-¡Ayúdame! ¡Por favor! ¡Ku…!
El grito de Mitsuki rompió el aire matinal. El rocío aún no se había disipado pero el ataque ya había comenzado. Era una emboscada planeada, se notaba que habían venido por mi protegida. El día parecía normal. Habíamos salido temprano de paseo. Tantos días habíamos repetido lo mismo que no nos preocupamos por nada. El enemigo había aprovechado nuestros descuidos. Saltaron directamente en el espacio que dejábamos al caminar yo unos pasos atrás de ella. Ellos también tomaron ventaja de que mi guardia estaba ligeramente baja, pues ese medio paso que me retrasé les permitió detenerme lejos de la jefa de nuestra banda. Tres mastodontes estaba frente mí cortándome el paso y la visión, dejándome sólo con el recuerdo de su aterrado rostro. Las masas de carne que me estorbaban no se movían, me esperaban. No tenían que matarme inmediatamente, únicamente tenían que esperar a que sus compañeros terminaran el trabajo. Y yo no podía lazarme tan fácilmente contra ellos. Al estarme esperando si me lanzaba a lo loco estaría muerto en muy poco tiempo, y un guardián muerto es igual de eficaz que uno inexistente. Y aún así tenía que darme prisa o sería demasiado tarde. Mientras estudiaba la situación el grito rasgó mis pensamientos. Me sentía tan imponente que no podía pensar. Ya no tenía tiempo. No sabía que hacía Mitsuki como una de las líderes del Dragón Rojo. Cuando la conocí por primera vez supuse que al ostentar esa posición debía ser una luchadora de primera pero mientras más tiempo pasaba con ella el conocimiento de su debilidad me fue llenando, esa extraña espada larga y recta de doble filo que me había llamado la atención era sólo decoración. Probablemente era la amante de Kambei y eso le había dado la alta posición. Lo único que sabía es que ahora me necesitaba. Con sus ahogados gritos en los oídos salté al combate. Corriendo directamente hacia uno de los hombres a los lados haciendo un corte de último minuto hacia el que estaba en el centro. El golpe lo habría destripado de no ser por el tercero que interpuso su espada en el momento justo. Y cuando volvía a ponerme en movimiento, llegó.
Una risa cubrió todos los demás sonidos. Una risa leve, cantarina, inocente y feliz. Todos nos detuvimos, incluso el cielo pareció detenerse a escuchar el inusual sonido en ese campo. De repente otro sonido más acorde a nuestra situación sustituyó a la risa. El ruido de carne y huesos siendo cortados. Me sentía increíblemente frustrado ante mi impotencia y mi estupidez. Ella había confiado en mí, nunca llevaba otro guardaespaldas, y sin embargo yo me había relajado permitiendo que la atacaran y mi debilidad me impedía prevenir lo que parecía ya estar sucediendo. A diferencia de esa noche cuando me encontré a la Maestra cuando tomé mi inminente muerte como algo muy natural, ahora me sentía inmensamente inútil, quería negarlo con todas mis fuerzas, remediarlo, hacer algo al respecto. Mi desesperación creció, todo parecía haber acabado pero cuando salté para morir intentando cumplir mi deber me encontré con uno de los gigantes decapitados. Ante mis atónitos pronto los otros dos estaban también muertos. Y como si su asesino no tuviera lo suficiente con una precisión digna de doctor descuartizó los tres cuerpos. Mientras caía la lluvia de sangre y partes logré ver al autor de todo eso. No me hubiera extrañado si hubieran llegado refuerzos o una traición pero a quien vi me quito el aliento.
Mitsuki estaba en medio de la lluvia de carne y sangre. Ahí estaba, con la cara con la sonrisa de una niña, mientras la sangre parecía sudor rojo después de un día de intenso ejercicio bajo un abrasador sol. Estaba ahí, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera masacrado a más de diez hombres en una fracción de segundo. Sin prisas, levantó su cara hacía el líquido que caía del cielo, como si disfrutara de un refrescante chaparrón veraniego. Tenía la misma expresión que ponía con esos pequeños placeres diarios, esa expresión de inocencia frente a las maravillas de la vida, como si hubiera encontrado una flor que le maravillara, o una nube que incitara su imaginación. Era la perversión de la mujer que había conocido y llegado a apreciar, esa que desentonaba tanto en el violento ambiente, pues realmente era una habitante del Harukaze. No, era algo más, era su encarnación, inocente, sin malicia y llena de violencia. Era como si la viera por primera vez.
