Capítulo 13: El castillo deforme
Al abrirla, vio que se trataba de una habitación normal, o al menos esa era la impresión que daba. Había muebles viejos de aspecto de la antigua realeza, bastante desfasados, con adornos plateados en las sillas, cubiertas con una gruesa capa de polvo, al igual que las mesas de mármol, y colgando telarañas de los cuadros y de los cálices que parecían de oro. La luz provenía de unos tragaluces con cristales de colores, algunos rotos por el paso del tiempo, por las fuertes granizadas que pudieron quebrar el frágil vídrio o por cualquier otra causa natural o provocada, y en el techo había una enorme araña de la que colgaban cientos de cristales como lágrimas, con las que jugaba Luffy, de pie a su lado, bocabajo, desafiando a la gravedad, fascinado por ver como oscilaban y pendían en la dirección contrario a la suya.
- Ey, ¿cómo hacéis eso? - preguntó el chico, al verlos asomar la cabeza por la puerta - ¡Todo está del revés, qué habitación más misteriosa! - rió alegremente, mientras correteaba a sus anchas sobre sus cabezas, caminando y saltando por el techo.
- ¡¿Pero qué es esto?! - exclamó Watanuki, con la misma cara de estupefacción que la del rubio. - ¡Luffy-san, ¿cómo has subido ahí?!
- ¿Eh? - se quedó quieto unos instantes, hurgándose la nariz. - No sé, cuando he entrado de repente estaba aquí. - explicó alzándose de hombros.
Las miradas se volvieron entonces a Kurai, que adoptando de cintura para abajo el aspecto de murciélagos, avanzó dentro de la sala, dándose la vuelta vertiginosamente al cambiar el sentido de la gravedad.
- Ya os dije que aquí hay espacios distorsionados. - les recordó. - Y esta habitación no debería estar aquí ni siquiera, es el cuarto de la princesa, no pinta nada en el viejo túnel que conducía a la cocina.
- ¡¿La cocina?! - exclamó babeante el chico de goma, mientras Kurai aterrizaba suavemente a su lado. - ¡Vamos, rápido!
- No creo que la encontremos, las habitaciones están desordenadas. - repitió, cansada. Luego echó un vistazo a los chicos y con una sonrisa socarrona les provocó: - ¿Qué os pasa, tenéis miedo de haceros daño, machotes?
- Eres una tramposa... - se quejó el cocinero, impulsándose en el aire para dar una pirueta mortal mientras entraba, y al hacerlo, pudo aterrizar grácilmente de pie al lado del viejo dosel de la cama, roído por las polillas durante años y totalmente descolorido.
Doumeki le echó un vistazo a Watanuki, demasiado nervioso y confuso como para saltar aún, así que se lanzó dando una pequeña voltereta al aterrizar para no hacerse daño. Volvió a mirar al de gafas, y entonces estalló en la predecible queja chillona que esperaba.
- ¡¿Cómo voy a saltar yo esto?! - chilló. - ¡Yo no soy un acróbata, y aquí hay más de tres metros de caída!
- Gallina... - se rió la chica por lo bajini, y entonces Doumeki abrió los brazos.
- Yo te cogeré. - se ofreció, colocándose debajo (o encima) de Watanuki.
- ¡Y una porra voy a dejar que tú me cojas, Doumeki idiota! - le espetó, y al ver que su compañero bajaba los brazos, se lanzó al aire con los ojos cerrados.
Sin embargo, antes de recibir el duro impacto en su cuerpo, notó como su espalda chocaba contra algo que lo sujetó y lo amortiguó. Watanuki no quiso decir nada, bastante cansado estaba que siempre estuviera Doumeki salvándole el pellejo, y se separó rápidamente de él, palmeándose las mejillas para que desapareciera el rubor que se había instalado en ellas. Sabía que todo aquello no era gratuito, y su cuerpo pedía un respiro por las intensas noches de recompensa que pedía el arquero.
- Bien, ¿continuamos? - preguntó la chica, al ver que ya estaban todos.
