Travesía en el super
Abrí los ojos precipitadamente. El despertador marcaba las doce cero cinco horas. "Mierda", pensé. "Se me hizo tarde de nuevo".
Me levanté y corrí hacia el baño. Tomé una ducha rápida, me vestí y desayuné la media taza de café del día anterior que encontré en la nevera. Y que, por otra parte, era lo único que contenía la misma.
"Hacer unas compras será lo mejor… si no quiero morirme de hambre", me dije a mí mismo, tomando las llaves del departamento mientras caminaba hacia la puerta.
La ciudad ya estaba despierta desde hacía largo rato. El asfalto recalentado por las altas temperaturas emanaba vahos que quemaban los pies y las pantorrillas. Crucé la calle corriendo, y caminé de forma paralela a la rambla. Miré curioso el mar calmo y verde, mientras avanzaba trotando sin apuro alguno.
En una de las bajadas a la playa me detuve sin entender porqué… o tal vez sí. Subiendo por la escalera de material se encontraba ella, la pelirroja. Una solera blanca de croché, decorada con pequeños caracoles, el dos piezas rojo que se dejaba ver entre los puntos del tejido, la capelina grande y blanca, así como el bolso carmín y las ojotas lograban en su cuerpo una combinación fatal de perfección y armonía. Sus bucles sueltos relucían al sol y la brisa que nos permitía respirar en ese pesadísimo día de calor, los mecía a su gusto.
No podía creer que fuera ella. Justo la persona en la que estaba pensando. Mi rostro no pudo ocultar el gesto de sorpresa, sin embargo, la joven no me vio y siguió caminando, como si nada. Ese hecho no me disgustó. Por el contrario, decidí que lo mejor era ir tras ella. Y el hecho de que siguiera el rumbo que yo estaba haciendo, me vino al pelo.
Se sintió algo incómoda. Perseguida. Miraba hacia los lados con disimulo, pero la expresión de su rostro reflejaba molestia. Apuró el paso y elevó sus cejas con felicidad al ver el supermercado.
"¡Bien, Ryo!", me dije a mí mismo, sin poder ocultar la sonrisa. Las muchachas que salían y entraban al lugar me lanzaban miradas lúbricas. "Soy todo un galán", pensé con orgullo, guiñándole el ojo a una de ellas, luego de quitarme los anteojos de sol.
Ingresé apretando el paso al supermercado. "Mierda… ya se me perdió", medité disgustado, mirando desesperanzado a mi alrededor, puesto que la gran cantidad de gente me impediría encontrarla rápidamente.
Me interné un poco más en el gran local, y para mi suerte, la vi, distraída, eligiendo unos tomates con mucho esmero.
"¿Qué hago?", pensé, "¿Cómo llamo su atención?". Observé a mi alrededor, rascándome la cabeza, imaginando que de esa forma mi neurona se activaría. Una anciana dejó su carro a mi lado y caminó con decisión a la fiambrería a protestar, al darse cuenta de que su número había sido cantado ya y había perdido el turno.
Agarré sin pensar el carro de la mujer, y lo lancé con fuerza hacia el carro de Rika. La muchacha se sobresaltó ante el inesperado choque. Corrí rápidamente hacia ella, mientras le protestaba a la nada cosas del estilo de "presta atención, sos un inconsciente, no vuelvas a empujar mi carro, vas a matar a alguien…".
Miré a la pelirroja confundido. Ella posó sus ojos curiosos sobre mí.
- Lo siento… me distraje y casi te cae mi carro encima… ¿no te lastimó?
- No… no te preocupes… - musitó, trayendo hacia sí su carro, siguiendo en lo que estaba.
"¿Y ahora qué hago? ¿Cómo hago para llamar su atención por más tiempo?", pensé, comenzando a desesperarme.
Aproveché que la vi eligiendo unas manzanas y me acerqué a ella, simulando hacer lo mismo.
- ¿Te parece que ésta está linda? – pregunté, haciéndome el distraído, enseñándole la fruta más maltratada que encontré.
La joven no pudo evitar sonreír.
- Es horrible… está podrida… - comentó al borde de la carcajada – Dime una cosa… ¿estás persiguiéndome? – inquirió, virándose hacia mí.
- Disculpa… ¿me hablas a mí? – le dije sin poder ocultar la picardía.
- S…, digo, no… - añadió titubeante, tomando su carro y alejándose con gesto triunfal.
Mi expresión de disgusto fue notoria. Estaba sosteniendo firmemente el carro robado, cuando vi que su dueña se acercaba a los gritos hacia mí.
Se lo devolví avergonzado, pidiendo disculpas por la "confusión", aunque sin poder ocultar la risa. Vi a la pelirroja no muy lejos de allí, que, para mi sorpresa, miraba hacia mí divertida.
Pasé por su lado cabizbajo, resignado a tener que ir a buscar un carro para hacer las compras e irme sin lograr hablar con ella.
- La verdad es que mereces un premio a la perseverancia… - sentí que me decía, siguiendo mis pasos.
Me volteé feliz. Después de todo, no era tan desgraciado.
