Entender algo así como una guerra en el decimoctavo distrito puede ser algo difícil. No era una guerra como las demás, pues la brutalidad característica de un conflicto es el pan nuestro de cada día en ese lugar. Así que me tomaré un momento para explicar como es la una guerra en el lugar que nací. Primero debo explicar como se organiza normalmente la zona. Aparte de la gente solitaria como yo lo era, mucha gente se agrupa por diversas razones, los cuales sólo puedo suponer al nunca haberme a un grupo. Sin embargo estos grupos nunca pasaban de tener unos veinte miembros. Los grupos que llegaban o sobrepasaban este número se destruían por estúpidas razones, tales como que alguien había violado a la mujer antes, o había visto mal al compañero, o había intentado volverse el líder, o había matado a alguien que otra persona quería destripar, o cualquier cosa por el estilo. Los líderes no podían controlar esta clase de conflicto interno y el grupo terminaba por desaparecer. El primer paso hacia la guerra fue un cambio radical en esto. En esa época aparecieron varios déspotas que con draconiana ley crearon grupos bastante más grandes. Esos hombres y mujeres eran poderosos y crueles, cualquier acción que pudiera poner en peligro al grupo era castigada duramente. El menor de los castigos constaba en la mutilación, manos, pies, genitales, nada estaba exento y dependía de la ofensa cometida. Sólo había otros dos posibles resultados a romper una regla, la tortura y la muerte. Esta forma despiadada de ser asustaba a mucha gente pero la disciplina que tenían los ayudo a volverse muy fuertes y esa fuerza atraía a cada vez más gente. Así fueron creciendo cada vez más, llegando a tener cientos, tal vez miles de miembros. Las represiones no sólo afectaban a los que estaban dentro del grupo, también los otros habitantes se vieron involucrados cuando su poder creció. Si alguien atacaba a un miembro de la banda era casado por todos los miembros hasta que rogara por su vida, momento en el que lo torturaban y lo mataban públicamente, para escarmiento de todos. Empezaron a controlar ciertas zonas quedándose con el agua de esos lugares y dándosela a la gente a cambio de favores, que variaban de una ayuda indirecta al grupo hasta sexo y esclavitud por el agua. Conforme las zonas de influencia crecieron y empezaron a chocar estos grupos terminaron por pactar por no pelear entre si, pero la sed de poder, de territorios o de sangre los llevo declararse la guerra. Lo que cambió esta declaración es que la violencia se volvió más selectiva. La gente que no estaba involucrada estaba en el mismo peligro de siempre pero los miembros de grupos opuestos se atacaban nada más se veían. Bandas enteras se peleaban en las calles hasta que sólo una de las dos quedara en pie. No existía retirada posible una vez que se habían visto y si algún idiota estaba en medio terminaba como carne picada, atacado por ambos bandos. Si se encontraban tres o más rivales era el caos puro, en su máxima expresión. Todos atacaban a los demás normalmente pero de vez en cuando formándose alianzas instantáneas y tácitas para atacar al grupo que llevara la ventaja o uniéndose para terminar de hundir al mayor perdedor. Pactos entre los grupos se creaban una noche para traicionarse la mañana siguiente, a veces justo después de la borrachera de la celebración anterior. Las represiones en las zonas se incrementaron, llegando a forzar a la gente unirse al grupo para ser carne de cañón, y también había cada vez más reglas y más estrictas. Eso era la guerra en ese lugar, la violencia de siempre con batallas campales entre bandas. A ese lugar volví después de años de ausentismo. Regresaba al viento de primavera, Harukaze, distrito 80 este, mi hogar. Y a pesar de la guerra era como si no me hubiera marchado jamás de ese lugar, las destrozadas casas y los demonios que ahí vivían no habían cambiado. A mis ojos sólo habían aparecido diablos mayores y más peligrosos.
