Capítulo 4: Isla sin salida
Las dos horas que quedaban hasta llegar a la isla pasaron silenciosas y muy calmadas, tal vez demasiado teniendo en cuenta quienes eran los tripulantes. El sol se había vuelto insoportablemente tórrido y nadie se había quedado en medio de cubierta por ese motivo. Todos salvo Zoro, que se quedó de guardia vigilando el horizonte mientras hacía pesas en proa, sin ni siquiera la protección de una camisa, atrayendo la mirada de algunos de sus compañeros refugiados en la cocina.
- ¿Cómo puede ser tan bruto? - se preguntó perpleja Nami. Iba bastante más ligera de ropa que de costumbre y se abanicaba con un folio para dibujar mapas.
- Sanji... tengo sed... y hambreeee... - se quejó el capitán totalmente decaído sobre la mesa mordisqueando el borde de un vaso.
- Cállate. - le pidió, mientras terminaba de preparar las fiambreras para comer en la isla, y sin que nadie se percatara de ello, echó una rápida mirada por la ventanilla, sonrojándose ligeramente. - Me empieza a doler la cabeza.
- Con el calor que hace es normal. A mí también me duele un poco. - comentó la pelirroja.
- Voy a buscar unas aspirinas... - propuso Chopper. Pero a él era a quien más afectaba ese potente calor y nada más levantarse se tambaleó y casi cae redondo al suelo, pero unas manos aparecieron debajo suya justo a tiempo para aguantarle y Robin entró en al cocina.
- Robin-chwan, ¿dónde estabas? - le preguntó meloso el cocinero del amor.
- Estuve leyendo en el almacén. - les explicó, sentándose entre Nami y Usopp y colocando un pesado libro sobre la mesa. - Hace más fresco que aquí.
- ¿De verdad? ¡Vamos! - exclamó el capitán, llevándose consigo al renito semi inconsciente y dando un portazo al salir.
- "Historias y Leyendas de las Islas Perdidas" - leyó el narizotas - ¿Habla de la isla a la que vamos?
Los pocos que quedaban la miraron expectante, en especial Nami que era la más preocupada en este asunto, pero negó con la cabeza.
- No menciona nada. Habla por supuesto de Rojiletto, de allí se informó Navegante-san de qué tipo de isla era, pero no explica si tiene relación con esta. Sólo hay un mapa con la forma de la isla, como ya has visto. - se dirigió a Nami en esto último.
La pelirroja suspiró y se dejó caer sobre la mesa desanimada.
- No te preocupes, Nami-san. - le dijo con dulzura el cocinero. - Yo te protegeré para que nadie os pueda hacer daño ni a ti ni a Robin-chan.
Ella le miró con una ceja levantada, no muy segura de sus palabras, pero al fin y al cabo, era mejor contar con su ayuda que estar sola.
- ¡¡Oi!! ¡¡Ya estamos llegando!! - avisó Zoro desde cubierta.
Los chicos salieron a cubierta, curiosos por cómo sería el aspecto de la isla de cerca, pero no parecía demasiado fuera de lo normal, es más, tenía un aspecto agradable y de pueblo costero: estaba rodeada por una playa de pálida arena y detrás se veían las pequeñas casitas de paredes blancas y tejas anaranjadas subiendo por estrechos caminos empedrados.
Como no se veía ningún puerto cercano desde aquel lado, Nami empezó a dar órdenes para anclar el barco donde estaban y preparar una barca para el desembarco.
- Oi, marimo, apártate, hueles mal. - le dijo Sanji al pasar por su lado mientras recogía las velas. No pudo evitarlo, le salió del alma al sentir el olor a tigre que desprendía.
Él simplemente le miró con el ceño fruncido, y tal como estaba, se tiró al agua.
Y el silencio junto con la sorpresa se apoderó del barco.
- ¿Qué acaba de hacer? - preguntó perpleja Nami, señalando al agua.
- ¡¡Estúpido marimo, ¿qué crees que haces?!! - se aproximó a la borda por la que se tiró el peliverde y lo vio nadar hacia la costa. - Bueno, tampoco estamos tan lejos…
- Se escaquea de sus obligaciones. - resumió la navegante, apretando un puño, pero al sentir la mirada de la morena en ella y su media sonrisa, se dio la vuelta, tratando de ignorarla. Aunque muchos chicos la habían besado como lo había hecho ella, sentía que aquel pequeño beso no significaba sólo amistad.
