Capítulo 5: ¿Camino equivocado?

- ¿Esperando...? - preguntó confudido. Zoro miró con recelo a la bruja. ¿Qué significaba eso de que les estaba esperando?

- Yuuko-sama... ¿No me digas que él...? - preguntó Kurai, pero la mujer alzó una mano para que callara, mirándola de reojo.

- Perdona. Te he hecho presentar sin haberlo hecho antes yo. Soy Ichihara Yuuko. - le explicó con una misteriosa sonrisa en sus labios. - Por supuesto, es un nombre falso.

- ¡Tendrá jeta...! - gritó el espadachín, con la mandíbula por los suelos.

- Al decirme tu nombre permites que pueda controlar tu alma. Y al decirme tu fecha de cumpleaños, permites que pueda saber todo lo que te ha pasado en tu vida. - le explicó, sirviéndose otro vasito de sake.

- A mí nadie me controla. - le respondió, cruzándose de brazos sobre el pecho.

- Vaya, aún está en la edad rebelde. - comentó con una sonrisa. - ¿Acaso no te giras o respondes cada vez que te parece oír tu nombre? - el chico entrecerró los ojos, dándose cuenta de que así era. - Quieras o no, estás atado a los que te rodean por pequeños vínculos.

Eso ya no le interesaba en absoluto. No creía en el destino, ni en esos vínculos que ella mencionaba, y no tenía ganas de que una bruja con aspecto de leer el tarot le dijera el futuro ni que se metiera en su vida.

- Para. A mí eso no me importa, no quiero que me expliques nada de eso. - hizo una pausa y clavó sus penetrantes ojos en ella. - Lo que quiero saber es por qué nos estabáis esperando.

- Porque os necesitamos. A tí y a tus compañeros. - la voz seca y cascada de Kurai le hizo darse la vuelta hacia ella, que se acomodó un poco mejor contra la viga en la que se apoyaba. - Yuuko-sama y esos dos chicos no pueden hacer nada aquí sin vuestra ayuda, por eso estábamos esperando a que llegárais.

- Explícate. - le pidió, pero la puerta corredera se abrió, saliendo Doumeki y Watanuki con una enorme parrilla en sus brazos, llevándola entre los dos.

- ¡Puu! ¡Traigo más sake! - gritó un bollito negro que no paraba de saltar, con un par de botellas en sus manitas.

- Muchas gracias, Mokona. - la cosita negra se subió a la mano de Yuuko y Zoro pudo ver mejor de qué se trataba, aunque no estaba muy seguro de lo que era: era redonda, con orejas y patas de conejo o algo parecido, unos ojos pequeños cerrados, una enorme boca y una joya redonda en su frente de color azul.

- ¿Qué es eso...? - preguntó perplejo el peliverde.

- Mokona. - respondió simplemente la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Y qué es "Mokona"? - con un nombre no se iba a ninguna parte...

- Mokona es Mokona. Su plural es "Mokonas", una Mokona, dos Mokonas...

- Déjalo. - le pidió, haciendo un gesto con la mano como que ya no le importaba, harto de esa estúpida conversación.

Los dos chicos compañeros de la bruja (o sirvientes, se le ocurrió pensar a Zoro) encendieron el fuego y sacaron la carne y las verduras, dejando las conversaciones un rato, sobre todo porque Yuuko y la pelota negra con patas habían comenzado a beber, y el espadachín, a pesar de su recelo, nunca despreciaba una copa.

- Yuuko-san, esto ya casi está. - anunció el chico de gafas. - Ay... Ojalá Himawari-chán hubiera venido con nosotros también... - suspiró decaído, desapareciendo de golpe todo signo de su vitalidad.

- Kunogi (NdY: el apellido de la chica) se fue de vacaciones con su familia, ¿no te lo dijo? - le cuestionó el chico de ojos dorados, Doumeki.

- ¡Por supuesto que lo sé, pesado! ¡Siempre te las tienes que dar de sabelotodo! - gritó, agitando el palo de remover el carbón cerca de su cara, pero de repente se oyeron unos ruidos de pasos acelerados que se aproximaban allí.

Zoro se puso en guardia, pero al no tener sus katanas no sabía muy bien cómo recibirlo, y los demás se quedaron expectantes mirando el arbusto de donde provenían los gritos.