La puerta de salida de aquel sitio, como sería normal, estaba en el suelo, y no era el que ellos pisaban. Miraron la puerta, estudiando cómo llegar a ella. Sin embargo, Luffy, sin decirles nada, los estrechó a todos entre sus brazos y los envió de una vez con el Gomu Gomu no Rocket. Kurai se apartó a tiempo, pudiendo esquivar el impacto contra la puerta cerrada, que abrieron con los morros, y aterrizaron aparatosamente en el suelo, uno encima del otro.
- Para qué tanta historia al entrar... Si al salir nos quedamos sin dientes de todas formas... - se quejó Watanuki, con el peso de tres chicos sobre su esmirriado cuerpo.
Kurai entró con tranquilidad con su poder, aterrizando a su lado y avanzando por la nueva habitación. Al darse la vuelta vio que acababan de salir de detrás de un cuadro y quiso hacer una prueba: volvió a colocar la pintura en su sitio, pero al volverla a descolgar, la apertura hacia la habitación girada había desaparecido.
- Como me imaginé... - susurró con una sonrisa en sus labios. Ahora estaban en un laberinto en que o podían encontrarse a aquel hombre en la siguiente habitación, o podrían terminar vagando durante días y semanas hasta conseguirlo. Y seguro que ese maldito de Shiô, si sabía de su presencia, les haría las cosas complicadas.
- Ey, ¿cómo has hecho para que desaparezca la puerta? - exclamó Luffy, poniéndose de un salto a su lado y palpando la pared sorprendido. - ¿Eres maga?
Kurai miró al rubio, señalando al inquieto sombrero de paja, que se puso a brincar como un mono explorando la habitación.
- ¿Cómo podéis tener a este como capitán, tío? Nunca había visto persona más... - se mordió la lengua, mirándole de reojo, pero estuvo tentada a decir claramente que le faltaba algo más que una tuerca.
- Todos en la tripulación nos lo hemos preguntado alguna vez, pero no sabríamos qué responderte. - murmuró el chico, poniéndose en pie y ayudando a las otros dos a levantarse.
- Es porque soy un carismático capitán, ¿verdad que sí? - sonrió Luffy, desde la otra punta de la habitación.
- Lo que tú digas... - gruñeron Kurai y Sanji a la vez, mirándose unos instantes de reojo y luego apartando la mirada rápidamente.
Aquella habitación era una especie de sala de estar. También tenía el techo muy alto, pero esta vez no se encontraron caminando sobre él, sino sobre una mullida y polvorienta alfombra de tonos rojos apagados. A su derecha había una enorme chimenea en la que podrían haberse metido los cinco sin problemas, vacía pero oscura por el hollín, y había unas butacas grandes y de aspecto agradable de color beis a su alrededor. Al acercarse a los grandes ventanales con largas cortinas rojas recogidas, no pudieron ver el exterior, y eso les dejó una sensación claustrofóbica, al menos a Kurai, Sanji y Watanuki, ya que Doumeki seguía tan impasivo como siempre, aunque con el ceño fruncido, y Luffy seguía curioseando por la estancia, mirando los libros de las estanterías.
- Estamos atrapados, ¿verdad? - susurró Sanji, con una gota de sudor resbalando por su frente. - Eso que has hecho con el cuadro, que haya desaparecido la entrada de antes...
- Sí... - asintió ella, acercando sus manos a la ventana e intentando abrirla, pero era inútil, estaba sellada. Fuera sólo se podía ver un intenso color gris perlado, miraras en el ángulo que miraras, como si fuera el cielo de un día nublado. - Tenemos que seguir adelante hasta dar con él. Seguramente estará en la sala del trono, es su favorita.
"¿Su favorita?". Aquello le sonó extraño a Sanji. No conocía mucho de ella, pero no entendió por qué sabía algo así, o al menos, lo daba por sentado con tanta seguridad.
- ¡Oi! - les llamó Luffy. - ¡No puedo sacar esto!
