Hola chicas! Tras mucho tiempo, les traigo una historia nueva, corta pero bonita.

Los personajes pertenecen a nuestra diosa Sthephenie Meyer

La historia es mía

Capítulo 1

Bella logró reclinarse contra las almohadas con apenas un bufido y un suspiro de dolor. Los tranquilizantes que le habían dado eran mucho más suaves que los del hospital, pero suponía que era lógico porque esta noche no tenía quién la vigilara. Pero esto era importante, se recordó. Sabía que ahora, tras la cirugía, estaría bien, y Edward llegaría en cualquier momento.

Con cuidado, se deslizó bajo las cobijas, acomodándose lo mejor que pudo para poder dormir sin moverse toda la noche.

Excepto que no fue así. Comenzó a despertar con el sonido de las llaves en la mesilla, como siempre. Edward tenía el hábito de entrar a la casa en silencio, para luego meterse a la cama con ella, despertándola de todos modos. Ansiaba su compañía cada noche, por lo que solía poner atención en la noche para escucharlo llegar. Su cuerpo ya estaba acostumbrado.

Sintió su aroma, profundo, como con tonos madera pero nada similar a los perfumes que había buscado para comparar, antes de que su peso moviera el colchón. Eso la sacó del trance por un momento. El dolor, antes sordo con la inmovilidad, volvió como una ligera punzada que le advertía que podría empeorar si ella no se controlaba. O él.

Pero decidió hacer caso omiso, y giró el rostro justo a tiempo para encontrarse con sus labios, que ya iban hacia ella. Eran suaves contra los suyos, y tuvieron el efecto inmediato de embelesarla. ¡Cómo lo amaba! Sintió una mano gentil contra su cintura, en el lado sano, antes de que el beso se tornara todo menos tierno.

Tampoco era raro que pasaran directamente al sexo. Amaba que la sacara de su postura encorvada en la cama para besarla y seducirla, para luego entrar en ella. A veces era lento, y muy suave mientras la recostaba contra las almohadas, besando su cuello antes de penetrarla. A veces era rudo y duro, y le encantaba. Ambas le encantaban. Había aprendido a amar la incertidumbre mientras él la saludaba, y se decidiera por la que más fuera acorde al humor de ambos ese día.

Sus labios agarraron ritmo, y Bella no pudo evitar suspirar ante el alivio de verlo. Por lo que habían sido dos horas bastante traumáticas, y tres días de incertidumbre, no había estado segura de volver a verlo. Había temido morir, y que él llegara a una casa vacía, sin tener idea de lo sucedido, creyendo que lo había abandonado sin previo aviso. Imprimió ese alivio, y ese amor en el beso, esperando que el pesado dolor de su pecho se hiciera más ligero.

Sintió la sonrisa en sus labios, sin romper el beso, antes de que un murmullo apenas audible saliera en esa voz de barítono que amaba.

- Te he extrañado.

Había olvidado todo respecto a los últimos días, enfocada solo en lo feliz que estaba de tenerlo cerca de nuevo. Todo hasta que Edward se apartó de golpe, puso una mano en su abdomen, y otra en su espalda, antes de girarla en un solo movimiento. Fue tan rápido que no lo vio venir, y el dolor la tomó por sorpresa mientras se encontraba con el rostro presionado contra las almohadas, y el trasero en el aire.

Era como si alguien clavara una estaca directo sobre su corazón. Le sacó el aire y la dejó quieta mientras Edward se bajaba los pantalones y entraba en ella de un solo movimiento. El dolor se iba disipando, convirtiéndose en un eco que abarcaba todo su tórax, cuando lo sintió abrirla. Amaba cómo se sentía, que entrara con fuerza, llenándola con un eco de dolor en el placer que le embargaba, pero el gemido que salió de ella no tenía que ver con eso.

Le tomó un par de embestidas relajarse lo suficiente para tomar aire – poco, para no moverse demasiado – y controlar las punzadas. Encontró apoyo sobre solo uno de sus codos, afianzó una almohada con los puños, y el cambio de peso liberó la presión sobre la herida. Con otra bocanada de aire, finalmente pudo concentrarse en Edward en su interior. Los gemidos volvieron a sus labios, y descubrió que, si paralizaba de la cintura para arriba, el dolor era prácticamente nulo, y la dejaba sentir.

