Los personajes pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer (aunque debería robárselos por no seguir escribiendo Midnight Sun). La historia es mia, o algo así. Escribo lo que se me ocurre, pero basada un poco en los tiempos que ella establece en su historia, y en esta temporada navideña.
Gracias a y a Sofia Cullen por sus reviews en la viñeta pasada. Chicas, les envio un afectuoso saludo. Y besos de nuestros vampiros favoritos.
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UNA SORPRESA ESPECIAL
Esme POV
Era mi tercera navidad con Edward y Carlisle, luego de que este último me había rescatado de la morgue donde me habían puesto, creyéndome muerta, y me había transformado en una bella vampiresa. Bueno, era mi tercera Navidad con mi nueva familia, pero la primera sin Edward.
En febrero de este año se había ido de la casa, argumentando que estaba harto de tener que actuar como algo que no era, que ya estaba cansado de tener que refrenar su naturaleza, bebiendo animales en vez de saciar su sed con sangre humana. Nos dejó, y desde entonces no habíamos sabido de él. Carlisle y yo nos quedamos tristes, como dos padres abandonados por su hijo. Carlisle pensaba que él tenía la culpa, por no haber sabido manejarlo mejor, y yo... Yo estaba desconsolada. En alguna forma, yo consideraba a Edward como mi hijo, y su partida me había roto el corazón.
Esta Navidad sería triste. Ya nos habíamos sobrepuesto a su partida, pero una Navidad sin él sería demasiado para soportarlo con entereza. Carlisle notó mi cambio al llegarse diciembre, e intentó animarme. Agradecí sus esfuerzos, pero no fueron suficientes.
-Carlisle, te amo, y sé que lo estás haciendo con la mejor intención -le dije una semana antes de Navidad, cuando me trajo un ramo de orquídeas frescas, algo imposible, ya que esos últimos días había estado nevando terriblemente-, pero aún así estoy triste. La Navidad es para celebrarse en familia, y nuestra familia no está completa.
-Lo sé... -repuso, abrazándome y acariciando mi cabello-, lo sé, querida. Yo también lo extraño.
Los días que siguieron, Carlisle intentó actuar lo más normal posible, atareado en el hospital, y realizando las donaciones de Navidad a orfanatos, asilos y hospitales, como me dijo que tenía por costumbre. Pero aún asi, noté que algo se traía en mente. Yo adorné la casa más por costumbre que por convicción. Sólo faltaba el árbol.
La mañana del día de Nochebuena, antes de que Carlisle se fuera al hospital, salimos por nuestro pino, y lo acomodó en la sala para que pudiera decorarlo.
-Esme, amor -me dijo antes de irse-, te tengo una sorpresa -sonrió-. Esta Navidad tendremos una visita especial.... Humanos, cariño, pero muy especiales. Sé que te alegrarás. Así que prepara dos habitaciones, y cocina algo delicioso, ¿si?
Por un momento pensé que podría ser Edward, pero cuando mencionó "humanos", mi alegría no fue tanta. Aunque una visita especial me llamaba la atención. Estaba encantada con la idea de tener que acompañantes en Navidad.
-Espero... -salí de mis pensamientos-, ¿cocinar? ¿Yo cómo voy a cocinar? La comida humana no me sabrá bien, no sabré cómo condimentarla, ni nada...
Carlisle rió, y su dulce risa me hizo suspirar un momento. Me acarició el rostro con el dorso de su mano.
-Sé que lo harás bien, cariño. Aunque también puedes comprar la cena en el restaurante que quieras.
-Bien, lo intentaré -lo abracé-. Que tengas un buen día, amor. Espero ansiosa la sorpresa.
-Te encantará -me besó en la frente-. También espero que tengas un buen día. Te veo en la tarde -me besó en los labios, y se fue.
Decoré el árbol, ahora con un poco más de emoción, aunque de tanto en tanto, recordaba las navidades pasadas, cuando Edward me pasaba tal o cual esfera, me ayudaba a colocar la estrella en la punta del árbol.
Cuando terminé, me dispuse a preparar las alcobas, pensando en qué podría preparar para la cena. Fui a las tiendas a comprar un recetario y todo lo necesario para prepararla.
Toda la tarde la pasé en la cocina, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del recetario, y apoyándome un poco en mis débiles recuerdos de cuando era humana. Por fin, antes de que el reloj marcara las siete, había terminado la cena. Cuando el reloj tocó siete campanadas, escuché que Carlisle había entrado a la casa, seguido de al parecer dos personas mas. Percibí dos dulces efluvios. Salí de la cocina a recibirlos, y los ví.
Carlisle traía de las manos a dos pequeños: una dulce niña de rubios rizos, y un adorable niño castaño. Vestían humildemente, y se veían algo impresionados. Me dieron tanta ternura que me acerqué a ellos, y les hice unos cariños en las mejillas.