Los chicos se giraron, viendo como Luffy tiraba de un libro de la estantería con todas sus fuerzas, pero sin éxito. Incluso sus brazos se estiraron antes que conseguir sacarlo del estante.
- ¿Desde cuándo te interesan los libros? - preguntó Sanji, acercándose a él, y al ver el nombre lo comprendió: "El Maravilloso País de las Carnes". - Ay, Luffy, déjame a mi... - lo apartó y al introducir sus dedos y sujetar el libro, vio que al igual que la ventana que antes intentó abrir Kurai, el libro estaba firmemente sujeto.
- ¿Tal vez son de mentira? - aventuró Watanuki, poniéndose detrás de ellos. - Puede que sea de decoración y que no sean libros de verdad... Lo he visto en algunos sitios.
Sanji giró la cabeza en su dirección, si soltar el libro.
- Pero no lo parece, si no no habrían escrito el nombre de todos ellos, ¿verdad?
- ¿Y qué importa si son libros falsos? - exclamó Kurai, al lado de la puerta. - ¿No tenemos que seguir adelante? - pero al intentar abrir la puerta, al igual que todo en aquel cuarto, también estaba cerrada y no hubo manera de abrirla. - ¡Joder! - gritó, forcejeando el pomo.
- Estamos en una habitación inamovible, ¿no? - se escuchó el suave murmullo de Doumeki, con su espalda apoyada en una de las estanterías que rodeaban la habitación y sus brazos cruzados sobre el pecho.
Todos se quedaron en silencio, sintiendo como un sudor frío les recorría la espalda. Sanji dejó de intentar sacar el libro, pero entonces, Kurai corrió la mitad de la estancia, cogiendo una pequeña mesa redonda que sí pudo mover y la estrelló contra una de las ventanas, rompiéndola.
- ¡¡¿CÓMO HAS HECHO ESO?!! - preguntaron todos al mismo tiempo. - ¡¿QUE NO ES UNA HABITACIÓN INAMOVIBLE?!
- En parte... - gruñó la chica, mirando al exterior recelosa. La mesa que acababa de lanzar había desaparecido en aquella neblina gris. - La mesa no estaba sujeta a nada, en contacto con nada salvo el suelo, así que se podía mover. - se dio la vuelta con rostro inexpresivo. - O eso creo. - e hizo el signo de la victoria.
- O sea que no tienes ni idea... - suspiró Sanji. - ¿Pero por qué contra la ventana?
- ¿Porque el cristal es más frágil? - aventuró ella. - No lo iba a lanzar contra la puerta, no creo que hubiera funcionado.
- En todo caso, ¿qué hacemos ahora? ¿Salimos por la ventana o intentamos abrir la puerta? - preguntó Watanuki, receloso de la primera opción. Después de todas las cosas extrañas que había experimentado, no le hubiera extrañado que aquello fuera exactamente lo que parecía y que se quedara flotando en aquella masa rara, quién sabe por cuánto tiempo.
- Eso - dijo Sanji, señalando la ventana rota - es la última opción. - y le pegó una patada a Luffy antes de que tuviera tiempo a quejarse.
Estuvieron de acuerdo y entonces se acercaron de nuevo a la puerta cerrada. Intentaron abrirla, pensando que tal vez por el cambio en la estancia tal vez podría abrirse, pero no hubo manera.
Quince minutos más tarde de intentar forzarla, e incluso lanzándole una de las pesadas estanterías encima, que podían moverse al igual que la mesa, al contrario de todo lo que contenían, se dejaron caer rendidos en el suelo, y Kurai estornudó dos veces.
- Maldito polvo... - se quejó, frotándose la nariz. - Y maldita habitación cerrada...
Sanji le tendió su pañuelo, ligeramente manchado de la sangre de la herida de su frente, que extrajo de su bolsillo del pantalón, y la chica lo aceptó, murmurando un pequeño gracias.
- ¿Pues sabéis qué os digo? - les preguntó Luffy, con el ceño fruncido y ya un poco cansado de estar ahí (y de no haber podido ver aquel libro del país de sus sueños) - Que si no hay puerta, yo la haré. - caminó unos pasos hacia atrás, preparando su brazo, con los ojos clavados y decididos en la salida. - Apartaos.
