Gracias a .HimeIchigo., hotokeu-chan, Sanctuari, Lady Tao,
coffee (un apodo ya que x algún motivo no consigo escribir tu penname entero),
sanjixzoro-fan, Anna Kyouyama, Horookeuusui, Tameko-chan y Tamao Nishan; por haber leído y comentado el capítulo anterior.
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2|.Intriga. ◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
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HOROKEU.
Sus ojos eran amarillos, del mismo color del ámbar. Por tonto que suene, eso fue lo único en lo que pude pensar en esos momentos, en cuanto su mirada se clavó en la mía.
Era un chico de mi edad, muy pálido y algo ojeroso, que vestía únicamente un pantalón negro que llegaba hasta un poco más debajo de un par de rodillas claramente escuálidas, tan lívidas como toda su piel. Estábamos alejados el uno del otro y fue extraño cómo quise guardar esa distancia y al mismo tiempo, tuve un casi implacable deseo de romperla.
Pero fue él quien avanzó hacia mí.
- ¿Quién eres tú?
Me sobresalté ante la oleada de sensaciones que su voz me provocó; era como un bálsamo que no parecía venir de la persona frente a mí, sino que de todos lados, a tal extremo mis sentidos parecieron agudizarse.
- Este…
Entonces, tuvo lugar en mi mente un desusado debate: no recordaba que el matrimonio cuyo hogar era anexo al mío hubiese dado, jamás, muestra alguna de tener un hijo o alguien más de quién hacerse cargo. De hecho, yo habría jurado haber oído que no podían ser padres…
Por otro lado, la pregunta que él me había hecho no dejaba lugar para sospecharlo un ladrón o intruso: era demasiado riesgoso; puesto que si, en efecto, él era ajeno a la casa, no habría podido saber que ésa era la primera vez que yo pasaba más de diez minutos dentro de ella.
De cualquier modo, no tuve mucho tiempo para indagaciones: poco después de que me hubo hecho la interrogación, hizo un gesto de dolor y se recargó contra la pared.
- ¿Estás bien?
Sin pensarlo, me aproximé hasta estar lo suficientemente cerca como para sostenerlo de un brazo, lo que me hizo posible constatar que su piel estaba muy fría.
- ¡No me toques! – gruñó, dándome un empujón más fuerte de lo que se podía esperaren vista de su actual estado. Olvidándome de su malestar, me molesté.
- ¡Pues lo siento, no sabía que eras intocable!
Según lo que sus facciones me indicaron, se sorprendió por mi reacción. Volvió a fijar su vista en mí, mientras recobraba la compostura y me fue imposible desviar los ojos, aunque mi ceño seguía fruncido.
- No has respondido.- me indicó con un tono demandante que me irritó. No me agradaba la gente pedante como él.
- No tengo por qué.- le rebatí, intentando sonar duro. Nuevamente, pareció tomado de improviso ante mi respuesta, mas un espasmo de dolor le ganó a sus siguientes palabras.
- Demonios… – se quejó y olvidándome de su actitud desagradable, volví a socorrerlo. Y fue justo a tiempo; pues, casi simultáneamente, él dejó de aferrarse a la pared.
- ¡Ah…!
Terminé en el suelo, lo que no era algo nuevo o chocante, si recordaba la cantidad de peleas en las que había terminado metido durante el último trimestre de clases. Pero no tuve tiempo para deprimirme por el pensamiento: el chico había acabado sobre mí. Me anonadó la pétrea sensación que produjo el contacto de su cuerpo contra el mío.
- Dis… culpa…
Deduje que estaba enfermo; en realidad era un tanto deducible: su piel, además de congelada, se veía hasta un poco traslúcida, y su voz sonaba rasposa. Quise incorporarme y ayudarlo enseguida; mas, al inclinarme, una vez más, su mirada chocó con la mía e incomprensiblemente, me paralicé.