El rubio recogió la camisa del espadachín que estaba tirada en el suelo y se la tiró a la cabeza antes de que se hubiera alejado demasiado. Si llegaba a costa, seguro que a los dos pasos ya se perdía. Al menos que tuviera algo que ponerse. Pero él le miró con una sonrisa divertida y volvió a bracear hacia la playa, provocándole un ligero enojo. ¿Por qué después de besarle de aquella forma se había comportado así con él? No creía que la amenaza de cortarle el cuello significara algo para ese cabezota.
- Nami, ya está preparado el bote. - le avisó Luffy. - ¡Vamos, rápido! Aventuras, aventuras… - canturreó feliz con una sonrisa de oreja a oreja.
- Chicos, me vuelve la enfermedad de no-puedo-bajar-a-islas-misteriosas-con-peligro-asegurado. - gimió el tirador, encogido en un rincón de la cubierta.
- Bueno, te puedes quedar aquí vigilando el barco. - le propuso la navegante. - Ahora que, si hay problemas, no habrá nadie que te pueda ayudar. - le sonrió, aunque parecía la sonrisa del diablo.
Usopp le miró con el rostro pálido y temblando hasta la nariz.
- ¿No… no se puede quedar nadie con… conmigo? - le pidió suplicante.
- ¡Vaaaaaamos! ¡Nami, Usopp! - les llamó Luffy insistentemente desde la barca. Ya estaban todos subidos en ella, salvo el capitán que les miraba aburridos colgado de la barandilla.
- Nop. Nos vamos todos. Con el calor que hace, ¿estás loco? - pero antes de que pudiera terminar la frase, Usopp ya había subido al pequeño bote, colocándose ente Robin y Sanji.
- Venga, ¿a qué esperas, Nami? - le apremió ésta vez el de pelo rizado.
- Hay que ver… - suspiró encogiéndose de hombros y bajando al bote.
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Una figura levitando en medio del cielo observó la carabela anclada y los piratas que se aproximaban a su isla con cierto desprecio.
- La calavera con el sombrero de paja… Han venido aquí. - susurró apretando los labios de furia. - Ahora pagará por lo que hizo.
De repente sus fuerzas flaquearon y cayó estrepitosamente hacia el suelo.
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- ¿Soy tonto o qué? ¿Por qué me he tirado al agua cuando me ha hablado? - se preguntó en voz alta. No sabía cómo lo había hecho, pero a pesar de que la isla estuviera a poca distancia de él aún no llegaba, y el bote con el resto de la tripulación ya no se divisaba. - Bah, estos se han perdido. - bufó, siguiendo en rumbo a la isla. O eso creía…
Una hora después llegó a la costa y se dejó caer sobre la arena completamente exhausto. Se quedó varios minutos sobre aquel suelo ardiente, recuperando un poco el calor corporal. Aquel arrebato de tirarse al agua… todo por no querer molestar al rubio con la peste que desprendía. Qué motivo más idiota, pero siendo Sanji un tipo tan fino y cuidadoso con su forma de vestir y con los olores (ignoremos completamente el olor a tabaco que desprendía siempre) no había querido molestarle. Como había hecho la primera noche que se despertó.
- No sé por qué a veces me da por preocuparme tanto por él. - se preguntó con la boca torcida y los ojos entrecerrados. Se había incorporado y sacado la ropa y la estrujó con fuerza quitándole todo el agua que habían absorbido.
Vestido otra vez, observó la desértica playa, mirando de lado a lado, sintiendo que había algo fuera de lugar y entonces cayó en la cuenta. Siendo alrededor de las 11 de la mañana y en un sitio con tanto calor, ¿cómo es que no había absolutamente nadie en la playa?
- Creo que van a empezar los problemas… - susurró, llevándose las manos a sus ¿katanas? - ¡Ahh! ¡Me las he dejado en el barco! - miró nervioso a su alrededor, pero seguía estando solo. - Bueno, no pasa nada. Un buen espadachín ha de saber defenderse aún sin sus espadas.
A pesar de haber dicho eso, se marchó cabizbajo hacia el final de la playa, un poco triste y nervioso por no llevar sus eternas compañeras con él.
