Capítulo 2: Ese uno por ciento

- Verás que divertido. - le había dicho la morena, mientras le ponía en la cabeza la diadema con orejitas de gato. Zoro abrió los ojos a más no poder de tener a la chica tan cerca de su cara, y aún más perplejo que hiciera lo que hacía. ¿Se había vuelto loca? No reconocía a esa Robin.

- Suéltame... - le pidió, forcejeando para librarse de ella, pero montones de manos brotaron de todas partes, sujetando a Zoro e inmovilizándolo. - ... Eres una pervertida... - le recriminó, cuando notó cómo un par de manos le bajaban los pantalones.

- Shh... - le pidió ella. Otra mano le pasó la minifalda y le obligó a ponérsela, mientras Zoro se retorcía en sus manos, intentando librarse del agarre. Las manos le sacaron la camiseta y la faja, haciendo que Zoro se sonrojara.

- ¿Qué pretendes? - le preguntó, notando como varias manos le acariciaban el pecho sin querer al pasarle la otra camiseta demasiado pequeña para él, sintiéndose un inútil de ser manipulado así por ella.

- "Cosplay Time". - se limitó a responderle, con una enorme sonrisa en sus labios.

Al terminar, las manos desaparecieron y Robin contempló su obra. Zoro estaba realmente muy mono, con las mejillas como tomates y las orejitas de gato a conjunto con la cola; además, su vello tenía un color tan pálido que apenas se le notaba. Sin embargo, el chico se miró con aprensión, horrorizado de que su imagen de chico duro hubiera sido destrozada de aquella manera, y cuando quiso hacer ademán de quitárselo, Robin se lo volvió a impedir, abrazándole y acariciando su pecho sensualmente, aplastando sus senos contra él.

- ¿No vas a esperar a que yo también me disfrace? - le pidió, con cara de perrito abandonado.

- Haz lo que quieras. - le respondió y se giró para no verla desnuda. ¿Qué tenía esa chica en la cabeza? ¿A qué estaba jugando? Le estaba poniendo muy nervioso todo aquello y sería capaz de dar su alma al diablo con tal de que nadie entrara y les pillara en esa situación. Pero Zoro había armado mucho jaleo mientras Robin le ponía el cosplay, y como la habitación de los chicos era contigua a esa y cierto cocinero oyó al espadachín en un lugar que no debía, abrió la puerta de un patadón.

- ¡¡¿Se puede saber qué le haces a Robin-chán, estúpido marimo?!! - fue su grito cuando entró. Pero la imagen lo dejó perplejo. Robin llevaba una camisa blanca demasiado grande para ella, una corbata negra, pantalones largos negros y una chaqueta parecida a las que solía llevar el cocinero. En sus labios sostenía un bolígrafo, en sus manos un cuaderno abierto y llevaba unas gafas de montura gruesa y negra rectangulares. Mientras que Zoro era todo lo contrario: minifalda negra, una camiseta demasiado pequeña y orejas y cola de gato.

El peliverde quiso que se lo tragara la tierra ese mismo instante. Justamente había tenido que entrar él. Y se quedó tan sorprendido al verlo que no sabía como reaccionar.

Miró a Robin, luego a Zoro, luego señaló a éste, mirando a la chica, como si esperara que le dijera algo, pero ella sólo les miraba divertida. Luego se giró, miró la puerta que se había salido de sus goznes por la fuerza de la patada. Luego se dio la vuelta, como esperando que la imagen hubiera cambiado, pero no era así. Bueno, sí: Zoro estaba más colorado si podía ser posible. Incluso parecía que le saliera humo por las orejas de la vergüenza que estaba pasando.

- ... - las palabras se quedaron ancladas en su garganta. Carraspeó y volvió a intentar. - ¿Estoy soñando? - preguntó simplemente.

- ¡¡Qué original!! - le respondió el espadachín con sorna, explotando de rabia.

- ¡¡Tú si que eres original!! ¡¡¿A qué viene ese disfraz?!! ¡¡¿Y por qué estás en la habitación de las chicas?!! - le gritó, reaccionando por fin.