No fue hasta que esta revelación hubo calado hasta el fondo de mí ser que me fijé en cómo había sido posible esa masacre. Esa espada que siempre me había parecido tan inocua, no sólo era rara por su doble filo y lo recta de su hoja. Escondida en esa simplicidad, la espada estaba dividida en diferentes secciones, haciendo que su verdadera forma fuera más similar a un látigo con filo, que a una espada. Nunca en mi vida había visto un arma así. Era engañosa, y en las manos de Mitsuki tenía una precisión y fuerzas impresionantes, que me hacían darme cuenta de que realmente ella no necesitaba mi protección. Para cuando salí del trance de mis reflexiones vi la mirada de mi supuesta protegida me estaba observando fijamente.
-Muy mal, cachorrito. No viniste a salvarme rápidamente.
-No podía ir a lo loco o me habrían matado. – Intenté excusarme.
-Eso es cierto. Y no me gustaría que mataran a mi cachorro. ¿Podrías haber llegado a ayudarme?
-Con suficiente tiempo, supongo que sí.
-Eso no está bien. Debes de ser más rápido en la protección. Si no, no serías un buen guardaespaldas. Unos debiluchos como estos debiste de matarlos velozmente.
-Lo siento. No podía pensar.- Mis emociones me habían traicionado en ese momento y lo sabía. La idea de perder a alguien me había llevado a tal estado que mi espada me había fallado. Ese breve encuentro me había mostrado una gran debilidad, una que no estaba en la técnica, estaba en mí, en mi mente, y de no erradicarla, podía ser el fin, para mí y para quienes confiaban en mí.
-Bueno, no te preocupes cachorrito. Era la primera vez que tenías que hacerla de guardaespaldas. Estoy segura de que mejorarás.- Ella parecía no preocuparle en nada el problema en el que nos habíamos visto envueltos, supongo que porque sabía que no había peligro real.
-Gracias.- Y frente a su ánimo, yo estaba completamente alicaído.
-Ya se. Te entrenaré. Como ves mi arma es bastante rara, así que podrás sorprender a tus enemigos. Y además le puedo pedir a Sanjuro que te entrene más con cuchillos son su especialidad. Y puedo buscar a alguien que…- Deje de prestar atención. Ya sabía que en sus planes mis opiniones importaban poco, así que sólo me quede callado, dejando que ella refinara sus planes, los que luego cumpliría al pie de la letra.
Durante el tiempo de regreso decidí mejor ponerme a pensar que había pasado y que podía sacar de ello. Ahora sabía que mi primera impresión de Mitsuki era correcta. Era una asesina peligrosa y sólo me tenía de compañía como una mascota. Ser un guardaespaldas era secundario, estando más porque quería mi compañía y entretenerse conmigo. Ahora lo más importante, sobre el ataque. Tenía que recordar todo detalle para informárselo a Kambei, para saber quiénes eran los responsables. Así pues empecé a hacer un recuento mental de la situación. Primero un conteo de los atacantes. Estaban los tres que me habían detenido. Después había unos nueve más en el ataque directo a Mitsuki. Ese era otro dato interesante. Habían estudiado la rutina, así que debían haber estado en una posición para observarnos durante días, para notar cualquier cosa que se pudiera aprovechar, incluido el lugar donde atacaron. No parecían cansados, así que o habían estado acampando cerca de nuestro territorio o eran de un grupo vecino. Todo había pasado muy rápido, pero había logrado ver que todos tenían tatuajes, específicamente tatuajes azules en la cabeza y el rostro. Eso era todo lo relevante que podía pensar. Terminé de refinar detalles para el tiempo que habíamos llegado a nuestro cuartel general.