- Te conozco de algún lado… ¿cierto? – comenzó, ya a la par mía, poniendo en su rostro un gesto travieso.
- Me temo que sí, pero soy un tipo muy fácil de olvidar… no como tú… - murmuré con disgusto.
- Claro que no… sólo bromeo… tú eres uno de los del delivery… chocaste conmigo anoche… Ibas tarde, ¿no es así?
- Así es.
- Rika… - se presentó, extendiendo su mano blanca – es un placer conocerte.
- Soy Ryo… - contesté, apretando con mi mano morena y grande la suya – y el placer es todo mío…
La joven rió con ganas, ante mi atónita mirada.
- Me hizo gracia la rima… "Soy Ryo, y el placer es todo mío"… - explicó sin dejar de reir – Lo siento… fue estúpido… - musitó avergonzada, recuperando la cordura.
- No, para nada. Es cierto… - admití, fingiendo la risa.
Un silencio incómodo se hizo presente entre nosotros. Sentí que era una obligación romper el hielo.
- Dime… Rika… - comencé un poco titubeante - ¿Qué me recomiendas que almuerce?
La muchacha meditó unos segundos antes de contestar.
- Bueno… no lo sé… depende lo que hayas comido los otros días. Tú sabes… para mantener una dieta equilibrada…
- Es que no sé lo que es una dieta equilibrada… - murmuré, poniendo cara de perrito abandonado.
La joven se detuvo y me miró con seriedad. Le sostuve la mirada, asombrado al descubrir lo bonitos que eran sus ojos.
- Bueno… - comenzó armándose de paciencia – una dieta equilibrada es aquella que garantiza los requerimientos nutricionales mínimos para que el cuerpo esté sano…
- ¿Y cómo sé que lo que como es una dieta equilibrada? – inquirí, sin dejar de mirar sus ojos.
- Bueno… dime… ¿qué comiste ayer? – preguntó, recargándose en el carro.
- Ayer… me levanté a las doce y comí unos restos de pizza que habían quedado de la noche anterior.
- ¿No desayunaste?
- ¡No! Era demasiado tarde…
- ¿Y qué comiste luego?
- Bueno… de tarde tomé una chocolatada y comí un alfajor que compré en el supermercado.
- Vaya… ¿y de madrugada, cuando saliste de trabajar?
- No, no comí nada… me acosté. Estaba muerto…
- ¿Y antes de ayer?
- Uff… bueno… no lo recuerdo…
- Vamos, haz un esfuerzo… ¿Desayunaste?
- No, me levanté muy tarde… comí unas milanesas fritas con unas papas… sí, creo que así fue. Unas milanesas fritas con unas papas fritas.
- ¿Y luego, por la tarde?
- Unos bizcochos que trajeron mis amigos…
- ¿Y en la noche?
- Nada… ¡Bah! Tomé un vaso de leche y una banana y me acosté.
- ¡Bien! ¡Una fruta! ¿No comes fruta muy seguido, no?
- Pues… la verdad… no demasiado… nunca sé a qué hora hay que comerla… - admití, apretando la boca.
- La fruta puede comerse a cualquier hora. Es como una… colación. No requiere de horarios específicos…
- En realidad, hace días que ni compro fruta, porque se pudre en mi casa… yo me olvido de comer…
- Eso no está bien… ¿sabes? Si quieres puedo ayudarte… - propuso con timidez.
- ¿Qué puedes hacer por mí?
- Bueno… podría diseñarte una dieta para ti si quieres…
- ¿Sabes acerca de dietas?
- Estoy haciendo nutricionismo… soy estudiante, pero tengo alguna idea…
- De verdad me ayudarías mucho… - comenté, fingiendo un gran interés - … tengo miedo de reventar como un chancho si sigo comiendo así de mal… - mentí, abriendo mucho los ojos.
- Bueno, no te asustes… te ves muy saludable… no creo que estés demasiado cerca de reventar… Mira, hagamos esto – añadió resuelta – Voy a armarte una dieta en estos días… pero ahora, llévate esta acelga que tengo aquí… - comenzó, sacando el vegetal de su carro - … y hazla con salsa blanca. Y toma estos tomates, para hacerte una ensalada… y la lechuga…
- Espera… voy a dejarte sin nada… - dije, mirándola sorprendido.
- No te preocupes… yo elijo otras cosas… Anda, llévate esto… y hazme caso… compra un churrasco si quieres… y come una fruta de postre. Ah. Y exprime una naranja… en lugar de tomar cualquier otra cosa, te tomas un jugo natural.
- Bueno… te lo agradezco… la verdad es que no nunca había visto a alguien tan amable como tú… - le dije, mirándola sin dejar de sonreir, tratando de sorprender su mirada.
- No es nada, no te preocupes… ¿sabes? No habrás visto a nadie tan amable, pero yo nunca había visto a nadie tan obstinado por lograr una conversación – respondió correspondiendo mi mirada y mi sonrisa – Adiós, Ryo. Nos vemos…
La joven se alejó de mí, y no pude despegar mi mirada de su figura, a la que sólo perdí cuando desapareció entre la gente.
