Capítulo 12: El bosque de los espíritus
- Bien, chicos, esto no es una excursión de placer.
Kurai se detuvo en el borde del bosque, girándose y "observando" con sus pálidos ojos a los cuatro chicos. Watanuki era el más alterado de todos, aunque tampoco era de extrañar, tanto por su carácter como por sus poderes tenía razones de sobra para estarlo; Doumeki, en contraste, era el más tranquilo de todos, haciendo honor a su nombre "Shizuka" (tranquilo), cargando su arco al hombro con total calma y soltura, aunque visiblemente preparado para ponerse en movimiento en seguida si hacía falta. Por otro lado, Luffy mostraba abiertamente las ganas que tenía de entrar, balanceando con fuerza sus brazos, mientras que Sanji... se frotaba las manos nervioso, viendo como se desintegraban poco a poco a medida que las hojas desaparecían. Pero es que a pesar de lo peligroso que era eso para su más preciado tesoro, más le importaba entrar cuanto antes para terminar con todo aquello.
Para poder fumar.
Y para moler a patadas al de cabeza verde.
La única chica evaluó la situación, y finalmente, de su escote, sacó su ocarina azul, y jugueteó con ella entre sus dedos.
- Os lo diré claramente: el bosque no está hecho para que se paseen las personas. Cuando entenderéis por qué, pero os agradecería que andárais lo más pegados posibles a mi o a él. - dijo, señalando a Doumeki, que no cambió de expresión, a pesar que todos los ojos se clavaran en su persona.
- ¿Y qué tiene éste de bueno? - preguntó Watanuki con una mueca de irritación en su cara.
- Éste tiene un poder que le permite repeler espíritus. - apuntó la chica. - ¿Lo recuerdas, amigo que los atrae?
El de gafas suspiró resignado.
- Vale, me rindo.
- Un momento. - interrumpió de repente Sanji. - Nos dijiste que cuando tuviéramos que entrar en el bosque para ir a por ese hombre te necesitaríamos. ¿Para qué exactamente? ¿Y qué es eso de los espíritus?
- No sé por qué debería perder el tiempo explicándotelo, diría que es bastante obvio que me necesitáis. - le respondió cortante. - Además, ¿qué te interesa más: saber cuáles son mis habilidades o atravesar el bosque antes de que desaparezcan tus manos? - con el índice señaló la parte afectada, e inmediatamente dejó de frotarse, metiéndoselas en los bolsillos con rapidez. Con un suspiro de resignación, decidió al menos advertirles de lo que se encontrarían. - El bosque está lleno de espíritus. - les dio la espalda, con la mirada perdida en el bosque. - Protegen la entrada al castillo: hacen que sientas frío, desorientan, y en casos extremos, pueden llegarte a enloquecer y que acabes volviéndote uno de ellos. Aunque si sólo paseas por el borde, no llega a atraparte.
Los espíritus, las almas en sí, son el mayor arma de Shiô, el hombre que habita ahora en el castillo y que un día matasteis. No sé cómo lo hizo exactamente, pero parece que se dividió, dejando una parte de su ser en esta isla, y la otra huyendo por mar. - hizo una pausa angustiosa, en la que bajó la vista, consternada. Su cabeza se había llenado de las últimas imágenes que tenía de Yume, agarrada del cuello mientras pataleaba por zafarse de aquel gigantesco hombre, y ella remando con todas sus fuerzas, tratando de seguirles en aquella pequeña embarcación que terminó por hundirse.
Alzó su instrumento, sosteniéndolo con delicadeza entre sus dos manos.
- Puedo comunicarme con los muertos a través de mi ocarina. - Sanji abrió los ojos de sorpresa, al igual que Luffy, que exclamó asombrado. Aunque ya supiera que podía sentirlos, no sabía nada de que pudiera hablarles. - Por lo tanto, soy vuestro único camino si queréis llegar enteros, porque aunque Doumeki puede repelerlos y a él no le afectan, yo sé por dónde hay que ir.
Los chicos asintieron en señal de haber entendido.
- Antes esto era también parte de la ciudad. - explicó, mirando inexpresiva la espesura. - Pero toda la zona alrededor del castillo se volvió inhabitable. El espacio está distorsionado, las maldiciones se vuelven más fuertes, y está también el factor de los espíritus, que controlan la zona. - hizo una pausa, sin cambiar su monótono tono de voz. - A pesar de todo, sigo recordando cómo se va hasta el castillo, así que no os preocupéis.
