Capítulo 8: La oscuridad que se apodera de todo

- ¡¡Luffy!! - exclamó el cocinero con la boca desencajada. - Tú...

- ¡Sanji-kun! - Nami apareció a lo lejos, al final de la calle, acompañada por Usopp y Chopper, ambos abrazados el uno al otro sin poderse separar del miedo que tenían a caminar por esa calle desierta a esas horas de la noche. - Ah, Luffy, por fin apareces.

Sanji se dio la vuelta, aún con la boca abierta. Se había quedado sin habla por lo que le estaba pasando a su capitán, y Nami, al acercarse le miró alzando una ceja, preguntándose qué tenía el rubio, hasta que lo apartó de su camino para ver al otro chico.

- Luffy, ¿se puede saber dónde te habías metido hasta ahora? - le comenzó a regañar, pero cuando dejó su vista clavada en él durante más de dos segundos se dio cuenta de que algo no marchaba bien. - ¿Pero qué...?

Usopp y Chopper llegaron y al ver a sus dos compañeros mirando tan sorprendidos a Luffy, clavaron su vista también en él.

- ¿Qué pasa...? - preguntó Usopp, sin caer todavía en la cuenta hasta que se quedó con la misma expresión que sus nakama. - Soy yo o...

- ¡Luffy, puedo ver a través de tí! ¡Sugoooi! - terminó la frase el doctor, con estrellitas en los ojos.

En efecto, el Sombrero de Paja comenzaba a desaparecer y podían ver a través de él los árboles y las casas que había tras él. Luffy hizo una mueca, ladeando un poco la cabeza.

- Bueno, pero no creo que sea para tanto... - dijo, cruzándose de brazos sobre el pecho.

- ¡¡Uahh!! ¡¡Se ha convertido en fantasma!! - gritó espeluznado Usopp, abrazado aún a Chopper, que gritó también cuando el narizotas hizo ese comentario.

- ¡Luffy! ¡¿Dónde has estado para terminar así?! - le preguntó la pelirroja, sujetándole del cuello y zarandeándolo hasta el punto de marearlo.

- Yo... uuhh... sólo me metí en el bosque a ver qué encontraba... - gimió, con cada ojo mirando a un lugar distinto. - Me mareo... - se llevo las manos a la boca, y Nami lo soltó repentinamente, dejándolo caer al suelo de culo.

- ¡¡Luffy!! ¡¡Es que no piensas, idiota!! ¡El bosque es el sitio más peligroso de todos! Si nadie en la isla quiere ir allí será por algo, ¿no? - exclamó, alborotándose el pelo, desesperada.

Sanji se había quedado en silencio con la vista clavada en el suelo, y cuando Luffy volvió a incoporarse, limpiándose el trasero y colocándose bien el sombrero, le habló en un tono lúgubre.

- Serás cabrón Luffy... Mira que recibir esa "bendición", tú, criajo, que no sabes para qué utilizarla... - al mirarle a los ojos, Luffy se estremeció un poco. Se veía desquiciado, con un aura demoniaca a su alrededor.

- Pero yo... no lo he elegido... - se excusó, y él giró el rostro, mirándole de reojo, como un macarra buscando guerra.

- Ni yo tampoco he elegido esta mierda maldición que casi me quema vivo.

Nami le interrumpió, bastante sorprendida.

- ¿También te ha afectado a tí, Sanji-kun? ¿Tú también entraste en el bosque? - le preguntó, mirándole detenidamente.

De repente Sanji volvió a la normalidad, negando con ambas manos y con un rostro de lo más inocente, que constrastaba con el del cabreo de antes.

- No, Nami-san, yo no entré. Sólo he estado en la playa con... - en ese momento se acordó. ¿Y Zoro? No había vuelto aún, y él, un poco preocupado, había decidido ponerse en marcha para ir a buscarlo al bosque, que era donde había visto que se iba. - Luffy, tú no habrás visto a Zoro, cuando volvías, ¿verdad?

El chico negó con la cabeza, sin comprender muy bien.

- No, ¿Zoro entró?

Sanji suspiró angustiado. ¿Qué le había pasado que no volvía? ¿Tal vez ya habría recuperado su katana y había vuelto al barco? ¿O la maldición le había alcanzado a él también? Ahora que le iba a decir lo que sentía por él, ahora que iba a aclarar las cosas...

