Capítulo 6: You look so fuck'n stupid
Pasaron varios días deambulando por la isla, intentando conseguir información sobre la maldición y cómo romperla. Sin embargo, tal como les había advertido el joven dueño del bar, no había manera en que nadie soltara prenda. Ni siquiera una pequeña pista, y después de cuatro días los datos que habían conseguido reunir eran bastante escasos.
- La isla se llama Mayor-k, he buscado información en mis libros de historia... - les explicó la arqueóloga sin mirarles, buscando la página de su grueso volumen donde nombraban la isla bastante de pasada. - ... Sólo he podido encontrar que, tal como se dio cuenta navegante-san, antes estaba unida con Rojiletto, pero que un fuerte movimiento sísmico las separó.
Todos atendían a la morena, mientras un hombre con unas manos tan grandes como la bandeja que sostenía, les servía la cena. Después de la primera noche no habían vuelto a ir al bar a cenar, pero ese día habían estado hasta tarde intentando averiguar algo, con lo que le concedieron una tregua al cocinero.
- Otra cosa que es segura... - prosiguió la navegante, alzando un tenedor señalando la gente del bar - ... es que nadie de aquí se atreve a poner un pié más allá de la zona habitada. Y parece que tienen pánico a acercarse siquiera un poco al bosque.
- Puede que allí haya algo... - razonó Usopp, pinchando las verduras de su plato, pero sin llevárselas a la boca. Estaba bastante desganado con la posibilidad de quedarse allí para siempre. ¿Qué sería de Kaya si nunca regresaba?
- Es posible. - admitió el rubio, mientras bebía un sorbo de su copa de vino, que no estaba nada mal. Pero había algo que sí estaba mal y le provocaba cierto malestar. Dirigió una mirada disimulada a Zoro, que estaba sentado dos sitios más a su izquierda en aquella mesa circular. Sin embargo, él no le miró, pero notó cómo los músculos se le tensaban ligeramente.
- Oi, ¿alguien sabe dónde se ha metido Luffy? - preguntó el peliverde de repente, harto de sentir como Sanji clavaba sus ojos en él cada dos por tres.
El resto se alzaron de hombros y buscaron con la vista al chico de sombrero de paja por el local, pero no se encontraba allí.
- Qué extraño... ¿Se habrá olvidado de que hoy cenábamos aquí? - preguntó Chopper, un poco preocupado.
- Tal vez se ha entretenido intentando "jugar" con alguien que le haya hecho gracia. - resopló el cocinero.
Pero antes de que alguien pudiera añadir algo más, las luces se debilitaron, iluminando suavemente las mesas y concentrándose en un rincón del bar que se encontraba despejado y tenía un micrófono, una batería y unos pequeños amplificadores. Se oyeron unos murmullos de excitación entre los presentes, mientras que los piratas se preguntaron qué rayos estaba pasando, hasta que un grupo de cuatro personas se colocaron bajo los focos y saludaron con la mano, reconociendo a una chica vestida exclusivamente de negro, con una falda cortísima y unas botas enormes.
- ¿Esa no es la chica muerta? - preguntó sorprendido el espadachín. Desde que la vio el día que llegó allí no se la había vuelto a cruzar.
- Se llama Kurai. ¿Ni siquiera tienes suficiente capacidad para recordar su nombre? - se metió con él Sanji, pero Zoro le ignoró olímpicamente, crispándole los nervios.
A Nami también le molestó volverse a encontrar con esa chica, ya que después de casi besar a Robin, su amiga se había vuelto un poco fría con ella. Todavía podía conversar con ella, pero solamente del tema de la maldición, cualquier otra cosa le contestaba con un escueto "sí" o "no", o un cabeceo.
- Buenas noches. - saludó Kurai, con una sonrisa radiante, mientras uno de sus compañeros tomaba la batería y los otros empuñaban un bajo y una guitarra eléctrica. - ¡Por fin es viernes! - exclamó alzando un puño y todos en el bar silbaron y gritaron de emoción. - ¡Olvidaos por unos momentos de vuestros problemas y pasáoslo bien!
El chico que sostenía la guitarra se acercó a ella y ambos comenzaron a cantar una canción con mucha fuerza en las guitarras y en los bajos, y una letra algo grotesca y burlona. Parecían pasárselo muy bien, no parecían avergonzarse si en algún momento se les escapaba un gallo, y tampoco parecía molestar a la gente, que batía palmas al compás de la música.