La Maestra había sido forzada a la situación en la que estábamos ahora. En ese momento no sabíamos que había dicho Testunosuke pero esa larga discusión había llevado a nuestra mentora a aceptar el ser parte de esa guerra. Al terminar la entrega de las armas que simbolizaban nuestra graduación ella nos informó de lo que pasaba en el Rukongai y que en la charla con su viejo conocido había decidido que tenía que ir a pesar de que la idea no la gustaba para nada. Se convertiría en un soldado de esa guerra en contra de su voluntad. Después de esa afirmación nos volvió a dar la oportunidad de dejar el grupo pero todos nos quedamos y decidimos afrontar el mismo destino, ser soldados de una guerra que no era nuestra. Nos dio el resto del día para relajarnos y reunir nuestras pertenencias pues era probable que nunca regresáramos a esa casucha que nos había acogido por tanto tiempo. Lo único que yo tenía era la espada de madera pero al recogerla para llevármela me sentí extrañamente triste, el saber que era casi seguro que no volvería a pisar ese conocido tatami una fuerza invisible apretó mi corazón. Me dolía dejar ese lugar. Lentamente puse le boken en mi cinto al lado de la espada recién regalada, casi como un daisho o como un practicante de nitouryuu, aunque en una batalla real una de las dos fuera inútil. Mis pasos me sacaron de ese lugar, ya que a pesar de que dormiríamos ahí quería pasear un poco por los alrededores. Los otros tenían más cosas que guardar así que tardaron bastante más en salir, pero aún así espere a Aka para pasear como lo solíamos hacer. Ella fue la última en salir, con lagrimas en los ojos y tan conmovida por la situación que tuvo que aceptar con la cabeza mi invitación pues no podía hablar.
El principio de esa última caminata fue muy silencioso, interrumpido por pequeños sollozos que salían de la chica que caminaba a mi lado. Por como nos movíamos, lo que hacíamos, todo parecía indicar que era un paseo más pero nuestros corazones estaban muy conscientes de que eso no era más que una ilusión. Finalmente las conversaciones que siempre salían entre nosotros afloraron para animar nuestro deambular. Hablamos de los regalos, formulamos teorías de que sentirían nuestros compañeros, volvimos a imaginarnos que había pasado la noche anterior y finalmente salió el tema de lo que nos esperaba.
-Kuro-chan, iremos al distrito donde vivías.
-Así es.
-¿Cómo te sientes?
-Algo triste.
-Me refiero a regresar.- Me dijo al ver que me iba por la tangente.
-No lo se.
-¿No te hace feliz?
-¿Feliz?- No pude evitar reírme ante esa pregunta, sin querer sonrojándola.- No conoces ese lugar.
-Dime cómo es.
-Ya debes haber escuchado cómo es.
-Quiero que alguien que ha estado ahí me lo diga.
-No quieres saber. En serio… no quieres saber.- Mi voz bajando de volumen cada vez más, recordando los primeros años de mi vida.
-Voy a ir allá ¿no es así? Así que es mejor que me lo digas.
-Es el carnaval de la muerte. No hay humanos en ese lugar, sólo demonios que te quieren torturar y matar. El dolor es omnipresente. Lo único que te puedo añadir es que te quedes cerca de nosotros. Al menos de mí, pues te aseguro que te protegeré.
Después de mi pequeña promesa ella pareció querer decir algo pero mi expresión, la cual supongo que era bastante oscura, pareció disuadirla. Lo único que hizo fue poner durante un momento la mano sobre mi brazo, intentando sacar esas sombras que volaban sobre mi cabeza. Aún tardaron algo de tiempo en irse durante el cual el silencio volvió a reinar entre nosotros. Poco a poco se retiró y volvimos a charlar, emprendiendo el camino de regreso a la cabaña. Cuando llegamos a la pequeña casa estábamos tan animados que las burlas típicas de Shiro no se hicieron esperar, gritándolas tan pronto como nos vio. Los tres ya estaban frente a la casa con todas las pertenencias equipadas y listos para partir, pues la puerta de nuestro hogar ya estaba cerrada. Cuando nosotros salimos de entre los árboles, todos recogieron y empezaron a caminar hacia el sol que ya se estaba poniendo.