- Kurai, contamos contigo. - exclamó Luffy, sacándola de su ensimismamiento en el pasado. El chico poseía una tranquila sonrisa, a pesar de que su cuerpo ya era más transparente que corpóreo. - Y en cuanto lleguemos, déjanoslo a nosotros. - les dirigió una mirada a los demás, que asintieron. - Haré de él fuegos artificiales.
- Fuegos artificiales... - repitió en un susurro, con las comisuras de sus labios ligeramente curvadas hacia arriba, casi imperceptiblemente. - Será un placer ver eso.
Volvió a darles la espalda, metiendo un primer pie decididamente en el bosque.
- No voy a poder hablaros en todo el camino, así que os recomiendo que sigáis mis instrucciones y no os separéis ni me perdáis de vista. Si uno se separa, tendremos que ir a por él todos juntos, y eso es un engorro.
Al terminar por fin con sus explicaciones, se llevó la ocarina a sus labios y comenzó a tocar una lenta melodía, de suaves notas. Los chicos la siguieron en silencio, algunos un poco confusos, tratando de asimilar toda la información que habían recibido, ya que algunas cosas eran demasiado extrañas. Pero pronto supieron que no mentía, y que aquel lugar no era normal.
Nada más haber dado unos cinco pasos, Sanji se dio la vuelta, tratando de encontrar con la vista la silueta de las casas abandonadas que pudo ver antes de entrar, pero en su lugar, no vio más que árboles y la espesa vegetación por todos lados. Además, al alzar la vista, se dio cuenta de que estaba oscuro, no era capaz de ver el cielo, aunque dentro del bosque seguía habiendo una difuminada luz grisácea, como si en realidad sí que llegaran los rayos filtrados entre espesas nubes y las hojas de las copas de los árboles.
- Esto es enorme... - susurró más para sí mismo. Si sólo Kurai era capaz de caminar por ahí sin problemas... ¿cómo lo hacía Zoro para no perderse?
Sanji le dirigió un vistazo a la chica, que iba en cabeza, caminando decididamente, esquivando las raíces del suelo como si realmente no estuvieran ahí, y cuando fijó su vista en sus pies, se dio cuenta de que no estaban, y en su lugar había una docena de murciélagos revoloteando.
- ¿Pero cómo...? - la contempló estupefacto, pero nadie pareció darse cuenta de que en lugar de verse sus botas estuvieran aquellos animalejos sustituyéndolos. "Tal vez es una Akuma no mi..." pensó, tragando saliva, tratando de tranquilizarse.
Pero había demasiadas cosas en su cabeza como para hacerlo, y se llevó el pulgar a su boca, mordiendo la uña, notando el sabor de las hojas secas de tabaco. Estaba nervioso, pensando en que volvería a verle, y debería terminar luchando contra él lo más probable. Sin embargo, no temía hacerle daño. Más bien temía que no lograra despertar... y que uno de los dos terminara muriendo fruto del combate. No importaba quién de los dos muriera, en cualquier caso sería el peor desenlace, y en cierto modo, aquel hombre, del que ahora sabía su nombre, Shiô, habría ganado.
"Shiô... Rey de los muertos" pensó para sus adentros, dejando escapar una corta risita nerviosa. No podría haberse llamado Joaquín o algo más normal, no. Tenía que tener un nombre tan ostentoso y que encima, le describiera a la perfección. "Tal vez es un sobrenombre..."
- Au... - sin darse cuenta, se había arañado con la rama baja de un árbol en la frente, y su piel seca, más frágil que antes, comenzó a sangrar rápidamente. - Joder... - sacó un pañuelo de su bolsillo y lo apretó contra su piel, mientras veía cómo Watanuki y Doumeki, que se habían mantenido en la retaguardia, se quedaban a su lado, esperándole.
- ¿Estás bien? - preguntó el de gafas, algo preocupado.
- No es nada... - gruñó Sanji, comenzando a caminar otra vez, dándose cuenta de que en aquel segundo que habían apartado los ojos de Kurai, ella y Luffy ya habían desaparecido. - Maldita sea... - miró a todos lados, aguzando el oído para escuchar la suave canción, pero apenas era un pequeño susurro.
- Se ha ido... - murmuró pálido Watanuki.
- No te preocupes. - Doumeki miró fíjamente hacia un punto del bosque, y cogiendo de la mano a su compañero, tiró de él en esa dirección.
- ¿Está por ahí?
- Ni idea. - se llevó un capón por su sinceridad. - Pero es el lugar donde escucho mejor la canción.
- Ahora que lo dices... Por ahí hay menos espíritus. - susurró más tranquilo el chico.
