Su padre lo ayudó a arrastrar el baúl que contenía sus cosas a través del muro de ladrillo rojo que correspondía al andén 9 y ¾. Se sentía extraño, sufría una especie de mal presentimiento. Se lo comentó al hombre que lo acompañaba, su mayordomo, chofer y guardaespaldas, Devon Novorski, ruso. Su edad podría variar de 30 a 40 años. Realmente indescifrable por su monotonía constante y su seriedad, propias de un ex soldado de guerra. Al chico no le extrañaba que alguna vez hubiese pertenecido al Departamento de Aurors.
.- No creo que sea nada grave, joven amo. Tal vez sólo se trate de nervios. .- Yo nunca tuve nervios.- contestó el niño con recelo, como si se tratase de un signo de debilidad.
.- Él tiene razón.- dijo su padre doblándose por la cintura, inclinándose a la altura del chico para verlo a los ojos.
Tras segundos de hacerlo sus ojos se abrieron un poco más de lo común, detalle que al chico no le pasó inadvertido. A continuación frunció ligeramente el ceño, como si no creyese lo que acababa de ver. Realmente era extraño, creyó divisar un destello fugaz y veloz, en los ojos del niño que tenía enfrente, dándole una tonalidad verdosa y vivaz, color esmeralda, para luego volver a ser la misma de siempre. La que él siempre había visto en aquellos infantiles ojos y la misma que compartía consigo: una tonalidad grisácea en los iris.
.- No le hagas caso, Devon. Ya sabes como es, intenta demostrar superioridad.- aconsejó el hombre adulto incorporándose nuevamente hacia el otro, corpulento. Y tapando disimuladamente la horrible impresión que había dejado impresa en su cara aquella extraña visión. Evitó entonces volver a ver al chico a los ojos.
.- Jaja, ¿a quién habrá salido?- preguntó el guardaespaldas al aire, divertido. Aún conservaba un poco de humor. Tal vez pareciera demasiado serio y aburrido, pero cuando se lo proponía podía ser de los más fiestero y alegre.
.- No sé de qué hablas.- aseguró el hombre rubio.
.- Jaja, no, claro que no.- terminó de decir el otro, con sarcasmo.
.- Draco, será mejor que nos apuremos. De otro modo, Mich perderá el tren.- apremió una mujer delgada, alta y de negros y cortos cabellos.
.- Lo sé, Pansy. Tranquila. Vámonos hijo, será mejor que nos apuremos.
.- ¿Cuándo veré a mi tío?- preguntó el niño mientras se situaba entre la mujer llamada Pansy y su padre, tomándolos a ambos de las manos. Encabezaba el grupo Novorski, unos pasos más por delante, ahora él llevaba el equipaje del muchacho.
.- No lo sé, seguramente para la hora de la cena, hijo. ¿Por qué lo preguntas?
.- Necesito hablar con él acerca del libro que me regaló para mi último cumpleaños.
.- ¿Y qué quieres decirle? Se trata sólo de un libro de lectura. La psicoanalización plasmada en una obra literaria. - aventuró su padre.
.- Nada importante, sólo especulaciones sobre la trama.- se limitó a contestar el chico, con evidente aire intelectual.- Es un libro muy interesante. Una buena elección por parte de mi padrino, a decir verdad. Es atrapante el misterio y el suspenso que el autor agrega a cada capítulo. Pero no lo entenderías, padre. Por eso necesito hablar con Blaise.
.- Vaya, creo que estará encantado de oírte.
.- Creo que Blaise se ha excedido un poco, Draco. Admito que le ha enseñado muchas cosas a Mich, pero esto es demasiado. No quiero verlo todos los días dentro de una biblioteca.- señaló la mujer.
.- Cierto. Pero creo que es un poco tarde para eso. - se lamentó el rubio.- De todos modos le ayuda a ocupar el tiempo en cosas valiosas como la lectura, eso es algo.- agregó junto al oído de la mujer. Luego alzó la cabeza y agitó el brazo con ansiedad.- ¡Apúrate hijo! ¡Devon, ayúdale!- el niño había corrido hacia el tren y estaba subiendo a él, mientras su guardaespaldas tiraba del gran baúl.
.- ¿Lo ves? Ya ni siquiera se molesta en saludarnos. Y solo se trata del primer año. ¿Qué será de los otros?- se quejó la joven de negros cabellos.
