Capítulo 9: Bara Bara

"¿Qué es esa música?"

El lejano sonido de un instrumento de viento la despertó de su agitada pesadilla. Nami le gritaba y la despreciaba por su sexualidad, y ella intentaba hacerle ver con todas sus fuerzas que no tenía por qué hacerle eso, que respetara su forma de ser. La pelirroja se tapaba los oídos, negando con la cabeza, y ella comenzaba a gritarle, pidiendo que la escuchara, hasta que se cansaba y usando sus poderes del diablo le hacía escuchar a la fuerza, haciéndole daño en el forcejeo.

Se incorporó en la cama, llevándose una mano a la frente, secándose el sudor. Su respiración era agitada y necesitaba un vaso de agua con urgencia, además que su cuerpo le pesaba y le dolía, los músculos de sus brazos, sus hombros, su espalda, sus piernas, pero no recordaba haber hecho nada para estar tan cansada. Tanteó en la oscuridad el interruptor de la lamparita sobre la mesilla de noche y al encenderla cerró los ojos, cubriéndoselos durante unos segundos hasta que se acostumbró.

- Gótica-san... - el lado derecho de su cama estaba vacío, y al palparlo notó las sábanas frías. - Habrá salido... - murmuró, cerrando los ojos y dejando su cabeza reposar contra el dosel de madera de la cama, perdiéndose en la tranquila melodía que la rodeaba y la mecía.

Al final, aquella noche no habían hecho el amor, después de que Kurai contara su historia habían desaparecido las ganas y el "precio" a pagar ya no era necesario. Le mostró su habitación y le preguntó con una tímida sonrisa si le importaba dormir con ella. "Para nada" le había contestado, es más, también necesitaba compañía, aunque no se hubiera atrevido a confesar sus penas, que la estaban llevando al borde de la desesperación. Quería mucho a la navegante, pero estaba convencida, por la forma de ser de la pelirroja y por lo que había dicho, de que no tenía ninguna posibilidad con ella.

Trató de dejar de pensar en ella aunque fuera unos instantes y se centró en la suave música, dirigiendo instintivamente su mirada hacia la ventana abierta, con las cortinas verdes, viejas y rasgadas, flotando y bailando fantasmalmente con los soplos de brisa. Era un melodía algo triste, que le hinchaba el pecho de añoranza, de tristeza y resignación. Evocaban los sentimientos de Kurai, pero se sentía identificada con ella, un amor jamás correspondido y teniendo que aguantar en silencio.

Observó en silencio la habitación, mientras dejaba fluir la música por su interior. Era pequeña, sin embargo la cama era de matrimonio, y las paredes estaban todas pintadas con paisajes: una puesta de sol a su derecha, rodeando la ventana; un padro nocturno a su espalda; una gran ciudad de noche rodeando el armario empotrado; un frondoso bosque entre las estanterías del frente; y el techo pintado de azul marino lleno de estrellas. Las estanterías del "bosque", que tapaban en ocasiones el dibujo, estaban repletas de diversos libros y objetos de barro que Robin sospechó que habría construido la misma Kurai.

"Se parece a Nariz-larga-san..." pensó con una leve sonrisa. Si se fuera, tal vez esa soledad se le curaría, tal como empezaba a sentir que le pasaba a ella gracias a sus nakama...

Al final decidió levantarse, al menos para tomar un vaso de agua, pero su cuerpo seguía dolorido, y débil. Tal vez sería mejor hacérselo saber a la dueña de la casa. Pisó con torpeza y tambaleándose las pequeñas alfombras de todos los colores que cubrían el suelo y salió al oscuro pasillo, atravesándolo sin necesidad de encender la luz. Al alcanzar la puerta le asaltó la cálida y suave brisa nocturna que golpeó con delicadeza su rostro y ella cerró los ojos, disfrutando del contacto. La melodía se escuchaba más fuerte desde ahí, y se asomó hasta llegar a la mitad de la calle, sin verla todavía.

A su espalda oyó un repentino aleteo, sin cesar de sonar la música, y al darse la vuelta vio a Kurai envuelta en una nube de murciélagos, que ocultaban casi por completo su figura, mientras bajaba desde el tejado.