- ¡¿Pero quieres parar, idiota?! ¡No sigas, ¿y si es una trampa?! - la voz estridente y mandona sonaba como la de una mujer, y otros gritos le siguieron.

- ¡Eso! ¡Nos dijeron que no nos metieramos en las casas abandonadas! - esta otra era la de un chico a la que le temblaba un poco la voz.

- ¿Cómo va a estar abandonada? ¡Huele a asado! ¡Yo voy!

Y después de haberse hecho esperar, el chico de sombrero de paja apareció con la boca babeante con Nami y Usopp agarrados a él para entorpecerle al avanzar.

- ¡Luffy! - exclamó Zoro, levantándose de golpe. Yuuko sonrió, apoyando el vasito de sake en sus labios y Kurai hizo un ligero gesto de repulsión que nadie advirtió.

- Son ellos... - susurró Watanuki, para variar. Doumeki le dirigió una mirada rápida y luego la fijó en el variopinto grupo.

- ¡Zoro, estabas aquí! ¡Ya te vale, te ibas a comer esta carne tú solo sin invitarnos! - le riñió su capitán, ganándose un capón de su segundo de abordo.

- Eso sólo tú serías capaz de hacerlo. - le respondió, entrecerrando su ojo derecho.

- Vaya, menos mal que te hemos encontrado. Ya pensaba que tendríamos que recorrernos la isla entera para dar contigo. - suspiró aliviada la pelirroja, con una mano en el pecho.

Pero Zoro no la escuchaba, su mirada se había cruzado con la de Sanji, y extrañamente, no se la apartaba, es más, tuvo toda la impresión de que parecía alegrarse de todo corazón de haberlo vuelto a encontrar, y... ¿esa boca entreabierta no mostraba deseo? No, eso no era posible. Tal vez tenía algo en los ojos y por eso daba esa impresión, así que dejó de mirarle, un poco sonrojado y confuso.

- Bien, ya estamos todos. - la voz de la bruja llamó la atención de los piratas, y sorprendió a todos con su espectacular figura al ponerse en pié, y cierto cocinero no pudo evitar postrarse a los suyos.

- Preciosa dama, me tiene aquí para que le sirva en todo lo que usted ordene. - le recitó, sosteniendo su fina y pálida mano sobre la suya.

Sí, debía de haberse confudido. Ese era el verdadero Sanji, no aquella irreal ilusión que hace unos segundos le pareció ver. Dejó escapar un poco de aire, sintiendo un nudo en su garganta que no le dejaba respirar bien.

- Mejor no digas nada, ella es especialista en reclutar esclavos para que le hagan los trabajos sucios... - le recomendó el chico de gafas, pero el rubio ya se había acercado a la chica pálida, un poco confundido.

Al principio le pareció una chica preciosa, casi como una muñeca con esa piel tan pálida y esos labios tan rojos como la sangre, pero después de ver sus vidriosos ojos y su inmovilidad, tuvo dudas.

- ¿Está viva? - preguntó, señalándola descaradamente, mirando al peliverde.

- Otro idiota... - bufó Kurai, tosiendo después muy ruidosamente, escupiendo unas hormigas. - Cómo pican, las jodías...

- ¡¡Sugeeeeee!! ¡¡Genial!! ¡¡Escupe bichos, como un monstruo!! - gritó alucinado Luffy, pero Chopper, aunque muy tentado a seguir su ejemplo, se aproximó corriendo a ella.

- ¿Estás bien? Te voy a hacer una revisión a fondo... - le dijo, buscando sus instrumentos en su mochila azul.

- ¡La carne ya está en su punto! - les avisó Watanuki, atrayendo la atención de todos. - Yuuko-san, si no te importa, he hecho de más para ellos también. - le informó, señalando a los piratas y ella hizo un gesto con la mano como que no le importaba, pero antes de que se diera cuenta, Luffy ya había empezado a comer.

- Gracias, Megane no yatsu, eres muy generoso. - se metió el pincho con carne entero en la boca, pero se lo sacó otra vez en seguida. - ¡Uaah! ¡Quema...!

- Por supuesto, ve con cuidado, que ha estado sobre el fuego hasta ahora. - le aconsejó el de ojos bicolor. Suspiró y miró a Doumeki que también había comenzado a comer. - ¿Y tú qué? ¿Ni las gracias? - él se limitó a encogerse de hombros. - ¡¡Si no puedes hacer ni eso, no comas, desgraciado!!

