Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, no robes, no publiques en ningún otro sitio sin mi permiso expreso. No escribo con ánimo de lucro.

N/A: Venga, venga, ¡que yo puedo! Incluso es posible que lo acabe, en lugar de dejarlo a medias como siempre hago XD Soy un puto desastre, pero eh, que estoy mejorando :)

EDIT: Por si no lo sabías. SE ME HA BORADO EL FIC. No, en serio, ¿a quién tengo que matar para deshacerme de toda esta rabia? Lloraría, si sirviera para descargar todo el sentimiento de impotencia que llevaba encima, vuestros RR's eran de lo mejor, JODER.

VIENTO

Los enfados de Draco siempre son pasajeros. Volátiles, como un soplo de viento con demasiada fuerza. Pero aún así, peligrososos en su corta vida.

Empiezan con mucha fuerza, violentos, la sangre le sube a las mejillas y los ojos se le entrecierran. Abre la boca y empieza a soltar veneno. Esa, normalmente, es la peor parte, porque siempre ha sabido dónde dar para que duela.

Luego se calman un poco. La rabia se le aposenta en la sangre -sangre pura y leal a su ideales-, y es entonces cuando empieza a maquinar. A forjar planes con el fuego de su ira, basados en la humillación de su rival, en reír cuando el otro esté llorando.

Pero esos mismos planes se secan luego con el aliento de la desesperación al ver que no se cumplen, y entonces el enfado se desvanece.

Draco no es rencoroso, pese a lo que muchos puedan pensar -lo de Potter es un caso aparte, reaviva su rabia cada vez que le ve-, le cuesta sudor y sangre mantener un enfado en llamas, tiene que recordarse constantemente por qué hay que mandar maleficios, el motivo por el cual volcar un caldero ajeno en medio de un examen se hace imperioso.

Normalmente es la indiferencia lo que aparece después del estallido. La persona ofensora desaparece de su mente y él sigue con su vida, tan tranquilamente. Ninguna de esas personas le quita el sueño.

El único problema que hay en este caso es que no puede seguir con su vida así como así, porque Ron ya está en ella.

Aparece cada viernes por la tarde con la camisa fuera del pantalón y los ojos azules llenos de satisfacción, le arrincona contra la pared como un león hambriento y a la vez le ofrece su cuello -salpicado de pecas- para que le muerda. Y cuando ese viernes no aparece, Draco sabe que algo hay que hacer. La indiferencia que normalmente le ataca se convierte en interés.

Weasley ya sabía que estaba castigado y en ningún momento se había vuelto loco, como un escorpión al que le rodea el fuego, así que algo ocurre. Algo ha tenido que pasar.

Así que pregunta, investiga, espía. Le mira de una mesa a otra del Gran Comedor, lleno de curiosidad, pero él se empeña en seguir comiendo como si nada ocurriera. Le tira trozos de pergamino a la cabeza -cariñosamente-, le acecha como un león a su presa, incluso, pero nada ocurre. No reacciona.

Así que, harto, decide hacer algo más. Esta vez su plan tiene que funcionar. Maquina durante toda la noche, lo deja reposar, y luego lo analiza desde todos los ángulos posibles. Lo pule, lo mejora.

Y cuando está seguro, ataca.