You want the badge of honor when you save my hide
But you're the one in the way
Of the day of doom, baby
If you need my shame to reclaim your pride
And when I think of it, my fingers turn to fists
I never did anything to you, man
But no matter what I try
You'll beat me with your bitter lies
(Limp – Fiona Apple)

Si le había molestado aquella manifiesta invasión de intimidad, Jack había sabido contener la lengua para callar sus protestas al entrar en el baño entreabierto. Aunque quizás es que se hallaba tan roto que había aprendido del modo más duro posible lo banal que resultaba el orgullo, la modestia o la diplomacia cuando se trataba de sobrevivir en medio de una guerra. Después de todo, lo último que se perdía no era la dignidad sino la vida, por mucho que los idealistas se esforzaran en pintar colores a la realidad más oscura.

Cuando oyó la cortina de papel correr en el riel de la ducha y empezó a escuchar el agua caer con más viveza, centró su atención en el segundo objetivo inmediato.

Examinó las ropas que había llevado puestas cuando se encontraron y le convenció para que le acompañara en lugar de volver solo a un apartamento vigilado por el enemigo, sucio y vacío a excepción de los recuerdos que abrumarían con consecuencias previsibles a un hombre conmocionado en posesión de un interesante botiquín.

La camisa estaba para el arrastre, pero podría subsanarse por el momento con una de las suyas. Limpio, afeitado, bien vestido y sobrio al menos volvería a ser (o aparentar ser) la mitad del hombre de lo que fue… y aquello parecería menos un incómodo acto de caridad.

Chasqueó la lengua. Los pantalones sí que serían un problema. Tendrían que pasar de todas formas por su casa. Sopesó el tiempo que invertirían en la alternativa a hacer una pequeña bolsa de viaje con las pertenencias de Jack. No podían arriesgarse a exponerse en demasiados sitios públicos ni abusar de las tarjetas de crédito de que disponían, o Widmore conseguiría rastrearlos a través de los contactos que tenía en casi todos los bancos del mundo. Por no decir en todos. Y deshacerse de él durante unas horas con la certeza de que su renovado sentido del deber sería más poderoso que su adicción también le daría a él un valioso tiempo para realizar...algunos encargos. Y encontrarse con su abogado.

En efecto. No podía jugárselo todo exclusivamente con la papeleta de que un Jack reformado consiguiera persuadirla después de los encuentros y desencuentros de…pareja, alcohol y drogas que habían tenido entre ellos. No. Su misión requería algo de más peso y credibilidad que la amistad, el deseo

Sonrió para sus adentros imaginando la expresión desencajada de la maternal Kate Austen abrazada al pequeño que había criado como suyo. Honestamente, aquel conflicto legal le afectaba a nivel personal como una segunda traición a sí mismo, más de lo que dejaba traslucir delante del espejo. Pero la reclamación de custodia de Aaron era la única manera en que – lo sabía muy bien. Demasiado – Kate accedería a embarcarse con ellos. Pagaría cualquier precio. Sacrificaría su libertad, sus principios y se tragaría el odio que sentía por él y lo que ella creía que representaba por estar con su hijo.

Deliberadamente, impulsó un viraje al curso de sus pensamientos. Tanteó el bolsillo de los vaqueros gastados que seguían en sus manos hasta dar con el bote que le había visto manosear nerviosamente durante el trayecto en coche. ¿Avergonzado? Tal vez. No le importaba lo más mínimo si quería reducir su vida a dosis cada vez más elevadas y frecuentes de opiáceos, pero que fuera una vez resueltas las deudas. Y hasta entonces, aquellas pequeñas píldoras blancas constituían una peligrosa y tentadora distracción.

Tomó la ropa, un conjunto de toallas de las sillas y la bolsa de aseo minimalista que le había comprado en la gasolinera y dejó que el vaho cálido que inundaba el cuarto de baño le calara la camisa.

Sigilosamente, volcó el bote opaco de farmacia por completo en el váter. Todas chocaron contra el fondo en silencio. Bajó la tapa y soltó encima todo lo que había cargado. Abría la boca para anunciar su presencia e intención allí, cuando una puñalada de dolor en el centro de la parte baja de su espalda hizo que las fuerzas le fallaron en la pierna izquierda. Bajo el peso del cuerpo, su pie pareció descolgarse como un apéndice inútil. Sólo pudo morderse la lengua y apoyarse, casi doblado como una hoja de papel sobre el lavabo, sujetando la encimera hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Tragó saliva. No era la primera vez que le ocurría… pero los episodios se sucedían cada vez con más frecuencia e intensidad.

Dios…

El chorro del grifo se detuvo bruscamente.

− ¿Ben?

La pregunta, con el tono rasgado y medio afónico de quien lleva tiempo sin hablar, parecía encerrar más consternación y cautela por confirmar que el intruso no tenía otra identidad que de irritación. Intentó bloquear la conciencia de la nada que había de cintura para abajo. Concentrarse en recordar cómo era la mecánica de la respiración y la rutina de convertir en fonemas las exhalaciones entrecortadas que se le escapaban entre los labios.

Su voz sonó robótica, impersonal, entre dientes. Pero al menos sonó.

− No soy un voyeur.

El grifo reanudó su caída, con menos presión

− Nunca he imaginado que lo fueras… salvo con cámaras de por medio.

Que la frase tuviera coherencia, significado y verbo era bueno, pero que estuviera lo suficientemente lúcido para hacer una broma con su historia pasada era mejor. Al menos por ese lado todo marchaba bien.

− Te he dejado toallas, algo de ropa limpia, cepillo de dientes y una maquinilla. Deberías afeitarte…

− Pensaba hacerlo.

El cosquilleo en la planta del pie izquierdo le hizo cerrar los ojos, agradecido, mientras conseguía erguirse y clavar los ojos en los borrones de su reflejo en el espejo que se iba desempañando por el aire más frío que se colaba a través de la puerta.

− Darías una mejor impresión para Kate. − la cortina se descorrió lo justo para que se vieran a través del espejo. Gotas de agua se precipitaban desde la punta de la nariz romana y la horrenda barba, bajo las profundas ojeras que enmarcaba la mirada oscura y contrita de quien se sabe indigno. La mano que se sujetaba a la cortina temblaba. Patético. − La idea de que en estos meses te has reinsertado.

− Siempre preocupado por mantener la fachada, ¿eh?

La sonrisa que se columpió en sus labios comenzaba a parecerse preocupantemente a la línea de cinismo que había ido adquiriendo él.

Más confiado en su estabilidad, se dio la vuelta. Ladeó la cabeza y se encogió de hombros, cruzando luego los brazos sobre el pecho.

− Las viejas costumbres no mueren fácilmente…

El sonido del agua de la cisterna al tirar de ella resultó ensordecedor para los dos.

Well if this is the face of a sinner
And if heaven is only for winners
Well I don't care
Cause I won't know
Anybody there.

(Anybody there – The Script)