- ¡¡Ha... ha sido cosa de ella!! - se defendió, señalándola con el dedo, acusador.

- ¡Sí claro, y yo me lo creo! ¡¡Y no señales a una dama, maleducado!! - le pegó una patada que iba directa a su cara, pero que logró esquivar por milímetros.

- ¡¡Pues tú antes me has señalado y no te he dicho nada!! - le contestó, intentando pegarle un puñetazo, que el rubio también esquivó.

Se enzarzaron en una pelea donde los dos se propinaban insultos, patadas y puñetazos. Robin suspiró. Tal vez no debería haberse metido...

- ¡¡Eres un pervertido!! - le gritó Sanji, refiriéndose a la ropa que llevaba el otro.

- ¡¡Pues tú si que eres un pervertido, que te la pasas intentando ligar con todas las mujeres que te encuentras!!

Zoro le agarró del cuello de la camisa mientras que Sanji le sujetó por los hombros, intentando seguir golpeándose, mientras daban vueltas por la habitación, hasta que uno cayó al suelo, y el otro fue tras él. Rodaron por el suelo de la habitación, sin que nadie les detuviera, chocando contra los muebles y cayéndoles encima lo que sostuvieran, hasta que llegaron al límite de la pared y ahí se detuvieron, jadeantes, con una mirada penetrante puesta el uno en el otro.

De repente, fueron conscientes de la situación en la que se encontraban, y Zoro, que se había quedado debajo, totalmente indefenso e inmovilizado, apartó la vista, sonrojándose levemente de nuevo. El rubio le contempló, fascinado por la expresión de su cara, tan tierna. Su pecho subía y bajaba rápidamente, debido a la pelea que habían librado. Estaba tan trabajado por los entrenamientos a los que se sometía que parecía casi tener senos femeninos, y los labios entreabiertos del peliverde, dejando escapar entrecortada su respiración le empezaban a excitar demasiado. Se moría de ganas por probarlos y por tocar lo que la vista no le permitía ver.

Pero, ¿en qué estaba pensando? Él no le amaba. Aunque sí que debía admitir lo caliente que le había puesto aquella situación... Sin embargo, no podía perder el control y que Zoro se hiciera ilusiones. De esa manera seguiría estando enamorado de él. Sus brazos flaquearon, pero se levantó de encima del espadachín y le pegó una patada en las costillas.

- No vuelvas a acercarte a mí. - ésta vez ni se molestó en insultarle. Estaba tan furioso por lo que sentía su cuerpo hacia el peliverde, que su razón estaba empezando a perder voz en sus encuentros con él. Definitivamente, debía alejarse de él.

Salió de la habitación, pero desde el umbral murmuró unas palabras.

- Robin-chán, ahora vuelvo a arreglarte la puerta. Voy a cogerle prestadas unas herramientas a Usopp. - y desapareció en las sombras.

Zoro se incorporó lentamente, tocándose la parte en que el cocinero le había pegado, y con una expresión como si estuviera a punto de llorar pero no supiera cómo hacerlo, aunque no precisamente por el dolor físico. Se quitó los complementos que le había puesto la morena y después la ropa de mujer, quedando en calzoncillos.

- Robin, no sé qué pretendías, pero Sanji no me va a corresponder jamás. Y prefiero que no te metas. - le pidió, con una voz tan suave que estremeció a la morena. Recogió su ropa y estaba dispuesto a irse cuando la chica le detuvo.

- ¡No puedes darte por vencido! - su rostro parecía tan triste como el suyo. - No hagas como yo... - bajó la vista al suelo, apretando los puños con fuerza, temblando desconsolada.

No podía permitir que dos personas que se amaban de verdad no estuvieran juntas. Porque por más que quisiera a aquella persona y estuviera siempre a su lado, esa persona no mostraba ningún interés por ella.

Zoro no sabía a quién se refería la morena, incluso le sorprendió oír aquellas palabras, pero se sintió identificado con su dolor, y la abrazó sin previo aviso, sorprendiéndola a ella también.