- ¿Tú puedes verlos? - preguntó con algo de curiosidad Sanji, siguiéndoles, presionándose todavía el pañuelo contra la herida.
- Sí. De toda la vida, por desgracia. - de repente palideció y se pegó a Doumeki, agarrándose fuertemente a su brazo.
Aprovechando eso, Doumeki hizo que le soltara para pasar el brazo por encima de los hombros de Watanuki, estrechándolo contra su pecho y caminando unidos de aquella manera, y al parecer no molestó eso a ninguno de los dos. Pero sí que sonrojó a Sanji.
Oyó como hablaban de alguna cosa, pero no estaba atento a sus palabras. Su cabeza estaba en otra parte, pensando en ellos dos como si fueran Zoro y él. Discutir, como siempre, pelearse por cualquier tontería, como solían hacer... y luego no poder dejar de estar juntos, no poder dejar de tocarse. Qué maravilloso sería eso...
Se arrepentía de corazón el haberse hecho el amnésico. El protegerse a sí mismo no tenía recompensa, como lo hubiera sido dejar saber a Zoro que también le amaba, aunque estuviera un poco confuso aún.
Pero de todas formas, era comprensible, debía dejar de amargarse por aquello. No podía, después de tanto tiempo siendo un faldillero declarado, esclavo de las mujeres, de repente pretender estar con un hombre como si aquello fuera lo más normal del mundo. Así que resolvió que, acabaran como acabaran las cosas aquella noche, si Zoro le aceptaba, sería feliz todo el tiempo que durara, y si al final descubría que aquellas rencorosas palabras que pronunció en la playa eran ciertas, las aceptaría. Y ya vería lo que haría, no quería seguir comiéndose la cabeza por todo aquello.
De repente se percató de que el frío era tan intenso que le había helado las extremidades y la punta de la nariz. Lo mismo con la melodía, ahora no la escuchaba en absoluto, y su cabeza comenzó a dar vueltas, notando extrañamente como si un montón de manos le masajearan al mismo tiempo que seguían bajando la temperatura de su cuerpo.
Sus dos compañeros no parecían notarlo, y al haberse quedado ahora él en la retaguardia, cada vez iba más lento, hasta que se tuvo que detener del dolor que sentía en los pies por culpa del frío. Mientras deliraba, intentando seguir avanzando, escuchó el murmullo de las hojas y el crujido de pasos que se acercaban, y cuando se quiso dar cuenta, a su alrededor había una veintena de personas, todas con alguna característica extraña que revelaba que eran del pueblo, rodeándole con un aspecto fúnebre de zombi, cosa que no le hizo gracia.
- ¿Qué... está pasando aquí? - articuló a duras penas con los dientes castañeteándole. Ya no podía ver ni a Watanuki ni a Doumeki, y maldijo entre dientes. Él, que era el más interesado en ir a patear el culo de Zoro, se encontraba rezagado entre un montón de aldeanos que le miraban con malas pulgas. - Mierda... - al final tendría que luchar.
Pero cuando fue a ponerse en posición, los "zombis" se retiraron rápidamente, siguiendo su camino, mientras una flecha dorada silbaba cortando el aire y acertaba a uno de ellos en el pecho, tirándolo al suelo.
- ¡Oye, vámonos! - escuchó que le gritaba Doumeki, con el arco en alto, mientras avanzaba a grandes zancadas hacia él, con Watanuki cogido aún de su brazo.
Sanji miró aprehensivo al hombre que había derribado, pero la flecha había desaparecido y se encontraba inconsciente, sin ninguna herida abierta que pudiera matarle.
- ¿Qué le has hecho...? - preguntó tembloroso a causa del frío. Pero en cuanto Doumeki le sujetó del brazo, notó de repente un calor asfixiante y la humedad que debería haber en un bosque como aquel en pleno verano. El contraste hizo que comenzara a jadear, y parpadeó confuso, preguntándose qué demonios significaba aquello, mientras el chico tiró rápidamente de él, poniéndose en marcha de nuevo.
Sus sentidos se habían vuelto a aguzar, y repentinamente, volvió a oír el sonido de la melodía de Kurai. ¿Pero qué era lo que le había ocurrido? Aunque la gótica les había explicado antes de entrar a qué se exponían, al darse cuenta del abismo que había entre realidad e ilusión, se había quedado totalmente atónito. Era increíble la manera en que aquellos "espíritus" o lo que fuesen les distorsionaran tanto la percepción.
