◦†◦ N I C T OFI L I A◦†◦
Atracción por la oscuridad.
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1|.Primer.encuentro. †◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
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HOROKEU.
La tarde había sido una de las más aburridas de todas las vacaciones y lo peor de todo era que la fecha para regresar al colegio se acercaba más y más y yo estaba allí, en mi casa, sin hacer absolutamente nada.
- ¡Voy a salir! – quise preguntarle a Pilika a dónde iba, pero el portazo que dio me anunció que ya había perdido la oportunidad.
Mi hermana ya tenía catorce años, era normal que tuviera citas y esas cosas; pero, por algún motivo, me costaba un poco dejarla hacer su vida. No era envidia u ocio: me preocupaba por ella, es todo. Siempre me había preocupado por ella, desde niños.
Así fue como terminé solo, una vez más, encerrado y lejos del Sol. Me gustaban la luz y el aire libre, sobre todo para hacer deportes, mas últimamente, sin razón aparente, no se me antojaba siquiera pasear por el parque. Como mucho, salía al jardín e incluso en esas ocasiones, no duraba mucho afuera. Quizá, porque la soledad volvía todo mucho más tedioso.
¿Cómo había terminado así? Era sencillo: la mitad de mis amigos, gracias al hecho de que sí tenían dinero para viajar, se habían largado lo antes posible de esa ciudad aburrida y la otra mitad vivía en Hokkaido, no muy cerca de donde mi familia residía actualmente.
Yo me encontraba tumbado en el sofá, a la espera de un milagro que me hiciera moverme y éste llegó bajo la forma del sonido del timbre. Con el cuerpo pesado por tanto tiempo de inactividad, me levanté y fui a abrir. Era la esposa del vecino, una mujer muy bonita, pero extraña, llamada Eliza.
- Buenas tardes, Horokeu.
- Hola, señora Eliza. ¿Busca a mi mamá?
- En realidad – no pude evitar sonrojarme cuando sus ojos me contemplaron muy fijamente, como si hubiese intentado leer mi mente. Sí, era algo extravagante.-, quería pedirte un favor.
- ¿A mí? – inquirí bastante tontamente y me rasqué la cabeza, sin entender. Nunca me había necesitado para nada y eso que llevábamos más de siete años siendo vecinos.
- Tengo que salir y Fausto no se encuentra; pero no puedo dejar mi casa sola.
- ¿Está cocinando algo? – solté al azar. Ellos tenían varios sistemas de seguridad, lo sabía porque eran innumerables las veces en que mi balón de fútbol había terminado en su patio y yo había tenido que recuperarlo de algún modo. Ninguna otra casa del vecindario debía estar tan bien protegida.
- … Algo así.- me sonrió y eso me bastó. Era curioso, pero para que yo le hiciera a alguien un favor, sólo bastaba con que me sonriera. Aún entonces, no había descubierto si era algo bueno o malo.
De ese modo, acabé dentro de la casa de mis vecinos, casi en las mismas condiciones que en mi propia vivienda, sólo que sentado sobre el sofá, no echado en él. Por lo demás, seguía igual de inerte.
Antes de marcharse, la señora Eliza fue donde me encontraba, llevando consigo varios paquetes de golosinas y una botella de jugo que colocó en la mesita frente a mí y me alcanzó un intacto control remoto bastante moderno.
- Siéntete cómodo y has… lo que sea que ustedes hacen.- pareció titubear unos instantes, antes de alejarse hacia la puerta de salida.- Sólo necesito que pongas atención y que cuando llegue, si escuchaste algo inusual, me lo indiques.
- … Bueno.- me limité a aceptar; después de todo, no parecía valer la pena cuestionarla sobre la tarea tan poco corriente que me había asignado. Además, se veía que ella tenía que hacer.
Me dedicó una pulcra sonrisa que me cohibió un poco y luego se marchó.
Al cabo de un rato, terminé por atreverme a abrir una bolsa de malvaviscos, que era casi lo único que no parecía emitir ondas fluorescentes – asumí que a mi vecina le había costado escoger bocadillos de aspecto "juvenil"- y además, encendí el televisor, aunque no conocía ningún programa, ya que en mi casa no teníamos cable. Reajuste económico.
Me dediqué a mirar, sin ver, un show sobre diez chicos que vivían juntos y trataban de no morir en el intento. Estaba concentrado en abrir la botella de jugo, cuando algo me sobresaltó.
PLAF.
Mi primera reacción fue apagar la televisión, aunque estaba seguro de que el estruendo no había venido de la emisión. Demasiado real. No supe la fina capa de miedo que –tuve la impresión- me envolvió se debió al anterior sonido o bien, al silencio sepulcral que reinó en cuanto presioné el botón rojo del control remoto.
Esperé un par de minutos sin respirar siquiera, concentrado en cualquier atisbo de movimiento que pudiese interrumpir la tétrica calma que bañaba la casa que yo estaba cuidando. Como no sucedió nada, llegué a considerar la opción de que había imaginado todo…
PLAF. PLAF.
… pero no, no era así. Había algo o alguien en el segundo piso y eso que se suponía que estaba solo.
Con toda mi fuerza de voluntad, quise creer que el doctor Fausto, en realidad, sí se encontraba y que simplemente, su esposa no lo había oído en su despacho y había deducido que no estaba y ya. Era poco probable, pero se trataba de lo mejor que podía esperar. De cualquier manera, no vi más salida que subir la escalera y averiguarlo.