Una vez ahí tanto Kambei como Ao, que debían de haber estado discutiendo algunos detalles del manejo de la banda, se quedaron con los ojos fijos en nuestros cuerpos llenos de sangre. De entrada no se podía saber sí estábamos heridos o no, así que las primeras preguntas fueron para ver si necesitábamos alguna atención médica. Antes incluso de que pudiéramos responder ya habían mandado a buscar a Aka y la Maestra por si eran necesarias. La chica que me acompañaba desestimó enseguida la situación, simplemente diciendo que unos hombres nos habían atacado. El líder de la banda intentó sacarle más detalles. El interrogatorio resultó fútil y para cuando un exasperado Kambei decidió cambiar el objetivo de sus preguntas hacia mí, no sólo las dos curanderas habían llegado, Sanjuro y Shiro también nos había honrado con su presencia. Cuando las dos mujeres habían entrado, la joven pelirroja traía los ojos rojos y llorosos y me pareció como si estuviera a punto de saltar sobre mí al verme. También la Maestra parecía estresada al llegar, pero las dos se habían calmado al escuchar que nada nos había pasado. Así pues por fin fui capaz de exponer los acontecimientos. Fui lo más conciso y detallado posible, aunque de forma casi inconsciente decidí que no era necesario explicar cosas sobre el estilo de mi protegida, pues sentí que ni era relevante para la historia ni era prudente si podía ser cierto que hubiera enemigos cerca. Parece ser que mi historia fue satisfactoria, pues ninguna pregunta me fue hecha. Después de esto Kambei se quedo un momento callado, expulsó a los guardias de la sala, quedándonos los líderes y el grupo de la Maestra. Volvió a quedarse callado un momento y luego nos dio sus consideraciones sobre el asunto.
-Bueno, creo que el grupo responsable del ataque son los vecinos del norte, los Torturadores.- Por lo que tenía entendido ese no era el nombre oficial del grupo, pero eran conocidos por una especial afición a esa práctica.- La parte buena, es que como no han tenido que pasar por ningún territorio ajeno al suyo, así que no hay una lianza en nuestra contra. La mala es que alguien nos agredió. Si simplemente hubieran atacado a alguien cualquiera, incluso podríamos haberlo dejado pasar, pero un ataque a nuestra líder es imperdonable. Vamos a barrer a esos bastardos. No quedará nadie, su nombre desaparecerá. Es así de simple.
-¿Nuestra líder?- Pregunté inocentemente. Siempre había considerado a los tres que estaban ahí como iguales en la jerarquía.
-Sí. Ella es nuestra líder, al menos en nombre, pues es la más poderosa por aquí, aunque como le aburre simplemente me deja a mí tomar la mayoría de las decisiones. Pero eso no es importante. Ya tengo un plan para atacar a esos cabrones, aunque quería más tiempo para refinar detalles con Ao-kun, pero que se le va a hacer.
-¿Ya tienen un plan?- Era Aka la que preguntaba está vez, algo sorprendida. Entendía su forma inocente de pensar. Habíamos estado en paz, no tenía sentido ver la forma de atacar a los demás, lo mejor era mantenerse calmados.
-Por supuesto. Aunque ahora no haya grandes ataques estamos en guerra. Y nuestro objetivo es destruir a todos los rivales. Bueno, si no hay más preguntas me gustaría explicarles el plan.
Se notaba que lo tenía bien pensado. Nuestro grupo era de menor tamaño, así que simplemente atacarlos directamente era peligroso. Sin embargo ellos se basaban en números, no tenían ningún luchador más allá del promedio. El plan de Kambei era simple. Un pequeño grupo se tendría que infiltrar lo más posible en territorio enemigo. Una vez dentro tendrían que hacer el mayor escándalo posible. Mientras tanto unos cuantos elegidos se infiltrarían aún más, asesinado al líder, de quien nos proporcionaron la descripción. Una vez tomada la cabeza, esperaba que el caos ocasionado permitiera a los atacantes regresaran a salvo. Sería peligroso y por supuesto nos tocaría a nosotros encargarnos de todo. La Maestra, Aka y Ao, junto con Tetsu y un grupo selecto serían la distracción. Shiro y yo nos encargaríamos del asesinato. El ataque sería el día siguiente en la noche. Era así de simple. Había un mapa muy esquemático, con un lugar más o menos general de donde encontraríamos al objetivo, que debíamos aprendernos para el ataque. No había más instrucciones y una falta de preguntas sobre el asunto hicieron que la reunión terminara, todo mundo libre de irse por su lado. Mitsuki quería llevarme enseguida para practicar con su extraña arma, pero Kambei se mostró inflexible alegando que debía descansar y prepararme para el ataque, dándome el resto del día libre. Y aunque no teníamos por que quedarnos juntos, eso fue lo que hicimos la Maestra y sus alumnos, excepto por Shiro que se fue casi saltando con su expresión sonriente. Los que quedamos atrás no parecíamos tan optimistas. Aka parecía al borde de las lágrimas, aunque no podría decir si era miedo por el peligro, horror por las acciones que debíamos tomar, enojo por la injusticia de ser los elegidos, o alguna otra emoción la que provocaba esa reacción, probablemente una combinación de varias. Los otros dos eran más fáciles de leer y ambos mostraban la misma expresión, enojo. Ao sabía del plan pero su apretada mandíbula indicaba su desagrado ante la situación, pues probablemente había colaborado en la creación del plan pero no había pensado la posición que nos pondría. Sin embargo la cara de la morena era la que expresaba la mayor molestia. Parecía que quería arrancarle la cabeza a los que nos habían encargado la misión. No sólo estaba enojada, llena de rabia, también tenía una cara que revelaba un profundo sentimiento de traición, e incluso algo que parecía ser culpa. Fue en ese momento que me di cuenta que durante la negociación con Tetsu debía incluir cierta clausula para evitar cosas demasiado peligrosas para nosotros. Pero ese trato fue violado, y lo que era peor ella parecía que ella no podía hacer lo mismo, no podía sacarnos ni salirse. Y eso parecía tenerla profundamente alterada en esos momentos. En lo personal, estaba molesto por estar en una misión suicida y preocupación por mis compañeros.