La avenida que recorría la playa y llegaba al puerto era amplia y empedrada, con muchas palmeras y algunos pinos dando sombra a la calle y una suave brisa removió el mojado cabello del peliverde. Era una sensación agradable, placentera, a pesar de la situación en la que se encontraba, e inhaló el aroma de los árboles llenando sus pulmones al máximo, cerrando los ojos para dejarse llevar por aquella maravillosa sensación.
- Bure bure bure bure… - oyó un suave susurro mezclado entre el sonido del viento pasando a través de las hojas de los pinos. Volvió a abrir los ojos, poniéndose en guardia y mirando en todas direcciones.
No había nada. No había nadie allí. Las casas a unos escasos metros de aquel paseo se encontraban cerradas a cal y canto, y las persianas de madera, un poco destartaladas y viejas, no parecían ocultar a nadie. Mirándolo bien, aquel sitio parecía un pueblo fantasma.
- Bure bure bure bure… - oyó de nuevo. La rama de un árbol se movió demasiado fuerte para ser sólo la brisa, y Zoro pateó el árbol, haciendo caer un gran bulto de allí.
- ¿Qué…? - fue lo único que pudo articular. En el suelo se encontraba ahora una chica, o al menos eso parecía, podría haber sido un maniquí o una muñeca, ya que tal como cayó no se movió.
La chica tenía una corta melena de color negro que no alcanzaba a cubrir su nuca, llevaba una camiseta de tirantes negra ajustada y una minifalda color rojo a cuadros blancos y negros. Pero más le sorprendió verla con unas enormes y pesadas botas llenas de hebillas y resortes metidos dentro de la ancha suela, y unas medias de rejilla. Era increíble ver a alguien con semejantes bototas con el calor que hacía.
La observó unos segundos, dudoso de que estuviera viva: tanto el iris como la pupila de sus ojos eran de un color blaquecino y se veían opacos, sin ningún brillo.
- Bure bure bure bure… - el sonido salió de sus agrietados y rojizos labios, sin siquiera alzar la vista al chico que tenía enfrente.
- ¿Bure…? - preguntó el chico, sin entender qué significaba eso.
Unos segundos después, la chica siguió sin moverse, y al final Zoro decidió ignorarla y pasar de largo.
- A… ayúdame… idiota. - le pidió con la voz seca, pero con un deje de orden en ella.
- ¿Ah? - le miró con una ceja alzada.
- No tengo fuerzas… - hizo una pausa en la que absorbió aire de forma ruidosa, pareciendo que se ahogaba. - No puedo moverme…
Se dio la vuelta y se aproximó hasta ella para verla mejor. El color de su piel tenía un tono lechoso, que contrastaba con su ropa y pelo de colores tan intensos.
- ¿Estás viva de verdad? - le preguntó al ver que seguía sin moverse, pero en eso la chica movió la cabeza alzándola en su dirección con los ojos abiertos de par en par.
- ¡Deja de hacer preguntas estúpidas y ayúdame! - su voz quebrada sonó fuerte con aquella orden, y Zoro se rascó la cabeza dudoso.
- No eres muy educada que se pueda decir…
- Por fav… ¡cofgh cofgh! - para sorpresa sobre todo del espadachín, unas hormigas habían empezado a entrar en su boca como Pedro por su casa, y Zoro se dejó de modales y cargó con la chica en su espalda. Tal vez no estaba muerta, pero no le faltaba nada para estarlo.
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Por otro lado, el resto de los piratas del sombrero de paja habían desembarcado en la isla por la parte habitada, aunque de aspecto idéntico al otro lado. Sin embargo, la gente de por allí les miró con una mezcla de recelo y tristeza, negando a acercarse a ellos.
- ¿Qué les pasará a estos raros? - preguntó Sanji, un poco perplejo mientras se encendía un cigarrillo.
- Sanji, dame la comida, me voy a comer por ahí mientras busco aventuras. - le pidió el sonriente capitán, pero el cocinero miró a la pelirroja, esperando su permiso.
- Luffy, mejor no. Ya viste lo que nos pasó en Rojiletto por ir cada uno por su cuenta. Esta vez iremos todos juntos.
- Jooo… - se quejó desanimado haciendo pucheros. - Pues al menos vayamos a comer.
Nami suspiró resignada y decidió dejarle hacer. Sin embargo, Usopp, agarrado a Chopper, miraba de lado a lado nervioso.
