Capítulo 7: Las maldiciones de la isla

"Joder... Mierda... Maldita sea..." se maldijo, corriendo tras la escurridiza sombra. "Bajé la guardia..." se reprochó. Y por culpa de eso, le habían terminado robando su Wadô Ichimonji. Si no la recuperaba no se lo perdonaría jamás.

El ladrón se movía con una agilidad felina, y saliendo de la playa, se metió entre las calles y se adentró en el frondoso bosque.

"... parece que tienen pánico a acercarse siquiera un poco al bosque."

No le quedaba elección, sabía que estaba entrando en el meollo de los problemas, pero debía recuperar su katana y se metió de cabeza.

La oscuridad era tan profunda y agobiante que se guió por el sonido de las pisadas sobre las hojas secas del otro chico y su débil silueta dibujada por escasos rayos de luz lunar. La quietud era sobrecogedora, no se oía ni un animal vivo, sólo su respiración agitada, sus acelerados pasos y el lejano sonido que hacía el ladrón, que le empezaba a coger ventaja. Pero tras todo aquello notó algo más... Se escuchaba débilmente una especie de murmullo lejano, como un cántico. Zoro quiso detenerse para escuchar mejor, pero si lo hacía perdería por completo la orientación allí dentro.

"Mierda... ¿Hasta dónde piensa huir?" se preguntó. Le empezaba a faltar el aire, hacía bastante rato que corría lo más rápido que podía, pero no podía permitirse el lujo de pararse a descansar. Hasta que un grueso tronco tirado en medio del paso se lo permitió. Cayó de bruces al suelo, golpeándose la nariz, que comenzó a sangrar abundantemente, a la vez que sentía un hormigueo en las piernas agotadas y le impedía levantarse. "He de continuar" se ordenó a sí mismo, incorporándose levemente, pero una repentina oleada de frío lo dejó entumecido y estirado de nuevo en el suelo.

- Jajaja... - oyó a lo lejos la risa del joven ladrón.

Zoro intentó incorporarse, pero aquel frío se lo impidió. Notó como un especie de manos heladas le acariciaran cada centímetro de su piel, absorbiendo todas sus fuerzas, y en el reinante silencio volvió a oír los murmullos de antes más claramente.

Eran gemidos, gritos de dolor, palabras de desesperanza en múltiples idiomas los cuales desconocía en su mayoría, pero unido todo sonaba como una lenta melodía fúnebre y siniestra, que le provocó un escalofrío que lo sacudió hasta la punta de los cabellos.

"¿Qué coño pasa aquí?" miró nervioso a su alrededor, pero no veía nada ni nadie, solo un pequeño recorte de cielo estrellado sobre su cabeza, entre las copas de los apiñados árboles, y comenzaba a sentir un ligero miedo en la boca del estómago.

El sonido era aplastante, cada vez sonaba más fuerte, le envolvía, estaba por todos lados; notó como aquellas heladas manos le arrancaban el calor que hasta hacía unos momentos había sentido por la carrera... y por Sanji.

Unos pasos cercanos le alertaron, pero no podía ponerse en guardia. Oyó la fina y cantarina voz de un joven, que relacionó con la del ladrón, pero ¿para qué habría vuelto atrás?

- Vaya, qué rápido cayó el gatito. - se mofó, enfureciendo al espadachín, que alzó la vista para ver su rostro.

Era un chico de aproximadamente su edad, con una media melena despeinada de color oscuro del que no podía reconocer su tono en medio de aquella penumbra, un cuerpo delgado y vestido con una camisa blanca y un chaleco encima y unos pantalones largos y anchos de cintura, mostrando su ropa interior gris.

- Maldito... - murmuró con asco. Las manos heladas le recorrieron con más furia el cuerpo, dejándolo totalmente exhausto y congelado, y haciéndole convulsionar de frío.