Nos manteníamos muy cerca el uno del otro, pero el silencio era absoluto. Nadie parecía saber que decir. Así pues éramos cinco caminando, las cuatro personas y el silencio. Íbamos sin rumbo alguno, tal vez simplemente buscando un lugar solitario para poder cada quien encerrarse en su pequeño mundo personal. Sin embargo parecía darnos un miedo terrible el estar verdaderamente solos. Sólo podía saber lo que pasaba por mi mente, que era el conocimiento que tal vez el día siguiente no los volvería a ver, pero estaba bastante seguro que ellos pensaban algo similar, por lo que el estar juntos era natural. De forma automática llegamos al lugar donde solíamos acampar, un ligero llamado al hogar. Fuimos al centro del lote baldío, donde una mancha negra marcaba el lugar donde solía encenderse la fogata y de forma casi instintiva nos sentamos alrededor del inexistente calor del fuego. Nuestras miradas bajas solamente buscaban los pies de los demás, intentando leernos mutuamente, pero con miedo de cruzar miradas, cuando sí podríamos saber que pensaban, pero nos tendríamos que abrir también, así que preferimos quedarnos así. Las horas pasaron sin movimientos. La noche llegó, pero ni siquiera había ánimos de tener un fuego. Ao se retiró pronto a dormir. Pasó bastante tiempo antes de que de forma sorpresiva la Maestra dijera algo.
-Lo siento.- Su voz estaba entrecortada, como si la forzara a salir.
-¿Qué?- Aka parecía desconcertada. Y cuando vi su cara débilmente iluminada por la luna, parecía a punto de colapsar. Para ella, para todos nosotros, nuestra mentora era siempre un refugio. Yo apenas había visto una pequeña ventana de debilidad, pero aún así el verla pidiendo disculpas era demasiado. Había admitido miedo, pero disculparse era algo diferente. A pesar de todo, ella no había dejado de ser una fuerza para nosotros. Incluso cuando me había confesado el tener miedo, pero lo había hecho con consejos, que me había demostrado una gran fuerza en el fondo de su ser. Pero una disculpa la hacía parecer vulnerable.- No.- La dulce voz de Aka había adquirido una fuerza espectacular.- Usted no tiene la culpa de esto. No hay razón para disculparse.- Sus ojos eran penetrantes e inspiraban una confianza en sus palabras. Sabía que lo que decía era cierto, pero su perfil me inspiró a hablar también.
-Ella tiene la razón. Se le nota en la cara que esto no estaba en los planes. Que la traicionaron. No tiene por que disculparse.- Supongo que oír esas palabras de ánimo era lo que necesitaba en esos momentos. Habían sido pocas y simples palabras, pero pronunciadas en el momento justo. Así pues, una suave sonrisa de dibujó en su cara.
-Gracias.- Dijo de forma casi imperceptible.
-Y eso va también para ti, Ao-kun.- Dijo con voz bien alta hacia el bulto que era nuestro amigo. No dijo nada, pero se revolvió de tal forma que admitía el estar despierto y escuchando. Y además la tensión de su cuerpo pareció bajar después de dicho comentario.