Fue un abrazo tosco, le estrechaba demasiado fuerte las costillas y no sabía dónde apoyar las manos, sin embargo le correspondió, sin poder contener las lágrimas, dejándose llevar por la sensación de protección que le ofrecía su nakama.

No supo cuánto duró el abrazo. Tal vez unos segundos, tal vez varios minutos, pero ambos se encontraron más tranquilos y consolados. Se dirigieron una última mirada y Zoro se marchó sin decirle nada más.

Robin recogió algunos de los libros que habían caído al suelo mientras el espadachín y el cocinero se habían peleado, los apiló y los dejó sobre una mesa. Se dejó caer rendida en la cama, haciéndose un ovillo, pensando en la persona que más quería. Era tan triste saber que no le fuera a corresponder jamás, ahora que por fin había encontrado a la persona por la que sería capaz de morir y matar si era necesario.

Pero también era triste ver como dos chicos que se amaban no lo reconocían y se mantenían alejados. Todo por ese estúpido orgullo masculino. Suspiró y se quedó dormida al poco rato.

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Al cabo de unos pocos minutos, Sanji entró, y sin hacer demasiado ruido, arregló la puerta. Había visto salir al peliverde en ropa interior de la habitación, y Robin se encontraba tirada en la cama, durmiendo profundamente, sin haberse cambiado de ropa. ¿A qué había venido lo de antes? ¿Realmente había sido idea de la morena?

- ¿Por qué parece Robin-chán tan triste? - murmuró, cuando se acercó a verla, contemplando su ceño fruncido como si le doliera. Buscó una manta con que taparla, apagó la luz de la habitación y se marchó al camarote de los chicos, donde intentó dormir.

Zoro le oyó llegar. Se había echado en su hamaca y también escuchó como suspiraba el rubio, contagiándosele, aunque tuvo que disimular para no ser oído.

Estaba avergonzado con lo que había pasado antes, pero sentía una extraña sensación en su estómago, como un hormigueo. Cuando Sanji se quedó encima de él, notó como primero parecía perder la razón, y hasta estuvo seguro de que le iba a besar, pero después, una mirada de odio y una patada.

"- ¡¡¿Se puede saber qué le haces a Robin-chán, estúpido marimo?!!" recordó que le había dicho, sintiendo una punzada en su corazón. Lo primero en lo que se había preocupado había sido de ella, aunque pensándolo bien, era lógico. Era una mujer, y si cualquier persona oía gritos donde había un hombre y una mujer, lo más normal es que defendieran a ésta, ya que suele ser más débil. Aunque ese no fuera el caso de Robin... Entonces cayó en la cuenta. ¿No estaba amnésico? ¿Cómo es que recordaba el nombre de Robin? Bueno, era posible que mientras él no estuviera presente, los demás se presentaran de nuevo y le dijeran sus nombres. Pero lo de marimo... Hasta bastante tiempo después de que se conocieron no empezó a llamarlo así. ¿Cómo había podido recordar ese odioso mote tan rápido?

Giró la mirada hacia la hamaca del cocinero, que estaba debajo de la de Luffy, y frunció el ceño. ¿Podría ser que en realidad estuviera haciendo eso para no estar cerca de él?

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- Uahhh... Qué frío hace... - se quejó la pelirroja. La taza que sostenía entre sus manos ya no estaba caliente, y la manta no era suficiente para mantenerla en calor.

Durante el día había hecho buen tiempo, casi veraniego, pero durante las últimas horas había empezado a descender la temperatura considerablemente, dejándola agarrotada sentada en el suelo allá arriba en el canasto de vigía.

- Mmm... La presión atmosférica está descendiendo, puede que mañana llueva... - se perdió en sus divagaciones. El horizonte estaba liso, sin ninguna isla cercana a la vista ni barcos ni nada. El rumor de las olas la adormecieron, tranportándola mentalmente hasta su cama calentita, en su camarote, oyendo la tranquila respiración de su compañera de habitación mientras dormía.

