El golpe callo con fuerza sobre mis pobres costillas. Sabía que venía pero no pude hacer nada. Salí volando varios metros antes de caer de espaldas, sin aire en los pulmones. Era casi repetitivo el castigo que sufría mi tórax. Después de quedarme tendido un momento para recuperar el aliento perdido volví a levantarme para un nuevo intento. Unos pocos segundos después me encontraba en la misma posición de sumisión y bastante más adolorido ya que antes de mandarme a encontrar la tierra varios golpes habían caído sobre mis pobres brazos.

-¡Eres patético! Resiste un poco más. ¡Vamos!- Gritó uno de los otros alumnos.

Solo llevaba un par de días en este lugar y yo aún no había pronunciado ninguna palabra. Al despertarme había asentido ante la pregunta que se me había hecho antes de dormir, así que ahora era alumno de la mujer que me había salvado y este era mi primer día de entrenamiento. El día anterior me habían hecho descansar en una pequeña cabaña. De alguna forma mis heridas ya habían sanado pero me habían insistido que descansara ese día para recuperarme. Así por una vez pasé un día de ocio completo, recuperándome de mis heridas.

Al principio del día me habían presentado a mis tres nuevos compañeros. Habían saludado amablemente pero se quedaron sin respuesta, ya que no dije nada y aunque quisiera decir algo no tenía nombre con el que presentarme. Nadie pareció ofendido y los ejercicios empezaron inmediatamente con unas espadas de madera que escuche que se llamaban boken. Después de un breve calentamiento la Maestra decidió probar mis habilidades con una pequeña lucha. Por fin me recupere lo suficiente como para volver a levantarme.

-No es necesario seguir. Ya he visto suficiente.

Mi orgullo era demasiado grande y me obligó a seguir atacando. Los ataque fueron desviados con facilidad y una mirada divertida bailaba en los ojos de mi contrincante. Por fin decidió que era suficiente y me golpeo la rodilla con un brusco movimiento, derrotándome una vez más. Cuando estaba hincado frente a ella un segundo golpe en el cuello me remato.

-Suficiente. Ahora es una orden.- Supongo que mi mirada decía que quería seguir pero era terminante lo dicho.- No me extraña que sigas desafiante después de cómo de encontré, pero sólo te lastimarás más si sigues así. Es tu primer día y no tienes entrenamiento. Si quieres cuando hayas ganado un poco de experiencia podrás volver a intentarlo ¿te parece bien?- Me relajé un poco demostrando mi conformidad con la propuesta.- Bueno chicos, a trabajar todos.

Me sentí muy extraño ese día. La Maestra se acerco a mí con paciencia, diciéndome como sujetar la espada correctamente y la forma de golpear con ella. Eran cosas muy básicas pero se me fue el día practicando el dar pasos, el golpear, el moverme de la forma correcta. La repetición de ejercicios como avanzar, dar un paso al lado, hacían que esas cosas tan fundamentales empezaran a grabarse en mi cabeza y más importantemente en mi cuerpo. No se cuanto tiempo paso, cuando salí de mi pequeño mundo había caído el ocaso y mis compañeros se habían retirado.

Por primera vez me puse a ver mis alrededores. La cabaña en la que había dormido estaba bastante cerca pero no había otras edificaciones. No demasiado lejos se veía las últimas estribaciones del Rukongai pero ya estábamos en las afueras. Estábamos en una pequeña colina, rodeada de una leve fronda, que mientras se alejaba uno más del final de la línea de edificios se hacía más espesa. Después de haber revisado las inmediaciones la sed me llamó de regreso a la casa.

-Bienvenido.- Dijo con una sonrisa la pelirroja que era la única mujer entre los discípulos. No supe responder más que con una inclinación de cabeza. Pareció decepcionada al no tener una respuesta. Y regreso a sentarse.

Después de que me tendió una taza con agua vi a los que estaban sentados en la mesa. Estaba esa pelirroja sentada frente a mí, de cara linda y tierna, más o menos de mi edad. Era de buena complexión y aunque éramos adolescentes prometía convertirse en una belleza en un futuro no demasiado lejano. Después sentado a su lado estaba un joven de cara divertida, como si todo fuera una gran broma y únicamente él sabía que estaba atrás de todo. Era más alto que yo, aunque considerando que yo era más bien bajo el se podría definir más bien estar en el promedio. Era mayor que yo pero no por demasiado. Su pelo blanco era bastante poco natural, al igual del otro chico que estaba frene suyo que tenía el pelo azul. Era el mayor de todos y también el alumno que parecía el líder. En el entrenamiento cuando algún golpe le cayó en un ejercicio no movió la boca ni un milímetro. Su expresión seria le daba un aire aún mayor. También era más alto que la media y era robusto pero sin llegar a parecer desproporcionado. Además por lo que había visto era muy ágil. No me acordaba de los nombres de ninguno, estaba demasiado adormilado. Finalmente estaba la maestra presidiendo la mesa con los otros dos chicos a cada lado. Su corta caballera negra parecía relucir. No era especialmente hermosa pero su cara fuerte y determinada tenía cierto atractivo. Los brazos fuertes eran evidentes signos del continuo uso de la espada, al igual que el resto de su bien entrenado cuerpo. También era más alta que la norma pero quedaba en concordancia con el resto de su aspecto. Ella nunca había dicho su nombre y todos la llamaban igual: Maestra.