.- Tranquila, Pansy. No vamos a perderlo. Sólo asistirá a Hogwarts tres meses y lo volveremos a ver, para las Navidades.
.- Lo sé, pero eso solo lo empeora.- contestó mientras ambos jóvenes se acercaban al tren y se disponían a saludar al pequeño Mich de once años que estaba a punto de viajar rumbo al colegio de Magia y Hechicería Hogwarts.
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Una vez dentro, y luego de despedirse de su padre y su tía, caminó ansioso detrás de sus primos y los siguió hasta mitad de trayecto. Una niña de su misma edad, volteó a verlo cuando él se detuvo y lo miró a los ojos, expectante, interrogante. Él bajó la mirada evitando verla a los ojos nuevamente, se sentía apenado por no poder decírselo, pero si lo hacía ya nada sería igual.
Ella estiró su mano izquierda hacia la derecha de él, que reposaba sobre la manija del carrito de su baúl y tiró suavemente de él. El chico alzó la vista sorprendido por la reacción. Ella sonrió, él la imitó. Soltó entonces la manija del equipaje y lo dejó en sus manos, volteó contento y hechó a correr, se detuvo a un par de pasos. Giró su cuerpo y retrocedió, se acercó a ella y acortó la distancia entre ambos, estrechándola entre sus brazos. Realmente la admiraba y quería a partes iguales como si fuera su hermana. La soltó, tal vez de una manera un poco brusca, repentina. Ella sonrió nuevamente, con aire maternal, aunque no había podido corresponder el abrazo con sus manos ocupadas en los equipajes, si había dejado que él la envolviera cálidamente. Ese simple gesto le indicó al chico que ya podía irse. Entonces retomó su trayecto en dirección contraria en la que habían marchado el resto de sus primos, con solo un objetivo en mente: encontrarle.
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Miraba impaciente el asfalto correspondiente al suelo del andén, le extrañó ver poca suciedad, apenas algún que otro envoltorio de dulce tirado por allí y otro por allá, nada inquietante. Una vez ocupado su lugar, la sensación nerviosa que hacía poco albergaba su cuerpo había desaparecido tan pronto como había llegado. Observó sin un ápice de ánimo la característica escena que allí tenía lugar. El andén en esos momentos presentaba un escenario desalentador para él. Todos los familiares de los alumnos y futuros alumnos de Hogwarts estaban allí. Padres emocionados porque sus hijos por fin aprenderían algo útil o simplemente cumpliendo la rutina anual. Pequeños juguetones y traviesos correteando por entre la masa congestionada de adultos presurosos y alguna que otra mascota, como lechuzas que ululaban desde los hombros de sus dueños, o gatos que ronroneaban a los pies de sus amos. Pañuelos que se agitan, el pitido del tren que anunciaba la puesta en marcha y más lágrimas derramadas. Aunque no les entendía, había aprendido a respetar a todos aquellos magos adultos, pero no logró contener el fugaz pensamiento que pasó por su mente diciéndole que en momentos como esos, le parecían realmente tontos, estúpidos. Otra cosa que jamás había contado a nadie: sus ideales respecto a los tratos en sociedad. A su juicio, habían personas en el mundo mágico (y no) que valía la pena escuchar o con ellos hablar, mas sin embargo no por eso los admiraba; y otros simplemente los consideraba, si no inferiores, pero si irrelevantes de su atención, como los squibs o los muggles.
En esas recónditas reflexiones de su mente vagaba cuando divisó por el rabillo del ojo una sombra efímera del otro lado de la puerta, recorriendo el pasillo de izquierda a derecha. Allí fue cuando sintió otra vez ese mal presentimiento. Y un repentino malestar formó parte de su estómago. Se permitió prestarle atención solo un momento, antes de volver la vista a la ventana. Se dijo que sería mejor ignorarlo, y así lo hizo. Acto seguido le sorprendió ver nuevamente, por el rabillo del ojo, esa sombra borrosa retroceder y colocarse frente a la puerta del compartimiento que ocupaba.
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Le asombró descubrir todo lo que habían recorrido a lo largo del pasillo antes de que él y su prima se detuvieran. Pero no le importó. Cruzaría millas y millas si fuera necesario para encontrarlo. Afortunadamente solo debió recorrer unos cuantos compartimientos con la mirada. Había pasado de largo y con rapidez hacia los primeros compartimientos, pero no había logrado divisar, siquiera, su presencia. De modo que tendría que desandar su recorrido, pensó con desanimo y desesperación, ansiedad contenida. Trotó en dirección contraria, hacia el final del tren. Despacio pero seguro. Y fue así como logró ver aquellos cabellos rubio platinados del otro lado de la puerta. Aunque un poco tarde, por cierto. Pues había dado unos cuantos pasos más, y trastabillado luego al intentar frenar su trayecto haciéndolo con torpeza.