Hicieron caso rápidamente, saliendo casi arrastrándose porque el moreno ya había comenzado a gritar su ataque.
- ¡¡GOMU GOMU NO...!! - sus brazos parecieron multiplicarse y comenzaron a golpear la puerta repetidamente. - ¡¡GATORINGU!!
El ruido que hizo fue ensordecedor, con las cientos de manos golpeando la madera inmóvil, y después de los cinco primeros segundos, Kurai ya había perdido la esperanza. Sin embargo, Luffy continuó aporreándola, chillando mientras intentaba hacer sus golpes más fuertes, y de repente se escuchó un crujido.
- ¿Lo está consiguiendo? - preguntó Watanuki, sorprendido que con la fuerza bruta pudiera abrirla.
Se escuchó otro crujido y un poco de polvo y pintura desconchada cayó sobre sus cabezas.
- Sí, lo está consiguiendo. - dijo Doumeki, mirando hacia la parte superior de la puerta. - Está rompiendo la pared entera. - señaló la grieta que se iba haciendo cada vez más grande, recorriendo la pared y llegando al techo, de donde comenzaron a caer pequeños cascotes.
- ¡Apartaos todos! - exclamó Sanji, empujándolos hacia los sofás. - ¡¡Luffy, golpea el techo!!
El chico detuvo un momento el ataque, mientras se quedaba cubierto del polvo blanco de la pintura vieja, y estirando su brazo hacia atrás gritó:
- ¡GOMU GOMU NO BURETTO!
Su brazo se retorció y golpeó con fuerza el agujero, escuchando como el techo se rompía y caían más cascotes en el suelo. Unos cuantos trozos muy grandes golpearon en la cabeza al capitán, pero al ser de goma no se hizo ningún daño y continuó ahí impasible.
Cuando la lluvia de porquería cesó, los chicos se aproximaron a Luffy, que se había mantenido inmóvil, con los puños cerrados y apretados, colgando a los lados y dándoles la espalda.
- Bien hecho Luffy. - le felicitó el cocinero, palmeando su hombro, quitándole un poco el polvo, y mirando el agujero que había hecho. No era exactamente lo que se habían propuesto, pero al menos podrían salir de allí de una vez.
- Sanji... - murmuró el sombrero de paja, sin moverse todavía. - Yo... - el rubio le rodeó para verle la cara y se la encontró blanca de tierra y con lágrimas mostrando un marcado camino. - Me ha entrado algo en los ojos, ¡escuecen! - lloriqueó.
- Pues sigue llorando, las lágrimas te los limpiaran. - le aseguró, deteniendo sus puños blanquecinos antes de que se rascara con ellos. Al principio, al verlo llorar había conseguido preocuparle bastante, pero era su capitán idiota, no dejaría de hacer tonterías nunca. O al menos, no por ahora.
Kurai usó la parte limpia del pañuelo que le prestó Sanji para ayudar a limpiar el rostro del chico, mientras los demás movían los pesados estantes y los colocaban de manera que pudieran subir por ellos. No se arriesgaban a que Luffy los llevara de nuevo.
Al terminar y estar el capitán en condiciones y más animado, subieron para entrar en la siguiente habitación.
- Qué bien, los aseos. - exclamó Kurai, empujando a Luffy para que se acercara a los lavabos y se lavara bien.
Era una estancia más bien oscura, con las paredes, techo y suelo embaldosado con un oscuro verde azulado, y unas pequeñas ventanas rectangulares en la parte más alta, dejando entrar la misma luz blanquecina de antes.
- Parecen unos aseos públicos. - dijo Sanji al ver unas cuantas puertas cerradas, detrás de las cuales debía haber los retretes, y un par de lavabos de cerámica blanca. - ¿Pero habrá agua? - se acercó hasta uno de estos, que estaban al lado de la puerta, y al abrir el grifo y ver como fluía transparente, se rió. - ¿Ese vampiro monstruoso se lava?