Como era deducible en base a la mala suerte que yo solía tener, las luces de la larga escalera estaban completamente apagadas y el interruptor, fuera de mi vista. Subí lentamente, con esa sensación de arrepentimiento tardío impulsándome constantemente a darme la vuelta y correr al seguro calor de mi hogar. Sin embargo, algo más fuerte, que no era ni valor ni terquedad, me atrajo hasta el piso de arriba.
Al igual que abajo, todo estaba perfectamente ordenado, demasiado casi. Sólo había dos puertas: la primera era la del baño y la segunda, la de la oficina del doctor y contrariamente a lo que imaginé, no estaba cerrada. De hecho, estaba abierta de par en par y una débil luz llegaba desde el interior de la pieza.
PLAF.
- … ¿Doctor Fausto?
Me costó sacar la voz para llamarlo, pero lo conseguí, sin obtener respuesta alguna. Me dije que debía estar muy concentrado en alguno de sus múltiples estudios y que lo mejor sería dejarlo tranquilo. Y tal vez, retornar a mi propia casa, ya que él estaba para cuidar la suya…
Pero antes de que me diera la vuelta, él apareció a través del umbral.
REN.
Abrí los ojos. Todo a mi alrededor se limitaba a un vacío negro, ensuciado por una neblina plateada que me enceguecía. Aunque no sentía absolutamente nada, asumí que mi cuerpo debía estar gélido: un delgado forro de escarcha cubría lo que alcanzaba a ver de mis casi azulados hombros.
Intenté mover un brazo, para descubrir que me encontraba dentro de una especie de cápsula de vidrio bastante estrecha y evidentemente, sellada a más no poder. También, gracias a un nuevo esfuerzo, me percaté de que decenas de cables sobresalían de distintas zonas de mi cuerpo.
Piensa. Piensa.
A simple vista, no había modo alguno de salir de allí, como si yo hubiese sido un patético pescado embutido en una lata de acero. Instantáneamente, una ira descomunal me dominó, no soportaba la idea de ser tan débil y no iba a quedarme allí tan fácilmente.
Enseguida, me las arreglé para deslizar uno de mis brazos hacia arriba, rozándolo sin ninguna delicadeza contra la pared de mi prisión y con la indolora sensación de que varios cables se desprendían de mi extremidad con el brusco movimiento.
PLAF.
- Eso.
Mi voz era distante, como si mis cuerdas vocales hubiesen sido congeladas, pero no me importó en lo más mínimo, al ver cómo la parte delantera del sarcófago en el que me habían encerrado se movía casi imperceptiblemente hacia delante. Aparentemente, mi fuerza estaba intacta.
Aún más decidido que antes, me encargué de elevar el otro brazo también, insensible a la presión de las cristalinas paredes que me separaban del oscuro exterior. Dicha acción me tomó más tiempo, debido al espacio que ocupaba, dentro de tan reducida cápsula, el primer brazo; no obstante, como no era de extrañar, lo logré.
PLAF. PLAF.
Al percibir un bajísimo sonido desde lo que parecía ser debajo de donde me encontraba, detuve momentáneamente mi ocupación, sin embargo, un virgen silencio siguió a mi pausa. Tampoco era muy posible tener tal sentido de la audición, como para distinguir algo a tanta distancia.
Eso creí.
De todos modos, aguardé unos instantes, antes de canalizar la impotencia que mi encierro me producía en mis brazos. Con ambos en posición, empujé.
PLAF.
- … ¿Doctor Fausto?
Eso sí que lo oí claramente. La portilla de vidrio se había abierto por fin y mi vista se había adaptado al ambiente entorno a mí: pude contemplar la pequeña oficina en la que me encontraba, cuya puerta daba paso a lo que probablemente sería una vivienda como cualquier otra.
Moví un pie con cuidado, cables se desgarraron. Moví el otro, lo mismo. Enseguida, rápidamente acostumbrado a la libertad, caminé hasta la salida de esa habitación en la que no reparé con gran atención: un instinto que nunca antes se había apoderado de mí me atrajo inminentemente hacia fuera.
Y al salir de la habitación, lo vi a él.
Antes de que cualquiera de uds. se me abalanze con la clara intención de azotarme por andar publicando nuevos fics mientras que aún no he terminado ninguno de los longfics que YA publiqué, me defiendo haciendo hincapié en el hecho de que es un país libre y - más específicamente y dentro del contexto- el hecho de que acabo de actualizar mi fic más largo en contenido así como que continúo con los otros pendientes.
Este fic está basado en Crepúsculo, de Stephenie Meyer - dudo que alguien no lo conozca, pero por si acaso, aclaro: la idea de amor entre un vampiro y un humano. Lo otro será de mi cosecha-. No habrá plagio alguno, en el sentido de que no copio ni personajes ni situaciones específicas; así como tampoco será para nada parecido a Crepúsculo o alguna de sus continuaciones en el sentido de la trama - por ahora, no hay hombres lobo ni cazadores malvados. Por ahora. lol.
Eso. Espero haya gustado, lo escribí hace mucho, la verdad, pero llevo varios capis y los estuve releyendo; consideré que valían la pena y la idea me entusiasma, así que les pido su apoyo y/o opinión :)
Gracias por leer. Nos vemos.