- ¡¡Ah, no entiendo nada!! ¡¿Podéis explicármelo todo desde el principio, por favor?! - les pidió, exasperada la navegante.

- Más importante que eso... - les interrumpió Usopp, metiéndose entre ellos, con Chopper aún en sus brazos. - Aquí pasa algo raro...

- ¿Y ahora te das cuenta, narizotas? - le reprendió el rubio. - Esta isla es extraña de por sí.

- No... es que... - el tirador empujó a Chopper, al parecer con todas sus fuerzas, pero seguía enganchado a él, haciendo que el renito abriera mucho la boca, en estado de shock.

- ¡¡Estamos pegados!! - gritó desesperado.

- ¡¡¿Eh?!! - los otros se sorprendieron también, y se pusieron a cada lado de sus amigos, tirando con fuerza, intetándolos separar, pero todo esfuerzo era inútil.

Unos minutos más tarde, cansados de intentarlo se miraron entre ellos, salvo Sanji, que se había quedado en un rincón murmurando cosas que nadie alcanzaba a oir.

- Otra "bendición"... Si me hubiese quedado pegado a Zoro, él no se habría marchado, le podría haber dicho... Y lo tendría pegado a mí... - su cara se transformó lentamente, muy despacito, primero los labios, torciéndose en una exagerada sonrisa, las fosas nasales se abrieron desmesuradamente y sus ojos se transformaron en gigantescos corazones, a la vez que salía un chorro de sangre de su nariz. Su cara de viejo pervertido. Pero al instante se serenó. "¡No! Yo no quiero poner esa cara delante de él, que da miedo, y se burlaría de mí..." pensó, recordando como una vez se había visto en el espejo así, y este se había hecho pedazos.

- ¿Sanji? ¿Se puede saber qué haces, poniendo caras tan raras? - le preguntó Usopp, con el renito agarrado a su estómago fuertemente.

- Nada... Y apártate, suertudo. - le pidió, haciendo gesto de "necesito aire" con las manos.

"¿Suertudo?" se preguntó el tirador, sin comprender qué tenía de suerte estar pegado a Chopper.

- Pero Sanji-kun, ¿qué es lo que te ha pasado a tí? - preguntó un áspero y grave vozarrón que nada tenía que ver con la chica del que provenía, que se tapó la boca, con las mejillas enrojecidas.

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En el frío bosque resonaban los lejanos pasos de dos hombres, uno deslizándose, casi como si sus pies no tocaran el suelo, y otro pisando el suelo con rabia y dureza, destrozando todas las plantas y ramas que hayara bajo sus pies. La atmósfera que les rodeaba era distinta también para los dos, uno risueña, el otro congelada, pero sin embargo, ambas poseían un tono oculto de ganas de asesinar y destrozar todo ser viviente que vieran más feliz que ellos, y eso iba para todos.

- ¿Cómo puedo llamar a mi nuevo muñequito? - preguntó el moreno, dándose la vuelta, sin dejar de caminar. El otro no le contestó, siguió con la mirada clavada en el frente, con sus ojos transformados en negativo. - Mmm... ¿cómo te llamas, gatito? - le preguntó, parándose un momento y sonriendo con dulzura.

- Zoro. - respondió como una máquina, pasando delante de él, cosa que era peligrosa, porque él no tenía ni idea de a dónde iban, y enseguida, el otro chico le detuvo cogiéndole del brazo.

- Por ahí no, que volvemos a salir. - le explicó, con un tono de voz más frío, mirándolo detenidamente y preguntándose si tal vez no estaba completamente bajo su control. Pero unos segundos más tarde, viendo su pétreo rostro impasible, salió de dudas, con lo que volvió a suavizar su tono. - ¿Zoro de la "Máscara del Zorro"? No está mal eso de "Zorro", son interesantes esos animales, pero a tí te pega algo más agresivo. Mmm... - mientras seguía con sus pensamientos totalmente fuera de lugar en aquella situación, alcanzaron unos altísimos y fríos muros de piedra, que se alzaban en medio del bosque.