Estaba a punto de caer dormida cuando se obligó a levantarse y miró con los ojos entrecerrados su reloj de pulsera, comprobando la hora con la escasa luz de la luna.

- Acabó mi turno. Me voy a despertar al dormilón de Luffy... Uahh... - bostezó, mientras bajaba por la escalera de cuerda hasta cubierta. Se metió por la trampilla silenciosamente como un gato y se acercó a su capitán. - Ey, Luffy... - lo zarandeó, pero no encontró respuesta. - Luffy, es tu turno, venga... - el chico roncó sonoramente, con un globo de moco hinchándose y desinflándose saliendo de su nariz. Si lo reventaba seguro que despertaría, pero qué asco le daba tener que tocar sus mocos. No, mejor le pegaba un capón. - ¡Venga, Luffy, que tengo sueño! - lloriqueó cogiéndole del cuello de la camisa.

- Nami-san, ¿pasa algo? - preguntó la suave voz del cocinero en la oscuridad.

- Ah, Sanji-kun, perdona, ¿te he despertado? - se disculpó.

El rubio se levantó y estiró los brazos hacia arriba, quitándose el encarcaramiento.

- Tranquila, la verdad es que no puedo dormir. Ya sabes, me he pasado una semana entera durmiendo. Jaja... - rió suavemente. - ¿Ocurre algo?

- Es el turno de vigilancia de Luffy. Mañana no va a hacer demasiado buen tiempo y necesito estar descansada, pero éste tonto no se despierta. - le pegó otro capón, pero el chico de goma no reaccionó.

- No te preocupes, ya hago yo el turno de Luffy. Ya me lo devolverá en otro momento. - colocó una mano en el hombro de la pelirroja, haciendo que soltara el moreno.

- ¿De verdad que no pasa nada? Estás amnésico...

- Eso no afecta. Además ya te he dicho que no puedo dormir. Y también necesito pensar... - su voz sonó distante. - Venga, ve a dormir, mi pelirroja. Buenas noches. - cogió su mano con delicadeza y la besó, provocándole un subidón de colores.

- ¡Ey, no te aproveches! - y le pegó un capón a él también en la cabeza.

- Ah, me encanta cuando te enfadas. - suspiró con los ojos en forma de corazón.

Ambos salieron de los camarotes y cada uno se dirigió a su sitio, aunque antes, Sanji fue a prepararse un termo con café caliente para pasar lo que quedaba de noche.

La verdad es que no había podido pegar ojo desde que se había acostado. Le había dejado el cuerpo extraño eso de ver a Zoro vestido de mujer. No sabía muy bien por qué. ¿Era porque le había resultado desagradable? ¿O era más bien por cómo había terminado la pelea después? Tenía la cabeza hecha un lío.

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Nami bajó a su camarote silenciosamente, igual que como había entrado al camarote de los chicos. Al entrar notó ese ambiente que había añorado, el olor a madera de su habitación y sus muebles, y el lejano pero fragante aroma a flores de Robin, que dormía plácidamente.

- Qué extraño que duerma... Siempre me la encuentro leyendo algún libro... - susurró la navegante. Encendió una lámpara y dejó la llama al mínimo para no molestar a su amiga, mientras se cambiaba para irse a dormir.

Pero al pasar al lado de la morena vio algo por el rabillo del ojo que no identificó, y se paró a obsevarla detenidamente. Las gafas destellaban a la débil luz y la manta mal puesta le reveló la ropa de hombre que llevaba.

Una vena saltó en su frente. ¿Qué significaba eso? ¿Sanji estaba amnésico y se iba con Robin a jugar a cosplays? Seguro que era algún tipo de juego pervertido. Y claro, el chico no podía dormir de lo excitado que estaba...

- Será guarro... - apretó los puños con furia, y recordó el beso que le había dado en su mano, con tanta dulzura. Estaba claro que Sanji no era más que un faldillero, y el pobre Zoro se había tenido que enamorar de él. Compadecía su suerte, aunque el peliverde no le cayera del todo bien.