- Vaya, ¿cómo lo has sabido? - exclamó el chico, fingiendo sorpresa, al tiempo que se sentaba de cuclillas cerca de su rostro y jugueteaba con Wadô entre sus dedos. - Ah, no, que eso era un insulto. No me confundas. - le pidió, hinchando los morritos, como un niño enfadado, y luego rió con su alegre voz.

- Estúpido... - le escupió con los dientes casteñeteando de frío. - ¿No te dijo tu madre... que no jugaras con cuchillos?

El chico echó su melena hacia atrás mientras reía suavemente.

- ¿Aún te quedan fuerzas para provocarme, gatito? - le preguntó con sorna. Dejó la katana a escasos centímetros de la mano de Zoro, pero él no podía ni siquiera salvar aquella distancia para tener la protección de Kuina.

El chico sujetó el rostro del espadachín entre sus manos, contemplándolo detenidamente, paseando luego sus finos dedos por su frente.

- Qué lindo eres. - susurró, más para sí que para Zoro, que alzó una ceja, sorprendido. Acarició su corto cabello y fue bajando hasta las cejas, deteniéndose en el entrecejo en tensión. - ¿Qué tal así? - de repente dejó de ver al ladrón, para ver a Sanji en su lugar, devolviéndole una mirada tierna.

Zoro abrió los ojos como platos y apretó la mandíbula rabioso.

- ¿Cómo... te atreves...? - le preguntó, con la furia acallada debido al frío, pero patente en sus ojos.

- Te fuiste cuando estaba a punto de decirte algo importante, Zoro. - le miró con un reproche infantil en sus labios.

"No hagas eso" pidió mentalmente. No podía con él, sobretodo si le miraba con tanta ternura.

- Te hubieras salvado si no le hubieras seguido. - susurró en voz queda en su oído, estremeciéndolo con el cálido contacto de su aliento. Volvió de nuevo atrás y le miró seductor mientras humedecía sus labios lentamente, notando la entrecortada respiración del peliverde, excitado por ver a su amante con esos labios tan apetitosos entreabiertos que se acercaban a él hasta besarle dulcemente.

Zoro cerró los ojos, totalmente vencido, dejándose llevar por aquel ilusorio Sanji. El chico mordió sus labios con unos colmillos terriblemente afilados, rasgándolos, y sorbió su sangre con fuerza, alzando al peliverde, ambos extasiados. Pero a la vez que la sangre se escurría en la boca del otro, algo espeso y áspero se metió en su garganta, provocándole unas incontenibles ganas de toser, pero sin poder aliviarse por no ser dueño de su cuerpo en ese momento. Siguió bajando por su cuerpo, recorriéndole los pulmones, el estómago, todos sus órganos internos, mezclándose en su sangre, llegando al cerebro y finalmente a su corazón. Todo se volvió negro, fue como si la luz se apagara, y Zoro se quedó en un rincón de aquella oscuridad, dormido.

El chico separó los labios del espadachín, acariciando con la yema de sus dedos el trabajado cuerpo del espadachín y sonrió satisfecho al contemplar su obra, su nuevo títere, al que manejaría a su antojo.

- Ha sido incluso demasiado fácil. - exclamó, paseando de nuevo sus dedos por la cara del peliverde, mojándolos en la tibia sangre que aún salía de su nariz, y después chupeteándolos sonoramente, mientras contemplaba absorto como sus ojos habían cambiado: el globo ocular se había vuelto negro, y el iris y la pupila, blancos. - Esa katana ya no te hará ninguna falta. - le pegó una patada, enviándola a varios metros de allí. - Ven conmigo, yo te daré una espada mejor.