El chico enmudeció de repente y con gesto serio, buscó la entrada por la parte derecha, dando con una gran puerta de color negro de madera medio podrida, con hongos y setas creciendo en ella, y algunas plantas saliendo entre los resquicios de las rocas que conformaban las paredes de la construcción. Cruzó el umbral, penetrando en aquel húmedo y frío lugar con olor a viejo y a tierra de una forma tan fuerte que hacía picar la garganta, pero él ya estaba acostumbrado, y a Zoro no le afectaba nada en su entorno, seguía como un zombi las indicaciones de su guía.

Cruzaron varias estancias extrañas, pasaron por detrás de cuadros y por puertas camufladas en la pared, hasta llegar a una habitación muy pobremente iluminada, donde un hombre descansaba sobre un gran trono, con los ojos cerrados y con una inmovilidad propia de una estatua. Al notar la presencia de esos dos hombres, abrió lentamente su ojo derecho y los observó con dureza.

- Por fin vuelves, Kokugan. - murmuró con los labios casi sin despegarse, arrastrando las palabras. El chico respondió arrodillándose y haciendo una amplia reverencia, mientras Zoro clavaba sus ojos en aquel hombre escondido en la oscuridad. - Has traído una nueva marioneta. - afirmó, sonriendo levemente, mostrando sus dientes amarillentos.

- Sí, mi amo. - respondió él, sin alzar la cabeza.

El hombre se levantó pesadamente, tambaleándose un poco, se llevó una mano a la cabeza, sujetándosela fuertemente y apartándose después unos mechones de pelo cano que le habían tapado momentáneamente la cara. Se encaminó hacia el peliverde y se quedó a pocos centímetros de él, echándole su putrefacto aliento de tanto tiempo sin abrir la boca. Sonrió de nuevo y dirigió su vista a su sirviente.

- Bien hecho, parece una buena pieza. ¿Cómo se llama?

Sin levantar la vista del suelo contestó con voz clara.

- Roze.

El amo miró detenidamente a Kokugan, traspasándole con sus fríos ojos azul pálido, encogiéndose de hombros al cabo de un rato. Debía asegurarse de que le decía la verdad.

- Kokugan, levanta la cabeza y mírame.

Hizo lo que le mandó, mostrándole unos ojos impasibles, y ahora, idénticos a los de Zoro, con el globo negro y la pupila blanca. El hombre lo cogió del cuello y lo alzó del suelo, haciendo el chico una leve mueca de dolor.

- ¿Me has mentido? Dime. - le pidió, con tono suave, igualando la altura de sus rostros y sujetándole de la barbilla para que no apartara la vista. - ¿Te has inventado el nombre?

- No, mi señor. - le respondió con toda la tranquilidad de la que fue capaz. Pero el otro no se dio por vencido.

- ¿Has olvidado lo que te pasó la última vez que me mentiste? - pasó una de sus manos entre sus piernas, y el joven arqueó la espalda al sentir el roce.

- No le he mentido. - le aseguró con el mismo tono de voz que había empleado desde que llegó. Al final, el mayor hizo una mueca de resignación y lo dejó caer al suelo aparatosamente, y después le dio varias patadas en las costillas, apartándolo de enmedio.

- Que no me entere yo de que me mientes. Ya sabes cuál es el castigo.

Kokugan se levantó tembloroso por el dolor, sin embargo, no había soltado ni un quejido de sus labios, mordiéndoselos con fuerza para ahogarlos hasta que sangraron. Pero eso era mejor a lo que le hizo la otra vez. El simple recuerdo le estremeció de rabia y terror.

El otro hombre se movió con gracilidad, casi como si flotara, y sonrió al espadachín.

- ¿Qué sabes hacer, Roze?

Zoro no entendía por qué le había cambiado el nombre, pero le importaba una mierda el motivo, no le desagradaba su nuevo apodo, y por llevar la contraria a ese tipo cruel, no destapó el engaño.

- Soy espadachín. Uso el santouryuu, técnica de tres espadas. - le contestó, con ese mismo tono mecánico que ahora se había convertido su voz.

El hombre se llevó una mano a la barbilla, pensativo.

- Pero sólo llevas dos katanas. - le dijo con frialdad, pensando que otra vez le estarían mintiendo.

- Nos deshicimos de la tercera. - intervino Kokugan, intentando mantenerse recto, pero sujetándose el dolorido pecho. - Era una espada débil, le hubiese entorpecido. Una de nuestras espadas le iría mucho mejor.

El hombre se dirigió de nuevo a su trono, dejándose caer en él.