No sé cuánto tiempo pasó sin que ninguno de los dos hiciera o dijera algo – él me observaba sin moverse, completamente inexpresivo y lo único que se escuchaba era mi respiración, que debía de estar mucho más agitada que la suya, que se me antojó inexistente-; en un determinado momento, oí cómo la puerta del primer piso se abría.
Nervioso sin una razón concreta, me pregunté si sería el doctor o su esposa. Luego, al escuchar numerosos andares subiendo los peldaños de la escalera, entendí que habían llegado juntos.
- Aquí estás, Horok… Oh.
- ¡Ren! ¿Cómo…? – me volteé como pude, lamentando que el tal "Ren" no reaccionara y se moviera de encima mío y lo primero que vi fue el rostro de Fausto VIII, el dueño de la residencia.
Se había arrodillado a mi lado y sus ojos color calipso me escrutaban casi con fascinación, sin desviarse hacia el otro chico, como si hubiese sido normal tener un adolescente agónico bajo su techo.
- Querido, creo que algo anda mal con Ren.
- ¡Cierto, cierto! – al fin, el excéntrico hombre que me había tocado de vecino me despojó de su intimidante atención, concentrándose en Ren.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
Contemplé la bolsa que la señora Eliza me había entregado en el mismo instante en que yo había retornado al primer piso.
- ¿Tal vez prefieres los azules? – inquirió con calma, sentada junto a mí en el sofá de la sala. Era estresante estar tan cerca de una persona tan bella; aunque no era como si me gustara ni nada de eso, sólo me ponía algo tímido. Poca costumbre, supuse.
- Estos están bien, gracias…- resignado, abrí el paquete de aros de fruta anaranjados. Para mi asombro, no eran tan malos como se veían.
Cuando ya me había comido la mitad, el señor Fausto bajó. Se sentó en el sillón de enfrente, sobre cuyo brazo su mujer se instaló velozmente.
Algo en el apego del matrimonio me hizo sentirme como un intruso, pero cuando ella me dirigió una de sus sonrisas, la sensación se desvaneció casi completamente.
- Lamento las molestias- se disculpó el doctor, sonriéndome a su vez. Claro que se trataba de dos muecas plenamente distintas, al menos, en lo que me producía cada una. La suya no me convenció del todo.- Ren está algo débil, creo que no come suficientes verduras.
- ¿Es su sobrino?
- …
Ante el silencio incómodo que reinó, lo primero que emitieron mis neuronas para sí mismas fue un torpe ups. Cohibido, jugué con el envoltorio que sostenía entre mis manos.
- Disc…
- Es el hijo de unos amigos.- habló ella, interrumpiendo mi igualmente torpe intento de disculpa.- Estará con nosotros durante un período indefinido.
- Creo que a mi querida Eliza se le olvidó avisarte de su presencia… - con expresión simpática, él tomó la mano de su esposa, demostrando que no tenía la menor intención de culparla de nada. Terminé por sonreír: era difícil no hacerlo al verlos, a pesar de la situación inusual en la que nos hallábamos.
- Y ¿cuándo llegó? No lo había visto antes…
- No sale mucho. No lleva siquiera una semana por aquí.
- Por eso aún no se acostumbra del todo.
Tras la última frase de mi vecino, yo asumí que se trataba de alguien enfermizo y muy tímido.
- Pronto será hora de cenar.- la señora Eliza se puso de pie y yo me volví hacia la ventana, descubriendo un cielo oscuro y unas cuantas estrellas en él.
- ¿No te gustaría comer con nosotros, Horokeu?
- Bueno, la verdad… - incapaz de sostener la mirada del doctor, busqué una mentira convincente para marcharme de una vez por todas.
- Nos gustaría mucho que nos acompañaras. Hay un par de cosas de las que querríamos hablar contigo.
Como, si al pedírmelo ella, hubiese podido negarme…
Rayos.
Sentado a un costado de la mesa del amplio comedor, recordé que no había avisado a nadie, en mi casa, que no iría a cenar…
Bueno, no era nada del otro mundo; más que mal, estaba a dos pasos.
