Capítulo 3: Horrible mal tiempo allí fuera

El corazón latía deprisa, asustado, acongojado por no verle. La garganta se le secó a la vez que se le hacía un nudo. Su mano se aferró a la barandilla húmeda por la insistente lluvia y las uñas se clavaron en la madera, un poco más de presión y la rompería.

Ese idiota... ¿Cómo había sido capaz de lanzarse a una muerte segura por ella?

Una imagen vino a su mente. Él también se había tirado al vacío tras Sanji cuando el suelo desapareció bajo sus piés. Y lo había hecho por amor, porque le amaba... Pero el rubio amaba a la pelirroja, no a él...

La presión en su pecho reventó, sin poder contenerse más y gritó al mar.

- ¡¡¡SANJI!!! - sus ojos se inundaron de lágrimas, pero se negó a derramarlas. Al fin y al cabo, él seguía teniendo ese estúpido orgullo que le impedía llorar; aunque le doliera, no asomaría ni una lágrima de sus ojos.

Se aproximó hasta la barandilla de babor, convencido de que no podía haber desaparecido por completo. Una fuerte sacudida del barco lo estrelló contra el borde de cabeza, provocándole un pequeño corte, pero aún así se levantó de nuevo y se asomó.

Vio el oscuro reflejo de su propia sombra en el mar de color gris, y más allá, tal como había visto antes, nada.

- ¡¡Zoro, idiota!! ¡¿Qué haces ahí?! - oyó una voz a su espalda, y abrió los ojos hasta casi salírsele de sus órbitas. Se dio la vuelta, a tiempo para ver a Sanji subido en lo alto del mástil, junto a Luffy. - ¡¡No te quedes ahí!! ¡¡Viene otra ola!!

Ésta golpeó con fuerza, inundando de nuevo la cubierta, y el costado en el que se encontraba el espadachín se acercó tanto al agua esta vez que perdió el equilibrio y cayó al mar.

Las fuertes corrientes le zarandearon violentamente, haciéndole tragar agua y metiéndosele en los oídos. ¿Cómo había sido tan estúpido de no preguntar a Luffy qué había sido de Sanji, en vez de morirse de preocupación y acabar así?

"Soy idiota...". Cerró los ojos y se dejó llevar, sin fuerza para oponerse a las fuertes corrientes de agua. Se estaba quedando sin oxígeno cuando notó una mano enredarse en su cintura, que tiró de él con brusquedad hasta la superficie de nuevo y lo estrelló contra la cubierta.

- Auuu... - se quejó sin muchas fuerzas, mientras escupía el agua que había tragado y recuperaba un poco el aire. Su capitán y el objeto de todos sus sueños y pesadillas bajaron hasta donde estaba, al tiempo que Chopper, Nami y Usopp, recuperados de nuevo estos dos últimos, subieron desde los camarotes.

- ¿Qué ha pasado aquí? - preguntó la navegante, perpleja por dónde y cómo se encontraba el espadachín.

- ¿Y qué importa? - le respondió molesto. - Salgamos de ésta tormenta de una vez.

Ella asintió, contemplando el cielo y sintiendo el viento y las gotas de lluvia y de mar que impactaban contra ella. Algo iba a pasar...

- ¿Cómo te atreves a darle órdenes a Nami-san, marimo idiota? - le reprendió Sanji, pero ella le frenó.

- Da igual eso ahora. Se acerca algo muy grande, como mucho un tifón, y, como mínimo, una gran corriente de aire. ¡Vamos! ¡Zoro, Luffy, a las velas! ¡Chopper y Sanji encargaos del timón! ¡Usopp, a la vela de cola!

Cada uno se marchó rápido a donde le habían indicado, mientras Nami contempló su Log Pose. Se habían desviado de la ruta, y mandó virar a babor, que aunque era el lado contrario al que se debían dirigir, sentía que si pillaban aquella corriente de aire morirían.

- ¡Vosotros dos! ¡¿Se puede saber qué hacéis?! ¡Plegad las velas! - les mandó.

- ¡Ya vamos! ¡Están empapadas y pesan mucho, y el viento tampoco ayuda! - se excusó el espadachín.