¡Y cómo se sentía! Edward era un eje grueso y firme contra su carne, con las manos en su cintura, afianzándola para que sus potentes embestidas no la tiraran sobre el colchón, que se sacudía con su movimiento. Él también estaba gimiendo, susurrando cosas dulces y sucias al mismo tiempo que gruñía al sentir las primeras contracciones de su interior. Oh, sí.

El placer la hechizó, la hizo pedazos y la armó de nuevo, deshaciendo el trauma de los pasados días para convertirlo en algo pasado, algo que se anclaba al amor que sabía que Edward y ella compartían. Su afecto y sus esencias se entrelazaron con cada choque de sus caderas, y sus respiraciones eran el único sonido perceptible mientras se acercaban al clímax.

El problema se hizo evidente cuando la golpeó el primer espasmo. Todo era demasiado caliente, el placer demasiado intenso, y no tuvo oportunidad de meditarlo antes de que su cuerpo entero se pusiera rígido y comenzara a convulsionar bajo el de él. Así como llegó el ramalazo de placer que arqueó su espalda, el dolor la atravesó con toda su potencia. Jamás lo había sentido así. Ni siquiera cuando sus costillas se habían fracturado y la barra de metal la había atravesado, apenas unos centímetros por debajo de su pezón izquierdo, ya que se había desmayado casi de inmediato. Cuando despertó en la ambulancia, ya tenía algo de anestesia en su sistema, justo antes de que uno de los paramédicos hiciera una incisión enorme en su costado, y la oscuridad regresara.

No, esto era mucho peor. Sus músculos se tensaron, y con ellos la herida, una incisión en forma de L, de 15 cm x 15 cm, que le recorría todo el esternón y luego se desviaba en un ángulo recto hacia la izquierda, para terminar justo en donde la barra la había atravesado. El doctor había dicho que habían tenido que fracturar dos costillas más, y luego separarlas con un artilugio de metal para poder drenar la sangre que impedía que su pulmón se expandiera, y reparar el desgarro en su corazón – el causante de la hemorragia. Había visto videos en YouTube. Había sido una cirugía brutal, pero realizada justo a tiempo para impedirle morir. La habían abierto, toda ella, para que las manos de un hombre adulto cupieran en su interior. Y así se sentía.

El tembloroso apoyo en su brazo derecho, el más lejano a la herida, se venció, y Bella cayó sobre las almohadas en un grito de dolor, que solo se interrumpió cuando el impacto le sacó al aire a la fuerza. Casi podía sentir las fracturas individuales en sus costillas.

En el mismo movimiento, se puso de espaldas, y aunque la postura estiraba las suturas – si es que seguían íntegras -, era menos horrible que la anterior. Paralizó su cuerpo mientras intentaba meter temblorosas bocanadas de aire en su interior, intentando controlar el dolor. Su rostro entero estaba contorsionado por el dolor, con los labios fuertemente presionados, y los ojos cerrados, con lágrimas escurriendo libres por su rostro. El ruido en su cerebro, producto de la conmoción, fue suficiente para hacerla olvidar el mundo exterior. Le tomó unos minutos que el shock pasara, y solo entonces se dio cuenta de que Edward estaba hablándole.

- ¿Qué sucede, Bella? Dime, dios mío, por favor. ¿Te lastimé? Ay, dios. Llamaré una ambulancia. Por favor, cariño, ¿estás bien? ¿Qué sucede? – las palabras eran rápidas, y estaban teñidas con tanto miedo que me rompieron el corazón. Esto era justo lo que había intentado evitar.

Aún no podía animarse a moverse, ni siquiera a abrir los ojos, pero en lo que esperó que fuera un movimiento tranquilizador, extendió una mano, como diciendo "ya, ya". Las palabras cesaron, y un segundo después, una mano enorme tomó la suya mientras la otra iba a su rostro, sosteniéndola como si fuera de cristal.

- Shh, todo estará bien, amor. Respira, solo, intenta calmarte. Necesito que me digas cómo ayudarte – un dedo, frío por el shock, le recorría la mejilla con suavidad, y, tras unos minutos, por fin su cerebro se sobrepuso al dolor.

