Capítulo 11: La importancia de un nombre
- ¡¡Tengo hambre!!
Ese fue el saludo que le dirigió Luffy a Sanji nada más despertar y entrar como un torbellino en la cocina. Por su parte el cocinero había tenido un par de horas para preparar tranquilamente el "almuerzo" de los pocos que quedaban en el barco, porque en realidad, ya volvía a ser de noche.
- ¡¡Uhyooo!! ¡¡Qué buena pinta!! - exclamó Luffy con un torrente de babas saliendo de su boca, y empezando a comer antes incluso de pegar su culo a la silla. - ¡¡Itadakimasu!!
Sanji suspiró, quedándose donde estaba, apoyando su trasero en la encimera que le había dado tiempo a limpiar como quince veces, al no saber qué hacer para matar el tiempo. No podía dejar de suspirar, y la forma en que lo hacía recordaba la manera en que expulsaba el humo de su tabaco.
- Sanji, ¿estás bien? - preguntó Chopper, captando también la atención de Usopp.
- Sí, sí. No pasa nada.
- Sanji. - le llamó de repente el capitán. - No te preocupes. Zoro es muy fuerte. - dijo con una enorme sonrisa. - Por más que esté poseído, yo creo en él. Seguro que lo hace de broma.
Esa fue la gota que colmó el vaso. No quería pensar más en él, ya bastante había tenido los últimos días con tener al marimo revoloteando sin cesar en su cabeza como para que ahora también se convirtiera en tema de conversación.
- ¡¡Luffy cállate!! - gritó, estallando. - ¡¡¿Y a mi qué me importa ese estúpido marimo?!! ¡¡Estoy preocupado por Nami-san y Robin-chan, que corren más peligro que ese cavernícola!!
Hubo un tenso silencio en la habitación que podría haber sido cortado con un cuchillo, mientras Sanji miraba con los ojos desorbitados e inyectados en sangre a Luffy, que se había quedado impasible.
- Está bien. - concedió. - Entiendo que no te quieras preocupar por él. Pero sabes que eres la persona que más quiere. Y no te abandonará porque le estén controlando.
El rubio enrojeció hasta las orejas, de furia y vergüenza, bajando la vista para que no lo vieran. Usopp y Chopper tenían los ojos como platos al enterarse por fin de que el beso que le dio el peliverde a Sanji antes de desembarcar en la isla no había sido una broma.
Al no saber qué hacer y sentirse demasiado incómodo y malhumorado en aquella situación, Sanji salió, cerrando la puerta de un portazo detrás de él y marchándose a popa, desde donde contempló el oscuro mar que se perdía en el horizonte.
Sabía que Luffy, por muy descerebrado que fuera, tenía razón. Pero le seguían doliendo aquellas palabras que le dijo, que le seguían haciendo dudar. Tal vez solamente quería hacerle confundir: sólo le había salvado por cumplir su deber para con su capitán, y lo que le dijo después de que le poseyeran eran sus verdaderos sentimientos...
No soportaba más estar parado, sin hacer nada. Ahora había dejado sus cartas al descubierto, era hora de que Zoro mostrara su verdadera jugada y terminar con todo aquello, para bien o para mal. Aunque sin duda, si todo había sido una trampa, se lo haría pagar hasta el último día de su vida.
Se levantó de golpe, colocándose bien la corbata negra de su camisa, sin apartar los ojos de aquel punto fijo que en realidad no contemplaba,
- Se acabó lo que se daba. - volvió hasta la cocina, sólo para asomarse unos segundos y decir: - Oi, yo me voy ya a patearle el culo a ese idiota. - en un par de pasos ya había llegado hasta la borda y de un salto estuvo en tierra, caminando con las manos en los bolsillos con rostro serio y ceñudo, pero decidido.
A los pocos segundos, sus tres compañeros estaban detrás de él, Luffy cargando con una enorme mochila llena de toda la comida que aún no se había podido terminar, y se marcharon silenciosos a la casa de la bruja.
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Hacía rato que estaba despierta. De hecho, apenas había podido pegar ojo en toda la noche, y eso que los dolores habían desaparecido por completo.
Yuuko les había dejado solas en la misma habitación, y la presencia cercana de su nakama le puso realmente nerviosa. Robin seguía enfadada con ella, lo sabía por la cargada atmósfera de la habitación, y porque aunque sabía que estaba despierta, no le había dirigido ni una palabra ni tampoco ninguna mirada. Se había mantenido quieta a su lado, contemplando el techo en silencio.
