Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, no robes, no publiques en ningún otro sitio sin mi permiso expreso, ni si quiera diciendo que es mío, mucho menos diciendo que es tuyo. No escribo con ánimo de lucro.

N/A: Bueno chicas, es oficial, he acabado un fic (aplausos). Esta vez me he pasado un poco por el forro la norma de las quinientas palabras, pero os juro que por mucho que lo he intentado no he podido reducirlo más. Ains. ¿Que qué he aprendido escribiendo esto, decís? Pues que Ron es la cosa más sexy que se haya visto jamás. Ya, ya, lo sé, qué lista, pero es que estas cosas me cuestan XD Y bueno, sigo cabreada con fanfiction, ¿pero qué se le va a hacer? De nada me sirve hacer mala sangre. Mañana empiezo a subir mis fics a slasheaven, también.

AGUA

Draco, pese a la estupenda educación que le otorgó su padre, conoce algún que otro dicho muggle; pequeñas perlas de cultura en un mundo tan burdo y salvaje como es el suyo. Ese que dice conoce a tus amigos, pero mejor a tus enemigos es uno de sus favoritos, y Ron fue su enemigo durante mucho tiempo así que lo tiene calado.

No es que ahora sea su amigo, no, sino que encuentran en una especie de terreno neutral. Aún así, no por eso ha olvidado cual es su mayor debilidad: el orgullo.

-Weasely, eres un cobarde -apoyado en la pared, le ha estado siguiendo toda la puta tarde hasta que ha conseguido dejarle solo a base de algunos hechizos -ilegales- para recordar cosas, como el que sabe que le echaron a los muggles en el mundial de Quidditch.

Weasley saca la varita, primero. Es rápido. Luego -medio segundo después, tan sólo, y Draco siente que algo se regocija en su interior al saber que le ha calado tan hondo-, se da cuenta de que es él y le mira, enfadado. Enfadadísimo.

-¿Qué coño quieres?

-Saber.

-¿Qué dices? -le mira, como si le hubiesen crecido dos cabezas más. Una en cada hombro.

-Quiero saber por qué te atreviste a pegarme, Weasley -le aclara, haciendo que el enfado de Ron vuelva a hervir.

-Creo que está muy claro, Malfoy -escupe las palabras, un poco como cuando él se enfada.

-¿Por qué? -pregunta, simplemente. La curiosidad le invade y Ronald respola, le mira como si fuera imbécil, pero él insiste. Calla durante un par de segundos y luego abre la boca. La vuelve a cerrar, con mirada agria. La abre de nuevo.

-Porque me castigaron por tu culpa.

-Pero eso ya lo sabías antes, y no te enfadaste -le responde, extrañado.

-¡Porque pensaba que a tí también te castigarían! -pierde la paciencia. Le grita, como si fuera evidente.

Y es entonces cuando Draco lo entiende todo. Recuerda eso de haber estado trabajando cuatro horas -pensó que sería una exageración-, y recuerda también las palabras de su jefe de casa, prometiéndole de que Weasely se arrepentiría de haberle retado a un duelo. Y ese nudo de curiosidad y algo más -algo crudo y desagradable- que tenía en el pecho, se deshace. Pensaba que sería grave. Quizás, que en su cabeza -hueca y pelirroja- algo hubiese hecho click, y de pronto se hubiese dado cuenta de que con quién se acostaba era una jodida serpiente. Algo preocupante, pero no eso.

Así que se ríe, tranquilo, y los puños de Ron se crispan, los ojos se le oscurecen.

-¿Te hace gracia? -aprieta la mandíbula-. Porque a mi ninguna.

Y se dispone a irse otra vez, cuando Draco reacciona. Da dos zancadas largas y le coge por el cuello de la camisa. Le obliga a girarse.

-¿Dónde coño crees que vas?

-¡No me toques! -le responde, histérico. Parece que hubiese visto una araña (algo de lo más cómico, por cierto, esa fobia suya).

-Te toco si quiero -le dice, harto. Le vuelve a coger por la camisa ahora que se ha girado, le acerca a él.

-¿Qué coño haces, Malfoy?

-Te toco si quiero, Weasley -cuela una mano debajo de la prenda blanca, le toca los músculos del estómago, sin dejar de mirarle.

Y entonces desaparece esa mirada enfada suya por la de siempre. Líquida, algo agresiva. Así, en un segundo. Se vuelve como el agua que todo se lo lleva, le coge por las caderas, le acerca a él. Le mira un par de segundos que se hacen como eternos -salvo por el hecho de que no lo son-, y le besa.

Estampa los labios contra los suyos, cuela la lengua en su boca. Y el le responde.

Y se ensarzan en un duelo semejante al de la Sala de los Trofeos, hace un par de semanas, salvo por el hecho de que, esta vez, ha sido él quién le ha retado. Con palabras, con ofensas, con miradas que se deshacen y mordiscos en un cuello lleno de pecas.

Un duelo más un duelo menos en su historial no importa demasiado, salvo por el hecho de que este -¿este?-, es sin duda uno de los mejores.