- ¡¡Pues como no las pleguéis pronto, esa corriente nos llevará al otro barrio!!

- ¿El otro barrio? ¿Dónde queda eso? - preguntó Luffy, haciéndose ilusiones de que fuera un sitio interesante.

- ... - "Mejor ignorarle", pensaron Nami y Zoro.

Zoro tiró de las cuerdas todo lo fuerte que pudo, pero otra fuerte ráfaga de viento volvió a tirar las velas hacia abajo y la soga con la que las izaba le quemó las manos y se las cortó. Así no podrían salvarse, pero no podía hacer ninguna otra cosa y Luffy parecía tener los mismos problemas que él.

- ¡¡Rápido!! - les apremió. Esa corriente de aire estaba al llegar, y si les pillaban con las velas extendidas les destrozaría el barco o los mandaría a vete a saber dónde. Se encaminó a la cocina a trompicones por los fuertes balanceos del barco, dispuesta al menos a cambiar de nuevo el rumbo, pero ya era demasiado tarde.

El fuerte viento golpeó las velas y el barco salió disparado como una bala de cañón hacia adelante. Zoro vió la cubierta del Mery en un ángulo nada agradable mientras caía, pero Luffy le agarró en el aire, y con su otro brazo se sujetó a la cesta del palo mayor y se agacharon. Nami pudo llegar a tiempo a la cocina y la puerta se cerró de golpe después de pasar ella, quedándose atrancada, y Usopp se quedó planchado contra la vela de cola y se agarró como pudo a ella el largo minuto que duró aquella ráfaga.

Cuando por fin amainó, los tripulantes del Going Mery fueron saliendo poco a poco de donde se habían quedado. Sanji, para desatascar la puerta, le pegó una fuerte patada que la voló varios metros, y cuando lo vió Usopp, le echó una buena bronca.

El cielo era de un limpio color azul, sin ninguna nube a la vista, y el sol brillaba con la misma fuerza que en verano.

- ¿Dónde ha ido la tormenta? - murmuró sorprendida la navegante. A sus espaldas ya no había ni rastro de aquel oscuro cielo gris.

- ¡Chicos! ¡Veo tierra! - exclamó Luffy, que aún no había bajado del mástil.

Todos miraron al frente y vieron una pequeña isla, aunque todavía muy lejana.

- ¿Es ahí donde nos dirigimos? - preguntó Usopp.

La navegante abrió los ojos como platos al comprobar que así era. ¿Cómo era posible si se suponía que no llegarían hasta dentro de varios días y además había cambiado la ruta antes de aquel vendaval?

"Esto no me huele bien... Parece como si la isla quisiera que llegaramos ya..." pensó preocupada. "¿Pero qué estoy diciendo? No es posible que pase eso... ¿verdad?".

- ¿Ocurre algo, Nami-san? - preguntó el rubio, al ver a su amada pelirroja tan distraída. Ella negó rápido con la cabeza.

- No, nada. Llegaremos dentro de un par de horas, más o menos, si el tiempo sigue así. - se marchó hacia la antesala a los camarotes de las chicas. - Iros preparando, ¿de acuerdo?

- ¡Sí, Nami-swan! - exclamó el cocinero con los ojos como corazones. - Está muy guapa cuando está preocupada, aunque eso no sea bueno... - sonrió con alegría.

Un fuerte golpe contra la cubierta le hizo girarse asustado, pero era Zoro, que había saltado desde lo alto del mástil.

- ¿No podrías bajar por las escaleras? - le preguntó ceñudo, pero él se le acercó, le cogió del cuello de la camisa y sin previo aviso, le besó.

Reinó el silencio durante unos deliciosos segundos que Zoro disfrutó plenamente. Sabía que no era adecuado hacer eso en aquel momento, que así sólo conseguiría que Sanji huyera más de él, pero pensar que había estado a punto de perderlo cuando creyó que había caído al mar le hizo volver a la realidad. No podía seguir ocultando sus sentimientos. Eso sí que no tenía sentido, ya que, se hiciese el amnésico o no, prefería que supiese cuánto sufría por él cada vez que creía que iba a perderle.