Por otro lado, Chopper había comenzado a examinar a Kurai, mientras ella mordisqueaba un trozo de carne con cebolla de su pincho.

- No hace falta que me revises... - le dijo al reno, que le tomaba el pulso con la cara un poco pálida y los ojos desorbitados. Cogió aire, abrió mucho la boca y gritó.

- No... ¡No tiene...! - le metió lo que le quedaba en el pincho para hacerlo callar, poniendo después un dedo en vertical sobre sus labios.

- No digas nada, lindo. - le pidió, sonrojando al pequeño por el piropo y la sensualidad con la que le habló.

- No... No me harás feliz con ese halago, idiota. No me gusta que me llamen "lindo", estúpida. - le advirtió, mientras bailaba parapara. - Um, qué rico que está esto... - comentó, terminándose la comida, mientras la chica gótica huía de él disimuladamente y se acercaba a la parrilla.

El espadachín se apartó del barullo, llevándose a sus compañeros más serios con él.

- ¿Cómo es que habéis venido hasta aquí? - les preguntó, mirando de reojo a Luffy, que había empezado a competir con Doumeki y Kurai por la mejor pieza de comida.

- Me gustaría preguntarte eso a tí primero, pero ya que estamos... - la navegante tomó aire y lo soltó despacio, con los ojos entrecerrados, un poco agobiada por la situación. - El caso es que no podemos escapar de esta isla. El log pose ha dejado de funcionar. - le mostró su muñeca con la aguja totalmente muerta, moviéndose a cualquier lado cada vez que la agitaba.

- La isla está maldecida. Y si nos quedamos demasiado tiempo nos puede afectar a nosotros también. - explicó la arqueóloga en tono grave.

- ¿Y entonces...?

- Nos dijeron que una bruja que vive por aquí tal vez nos podría ayudar. - continuó Sanji, encendiéndose un cigarrillo y aspirando una larga bocanada, inudando sus pulmones. - Dicen que concede deseos.

- Ah, esa debo de ser yo, ¿no? - dijo la demasiado alegre "bruja", con una botella de sake en sus manos, ya casi vacía del todo, y su "mascota" negra sobre su hombro igual de feliz.

Zoro dio un respingo y la taladró con la mirada.

- ¡¡No te metas en conversaciones ajenas!! - le gritó.

- Pero estáis en MI patio. - le replicó, recalcando el posesivo. - Y estáis hablando de mí. Es de mi incumbencia, ¿neh, Mokona? - el bichito negro asintió y brindaron de nuevo.

Sanji hizo un ademán de querer declarar todo su aprecio a la mujer por su inteligencia y finísimo oído, pero Nami le empujó a un lado, y sin darse cuenta lo tiró encima del espadachín. El rubio se apartó rápido, con el corazón desbocado al notar los fuertes brazos de Zoro sujetándole con suavidad.

- Antes olías a animal muerto, - sonrió débilmente, mientras se sacaba las manos de su compañero de encima - pero ahora hueles a pescado muerto. - le susurró, alejándose, pero Zoro le sujetó de la muñeca.

- ¿Quieres ayudarme a quitar este olor, entonces? - murmuró con la voz apagada pegando sus labios a su oído. Sanji se sonrojó notablemente y tensó su cuerpo al sentir el escalofrío que le había hecho sentir, y le dirigió una mirada divertida.

- Cuando tú quieras. - le respondió, doblando en sensualidad los susurros de Zoro, devolviéndole una media sonrisa, perplejo por que el rubio hubiera mostrado otra vez una reacción así.

- ¿Tú eres la bruja? - las chicas no se habían percatado del cruce de palabras entre los chicos, y la pelirroja le habló esperanzada - ¿Nos puedes sacar de esta isla?

Yuuko bajó su copita de sake, dándosela a Mokona para que se la llevara y la rellenara, y se cruzó de brazos.

- Todo tiene un precio. Y se ha de pagar con algo de exactamente el mismo valor.

Nami se quedó un rato pensativa, con el dedo índice apoyado en sus labios, dándole un aspecto muy dubitativo, pero al cabo de un rato desistió, totalmente ofuscada.

- Está bien... ¿Cuánto tendremos que pagar? - preguntó en tono lloroso.