Aún era como si tuviera un caballo parado en su pecho, y sus respiraciones eran más bien hilos temblorosos de aire que no expandían ni la mitad de su pulmón sano, pero logró abrir los ojos y relajar su rostro.

- Edward – dijo, sin voz, viendo los ojos verdes aterrados que la escrutaban.

- ¿Qué hago? – le susurró de vuelta.

Ella sacudió la cabeza muy poco, sin saber si podía ayudarla. Pero la presión era demasiada, y tras un segundo, señaló la almohada en su espalda.

- ¿Puedes quitarla? Con cuidado, por favor, solo… - él se movió de inmediato. Con una mano fuerte, sostuvo su peso en su cintura, antes de jalar la almohada con la otra, y depositarla de vuelta en el colchón con cuidado. El alivio fue casi inmediato, le permitió curvar su brazo alrededor de su torso, disminuyendo toda la tensión, y por fin pudo, con mucho cuidado y los ojos cerrados por si el dolor volvía, respirar.

Con lentitud, abrió los ojos, buscando el rostro de Edward por si el terror era igual de intenso, porque él no debería tener esa expresión jamás. Pero su rostro, hermoso, cubierto de sudor todavía, estaba serio. No, era más que eso, estaba furioso.

Comenzó a decir algo, pero él la interrumpió.

- ¿Qué demonios te sucedió? – sus ojos ahora eran severos, como normalmente se veían cuando se enfrentaba a los periodistas, o a sus empleados, o a cualquiera que se interpusiera en su camino. Eso la asustó, pero sabía que, de alguna manera, esa ira no era dirigida a ella.

- No es nada, lo siento si te asusté – dijo con un hilo de voz, pero él desestimó sus palabras de inmediato con un ademán.

- Y una mierda. Habla, Isabella. Ahora – ahora fue ella quien negó.

- En serio, no pasa nada… - pero apenas había logrado pronunciar la última palabra, cuando Edward se abalanzó sobre ella.

El movimiento súbito movió el colchón, y eso volvió a sacarle el aire cuando movió su herida, pero Edward contaba con ello. Aprovechando su postura, tomó el brazo que tenía envuelto sobre sí misma, y lo apartó. El movimiento también fue doloroso, pero no demasiado. Nada podría dolerle tanto como lo que había pasado.

- Oye…

Pero Edward no estaba mirándola. Su camisón, blanco, estaba manchado de sangre. No manchado, empapado. La mancha roja cubría todo su lado izquierdo, y la visión era estremecedora.

Sin apenas rozarla, Edward sujetó la unión de los botones al frente, y los arrancó con fuerza, rompiendo la tela.

Tenía que admitir que era horrible. Más temprano, no había mirado con demasiado detenimiento la carne unida con costuras gruesas, grotescas, mientras se quitaba las vendas. No había pensado acostarse con Edward, pero sabía que notaría las vendas debajo del camisón, así que no había querido correr el riesgo.

Ahora, tras el movimiento y el golpe contra las almohadas, parecía que al menos dos puntos se habían abierto. Los bordes de las heridas estaban muy rojos, apretados contra los hilos de la sutura, y había al menos tres focos de sangrado activo. El agujero inferior, donde habían metido el tubo de drenaje, sangraba también.

Tomó aire con sorpresa, impresionada por lo mal que lucía, cuando notó que las manos de Edward temblaban. Había nuevas gotas de sudor en su frente, y una vena parecía que iba a estallar pronto, cuando alzó los ojos hacia ella.

- ¿"Nada"? – dijo con ironía, aunque su voz estaba teñida de ira.

- Edw… - pero la palabra se le quedó atorada. En otro de esos movimientos tremendamente ágiles, él se levantó de la cama, se abrochó los pantalones y se puso su chaqueta, antes de inclinarse sobre ella y tomarla en brazos. - ¿Adónde me llevas?

Esta vez, su voz temblaba más, el cambio de posición le había dolido.

- Al hospital.

- Pero no es…

- No quiero oírlo – le espetó, ya a medio tramo de las escaleras.

Empezamos fuerte.

Buena tarde a todas, y feliz día del estreno de Lavender Haze MV !

- Sev