-Esme, amor, ellos son Harriet y John, del Hogar Infantil Saint Monique, y son nuestras vistas especiales de Navidad. Niños, ella es Esme, mi esposa -nos presentó amablemente mi esposo, mientras se quitaba el abrigo.
-Es un gusto conocerla, señora Esme -saludó Harriet, dando un paso hacia adelante, realizando una leve reverencia. Era muy dulce, y tendría unos seis o siete años-. Es usted muy linda, y su casa también.
-Para mi también es un placer conocerla -agregó John, saludando igualmente con una reverencia, como todo un caballerito. Tendría tal vez un año mas que Harriet. Sonreí, y me agaché pata besar a cada uno en la mejilla. Olían delicioso, en fin niños, y aunque el monstruo quiso salir, me contuve, ya que la idea de defraudar a mi esposo, asesinando a estos niños, era demasiado espantosa. Además, era Navidad, y me obligué a pensar que era mas importante el hecho de tenerlos con nosotros que el saciar mi sed.
-El placer es mio, niños. Ahora, denme sus abrigos, y pasaremos un momento a la sala -Harriet tuvo algo de problemas en sacarse su abrigo, asi que le ayudé. John le dio el suyo a Carlisle. Los guardamos en el closet y nos dirigimos a la sala. Los niños se pusieron a examinar el decorado, y se mostraron encantados con el gran árbol. Les serví un poco de ponche caliente, y Carlisle se disculpó un momento. Regresó con algunos juguetes.
-Falta un momento para la cena -explicó Carlisle-, así que pueden jugar un rato. Nosotros iremos a preparar la mesa -por un momento me imaginé a Carlisle como el padre de estos niños. La idea me hizo suspirar.
-Claro, doctor -asintió John.
-Tengan cuidado con el fuego de la chimenea -les dije antes de salir.
Carlisle me ayudó a poner la mesa, y a llevar las fuentes de comida de la cocina al comedor.
-Luce bien, querida -me felicitó-. Apuesto a que les gustará.
-Eso espero -repuse, algo preocupada.
Cuando estuvo listo, trajimos a los niños al comedor. Se sentaron, y Carlisle y yto servimos la comida, incluso en nuestros platos. Ya nos las ingeniaríamos para hacerla desaparecer. Nosotros también tomamos asiento, y nos cogimos de las manos con los niños.
-Harriet, John. Para nosotros, es costumbre en Navidad dar gracias antes de comer. ¿Quieren empezar o lo hago yo? -les comentó Carlisle.
-Yo deseo empezar -indicó Harriet. Cerró los ojos, y los demás la imitamos-. Dios, en esta noche, te damos gracias porque nos permites a mi y a John estar con el doctor Cullen y su bonita esposa, la señora Esme.
-Señor, también te agradezco por permitirnos estar aquí -continuó John-. Te pido que los bendigas, y que siempre sean igual de amables.
-Dios nuestro, te estamos agradecidos por la bendición de poder pasar una Navidad más, especialmente porque Harriet y John están con nosotros -la emoción me embargaba la voz-. Te pido que los cuides, y que los guardes hoy y siempre -"y bendice a Edward esté donde esté".
-Señor, de nuevo, te agradezco la bendición de tener a Harriet y a John en nuestro hogar, y poder compartir esta Navidad con ellos. Gracias porque tenemos la bendición de poder ayudar a los que lo necesitan, y te pido que nos ayudes a hacerlo siempre. Por último, te ruego que bendigas a todos aquellos que de igual manera, celebran esta noche. Que sea una feliz navidad. Amén -finalizó Carlisle, y "comenzamos" a comer.
Al parecer a los niños les gustó mucho, ya que repitieron su porción, y comieron bastante postre. Carlisle y yo ocultamos comida lo más que pudimos, pero de tanto en tanto nos vimos obligados a ingerir bocado y fingir que era la cosa más apetitosa que probáramos.
Después de cenar, cantamos algunos villancicos, y recordé a Edward, ya que él era quien tocaba el piano. Carlisle tocó esta vez, y me obligué a cantar como si nada me pasara para que los niños no preguntaran. Al final se fueron a dormir, y Carlisle me pidió que lo acompañara a su consultorio por los obsequios.
-Gracias por traerlos, Carlisle -le dije en el camino de regreso-. No sabes cuánto me alegraste el día.
-Lo sé, Esme. Lo pude ver en tus ojos.
-Sólo falta que... -se me quebró la voz. Carlisle me pasó su brazo por los hombros.
-Si, cielo, yo también lo echo de menos.
-¿Cómo lograste que los niños vinieran a casa? -cambié el tema, tratando de no ponerme triste-. ¿Desde cuándo lo tenías planeado?