El crepúsculo estaba por empezar cuando salimos del Anillo Exterior para entrar en los dominios de Harukaze. Ao caminaba muy serio entre las casas derruidas y los pequeños parches boscosos que dominaban el escenario, con una expresión de que nada de lo que pasaba le afectaba; Shiro tenía su permanente sonrisa en el rostro viendo divertido los alrededores y la gente que nos cruzábamos, la cual parecía darse cuenta del peligro que representábamos pues permanecían alejados; Aka miraba con cara asustada la miseria y las manchas de sangre reseca que eran el paisaje de este lugar y pasaba a observarme a mí, como si quisiera asegurarse de que yo venía de ese lugar; no se si yo reflejaba algo en mi rostro pero me sentía ligeramente nostálgico de regresar y la Maestra con una cara de seriedad que imponía respeto. Ella presidía nuestra pequeña cogitativa y se movía con paso seguro por las laberínticas calles del distrito, con ritmo constante y rápido sin detenerse un momento para ver donde teníamos que ir. Durante la marcha desempolvaba mis conocimientos de la geografía del lugar, que regresaban con pasmosa facilidad. Las rutas de escape posibles estaban dibujadas muy bien en mi cabeza a pesar de no haberlas utilizado en todos eso años. Sin embargo conforme avanzábamos las calles normalmente disertas empezaban a llenarse de pequeños grupos de gente, que nos veían cada vez más hostiles. Era bastante claro que estábamos entrando en el territorio de alguien, impresión reforzada por las bandas rojas sobre la cabeza y en los brazos de todos los individuos, y que no éramos exactamente bienvenidos en ese lugar. Por fin un hombre semi-calvo se separó de sus compañeros y se dirigió hacia nosotros. Lo extraño fue que no avanzaba con la intención de interceptar a la Maestra, iba directamente hacia mí. Cuando estaba lo suficientemente cerca lanzó su mano izquierda hacia mí, agarrándome de la ropa fuertemente.
-¡Bastardo!- Gritó acercando su cara a la mía. Mi única respuesta fue verlo impasiblemente, pero Aka intentó intervenir para calmar al agresor.
-Disculpe señor ¿qué pasa con mi compañero?
-Este hijo de puta me debe mucho.
-Seguro que está equivocado…
-¿Cómo voy a olvidar al cabrón que me hizo esto?- Dijo mostrando su otra mano, a la cual le faltaban cuatro dedos. Ante la acusación mi amiga se volteo a verme, con una mirada que tenía implícita la pregunta de si eso era verdad. No pude responderle pues no recordaba ser responsable pero no sería inverosímil pensar que era probable el haberlo hecho al intentar robar agua o defenderme de un ataque.- Ahora tendrás que pagar.
-No.
-¿Qué dices?
-No. Eso dije.
-¿No? Muy gracioso. No te estoy pidiendo permiso. Lo vas a hacer ¡jo puta!- Espetó mientras me soltaba e intentaba sacar su cuchillo. No pudo terminar el movimiento pues mi espada estaba convenientemente apoyada sobre su cuello y sacando un ligero hilo de sangre.
-Si quieres puedes intentarlo, pero no pienso hacerlo fácil.- Susurré viéndole directamente a los ojos. También de reojo observe que sus amigos se acercaban y se ponían en guardia.
-Detengan esta idiotez.- Ordenó una voz un poco más adelante.- Si cualquiera de ustedes sigue atacando a nuestros invitados será castigado. ¿Entendido?