- Robin-san, ¿te he despertado? - preguntó, al tiempo que adquiría de nuevo su forma humana, desapareciendo los pequeños animales dentro de ella.

Ella se había quedado bastante impresionada con su habilidad, nunca había oído hablar de una zoan que dividiera el cuerpo de quien la poseía.

- Extraño poder. - le "contestó" con una sonrisa.

- Sí, ni siquiera sé muy bien en cuál de las tres categorías entraría. Tal vez es una fusión de todas. - le devolvió la sonrisa. - Nezumi-nezumi no mi, modelo koumori. (Fruta rata-rata, modelo murciélago). Supongo que me divido en varios porque no me puedo transformar simplemente en un sólo animal tan pequeño.

- Interesante.

Para complacerla, Kurai extendió su brazo, transformándolo progresivamente en murciélagos hasta hacerlo desaparecer, extendiéndose por el resto de su cuerpo y elevándola de nuevo hasta el tejado, donde se quedó perfectamente sentada, acariciando con sus largos dedos una ocarina de color azul pálido con dibujos de espirales.

- Sabía que eras tú la que tocaba. - aseguró Robin. - En la melodía parecía que viajaba una parte de ti misma.

La chica asintió.

- Tienes razón. De hecho, más que estar "dando un concierto", estaba comunicándome con los espíritus, ¿sabes? Yo los puedo oír, pero ellos a mi no, por eso transmito mis sentimientos a través de mi ocarina, y ellos me responden con lo que quiero saber.

- Vaya. - exclamó asombrada. Caminó hasta cruzar la calle, que estaba en primera línea frente al mar y se sentó en el bordillo que separaba la arena de la playa del camino. - ¿Y qué te contaban? - preguntó, cruzándose de piernas.

- Ahora mismo me enseñaban una nueva canción, muy de moda en el West Blue. - explicó, apoyando de nuevo sus labios en el instrumento, soplando unas delicadas notas. - ¿Te la canto?

Robin asintió.

- Me encantaría. Yo nací en el West Blue. Pero, ¿no molestará a la gente?

Ella hizo un gesto con la mano, para quitarle importancia.

- Aquí no vive mucha gente, estamos casi rozando el casco antiguo. - explicó. - Esa fue la parte que se vio afectada primero por la maldición, y no te habrás dado cuenta, pero los edificios también están malditos, por eso la gente se marchó de aquí, construyendo sus casas lo más lejos de la influencia del castillo. - hizo una pausa, resoplando. - Y por extraño que parezca, a los edificios nuevos no les afecta la maldición, pero si intentas entrar en una de esas viejas casas puedes no salir nunca. - sentenció con tono grave, mirando pensativa hacia su derecha, donde la luz de las farolas dejaba de ser regular porque a pesar de que se fundieran las bombillas, a nadie le interesaba arreglarlas. - Perdona, me he enrrollado con mis temas de nuevo...

- No te preocupes. Es mejor que me cuentes todo lo posible de la isla, para saber cómo podemos hacer para acabar con vuestra maldición.

Kurai le echó una mirada nerviosa que enseguida apartó.

- Sí... - hizo una pausa, alzando de nuevo su ocarina. - Bueno, ahora te la canto.

Empezó con una melodia tranquila, a modo de introducción, y cuando la tocó completa, comenzó a cantar la letra.

Cómo decir que me partes en mil

las esquinitas de mis huesos,

que han caído los esquemas de mi vida

ahora que todo era perfecto.

Y algo más que eso,

me sorbiste el seso y me defiende el peso

de este cuerpecito mío

que se ha convertio en río.

de este cuerpecito mío

que se ha convertio en río.

Mientras cantaba en voz queda, se había alzado despacio, haciendo amplios y lentos movimientos con los brazos, llevándose una mano al pecho, encima de su corazón, dejándose llevar por la melodía, cerrando los ojos y disfrutándola plenamente.

Siempre me quedará

la voz suave del mar,

volver a respirar la lluvia que caerá

sobre este cuerpo y mojará

la flor que crece en mí,

y volver a reír

y cada día un instante volveré a pensar en tí.