You do that Romeo
Be what you wanna be
Look like you runnin' in place
Do that stupid dance for me
Haces de ese Romeo
Sé lo que quieras ser
Parece que corres en círculos
Haz ese estúpido baile para mí
De repente, el pequeño establecimiento se había llenado de música, silbidos y gritos de animación, dejando con la boca abierta a la banda del Sombreo de Paja, que hasta ese día no habían visto nunca tanta alegría en los ciudadanos de aquella isla, y, sin darse cuenta, a todos les infundó un poco de esperanza en sus corazones, dejando de ver las cosas de una manera tan negativa.
Do that Romeo
That go-go Romeo
I see you twist and turn
You look so stupid, happy, and numb
Haz de ese Romeo
Ese Romeo go-go
Te veo retorcido y girado
Pareces muy estúpido, feliz y entumecido
Bueno, todos salvos Zoro, al que aquellos gritos le empezaban a molestar demasiado y se planteó el marcharse de allí. Él prefería la tranquilidad y el silencio en el que se sumía mientras entrenaba. Y esta convencido que solamente los gritos de cierta persona gimiendo por él serían lo único que podría considerar auténtica música. Pero estaba frito de Sanji y de sus jueguecitos.
Be my Romeo
Please be my voice in this world
I can't sing the songs that you sing
I can't find the gorgeous words
Sé mi Romeo
Por favor sé mi voz en este mundo
No puedo cantar las canciones que tú cantas
No puedo encontrar las palabras maravillosas
A Sanji esa canción le chocó bastante, porque quien pedía un Romeo era otro hombre. Sin poderlo evitar, volvió de nuevo la vista al espadachín, y negó con la cabeza un poco cansado al ver la mueca que hacía Zoro.
Will you be my Romeo?
My go-go Romeo
I see you twist and turn
You look so stupid
¿Serás mi Romeo?
Mi Romeo go-go
Te veo retorcido y girado
Te ves muy estúpido
E inevitablemente deseo que Zoro fuera su Romeo... y respondiera a aquellas súplicas.
*FLASHBACK*
A los dos días de llegar, Sanji, aburrido de dar vueltas y no conseguir nada, acabó dejándose llevar por su instinto e ir por donde quisiera, aunque pareciera que la zona a la que se dirigía estaba desierta siempre podía haber alguien, razonó él. Y sin darse cuenta, sus pasos le llevaron a la puerta principal de la casa de la bruja de las dimensiones. Pero haberla encontrado tan fácilmente no le pareció que fuera por casualidad...
- En este mundo no existen las casualidades. Sólo lo inevitable. - recitó una voz femenina, nada más traspasar el umbral de la puerta del patio.
Sentada en el porche delantero se encontraba Yuuko, fumando su pipa, con su hermoso kimono rojo cerrado solo en la parte del obi, dejando al descubierto sus pálidas y largas piernas y un escote que poco dejaba a la imaginación. Pero extrañamente, eso no excitó a Sanji.
- Buenas tardes. - le saludó con una sonrisa amable, que le devolvió la mujer. - Empecé a caminar y de repente me he encontrado aquí, disculpe. - se excusó con una reverencia.
- No tienes por qué disculparte. - le contestó la mujer, inmersa en una calma contagiosa. - Si has llegado hasta aquí es porque era inevitable.
El rubio la miró sin entender mucho a lo que se refería. Al igual que Zoro, él tampoco creía en el destino ni en lo que ya estaba escrito.
- Sí, tiene razón, le había prometido que vendría un día a prepararle una cena. - creyó entender el cocinero, pero ella negó con la cabeza.
- No es ese tipo de trivialidad. - le explicó en un suave susurro. Aspiró el humo de su pipa y lo dejó escapar con sus palabras. - Si has venido aquí es porque tienes un deseo, ¿no?
- ¿Un deseo? - se preguntó extrañado. La mujer le ofreció un cojín para que se sentara a su lado y él lo aceptó, intentando reconocer su deseo entre aquella maraña de emociones y sentimientos que se le acumulaban en su interior.
- Ese chico, el de pelo verde. - comentó como quien no quiere la cosa. - Es bastante buen chico, aunque prefiera no parecerlo. - miró al rubio, esperando una respuesta afirmativa.