-Kuro-chan, cálmate de una vez. Ya escuchaste lo que dijo Tetsu-kun, no te molestarán más, así que puedes enfundar.- Dijo la Maestra mientras su conocido de corte militar salía de una pequeña callejuela. A pesar de la orden no bajé mi arma hasta que esos hombres se retiraron visiblemente molestos.- Hola Tetsu-kun. Tardaste en venir por nosotros.
-Los esperábamos hasta mañana, no puedes culparme. Sin embargo nuestro líder puede verlos ahora.
-Pues vamos de una vez. Quiero terminar con esto lo antes posible.
-Síganme por favor.- Ordenó Tetsunosuke regresando por donde había venido. La Maestra enseguida le siguió y a nosotros no nos quedo más remedio que imitarla. Entramos a una zona que yo había evitado normalmente, pues incluso cuando yo vivía ahí había demasiadas bandas por ahí y era muy peligroso. Cada vez se llena más el paisaje y la hostilidad empezaba a parecer casi tangible. Finalmente llegamos a una vieja casa menos destruida de lo normal. Dos guardas en la puerta y varios más alrededor del de la zona parecían indicar que ese era nuestro destino. Nuestro guía confirmó mi sospecha al acercarse a uno de los dos hombres para que nos dejaran entrar. Parecía ser alguien importante por que enseguida accedieron a su propuesta y abrieron la puerta la puerta de par en par. Justo cuando iba a atravesar la puerta me percaté que a quien íbamos a conocer era alguien muy precavido, pues se escuchaba la respiración de dos guardias más atrás de la puerta escondidos por si el visitante era indeseado. Además era probable que los que estaban ahí adentro fueran dos de sus hombres más fuertes y hábiles. A nosotros no nos molestaron y pronto nos encontramos frente a un pequeño trono, o más bien una silla que funcionaba como tal, la cual permanecía vacía. Por la parte de atrás entraron un hombre y una mujer, discutiendo algo con cara despreocupada. No sería nada del otro mundo si no fuera por lo que alcancé a escuchar de su conversación, la cual se centraba en quien sería un buen objetivo para asesinar. Lo hacían parecer como algo trivial, casi un juego de niños. Finalmente se voltearon a vernos y los dos se quedaron atrás del trono. La mujer sonrió amigablemente, como si fuéramos viejos conocidos.
-Es muy bueno que hayan podido venir tan rápido. Les agradecemos que hayan aceptado la invitación.
-De nada.- Fue la respuesta algo sarcástica de la Maestra.
-Sabe, esto no es una guardería. No necesitaba traer a los críos.- Recriminó el hombre a nuestra tutora.
-No los subestime. Son bastante hábiles.
-Parecen ser algo mejor de lo habitual.- Quien habló fue un hombre que acababa de aparecer y tenía la mano sobre el hombro de Ao. Lo extraño es que no me había dado cuenta de que estaba ahí hasta que decidió intervenir en la charla. Los adultos de la habitación ni se inmutaron pero nosotros si nos alarmamos ante la súbita aparición.- Aunque no son nada de otro mundo.
-Me cae bien el pequeño de pelo largo. Tiene ojos bastante fieros, parece un pequeño animal.- Dijo la mujer sonriendo en mi dirección.- Siempre me gustaron los animales. ¿Quieres que te adopte? Seré muy buena contigo, te cuidaré, te alimentaré y me aseguraré de que tengas una buena vida. A cambio sólo tendrás que ser un buen chico y cometer unos cuantos asesinatos de vez en cuando. Serás muy feliz de esa forma, te lo aseguro.- Con esta invitación para convertirme en su mascota hizo un gesto para que me acercara.
-No es un animal, no puedes adoptarlo así.- Le amonestó su acompañante, a lo que ella respondió poniendo cara de una niña regañada.- Discúlpala, es un poco rara, pero no es mala persona.
-Esta b…- Intenté responder antes de que ella me cortará emocionada.