Y en la voz suave del mar,

y en volver a respirar la lluvia que caerá

sobre este cuerpo y mojará

la flor que crece en mí,

y volver a reír

y cada día un instante volveré a pensar en tí.

Robin escuchó atentamente la letra, mientras observaba como Kurai bailaba con maestría sobre el tejado sin necesidad de abrir los ojos y sin perder el equilibrio, vestida solamente con una camiseta de tirantes negra, su ropa interior amarillo claro, y calzada con sandalias de paja de andar por la playa. Otra suave ráfaga meció sus cabellos, trayéndole el olor del mar, y alzó la vista para ver a la chica sonreír al terminar la canción, con los brazos alrededor de su cuerpo, abrazándose a sí misma.

- Muy bonita canción. - le felicitó la arqueóloga.

- Sí. - asintió ella, bajando de nuevo del tejado y acercándose a ella. - Creo que le irá bien un acompañamiento de guitarra, tendré que enseñársela a Yami, porque yo no sé tocarla.

- ¿Quién es Yami?

Ella se giró en dirección hacia su casa.

- El chico que cantó aquella canción que hizo enfadar al cabeza lechuga. Noté cómo lo perturbaba y se marchaba. - le explicó. - Cuando terminamos se lo comenté y se marchó sin decirme nada, supongo que a preguntarle si se había ofendido con él, no soporta ese tipo de cosas.

Hubo un largo instante de silencio, en el que ambas se dieron cuenta del sueño que tenían, pero se estaba muy bien en la calle.

- ¿Qué tal si volvemos dentro? Si quieres echo el colchón en el suelo, se está más fresco así. - le propuso, al cabo de un rato.

- Me duele el cuerpo. - susurró Robin, con una mueca de dolor en el rostro. Kurai se volvió hacia ella, preocupada, viendo como la de larga melena se llevaba una mano a la frente, pero su brazo se desprendió y cayó al suelo con un sonido seco.

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Sanji avanzó siguiendo la orilla del mar, hasta llegar al punto donde Zoro y él habían hablado por última vez. No estaba del todo seguro si de verdad era ese lado porque el paisaje se repetía como si andara en círculos, pero las marcas en la arena de unos cuerpos y varias marcas alargadas le decían que había sido allí.

Se acercó hasta las huellas y buscó el camino de las sandalias de madera del espadachín, persiguiendo al ladrón, encontrándolas con facilidad por tratarse de dos surcos en la arena rectos y paralelos, alejándose del agua a gran velocidad. Sin darse cuenta, él también empezó a correr, como si la acción aún estuviera desarrollándose, hasta llegar al borde y encontrarse con el camino de baldosas y las palmeras, frenando de golpe.

- ¿Pero qué estoy haciendo? - se preguntó, tratando de normalizar su respiración. - Él hace un buen rato que no está aquí... - se recordó, avanzando hasta las casas y metiéndose por un largo callejón oscuro, que se retorcía hacia su izquierda y después a su derecha, hasta llegar al límite que marcaba el bosque.

Pero nada más poner un pie en él, oyó las fuertes pisadas de alguien que se acercaba, y venía de dentro. Se puso en guardia, dispuesto a recibir a quien fuera a patadas. Sin embargo, cuando un rayo de luna impactó contra su impasible rostro, bajó la guardia, relajándose instantáneamente, y pasándose una mano por los cabellos, echándolos hacia atrás en gesto despreocupado.

- Con que eras tú, marimo-kun. Me habías asustado. - intentó hacerse el duro con aquella pose confiada, pero dentro de él su corazón latía tan fuerte que creía que se le saldría del pecho. Había pasado tanta pena por él, había temido tanto no volver a verle...

Sin embargo, Zoro continuó caminando, ignorándole por completo, sin ni siquiera posar su vista en el rubio, como si no existiera.

- ¿Zoro? - sonó sorprendido, pero también dolido. Le siguió, saliendo de nuevo del bosque. - Oi, ¿te pasa algo? ¿Has recuperado tu katana?