-¿Por qué no hablas?- Me invitó la Maestra.

-Aún no confío en ustedes.- Fue mi respuesta. A pesar de lo bien que se había sentido el entrenamiento por todo lo que sabía esta gente aún podría hacerme daño.

-¿En serio? Bueno, es normal. Pero nos aburriremos si no hay conversación. Decirnos algo no te hará daño. Al menos tu nombre.

-No tengo nombre. Ya te lo dije antes.

-No te creo.- Canturreo divertida.- Alguien debe haberte cuidado y dado un nombre. No puedes sobrevivir solo en el distrito ochenta.

-Si se puede. Con saber correr es suficiente.

-¿Ochenta?- La pelirroja intervino. Con una mirada incrédula preguntaba esto- ¿Vivías en el ochenta?

-Si.

-Pobre. Debió ser difícil.

-No me compadezcas.- Dije volteando a verla con cara de muy pocos amigos. Sin embargo ella no se espanto y aguanto mi mirada.

-Si el pobre niño que se crió en el ochenta. Me entran ganas de llorar con sólo pensarlo.- Dijo entre risas el peliblanco. Mi intento de ataque fue detenido por el líder.

-Shiro, no te burles de los otros. Y tú, nuevo, no permitiré que ataques a un compañero.- Estaba demasiado confiado. No se imagino que lo atacaría por algo así. Con un puñetazo en el estomago lo sorprendí. Estaba a punto de continuar cuando una mano se cerró alrededor de mi muñeca.

-Ao-chan tiene razón, no se permite atacar a un compañero.- Intenté repetir el ataque sorpresa pero lo único que logre fue terminar en el suelo.- Cálmate.

-¡Déjame en paz!

-¿Por qué estás tan molesto?

-¿Crees que te tengo miedo? Si quieres matarme, hazlo de una puta vez.

-¿Eso que tiene que ver?- Preguntó mientras me soltaba. No le dí ninguna respuesta pues salí rápidamente de la cabaña azotando la puerta a mi salida.

El frío aire de la noche golpeo mi cara e impacto mis pulmones. Después de todo este no era mi lugar. Me oriente y empecé a regresar a donde pertenecía, el último distrito del Rukongai. Me sentía algo triste ya que el día me había gustado pero no encajaba con la gente que estaba ahí. Además si me iba evitaría cualquier cosa que tenían en reserva para mí. Regresaría a mi vida. Nada había cambiado.

-¡Espera!- Me volteé al escuchar el grito. La pelirroja estaba corriendo con algo entre las manos.- ¡Espera por favor!- Me detuve hasta que llego a mi altura. Parecía faltarle el aliento un poco pero tardo poco tiempo en recuperarlo.- No te vayas por favor.

-¿Qué te importa? Nos conocimos hoy.

-Pero vas al peor lugar del Rukongai. ¿Cómo no me voy a preocupar?

-He vivido toda mi vida ahí.

-Lo se... pero... pero...

-Dilo.

-Me caes bien.

-¿Qué?

-No se. Apenas te conozco pero por alguna razón me caes bien. Quiero conocerte más.

-No te burles de mí.

-No lo hago. Quiero tener más amigos, aparte de Shiro-kun y Ao-kun. Y me gustaría que tú fueras uno.- No entendía esa mujer. Nos habían presentado esa mañana, no conocía mi nombre pero decía que quería ser mi amiga. Me sentía raro.

-Me voy.

-Pe...- No termino la frase al ver mi cara.- No puedo detenerte. Pero debes tener hambre, come por favor.

-¿Hambre?- Había comido algunas veces antes para conocer la sensación y había sido agradable, los sabores en mi lengua cambiaron el monótono regusto a sangre. Sin embargo no era un lujo que me podía dar demasiado seguido. Y nunca había escuchado eso del hambre.

-Es ese sentimiento en tu estómago. Un sentimiento de vacío. También gruñe y puede llegar a doler.- Era extraño. Llevaba sintiendo eso durante bastante tiempo pero no sabía que era. Y ahora esa mujer me decía su nombre y me la describía sin que yo dijera nada.- Si comes se quitara. Ten.- Desenvolvió lo que llevaba cargando. Unas bolas de arroz estaban ahí. La vi con algo de recelo pero su conocimiento sobre el asunto me hizo aventurarme a agarrar uno de los onigirs. Lo comí ávidamente. Se sentía bien en la boca y en mi estomago al llegar. Devoré el resto, disfrutándolos a pesar de la velocidad con la que engullía. Una sensación de satisfacción y plenitud llego cuando termine lo que se me ofrecía. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.- Parece que te gusto. Me alegro.

-G...gracias.- Casi nunca había dicho esta palabra pero lo que me había dado lo ameritaba.

-No hay de que.- Parecía cómo si mi expresión de gratitud le causara una gran alegría. Era muy extraña.