-Ustedes no tarden demasiado en irse a dormir.- Dijo la Maestra mientras se levantaba, dispuesta ella también a dormir.- Mañana tenemos un día largo. Y pasado mañana…- Un sonrisa, grande, desafiante se dibujo en su cara.- Celebraremos.
Pronto, las acompasadas respiraciones de los dos nos indicaron que esta vez sí se habían ido a dormir. Como si hubiera estando esperando el momento mi acompañante se acercó a mí lentamente y se agarró fuertemente de mi brazo. Esa gran fuerza, su determinación de hacía apenas unos minutos había desaparecido completamente. Ahora quedaba una chica, casi una niña, desconsolada, invadida por el miedo. Sus manos temblaban en violentos espasmos, totalmente descontrolados. Sus dedos se clavaban en mi carne, pero a pesar del dolor no hice nada para apartarla. Y menos podía hacer nada cuando varias frías gotas cayeron del despejado cielo sobre mi palma, sabía que debía hacer algo. El problema estaba en cuál era la acción que debía de tomar. Primero la deje así un tiempo, pero no se sentía correcto. Así con el brazo libre hice que se soltara de mi brazo pero ofreciendo el cuerpo y me acerqué más a ella. Pasando mi recién liberado brazo por sus hombros y le di el mío para que pudiera llorar en paz. Pareció agradecer el gesto y las lágrimas fluyeron más libremente. Antes debía de estar conteniéndose, pero en ese momento se había liberado. Lloró profusamente y sollozaba tan quedamente que apenas podía escucharla. No supe cuanto tiempo estuvimos en esa posición, pero hasta que ella no terminó no moví ni un músculo. Cuando las lágrimas dejaron de fluir sabía que debía decirle algo. Lentamente acerqué mi mano a su cara y levanté su barbilla, para poder ver directamente a sus enrojecidos ojos.
-No te preocupes.- Quería sonar lo más natural posible, pero sabía que mi voz salía forzada.- Todo estará bien mañana. No hay nadie tan fuerte como nosotros. Si alguien puede sobrevivir, somos nosotros.- Hablaba atropelladamente, buscando la frase correcta. A parte de asegurarle que viviríamos no sabía que más decir. Sólo se me ocurrió una cosa más.- Yo te protegeré. Aunque este lejos, si me necesitas ahí estaré. Simplemente lanza algo visible al aire e iré corriendo. Eres la mejor en la manipulación de reiatsu, lanza una pequeña cantidad al aire y yo lo sabré. No me importa la misión. Iré a ayudarte, a ayudarlos, sin la menor duda. No dejaré que nada te pase.- Ella simplemente se sonrojó de una forma espectacular como respuesta. Sonrió ligeramente y movió el rostro, evitando mi mirada. Algo más me faltaba decir o no habría reaccionado de esa forma. Y me acordé de nuestra primera batalla, de su miedo a matar y de que yo lo hiciera.- Y no te preocupes. No tendrás que matar, y yo haré lo posible por evitarlo. No te preocupes.- Sin embargo no sabía que tan efectivas habían sido estas palabras pues había vuelto a enterrar su cabeza en mi hombro, aunque no estaba llorando. Estuvo un poco más de tiempo así, volvió a levantarse, aun roja, pero bastante menos.
-Gracias, Kuro-chan.- Y con una velocidad increíble planto sus labio sobre mi mejilla, cerca de la comisura de mi boca. Era la primera vez que alguien me besaba. Fue bastante rápido y fugaz. Y cuando me volteé a verla ella ya había salido corriendo hacia su cama, donde se arropó rápidamente, cubriéndose desde la cabeza hasta los pies. Y así me dejó, sin entender que acababa de pasar y dejándome confundido toda la noche.
Cuando nos despertamos el día siguiente nuestra actitud era radicalmente diferente. No íbamos a dejarnos morir. Íbamos a luchar y ganaríamos, regresando todos con vida. No dejaríamos que nos mataran. Estábamos decididos a sobrevivir y estar deprimidos no ayudaría para nada. Tomamos el día con calma, o al menos toda la calma que podíamos reunir. Una vez disipadas las nubes sobre su cabeza la maestra era la más relajada, probablemente restos de ser una shinigami con varias batallas sobre sus hombros. Así pues ella nos decía que preocuparnos antes de tiempo no tenía razón de ser, y simplemente nos dijo de mantenernos alerta y hacer las preparaciones pertinentes, como ver que las armas estuvieran en perfecto estado. No había demasiado que hacer, excepto ver a los que se iban reuniendo en el lugar para añadirse al grupo y hablar un poco con ellos. A pesar de la ociosidad no pude tener un solo momento para hablar con Aka, que aunque parecía mantenerse cerca de mí todo el tiempo siempre que quería mencionarle algo buscaba la forma de alejarse un tiempo, para después regresar como si nada hubiera pasado. Estuvimos así hasta poco después del anochecer, cuando empezamos la marcha al territorio enemigo.