- ¿Qué te pasa, Usopp?
Le dirigió una mirada nerviosa y se acercó a hablarle en tono confidencial.
- Esta isla tiene muy buen aspecto y hace muy bien tiempo... - le empezó a decir. - Sin embargo, me preocupa que la gente nos mire así.
La chica miró también a su alrededor, aunque ya se había dado cuenta de ello hacía rato.
- Sí, estoy de acuerdo contigo. ¿Por qué crees que le he dejado que vayamos a comer pero todos juntos?
Mientras ellos hablaban, Luffy se acercó hasta una taberna de aspecto un poco lúgubre y ruinoso y se metió de cabeza sin esperar ni preguntar a sus nakama si les parecía bien comer allí.
- ¡Hola! ¡Póngame muuucha comida! ¡Sobretodo carne! Shishishi...
El bar por dentro estaba muy oscuro en contraste con la luz de fuera, por unos momentos no pudo ver nada hasta que su vista se acostumbró y cuando lo hizo se quedó de piedra.
- Luffy, podrías habernos esperado... - le comenzó a regañar Sanji, pero al ver el espectáculo se quedó boquiabierto. - ¿Qué es esto...?
Los que le siguieron se quedaron también con la misma expresión. Salvo el barman, que por cierto, no era más que un niño de unos 11 años de edad, algunos hombres de la clientela tenían el cuerpo de un animal, como un burro, un perro o una jirafa, que andaban a dos patas. Otros simplemente no tenían rostro ni pelo, otros tenían la piel de color morado, azul y verde, y otros, como el hombre que se encontraba tocando un piano para animar el ambiente, tenía unas orejas exageradamente grandes y trataba de ocultárselas con un gorro, y paró de tocar al entrar los forasteros. Todos los que allí se encontraban tenían algo extraño.
- ... - ya os podéis imaginar que Luffy, al ver semejantes criaturas, en vez de asustarse, le brillaban los ojos y temblaba de emoción. - ¡¡¡Sugeeeeeeeee!!!
- ¡¡Kyaaaa!! ¡¡Monstruos!! - gritaron a la vez Chopper y Usopp, abrazándose asustados.
Robin no pronunció palabra, pero se quedó igual de sorprendida que el resto y Sanji alzó una mano en forma de querer preguntar.
- Hay... ¿Hay un concurso de disfraces? - aunque no era una pregunta demasiado ilógica, Nami le pegó un capón.
- ¡Vámonos de aquí! - les ordenó, agarrando a Sanji y a Luffy para llevárselos. Pero este último ya estaba sentado en la barra y golpeaba con el cuchillo y el tenedor.
- Rápido, comida. Quiero mucha carne. Shishishi.
El niño le miró con un poco de sorpresa y una gota de sudor resbalando por su frente, mientras con el delantal secaba un vaso de cristal.
- Ahora mismo. - le complació, marchando a la despensa a buscar lo que le pedía.
- ¡¡Luffy!! ¡Ahora no, vámonos! - le pidió la pelirroja desesperada, zarandeándolo. No le hacía ninguna gracia que aquel hombre de piel azul le mirara con tanta lascivia.
- Pero Nami, antes has dicho que no querías que me marchara solo pero que podiamos ir a comer. - le replicó, mientras miraba descaradamente al hombre-burro que se sentaba a su lado y le cogió del rabo que meneaba intranquilo, con lo que soltó un rebuzno. - ¡Qué pasada! - exclamó lanzando estrellas por los ojos.
- Ya está su comida. - anunció el pequeño barman, poniéndole un gran plato de carne ante sus ojos.
- ¡Itadakimasu!
Nami, derrotada, se acercó al resto de sus nakama, que cada uno se lo había tomado de una manera distinta.
- Nami-san, no te preocupes. Si demuestran malas intenciones, yo seré el primero en patearlos a todos. - le prometió.
- En realidad... - habló Robin por primera vez - parece que ellos nos tienen tanto miedo y respeto como nosotros a ellos.
En efecto, desde que habían entrado les miraban temerosos y parecían haberse quedado petrificados. Salvo el hombre azul, que le tocó el culo a Nami disimuladamente.
- ¡¿Qué coño te crees que haces, pitufo crecido?! - Sanji sí se dio cuenta y de una patada lo mandó hasta la otra punta del local.