-Ya se. Entonces puede ser mi guardaespaldas personal. Eso es diferente.- El hombre que estaba cerca del peliazul soltó una carcajada y el otro movió la cabeza con cansancio y soltó un suspiro.
-Supongo que eso está bien, si insistes tanto.- Accedió por fin.
-Muchas gracias. Así que serás mi guardaespaldas personal. ¿No es genial?- Realmente parecía una pequeña con su sonrisa.
-Me halaga pero n…
-Pero antes tienes que probar que serás digno de la posición.- Volvió a interrumpirme sin perder la sonrisa e hizo un gesto a uno de los guardias externos. El hombre sin dudarlo se lanzó hacia mí con la lanza en mano, con toda la intención de matarme. Mis amigos intentaron reaccionar pero fueron detenidos por los aparentes líderes de lugar. Aka presentó más resistencia pero la mujer la redujo sin demasiado esfuerzo, obligándola a irse hacia la pared donde ya estaban la Maestra, quien había ido voluntariamente y con cara de disfrutar todo, y mis otros dos compañeros. Logré desviar el ataque sin demasiados problemas con el mismo movimiento que desenfundé. Mi nueva "ama" parecía feliz de que no estuviera empalado por la larga lanza. Luego se dirigió hacia los aprisionados compañeros.- Esta es la batalla del cachorrito, por favor no intervengan.
No pude quejarme de mi nuevo apodo pues estaba demasiado ocupado tratando de esquivar los ataques que llovían sobre mí. Siempre era problemático luchar contra alguien que tenía un rango de ataque tanto mayor que el propio, empezando por que el otro era un hombre más alto y siguiendo con su arma. El prefería mantener su distancia lanzando cortas ráfagas de ataques sin reducir la distancia. Mi condición física me permitiría resistir así mucho tiempo pero no podría ganar excepto que pudiera acercarme para golpear. Encontré una pequeña ventana después de una estocada que desvié. Utilicé toda mi velocidad pero estaba demasiado lejos y pudo reaccionar y saltar hacia atrás. Aún así ahí cambió todo. Yo era más rápido y pude llegar a su posición y tomar la iniciativa del ataque. Intentó cambiar las cosas a su favor un par de veces pero estábamos en mi territorio. Después de una patada baja que esquivó pude entrar abajo de su defensa, directo a sus costillas. Mi golpe no terminó pero claramente había ganado pues mi espada descansaba sobre el costado de mi oponente. Él no parecía tener ganas de continuar después de la clara derrota así que puede levantarme. Aunque no duro mucho tiempo antes de que algo me saltara encima, obligándome a hincarme.
-¡Cachorrito!, pasaste. Aunque podías matarlo, no hay problema.
-Es mejor que lo dejara con vida. Nunca sobran los soldados.- Le tuvo que recordar quien había entrado con ella.- Parece que tus niños son útiles después de todo.
-Por supuesto que lo son.- Respondió la Maestra.- ¿Crees que los traería a morir?
-Pues os doy la bienvenida. Yo soy Kambei, mi amiga aquí se llama Mitsuki y el bastardo ecurridizo es Sanjuro.
-¿Eres el líder?- Kambei pareció sorprenderse ante la pregunta de Ao, quien probablemente estaba bastante molesto por la forma que lo habían tratado en este lugar.
-¿Eso importa? Recibirán órdenes, las ejecutarán y luego podrán descansar. ¿Quién lo pregunta?
-Aosora.- Respondió orgulloso nuestro cabecilla. Después se volvió hacia nosotros y señalándonos empezó a recitar nuestros nombres.- Y mis compañeros son Shiro, Kurokotetsu…
-Cachorrito.- Llegó presta la rectificación de Mitsuki.
-Y Amaterasu.- Siguió sin inmutarse Ao.
-Está bien. Ustedes cinco ahora quedan aceptados en nuestras filas. Una prenda o banda roja marcan a nuestros compañeros. Pónganse una lo antes posible para identificarlos y prevenir hostilidades. Pueden retirarse. Tú quédate por favor.- Le dijo al final a nuestra Maestra.