Shiro, quién se había incorporado poco antes de partir, y yo viajaríamos un rato con el pequeño grupo de quince personas, supuestamente la élite del grupo. Sin embargo eso era bastante falso. Excepto por Tetsu y nosotros, los demás eran luchadores de categoría más bien baja, pues enviar a todos tus mejores luchadores a una misión suicida sería bastante tonto. Caminamos juntos hasta entrar en el territorio enemigo, donde nos separamos. Shiro y yo nos fuimos cada quien por su lado, corriendo a la mayor velocidad posible, como si fuera una carrera. Antes de irme intenté sonreírle a Aka, para animarla, y ella me respondió a su vez con el mismo gesto. Los restantes también se separarían, pero irían a un lugar determinado, donde, cuando se reunieran suficientes, empezarían la distracción. Nosotros buscábamos a un hombre viejo y tuerto, con el pelo canoso cortado bastante corto, que siempre vestía de blanco, enseñando su pecho lleno de cicatrices y con un gran tatuaje azul de un demonio. Aunque lo encontráramos debíamos esperar hasta que la distracción fuera lo suficientemente grande, para llevar el caos hasta el extremo dentro del grupo enemigo.
Así empezó la infiltración. Los dos asesinos salimos corriendo enseguida, mientras que los otros se dispersaban más lentamente. Mi prioridad era evitar cualquier encuentro por lo que decidí aprovechar los techos bajos y las zonas oscuras para moverme. Iba descalzo para minimizar el ruido. Por suerte estaban bastante relajados los guardias, quienes probablemente de la agresión en nuestra contra, así que manteniéndose callado y moviéndose de forma que minimizaba mi exposición era fácil pasar a esos despistados hombres. La seguridad era tan laxa que incluso un par de veces pude usar el shumpo para avanzar sobre zonas demasiado expuestas, sin riesgo de que la liberación de reiatsu llamara la atención. Pronto estaba en la zona correspondiente. Era demasiado sencillo. Ni siquiera se escuchaba el principio de la distracción. La zona no era demasiado grande y pronto llegué a una casa con tres hombres frente a una puerta. Uno dormía plácidamente, mientras que los otros estaban tensos frente a la puerta. Ahora mi movimiento tenía que ser mucho más cuidadoso. Arrastrándome sobre los tejados busqué algún punto de entrada razonable. La mayoría de las ventanas eran bastante pequeñas, sin embargo después de que terminara la casa en sí, había un muro que debía dar a un jardín interior. Y si eso era cierto, un buen salta de tejado a tejado me daría entrada, pues siempre había una puerta hacia el jardín. Así pues simplemente debía de esperar. Era una extraña mezcla de aburrimiento y tensión lo que sentía mientras aguzaba el oído. Mientras esperaba, los ruidos de gente teniendo sexo dentro de la casa era cada vez más evidente. Era una posición bastante incómoda, pero no tenía otra opción. El tiempo pasaba lentamente, así que no supe cuanto tiempo había pasado antes de escuchar el principio de la batalla.
A pesar de mis deseos de esperar a que el ruido fuera mayor eso no fue posible. Casi simultáneamente un pequeño asalto a menor escala sucedió enfrente de la casa. Shiro había atacado antes de lo pensado. Eso me dejaba dos opciones. Entrar a la casa y aprovechar la oportunidad presentada, que no sería demasiado problema pues por muy buenos que fueran los guardias el albino debía de poder lidiar con ellos, o ir en su ayuda. Mi decisión fue rápida. Ayudarlo sería lo mejor y luego entrar a terminar el trabajo. La duda no duró mucho tiempo. Mi compañero tenía la prioridad. Así pues abandoné mi posición ventajosa y corrí de nuevo a la entrada principal. Para cuando llegué uno de los guardias ya estaba muerto con la garganta abierta y los otros dos guardaban una distancia del luchador con una kusarigama, evaluando sus posibilidades. Lo que no se esperaban era que tuviera un compañero que atacara por la espalda. Mi mala suerte hizo que eligiera al más fuerte de los dos, pues mientras que el que ataqué reaccionó a tiempo para defenderse, mientras que el otro se quedó con una cara de sorpresa. Sin embargo esa reacción le costó la vida, pues mientras estaba procesando la información la cadena del arma de mi compañero se enroscó en su cuello y con un fuerte tirón pareció romperlo en un instante. Y a pesar de estar trabado contra un enemigo, Shiro consideró mejor opción el irse a cumplir la misión.