Respiró profundamente. Analizando la situación con frialdad, admitía que se había comportado como una estúpida homófoba cuando Kurai se le insinuó. Pero en realidad no era que le tuviera miedo, asco, rabia, o lo que fuera que podría designar esa espantosa palabra. Más bien no quería que le hicieran nada que la molestara. Porque eran nakama. Y porque aquel beso en el barco... no era un beso normal entre dos amigas.
Estaba bastante confusa, ¿acaso ella correspondía los sentimientos de Robin? ¿Había sentido celos porque aquella chica se le había acercado a la morena con tanta facilidad? Realmente, no lo sabía, no tenía ni idea de qué sentía por su compañera, pero no quería que por una estupidez como esa estuvieran enemistadas de por vida.
Aclaró su garganta, pero cuando fue a llamar a Robin, las palabras se le quedaron atascadas. No sabía cómo comenzar, y ella ni se había inmutado ante el carraspeo de Nami, lo que hizo el trabajo más duro.
Silenciosamente escurrió su mano bajo el futón y la introdujo dentro del de Robin. Dio un respingo al notar la suave y cálida piel de la arqueóloga y se sonrojó al ver cómo giraba el rostro hacia ella, con cara de sorpresa.
- ¿Qué pasa, Navegante-san? - preguntó en tono suave, aunque carente de emociones. Estaba enfadada…
- Emmm… - estaba demasiado nerviosa y las palabras salían entrecortadamente. - Perdona… Robin… Te ofendí… con mis tonterías.
Se mordió el labio inferior con nerviosismo, con sus grandes ojos castaños sin atreverse a mirarla directamente, y ella subió una de sus manos hasta su rostro, acariciándole la mejilla con ternura.
- Tranquila, sé que hay gente que no lo entiende y que puede reaccionar así. - la disculpó. - Soy yo la que lo olvidó y me lo tomé a mal…
- Pero…
Robin puso sus dedos encima de sus labios, pidiéndole silencio.
- No hace falta que digas nada.
No, no podían quedarse las cosas así. Sus ojos se llenaron de lágrimas por culpa de la complicada situación. No quería, de ninguna manera, que se quedara con una idea equivocada.
- No, Robin. - dijo con decisión, aunque su voz oscilaba levemente. - Te lo voy a decir. Me comporté como una estúpida, pero no soy del tipo de persona que haga ascos a los demás por ser cómo son. - Robin la escuchó atentamente, aunque sus ojos decían claramente que veía aquello como una mera excusa, y eso logró enfadar a Nami, que se incorporó, sentándose, y comenzó a hablar cada vez más fuerte. - Robin, yo no sé qué siento por ti, no tengo ni idea. Pero estoy dispuesta a intentarlo.
- Navegante-san, las cosas no funcionan así. - le explicó con su habitual voz calmada. - No puedes imponerte a ti misma estar con una persona que sabes que te ama para saber qué sientes tú. Tiene que salirte de dentro...
- Pero no sabes... - le cortó Nami, negando con la cabeza. - ... no sabes lo mal que lo he pasado por no haber podido hablar contigo, por pensar que me odiabas. De todas las personas que conozco, tú eres la persona que más me dolería perder. Y la que más me dolería que sufriera por mi culpa.
Robin suspiró, sonriente.
- Entonces está más que claro. - susurró, paseando su vista por la habitación, para finalmente volverla a posar sobre la pelirroja. - Esperemos. Yo no me voy a romper, ni me voy a marchar, ni nada parecido, no soy tan frágil. Pero si estoy contigo, y me tienes miedo, si estás a mi lado por obligación y realmente no disfrutas lo que hacemos, más vale continuar como amigas.
Nami se quedó sin palabras. Robin tenía toda la razón, sería mucho más doloroso para ambas si una de las dos no estaba del todo segura con la relación, y podían terminar peor.
- Tranquila. - le pidió, acariciando su mano inmóvil sobre su regazo. - Te esperaré tanto como haga falta. Y si encuentras otra persona no te lo echaré en cara.
A la navegante se le escaparon un par de rebeldes lágrimas, y Robin se incorporó, abrazándola y ofreciéndole su pecho para que llorara.
- Lo siento... lo siento... - repetía desconsoladamente, abrazada a su amiga, sintiendo sus suaves manos acariciar su espalda para calmarla.