Pero más importante que lo que se trajera entre manos Sanji, y los problemas de Zoro, ¿por qué le dolía pensar en que Robin y Sanji hubieran tenido algo? ¿Era que le gustaba el cocinero?

- No... Eso no puede ser... - recapacitó, con una gota de sudor en su frente. Podía ser todo lo galán que quisiera, que a ella ese rollo no le iba. ¿Entonces por qué?

Acercó sus manos hasta el rostro de Robin y le sacó las gafas, que le habían marcado el tabique nasal, y acarició con las yemas de los dedos la piel enrojecida, intentando aliviarla. De los labios de la morena se escapó un suspiro mientras dormía y Nami se acurrucó a su lado, tapando con su manta a las dos, con el ceño aún fruncido.

Mañana ya hablaría con ella, pensó. Apagó la lámpara y en pocos minutos se durmió.

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Lo ojos del chico se abrieron de repente, sobresaltado.

- ¡Uah! ¡Nami me va a cocinar! - exclamó, incorporándose en la hamaca. Había soñado que como no había ido a su turno de vigilancia, le había metido en el horno y lo miraba desde fuera relamiéndose los labios. - Me he dormido... Espero que Nami no me meta en el horno... - y se marchó corriendo escaleras arriba, sin importarle mucho el ruido que hiciera.

Con ruidosos y atolondrados pasos correteó por la cubierta, encaramándose por la escalerilla de cuerda, y se asomó al canasto con nerviosismo.

- ¡Nami, no me comas! - fue su disculpa nada más llegar, pero al encontrarse al cocinero, un escalofrío recorrió su espalda. - ¡Argh, ya ha llamado a Sanji para que me cocine! - se llevó las manos a la cabeza en gesto desesperado.

- ¿Ein? - no entendía ni jota de lo que hablaba el moreno, así que trato de calmarlo y entonces le contó todo, sorprendiendo aún más al rubio por la imaginación de su capitán. - Jajaja, despiértate, que aún andas dormido.

- Mmm... - gruñó Luffy, un poco avergonzado por lo que había pasado.

Sanji le invitó a sentarse a su lado, le ofreció un poco de manta y se sentaron juntos, aunque procurando que no hubiera demasiado contacto físico entre ellos.

- Bueno, no te preocupes, a veces pasa... - recordó aquel incidente, hace ya un tiempo, en que despertó demasiado cerca de Zoro, lo confundió con Nami y casi lo besó. Todo porque en su imaginación seguía viendo a su pelirroja, o al menos así lo justificaba. Sólo sabía que en aquel momento su corazón estaba desbordado por ver aquel rostro tan bello tan cerca de él y ese fue su primer impulso.

- Sanji, es mi turno, vete a dormir.

El rubio encendió el pitillo que tenía entre sus dientes y absorvió el humo, expulsándolo después por la nariz.

- Da igual, no tengo sueño, me quedo aquí.

- Pero si Nami se entera se enfadará conmigo...

- Ya está enfadada. Por eso he venido a hacer la guardia yo. - Luffy se encogió, tapándose con su sombrero los ojos, como queriendo desparecer mientras murmuraba algo con comérselo. - ¿Aún sigues con eso? - preguntó con una gota de sudor.

De repente se dio la vuelta, mirándole con sus enormes ojos negros, con la mirada curiosa de un niño pequeño.

- Sanji, hoy le pregunté a Chopper qué era estar amnésico. - hizo una pausa. - Me dijo que era algo terrible. ¿Lo es?

- Bueno... un poco sí... - ahora era mejor que meditara sus palabras, porque, como dicen: "Por la boca muere el pez". - Pero tampoco es tan terrible.

- Me dijo que lo mejor es que te contemos los recuerdos, que eso ayuda a recuperar la memoria.

- Mmm... - al menos sería una distracción para esa noche, aunque sería aburrido no poder participar en ello.

El moreno se apoyó en el hombro de su nakama, poniéndolo tenso y apartándolo disimuladamente.