- Sí... - murmuró absorto en sus pensamientos. Sí, era muy buen chico, aunque fuese un poco bruto y desaliñado, se había preocupado por él tantas veces... - Pero desde que llegamos aquí... - empezó a pensar en voz alta. - ... está muy frío conmigo.
La mujer se recostó en la viga de madera de la casa, tomándose su tiempo para contestarle.
- ¿No puede ser precisamente por tí que esté así?
Sanji también se mantuvo un tiempo en silencio e intentó llegar a la raíz del problema, el lugar en el que había comenzado todo.
- Él estaba enamorado de mí, y me llamaba en sueños... Y poco a poco, empecé a sentir algo por él, aunque no estoy seguro de si realmente me quiere o si sólo me desea por mi cuerpo, porque todos aquellos sueños eran... eróticos. - le contó a Yuuko en un susurro, como si le diera miedo lo que estaba contando. - Él nunca me ha dicho en persona si me quiere. Me ha besado y yo... también, pero puede ser simple atracción.
La bruja asintió, en señal de que estaba de acuerdo con él. No todos los besos significan compromiso, y los sueños muchas veces son incontrolables, aunque todos posean un significado.
- Pero... aquel vampiro... - recordó con asco aquel ser que casi lo mata a él y al peliverde. - ... dijo que Zoro me amaba, pero que yo no le amaba a él... - tomó aire nervioso, y rebuscó un cigarillo en el bolsillo de sus pantalones negros y cortos, y se lo prendió.
- Dudas si dijo la verdad, si mintió o si fue una verdad a medias... - resumió la mujer y el chico asintió con la cabeza.
- Y como tenía miedo de que fuera verdad la parte de Zoro, y no estaba seguro de mis propios sentimientos... fingí amnesia, para comprobar cuál de los dos decía la verdad...
La mujer contempló en silencio el horizonte, de un tono violáceo y las pocos nubes que se arremolinaban allí de un color oscuro. Sanji hizo lo mismo y se perdió de nuevo en sus pensamientos.
- ¿No crees que al hacerte el amnésico le estás engañando y que si se entera puede sacar conclusiones contrarias a lo que realmente piensas?
El rubio abrió mucho los ojos. Si fuera así, explicaría por qué ahora le huía.
- ¿Qué puedo hacer? - preguntó en un hilo de voz.
Yuuko le dirigió una sonrisa comprensiva, mientras colocaba sobre sus labios la boquilla de la pipa.
- Decir la verdad. - Sanji sintió como si le tiraran un jarro de agua fría en el estómago. ¿Qué verdad iba a decirle, cuando él no sabía qué sentía exactamente por él? - Tú eres el único que puede hacer que la situación mejore o empeore. Decide si prefieres seguir huyéndole o afrontar tus sentimientos.
- Pero...
- Sí que sabes lo que sientes por él. Pero no quieres aceptarlo. Cuando lo aceptes, verás qué camino has de seguir. - le dijo en un susurro. Era como si ella hubiese tenido que elegir algo parecido alguna vez.
Sanji se levantó y terminó su cigarrillo, aplastándolo con la suela del zapato y buscando el estuche donde guardaba las colillas.
- Muchas gracias, Yuuko-san. - le agradeció con una gran sonrisa. Ahora ya sabía hacia dónde tirar, y aunque se sentía tentado a volver a replanteárselo, si lo hacía podría perder a Zoro para siempre. - ¿Qué quiere que le haga para cenar?
*FIN DEL FLASHBACK*
En el transcurso de la canción, Sanji se perdió en sus pensamientos, imaginando cosas típicamente de un adolescente enamorado, y cuando terminó y se percató de que Zoro se había marchado se sintió un poco ridículo, y decidió salir del bar a buscarle, a aclarar de una vez por todas la situación en la que se encontraban.
I feel so stupid...
Me siento muy estúpido...
Las últimas frases de la canción se repetían en su cabeza, como si fueran dirigidas a él...
El aire puro de aquella cálida noche le abrió los pulmones y sintió como si hiciera mucho tiempo que no respiraba de verdad. Caminó unos pasos en dirección al mar, observando la enorme luna que iluminaba la playa y que apenas dejaba ver las estrellas que le hacían compañía. Y tal como se imaginó, un bulto en medio de la arena le hizo reconocer al malhumorado espadachín.