Pero el chico continuó hasta salir a la calle de enfrente al mar, con el rubio persiguiéndole a trompicones por mirarle sólamente a él, en vez de vigilar por dónde andaba.

- ¿Zoro? - le siguió llamando insistentemente, hasta que la rabia por su indiferencia reventó en su pecho. - ¡Estúpido marimo! ¡Yo preocupándome por ti, que estabas tardando tanto, y no me dices nada! - le sujetó de los hombros, dándole la vuelta, obligándole a encararle. Sin embargo, su rostro continuaba imperturbable. - Tenía... - continuó, frunciendo el ceño de indecisión de contárselo. - ... que decirte algo importante, Zoro. Yo... os he engañado a todos, no estoy amnésico, lo siento. - había bajado la vista avergonzado, sin atreverse a contemplar la indignación que había imaginado que habría en el rostro del peliverde. Al no recibir respuesta decidió seguir con su declaración. - Lo hice porque estaba confundido, aquel hombre dijo que me amabas y yo no sabía qué sentía por ti.

Finalmente se atrevió a mirarle a los ojos, porque lo que venía a continuación era mejor decirlo a la cara. Pero los ojos del espadachín, por un momento le parecieron extraños, de un color distinto a lo que eran normalmente, sin embargo, al fijarse mejor vio que estaban igual que siempre. Sólo que no desaparecía la frialdad de ellos.

- ¿Y? - le apremió, abriendo mucho los ojos, esperando impaciente a que continuara. - ¿Y? - Sanji se había quedado petrificado por la agresividad que había comenzado a mostrar, aunque era algo predecible por lo que había hecho. - ¿No sabías que sentías por mi? - preguntó con tranquilidad, cogiéndole de la barbilla con algo de rudeza. - ¿Y tú sabes lo que siento por ti?

Sintió como si un cubo de agua fría lo bañara por completo, junto con sus ánimos. Eso era lo que no le había animado a continuar...

- Zoro... - sus ojos se llenaron de lágrimas, notando como los dedos del guerrero se clavaban en su piel.

- Eres un iluso, un crédulo, un falso, un hipócrita. No te soporto. Te dejas manipular por cualquiera que te dice que siente algo de cariño por ti, aunque sea mentira. - se lo acercó aún más, apoyando sus labios en su oído, susurrándole. - Desaparece.

Acto seguido le soltó, y Sanji, totalmente sin fuerzas, se dejó caer de rodillas en el suelo, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida, resbalando silenciosamente unas cristalinas lágrimas, mientras notaba como su corazón se rasgaba y los pedazos caían esparcidos por su pecho, doliéndole profundamente.

Zoro se dio la vuelta, sin mirarle, y se marchó sin mirar atrás.

"Por eso no se lo quería decir." se dijo mentalmente, viendo al chico que había terminado amando por su culpa. "Siempre era posible que pasara esto..."

Bajó la cabeza, y lentamente dejó caer su cuerpo sobre el suelo, hasta quedar tumbado sin fuerzas, llorando amargamente sin hacer ruido.

"Me lo merezco..." pensó por último, con la incesante lluvia derramándose todavía de sus ojos hasta caer dormido.

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- Ah... - Kurai abrió mucho los ojos y se llevó las manos a la cabeza. - Ay, ayayay... ¡Se-se le ha caído el brazo! - exclamó, comenzando a correr en círculos. - ¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?! ¡¡Ahhh...!! - chilló, totalmente bloqueada.

Robin alzó la vista lentamente, tal vez tan sorprendida como la otra chica, pero por su ataque de pánico, y al instante hizo florecer un brazo en el lugar que estaba antes, desapareciendo el del suelo entre pétalos de flores.

- Tranquila, Gótica-san. - le pidió con un hilo de voz.

Kurai se detuvo y al ver que ya estaba recuperada, paró al instante su bailecito. Se llevó una mano a la frente y se echó el cabello hacia atrás, con mirada aprehensiva.