La morena, sin embargo no derramó ni una lágrima, pero le parecía totalmente extraña y equivocada la situación, ¿acaso no debería ser ella la que llorara desconsoladamente por tener que rechazarla para que ambas estuvieran mejor?
Pero esta era la banda de Luffy Sombrero de Paja, y ninguno de sus tripulantes eran personas normales, y supuso que debía incluirse también a sí misma en la lista, a pesar de todo.
De repente se escucharon unos sollozos mucho más fuertes que los de la navegante, y poniéndose ambas en guardia, se separaron para abrir la puerta corredera de un volantazo.
- Gótica-san... - murmuró entre sorprendida y divertida la morena, observando a la chica sentada en el suelo, llorando a moco tendido, pero limpiándose rápidamente las lágrimas cada vez que asomaba alguna.
- Joder... qué bonito... y qué triste... - farfulló, pasándose las manos y los brazos por toda la cara toscamente, en su afán de borrar todo rastro húmedo de su rostro.
Nami se puso colorada hasta las orejas, ¿cuánto habría escuchado? La pena de hacía unos segundos se transformó en ira hacia la intrusa y levantó su puño, dispuesta a pegarle un capón para que aprendiera a no escuchar a escondidas. Pero Robin la detuvo, sujetándole del brazo. Le dirigió una mirada tranquilizadora y se agachó, tendiéndole un pañuelo a Kurai, que aceptó de inmediato.
- Maldita sea... no hago más que llorar últimamente, y eso que odio hacerlo... - masculló, haciendo desaparecer los últimos rastros de lágrimas y palmeándose las mejillas para espabilarse y dejar de llorar.
- No es malo llorar. - le dijo la morena.
- Sí que lo es... No quiero ser débil - la contradijo, pero alzó un paquete de galletas que había tenido apoyado entre sus piernas cruzadas y sacó una, metiéndosela en la boca, impidiendo que continuaran con la conversación. - Y encima da hambre... ¿Queréis?
Nami y Robin las aceptaron, al darse cuenta del hambre que tenían. Claro, ya había vuelto a anochecer y se habían pasado casi un día entero sin comer...
Pero en aquel momento apareció Watanuki, junto con Yuuko, Mokona y Doumeki, y se los llevaron al salón, donde habían puesto la mesa para que comieran todos juntos.
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El chico contemplaba en silencio a su nuevo acompañante mientras bebía cantidades ingentes de alcohol casi sin pestañear. Zoro, después de pasarse el día entero deambulando por la isla, tratando de encontrar el lugar en el que habían ocultado a Ace pero sin éxito, había vuelto y se había negado a comer nada, diciendo que todo estaba demasiado asqueroso para él. Sin embargo no había dicho lo mismo a la bebida, y estaba bebiendo más que nunca en su vida aprovechando las cuantiosas reservas de aquel viejo castillo.
- Si le da un coma etílico la hemos liado. - susurró Kokugan, entre sorprendido e impresionado por la capacidad que tenía el peliverde para beber - Oye, ¿no tienes suficiente? Creo que ya has bebido todo lo que un borracho podría llegar a desear.
- Cállate. - le pidió, descorchando otra botella y bebiendo a morro.
"Es que... ni el tono de la cara le ha cambiado..." pensó para sí mismo, contemplando con notoria curiosidad al espadachín. Sin duda, lo que sentía hacia Sanji era demasiado fuerte, mucho más poderoso que el humo que le controlaba, y deseaba olvidarle de cualquier forma posible. Aunque sin aceptar el ofrecimiento de Kokugan, y eso lo puso algo celoso.
Se levantó de la cama y adoptó la apariencia del rubio, como cuando se lo encontró en el bosque, y le tendió la mano. Zoro alzó lentamente la vista, hasta toparse con el rostro que le estaba haciendo sufrir tanto. Frunció el ceño y apartó de un manotazo la oferta del chico, volviendo a llevarse la botella a sus labios, deseando quedarse borracho por una vez en su vida.
- Zoro... - susurró, sin darse por vencido. Se agachó hasta quedar a la misma altura de sus ojos y le obligó a mirarle. - Si lo hacemos, podrás olvidarle. ¿No era eso lo que querías? ¿O acaso prefieres perder el control como la última vez?
El peliverde le miró fijamente, con sus ojos inescrutables. La opción de olvidarle, la que más deseaba, la tenía al alcance de su mano. Pero le parecía deshonroso tener que hacer todo aquello sólo para cumplir su deseo. Prefería más seguir como estaba.