- Te agradecería que no le hicieras preguntas a Ren… - luego de un breve momento sin que nadie hablara, al tiempo que agregaba mucha sal a su ensalada, el doctor dio inicio a lo que, según mis sospechas, sería el tema principal.
- No pensaba hacérselas.- le indiqué, intrigado. ¿Qué le hacía pensar que volvería a hablar con ese chico engreído? Lo cierto es que había planeado, desde el momento en que me encontrara en mi hogar, buscar un modo de arreglármelas para no volver a tener que poner un pie en aquella casa.
- Eres muy amable. ¿Te apetece? – rechacé tímidamente su oferta, sin poder evitar notar que el salero que me tendía había quedado casi vacío. Pero me convencí de que no era asunto mío y me concentré en mi comida.
- Dime, Horokeu, ¿qué te parece tu instituto?
- …
- …
- Es bastante bueno.- terminé por admitir, renunciando a mi instinto inicial de declararlo una cámara de torturas. Temía causar una mala impresión.
- ¿Hay mucha demanda en cuanto a matrículas? – entonces, adiviné el por qué de su cuestionamiento.
- ¿Ustedes quieren matricular a Ren en la escuela?
- Todo depende.- la esposa del médico se había enseriado y me sentí estremecer.- Si los alumnos son problemáticos, dudo que él vaya a encajar.- tras estas palabras, imaginé que de veras el chico que descansaba en el segundo piso debía tener un problema de inseguridad o algo por el estilo, pero, obrando tal y como ellos acababan de pedirme que obrara, no pregunté nada.
- Quizá lo mejor sería que fuera a entrevistarse con el director. Es lo que suele hacerse…, creo.
- Ah. Ya veo.
- Me parece razonable.
Me desconcertaba la manera en que valoraban mi criterio, como si se hubiese tratado de la opinión de un experto en el tema. Claro que no me desagradaba para nada; incluso, me resultaba ameno que, por lo menos en un lugar en el mundo, me consideraran como algo cercano a un adulto.
PLAF.
La familiaridad con que los tres recibimos aquel escándalo estuvo al borde de causarme gracia; por otra parte, los dueños de casa, contra todo pronóstico, simplemente se sonrieron.
- Creo que aún no mide su fuerza.
- Al menos, ya no debe estar tan debilitado.
- ¿Te gustaría ir a ver qué necesita?
Me sorprendió un poco la consulta del doctor, ya que yo, fuera de ser una visita, a penas había conocido a su huésped aquel mismo día. ¿Qué le hacía imaginar que éste último iba a ver con buenos ojos que me enviaran a atenderlo? En suma, yo estaba seguro de que no nos habíamos caído de lo mejor…
- Claro.
Sin embargo, nunca iba a ser capaz de decirle algo como eso, así de directamente, a nadie. Al menos, eso fue lo que pensé en esos momentos.
Subí mustiamente la escalera, preguntándome si Pilika ya habría llegado. Era común, en mí, desviar mis meditaciones del presente que estaba viviendo. Y de nuevo, no sabía si era algo bueno o malo.
- Ehm…
Sentado sobre el marco de una ventana abierta, Ren observaba las calles, distraído. Seguía con el mismo pantalón y sin nada encima, igual de pálido y ojeroso, pero algo, un detalle impreciso, me hizo entender que se sentía mucho mejor que hacía media hora.
- ¿Qué quieres?
- ¿Te encuentras mejor?
No supe la razón que me impulsó a ignorar su mordacidad ni tampoco, por qué de pronto me notaba tan vulnerable. Tal vez la señora Eliza había cocido poco la carne…
- Sí.
- … - en diferencia al primer piso, toda la segunda plana seguía sumida en una penumbra absoluta. Mientras yo me percataba de esto, él dirigió su vista hacia mi persona. Sus iris daban la impresión de ser de oro.
- Gracias.
- Eh… y-yo. Hm, no hay de qué.
Arrugué el entrecejo, sin entrever, antes que nada, por qué me costaba hablar con fluidez y segundo, por qué él dialogaba como si, hacía un rato, no se hubiese comportado tan ásperamente. Lo tercero que no comprendí fue por qué no me molesté en hacérselo notar.