Zoro le miró con una expresión en la que se adivinaba claramente que se sentía superior a él, pero siguió al chico, adentrándose aún más en el bosque, sin que el frío de aquellas heladas manos le afectara esta vez.

x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x

Entró en la casa a oscuras, y tras echar un rápido vistazo afuera, con el ceño fruncido, como si temiera que les hubiese seguido alguien, cerró la puerta tras de sí con cuidado, apoyándose de espaldas a ella. Robin miró a su alrededor con curiosidad, aquella pequeña, vacía y oscura casa, mientras Kurai encendía unas cuantas velas desperdigadas por toda la habitación, revelando poco a poco los muebles del salón: un enorme sofá negro, una estantería con unos pocos libros y marcos con fotos, algunos artilugios extraños que la arqueóloga reconoció y que sonrió al comprobar que la chica no tenía reparos en tenerlos a la vista.

Kurai dejó el mechero sobre una pequeña mesita, al lado del sofá, y se paró a contemplar a Robin. En sus ojos del color del mar se reflejaban cada una de las pequeñas llamas oscilantes de las velas que acababa de encender, y por su mente cruzó rápido el pensamiento de que en los suyos no se reflejaría nada de eso. Su piel morena le pareció muy apetitosa, y se acercó a acariciarla y olerla.

- Flores... - sonrió Kurai, al reconocer la fragancia. - Parecen rosas... pero también flor de cerezo... Qué extraño.

La arqueóloga le devolvió la sonrisa y se alejó de ella unos segundos, para ir a examinar de cerca un objeto que le llamó la atención.

- Tiene vibración. - le explicó, pulsando un botón y devolviéndoselo a ella. - Pero cuando estoy en compañía, prefiero no usar juguetes. - le informó en un tono sensual, apartando de sus manos el objeto y depositando un suave beso en sus jugosos labios.

- Yo tampoco. - le contestó, también con sensualidad, y Kurai sintió cómo se derretía de placer al escuchar su suave y melodiosa voz.

Juntaron sus labios en un beso más cálido y duradero, tocándose tímidamente con las manos, buscando el mejor lugar donde apoyarlas. Fue la arqueóloga la que pidió entrar en la boca de la gótica, lamiendo sus labios y presionando su lengua entre ellos para poder explorar su interior y se alegró con el fogoso recibimiento que le dio Kurai, acariciándose, danzando la una dentro de la boca de la otra, buscando ir más lejos de lo que habían llegado ellas nunca, y emitiendo entrecortados gemidos de placer al notar como rozaban alguna parte sensible.

Lentamente, y a tientas, sin separar sus bocas, fueron aproximándose hasta el gran sofá, y al llegar, Kurai se tiró encima de Robin, separándose unos segundos para respirar. Kurai bajó lentamente la cabeza hasta las largas y redondeadas piernas de Robin y comenzó a besarlas desde abajo, subiendo lentamente hasta llegar al muslo, que besó por su parte interior, que era más sensible, deleitándose con la mirada y la sonrisa satisfecha que la arqueóloga tenía sobre ella.

Pero no todo era tan sensual y mágico en aquel momento. Kurai no estaba tan tranquila, y eso lo notó Robin. De vez en cuando hacía alguna mueca y cerraba los ojos, ladeando la cabeza, como si le doliera la cabeza, o hubiese algo que la molestara, pero aún así continuaba.

- Eres muy hermosa, mi princesa de negro. - susurró, apartando la falda y subiéndola hasta la cintura, para continuar con sus besos.

- Gracias, Gótica-san. - le respondió ella con dulzura. - Tú también lo eres mucho.

Kurai acarició por encima de la tela la zona íntima de la arqueóloga, que notó ligeramente húmeda.

- Yo no lo soy. - besó su rodilla y la mordió ligeramente. - Yo soy horrible.

Robin quedó un poco perpleja con esas palabras.

- ¿Por qué dices eso?

Se tomó unos segundos para responder. Antes quería saber de qué color era el sujetador de su compañera, y desabrochó la camisa negra ajustada que llevaba, descubriendo que su ropa interior era también negra.