Sorprendentemente, las manos del rubio subieron lentamente por la espalda del espadachín, tímidamente, muy lentamente, abrazándole y clavando suavemente sus uñas en él, sorprendiendo tanto al peliverde que volvió su beso violento y apasionado, mordiendo los labios del otro hombre y rozando con la punta de su lengua hasta su campanilla, mientras sus brazos estrechaban con fuerza el delgado cuerpo de Sanji, y sin dejar un resquicio entre ellos notaron la dura hombría del otro.

"No puede ser... No puede ser que me esté correspondiendo...". Abrió lentamente los ojos y se encontró con los párpados cerrados del rubio, sintiendo el beso con todo su ser, buscando y rebuscando la lengua del peliverde para enroscarse en ella. Zoro volvió a cerrar los ojos y en un arrebato le empujó hasta chocar contra la pared y resbalaron por ella, sin interrumpir el beso, mientras sus manos pasaron a la camisa del rubio y la empezaron a desabrochar. O eso creyó que podría hacer.

Una patada en las costillas, totalmente inesperada, le tiró varios metros más atrás, estrellándolo contra el mástil. Se incorporó un poco y desde la distancia se miraron como dos animales que se quisieran cazar.

- Pensé... que te habrías tirado al agua por Nami... - jadeó en un susurró el peliverde, acariciándose donde le había dado la patada.

Sanji sonrió irónicamente.

- ¿Y si lo hubiera hecho, qué...? - dijo mientras se encendía un cigarrillo tranquilamente.

- Hubiese ido tras de tí. - dijo poniéndose a cuatro gatas y acercándose poco a poco de nuevo a él.

- Y yo te hubiera matado si lo hubieras hecho. - expulsó el humo de sus pulmones tranquilamente, con el pecho aún al descubierto, dándose cuenta lo que le costaba a Zoro evitar mirarle allí.

- No jodas. - ironizó él.

- No jodas tú.

- Entonces, ¿por qué me has correspondido?

Dió en el clavo. ¿Por qué le había correspondido, si se había mentalizado tantas y tantas veces que él no estaba enamorado del marimo? Desvió la mirada, fijándola en las olas, sujetando el cigarrillo delante de sus labios, acariciándoselos disimuladamente.

- Besas bien. - puntualizó, dejándole totalmente desconcertado. - Pero soy hetero. Por muy bien que beses, si lo vuelves a hacer, te corto el cuello, aunque eso vaya contra mis principios de cocinero.

Ambos se levantaron, sin dirigirse ninguna mirada más. Había quedado claro, ¿no, Zoro?

- Estaré esperando impaciente... - susurró al pasar por su lado - ... sentir uno de tus cuchillos en mi cuello, cocinero de mierda.

Le pidió a Chopper que viniera con él, y ambos se metieron en la antesala al baño.

- Será... estúpido... - se cabreó, mientras se colocaba bien la camisa. Entonces reparó en las manchas de sangre que había por todos los sitios por los que le había tocado Zoro. - Mierda... Ahora me tendré que cambiar. - exhaló un profundo suspiro de cansancio y se metió en su camarote, ignorando por completo a los que habían visto aquella escena.

- Vaya... - exclamó Usopp al cabo de unos segundos que desparecieran ambos. - No entiendo absolutamente nada. - dijo con una sorisa de oreja a oreja y con una risa floja. Pero al instante siguiente su rostro palideció hasta la nariz. - ... Zoro está enamorado de Sanji, o eso es lo que parece... ¡¡Ésto puede acabar en una masacre!! ¡¡Luffy, haz algo!!

El capitán le miró con cara de no entenderle.

- ¿Qué tiene eso de malo? - preguntó inocentemente - Por más que digan lo que digan, no se van a matar. ¿No has visto cómo se quieren?

- ¿Ehhh...? - preguntó, confundiéndose aún más.

- Shishishi... - suspiró con una enorme sonrisa en sus labios y se imaginó lo que acababa de ver pero con su hermano:

Luffy se tira encima de Ace, besándole apasionadamente, entonces él le separa.