- Qué suerte que puedes contrarrestarlo con tu akuma no mi... - susurró, aún conmocionada. Se aproximó hasta ella y posó con mucha suavidad una mano en su hombro, como temiendo que volviera a desprenderse. - Será mejor que entres en casa, yo iré a buscar un médico. - le propuso. - ¿Puedes levantarte? - preguntó con el sudor recorriéndole el pálido rostro, al imaginarse que sólo sus piernas se alzaban, dejando de cintura hacia arriba donde estaba. - No, mejor te llevo yo... - decidió, asintiendo y tragando saliva.

Rodeó el cuerpo de la arqueóloga con sus brazos, pasando uno de ellos por debajo de sus piernas y el otro por detrás de su espalda y aguantó la respiración en el momento en que la alzaba.

- Gótica-san, peso mucho, déjame, ya iré yo sola. - le pidió Robin, pero su rostro no tenía demasiado buen aspecto.

- Ni hablar... te llevo yo... - murmuró entre dientes, tambaleándose hacia los lados mientras avanzaba hacia su casa. Por suerte, Robin había dejado la puerta abierta antes. - Y no es que peses tanto, es que soy un poco flojucha... - le explicó, respirando entrecortadamente, llegando por fin al umbral y traspasándolo con cuidado de no golpearle la cabeza.

Una vez dentro estuvo a punto de tropezarse varias veces y caer al suelo de bruces, pero milagrosamente, al final consiguió llevarla hasta la cama, donde la acostó y la acomodó con varios cojines.

- Me voy ya mismo... - le anunció, sacando de su armario unos shorts negros y poniéndoselos a toda prisa. - ¿Necesitas algo antes de que me vaya?

Robin la miró de soslayo, agotada por el cansancio y el dolor.

- Agua... - le pidió. Kurai se la trajo tan pronto como pudo, dejando una jarra y el vaso a su lado por si luego quería más. Luego se inclinó sobre ella y depositó un beso en su frente, sonrojando ligeramente a la arqueóloga por ese espontáneo cariño.

- Hasta ahora. - se despidió y se marchó corriendo, dejando la puerta abierta detrás de ella.

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La luz que se había reflejado en sus ojos era roja, y eso no era posible. No había ninguna luz roja a su alrededor, ni siquiera en todo el paseo al lado del mar, donde eran de un cálido naranja, y Luffy, lentamente, deshizo el abrazo tan cálido de "su hermano", dando unos cuantos pasos hacia atrás.

- Ace... - murmuró. - Tú me dijiste que no podías hacer esto... - su voz sonó lúgubre.

El otro hombre se aproximó de nuevo hacia él, con una sonrisa como si no pasara nada. Pero sí pasaba.

- No podía hacerlo porque estábamos en casa. Pero ahora somos piratas, la ley ya nos persigue por nuestras recompensas, ¿qué más dá lo que hagamos ahora?

Luffy tragó saliva. En eso tenía razón, pero igualmente, no se olvidaba de lo que había visto. Algo le había pasado...

- Ace... - repitió en un murmullo, con su sombrero tapándole los ojos y dándole aspecto sombrío. Echó su brazo derecho hacia atrás, y sin mirarle gritó: - Gomu gomu no.... ¡¡Pistoru!!

El puñetazo pilló desprevenido al otro chico, acertándole en el estómago, y se dobló por el dolor. Pero segundos después, volvía a levantarse con una extraña sonrisa.

- ¿Luffy? ¿Qué te pasa? ¿Que no me quieres? - le preguntó con inocencia, alzando los brazos hacia él como si quisiera abrazarle. - Venga, sé que me quieres... - murmuró sonriente.

Pero Luffy no iba a ceder.

- ¡¡Ace!! ¡¡Te devolveré a la normalidad!! Gomu gomu no... ¡¡Gatoringu!!

Una lluvia de puñetazos se abalanzó sobre Puños de Fuego, pero también los recibió sin apartarse y sin hacer uso de su Akuma no Mi. Luffy paró unos segundos, con los ojos como platos. Ace se estaba voviendo a levantar, como si se tratara de un zombi.

- Lu...ffy... - al chico se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué le pasaba a su hermano? Si de verdad fuera él se habría apartado o se las habría devuelto, como hacían siempre que se peleaban, sin embargo avanzó hacia él de nuevo, con los brazos abiertos...