- Yo soy horrible por la maldición que me ha caído. - respiró profundamente y desabrochó el sujetador de Robin, pasando sus brazos alrededor de su cuerpo, besando suavemente su hombro cuando se acercó. - Y también soy horrible porque no pude rescatar a la persona que amaba.

- ¿La persona que amabas? - repitió Robin, coloreándose un poco sus mejillas al ver como la chica contemplaba maravillada sus senos y los besaba.

Kurai se mantuvo en silencio mientras acariciaba con sus labios los pechos de la arqueóloga, provocándole suaves ronroneos, hasta que cogió la iniciativa, quitándole la camiseta a la gótica de un tirón y arrebatándole el sujetador. Kurai esbozó una leve sonrisa, tapándose un poco los senos con algo de timidez, pero poco a poco su cara se transformó en dolor, y se tapó los oídos con ambas manos, apretando su cuerpo con el de Robin y enterrando su cabeza en su pecho.

- Calláos... calláos de una vez... - sollozó, y la otra notó como las lágrimas mojaban su piel.

- ¿Qué te pasa? - le preguntó, sorprendida, abrazando a la chica y arrullándola con cariño.

- Yume... - dijo entre hipidos. - Yume ha muerto... Me lo están diciendo ellos... Los espíritus que vienen con vosotros, me lo están diciendo... - gimió desconsolada.

- ¿Los... espíritus?

Y ese nombre... ¿dónde lo había escuchado antes...?

- ¿Yume...? - sus ojos se abrieron de sorpresa. Claro que le sonaba. Era el nombre de aquella chica, la que les salvó cuando la isla estaba a punto de desaparecer, la misma de la que le habló Luffy con tristeza, cuando le relató qué les había pasado una vez se los llevaron a ellos dos al subsuelo. - ¿La de Rojiletto? ¿La del kimono rojo?

Kurai alzó la vista, mostrándole sus enormes ojos blancos brillando inundados en lágrimas.

- ¿La conociste? ¿Entonces es verdad lo que me están diciendo?

- ¿Pero quiénes te lo están diciendo? Gótica-san... ¿podrías explicármelo todo desde el principio?

Ella apretó los labios y volvió a mirar hacia abajo. Tomó aire pesadamente y comenzó a relatarle...

"Hace 10 años, esta isla era tranquila, normal, prospera. Nuestro rey, James Cofferson era nuestro orgullo, porque se había hecho a la mar hacia más de 12 años para perseguir e igualar al rey de los piratas, Gol D. Roger.

Estuvimos muchos años sin rey, pero eso no nos importó, nosotros nos las podiamos apañar bien, no teniamos conflictos, y la gente que dejó al mando era lo suficientemente capaz para llevar bien los negocios dentro y fuera de nuestra isla.

Yo era una chica normal. La hija del dueño del bar que más frecuentaban por ser el que más cerca de la costa estaba, pero tenía un problema. Desde muy pequeña tuve una amiga, Yume, a la que quería mucho y en quien más confiaba, por la que hubiese sido capaz de hacer cualquier cosa. Y me enamoré de ella.

Ella no me pudo corresponder, me quería pero como amiga, no podía haber más, y yo me hice el firme propósito de protegerla y asegurarme de que se casara con un hombre bueno de verdad, que la amara y la hiciera feliz.

Pero todo se estropeó el día que volvió nuestro rey. Regresó en un día de fuerte tormenta, la más bestial que recuerdo, hubo palmeras que fueron arrancadas del sitio y se rompieron los cristales de las ventanas de las casas del pueblo. Parecía como si ellos hubiesen traído la tormenta. Nada más llegar gritaron: "¡No os acerquéis, meteos en vuestras casas y ni se os ocurra ir al castillo! ¡Es una orden!"