Se acercó silencioso hacia él, avanzando lentamente por la arena hasta que llegó a su altura, y se quedó de pie contemplando el mar. Zoro le dirigió una mirada fulminante, pero Sanji estaba distraído con las olas, y a los pocos segundos, se sentó a su lado, ignorando la mala cara que hacía.
- Hace calor, ¿eh? - comentó Sanji con una sonrisa.
Zoro resopló y apartó la mirada. ¿Qué cojones estaba planeando ahora?
- Más que el calor, lo que fastidia es la humedad. - le respondió, acomodándose con las manos tras el cuello.
- Sí. Qué humedad más pegajosa... - murmuró, mirándole a los ojos.
El espadachín sintió como si le estrujaran el corazón y notó como involuntariamente sus mejillas enrojecían. Pero por más que quisiera, no era capaz de apartar los ojos de los de Sanji, y sintió un pinchazo cuando se dio cuenta de que hacía la misma cara que en todos sus sueños, cuando estaba a punto de hacer el amor con él: los labios entreabiertos en una media sonrisa, los ojos brillantes y entrecerrados, mirándole con cariño y deseo, las mejillas de un precioso tono carmín que le daban un toque infantil, los hombros semi alzados, apoyando el peso de su cuerpo en ellos. La camisa de manga corta que llevaba tenía varios de los botones de la parte superior desabrochados, mostrando un trozo de su pálida piel, y a pesar de todo lo cabreado que estaba Zoro con él y todo lo que desconfiaba, sintió un fuerte arrebato de lanzarse encima de ese cuello y marcarlo como suyo. Sin embargo, hizo un esfuerzo desde lo más hondo de su alma para no hacerlo. Porque no le podía perdonar tan fácilmente si él simplemente venía a hablarle del tiempo.
Sanji tenía el pulso acelerado, estaba nervioso porque por fin había podido quedarse a solas con él, pero parecía que el extraño enfado del chico no iba a desaparecer fácilmente. Sin darse cuenta, recorrió de nuevo con la vista el musculoso torso de Zoro, cubierto solamente por una camisa azul abierta, paseó con los ojos de arriba a abajo la larga cicatriz que le cruzaba el pecho, y fue bajando hasta encontrarse con los pantalones cortos y negros, y un bulto mal disimulado le provocó una suave sonrisa, como queriendo decir que ya se imaginaba algo así de él.
- Zoro... - habló en voz baja pero firme, fijando de nuevo la vista en el mar. Si seguía mirándole no sería capaz de concentrarse para decirle lo que debía.
- Vaya. - le interrumpió él, con una mueca burlona. - ¿Desde cuándo me llamas por mi nombre? En el barco creo recordar que me llamabas "Marimo", ¿no?
El rubio resopló enfadado. Era serio lo que iba a decirle, se iba a sincerar con él y eso le costaba un huevo, pero el muy idiota tenía que seguir con sus puñeteros piques.
- Está bien, "Marimo-kun". Veo que te gusta más el mote que te puse yo que tu propio nombre. - le devolvió él, con el mismo tono.
Zoro apretó los dientes e hizo un gesto con la cabeza, para que el otro continuara. Pero él decidió que con las palabras no se sabría explicar, así que se giró hacia el peliverde y con una sensual sonrisa en los labios comenzó a acercarse, muy lentamente, bajando hacia su cuerpo y pasando con agilidad y ligereza una de sus piernas por encima de Zoro, sentándose encima de su vientre.
- ¿Qué pretendes? - le preguntó, pero Sanji lo acalló, colocando un dedo en vertical sobre los labios del espadachín, y bajó el rostro hasta rozar con los labios su piel, estremeciéndolo ligeramente.
Qué extraño se sentía haciéndole eso a otro hombre, la de veces que se lo habían hecho las mujeres a él, o él a las mujeres, y el nerviosismo se acrecentó dentro de él, sintiendo un nudo en la garganta que le impedía respirar bien, oyendo los acelerados latidos de su corazón contra sus oídos.
- Zoro... - murmuró en voz queda. Quería decírselo todo, quería decirle que sentía mucho haberle engañado, que le agradecía todo lo que había hecho por él y todo lo que se preocupaba, y que... le quería. Pero era tan complicado decírselo. Besó suavemente el pezón endurecido sobre su corazón, y notó como este bombeaba como loco y golpeaba contra sus labios. "Él también está nervioso" se dijo para sus adentros.