-Desde hace una semana. Te vi tan triste cuando te di las orquídeas, que se me ocurrió. Así que fui a preguntar al orfanato, y me dijeron que era costumbre que las familias acomodadas se llevaran a un niño en Navidad, así que no fue difícil.
-Me alegro -reiteré.
Colocamos los obsequios debajo del árbol. Agregué al conjunto el obsequio que le había comprado a Carlisle. Y nos quedamos el resto de la noche frente a la chimenea, abrazados.
En la mañana, los niños bajaron a ver "lo que Santa Claus" les había dejado. Harriet recibió una preciosa muñeca europea, con cabello rubio igual al suyo, un vestido rosado, un juego de té, y un abrigo beige. John estaba encantado con un ejército de soldaditos de plomo, un traje de soldado inglés para jugar, un libro con las obras de Dickens, y un abrigo marrón. A Carlisle le regalé un nuevo maletín para sus instrumentos médicos, unos gemelos de oro con CC grabado, y un estuche de plumas italianas. Él me obsequió un collar de esmeraldas, y un hermoso vestido morado de seda.
Desayunamos, y se llegó la hora en que los niños debían regresar. Acompañé a Carlisle a llevarlos. Los ayudamos con sus cosas, y además les compramos unos caramelos. Nos veíamos como una familia, y la idea me entristeció. Yo no podría tener jamás un bebé. Carlisle se veía encantador con los niños; sería un estupendo padre, tan atento y paciente como el que más...
-Ya llegamos -la voz melodiosa de mi esposo me sacó de mis pensamientos-. Niños, fue un placer que nos acompañaran a Esme y a mi este día.
-Fue la mejor Navidad que he tenido -exclamó Harriet.
-Gracias, doctor Cullen, por invitarnos -agradeció John.
-Al contrario, gracias por aceptar -Carlisle se inclinó y abrazó a Harriet y a John.
-Muchas gracias, niños -yo también los abracé-. Que sigan teniendo una feliz navidad.
Nos despedimos, y le agradecimos a la directora del lugar.
Mi ánimo decayó considerablemente en el regreso a casa. Carlisle me pasó un brazo por los hombros, y caminamos sin prisa.
-Sobró bastante comida, cielo -le comenté.
-Creo que ya se a quien podemos dársela, cariño. En cuanto lleguemos, la empacamos y podemos llevársela -sugirió Carlisle. Era lo que me encantaba de él: su compasión y bondad infinita hacia los demás. Creo que en toda la historia no se encontraría a un hombre mejor que él, y eso que Carlisle no era siquiera humano.
-Claro amor.
Al llegar a casa percibí un efluvio familiar, pero mi mente me había gastado tantas veces la misma broma, que esta vez decidí no caer. Carlisle se dirigió al comedor a recoger la mesa, y yo fui a la sala por las tazas en que los niños habian tomado ponche.
Y entonces lo ví, de frente a la chimenea, y dándome la espalda.
Las tazas que traía se me cayeron de las manos, y se estrellaron en el piso, quebrándose. Me llevé las manos al pecho, y de haber podido llorar, lo hubiera hecho.
Edward se giró hacia mi, dándole la espalda al fuego, y aunque sus ojos pude ver un brillante color escarlata, signo inequívoco de su dieta a base de humanos, no me importó en lo absoluto, y avancé hacia él, envolviéndolo en un abrazo, sollozando de emoción.
-Esme... mamá... lo siento -exclamó con voz ahogada.
-Calla, Edward.... Lo importante es que estás aqui -le susurré, despeinándole más el cabello.
-¡Edward! -exclamó gustoso Carlisle, acercándose a nosotros, y Edward me soltó para abrazarlo a él-. Edward, gracias a Dios que estás aquí -la voz de Carlisle estaba cargada de sentimiento.
-Siento haberme ido así... Siento haberlos hecho sufrir... En especial a ti, Esme -siguió disculpándose Edward-. ¿Qué puedo hacer para que me perdonen?
-Prometer que no te irás de nuevo -le pedí.
-Claro, mamá, claro -me besó en la mejilla.
-Bienvenido de nuevo, hijo -Carlisle le palmeó la espalda. No cabíamos de gusto en nosotros mismos.
-Gracias, Carlisle. Y díganme, ¿aún no han leído "Cuento de Navidad"?
-No, pero períteme ir por él -repuso Carlisle, y fue por el libro a la biblioteca.
-Gracias por volver, Edward -le dije una vez mas.
-Te quería sorprender, mamá, y desearte una Feliz Navidad.
-Contigo aquí, de verdad que es una Feliz Navidad -exclamé.
Carlisle regresó con el libro, y tomamos asiento en los sofás. Ahora, por fin la familia estaba completa en Navidad.
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Bien, espero que me cuenten que les pareció esta viñeta. Tenía la idea desde hace mucho, y en esta época me pareció perfecta.
Los veo en la siguiente......