La gente se quedó muy sorprendida, él nunca nos había pedido nada, tal vez por el remordimiento de consciencia que tenía de ser el soberano, pero tener deseos de ser pirata. Le hicimos caso y no salimos en varios días de su casa, hasta que la tormenta amainó. Y cuando la gente salió de su casa empezaron a ocurrir cosas extrañas: había gente que traspasaba el umbral de la puerta de su casa y aparecía en la casa de otra persona, en la otra punta del pueblo; otros comenzaron a transformarse en burros, en monos, en pollos, perros, ratas...; otros les empezó a cambiar la constitución: desarrollaron unas orejas gigantescas, manos enormes, o por el contrario, la cabeza se les hacía más pequeña, hasta el punto de parecer una nuez. A mi padre y a mi madre no se les notó enseguida el cambio, pero en unos meses comenzamos a sospechar cuál era su maldición.

Sin embargo a mí no me pasaba nada. Seguía igual que siempre. Pensé que tal vez no me habría afectado aquello, fuese lo que fuese, así que me marché al castillo a ver al rey. Quería una explicación de lo que nos estaba pasando y era la única con suficiente valor y caradura para desobedecer al rey.

Cuando llegué me encontré con que habían intentado sellar todas las entradas al castillo, pero había una ventana muy alta que seguramente se habría roto con aquella tempesta y que estaba abierta. Me colé por ella con los poderes de mi Akuma no Mi y lo que ví allí me sobrecogió: los soldados, marineros y hombres de confianza del rey estaban todos muertos, tirados en medio de las estancias. Apestaba tan fuerte que me entraron ganas de vomitar, pero avancé hasta la sala del trono, donde esperaba que estuviera él.

Pero allí estaba sentado un desconocido, con aires de grandeza. Un hombre que de pié debía medir más de dos metros. Y a sus piés estaba nuestro rey, también tirado en el suelo, boca abajo. Corrí hacia él, sin importarme aquel extraño, y al darle la vuelta comprobé que aún seguía con vida, aliviándome un poco.

En cambio, el rey James parecía aterrado de verme allí. Me cogió de los hombros y me gritó por qué había venido. Yo le respondí que era porque pasaban cosas extrañas en el pueblo, quería saber qué estaba pasando y quién era aquel hombre tan alto. Entonces aquel hombre me sujetó y me levantó con mucha facilidad. Forcejeé para soltarme pero no hubo manera. Y como si me leyera la mente, se puso a recitar todos mis secretos en voz alta, hasta los más íntimos, humillándome delante de mi rey y a mi misma, y descubriendo cosas que me habían dado tanto miedo de mí misma, que incluso había preferido ni plateármelas. Al terminar sonrió, me lanzó contra una columna y proclamó en voz alta.

- Tu maldición es la más beneficiosa de todas. Así que haré que sufras eternamente. Me llevaré a Yume, la chica a la que amas.

Después de decir eso desapareció. Yo intenté ir tras él pero el rey me detuvo. Me explicó que estaba muy arrepentido de todo lo que había pasado, que aquel hombre tenía una fuerza monstruosa y no habían podido hacer nada. Les había maldito a todos y aquella tormenta les llevó irremediablemente de vuelta a su isla natal, para contagiar la maldición a las personas más cercanas y queridas de nuestro rey.

Me marché sin decirle nada. Me pedía perdón una y otra vez, pero si le llegaba a pasar algo a Yume, yo me moriría.

La busqué incansablemente durante todo el día, me recorrí la isla de arriba a abajo una y otra vez, pero no di con ella, hasta que llegué al otro lado, a la costa norte. Estaba allí, sujetando a Yume con... una correa al cuello... Parecía como si me esperara, y cuando me vio aparecer partió la isla en dos, y el pueblo del norte se fue con él, mar adentro. Yo me lancé tras él, con mi habilidad les seguí un buen rato sobre el mar. Pero había una fuerte corriente de aire que me tiraba hacia atrás. Después de dos horas luchando contra el viento, caí al agua exhausta y me hundí hasta lo más profundo, perdiendo la consciencia.