-Te encargo esto Kuro-chan. Yo me adelanto.- Vaya bastardo, me dejaba al que probablemente era el mejor luchador del grupo en solitario.
Era hábil, pero no lo suficiente. Intentó presionarme, sabiendo que si me daba la espalda perdería, para acabar lo antes posible la pelea e ir a ayudar a su jefe. Así pues, con aguantar suficiente tiempo y hacer crecer su desesperación debía de tener una buena oportunidad. El plan funcionó con una perfección pasmosa. Sus golpes cada vez eran más fuertes y con menos control, así que en un momento me presentó su nuca desprotegida. No quería matarlo así que ataque con el reverso de la espada y conteniendo al fuerza, esperando no desnucarlo. El golpe fue preciso y el pobre hombre cayó desplomado, pero aún con vida. Con ese obstáculo fuera del camino yo también penetré en el edificio. La casa no era muy grande y el fuerte olor a sangre me indicó hacia donde debía de correr. Cuando entre en una habitación con la puerta abierta me encontré que todo había terminado. El peliblanco estaba de pie en el centro de la habitación, con su arma ensangrentada y el cuerpo del viejo a sus pies. El desnudo y decrepito cuerpo era sin duda el del objetivo, pues cumplía todas las características, en especial el tatuaje de un demonio azul, que en esos momentos estaba cortado a la mitad, por el golpe fatal. Después de comprobar eso, paseé la vista por el cuarto, para ver si había algo más de interés. Y fue entonces que sentí un increíble frío recorrer mi cuerpo.
No es como si la imagen no la hubiera visto antes. Ahí estaba otro cuerpo. Una niña, bastante joven, aún sin desarrollar también estaba ahí. Estaba desnuda, con muy evidentes rastros de abuso. Además de grandes moretones en su piel y los labios partidos, su cuerpo mostraba también rasgos característicos de una violación, tanto constante como reciente. Era claro que los ruidos de gente teniendo relaciones eran ellos dos, y la niña había aprendido ya a no gritar y aguantar su situación, probablemente esperando que todo mejorara para ella. Sin embargo ese momento ya jamás llegaría, pues había muerto de un horrible tajo que casi la había partido completa desde el hombro hasta la cadera. Su pobre cara me carcomía el corazón. Las lágrimas, producto de su reciente violación aún no se secaban, sin embargo en su cara también había una gran sonrisa. Debió aparecer al ver a un hombre, blandiendo su espada y declarando que iba a matar a su torturador, ella debió de sentir que por fin sería libre, que su dolor había terminado. Sin embargo no había podido disfrutar de ese sentimiento antes de ser cortada de esa forma. Y lo que era peor, el pequeño puñal que estaba al lado de la inerte mano del jefe era incapaz de una herida similar, además de que la única sangre que la manchaba era la sangre su dueño había derramado. Sin embargo la hoja de la kusarigama, especialmente la que usaba Shiro por su extendida longitud, era más que capaz de lograrlo. Fue entonces cuando me fijé en mi compañero. Él estaba ahí, de pie, con la cara y el cuerpo lleno de sangre y una sonrisa de satisfacción pintada en el rostro. Cuando lo vi, simplemente no pude contenerme.
-¡¿Qué diablos pasó aquí?!
-Simplemente cumplí la misión. Nada más Kuro-chan.
-¿Nada más? ¡¿Nada más?! ¡¿Y ella?! ¡Ella no era parte de la misión!
-Creí que era un enemigo.
-¡¿Creíste que eras un enemigo?! ¡Está desnuda y desarmada! ¡¿Cómo pudiste pensar que era un enemigo?!
-Saltó después de que matará al objetivo. Creí que quería atacarme así que me defendí.