- Vamos. - volvió a apremiarlo el de ojos dorados. - No te sueltes. - le recomendó, y Sanji le hizo caso, colgándose del otro brazo de igual manera que Watanuki, sintiendo un poco de vergüenza.
Sin embargo, eso era lo de menos en aquel momento. Los del pueblo que caminaban a su alrededor no se acercaban a Doumeki, es más, parecía que ni se daban cuenta de su presencia, con rostros totalmente ausentes mirando al frente con expresión vacía. No entendía muy bien qué les ocurría, pero su instinto le dijo que debía ser parecido a lo que le había pasado a Zoro, que probablemente ellos también estaban poseídos. Y eso significaba que ahora tenían a todo un pueblo como enemigos.
- Oh... mierda... - su rostro se quedó blanco como el papel y se quedó inmóvil unos instantes, echando la vista rápidamente hacia atrás.
- Sanji-san, vamos, tenemos que encontrarnos con Kurai...
- ¡Nami-san y Robin-chan están en peligro! - exclamó, interrumpiendo al de gafas, que le observó sin comprender a qué se refería. - ¡Los del pueblo están todos poseídos ahora! Si ahora están yendo hacia el castillo para que ese maldito cabrón tenga refuerzos, lo más probable es que unos cuantos de ellos vayan a atacar a Nami-san y Robin-chan! - les explicó, con el rostro sudoroso y los ojos desorbitados. Ni la una ni la otra se encontraban en condiciones de luchar, debía volver cuanto antes a ayudarlas.
- Tienes razón. - aceptó Doumeki. - Entonces démonos prisa. - tiró de él, casi llevándolo a rastras, buscando con la vista la chica.
- ¡¿Pero qué haces?! ¡Tenemos que salir de aquí, las chicas...!
- Están en peligro, sí. - asintió Doumeki. - Pero dentro de la casa de esa mujer no tendrán problemas, están protegidas. Además, esos dos compañeros tuyos se quedaron con ellas.
"Usopp y Chopper..." recordó. Aunque tuvieran que estar unidos ahora, ellos podrían luchar de alguna manera.
- Y Yuuko-san es una bruja. - le recordó Watanuki. - Seguro que puede protegerlas y protegerse a sí misma sin problemas. - le dedicó una sonrisa tranquilizadora, y Sanji se obligó a sí mismo a dejar de preocuparse por un momento, por más que su instinto más básico gritara por volver atrás junto con sus chicas.
"Ahora, lo más importante es hacer entrar en razón a Zoro" se recordó a sí mismo. Si ahora que se había decidido por fin entregarse a él, volvía a dejarlo en la estacada por mujeres, ¿cómo iba luego a pretender que le tomara en serio?
- ¡Kurai! - gritó entonces al aire, llamándola. Los otros dos le miraron unos segundos, pero viendo que de otra manera, seguramente no podrían reencontrarse con ella, la llamaron también.
Cada vez había más gente a su alrededor, caminando sin mirarles, como si no existieran, en la misma dirección en la que iban ellos. Al menos iban en la dirección correcta, supuso Sanji, mientras seguía llamándola. Hasta que ya no hizo falta, porque de repente habían comenzado a salir un montón de hombres y mujeres volando por los aires al grito de:
- ¡GOMU GOMU NO... BAZOOKA!
- ¡Luffy! - le llamó entonces, lanzándose detrás de unos altos matorrales separándose del chico, y en aquel momento vio a su capitán abriéndose camino entre una muralla de personas que le impedían el paso con terquedad. - ¿Y Kurai? - se preguntó a sí mismo, mirando a todos lados, tratando de localizarla. Oía la música de su ocarina, pero no podía verla. Hasta que se fijó en la bandada de murciélagos que se arremolinaban en torno a la cabeza de algunas personas, y cuando se iban, caían inconscientes al suelo.
- Ayúdanos en vez de quedarte con la boca abierta, rubio de bote. - le ordenó la voz distorsionada de la chica, saliendo del centenar de gargantas de los murciélagos en los que se había convertido.
Sanji obedeció al instante, tal vez más por el asombro que por ayudarles, y a base de rápidas patadas se deshizo de un bloque de hombres que tapaban lo que después vio que era una pequeña gruta en la roca, la entrada a una cueva.
- ¿Qué hacen todos estos aquí? - preguntó el cocinero en el caos del combate, mientras el agujero que había conseguido hacer en sus filas volvía a desaparecer al sustituir otras personas a los caídos.
- Shiô les ha llamado. - dijeron los murciélagos, debilitando lo más rápido que pudieron a su siguiente víctima. - Los usa de escudo para que no lleguemos.