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.- ¡Allí estás!- largó en un suspiro contenido. Penetró al interior del compartimiento con solo dos cortos pasos, giró sobre sus talones y tiró de la puerta que cedió al simple empujón. La cerró y sacando su varita del interior de su túnica, realizó un simple hechizo, uno silenciador. Nadie, ningún curioso debía oír lo que allí tendría lugar. Sin embargo no se molestó en sellar la puerta. Satisfecho, giró nuevamente, a verlo.
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¡Por fin lo había encontrado!
Era cierto entonces, lo había estado buscando.
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.- Si.- afirmó Nicohlas. Pareció contestar a una pregunta que nadie había formulado.
.- ¿Por qué?- preguntó Michael, mezcla de intriga y súplica.
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Por toda respuesta, ambos cruzaron miradas, expectantes. Se mantuvieron así unos segundos más, hasta que Nicohlas decidió que era hora de comenzar a entablar una conversación, una larga y tal vez tediosa, pero que le explicaría a su hermano el porqué de su repentina irrupción en la vida del rubio.
Se acercó unos pasos más y estiró su mano.
.- Nicohlas Adam Potter, es un gusto.- el otro contempló unos segundos la pequeña mano extendida, luego alzó la vista para observar sus ojos, y más tarde volvió a contemplar la mano trigueña del desconocido y con algo de duda aún reflejada en su rostro, la estrechó.
.- Michael Christopher Malfoy, igualmente.
Nicohlas sonrió. Lo había conseguido, lo había encontrado. Y por Merlín que era igual a su padre, al que no había conocido. Se dijo entonces para sí, que no permitiría que nada ni nadie los separara de ahora en adelante. Estrechó su mano con ímpetu y una gran sonrisa iluminó su rostro. Pero ese gesto reflejaba sólo una parte de la enorme felicidad que en esos momentos lo inundaba. Su corazón latía con rapidez, tanta, que parecía le saldría del pecho, pero pronto se controlaría. Tomó asiento en frente, con un largo suspiro y expresión cansina.
Mientras tanto Michael lo miraba desconfiado. Sentía que aquel chico le traería problemas. Muchos problemas. Tenía la extraña impresión de que lo conocía de algún lado y peor aún, que ese chico guardaba grandes secretos. Lo sabía conocedor de muchas cosas que él no, y que pronto sabría el motivo de su visita.
.- Bien, creo que es hora de que empecemos a... -comenzó a decir Nicohlas.
.- ¿Qué quieres?- lo cortó de manera fría el rubio.
El moreno se sorprendió de la rudeza de sus palabras, pero a continuación sonrió.
.- ¿Sabes quién soy?
.- No.
.- ¿Crees saberlo? ¿Alguna suposición?
.- Tal vez.- contestó Malfoy.
.- Genial. Empecemos por ahí entonces. ¿Qué crees que he venido a hacer?
.- Conocerme. Decirme algo que no sé. Informarme.- apuntó pausadamente el rubio.
.- Pues estás en lo correcto. Tengo una misión para ti y para mí. Una un tanto difícil, pero sé que tú podrás ayudarme con eso.
.- ¿Te conozco?
.- Eso me gustaría. Pero no, no nos hemos visto en 11 años.
.- ¿Debería?
.- Si.
.- ¿Por qué?
.- Compartimos algo más que la edad y el colegio.
.- ¿Qué es?
.- ...- Nicohlas permaneció en silencio. Observando a su hermano, intentando impacientarlo, pero el otro ni se inmutó.
.- ...- lo observaba impaciente, pero no lo demostraría. Era eso lo aquel chico quería. Que perdiera los estribos.
.- Nuestros padres.
.- ...- siguió en silencio, procesando la información.
.- ...- esperaba una respuesta.
.- No entiendo.
.- No espero que lo hagas tan pronto. Pero las demás explicaciones tendré que dártelas en Hogwarts, no aquí. Necesito mostrarte algo. Un libro.- aseguró. Quería parecer misterioso.
.- ¿Un libro?
.- Si. Pero es más que eso. Ya lo verás.