- Puede ser, aunque lo dudaría. - le contestó Kurai, mirándose en el espejo, colocándose bien el pelo. - Supongo que será para los desgraciados que posee. - entonces abrió el grifo que había delante de ella, para limpiarse un poco el polvo que tenía en sus mejillas y su nariz, pero en vez de agua, comenzó a salir una especie de fideo grueso y negro.
- ¿Qué es eso? - preguntó Watanuki, señalándolo con el dedo. Lo que fuera que fuese se comenzó a retorcer sobre sí mismo mientras salía, y al hacerlo, se iba ensanchando y haciéndose cada vez más grueso, mostrando decenas de patas de color grisáceo.
- Un ciempiés... - murmuró Sanji, sintiendo un terrible escalofrío recorrerle la espalda y cerrársele la garganta del asco. - Un ciempiés gigantesco...
- No tiene muy buena pinta... - Watanuki se echó atrás, bastante pálido, mostrando su aversión, aunque no era nada comparable con lo blanco que se había quedado el rubio.
- ¡Joder, que puto asco! - se quejó Kurai - Ya tengo bastante con los bichos que se me meten dentro cuando estoy dos semanas sin comer. - y cerró el grifo, escuchándose un horroroso crujido al seccionar al bicho por la mitad.
- ¡¡Agh!! - Sanji se frotó los brazos con fuerza, con los ojos cerrados y apretados. Se tapó la boca, tal vez para contenerse las arcadas que le asaltaron.
- ¿Y se supone que tú eres un hombre? - le reprendió la chica, aunque también se la veía ligeramente verdosa. - Pues mejor no mires como ha quedado... todavía se mueve el cabrón... - entonces dirigió la vista a Luffy, que había dejado de frotarse el polvo de la cara y los brazos y se había quedado en silencio observando el agua correr.
Miró el agua, que había comenzado a fluir de manera extraña, yéndose hasta el extremo del lavabo y recorriéndolo en espiral mientras descendía hacia el desagüe en montones de colores, amarillo, rojo, verde, rosa, naranja...
- Parece una piruleta... - murmuró el capitán, relamiéndose los labios. Pero cuando iba a meter la mano para tocarla, Kurai cerró el grifo. Y el agua quedó inmóvil, aunque sus colores siguieron moviéndose por la espiral. - ¡¡Qué guay!! ¿Puedo probarla?
- ¿Quieres tener retortijones después? - murmuró ella, cogiéndole del brazo para apartarlo antes de que tuviera tentaciones de meter la lengua.
- ¿Qué son los retortijones? Suena rico.
- No lo es. - negaron con la cabeza Sanji, Kurai y Watanuki, mientras Doumeki les daba las espaldas para echar una meada.
- ¡Doumeki, pedazo de burro! ¡Al menos métete en uno de esos, hay una chica delante! - le espetó, señalando una de las puertecitas que daban a los váters individuales.
- Tranquilo, no miraré... - murmuró Kurai, con cara de visible perturbación y asco.
- Están cerrados todos. - le explicó, mientras tiraba de la cadena y se oía su cremallera subirse. - Ah...
- ¿Qué pasa? - Doumeki dio unos pasos hacia atrás, mientras se oía el sonido del agua impactar contra el suelo.
Se aproximaron a él, viendo como el agua salía del retrete y formaba un charco cada vez más grande.
- Esto no para... - murmuró nervioso Sanji, al pasar un minuto y no detenerse.
- No hagas caso. - le reprendió Kurai, yendo hasta la puerta de salida. - Olvida eso y salgamos de aquí de una vez.
Pero al abrirla, una ola de agua inundó la estancia, arrastrándolos a todos. El agujero que habían hecho para entrar allí se llenó rápidamente, y en pocos segundos, los lavabos ya estaban totalmente repletos de agua.