-¿Por qué le dices a cachorrito que se vaya? Es mi guardaespaldas personal ahora, sólo yo puedo darle ordenes.
-Yo no he acce…- Intenté recordar que nunca había dicho que estaba de acuerdo con eso.
-Déjale estar con sus amigos. Quiero discutir unas cuantas cosas con ella.
-Pero…
-Después. Ahora hay cosas importantes que discutir.
-Está bien.
-No he…- Mi siguiente intento también fue cortado de golpe.
-Salgan chicos. Los veré en la noche. No se alejen demasiado.- Me quede frío en el lugar, después de todo hasta la morena aceptaba la situación son rechistar. Los otros fueron pasando hasta que la pelirroja puso su mano sobre mi hombro para recordarme que debía moverme. Justo antes de que saliera escuche un comentario de Kambei.
-Interesantes chicos tienes. Me cae bien Aosora-kun.
No se que dijo después pues mis amigos habían apurado el paso y tenía que alcanzarlos. Cuando nos alejamos lo suficiente una carcajada salió por fin de los labios del albino.
-¿Cachorrito?- Repetir mi nuevo apodo le causó otro acceso de risa. Cuando se recuperó siguió burlándose.- Es demasiado bueno. Realmente es demasiado bueno para ser verdad. Nunca se me habría ocurrido.
-Kuro-chan, ¿qué fue eso?- Preguntó la pelirroja mientras Shiro seguía riéndose de mí.- Ya sabes eso de adoptarte y de hacerte su guardián personal. Tú no accediste, ella de repente ya te considera su propiedad y a todos le parece normal.
-Así funcionan las cosas. Ya viste que ella es fuerte o al menos tiene amigos fuertes, por lo tanto puede hacerlo. Aquí la fuerza lo es todo. Nunca lo olvides.
-No me gusta esa gente.- Se quejo Ao.- Son unos asesino asquerosos que se creen los dueños del lugar.
-Es que son los dueños del lugar. Teóricamente estamos bajo la autoridad de Seireitei pero esto es casi como si estuviéramos en el Anillo Exterior. En realidad si alguien tiene el suficiente poder es el dueño del área.
Eso fue el final el final de la conversación. Shiro aún estaba con sus burlas pero se volvieron ruido de fondo. Me había molestado que me llamaran cachorrito pero ahora me preocupaba el por que. Ella había dicho que mis ojos eran fieros, como los de un animal. Creía que me había calmado después de convertirme en un discípulo de la Maestra pero parecía que el llamado de mi antiguo hogar era demasiado fuerte y regresaba a ser una bestia como todos los que vivían en este lugar. Me sentía algo extraño: felicidad, por parte de mi ser bestial, y preocupación, por parte de mi ser más racional, mezcladas dentro de mí. Esa dualidad dentro de mí me molestaba y estuve debatiéndome con ella hasta que llego nuestra mentora pasada la medianoche.
-¿Qué pasó Maestra?- Preguntó nuestro líder.
-Nada que les pueda decir. Bueno una cosa. Kuro-chan sabes como funciona este lugar, así que tendrás que convertirte en guardaespaldas.
-Está bien.- Murmuré desganado después de un suspiro.
-Pero vendrás a todas las misiones con nosotros, puedes dormir con nosotros y tendrás bastante tiempo libre. No es tan malo.
-Como usted diga.- Tenía razón, sería solo pasar algo de tiempo cada día cuidando a Mistuki.
-Ahora descansen. Mañana sólo Kuro-chan tiene trabajo pero no es una buena idea dormir demasiado en este lugar. No se despierten demasiado tarde. Kuro-chan no hay una hora fija pero tienes que presentarte mañana con tu protegida.