- Si habéis llegado aquí era porque debíais venir a romper la maldición de esta isla. El precio está pagado. - explicó la morena con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡¿Cómo...?! - preguntaron al unísono.

Ajenos a aquel negocio, Luffy y Kurai se lanzaban miradas amenazantes.

- Suelta eso... - le ordenó Kurai con la boca llena a reventar. Después de haberse comido varias raciones retrasadas había recuperado la movilidad y su voz sonaba más normal, y empuñaba un pincho con la mitad de la carne en dirección a su competidor.

- Ni hablar. Este es mío... - le respondió en su mismo tono. Las chispas saltaron entre ellos y Watanuki, al no poder detenerles, siguió cocinando más carne para ese par.

- Doumeki, deja ya de zampar y ayúdame, que si no esos dos se matan. - le pidió, pero lejos de escuchar a su amigo, se unió a la competición. - ¡¡Idiota!!

La chica acercó su mano desde detrás del chico del goma, pero este agarró la comida antes que ella.

- Eres bueno... - le comentó sonriendo abiertamente. Sus ojos habían recuperado el brillo, pero seguían totalmente blancos, distinguiéndose apenas el iris de la pupila por una fina línea gris. - Por cierto... - señaló a su izquierda, y el sombrero de paja fijo su atención allí, con lo que Kurai pudo aprovechar para quitarle el trozo de antes.

- Tú tampoco lo haces mal. - reconoció sonriendo él también. - ¿Qué era lo que me querías decir?

- Me suena tu cara. - mordió la carne y siguió hablando con la boca llena. - Sin duda, tu sonrisa me recuerda a la de alguien que vino hace poco por la isla. También competimos por la comida.

- ¿A... alguien? - repitió Luffy, parando de comer unos segundos. Su mente voló unos instantes lejos de allí, recordando la sonrisa de su hermano, tal vez la cosa en la que más se parecían. Pero cuando volvió a la tierra, Kurai se había marchado, saciada por fin, y se acercó al otro grupo.

La bruja había dejado bastante pálidos a los chicos con lo que les acababa de decir y paseó su vista sobre ellos. A Kurai no le agradaban, definitivamente. Sobre todo el rubio, pero obviándole y fijándose en las chicas, su corazón dio un salto y se acercó a ellas como si bailara.

- Eres la princesa que siempre he andado buscando. - se arrodilló frente a Robin, sujetando una de sus manos sobre la suya y la besó ligeramente. - ¿Tienes algo que hacer esta noche, preciosa?

- Ah... - exclamó sorprendida la arqueóloga, sonrojándose ligeramente. La gótica se alzó y aproximó sus labios a los de la mayor, con la clara intención de besarlos.

Pero de repente, la pelirroja estalló, algo en su interior le dijo que no quería ver eso, y se interpuso entre ellas, fulminando con la mirada a Kurai.

- ¿Qué te crees que haces? - le preguntó cabreada, sujetando la mano de Robin y manteniéndola a su espalda como intentando protegerla de la otra chica. La otra la observó detenidamente y sonrió.

- Tú también eres mi tipo. - le anunció sonriente, y posó sus dedos sobre los tiernos y suaves labios de Nami, pero ella se la sacó de encima abofeteando su mano. - Pero sin duda me gusta más la morena. - masculló acariciándose la parte dolorida.

- Pues tú no eres mi tipo y te prohibo que toques a Robin. - escupió con rabia esas palabras.

- Navegante-san... - se mordió los labios nerviosa. ¿Quería eso decir que tenía alguna posibilidad con ella?

- No nos gustan las bolleras. - añadió con furia la pelirroja, y sin darse cuenta, esas palabras fueron como un puñal contra quien quería proteger.

- Navegante-san. - su voz sonó lúgubre y se liberó de la mano que aún la sujetaba. - No te preocupes por mí. - a pesar de las palabras que usó, su mirada era de profunda decepción y se alejó de ella, prefiriendo al cocinero y entrelazó una de sus manos con la suya, sorprendiendo a todos.

- No te preocupes, Robin-chwan. Aunque a mi me guste el yuri, no dejaré que te toquen sin tu cosentimiento. - canturreó con voz melosa, y ella se limitó a asentir y apoyó su cabeza contra el hombro del chico. - Qué feliz soy~

Nami, apartó la mirada, confundida porque le parecía haber herido a su amiga. Había hecho bien en ayudarla, ¿no? Sintió un pinchazo cuando vio a aquella chica tan cerca de Robin, pero verla ahora tan seria y tan cerca de Sanji le dolía aún más.