- Por favor, no hagan destrozos en mi bar. - les pidió el niño tras la barra.
- ¿Cómo puede ser un crío el dueño de un bar? - le preguntó Usopp, aún receloso, pero más confiado al estar abrazado al pobre Chopper, que lo estaba ahogando.
- No soy un niño. - le contestó, mirando indiferente un vaso largo que estaba secando. - En realidad te doblo en edad. O tal vez te triplico.
- Sí, anda. Y yo me he desayunado una vaca marina de un sólo ojo. - mintió el narizón.
- ¿Eh? ¿De verdad? - preguntaron Luffy y Chopper al mismo tiempo.
- Era una ironía - explicó Sanji, sentándose en la barra también. - Pero igualmente, es imposible que un niño tenga el doble de años que nosotros. Y además, ¿cómo es que todos los que hay aquí dentro tienen un aspecto tan raro?
- ¿Raro? - preguntó el crío de cabellos castaños, haciéndose el sorprendido - ¿No habéis pensado que tal vez sois vosotros los raros? - le sirvió un martini con hielo al rubio, que le dio un pequeño sorbo.
- ¿Qué quieres decir? - le preguntó confusa la navegante, uniéndose a la conversación.
El chico suspiró cansado y les miró con aquellos castaños ojos de expresión aburrida.
- Aquí es normal. Al menos desde hace unos 10 años. Y dentro de unas semanas os afectará a vosotros también.
- ¿Cómo...? - preguntó boquiabierta la pelirroja, y el chico le sirvió una copa a ella también, aunque no la tocó.
- No será una maldición, ¿verdad? - preguntó en voz queda la morena, y el chico le sirvió a ella también.
- Premio. - exclamó con sorna. - Eres muy inteligente, guapa.
- Oi... - Sanji le mandó una mirada asesina.
- ¿Y...? - empezó a preguntar la pelirroja, pero el niño se adelantó a ella.
- Nadie sabe cómo deshacerla y nadie te querrá decir de dónde salió, yo incluído. - hizo una pausa para volver a llenar el plato de Luffy y servir otros dos iguales a Chopper y Usopp. - Los Log Pose y los Eternal Pose dejan de funcionar aquí, y salir al mar sin ellos es una locura: los que se marcharon volvieron a las orillas... - hizo otra pausa en la que se colocó bajo un foco de luz de la barra, aunque no supieron si adrede o sin darse cuenta, dándole un aspecto macabro - ... como cadáveres.
- ¡¡Ihhhh!! - exclamaron Nami, Usopp y Chopper totalmente pálidos y abrazándose. A Sanji se le cayó el pitillo de la boca y no se molestó en recogerlo, Luffy dejó de comer y miró al niño con los ojos como platos, y Robin tembló ligeramente.
- No... ¿No vamos a poder salir de aquí? - preguntó el capitán, después de tragarse todo lo que tenía en la boca.
El niño volvió a centrarse en sus platos sucios, con la vista en ellos, y murmuró sin ganas.
- Hace poco ha venido a vivir aquí una mujer con dos chicos que parecen de vuestra edad. - enjuagó los vasos y los platos bajo el grifo y alzó la vista hacia ellos. - No han pasado por el pueblo muchas veces, pero los que han hablado con ellos dicen que la mujer es una bruja y concede deseos. - resopló poco convencido por lo que acababa de decir, ya que él ya no creía en ese tipo de cosas - Aún no les ha afectado la maldición. Y es muy extraño...
- ¿Dónde vive esa mujer? - le preguntó rápidamente Nami.
- En la parte abandonada del pueblo, hacia el oeste. En una gran mansión que dicen que apareció de un día para otro. Pero esa zona es peligrosa, al igual que el bosque. No os recomiendo ir, y menos aún, entrar a cualquiera de esas casas abandonadas. - la voz del niño sonó autoritaria, pero la pelirroja sacó un fajo de billetes de dentro de su escote, golpeándolo sobre la mesa y salió de allí, llevando a rastras a Luffy, que aún seguía comiendo.
- Nami, ¿no irás a...? - preguntó tembloroso Usopp.
- Sí. Vamos a ir a ver a esa "bruja" y le pediremos que nos saque de aquí. - empezó a caminar hacia el oeste, dándoles la espalda a todos. - Ya tuve bastante con Rojiletto como para quedarme en una isla maldita toda la vida.