.- ¿Qué es lo primero que debo saber?
.- Que somos hermanos de sangre, aún no sé como. Pero lo cierto es que lo somos. Tengo pruebas, lo juro. Y necesito de tu ayuda.
.- ¿Qué ayuda?
.- Información. Valiosa. Acerca de nuestros padres. Yo te hablaré del mío. Tú del tuyo.
.- ¿Y las pruebas?
.- ¿En qué fecha has nacido? Yo soy del 20 de Mayo de 1998.
.- ...- entendió eso como un si.
.- Igual, ¿no es cierto? ¿Y tu apellido? ¿Malfoy? Tu padre, Draco Lucius Malfoy, ¿me equivoco?
.- Eso cualquiera puede saberlo.
.- Ni tú te lo crees. ¿En qué trabaja? Seguramente para el Ministerio. El mío es Auror, se llama Harry.
.- No me importa su nombre, de todas formas no lo conozco.
.- Eso porque tu padre nunca te ha hablado de él. No ha querido hacerlo. Al igual que el mío. Nunca me contó de Draco, tuve que descubrirlo por mi mismo. Fueron al mismo curso, distintas casas, opuestas a decir verdad, pero al mismo colegio. Ambos asistieron a Hogwarts, Mich.
.- No me llames así.- reprochó el niño de ojo verdes.
.- Tendré que hacerlo algún día. Yo no tengo un sobreombre específico, pero puedes decirme Nicoh o Nick, si lo prefieres. Más tarde lo veremos.
.- Como sea. Aún así,...
.- ¿Qué?- Nicohlas pudo sentir su indecisión.
.- Esto es absurdo. ¿Alegas que nuestros padres son homosexuales?
.- Tal vez, tal vez no. Podrían ser bisexuales, o tal vez por un simple capricho adolescente.
.- Son hombres. La ley lógica del ser humano no les permitiría procrear.
.- Lo sé. Pero estamos en un mundo rodeado de magia. Y no se como, pero puedo asegurarte que somos hijos de un mismo matrimonio, es decir hermanos.
.- Yo no tengo madre.
.- Era sabido. Yo tampoco.
.- Pero mi padre estuvo comprometido.
.- Mi padre pudo haberse casado... y sin embargo no lo hizo.
.- ¿Quién te ha proporcionado esa información? Todo lo que sabes.
.- Un amigo. Te lo presentaré cuando lleguemos.
.- Sigo pensando que es ilógico.
.- En la magia no hay lógica. Yo creo en ella, ¿tu no?
.- Le debo la vida, supongo.
.- ¿Desde cuando?
.- Seis meses. Un hecho irrelevante. Un accidente, pero ya no importa.
.- Entiendo. No me crees.
.- No.
.- Lo harás.
.- Lo dudo.
.- Las dudas no son muy buenas, ¿sabes?
.- Prefiero fiarme de ella que de un desconocido. ¿qué más puedo decir?
.- Oh, ¡por Merlín! ¡Me desesperas! No es tan difícil de creer. ¿Por qué tienes que complicar las cosas?- Nicohlas se levantó de su asiento, enfadado. Acababa de perder la paciencia. Comenzó a caminar en círculos bajo la mirada atenta de Mich. Se tomó la cabeza entre las manos con desesperación y de pronto recordó las imágenes del diario. ¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado? ¡Allí radicaba la diferencia! Esa debía ser una prueba más que suficiente. Un rasgo físico que los identificaba. Su hermano debía saberlo. Se giró rápidamente a formular la pregunta que recientemente le taladraba el cerebro.
.- ¿Tu padre...
.- ¿Qué hay con él?- preguntó el rubio a la defensiva.
.- Jamás vio tus ojos del color que en verdad son...- notó como la expresión en el otro chico cambiaba a sorpresa.- ¡Eso es! El mío tampoco. Mi padre no distingue el color de mis ojos. Como soy igual a él físicamente, siempre dice que también tengo sus ojos. Al menos eso parece creer.
.- Eso no es cierto... -el rubio había bajado la mirada, pensativo.- No es posible.- masculló.
.- Eres idéntico a tu padre, ¿verdad?-el rubio asintió.- Físicamente, supongo. La personalidad puede variar.- Michael volvió a asentir, aún sin mirarlo a los ojos.- Pero tus ojos y los de él no son del mismo color. Pero él no lo ve así, debe pensar... que los tuyos son iguales a los suyos. Lo mismo que el mío.