Zoro suspiró fastidiado. Estaba costumbrado a verlo tontear con las chicas, pero no sabía qué pensar cuando de repente parecía corresponder sus sentimientos. ¿A qué estaba jugando?

- Yuuko-sama, gracias por la comida. Me vuelvo a mi casa. - se despidió Kurai, con una leve reverencia, olvidando con rapidez lo que había provocado.

- Está bien, hasta mañana. - la despidió y la chica despareció detrás de la casa mientras canturreaba una canción en un idioma que no reconocieron:

- I m'enganxo els dits amb la porta tot sovint... Agafo el tren i va cap a l'altra banda, esclar! - su voz se fue apagando hasta no oírse y los cuatro chicos se miraron entre ellos, aliviados de que la extraña chica se hubiera marchado.

- Bueno, señorita, ¿nos puedes explicar esto de la maldición? - le preguntó educadamente el rubio, pero ella negó con la cabeza, dejándolo extrañado.

- Yo no sé nada de ella. Tendréis que averiguarlo vosotros mismos.

- Qué bien. - suspiró irónico el espadachín.

- ¿Entonces en que nos ayudas tú? - cuestionó Nami.

- Llegado el momento, necesitaréis mi ayuda y la de Watanuki y Doumeki para poder romper la maldición. A mí me llamó Kurai desde vuestra dimensión a la mía para que liberara a su pueblo.

- ¿Su dimensión...? - se preguntaron extrañados, pero la mujer no hizo señales de querer explicarse.

La conversación parecía terminada, ya que nadie añadía nada más, y de repente a Zoro se le ocurrió algo que le llevaba dándole vueltas desde hacía tiempo y le fastidiaba, porque le hacía sentir culpable. Se llevó a parte a la bruja y cuando vio que sus nakama no le hacían caso le informó en un susurro:

- Yo tengo un deseo. - Yuuko le miró con una misteriosa sonrisa en sus labios pero no dijo nada, con lo que el peliverde continuó. - ¿Puedes... ayudarle a recuperar la memoria a Sanji?

La mujer desvió la vista hacia el rubio y lo señaló con el pulgar.

- ¿Te refieres a él? - Zoro asintió y entonces Yuuko se encogió de hombros y se marchó a buscar más sake. - No se puede hacer nada por él.

El espadachín resopló indignado y le encaró.

- Entonces tú no puedes conceder ningún deseo, ¿verdad? Todo esto es un engaño.

La morena negó con el dedo sonriendo de nuevo.

- No es que yo no pueda hacer nada por él. - explicó con tranquilidad. - Es que no hay nada que hacerle.

Se marchó dejando al chico pensando en sus últimas palabras y un ligero sudor le recorrió la espalda a la vez que sus mejillas se encendían de indignación. Cerró los puños y miró al rubio, que se había acercado a la bruja y la trataba con dulzura. Si no había nada que hacerle era porque, tal como había sospechado tantas veces, él no tenía nada. Sin embargo no tuvo ganas de reprocharle nada, prefería que él solito se descubriera en algún momento y entonces echarle en cara todo lo que había hecho y todo lo que había jugado con ellos. Si directamente iba hacia él y le decía que estaba fingiendo, lo negaría todo, así que mejor esperar...

- Me voy. - les anunció a los demás con voz clara para que le oyeran. - No me gusta este sitio... - declaró, masajeándose los encarcarados hombros, y se dio media vuelta para salir.

- Espera, Zoro, voy contigo. No vaya a ser que te pierdas... - le avisó la pelirroja, marchándose deprisa detrás de él. - Antes he visto un pequeño puerto en el que anclar el barco, lo moveremos de sitio.

El rubio miró con sorpresa a la chica. Y tuvo que reconocer que le hervía la sangre al verla tan cerca de Zoro, pero ¿eran celos por él o por ella? Había decidido dejarse hacer y actuar como creía que le gustaría al peliverde para convencerse de que, aparte de que se sentiría ridículo, acabaría demostrándole que no le quería tanto como aparentaba. Pero reconocía que se ponía tanto en el papel que... temió desearle más de lo que hubiese creído nunca.

- Nami-san, ¿quieres que te ayude? - se ofreció, pero ella negó con la cabeza.