- Pues te contaré lo que paso en la última isla donde estuvimos. - comenzó.

"Pero si se la pasó durmiendo... Y además, yo también me desmayé, no podría recordar nada ni aunque quisiera..."

- Cuando me desperté Yume estaba allí. Estaba muy mal. - Sanji quiso preguntarle quién era esa Yume, pero hablaba tan rápido que no le dejó. - Y nos dijo que Zoro había matado al vampiro ese grandote. Luego el castillo se empezó a derrumbar. ¿Y sabes? Había un enorme agujero en el suelo y tú te caiste por él, pero Zoro saltó y te cogió en el aire. - hizo una pausa en la que el cocinero se quedó con la boca abierta, sorprendido. ¿Tanto era capaz de hacer ese espadachín por él? - Fue increible.

Hubo un momento de silencio, en el que Sanji se sintió culpable por haber iniciado aquella farsa de hacerse el amnésico. No podía tratar así a alguien que había estado a punto de morir por él, aunque esa persona le quisiera y él no supiese cómo reaccionar. No estaba seguro de sus propios sentimientos.

- Y después yo estiré los brazos, os agarré en el aire y os salvé. Shishishi... - rió el capitán. - Yume nos transportó al barco y Chopper te curó. Habías perdido mucha sangre. - hizo otra pausa, en la que se quedó pensativo. - Yo le dije que si comías carne seguro que te ponías bien, pero él me dijo que no podías comer, así que te pasó sangre de Zoro y Usopp.

- ¿Qué? - el cigarrillo escapó de sus labios, pero en un gesto rápido volvió a cazarlo. - ¿Me hicieron una transfusión? - "¿Y encima Zoro?" tragó saliva nervioso. ¿Qué pasaba aquí? ¿Por qué había hecho tanto por él?

- Sí. Eso mismo. - asintió su capitán. - Y también Zoro veló por ti mientras dormías. Estoy orgulloso de mi segundo de abordo. - sonrió ampliamente.

El rubio dejó escapar un suspiro. Ahora eran más claros que nunca los sentimientos del espadachín hacia él. Vamos, un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que fuera cierto que le quería, como mínimo.

- Sanji, ¿estás bien? Estás un poco pálido. - Luffy seguía allí, y al no recibir ningún comentario más de su nakama se preocupó por él.

- Sí... claro... - asintió forzando una sonrisa.

- Zoro es genial. Me gustó mucho que se preocupara tanto por ti, aunque siempre os peleéis. ¿No crees? Se hace el duro, pero es una buena persona.

"¿Desde cuándo sabes tanto de él?" le preguntó mentalmente, alzándo una ceja.

- Oye, Luffy... - le dirigió una mirada burlona y una sonrisa divertida - ¿No será que él te gusta?

- ¿Eh? ¿Gustarme? - lo meditó unos momentos, y su semblante se marchitó un poco. - No... Pero sí que me gusta lo que hizo por ti. A mi también me gustaría que se preocuparan de ésta manera por mi alguna vez.

- Luffy...

- ¡Pero como soy tan fuerte, no puede ser! ¡Jajaja!

Sanji le pasó un brazo alrededor del cuello, atrayéndolo para sí.

- Tonto. - le restregó el puño cerrado por la cabeza, como haría un hermano mayor. - Sí que nos preocupamos por ti. Por muy fuerte que seas, te arriesgas demasiado. Pero siempre confiamos en ti. Todos sabemos que no perderás nunca hasta que consigas ser el Rey de los Piratas.

Al capitán se le iluminó el rostro y abrazó a su amigo.

- ¡También estoy orgulloso de tener un cocinero como tú!

- ¿Sólo como cocinero? - bromeó Sanji.

Los dos echaron a reír. La noche fue animada para ambos, y el rubio se dio cuenta de varias cosas. Luffy no era tan fuerte y descerebrado como parecía. Sintió que él también necesitaba un hombro en el que apoyarse y sentirse querido. Tal vez necesitaba una novia. Y Zoro, tal como había dicho el moreno, se preocupaba a su manera por los demás, y sobretodo, por él.