- Con que era eso. - respondió aburrido. - Bueno, dale una de las nuestras e id a buscar más presas. Ahora que mi mitad ha desaparecido tenemos que reconstruir nuestro reino, pero poco a poco. No queremos causar una conmoción, ¿verdad? Para cuando ellos se den cuenta, más de la mitad ya deben ser de los nuestros. - una sonora carcajada inundó la estancia, resonando en cada rincón y haciendo retumbar las paredes, mientras los dos chicos se marcharon a otra habitación, pasando a través de un tapiz a su derecha y atravesando varias salas otra vez.

Llegaron a su destino: una pequeña sala cuadrada de alto techo, viejos y sucios tragaluces en él, y una cama con dosel de sábanas grises, en la que el chico se derrumbó, rechinando la madera y saliendo una pequeña nube de polvo, mientras se masajeaba los costados con gesto de dolor. Zoro no dijo nada, se mantuvo delante de la puerta cerrada, mirando al joven de cabellos negros, esperando a que le dijera algo.

- Ahí... - dijo un minuto más tarde, señalando una puertecita en el lado opuesto de la habitación. - Hay espadas, todas están malditas. - le explicó, irguiéndose un poco en la cama. - Es lo que más te conviene ahora. Elige la que quieras.

El peliverde obedeció, pasó por delante de la cama, sorteando un enorme y ennegrecido baúl, y se metió en el cuarto, saliendo varios minutos después, con una larga katana con la vaina y la empuñadura moradas. Y en su impasible rostro parecía reflejarse satisfacción.

- Esa parece buena. - Kokugan se levantó de la cama y se pasó a mirarla de cerca. - Se me erizan los pelos al notar su aura asesina.

Desvió la vista al espadachín, de nuevo serio, y se mantuvieron la mirada varios segundos.

- Sería mejor que te cambiaras. No digo que te quede mal tu vieja faja verde, pero estaría mejor que llevaras algo más... oscuro. - sonrió ante esa palabra. Le dio la espalda y del baúl que estaba a los pies de la cama, sacó varias prendas, que se las pasó al serio guerrero. - Cámbiate... Y luego, vete a dar una vuelta. Ve a ver a tus compañeros, si quieres. Pero ahora eres de los nuestros, es imposible que vuelvas con ellos.

Zoro comenzó a desnudarse en medio de la habitación, sin ningún tipo de pudor por las descaradas miradas del otro chico hacia su bronceada piel y sus marcados pectorales.

- Con ese humo negro... - continuó hablando, señalándose los labios, haciendo referencia a lo que le pasó cuando le besó. - anulé una parte de tus sentimientos. Bondad, compañerismo, amistad, amor... - empezó a enumerar, contando con los dedos. - Ahora sólo puedes sentir odio, desconfianza, envidia, y una gran lealtad a quien te "creó". Aunque está claro que se puede llevar la contraria. - se acercó a él y paseó sus dedos por sus pecho, mientras Zoro se colocaba una camisa negra sin mangas muy ajustada que se cerraba con cremallera y con adornos de cinturones en vertical, bajando por sus hombros.

El peliverde continuó con su labor hasta estar vestido. Se colocó las katanas en un gran cinturón de cuero de color negro y se dispuso a salir, pero antes, dejó su mano sobre el viejo pomo y miró de reojo al chico.

- ¿Por qué me has cambiado el nombre?

Kokugan se había echado sobre la cama otra vez y tenía los ojos cerrados.

- No los olvides nunca. Ni tu nombre verdadero ni el apodo que te he puesto. - le ordenó en un susurro. - Y que sepas que quien sabe tu nombre, controla tu alma.

A Zoro, esas palabras le sonaron, pero no pudo identificar en qué momento las oyó. Y sin hacerle más caso, salió de la habitación, y minutos más tarde, del castillo.

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La voz de Nami había sonado tremendamente áspera y ronca, y acto seguido de su boca comenzó a manar sangre, provocándole arcadas. Se sujetó contra uno de los bancos de piedra del paseo, escupiendo el espeso líquido, mientras los otros se miraban perplejos y trataban de ayudarla.

- ¡Nami-san! ¿Qué te pasa? - preguntó Sanji, totalmente aterrado de que a su pelirroja le pasara aquello, frotándole la espalda para ver si las arcadas mezcladas con una potente tos amainaban.