.- ¿Tu padre tiene ojos verdes?
.- De un verde brillante, esmeralda. Así lo define mi tía. Si.
.- Los de mis padre...
.- Mírame.- le espetó Nicohlas. El otro negó con la cabeza, aún no se atrevía. Esa fue la gota que colmó el vaso.
De manera alarmante, el morocho acortó la distancia que había entre los chicos, recargando su peso sobre una rodilla y una de sus manos cerradas en puño, sobre el mismo asiento donde el otro se situaba. Lo tomó repentinamente por la túnica con la otra mano (izquierda), arrugando así la vestimenta. Aunque ese gesto era típico del enojo y enfado, él lo utilizaba para descargar su ansiedad. Acercó sus rostros con brusquedad como consecuencia del forcejeo con la ropa, obligando al otro a mirarle a los ojos.
.- Sólo mírame y dime qué ves.- pidió con urgencia. No obtuvo respuesta alguna, sólo la atención forzada de aquellos ojos esmeralda que aún preguntaban por qué.
.- ¡Mírame! Mírame a los ojos...-los señaló, dificultosamente, con dos dedos de la mano derecha, intentando no perder el equilibrio.- ...y dime a quién recuerdas.- exigió. Una ves más sólo obtuvo aquella mirada fría, calculadora y desinteresada, que comenzaba a hacerlo enfadar. Y justo cuando estaba a punto de propinarle una bofetada, justo entonces... lo vio. Ese cambio repentino en sus ojos. ¡Lo había hecho! Por fin había recordado lo que, con tanto esfuerzo intentó decirle a gritos. Silenciosos gritos desesperados desde lo más profundo de su interior.
.- Mi padre...- susurró apenas audible.
.- ¿Qué dices?- dijo asombrado.
.- Tienes... los ojos...-una lágrima solitaria pendía de una pestaña retinta de su rostro, que al instante siguiente decidió caer.- ...de mi padre.- entonces cerró los ojos con fuerza. No quería volver a verlo. Le hacía daño recordarlo, a su padre. Se sentía presionado. Y forcejeó con el chico de piel morena hasta que lo liberó.
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Sonrió con gusto y lo soltó de su agarre. Finalmente había entendido.
Se sentó con cansancio figurado en el rostro, frente a aquel chico de ojos rojos, hinchados por un llanto no derramado, solo apenas demostrado. Sabía que él había sido el causante, pero eso no lo motivo a safarse, de la misión que ese día había empezado y que no terminaría hasta haber reunido a su familia por completo.
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.- No te ayudaré.- escuchó la voz temblorosa de su hermano.
.- Sé que no es lo que quieres. Pero si realmente deseas conocer tu pasado, pues entonces lo harás conmigo.
.- No lo haré.
.- No seas tonto, no voy a dejarte. Estarás conmigo todo lo que yo lo necesite.
.- No lo haré. Ya te lo dije. Mi padre sabrá de esto.
.- No lo harás. Para mí eres predecible. Él no te creerá. Mi amigo me lo dijo. Para él no existimos, ni mi padre ni yo.
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Una sensación de vacío, eso era lo que había sufrido, solo ahora lo entendía pero ya no la padecería, no con ese chico que recientemente conocía, sabía que él le ayudaría.
Aún así le tenía miedo, porque sabía que su felicidad estaba a su lado. Y aún así, no le quería. Seguramente el moreno sabía que no le sería fácil conocerlo y convencerlo.
.- Déjame sólo.- pidió. Tapándose la cara con ambas manos.
.- No. Necesitamos pasar el tiempo juntos. El tiempo que nos robaron, Mich. Entiéndelo.- decidió el moreno de manera imperial.
.- Eres despreciable.
.- Soy tu hermano, ¿qué esperabas?
.- Está bien.- dijo secándose las lágrimas.- Pero invertiremos los papeles. Tú serás el bueno, obedecerás mis reglas. No pasarás más allá de ellas. ¿Entendido?- consiguió sacarle una sonrisa a Nicohlas del rostro. Aquello lo disfrutaría más de lo que pensaba, se dijo a sí mismo.
.- Bienvenido a mi mundo, hermanito.- pronunció. La frialdad al otro lo envolvió y sólo así contestó.
.- No voy a ayudarte.- volvió a decir. Refunfuñado y enfadado, pero así sólo consiguió otra sonrisa sarcástica de su hermano.
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