- Luffy, besas muy bien. Si me das otro beso te invito a comer tanto como quieras.

- Ejejejeje... - babeó con la cara totalmente colorada, y una gotita de sangre empezó a salir de su nariz. El pobre Usopp no sabía a quién debía temer más, y se marchó a la popa del barco a esconderse entre los mandarinos de Nami.

En cambio, Luffy se subió de un salto al mascarón de oveja del Mery. Estaba seguro, había algo en aquella isla que le hacía temblar de emoción. ¿Qué debía ser? ¿Una aventura genial en la que mandaría a alguien a volar por los aires? ¿Un recibimiento espectacular con montañas de comida? ¿Algún reencuentro? Deseaba que fuera el último de los casos con toda su alma, pero tampoco le hacía ascos a las demás opciones.

- Estoy seguro... De que allí hay algo.

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Nami entró en su cuarto a ver cómo se encontraba la morena. Cuando despertó ella estaba profundamente dormida y decidió dejarla descansar mientras iba a ver qué tal iban. Pero después de aquella potente ráfaga de viento, le preocupaba cómo debía de estar. Tal vez se habría caído de la cama y se habría hecho daño.

- Robin. - la llamó. Estaba sentada en la cama, sujetándose la cabeza, apretando un pañuelo contra su frente, con aspecto mareado. - ¿Estás bien? - le preguntó preocupada.

Ella alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa forzada.

- Sí... Me caí al suelo, pero no es nada. El barco se movió mucho de repente...

Nami apartó la mano de la frente de Robin, descubriendo un pequeño corte, aunque no sangraba demasiado.

- Robin, tenemos que curarte, no vaya a ser que se infecte y te pongas peor.

La morena asintió y la pelirroja fue a por el botiquín que guardaba en su habitación. A pesar de que ahora tuvieran un médico en el barco, ella seguía conservándolo, por si alguna vez no podía recurrir a Chopper o para heridas superficiales..

- Muy bien, ahora estate quieta. - le pidió mientras apartaba el flequillo de la mayor. Empapó una gasa con betadine y limpió la herida con cuidado. - Creo que con una tirita bastará. - concluyó satisfecha.

Robin cerró los ojos mientras ella la curaba, tranquila, casi adormeciéndose. Se sentía muy bien a su lado, sintiendo sus delgados y cálidos dedos rozándole la piel con suavidad. Cuando terminó y le colocó la tirita, volvió a abrirlos y vio la radiante sonrisa de su amiga, provocándole un cosquilleo en el corazón.

- Muchas gracias, navegante-san. - le agradeció devolviéndole una hermosa sonrisa.

- Y tómate ésto. - le entregó una pequeña pastilla. - Es para el dolor.

La miró con la cabeza gacha y una pequeña sonrisa en sus labios, y se la tomó.

- ¿Qué fue lo de antes? - preguntó, para cambiar de tema.

- Hubo una tremenda ráfaga de viento que nos ha llevado hasta la siguiente isla. Desembarcaremos en un par de horas. - le explicó, un poco intranquila.

- Parece como si quisieran que llegaramos ya, ¿no crees? - hizo una pausa, notando el nerviosismo que causaba la misteriosa isla en su amiga. - ¿No me habías dicho que tardariamos cerca de una semana en llegar hasta allí?

- Sí, y eso fue lo que pensé yo antes. - se quedó en silencio unos segundos, en los que miró por el ojo de buey de estribor, aunque por allí no se veía nada aún. - Espero que sólo sean imaginaciones...

Robin asintió y se puso de pié, empezando a quitarse la ropa de hombre que aún llevaba desde el día anterior, con un leve rubor en sus mejillas que trato de disimular.

- Ah, por cierto. - exclamó, recordando cuánto le había enfadado verla así el día anterior. - ¿Por qué llevas esa ropa?

- ¿Esto? - señaló, medio riendo. - Ayer Espadachín-san y yo nos disfrazamos para darle una sorpresa a Cocinero-san.

La pelirroja abrió los ojos sorprendida.

- ¿Ah, sí? ¿Se dejó? ¿Y de qué se disfrazó?