Sin embargo el peliverde continuaba rígido, con las manos detrás de su nuca, mirando con los ojos entrecerrados como Sanji le besaba con suavidad el torso. No llegaba a comprenderle, no entendía en absoluto a ese rubio. Pero a pesar de todo, aquella dulce tortura le estaba calentando mucho, y temía dejarse llevar por sus sentimientos reprimidos tanto tiempo.
- Lo... - pero antes de que terminara, Zoro echó mano de una de sus katanas y la interpuso entre ellos dos, aún envainada. - ¿Qué...?
- ¿No decías que la próxima vez que estuvieras tan cerca de mí, me rajarías el cuello con uno de tus cuchillos? - le preguntó, intentando sonar burlón, pero la voz le salió totalmente inexpresiva. - No es uno de tus cuchillos, pero sirve para lo mismo. Y mejor. - le aseguró, mostrando una sonrisa sarcástica en sus labios.
Sanji se alzó un poco sobre él y le miró sin comprender por qué le venía con esas ahora.
- He sido yo el que se ha acercado a tí. Por lo tanto no te voy a rajar el cuello ni nada de eso. - se defendió, ofendido y enojado.
- ¿Entonces he de ser yo el que te corte el cuello a tí? - su sonrisa era cada vez más macabra y le puso los pelos de punta al rubio.
- Sería lo justo... - suspiró resignado. Tenía motivos para que le odiara, pero le dolía que no le dejara explicarse.
Zoro comenzó a desenvainar a Sandai Kitetsu muy despacio, contemplando detrás de ella la mueca que hacía el cocinero encima de él. "Joder... ¿por qué coño tengo que hacerle esto?" se preguntó. En realidad le gustaría que continuara y le explicara qué demonios tenía en la cabeza, pero antes tenía que sufrir una mínima parte de lo que había sufrido él, por lo menos.
De repente se oyeron unos pasos apresurados dirigirse hacia ellos, y antes de que se dieran cuenta, había pasado ya por su lado, recogiendo antes algo del suelo.
Zoro se incorporó de repente, tirando al suelo a Sanji y mirando sorprendido la sombra que se alejaba con rapidez y después el suelo, donde antes estaban sus espadas.
- Joder... ¡Se ha llevado a Wadô! - gritó, incrédulo, y recogiendo sus otras dos katanas se marchó con ellas tras el ladrón, que era endiabladamente rápido.
El rubio se quedó unos segundos allí, sin saber qué hacer. Sabía que la katana blanca de Zoro era la más preciada para él, y la que cuidaba con más ahínco. Pero cómo le jodió el que se fuera tan rápido tras ella. Comenzaba a sentir celos de aquella espada y un odio terrible hacia el ágil ladrón, que no le había permitido explicarle al espadachín lo que debía decirle, ahora que había conseguido la oportunidad perfecta.
You look so fuck'n stupid
Te ves jodidamente estúpido
La voz de aquel chico se burló de él, dentro de su cabeza. Se levantó y se marchó, derrotado.
x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x
- ¡Hola~~! - les saludó Kurai, cuando empezó el descanso. Se acercó a la mesa de los Sombrero de Paja y les miraba más radiante que nunca. Casi no parecía la misma chica que escupía bichos por la boca, a punto de morir de inanición.
- Hola. - le devolvieron el saludo Chopper y Usopp, aliviados de que no toda la gente de aquella extraña isla fuera tan cerrada a los de fuera. Nami resopló y le dirigió una mirada de que no le hacía gracia que estuviera cerca de ellos.
- Hola, Gótica-san. - le saludó la morena con una cálida sonrisa
- Ahh... Qué precioso mote me has dado, mi princesa de negro~ - exclamó Kurai, derritiéndose a sus pies y sentándose a su lado sin pedir permiso, en el sitio en el que hasta hacia un rato se sentaba Zoro. A Robin no le caía mal en absoluto, es más, estaba contenta de haber encontrado una versión en femenino de Sanji y que pareciera tan feliz a su lado. Era un subidón de autoestima, y lo necesitaba, sobretodo desde que la navegante declaró que no le gustaban las "bolleras", tal como dijo ella.
- No sabía que actuaras aquí. - le comentó la arqueóloga.