Kurai perdió sus fuerzas, quedándose inmóvil, mientras la corriente de agua la chupaba hacia abajo, en dirección a la ventana abierta que daba a aquel cielo gris. Sanji se lanzó tras ella, agarrándose a una columna, y la sujetó de una bota, capturando también a Luffy doblando la pierna alrededor de su cuello antes de que se fuera arrastrado hacia abajo. Pero así, agarrando a dos usuarios de las frutas y la fuerte corriente queriéndolo arrastrar, no tardaría demasiado en cansarse y caer con ellos. Con uno de sus últimos esfuerzos, giró sobre sí mismo, destruyendo la columna de una patada, y los trozos de piedra taponaron rápidamente la entrada.
Sanji estaba casi sin aire, exhausto, ya no tenía fuerzas casi para nadar, y en poco tiempo acabaría inconsciente. Sin embargo, unas manos tiraron de él y de los que llevaba en sus brazos, atrayéndolos hacia la puerta que había abierto Kurai, subiendo lo más rápidamente que pudieron, hasta llegar a la superfície.
- ¡Buha! - Watanuki cogió aire ruidosamente, mientras sacaba la cabeza del rubio fuera del agua, que se puso a toser fuertemente. Doumeki alzó a Kurai y Luffy, apoyando cada uno en un hombro, y se marchó nadando hasta la orilla.
- Gracias... - musitó Sanji, falto de aire todavía, y Watanuki le dedicó una sonrisa.
- No hay de qué. Al menos os hemos servido de ayuda.
El sitio en el que habían terminado era una especie de cueva natural, y en la parte rocosa, habían construido un muelle, en el que había un par de barcas amarradas, y una puerta al fondo de madera vieja.
Escucharon las toses de Kurai y Luffy reverberar en las paredes de la pequeña caverna acuática. Los dos chicos se aproximaron hasta la orilla, escalándola con cuidado porque las rocas eran bastante afiladas, aunque de todas formas les rasgaron la ropa, del mismo modo que les había pasado a sus otros tres compañeros, sentados en el suelo con aspecto cansado.
- Ah... pensé que me moría... - suspiró Luffy, con la tripa redonda de todo el agua que había tragado. Sanji sonrió, siempre hacía ese comentario cuando casi se ahogaba en el agua, y lo tumbó de una patada, apretándole la barriga con el pie y convirtiéndose en una fuente al momento.
- ¿Cómo lo hicistéis para no acabar arrastrados? - preguntó el rubio, desviando su mirada hacia ellos, mientras Luffy hacia gorgoritos al expulsar el agua.
- Me agarré a la manija de una de las puertas de los baños. - le explicó Doumeki. - Y agarré a este atontado - le señaló con el pulgar. - para que no se fuera para abajo también.
- ¡Oye, atontado lo serás tú, imbécil! - chilló el de gafas, cabreado. Pero enseguida se le pasó al ver su mano derecha, con la que le había señalado, sangrando. - Te hiciste daño...
- Normal, la corriente era muy fuerte, se me clavó el hierro en la carne. - Watanuki sujetó su mano, examinando la herida. Tenía varios cortes en la parte interior de sus dedos y en su palma, y la sangre corría diluida por sus manos húmedas. El de gafas se tiró de la manga rasgada de su uniforme negro de instituto, arrancando un trozo, y lo enrrolló rápidamente alrededor de la herida. - No hacía falta que lo hicieras.
- Claro que hacía falta. - le reprendió él, con el ceño fruncido. - Además, el uniforme está echo un asco, tendré que tirarlo de todas formas... - lentamente, y a pesar del frío, sus mejillas se colorearon ligeramente, y con una pequeña sonrisa, Doumeki tiró de su brazo, chocando sus labios contra los de él.
Watanuki se levantó rápidamente, haciendo entrecortados gritos y mirando a la poca audiencia que les observaba atentamente, pero Doumeki estiró otra vez de él, provocando que cayera contra su pecho, y comenzó a besarlo más profundamente, mordisqueando sus labios y lamiéndolos, mientras su lengua presionaba contra la del otro, penetrándole lentamente entre forcejeos.