Se miraron entre ellos, un poco dudosos y preocupados, pero más valía aferrarse a aquella única posibilidad que no hacer nada.
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- Oye, ¿me puedes decir por dónde tenemos que ir? - le preguntó el espadachín, un poco cansado de llevarla a cuestas. - Oi, ¿estás despierta?
- Cállate, intento dormir. - le contestó soñolienta.
- ¡Serás fesca! - gritó con los dientes como sierras. - Por eso no me gustan las mujeres...
La chica apoyó su barbilla sobre el hombro izquierdo de Zoro con una sonrisa maliciosa.
- ¿Eres gay? - le preguntó divertida.
Se quedó parado, con un sudor frío recorriéndole la espalda, y se dio cuenta de lo que acababa de decir. "Mierda... ¡Me he descubierto yo solo!" No hace falta decir las ganas que tenía de desaparecer en aquel momento.
- No te preocupes, no es nada malo. - intentó tranquilizarlo, pero una mosca salió de dentro de su oído, tirando abajo todo lo tranquilizadora que quisiera parecer.
- Mejor dejemos de hablar de eso y dime dónde tengo que ir, ¿vale? - sugirió, mirando de lado a lado de la desértica calle en la que se encontraba. Una de esas pelotas de ramas secas típicas de los desiertos pasó rodando por el camino.
- No sé, ni siquiera estoy segura de dónde nos encontramos. - respondió mirando también a su alrededor - Tú sigue adelante, a donde nos lleven los vientos.
- ¿Sugieres que sigamos esa bola de ramas? - le preguntó con sorna.
- Vale.
Ahora podría haber pasado otra de esas bolas con mucha facilidad para reforzar la escena.
- Esta tía, aparte de muerta, está loca... - murmuró Zoro decaído.
- Ya te he dicho que sigas. Si veo alguna casa que me suene, te avisaré. - propuso, y resignado, el espadachín siguió caminando por aquel interminable paseo.
El paisaje era bastante monotono: a su izquierda, las casas destartaladas de paredes blancas, a su otra izquierda, las palmeras y la playa vacía. Miró un rato al mar y siguió sin ver el Mery. ¿Tal vez se lo habría tragado ese océano de azul intenso?
- Oi, comida para tortugas, gira a la derecha en la próxima esquina. Creo que ya sé dónde estamos.
- ¡¿A qué te refieres con "comida para tortugas", cadáver hablante?! - le preguntó cabreado, girando al lado opuesto al que le había dicho.
- A que tienes la cabeza de una lechuga. ¡Y te he dicho a la derecha, ceporro! - le gritó, pegándole cabezazos contra el duro cabezón verde del espadachín, ya que el resto del cuerpo no podía apenas moverlo de puro agotamiento.
- ¡Ya voy! Para de hacer eso o te tiro.
Después de doblar la esquina, caminaron, mentira, caminó Zoro con la chica a su espalda unos metros por ese oscuro callejón, hasta llegar a un enorme jardín iluminado por el sol de manera casi irreal, muy cuidado, rodeado por una pequeña valla, precediendo una gran casa del estilo de las del pueblo natal del peliverde.
- ¡Sí! - exclamó la chica pálida - ¡Estoy salvada!
- ¿Insinúas algo? - le preguntó, comenzándose a enfadar de nuevo, pero ella le ignoró y el chico entró en el jardín, mirando desconfiado a su alrededor por el aspecto tan ilusorio que hacía esa casa tan magnífica en medio de un pueblo fantasma. - ¿Hay alguien? - preguntó desde la puerta y se comenzaron a oír ruidos en su interior.
- Sí. Entra por la parte de atrás, por favor. - oyó una lejana voz del otro lado.
Se encogió de hombros y dio la vuelta, encontrando un pequeño pero igual de bonito jardín trasero. Y en el pasillo exterior de la casa se hayaba sentada una mujer de edad indefinida de largos cabellos negros y piel palidísima, vistiendo un despampanante yukata rojo sólo cerrado por el ancho obi de color amarillo, y abanicándose con un pai pai mientras tomaba sake con hielo.