- ¡¡Nami!! ¡¡Necesitamos un doctor!! - gritó el renito, llevándose un capón del narizotas. - Ah, si soy yo... - intentó despegarse de Usopp de nuevo, olvidando que ahora no podía hacer eso, y entonces fue él el que le pegó un puñetazo al tirador, obligándole a que se acercara.

Chopper pidió que le dejaran espacio, tomándole el pulso a la chica y asegurándose de su estado, mientras ellas resollaba con la vista perdida en algún punto lejano.

- No sigas. - le informó entre jadeos, apartando con cuidado las pezuñas del doctor, y alejándose del charco de sangre que había dejado en el suelo. - Debe ser mi... - pero una nueva arcada ahogó sus palabras.

- Nami... - el chico del sombrero de paja la sujetó entre sus brazos, tomándole la temperatura. - No digas nada, será mejor que te acuestes. - propuso, y la cogió en brazos.

Todos se quedaron con los ojos como platos. ¿Desde cuándo Luffy "pensaba"? Pero también era cierto que su capitán tenía momentos de lucidez, muy escasamente, pero los tenía.

Se fueron rumbo al barco, pasando por las desiertas calles de la ciudad por la hora tardía, y Usopp le clavó un codo a Sanji, dirigiéndole una mirada de diversión.

- ¿Qué? ¿No te da envidia? - le preguntó, con una ceja alzada y sonriendo ampliamente. Entonces Sanji parpadeó perplejo, cayendo en ese momento en la cuenta de que Luffy llevaba a Nami como una novia recién casada, y ella se agarraba a su cuello con fuerza. Pero aquello no le hacía sentir nada, no había ninguna cosa en aquella escena que le alterara, y entonces suspiró, sonriendo levemente.

- No me da envidia. - murmuró decaído. La rabia que creía haber sentido por Zoro cada vez que lo veía cerca de sus chicas no iba dirigida a él. Estaba convencido, y dirigió otra mirada insistente al bosque, esperando reconocer su cabeza entre los arbustos de su mismo color, pero no aparecía. Mientras que Usopp, sin entender qué quería decir, desvió la vista a los árboles, preguntándose qué estaba mirando el rubio.

Alcanzaron el barco y subieron a él. Habían decidido entre todos que, como no sabían cuánto tiempo iban a pasar allí, usarían el barco para dormir, en vez de "malgastar", tal como había dicho Nami, el dinero que habían conseguido con tanto esfuerzo de Skypiea. Entraron en tropel en el cuarto de las chicas, salvo Sanji, que fue el único que se quedó fuera, apoyándose en la barandilla y mirando fijamente el oscuro horizonte del mar al que no podían regresar.

"¿Se habrá perdido?" se preguntó, buscando un cigarrillo de sus bolsillos. Pero al ver de reojo el brazo de ese tono marronoso y negruzco, decidió dejarlo. Tendría que soportar varias jornadas sin fumar. "Joder, debería haber ido con él a recuperar la katana..." se maldijo entre dientes, apretando con fuerza sus puños.

Decidido. Iría a buscarle. Aunque se tuviera que adentrar en el bosque. ¿Acaso Zoro no había hecho algo parecido por él, tirándose al vacío para salvarle? Ahora era él el que debía ir a buscarle y ayudarle. Además, se lo merecía por todo lo que le había hecho pasar.

Se dio la vuelta y salto la barandilla, cayendo de pie en el suelo, y se marchó hacia el bosque con decisión, sin percatarse de la presencia que se movía por el barco, sigilosa como un gato, encaramándose en lo alto del palo mayor, vigilando los movimientos de los piratas.

Unos minutos más tarde, Luffy salió a cubierta a buscar a su cocinero para avisarle de que Nami estaba mejor, pero en cubierta no había nadie.

- ¡Sanjiiii! - llamó. Se metió en la cocina a buscarle, pero no estaba allí. Se fue a los camarotes y registró el barco entero, buscándole sin éxito. - ¿Dónde se habrá metido?

- Salió hace un rato, se marchó hacia la ciudad. - le explicó una cantarina voz a sus espaldas, y Luffy abrió mucho los ojos al reconocer aquella voz.