- Kokugan no es tu verdadero nombre, ¿verdad? - preguntó de repente, haciendo que se apartara ligeramente y que la ilusión que estaba viendo se desvaneciera. - Igual que le dijiste a ese hombre que me llamaba Roze.
El chico le miró receloso durante unos instantes, pero finalmente se sentó en el suelo, a su lado, cruzándose de piernas y apoyando sus manos sobre estas.
- Tienes razón. - musitó él. - Hubo una persona que sirvió al amo mucho antes que yo, y fue la que me trajo aquí. Era una marioneta, nada más que eso en las garras de Shiô-sama. - hizo una mueca al decir el nombre de su amo. No le gustaba demasiado pronunciarlo, era demasiado fúnebre. - Pero tuvo la fuerza suficiente para explicarme que si alguien conoce tu nombre, controlará tu alma, y aunque era incapaz de decirme abiertamente lo que deseaba, supe que no quería que le diera mi nombre auténtico. Y nadie, salvo una persona, lo sabe. Y a su vez, sólo yo sé cómo se llama en realidad.
Sonrió con añoranza, sujetando una de las botellas vacías entre sus dedos e inclinándola tranquilamente, buscando de qué color era el cristal colocándolo a contra luz, descubriendo un tono anaranjado muy oscuro, parecido al color de sus ojos.
- En el pueblo me conocen como Yami. Y a esa persona la conocen como Kurai. - hizo una pausa, notando en las facciones de Zoro algo de reacción. - Desde pequeños hemos sido muy amigos, y nos pusimos entre nosotros motes, que al final la gente adoptó como nuestros verdaderos nombres, olvidando los auténticos. No importaba ni siquiera que me molestara en inventarme otro sobrenombre, pero supongo que hubiera sido muy sospechoso. Por eso, ella y yo... se podría decir que somos los únicos que tenemos verdadera fuerza el uno sobre el otro.
- Esa chica está ahora con ellos. - le anunció.
- Tiene unos motivos muy poderosos para estar en contra del amo. Y debería decir que yo también los tengo. - admitió. - Pero por más que tenga algo más de libertad que si me hubiera poseído completamente, estoy incompleto, y no puedo hacer otra cosa que servir a mi amo.
- ¿Incompleto? - repitió Zoro, alzando una ceja.
- No podemos amar, pero tampoco podemos olvidar a quienes amamos alguna vez de verdad, siempre queda un pequeño rescoldo. Por eso puedo estar con Kurai y actuar con normalidad. Y por eso ni tú ni yo sufrimos ninguna de las maldiciones de la isla. Porque ya estamos "malditos" al habernos quedado con los sentimientos "rotos".
Zoro se reclinó hacia atrás, apoyando su espalda en la fría pared, sin dejar de contemplarle. Aunque ahora fuera parte de ellos y se sintiera obligado a servirles, escuchar más acerca de la maldición de la isla y su historia le resultaba interesante.
- Y esa Kurai... ¿sabe que tú estás aquí?
Él se limitó a sonreír.
- Me temo que nunca me lo ha preguntado. - se encogió de hombros, levantándose del helado suelo de piedra y palmeándose el culo, para después encaminarse hacia su cama otra vez.
Y cuando estuvo sentado otra vez, volvió a adoptar la forma de Sanji, provocando que Zoro le mirara desafiante con el ceño fruncido.
- Es tarde. - dijo como casualmente. - ¿Vamos a dormir? - sus dedos recorrieron su ropa y fueron desabrochando los botones, mostrando su pálido pecho desnudo, recostándose en la cama de manera sensual, sin dejar de mirar al espadachín.
Finalmente Zoro se levantó y se dirigió hacia él, hasta quedarse a su lado, contemplando como mordía lujuriosamente su labio inferior, con las mejillas levemente encendidas, y alzando las manos lentamente en su dirección, esperando que las asiera.
- Tú has dicho que ninguno de los dos puede amar. - recitó mecánicamente, carente de sentimientos. - Y que no podemos olvidar a los que amamos de verdad. - suspiró por la nariz con suficiencia, mientras se daba la vuelta. - Y yo no recuerdo haberte querido, Yami.
- Muy hábil... - concedió el chico, tornando de nuevo a ser el chico ojeroso y pálido de siempre, con su pelo negro cayéndole enmarañado sobre el rostro.
- Buenas noches. - y se marchó hacia algún lugar, lejos de la presencia de aquel chico.
