creído en un principio.

Markell ingresó al dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Tomó una silla y luego se acercó a Sissa. Le tomó de la mano y le dio un beso sobre la misma. Arrugó la frente, sabía que el estado en el que se encontraba su esposa era culpa de él. Tal vez le estaba exigiendo demasiado.

—Lo siento —Sissa era la única persona que era digna de aquellas palabras. Markell la cubrió con la sábana mientras que observaba su rostro pálido.

—¿Por qué? —La mujer preguntó y luego movió la cabeza para mirar al rey.

—Te estás esforzando demasiado —Markell respiró profundamente:—Otra vez, es mi culpa —admitió éste antes de bajar la mirada hacia al suelo.

Sissa sonrió. Si llegara a contar a alguien que su esposo sentía remordimiento, nadie se lo creería. Le vino el recuerdo de viejos tiempos y siempre Markell le había pedido disculpas, cuando requería de su asistencia. Al parecer, había ciertas costumbres que nunca cambiaban, a pesar de que había transcurrido más de un milenio.

—Sólo necesito de un descanso, Markell —Sissa se esforzó en sentarse sobre la cama:—Mi cuerpo aún no está acostumbrado a usar tanta energía —le explicó.

Sin embargo, Markell no estaba contento con aquella respuesta. Una y otra vez, Sissa le había demostrado su lealtad, siempre yendo a extremos para asegurarse de que todo fuera conforme a los planes establecidos.

—Sólo un poco más, Sissa —Markell suspiró. Sabía que no podían confiar en el ejército ni en el Consejo de Ministros. No, hasta que estuvieran reemplazados por sus viejos ministros:—Luego podremos disfrutar de la vida que se nos había arrebatado tan pronto.

La mujer puso una de sus manos sobre la cicatriz que cruzaba la mejilla de Markell. Aún recordaba al único sujeto había conseguido dañarlo de ése modo con su daga. No obstante, ella sabía que esa arma en particular estaba muy bien escondida y no había manera que alguien se hiciera con ella. Estaban a salvos.

—Tendré que ir a la tumba de Lutz y de Luciano —Sissa se recostó sobre el pecho de Markell. Sus ojos se cerraron por un momento.

—Ahora no. Tómate todo el tiempo de descanso que necesites, ya los ubicaremos —Markell pensó que nunca antes se había visto tan frágil, ni siquiera durante sus dos embarazos. Sus dedos se enredaron por su cabello, ahora de color miel, con delicadeza., como finas cuerdas de violín. Podría pasar en aquella habitación por el resto de su vida.

En el despacho que alguna vez había pertenecido al padre de Berwald, Bertram y Metta-Lisse contemplaban el gran mapa que estaba desplegado en la mesa. La segunda estaba preocupada, la conformación del reino había variado bastante desde la última vez que había liderado a su escuadrón. Bertram sentía lo mismo.

—¿Qué haremos? —La mujer se sentó en la enorme silla tras la mesa y se recostó sobre el cuero.

—Tal vez los soldados que ha revivido Sissa nos podrían ayudar —Bertram apenas conseguía recordar los puntos clave del mapa. Al parecer, se habían construido nuevas rutas y habían surgido ciudades en donde antes había espesos bosques o imponentes desiertos.

Metta-Lisse nunca se había dado por vencida. Sabía que tenía un gran desafío por delante. Sonrió y miró a Bertram.

—No sería divertido si fuera tan fácil, ¿no lo crees? —Metta-Lisse observó al que fuera alguna vez el Gran Comandante del Reino. Aunque se notaba la enorme cicatriz que surcaba por su cuello, seguía pareciéndole el hombre más atractivo que alguna había visto.

Bertram se acercó a la mujer y se paró casi en frente de ella, apoyándose contra la mesa.

—Hace tiempo que tú y yo no salimos de cacería, mi querida esposa —Una escalofriante sonrisa apareció en su rostro:—¿Cuál es el apuro? Una vez que mi segundo en el mando regrese, podríamos darnos una escapada y viajar por el reino —le sugirió.

Los ojos rojos de Metta-Lisse resplandecieron al escuchar esas palabras. Durante su vida anterior, todo lo que había hecho era cumplir orden tras orden. Si bien era cierto que le debía lealtad a su hermano mayor, también lo era el deseo que sentía por disfrutar de la compañía de su esposo. ¿Cuánto tiempo habían estado casados hasta que sucumbieron? ¿Tres, cuatro años?

—Me gusta como piensas, mi señor —Metta-Lisse se puso de pie y colocó ambas manos sobre el pecho de Bertram. Se río, al darse cuenta de la diferencia de altura entre ambos:—Por supuesto, si nuestras metas se cumplieran mientras nos damos una escapada, sería más que perfecto —añadió.