Sin embargo, después de lo sucedido en el cuarto de las chicas, y sin saber qué sentía realmente él por el peliverde, tendría que mantenerse un poco alejado. Y según el rumbo que cogieran las cosas podría actuar. Pero por el momento, observaría al espadachín.

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Pocos minutos antes del amanecer, Sanji despertó en lo alto del mástil, con Luffy acurrucado en su pecho, durmiendo plácidamente. Sonrió y con cuidado se levantó, dejándolo en el suelo bien tapado.

Se estiró mientras contemplaba el horizonte. Era un día grisáceo, tal como había dicho Nami, parecía que iba a llover o a pasar algo peor que una tormenta. El agua se agitaba con rapidez, sacudiendo el barco con más fuerza de la habitual.

- Iré a preparar el desayuno... - susurró, encendiéndose un cigarrillo y entrando en la cocina.

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En el camarote de los chicos, el peliverde miraba el techo con los ojos entrecerrados. Se había pasado la noche dormitando, a ratos llegándose a dormir, pero sin haber descansado realmente. Desde que se fue el rubio, y después se marchara Luffy con tanto jaleo, no pudo parar de darle vueltas a la cabeza a muchas cosas que pasaban en el barco.

Para empezar, ¿qué había sido aquel arrebato que tuvo Robin de disfrazarle, y después aquella confesión? ¿Qué había querido decir con "No puedes darte por vencido"? La única solución que se le ocurría era que Robin estaba pasando algo parecido a lo de él con Sanji.

"Ugh... Sanji..." pensó molesto, subiéndole los colores a las mejillas. Qué vergüenza había pasado vestido así. Pero lo peor fue lo que le dijo: "No vuelvas a acercarte a mi". Si después de perder la memoria, esa era su primera impresión de él, lo llevaba crudo. Las posibilidades de que algo saliera bien entre ellos eran de un uno por ciento.

Aunque había algo que martilleaba en su cabeza: "Marimo". ¿Qué podía significar eso? ¿Cómo había recordado ese odioso mote tan rápido, o al menos, lo había vuelto a bautizar con él?

Y después Luffy. Desde que se marcharon de aquella isla y había recuperado la conciencia, encontró que su capitán estaba algo decaído, aunque no tenía la mínima idea de lo que podía significar.

Dejó escapar un suspiro entre sus labios, saboreando un poco de aire fresco para sacarse el mal sabor de tener tanto rato la boca cerrada. Apoyó la mano en su pecho, mientras ponía la otra debajo de su nuca y cerraba los ojos.

En su mente imaginó al rubio acercarse a él silenciosamente y observarle. Estaba a pocos centímetros de su rostro, lo miraba con fascinación, y sus labios se fueron acercando poco a poco, hasta casi rozarse. Contuvo el aliento, esperando con la respiración entrecortada que se decidiera a salvar la poca distancia que les quedaba, pero de repente se iba escaleras arriba. Zoro le siguió hasta la cocina, donde se había encerrado, y al llegar escuchó gemidos al otro lado de la puerta.

- Nami-san... Robin-chan... - jadeaba sus nombres con lujuria.

El peliverde se acercó al ojo de buey para verle y se lo encontró sin camisa y con las dos mujeres completamente desnudas tumbadas boca arriba sobre la mesa. Sanji escribía sus nombres sobre las chicas con miel y mermelada y lo que le pareció chocolate líquido o caramelo, y después lo comenzó a lamer, borrándolos de nuevo. La pelirroja y la morena se retorcieron en sus brazos, pidiéndole más, totalmente extasiadas.

- Menos mal que no me di por vencida. - le sonrió la arqueóloga a la navegante.

Ella rió cuando el rubio le hizo cosquillas al lamerle los pezones.

- ¡Ey, no te aproveches! - le regañó con una sonrisa en sus labios.

Zoro entró en la habitación, con el corazón desbocado ante tal escena.

- No vuelvas a acercarte a mi, marimo. - le amenazó con un cuchillo enorme de cocina en sus manos.