"¿Qué puedo hacer?" se preguntó, paralizado en el sitio mientras el pecoso seguía acercándose lentamente.

- ¡¡Gomu gomu no Muchi!! - la pierna estirada lo lanzó hasta el otro extremo del Going Mery, estrellándolo contra unos barriles vacíos. Ace volvió a incorporarse, pero esta vez, su sonrisa era demasiado exagerada y sus dientes parecían sierras. Sus ojos, ahora totalmente rojos y muy brillantes le provocaron un escalofrío.

- Luffy, ya está bien de pegarme, ¿no? - le susurró en una voz ronca y chirriante, anormal en los seres humanos. - Sabes que si yo me empleara contra ti, no saldrías vivo.

Luffy notó gotas de sudor frío resbalando por su frente, cuello y espalda.

- Eso está por verse... - le respondió, con el corazón desbocado. En realidad no sabía qué más hacer.

Sólo quedaba una opción.

Ace se alzó rápido esta vez y se tiró en dirección a su hermano, con el puño encendido y dispuesto a pegarle un derechazo, pero Luffy se tiró hacia atrás, esquivándolo por milímetros y con una barrida de piernas lo tiró al suelo.

- ¡Ahora! - gritó. - ¡¡Gomu gomu no Bazooka!!

No le dio tiempo a reaccionar y del empujón lo estrelló contra la barandilla del Going Mery, rompiéndola y lanzándolo al agua.

Oyó el lejano chapoteo en el mar, un grito ahogado y el murmullo de las burbujas de aire al reventar al tocar la superfície. Después de eso, el silencio, sólo roto por su alterada respiración y el martilleante sonido de su corazón. Se quedó petrificado unos instantes que al chico se le hicieron eternos, y cuando se dio cuenta, tragó saliva, que apenas pudo pasar por el nudo que se le había hecho en la garganta. Con los ojos desorbitados dejó escapar un grito de angustia que le removió todo el cuerpo por dentro.

- ¡¡ACE!!

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Eran más de las cuatro de la mañana en aquel momento, y era imposible pensar que hubiera alguien en la calle. Sobre las baldosas del paseo marítimo resonaban con fuerza el choque de las sandalias de la chica corriendo como podía, ya que no tenía tampoco demasiada resistencia ni siquiera para eos. Hasta que tropezó con algo que no vio y se cayó aparatosamente.

- Joder, menos mal que no me puedo hacer heridas, porque ya tendría las rodillas y las palmas peladas... - se quejó, frotándoselas para sacarse la mugre. Se dio la vuelta para ver qué era con lo que había tropezado y vio como el rubio se incorporaba lentamente, tocándose los muslos, seguramente donde le había golpeado. - Eres tú. - dijo con tono despectivo, con una mueca en la cara de que no le agradaba su presencia. Se puso en pie dispuesta a irse.

- Oi, ¿qué maneras son esas? - le preguntó irritado Sanji. - Que yo sepa no te he hecho nada... - se alzó pesadamente del sitio, con la cabeza dolorida por haber estado llorando, frotándose los ojos disimuladamente con las mangas de la camisa.

- Sí me has hecho. - le encaró ella. - Y no me entretengas, Robin-san necesita un médico. - se dio la vuelta pero el grito del cocinero la detuvo.

- ¡¿Qué has dicho?! ¡¿Qué la ha pasado a Robin-chan?!

Kurai le dirigió una mirada cansina de reojo, para después darse la vuelta y comenzar a alejarse.

- Su maldición ya le afecta. Y no se encuentra nada bien. - le explicó, sin entrar demasiado en detalles.

-¿Qué? ¿Cuál es su maldición? - le interrogó, siguiéndola.

La chica bufó, harta de tenerle detrás. Ese tipo no le cayó bien desde el principio. Era su aspecto, su cara, su peinado, le recordaban demasiado a Yume. Pero su color rubio, la barbilla mal afeitada y es extraña ceja, su forma de ser, y por encima de todo, que fuera un hombre le ponía furiosa. Se la recordaba continuamente, pero no era ella...