- A... Ace... - murmuró, con los ojos a punto de salir de su órbitas. Miró nervioso por todos lados, esperando encontrarle, pero no le veía. - ¿Ace? ¿Dónde estás? - gritó con desesperación. Entonces escuchó un fuerte golpe a su espalda, como si algo hubiera caído sobre la cubierta. Se giró y su rostro se iluminó al comprobar que no había errado en la conclusión - ¡¡Ace!!

Pero antes de que se pudiera echar a sus brazos, fue el hermano mayor el que lo estrujó entre los suyos, con fuerza, apoyando sus labios en el hueco de su cuello y besando suavemente al capitán.

- Luffy... - murmuró. - No sabes cuánto te he echado de menos. - Luffy se sintió en éxtasis. Por fin, el reencuentro con su hermano había dado lugar, y para acabar de rizar el rizo, le recibía de esa manera. Hinchó el pecho de ese sentimiento cálido que le hacía sentir siempre que le había "hecho el amor", y deseó desde lo más profundo de su alma que ese tan esperado abrazo no terminara jamás.

- Ace... - gorgojeó el pequeño, déjandose mecer por su hermano, que buscaba la manera de abrir su camisa sin deshacer el dulce agarre. - Yo también... te he hechado mucho de menos... - unas lágrimas asomaron de sus brillantes ojos negros en silencio, y el pequeño notó los suaves labios de su hermano acariciando su cuello y lamiéndolo ávidamente. - Mmm... Ace... - sujetó sus largos cabellos negros, apretando su cabeza contra sí mismo, pero no pudo resistirlo más, quería que esos labios besaran los suyos, al igual que había visto a Sanji y a Zoro, quería un beso tan fogoso como aquel, y separó su rostro de su piel, obligándole a mirarlo.

Ace sonrió de una manera tan seductora que a Luffy se le paró el corazón por unos instantes. Se veía tan atractivo, tan sensual con sus labios húmedos entreabiertos, su mirada tierna pero a la vez dominante... Cuánto había deseado ese momento. Comenzaron a acercarse lentamente, sin apartar la vista el uno del otro, con sus respiraciones agitadas por la excitación chocando entre ellas y mezclándose, relamiéndose inconscientemente por lo que vendría después.

Pero el momento mágico acabó. Por la mente de Luffy cruzó un viejo pensamiento, como si algún ángel protector le avisara. Cuando vivían juntos, Ace le explicó por qué se había ido, por qué había decidido marcharse. Si seguían juntos, le había dicho, un día ya no podría controlarse y le haría algo de lo que se arrepentiría toda la vida. Por eso debía alejarse para siempre de él y no traspasar nunca más la línea fraternal que les unía.

Porque Ace le quería, y se prometió que nunca su amor llegaría a la cúspide, que nunca se finalizaría. Porque eran hermanos, y aunque vivieran al margen de la ley, de las religiones y creencias, sí tenía una moral y unos preceptos que no quería romper, y aquello era demasiado pesado para él. Le amaba hasta el punto de enloquecer cada vez que rozaba su suave piel, suspiraba al notar el rico aroma salado que desprendía, y se recriminaba de pervertido enfermizo a sí mismo por los pensamientos obscenos que tenía sobre su hermano. No quería pervertirle, no lo quería desviar del camino normal, no quería imponerle amarle, y decidió marcharse, para así alejar la bomba de relojería andante en que se había convertido, que podría explotar en cualquier momento y hacer que le odiara. Entonces no se lo hubiera perdonado jamás y hubiera pagado incluso con su vida si hubiera sido necesario.

Luffy no lo entendió. En aquel entonces ni siquiera sabía cómo se llamaba aquello que le hacía, ni tampoco cómo debía terminarse ni cómo continuaba. Sólo sabía que las sensaciones que experimentaba cada vez que estaba a su lado eran... indescriptíblemente bellas, y lo satisfacían completamente. No entendió por qué, y se quedó sólo. No lo supo jamás, pero si sólo le hubiese explicado una vez todo lo que le hacía sentir, tal vez las cosas no hubieran acabado así. Pero era demasiado inocente y no conocía que aquello era "amor".

En su rostro se desdibujó poco a poco el placer que sentía, observando con pena como Ace no reaccionaba a aquello. Su sospecha se empezaba a confirmar. Con la escasa luz de las lejanas farolas anaranjadas los ojos de Ace brillaron fantasmagóricamente unos instantes. Y la luz que se reflejó era roja.

TSUZUKU