- No, diles a los demás que nos encontraremos en el bar de esta mañana a las ocho para cenar, y quiero que mientras vayáis a recopilar información sobre la isla, ¿vale? - le miró con el ceño fruncido. Sin duda ella tenía más madera de liderazgo que su propio capitán. - ¡Hasta luego! - se despidió, corriendo detrás del espadachín, que la estaba dejando atrás.

Sanji suspiró y miró a Robin, hacía rato que había soltado de nuevo su mano, y le dedicó una sonrisa, que ella le devolvió, un poco dolida aún.

- Señorita...

- Yuuko. - le informó la mujer.

- Señorita Yuuko, ¿le ayudamos a recoger las cosas? Para compensar por invitar a los "niños" a comer. - ella asintió. - Y la próxima vez, le prepararé algo para que pruebe mi deliciosa cocina.

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- ¿Por qué te has empeñado en acompañarme? - le preguntó el espadachín un poco enojado, caminando enérgicamente.

- ¡Ya te lo he dicho! No me fío de tu sentido de la orientación y no me apetece buscarte por una isla que dicen que está maldita. ¡Debemos estar más unidos que nunca! - le explicó, con un deje de desesperación, siguiéndole los pasos pero sin llegar todavía a su altura.

- Sí, claro... - murmuró fastidiado. Pero ¿cuándo no habían estado unidos? Eran muy pocas las ocasiones en que alguno había dejado tirado a los demás mientras había enemigos por en medio, y menos él, salvo cuando se reencontró con Saga. Le debía un favor por no haberle salvado la vida cuando estuvo a punto de morir...

Entre los dos se formó un silencio en el que cada uno pensaba en sus propias preocupaciones. Nami miró de reojo al peliverde y después detrás de ella para ver si sus compañeros les seguían, pero parecía que habían elegido otro camino.

- ¿Te pasa algo? - le preguntó Zoro, harto de las miradas nerviosas de su amiga.

Vaciló un momento y tragó saliva, pero finalmente habló:

- Robin... ¿Por qué crees que ha reaccionado así? - acto seguido se arrepintió de haber dicho lo que le estaba dando vueltas a la cabeza, y miró al peliverde mordiéndose el labio.

- ¿Robin? - el chico se quedó pensativo. Nunca la había visto tan cercana al cocinero, de eso no tenía duda. ¿Y por qué se había acercado a él? - Tal vez te pasaste con lo que dijiste.

Nami abrió los ojos sorprendida.

- ¿Y qué dije? ¡Yo quería que esa cría dejara a Robin tranquila! - se excusó, pero él simplemente hizo una mueca como diciendo "No me expliques a mí" y se quedó pensando. No podía ser... lo que le vino a la cabeza le pareció rematadamente absurdo, y desechó la idea, intentando pensar en cualquier otra cosa menos en aquello.

Mientras, Zoro intentaba poner en orden sus ideas, sacando extrañas conclusiones. Si Sanji había estado fingiendo, ¿por qué lo había hecho? Suponía que para poner distancia entre ellos, para dejarle claro que no sentía nada por él sin que se sintiera herido, pero... ¿Por qué de repente parecía corresponderle? ¿Tal vez había cambiado de opinión?

"Maldito cocinero... Haga lo que haga, y le dé las vueltas que le dé, siempre acabo con la conclusión de que juega con nosotros..." Poco a poco la idea le fue corrollendo desde su interior, y se hizo el propósito de intentar dejar de preocuparse de él. Con un poco de suerte, acabaría olvidándolo.

Con mucha más rapidez de la que creyeron, llegaron hasta el pequeño pueblo, aunque más bien se podría decir que habían llegado a la parte habitada, porque había unas pocas personas paseándose por la calle, y todas ellas ofrecían un aspecto más "humano" que el de los clientes del bar, con lo que Zoro aún no se dio cuenta de la gravedad de la situación de haberse quedado en una isla así.

Nami se encaminó hacia la playa, y en la arena, antes de llegar al agua, descansaba su pequeño bote.

- Vamos, empuja. - le ordenó la pelirroja, señalando la embarcación. El chico hizo caso con un gruñido y la llevó hasta el agua. Definitivamente, no soportaba a las mujeres, e intentar prescindir del rubio iba a ser demasiado complicado para él.

TSUZUKU