Todos nos retiramos a dormir. Adopte una vieja posición, durmiendo sentado con la espada lista para desenfundarse, por pura costumbre aunque mi descanso se vio interrumpido después de un par de horas. Ligeros ruidos de pasos y gente acercándose me sacaron de mi sopor. Sabía que significaba una incursión a estas horas, así que agarre la espada que estaba apoyada contra mi hombro y tome la iniciativa. Nadie más parecía haberse dado cuenta de lo que pasaba pues seguían sumidos en sus sueños así que fui solo. En la calle de atrás me encontré con el hombre de seis dedos que me odiaba y tres compinches más. A pesar de la cinta que tenía atada en mi brazo izquierdo y de la anterior afirmación de Testunosuke era bastante claro a que venían. No cruzamos palabras, todos éramos de este lugar y sabíamos como funcionaba esto. El brillo del acero relució bajo el fulgor plateado de la luna. Sentí algo muy peligroso, aunque no parecía venir del grupo que estaba delante mío. Ataque antes de que me pudieran rodear, lanzándome hacia el extremo derecho de su formación. Mi velocidad era bastante mayor que la media así que el hombre no tuvo tiempo de reaccionar. Mi espada cortó su vientre, derramando sus intestinos. Sin embargo sus compañeros no dudaron a pesar de la grotesca muerte que acababan de presenciar. El más cercano intentó golpearme pero logre deslizarme debajo de su brazo y cortar en ángulo ascendente su pecho, destrozando su pulmón derecho. Los dos restantes fueron más cuidadosos, retrocediendo ligeramente antes de atacar. El tercer matón fue quien empezó el movimiento esa vez, aunque me asegure de que "Seis dedos" quedara directamente atrás para evitar que interfiriera. Intercambiamos un par de golpes antes que esquivara un golpe descendente y tuviera la oportunidad de abrirle el cráneo. El cabecilla fue el último en cae. Se mantuvo impasible ante la muerte de sus compinches pero fue fiero al atacar. Agarraba la espada sólo con la mano izquierda, por obvias razones. Tal vez por eso no pudo poner una guardia decente cuando con un corte descendente hacia su hombro izquierdo llego. Acababa de intentar un ataque diagonal pero su defensa fue demasiado baja y débil, así que a pesar de la resistencia pude atravesar la clavícula y varias costillas hasta llegar a su corazón. Después de sacar la espada escuché como alguien aplaudía.
-Muy bien cachorrito. Eres muy hábil. No tendrás problemas por estos cuatro muertos, ellos vinieron a buscar problemas que no pudieron manejar. Tú sólo te defendiste. Me surgió una duda al verte. Ya habías asesinado antes ¿verdad?
-Soy de este distrito.
-¿En serio? Genial. También tengo que decir que me encantaron tus movimientos. Fluidos a veces y otras contundentes. Delicioso. Y lo mejor es que aún queda espacio para que crezcas. Definitivamente como dije eres un cachorro, pero de dragón. Un ser raro y peligroso, que no teme asesinar a quien se cruza en su camino. Siempre me gustaron los dragones. Tengo a toda una joya como guardaespaldas. Te espero mañana, quiero hablar más contigo. Bienvenido al Harukaze. Bienvenido a casa.
Bienvenido. Definitivamente parecía que el propio distrito me había dado la bienvenida. El sangriento sacrificio de cuatro de sus miembros. El vital líquido que se había derramado sobre el suelo y sobre mí era una ofrenda para celebrar mi regreso. Después de todo la masacre era la esencia de ese lugar. No había regresado realmente hasta matar a alguien más. Me quede ahí parado mientras un par de lágrimas se derramaban sobre mi sonriente y silenciosa cara. No se cuanto tiempo pasó pero estaba totalmente sólo cuando deje de pensar en esa simbólica recepción, aunque probablemente ella se había ido desde que había terminado su discurso. Enfundé mi espada y me fui a lavar antes de que despertarán los demás. Bienvenido…