Betram se echó a reír antes de rodearla entre sus brazos.

—Siempre he dicho que no me gustaría ser tu presa —Si su mujer se destacaba en algo, era en su eficacia. Aquel escuadrón que había comandado mucho tiempo atrás había sido increíblemente efectivo, gracias a la inteligencia y astucia de Metta-Lisse.

—¿Quién dice que no lo eres? —Sus ojos rojos volvieron a iluminarse. Sin embargo, al ver el rostro de su marido, recordó lo que ella había querido hacer desde que habían regresado a la vida:—Sin embargo, hay algo que me gustaría hacer antes de atrapar a esos muchachos.

Bertram arqueó una de sus cejas. Tenía la impresión de saber de lo que se trataba.

—Quieres visitarlos, ¿no es así? —Bertram besó su frente con cariño.

—Sé que no volverán y prefiero que no lo hicieran, pero me gustaría… —Tomó una larga bocanada de aire antes de proseguir:—Me gustaría ver las tumbas de nuestros hijos —murmuró.

El hombre le acarició el cabello y suspiró. No había pensado en ellos en… Desde aquel encuentro con ese muchacho, en la fiesta donde habían conseguido derrocar a Magnus. Sacudió la cabeza, no podía sentir absolutamente nada por aquel. Era un enemigo que debía ser eliminado, ya que ponía en peligro todo por lo que habían trabajado.

—¿Estás segura de eso? —A Bertram le preocupaba que le flaqueara luego la voluntad a Metta-Lisse para realizar el trabajo que Markell le había encomendado.

—Sí. Jamás he dejado de hacer algún trabajo por sentimentalismo —Metta-Lisse arrugó la frente:—No te preocupes por mí.

La pareja se quedó hablando hasta tarde. Había tantos planes por hacer y tantos viajes que realizar que ambos estaban exhaustos. Se adueñaron de una habitación que se hallaba en el mismo piso que la de Markell y Sissa, para luego quedarse allí hasta al amanecer.

En un lugar recóndito de aquel mismo reino, Magnus estaba sentado a la orilla de un río caudaloso. Tenía remangado el pantalón y daba con cierta dificultad minúsculas patadas al agua. Jamás se había imaginado que su vida daría semejante cambio en tan poco tiempo. Levantó la mirada y vio las nubes. ¿Qué estarían haciendo Annelisse y Berwald en ese momento? Estaba preocupado por la seguridad de ambos. ¿Los volvería a ver pronto?

Constantemente se sentía culpable por todo lo que había pasado. Quizás si hubiera muerto en aquella fiesta, les hubiera ahorrado a todos el esfuerzo de pelear. ¿Acaso había algo por lo cual esforzarse en el futuro?

—Has estado muy callado en estos días —Una suave voz dijo antes de sentarse a su lado.

Magnus miró a su costado y ahí estaba Signe. Ésta le tomó de la mano y luego miró hacia la orilla contraria del río. Por un momento, el mundo se había paralizado. Solamente ella existía ante sus ojos. ¿Qué importaba si no volvía a sentarse en el trono? Su cabello plateado refulgía con el viento y agradecía estar tan cerca de ella para contemplarlo.

—Yo… —Magnus sonrió y bajó la mirada:—No es nada, no es nada —No tenía la menor idea sobre qué hablar. El hermano de ella le había dejado bien en claro que no era digno de ella y desde ese entonces, no dejaba de pensar en que tenía razón.

Signe no era de aquellas personas que fácilmente podían ser engañadas. Magnus había perdido aquella felicidad y alegría que tanto lo caracterizaba. Sin embargo, no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente con él. Había mucho que hacer todavía.

—¿Quieres que te cuente sobre mi viaje? —Signe no estaba segura de cómo comenzar, pero había algo muy curioso que había encontrado durante los primeros meses de su partida.

—¿No te arrepientes de haberme salvado? —Magnus contempló el agua bajo sus pies. Ni siquiera podía caminar. Se sentía como un completo inútil.

Signe apoyó la cabeza sobre el hombre de Magnus y suspiró. No apartó la mano de la del rey en ningún momento.

—No —Le sostuvo la mano con firmeza. Tal vez no era la vida con la cual habían soñado, pero al menos aún contaban con ella:—¿Te gustaría saber lo que sucedió durante mi viaje? —Signe le preguntó.

—¡Por supuesto! ¿Sabes las noches que pasé esperando a que regresaras? —Magnus le cuestionó a su vez.

Signe asintió.

—El primer lugar a donde fui, fue el lugar donde nací. Una ciudad que solo existe en los libros de historia y en mapas antiguos —explicó con ojos ensoñadores. Parecía que había sido el día de ayer cuando se había embarcado en aquella aventura con su hermano.