No sé cuánto tiempo pasó. Me desperté y aún seguía viva. Pero aún estaba bajo el agua. ¿Cómo era que no había muerto? Sin embargo, no podía mover mi cuerpo en absoluto, sólo podía girar un poco los ojos, el resto me producía un gran dolor, tal vez porque aquello debería haberme matado y por la presión de la profundidad.

Fue entonces cuando comencé a escuchar voces. Vi siluetas en el agua que nadaban por encima de mí, casi transparentes, pero con forma humana. Me susurraron que estaba en el umbral de la muerte, pero que mi alma estaba completamente atada a mi cuerpo. Parecía que se compadecían de mí, para ellos yo no tenía secretos, sabían lo de Yume, mis sentimientos y lo que había pasado en la isla. Me conocían de toda la vida, habían estado siempre cerca de mí, velando por mi, esperando el día en que falleciera para llevarme con ellos. Escuché todo lo que me dijeron hasta que me volví a dormir.

La siguiente vez que desperté había vuelto a Mayor-k. Estaba tumbada en la playa, totalmente empapada y con un fuerte sol golpeándome la congelada piel y deslumbrándome con tanta fuerza que creí que me volvería ciega. Hubo una persona que me vio y me llevó a su casa, yo no tenía fuerzas para moverme. Me explicó que había estado dos semanas fuera desde que fui a ver al rey y que todos empezaban a pensar si habría muerto. Me miraba un poco asustado, nunca olvidaré su cara de susto, y tímidamente fue a buscar un espejo y me mostró mi aspecto. Mis ojos se habían vuelto blancos y opacos, tal vez a causa de todo el tiempo que pasé bajo el agua. Parecían los ojos de un muerto e intimidaban mucho, pero yo sonreí, y le expliqué:

- Mi maldición es que no puedo morir. - acto seguido rompí el espejo con las manos desnudas, pero los cortes que me hice se cerraron enseguida. Cogí un trozo y lo pasé con fuerza sobre mis venas. ¿Quieres ver lo que pasa cuando hago eso?"

Robin le había escuchado en silencio, sin interrumpirla, totalmente absorta en la narración, y contempló la expresión cansada y triste que tenía aquella chica. Se levantó y de un cajón de una mesita sacó una navaja, la abrió y se cortó las venas, frunciendo un poco el ceño, porque no podía morir, pero sí sentir dolor. La sangre salió a chorro, pero antes de que impactara contra algo, se quedó suspendida en el aire y volvió hacia atrás, metiéndose de nuevo dentro de la herida, que desapareció en menos de un segundo.

- Dios mío... - exclamó Robin, tapándose la boca con las manos. Kurai suspiró y se dejó caer en el otro extremo del sofá y se acurrucó abatida, con las rodillas tocándole el pecho. - ¿Y tu vista...?

- Veo, pero bastante mal. - le explicó. - Desde que estuve a punto de morir ahogada veo las almas de las personas y de todos los seres vivos y muertos que nos rodean, más que su propio físico. - sonrió. - Pero tú eres bella, tanto tu alma como tu cuerpo. - sonrió, levantando sus manos, que eran las que le habían explicado más detalladamente como era.

Robin apartó la vista. No estaba tan segura de que ella tuviera un alma tan hermosa como decía...

- He intentado suicidarme tantas veces en estos últimos diez años... - continuó en un susurro, al pasar unos minutos de silencio. - Todas las maneras que se me han ocurrido: me metí dentro de una hoguera, me vestí con armadura una noche de tormenta eléctrica y un rayo me impactó, me he tirado desde cientos de metros de altura, me he ahorcado... La peor de todas fue... la guillotina... Es con la que pasé más miedo, porque una vez se separó mi cabeza de mi cuerpo, - movió sus manos rápidamente en paralelo, como si sujetara algo entre ellas. - aún podía mover cada una de las partes aunque no estuvieran juntas, y terminé por volver a colocarme la cabeza en su sitio.