- Ah... - las manos del arquero apretaron su delgado cuerpo contra él, ignorando los intentos de escape del pobre sirviente, hasta que recibió un fuerte capón en lo alto de su cabeza y pudo deshacerse por fin de su agarre de pulpo. En esos pocos instantes había conseguido desabrocharle la camisa y sus manos ya habían comenzado a manosear su pecho. - ¡¡Imbécil, hay gente delante, ¿es que no tienes vergüenza?!!
- ¿Vergüenza? - repitió, un poco abstraído. - No, no tengo vergüenza. De besarte no, pero cuando te comportas tan estúpidamente sí que me das un poco de vergüenza ajena.
- ¡¡Tú si que me das vergüenza ajena, maldito insensible!! - chilló exhasperado, pateando el suelo rápida y repetidamente con fuerza. Entonces recordó a sus compañeros, y se giró hacia ellos, con la cara como un tomate.
- Ha sio mu' lindo... - gorjeó Kurai, con el rostro sonrojado, y los ojos brillantes. - Ah, dos hombres amándose de verdad, qué delicia para mis desgraciados ojos~.
Sanji sonrió tímidamente.
- Tranquilo, aparté la vista cuando vi que iba a mayores. - aseguró, con las manos alzadas.
- ¡¡Hambre!! - gritó Luffy, empujando el pie de Sanji y poniéndose en pie de un salto. - ¡Quiero comida!
- Caza un pez y déjame en paz. - masculló el cocinero, palpándose distraídamente los bolsillos de su maltrecha chaqueta, recordando de nuevo que no había nada en ellos. Al menos, no los cigarrillos que buscaba.
- ¡¡Pescadoooooo!! - exclamó Luffy, lanzando sus manos contra el agua, y salpicándoles a todos.
- Sigamos adelante. - propuso Sanji, y los demás asintieron, dejando al sombrero de paja juguetear un rato más con el agua, hasta que de un salto se plantó entre ellos, ansioso por ver qué continuaba.
Se acercaron hasta la siguiente puerta, que dio a un tenebroso pasillo, sólo iluminado por pequeñas antorchas con el fuego de color verde. A Sanji le recorrió un escalofrío por el espinazo, recordando los pasillos tan parecidos que había recorrido con Zoro en aquella última isla de pesadilla.
- No creas que te daré las gracias por salvarme. Soy usuaria de las frutas, era normal que estuviera inmóvil y alguien debía salvarme.
- Tranquila, no pensaba pedírtelas. Y fueras usuaria de las frutas o no, mi deber es proteger a todas las mujeres que pueda. - susurró Sanji, mirándola de reojo. Kurai siguió inmutable ante sus palabras, con sus blanquecinos ojos clavados en él. Estaba mucho más pálida que antes, y la mortecina luz le daba un aspecto más cadavérico. Se fijó en que su ropa estaba tan rasgada como la de los demás, pero en cambio ella no tenía ni una sola herida. - ¿Piensas explicar en algún momento qué eres y de dónde sales? Nada de lo que ha pasado hasta ahora tiene mucho sentido.
Kurai rió suavemente. Los otros tres chicos no podían oír los suaves murmullos en los que hablaban, pero posó la vista en la puerta, cada vez más cerca de ellos.
- Lo sabrás pronto.
Empujó las puertas de tono verdoso con pequeños y ornamentados leones que hacían de pomos, entrando sin miedo en la habitación totalmente en penumbras. Sus pasos retumbaron en el suelo de baldosas oscuras y brillantes, que reflejaban la lejana luz del pasillo y se detuvo a la mitad, sin darse la vuelta.
- ¿Venís? - su voz sonó divertida, mientras giraba lentamente la cabeza hacia ellos. En las tinieblas de la sala no se pudo ver más arriba de su nariz, pero una enorme y perfecta sonrisa blanca se formó en su cara, y sus ojos se convirtieron en dos luces rojas. - Ya hemos llegado, ¿no queríais acabar con esto?
Sanji tragó saliva, sin poder apartar los ojos de ella. ¿Qué significaba aquella reacción?
- Maldita sea... - gruñó, con el rostro crispado.
TSUZUKU