-¡Saltó después! ¡Cómo diablos pudiste confundirla con un enemigo si salta después de que matan a su jefe!
-Podría querer venganza.
-¡¿Venganza?! ¡¿Por qué querría venganza si podía salvar a su jefe?!
-No lo sé. Tú siempre dices que es matar o morir, y yo seguí eso.
-Pero matar inocentes…
-No sabía que era inocente. Suficiente charla. Debemos irnos de aquí.
Tenía razón. Debíamos irnos. Y yo había dicho eso muchas veces. Incluso los niños podían ser peligrosos aquí, había visto a muchos matando a adultos. Yo mismo había sido uno de ellos. Pero esa pobre chica, con la clara esperanza de que su sufrimiento había acabado, simplemente sabía que Shiro no debería de haberla matado. Y entonces entró la culpa. Tal vez si no hubiera dicho esas cosas ella estaría viva. Y sobre todo, si en vez de ir a ayudar a mi compañero hubiera entrado podría haberla salvado. Yo sabía que él podía encargarse de ese problema, problema que además era culpa suya, y sabía que el hombre no estaba solo, podía haber un inocente ahí. Sin embargo había juzgado mal, muy mal, y mis acciones habían causado su muerte. Aunque no podía asegurarlo, creía firmemente que de haber sido yo quien entrara podría haber evitado ese resultado. El albino no me esperó y ya había salido, cuando logré recuperar el control de mi cuerpo estaba sólo con los dos cadáveres. Sabía que debía irme, y no sólo por mi propia seguridad, pero debía ayudar a mis compañeros a escapar. Pero no podía irme así, tenía que hacer al menos algo como disculpa por no haber podido salvarla. Así pues, al menos me deshice de la parte superior de mi vestimenta, para al menos cubrir el cuerpo que empezaba a desintegrarse, al menos para cubrir su fea herida. Además le cerré los ojos, y al levantarme casi parecía como si la dejara durmiendo en ese lugar. Y aunque me habría gustado hacer algo más, al menos un pequeño funeral, pero los vivos me reclamaban, por lo que salí corriendo de ese lugar.
Cuando llegué afuera Shiro ya se había adelantado. De forma muy inteligente en vez de irse silenciosamente estaba gritando a los cuatro vientos que el jefe había muerto. Nadie veía quien lo decía, pero las palabras estaban causando efecto, pues la gente corría y gritaba a su vez, añadiendo al caos. Su estrategia era tan efectiva que yo no tuve que hacer nada. Mientras él se encargaba de esparcir la noticia yo corrí a la ayuda de los demás. Ellos estaban completamente rodeados, pero aguantaban bastante bien, con la Maestra, Ao, Tetsu y Aka en primera línea, aguantando el embiste, cuidando a los heridos, que estaban en el centro de la formación. Y a pesar de la abrumadora ventaja que tenían los asediadores, se respiraba su miedo. La noticia ya debía de haberles llegado y estaban desconcertados. Mi trabajo fue simple, con vencer a un par de hombres por la retaguardia se desmoronaron completamente. Creyendo que habían llegado refuerzos, y no sólo un hombre solitario. Con mi intervención todo el grupo salió corriendo dejando a los defensores solos. Todos estaban cansados e incluso los más hábiles tenían varias heridas superficiales. Aka-chan saltó a mi cuello en el momento que me distinguió, aunque yo no pude reunir los ánimos suficientes para responderle. Ese fue el único gesto que hubo antes de emprender la retirada, en la que tuvimos que ayudar a los más heridos. Era casi un milagro que nadie hubiera muerto, pero eso podía cambiar si no los llevábamos a un lugar seguro donde pudieran tratarlos las dos mujeres del grupo.
La suerte estuvo de nuestro lado por el resto de la noche. La gente con la que nos cruzamos no nos prestó atención, y así logramos llegar a nuestro territorio sin complicaciones. Después de llegar ayudé a instalarse a los que necesitaban y cuando me aseguré de que mi ayuda no era necesaria me fui de ahí. Necesitaba estar solo, pues la imagen y la culpa no me habían abandonado. Fui a un lugar retirado y construí una pequeña tumba que no tenía cuerpo que guardar. Cuando estaba me quedé ahí, sumido en reflexiones, pues esa cara con lagrimas y sonriente jamás me abandonaría, y nunca podría ver a mi amigo con los mismos ojos.