Yami suspiró, llevándose una mano a la frente y dejándola descansar ahí. Él sólo quería que Zoro pudiera olvidarle, para así no recaer si le volvía a ver... Pero era testarudo. Y fiel a sus principios. Si era tan fiel... podía resultar un problema que no tuviera completo control sobre él. Porque esa fidelidad era ambigua, y podía tornarse en su contra.
Volvió a suspirar y se dio la vuelta en la cama, arropándose.
"Bah, de todos modos, si me matara... no habría problema. Me lo merezco." fueron sus pensamientos antes de dormirse.
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- Ya llegaron. - anunció Yuuko, con la copita de sake pegada a sus labios y una sonrisa en ellos.
- ¿Quién? - preguntó Watanuki, mirando alrededor y comenzando a moverse nervioso por todos lados, como de costumbre.
Y se cayó de culo al suelo cuando Sanji, seguido de Luffy, Usopp y Chopper, irrumpieron en la habitación.
- Perdón por la intrusión. - se disculpó el rubio, buscando con la mirada a alguien, pero se detuvo al ver a sus dos compañeras ahí. - ¡¡¡Nami-swaaaan, Robin-chwaaaan!! ¡¡¡¿Estáis bien?!!! - chilló, danzando a su alrededor con los ojos en forma de corazones. Pero sus otros tres nakama se lanzaron sobre ellas apartándolo, sollozando y chillando de alegría al ver que tenían mucho mejor aspecto.
- Sí, claro que sí. - les tranquilizó Nami, haciendo un gesto con la mano para que se calmaran.
- Aquí no sufren sus maldiciones. - explicó la dueña de la casa, fumando tranquilamente su pipa. - Vosotros tampoco.
Sorprendidos, comprobaron que era cierto. La piel de Sanji se había vuelto un poco más carnosa y rosada, y maldijo entre dientes haber lanzado su cajetilla de tabaco al mar, ahora que tenía la oportunidad de volver a fumar. Por otra parte, Luffy comenzaba a volverse cada vez más corpóreo, y Usopp y Chopper pudieron separarse, aunque no pudieron soltar sus manos.
- ¿Si nos quedáramos aquí, nos curaríamos del todo? - preguntó emocionado Luffy.
- No. Ya dije que es algo temporal. El tiempo se detiene y retrocede hasta el punto en que la maldición no era demasiado poderosa. Pero cuando salgáis, volveréis a estar como antes.
Luffy se desanimó un poco.
- Vaya... Entonces no pueden venir ni Nami ni Robin a patear el culo de ese idiota conmigo... - murmuró apesadumbrado. - ¡¡Pero no os preocupéis, lo lanzaré tan alto y tan lejos, que podréis verlo desde aquí!! ¡¡Jajaja!! - aseguró, totalmente confiado de sí mismo.
Todos sonrieron, algunos más por el gesto infantil del capitán, otros algo más incrédulos, pero al fin y al cabo, les hacía falta un poco de esperanza.
- Muy bien, nos vamos. Veníamos a pediros ayuda y a recoger a Kurai-chan. - explicó Sanji, extendiendo su palma hacia ella, que se cruzó de brazos y puso cara de interesante.
- No me gustan los diminutivos, rubio pervertido. - le espetó la chica, con una sonrisa maliciosa en sus labios y gesto cansino.
- Está bien pues. Kurai-kun. - se mofó él, haciéndola saltar bufando como un gato rabioso.
- ¡¡Serás...!!
Nami se quedó perpleja por la manera en que la había llamado. Nunca había hecho ese tipo de cosas a una mujer, y aunque -kun también podía utilizarse en chicas, seguía teniendo connotaciones más bien masculinas. Tal vez lo hizo por la orientación sexual de la chica. O tal vez porque tenía un carácter muy reacio y difícil hacia él y se había cansado de comportarse como un caballero con ella.
- Si acaso deberías llamarme "Kurai-sama", cabeza de queso. - dijo con grandilocuencia, sacándole la lengua.
- ¡¡¿Cómo?!! - exclamó indignado. - ¡¡Ni siquiera el marimo me ha llamado así nunca!!
- Jujuju... Entonces ese será mi mote para ti.
Sanji se revolvió el pelo con consternación, lanzándole una mirada de profundo odio a la chica. Puede que ella le odiara por parecerse a su amiga, pero iba a comenzar a cogerle tirria él también por tener un carácter parecido al de Zoro hacia él.