- Bueno, no fue sencillo. - explicó, mientras se sacaba la camisa y buscaba un vestido en el armario. - Se disfrazó de gatito. O mejor dicho, de gatita. - señaló la falda que le hizo ponerse y una mano brotó al lado de la diadema de orejitas y se la pasó a Nami.

- ¿De verdad? Uahhh... ¡Debía de estar monísimo! - exclamó con el rostro colorado, abrazando las orejitas. - Jo, Robin, ¡ya sabes que me hubiese gustado verlo! Y seguro que Sanji se le tiró encima, como hace con nosotras, jajaja.

- Sí, bueno, así fue, más o menos. - le dio la razón mientras se ponía un vestido negro sin mangas, con minifalda y capucha, y se puso unas sandalias veraniegas también en negro.

- ¿Más o menos? - preguntó extrañada. La única reacción que se imaginaba del cocinero era que se lanzara incontrolable a los brazos de Zoro, aunque fuera un hombre.

Robin se acercó a la chica, distraída en sus pensamientos, y al pasar por su lado, le plantó un beso en su mejilla.

- Muchas gracias por curarme, Navegante-san. - le agradeció de nuevo, apoyando una mano sobre su hombro, y luego pasando a las escaleras para salir.

Nami se quedó petrificada, con el rostro ardiéndole y con los ojos más abiertos que nunca. Se llevó lentamente una mano a la mejilla, sintiendo todavía los suaves labios de Robin sobre su piel, y se giró para preguntarle por qué había hecho eso, pero ella ya se había marchado.

- Bueno... Tal vez sólo quería agradecermelo...

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- Bien, esto ya está. - exclamó el doctor, dándole la espalda mientras recogía sus artilugios.

Zoro se miró las manos vendadas y trató de mover los dedos con algo de dificultad.

"Si van a molestar tanto, no durarán demasiado..." pensó, deseando sacarse ya las vendas.

- Esto... Zoro. - le llamó tímidamente el renito, cabizbajo.

Le dirigió una mirada serena.

- Dime.

- Espero que Sanji no te corte el cuello. - el otro le miró sorprendido. - Sería muy difícil de curar.

Zoro sonrió y dio suaves palmadas sobre el sombrero del pequeño, para que se tranquilizara.

- No te preocupes, si llega el caso ya me curaré yo sólo.

Se levantó y se marchó del baño sin dirigirle la vista.

"Si tuviera que morir... No me importaría que fuera a manos de ese cocinero de pacotilla." Sonrió socarrón para sí mismo. "Aunque dudo que lograra hacerme el suficiente daño como para matarme." No es que dudara de su fuerza, sino de su voluntad. Sanji empezaba a flaquear en muchos puntos.

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Sanji bajó a la oscura habitación, con el aire lleno del aroma de cada uno de ellos impregnado allí. Le era muy fácil distinguir el del marimo, a acero y alcohol, y por debajo de eso, el casi imperceptible olor propio de su piel, fuerte y salvaje, que le hacía entrecerrar los ojos de placer.

Cuando le besó, su cuerpo dejó de responder e hizo lo que le dio la gana. Era una sensación tan placentera, tan plácida, la de estar entre sus brazos, y notar toda esa pasión oculta tras sus labios que ya había saboreado antes. Se sacó la camisa y tiró la corbata sobre el sofá, mientras extraía una camisa azul cielo de manga corta de su armario y se la ponía.

- Dentro de poco ya no podré disimular delante de él. - recordó sus gemidos nocturnos, llamándole, y cómo poco a poco esas llamadas le habían hecho enamorarse de él. Era tan sensual, le ponía tanto ver su rostro encendido. Pero era lo de siempre. Él era un hombre. Zoro era un hombre. Y a él le gustaban las mujeres por encima de todo. Amar a otro hombre era signo de debilidad para él y para quien le educó.

De repente su rostro se iluminó. Tal vez no podía escapar de sus sentimientos ni de los de Zoro, pero sí podía hacer algo.

Subió de nuevo a cubierta y se metió en la cocina, sabiendo de antemano los deseos de su capitán de que le prepara algo para comer en la isla mientras la exploraban.

TSUZUKU