-Adiós.- Después de decir esto encontré su mano alrededor de la mía.

-Se que no te puedo detener pero prométeme que te cuidaras. No te mueras allá y vuelve alguna vez a visitarme.

-¿Por qué?

-Ya te dije, me caes bien.- Me quede observándola en silencio. Paso el tiempo lentamente.

-Está bien. Me cuidaré.

-¿Y volverás?- Otro silencio.

-Tal vez.

-Es mejor que un no. Además yo creo que sí nos volveremos a ver. Así que, hasta luego.

Se fue sin esperar respuesta alguna. Caminaba lentamente y yo esperé hasta que salió de mi campo de visión. Aún esperé un rato más y regresé a mi camino. Me sentía dudoso por alguna razón desconocida pero me parecía que regresar ahora no quedaría bien.

-Es una buena chica.- Dijo lo Maestra que estaba apoyada en un árbol justo enfrente mío.- Una muy buena chica.

-Sí

-¿Realmente te vas?

-No encajo.

-Si lo haces. ¿Por qué te enojaste tanto?

-No lo se. Me molesto que se burlara de mí. El otro por costumbre. Si se mete en medio debe pagarlo.

-Shiro-chan siempre es así y Ao-chan es tenía razón. No debes atacar a un compañero.

-Supongo.

-Si te disculpas no habrá problemas.

-Te creo pero...

-Te da algo de pena. Es normal. Te sientes mejor después de un paseo y hablar un poco ¿no? Te calmaste ya.

-Sí. A veces soy un poco impulsivo y me enojo fácilmente, al menos si no ha peligro.

-Por eso puedes aguantar el abuso de la gente de allá pero te molesto tanto algo así. Eres así, no hay nada malo. Si quieres puedes volver.- Lo pensé considerándolo seriamente.

-Está bien. Regresaré.

-Genial. Vayamos.

Mi respuesta me sorprendió. A pesar de haberlo pensado bastante me salió casi involuntariamente. Me había divertido el entrenamiento, quería aprender. Los movimientos se sentían bien y la espada parecía adaptarse a mi mano. Era realmente agradable. Y además estaba esa chica. Me había conmovido el que quisiera se mi amiga. Y por ese comentario probablemente yo también quería formar una amistad con ella. Antes de darme cuenta ya estábamos frente a la cabaña.

-¡Ya llegamos!- Grito la Maestra al entrar.

-Bienvenidos.- Fue la escueta respuesta del chico de pelo azul. La chica sonrió ampliamente a modo de bienvenida. El otro chico seguía sin cambiar su expresión.

-¿No quieres decirle nada a tus compañeros ahora que regresaste?- Me recordó la mujer mayor.

-Lo...lo... siento. Reaccione demasiado agresivamente. No debí atacar a nadie.

-No te preocupes. Nadie resulto herido y Shiro tiene esa cualidad de enfurecer a la gente.- Comento el líder.- Me alegro que estés bien. Me preocupe que regresaras a ese terrible lugar.

-¿Te preocupaste?

-Claro, eres nuestro compañero, aunque hayas empezado hoy. Espero que nos llevemos bien y podamos ser amigos.- Otra persona que decía lo mismo. Tal vez si encajaba en este lugar. Los conflictos que había sentido inicialmente parecían no existir. Le sonreí.

-Yo también lo espero.

-Yo me disculpo por mi comentario anterior. No creí que te lo tomarías tan mal.- El peliblanco intervino. Sin embargo su forma de expresarse era tan ambivalente que no sabía si estaba bromeando o hablaba en serio.

-Está bien. Seré más paciente de ahora en adelante.

-¡Esa es la actitud! Bueno ahora a resolver algo que quedo inconcluso ¿cómo te llamamos?- La pregunta tan espontánea me dejo helado.

-Cuando lo encontré estaba cubierto de sangre, tanta que en vez de ser roja parecía tener un color negro profundo, y su espíritu parece ser fuerte como una espada. ¿Qué te parece acero negro, Kurokotetsu?- La Maestra me estaba dando un nombre. Una forma de llamarme a mi mismo. Susurre el nombre por lo bajo. Sonaba bien.

-Gracias.

-¿Eso es un sí¡Entonces Kuro-chan serás¡Tenémos que celebrar esto¡Hay un nuevo alumno en nuestro grupo!

Todo mundo se animo. Se sirvió agua y comida. Todos parecían animados. Incluso el estoico líder tuvo una sonrisa en los labios durante ese tiempo. Eso debía ser lo que le llamaban una fiesta. Por primera vez en demasiado tiempo baje mi guardia totalmente. Hable con la gente que estaba ahí y empecé a formar vínculos. Después de mucho tiempo y ya muy entrada la noche se decidió que era hora de dormir. Cuando todo mundo se acostó yo salí para ver el cielo estrellado. Me sentía feliz, probablemente lo más feliz que jamás me había sentido en mi vida. Estaba formando relaciones, me gustaba lo que estaba aprendiendo, tenía comida y agua y un lugar donde dormir y además tenía un nombre. Realmente era para estar feliz.