- Lo empieza a asimilar. - susurró Robin al oído de la navegante, que le dirigió una mirada confusa. - Ama a espadachín-san, y comienza a autocontrolarse con las chicas por respeto hacia él. Le quiere de verdad, qué bonito, ¿no?
Nami se sonrojó. Mientras le había susurrado lo único que había podido ver de ella eran sus labios pronunciando aquellas dulces palabras, captando su cálido aliento, mezclado con el olor a flores que caracterizaba a Robin. Su pulso se aceleró y comenzó a respirar más rápidamente, pero se preguntó si realmente había sido porque le amaba o inconscientemente se había provocado esa sensación.
Como se imaginó, estar en esa situación con la arqueóloga no era nada fácil...
- ¿Y Ace? - preguntó de golpe Luffy, intentando disimular la desesperación en su tono de voz, aunque fue inútil, por muy casual que hubiera querido sonar.
- Está durmiendo. - aclaró Yuuko, dirigiéndole un vago vistazo, ya que eran mucho más divertidos el rubio y la gótica, que aún seguían discutiendo. - Lo mantengo dormido, si despertara podría huir de aquí y volver con su "jefe".
Luffy tragó saliva, asintiendo en señal de haber entendido la situación. Bueno, al menos lo vería y podría hablar con él cuando terminara todo aquello...
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La solitaria figura en la sala del trono no era más que una carcasa vacía. Su mente, o su alma, como prefiera llamársele, estaba infiltrándose en las casas de los inocentes ciudadanos malditos, totalmente ajenos a que les estaban espiando, y que influenciaba en sus estados de ánimo.
Porque lo que estaba haciendo era despertar sus maldiciones, activándolas para que terminaran de desarrollarse por completo, y al hacerlo, volverse absolutamente sumisos hacia él.
La situación lo requería. Necesitaba todos los refuerzos posibles, porque aquella bruja llegada desde otro mundo, junto con la banda de piratas que habían sido los últimos en llegar, iban a por él. Y era cuestión de horas de que llegaran hasta donde él se escondía.
- De ninguna manera pienso dejar mi trono y mi reino. Nunca... - susurró el cadáver vacío en la oscura sala
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- Bien, iréis con Watanuki y Doumeki-kun. Ellos podrán seros de ayuda, además que nunca se sabe qué ocurrirá.
Yuuko les concedió a sus dos chicos, para sorpresa del resto. Al final, por la incapacidad para luchar o ser útiles de cualquier manera, Chopper y Usopp se iban a quedar en casa de la bruja, junto con Nami y Robin.
- Ah... Ya estoy acostumbrado a que me envíes a cualquier misión peligrosa sin pedirme consentimiento, así que no me quejaré. - prometió el de gafas, suspirando abatido.
- Habrá que montar una fiesta, entonces. - saltó de repente Mokona, de dentro de la manga de la morena.
- ¡Qué buena idea, Mokona! - aprobó Yuuko.
- ¿Por qué dices eso?
- ¡¡Porque Watanuki, que su nombre se escribe igual que 1 de abril, ha madurado!! ¡¡Fiesta!! ¡¡Sake!!
- ¡¡No hace falta que digas siempre todo eso después de mi nombre!! ¡¡Y claro que soy maduro, maldito kuromanjû!! Además que la fiesta la haces más para tener excusa para seguir pimplando.
Yuuko y Mokona alzaron el pulgar (en el caso del peluche, algo que se le parecía).
- ¡Yey!
- ¡Ni yey ni nada! ¡Par de borrachas! - les recriminó señalándoles acusadoramente.
- Creo que ya no es maduro. - observó Doumeki. - Pero supongo que no importa. - terminó diciendo, alzándose de hombros.
- ¿Qué has dicho, idiota? - preguntó Watanuki con muchas malas pulgas. Pero Doumeki simplemente pasó de él.
- Ya se van. - apuntó, señalando al grupo de Sanji, Luffy y Kurai, alejándose entre las callejuelas de la ciudad que podían verse a través de la entrada al jardín.
- ¡¡Eh!! ¡¡¿Pero que no tenemos que ir juntos?!! - chilló el de gafas, corriendo tras ellos.
Yuuko le entregó el arco a Doumeki, que no dijo nada.
- Cuida de ellos, ¿vale? - y luego añadió con una sonrisa. - Sobretodo de mi subordinado, si quieres que él lo aprecie.
- Mm. - gruñó, en modo de asentimiento.
Y fue tras ellos.
TSUZUKU