- Se desmonta. Se le cayó el brazo, y tiene suerte que su Akuma no mi contrarresta los efectos, si no, podría estar ya muerta. - le informó, un poco nerviosa. Aunque tampoco la conocía demasiado, Robin se había vuelto como una hermana mayor para ella, que había escuchado su penosa vida con atención y encima la quería ayudar...

- ... - Sanji se mordió los labios nervioso, en silencio. Las maldiciones habían comenzado a afectarles a todos, y las de las dos chicas eran las más peligrosas. Ahora que Zoro le había destrozado el corazón, sus preciosas ladies podían morir. La situación iba de mal en peor... - Ven conmigo. - le pidió, adelantándola y poniendo rumbo al puerto. - Si la tiene que ver un médico, mejor que sea Chopper.

Kurai suspiró resignada y decidió seguirle. Era mejor que le viera el médico que acostumbraba a tratarla que no uno desconocido.

- ¡¡ACE!!

El grito había sido audible desde varias decenas de metros antes de que llegaran al barco y se expandió como un eco, resonando por la vacía playa, las callejuelas de la ciudad y el bosque. Kurai y Sanji se miraron unos segundos, y después, el rubio apremió la marcha, llegando a tiempo para ver a Luffy con intención de lanzarse al mar.

- ¡¡LUFFY!! ¡¡QUIETO!! - le ordenó, pero ya era demasiado tarde, se había lanzado al mar sin ninguna protección ni tampoco sujetarse a nada, y Sanji tuvo que alcanzarle en el menor número de pasos posible y lanzarse tras él.

Al zambullirse en el agua oyó el chapoteo de alguien que nadaba hasta cerca de dónde estaban, pero en aquel momento debía ocuparse de su capitán, buscándolo como podía debajo del agua, hasta vislumbrar una oscura mancha roja que reconoció como su chaleco y sujetándole de un brazo tiró de él hasta la superfície.

- ¿Estáis bien? - preguntó Kurai con calma desde la cubierta, mientras Luffy escupía el agua que se había tragado y tosía fuertemente.

Sanji alzó la vista hacia ella, pero se fijó que no los miraba, sino unos metros más a su izquierda, con mucha sorpresa, y el rubio hizo lo mismo, con su capitán apretándole tanto el cuello que creía que lo asfixiaría. Allí estaba Ace, medio insconsciente, y en brazos de Zoro.

- Zo... - abrió mucho los ojos de sorpresa, pero entonces Luffy se comenzó a revolver gritando.

- ¡¡ACE!! ¡¿Estás bien?! - empujaba hacia abajo a Sanji con tal de sobresalir y ver mejor a su hermano, ahogando y haciendo tragar agua al pobre cocinero, que acabó pegándole una patada en la espinilla para que se dejara de mover. - ¡Zoro! ¡Gracias por salvarle, estaba muy raro!

Pero el segundo de abordo no se dio la vuelta, nadando en dirección a la orilla, ignorando por completo a sus nakama.

- ¿Zoro? - le llamó, sin comprender por qué hacía eso.

- Maldito marimo... - murmuró Sanji, apretando la mandíbula de la rabia que sentía. Porque le podían haber roto el corazón, haberle hecho llorar y haberse lamentado por haber sido tan estúpido, pero de ninguna manera dejaría las cosas así, ni tampoco dejaría que aquello afectara a los demás.

- Tomad. - Kurai les lanzó una cuerda atada al palo mayor y Sanji, sin decirles nada, la anudó en torno al pecho de Luffy.

- ¿Sanji? ¿Qué haces? - preguntó su capitán confuso.

- Me voy a darle de hostias a ese estúpido cabeza podrida hasta que deje de comportarse como un crío. - y sin dirigirles ninguna mirada más se lanzó en pos del peliverde, oyendo el chapoteo nervioso de Luffy tras él.

- ¡Yo también quiero ir! ¡¡Ace!!

- ¡Kurai-chan! - gritó, algo lejos ya de ellos. - ¡Sube a Luffy, por favor!

- ¡¿Qué?! ¡¡Pero tendrás jeta!!

Sabía que la tenía. ¿Y qué? Pondría las cosas en su lugar, o al menos lo intentaría.

TSUZUKU