- ¡¿Si pasas miedo, por qué quieres morir?! - gritó traspuesta la arqueóloga. Ella había tenido que vivir huyendo de todos los que la querían matar, de todos los que decían que el simple hecho de que estuviera viva era un pecado. Pero ella quería continuar, porque aún tenía esperanzas. Y Kurai las había perdido completamente.

- Porque no puedo salir de aquí. Estoy atrapada. - murmuró con una leve sonrisa. - Y se llevaron a la persona que quería proteger, a la persona que más quería. He intentado cientos de veces salir de aquí para ir a buscarla, pero no puedo hacer nada. No puedo perdonarme haber faltado a mi palabra. Aunque ella no lo supiera, aunque ella no me correspondiera, quería protegerla y no he podido. - las lágrimas asomaron en sus ojos y cayeron en silencio, sin esfuerzo. Robin tenía el corazón hecho un nudo y compadecía a la chica. Aquello era demasiado cruel, y lo único que pudo hacer para consolarla fue abrazarla, rodearla con sus brazos, devolviéndole un poco el calor a su torso desnudo y frío, y besó su frente.

Se quedaron así unos segundos, abrazándose mutuamente, hasta que Robin habló con decisión.

- Ahora ya sé qué pasó aquí. Capitán-san y todos los demás te ayudaremos. Romperemos esta maldición y podrás marcharte de aquí.

Kurai, que tenía su cabeza oculta en el pecho de la arqueóloga, levantó el rostro empapado y la miró sin entender.

- ¿Para qué quiero irme? Ella ya no está...

Robin le dirigió una cálida sonrisa, acariciándole el pelo.

- No está ella, pero hay más gente. Seguro que encontrarás a alguien a quien llamar nakama allí fuera. Y seguro que encontrarás a alguien que te ame.

Kurai abrió mucho los ojos, sorprendida, sobretodo porque alguien de aspecto tan maduro y culto le dijera cosas tan soñadoras. Expulsó fuertemente aire por sus fosas nasales, en señal de incredulidad y demostrando que ya no la tenía expuesta en aquel podio de "Diosa", sino en el de amiga.

- No sé yo... - le replicó con una media sonrisa. La arqueóloga rio y la estrechó contra su pecho, pero las cosas no fueron más lejos.

x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x.x

- Uhh... - se frotó los brazos enérgicamente, con los ojos lagrimeándole. - Jo... Qué frío hace aquí...

Le escocían los ojos y se le cerraban por momentos, pero había ido hasta allí para conseguir algún dato útil. Llegó a esa conclusión por sí mismo, al ver que nadie quería ir al bosque, y hacía un par de horas que deambulaba sin rumbo entre aquella espesa vegetación hasta que oscureció y su orientación se perdió al mismo tiempo que él.

- Y ahora... ¿para dónde tiro? - se preguntó, con un fuerte tembleque en el cuerpo. - Para ser una isla de verano, aquí hace muchísimo frío... - se quejó en voz alta, siguiendo hacia adelante, hasta que una pequeña y lejana luz anaranjada se hizo visible, y fue corriendo hacia ella.

Encontró el final del bosque, estaba de nuevo detrás de las casas del paseo marítimo, y el ambiente se volvió cálido y agradable, haciendo suspirar al Sombrero de Paja de placer y agradecimiento. Se dirigió hacia el mar, disfrutando el tacto del viento sobre su piel y se sentó en el bordillo que separaba la playa de la calle.

- Al final no he conseguido nada... - dijo mirando hacia el cielo estrellado, distraídamente. - Pero al menos les podré decir que se abriguen antes de ir. - bajó la vista y se miró los pies, dispuesto a buscar el bar en el que había comido el primer día que llegó, pero se quedó congelado en el sitio, mirando atónito sus piernas, y poco a poco, subiendo su vista por el resto de su cuerpo, contemplando sus manos con la boca muy abierta. - ¿Qué...?