- Por eso ni siquiera nos atacan... - apuntó Doumeki, dando en el pecho de otra persona y volviendo a tensar su arco.
- Son personas pacíficas que no han tenido la necesidad de luchar durante décadas. Ni siquiera en situaciones como ésta son capaces de poder atacar. - explicó ella.
Luffy hizo un último Gomu Gomu no Pistol, apartando lo suficiente a los hombres de la entrada como para darles tiempo a meterse, y eso hizo, seguido de los demás, mientras Kurai se aseguraba de que no les daba tiempo a cogerles, hasta poder desaparecer dentro de la entrada.
Nada más entrar, los chicos empujaron una gran roca de forma ovalada que debía servir para tapar la entrada desde el interior, sellándola, viendo como las manos de los aldeanos se escurrían dentro, intentándoles coger pero sin suerte, hasta que se cerró y la única luz de la cueva provino de un pequeño agujero del techo, arriba a la derecha. Se dejaron caer lentamente al suelo, resbalando sus espaldas por la roca que les acababa de aislar, mientras recuperaban el aliento. Ahí hacía un poco de fresco, pero era el frío natural del interior de las cavernas, muy húmedo, y eso reconfortó ligeramente a Sanji, que comenzó a entrar en calor por fin.
- Tengo hambre... - se quejó Luffy con la lengua fuera, mirando lastimero a su compañero, pero él negó con la cabeza.
- No he traído nada. Además comiste antes de salir, podrías aguantarte un poco, ¿no?
- No. - respondió tajante el chico, y cuando el rubio le fue a replicar se calló la boca. El cuerpo de Luffy era cada vez más transparente, y comenzaba a parecer una mera aparición.
Pero para sacarle de su preocupación estaba Kurai, que le pegó con su pesada bota en la coronilla, viendo por unos momentos el cocinero tanto las estrellas como unas bonitas bragas rojas.
- Imbécil, ¿qué se supone que hacías, retrasándote de ese modo? ¿No dejé claro que teníais que quedaros pegados a mí, que si no os perderíais?
- ¡La culpa es tuya por caminar tan rápido! Bueno, ni siquiera caminabas, volabas. - le indicó, remarcando la última palabra con ira.
La chica bajó el pie de su cabeza, al ver cómo se le iba la vista al tonto cocinero, cruzándose de brazos.
- ¿Acaso sabes lo peligroso que es caminar tocando un instrumento? Y encima en un bosque, lleno de raíces, plantas y piedras con las que tropezarme.
Sanji se tragó las palabras que le hubiera gustado soltarle en aquel momento, reconociendo que tenía razón, y poniéndose en pie se limpió el polvo de sus pantalones, volando virutas de lo que habían sido sus manos. Dejó escapar un suspiro entrecortado, mirándoselas disimuladamente. La verdad, no tenían demasiado buen aspecto, parecían haberse reducido de tamaño, y se preguntó si al descarnarse por completo quedaría el hueso o eso también se consumiría. Mientras tanto, Doumeki y Watanuki, que siempre se mantenían bastante al margen de lo que ocurría, también se levantaron.
Pero más rápido que ellos fue Luffy, que antes que decidieran a adentrarse en aquella oscura caverna, que luego descubrieron que era un pasadizo secreto que llevaba hasta el interior del castillo, se había marchado corriendo.
- Huele a comida. - oyeron que decía babeante mientras desaparecía en las tinieblas del túnel.
¿Cómo iba a oler a comida? Pero ciertamente, al olfatear detenidamente el ambiente, pudo jurar que olía a carne. No obstante, un olor dulzón le acompañaba y no tenía nada que ver con ninguna salsa que conociera. Y ni siquiera le pareció que fuera comestible, frunciendo el ceño mientras sospechaba de qué clase de carne provenía ese aroma.
A medida que se internaban, menos veían. Aquella luz de la entrada resultó ser la única en todo el pasadizo y tuvieron que avanzar a tientas tocando la pared, salvo Kurai, que debido a que no veía bien ya de por sí, era la que mejor se manejaba en aquellas tinieblas. Sanji se tropezó con algunas rocas que encontró a su paso, y se golpeó la cabeza con algunas estalactitas, y a juzgar por los sonidos que hacían sus compañeros, también recibieron algún coscorrón, hasta que por fin se encontraron con una puerta entreabierta de la que provenía una potente luz blanquecina, y con el corazón en un puño, Sanji se dispuso a abrir.
TSUZUKU