- Sanji... - estaba a punto de decirle algo cuando un fuerte zarandeo en el barco lo despertó.

Su pulso se había acelerado considerablemente y puso su mano sobre su corazón, mientras unas gotas de sudor resbalaban por su rostro. Al principio había sido su imaginación, pero poco a poco su inconsciente le empezó a mostrar las imágenes que no quería ver al quedarse dormido.

Otra sacudida lo devolvió completamente a la realidad. Arriba oyó gritos de la navegante dando órdenes y despertando a los que aún dormían, y Zoro subió las escaleras seguido de Chopper y Usopp, que se miraban entre ellos soñolientos todavía.

- ¿Qué pasa? - preguntó el peliverde nada más salir. Pero la pelirroja no le respondió, simplemente se echó encima de él, tirándolo de nuevo al piso de abajo y llevándose por detrás a Chopper y Usopp, mientras una gigantesca ola barría la cubierta y se llevaba todo lo que allí había.

La pelirroja se levantó rápidamente, mirando la trampilla, que había conseguido cerrar antes de caer sobre su nakama, pero un pinchazo en las piernas le hizo tambalearse un poco.

- Me... ma ahogo... - se quejó Usopp, que había quedado debajo del resto. Los chicos se apartaron de inmediato y Zoro encaró a la mujer.

- ¡¿A qué ha venido eso?! - señaló a Usopp atendido por un nervioso Chopper. - ¡Casi lo matamos por tu culpa!

Nami reaccionó con violencia.

- ¡¿Pero tú estás ciego?! ¡¿No has visto la ola que nos ha pasado por encima?! ¡Si me hubiera quedado en cubierta me hubiese tirado al agua!

- ¿Una ola? - preguntó nervioso el espadachín. La chica asintió, y se miró las piernas. Al pasar a través de la trampilla tan rápidamente no le había dado tiempo a esquivar los bordes y se había pelado los muslos y las rodillas, que ahora sangraban. - ¿Estás bien? - le preguntó alarmado.

- No mucho, que digamos... - le respondió sarcástica. Era obvio que no era una sensación agradable.

- Nami, ahora te curo. - le dijo el doctor cuando terminó de revisar al nariz larga. - Usopp está bien, no se ha roto nada. - les informó, y sacó de su botiquín desinfectante y unas vendas. - Sólo se le ha cortado la respiración unos segundos.

- Voy arriba a ver si el resto está bien. - informó el peliverde. - ¿Había alguien más en cubierta a parte de ti?

- Sólo Luffy que estaba en el mástil. Y Sanji estaba manejando el timón con la puerta de la cocina abierta, pero supongo que no le habrá pasado nada.

Eso puso nervioso a Zoro. Si Sanji había contemplado cómo se avecinaba una gran ola y a su querida pelirroja en peligro, seguro que se había lanzado a ayudarla. Subió deprisa las escaleras y empujó la trampilla, que al moverla le bañó como si fuera una ducha por la cantidad de agua que había acumulada en la cubierta. Fuera llovía a cántaros, el barco se balanceaba peligrosamente, y le faltaba poco para que se diera la vuelta.

- ¡¡Luffy!! ¡¿Estás arriba?! - le preguntó mientras se dirigía corriendo a la cocina y hacía equilibrio para no caerse o patinarse

La cabeza de su capitán se asomó, sujetándose el sombrero con una mano y agarrándose al mástil con la otra.

- ¡¡Sí!! ¡¿Nami está bien?! - gritó con el estruendo de un trueno de fondo.

- ¡Nada grave, tranquilo! - llegó a la cocina que tal como había dicho Nami, se encontraba con la puerta abierta. Había llegado el agua hasta allí dentro, pero el rubio no se encontraba en ningún sitio, dándole un vuelco el corazón.

Salió de nuevo y contempló el agitado mar grisáceo extendiéndose hasta el horizonte, pero no vio a nadie allí. A nada que pudiera reconocer como al cocinero.

TSUZUKU