Detrás suya escuchó unos pasos y una voz familiar.

- Oi, Luffy. ¿Qué haces aquí? No viniste a cenar. - le dijo Sanji, saludándole con una mano.

El moreno se levantó apresuradamente para mostrarle lo que le pasaba, pero antes de eso, le señaló el brazo contrario con el que saludaba, comenzando a sudar.

- ¡¡Sa... Sanji!! ¡¡Te estás quemando!! - gritó aterrado.

El rubio abrió mucho los ojos de sorpresa, y se miró donde Luffy señalaba, descubriendo su brazo izquierdo envuelto en una gran llamarada.

- ¡¡¿Pero qué... coño?!! ¡¡Joder, ¿qué es esto?!! - gritó, presa del pánico, golpeándose el brazo con la otra mano, pero el fuego se le propagó a la otra, poniéndolo más nervioso.

- ¡¡Sanji!! - gritó Luffy, paralizado, sin saber qué hacer por su nakama.

El cocinero, deseperado, se tiró a la arena y comenzó a rodar, pensando que así el fuego se apagaría, pero se le empezó a subir por todo el cuerpo.

- ¡¡Joder!! ¡¡Me quemo!! - gritó desesperado.

De repente, como si una inspiración divina bajara del cielo, Luffy pensó: "Se está quemando... ¡Y el fuego se apaga con agua!".

- Gomu gomu no... - echó sus brazos lo más atrás que pudo, mientras veía a Sanji, intentando protegerse la cara del fuego. - ¡¡Bazooka!!

Le pegó fuerte en un costado, tirando al chamuscado cocinero al mar, y cuando sus manos volvieron, comenzó a soplárselas, que se le habían quemado ligeramente al empujarle.

A lo lejos, Sanji chapoteó en el agua, volviendo a la orilla, porque lo había mandado tan lejos que ya no hacía pié, y el mar tan oscuro, de noche, no le hacía demasiada gracia. Cuando salió y se encontró dentro del radio de luz de las anaranjadas farolas, se miró el brazo que se quemó al principio, quedándose casi más sorprendido que cuando lo vio arder. Su piel era distinta, no era carne, se la tocó y el áspero tacto le hizo dar un respingo al darse cuenta de qué era.

- Mi piel... parecen hojas secas... - exclamó, tocándose las partes chamuscadas y viendo como las partes ennegrecidas se desprendían sin dificultad, y lo más sorprendente, no le hacía daño. Y ahora que lo pensaba, tampoco le había dolido ese fuego cuando comenzó.

- Sanji, ¿estás bien? - preguntó su capitán, un poco alterado aún por lo que acababa de suceder. - ¿Cómo es que estabas ardiendo?

- Yo... - abrió mucho los ojos. - Estaba fumando y aguantaba el cigarrillo con esta mano... - la alzó, contemplando con mejor luz el tono entre verdoso y negruzco que ésta tenía.

- ¡Tu brazo parece como una planta! - exclamó y Sanji observó el resto de su cuerpo, viendo que el resto tenía un aspecto muy parecido, aunque con un color más "humano" todavía.

- Y el olor que hace... - murmuró, acercándose el brazo a la nariz. - Es a tabaco... - una gota de nerviosismo y perplejidad resbaló por su empapado rostro. "¿Es mi castigo por fumar tanto?"

- Los cigarrillos buscan venganza. - dijo Luffy, golpeando su puño contra su palma abierta, al dar con una respuesta.

- ¡¡Cállate, pareces tú el que va fumado!! - le gritó exasperado, con los dientes como sierras. - Esta debe ser mi maldición... ya me empieza a afectar... Pero, volviendo a lo de antes... ¿Dónde te habías metido, Luffy?

Entonces se dio cuenta de que algo muy extraño le pasaba también a su capitán, poniéndosele los ojos como platos de la sorpresa. La maldición de Luffy también había comenzado.

TSUZUKU