- Es que trabajo sólo los viernes. Mis amigos y yo hacemos un pequeño concierto con las canciones más novedosas y extravagantes de Grand Line en el local de mi padre. - les explicó, bebiendo del vaso de vino que tenía frente a ella sin ningún pudor, el cual también había pertenecido al espadachín.
- ¿Cómo? ¿Tu padre es el dueño de este bar? - preguntó Usopp.
Ella asintió y señaló detrás de la barra.
- El meu pare. (Mi padre) - a quien señalaba era al niño que les había atendido cuando llegaron allí la primera vez, y saludó alegremente con la mano a su progenitor, que hizo un gesto cansino mientras atendía a la sedienta clientela.
- ¿Tu padre es ese niño? - preguntó sorprendida la navegante, olvidando por unos momentos que no la tragaba.
- Sí. La maldición que le cayó a él fue rejuvenecer. A cada año que pasa parece tres años más joven que antes. - les contó, poniéndose seria mientras miraba fijamente el líquido color sangre en su copa. - Y a mi madre le pasó lo contrario. - continuó sin que se lo pidieran. - Comenzó a envejecer a marchas forzadas y hace dos años que murió.
Todos se quedaron en un tenso silencio, un poco culpables por haberle hecho recordar a la chica aquel problema un día en el que todos allí parecían tan felices.
- Ey, ey. Que no pasa nada~ - les dijo con voz animada. - Es doloroso pero ya me he acostumbrado. Y si Yuuko-sama dijo que vosotros sois los que nos vais a ayudar, no tengo por qué estar más triste.
"Por qué diría que está más triste que nunca" se preguntó la arqueóloga, descubriendo con facilidad la forzada sonrisa con la que intentaba engañarles.
- Pero oye, aquí nadie nos ha dicho nada. Se niegan a explicarnos cualquier cosa relacionada con la isla y su maldición. - le encaró Usopp, y Chopper y Nami asintieron a su lado.
- ¿Nos puedes decir algo, Kurai? - le pidió Nami. La aludida miró divertida como la pelirroja ponía cara de cordero degollado y se rió para sus adentros. No se había olvidado que le había dicho que no le gustaba sin haberla conocido antes. Y ese tipo de cosas no se olvidan fácilmente.
- Mmm... No sé... - se hizo la interesante. - Es que todo tiene un precio y... yo prefiero que me paguen en especias. - le sonrió burlonamente, con un dedo paseándose sobre sus labios.
La pelirroja se dio la vuelta. Si le hubiese pedido dinero, aún podría haber soltado algo de lo que habían conseguido en Skypiea, pero no se dejaría tocar por ella. Aunque si su vida dependía de ello... tal vez debería...
Se revolvió los cabellos, intentando tomar una solución a esa situación, pero escuchó una voz tras de sí.
- A mi no me importaría. - anunció la morena, levantándose y cogiendo a Kurai del brazo, a la que sus ojos se transformaron en corazones, pareciéndose aún más al cocinero del barco. - ¿Vamos a tu casa? - le preguntó y ella asintió fervientemente y se fundió ante la deliciosa caricia que fue sentir los dedos de Robin sujetándole la barbilla.
- Què bé~ (Qué bien). Bueno, nos vemos, adéu~ (adiós). - se despidió, llevándose a la morena del brazo y saliendo del local.
- No me esperaba eso de Robin... - exclamó el tirador con los ojos como platos.
- ¿Pero qué era "en especias"? - le preguntó el renito, confuso por no haber entendido aquella expresión. Usopp se pasó una mano por la cabeza, sacándose el pañuelo y le comenzó a explicar. Pagar en especias se refería a no pagar con dinero, sino con otros objetos o con algo que para la que lo recibía era del mismo valor.
Nami no les escuchaba. Se había sentido furiosa al ver a Robin tocándole con tanta familiaridad, cuando con ellos no tenía ni la confianza de llamarles por sus nombres, y se sintió traicionada porque se marchara con ella cuando hacía unos días había tratado de protegerla de aquella misma chica.
"Tal vez era eso..." pensó apenada, con la vista clavada en la puerta del bar. "Debe de ser lesbiana". Se mordió los labios, avergonzada por lo que declaró en el nombre de ellas dos "No nos gustan las bolleras". Ahora entendía porque había estado tan fría desde entonces...
TSUZUKU