- ¡¡Yuuko-sama!! - gritó la chica, zafándose del espadachín y lanzándose hacia la extraña mujer, pero nada más apoyar los pies en el suelo, cayó como una muñeca de trapo. - Yuuko... sama... - murmuró sin poderse mover, escupiendo insectos otra vez.
- Kurai, dos semanas sin verte y mírate. - exclamó Yuuko, negando desprobatoriamente con la cabeza. - Seguro que no has comido nada desde entonces, ¿verdad? ¡Watanuki! Enciende ya la barbacoa ¿vale?
- ¿Eh? - un chico también de pelo negro se asomó por la puerta corredera. Llevaba gafas y curiosamente su ojo izquierdo era de color azul cielo y el derecho dorado. - Pero Yuuko-san, ¿no me dijiste que limpiara la barbacoa para cenar esta noche? - efectivamente, el chico llevaba un delantal blanco, un pañuelo en la cabeza del mismo color y un trapo en la mano, como si se encontrara en medio de la faena. Pero al ver a la chica tirada en el suelo, se llevó las manos a la cabeza desesperado. - ¡¡AH!! ¡¡Kurai-chan!! ¡¿Estás bien?!
La chica de cabellos negros le miró con malas pulgas desde el suelo, mientras el ruidoso chico la intentaba levantar.
- Te he dicho mil veces que no me llames ni "Kurai-chan" ni "Kurai-san". Suena a "croissant".
Mientras el chico desesperado seguía gritando y moviéndose de un lado para otro sin parar, otro chico salió al patio, con un rostro muy serio e imposible para adivinar sus pensamientos. También tenía el pelo negro y ambos ojos dorados, y cuando cruzó la mirada con Zoro, ambos dieron un respingo al notar que sus rostros eran practicamente idénticos.
El de ojos dorados dirigió la mirada a la tranquila mujer, como esperando que ella le explicara algo, pero Yuuko miró al espadachín con una sonrisa.
- Muchas gracias por traerla.
Zoro intentó relajarse, soltando un poco de aire por su boca, con las manos en los bolsillos.
- No ha sido nada. - aseguró, sin darle importancia. El chico nervioso consiguió sentar a Kurai en el porche, recostándola contra una viga de madera e hizo aspavientos con las manos dirigiéndose al chico de ojos dorados.
- Vamos, Doumeki, ayúdame a sacar la barbacoa y a encenderla. - le pidió. Al pasar al lado de Zoro, le sonrió cálidamente - Muchas gracias por cuidar de ella. No le tiene mucho aprecio a su vida. - le explicó, pero antes de que pudiera preguntarle algo, ya se había metido rápido dentro de la casa junto con su amigo.
Una vez tranquilos y en silencio, salvo por los gritos y el estrépito de pasos y objetos golpeando el suelo que se escuchaban en el interior de la casa, Zoro miró inquisitivo a la mujer.
- ¿Me puedes explicar qué es este sitio? Nada más entrar me ha parecido que no era de este mundo.
La mujer le ofreció un vasito de sake y a que se sentara a su lado, y él aceptó.
- Vaya, no sabía que hubiera gente con tanta capacidad en este mundo. Me alegro de verdad.
Él le miró ceñudo. Cada vez desconfiaba más de aquella mujer.
- No entiendo nada de lo que has dicho.
- Bueno, no importa. Te lo explicaré un poco por encima...
- No hace falta. Yo ya me voy. Ya traje aquella "muerta" hasta aquí...
- ¿Te vas con tus nakama? - le preguntó con esa misteriosa expresión en el rostro. - Ellos llegarán aquí por su propio pié dentro de un rato.
- ¿Cómo lo sabes? - le cuestionó, sorprendido. Tal vez aquella mujer era alguien especial.
- ¿Me dices tu nombre y tu fecha de cumpleaños?
Retiraba lo dicho.
- ¿A qué viene eso ahora? ¿Quieres saber si somos compatibles o algo así?
La mujer se limitó a sonreír.
- ¿Me lo dices?
- Roronoa Zoro. El 11 de noviembre. - le contestó resignado.
- ¿Siempre le dices eso a todo el mundo así por las buenas?
- Me voy. - dijo dándose la vuelta y comenzando a desfilar.
- Era broma, Roronoa-san. Era para saber cómo llamarte. Y para asegurarme de que eras tú. - hizo una pausa en la que bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso y después fijó su penetrante vista en él - Os estábamos esperando.
TSUZUKU