- Así que, ¿no te agrada tu escuela?
- …
Enmudecí. ¿Cómo lo sabía y a qué venía eso?
- ¿Estabas escuchando?
- Algo así.
- No dije que no me gustara.- me puse a la defensiva, asustado por su alta capacidad de intuición. Tampoco era un hecho difícil de adivinar…
- La detestas.
- Bueno, ¿conoces a alguien a quien le guste ir a clases? – inquirí, sinceramente curioso ante la posibilidad de que existiera una persona así. Yo no conocía a ninguna.
- No conozco a mucha gente.
- Oh… bien, de todos modos, el punto es que no soy un adicto al estudio, es todo.
- Pero antes te gustaba.
- ¿Qué cosa? – pestañeé, confundido.
- Olvídalo.- iba a rebatirle, mas antes de que yo hablara, se puso de pie.
La luna del exterior lanzaba un halo blanquecino que entraba por la ventana y acariciaba su rostro y parte de su espalda. Él nunca desviaba la vista, lo que, extrañamente, me incomodó.
- Por cierto.- cambié el tema, aprovechando que él había dado el anterior por zanjado.- ¿Qué fue ese sonido?
- … No sé de qué hablas.
¿De verdad pensaba que iba a desistir tan fácilmente? ¿¡Por quién me tomaba ese tipo?!
- Vamos, claro que lo sabes. Acabamos de oírlo allá abajo, por eso vine.
- Viniste porque Eliza te lo pidió.
- Entonces, sí estabas escuchando.- lo acusé, pero decidió no tomarme en cuenta.
- De todos modos, no tengo por qué contestarte.
- Bien, como quieras.- me di media vuelta, fastidiado y ligeramente confundido.
Como él no agregó nada, sin despedirme, bajé hasta el comedor.
- ¿Todo en orden? – interrogó el doctor, que me aguardaba los pies de la escalera. Me esforcé por guardar un semblante neutro, aunque me sentía enfadado.
- Sí. Por lo menos, yo lo vi bien.- hablé sin mucha seguridad, ya que no tenía idea de cuán bien podía mentir Ren. De cualquier forma, mi vecino sonrió con tranquilidad.
- Perfecto.
- Doctor Fausto…, le agradezco por todo, pero creo que mi madre ya debe haber llegado.- me excusé, sabiendo que hacía rato que ellos no me necesitaban. La señora Eliza se asomó desde lo que debía ser la cocina.
- ¿Ya te vas, Horokeu?
- Parece que su madre ya ha llegado.- le explicó su esposo, para luego sonreírme. Me percaté de que ya me había acostumbrado a que lo hiciera.
Cuando me di cuenta, la esposa del doctor estaba de pie junto a mí, observándome con expresión amable.
- Entonces, es hora de darte las gracias. Has sido un encanto.
- No fue nada… - murmuré, sintiéndome ruborizar. Me dediqué a ver las tablas del suelo, diciéndome a mí mismo que al final, nunca entendería qué era lo que había hecho por ellos exactamente.
- ¿Necesitas que te acompañen? – se ofreció Fausto VIII, a lo que negué con la cabeza.
- No se preocupe, muchas gracias.
Ambos me escoltaron hasta la puerta, invariablemente pegados, como siempre que podían y luego de estrechar la mano huesuda del doctor y agradecer a la señora Eliza por la cena, salí de la vivienda y regresé a mi casa.
REN.
Lo observé fijamente, mientras un curioso aroma inundaba la habitación. Oí pasos a lo lejos, sobre el asfalto. Alguien caminaba apresuradamente en algún lugar de la ciudad.
Sin duda, el humano frente a mí no tenía nada fuera de lo común. Leí en sus ojos algo parecido a la fascinación, no esperaba una reacción diferente a las otras esta vez. La furia del encierro seguía palpitándome dentro, mas la esencia de la estancia me servía como bálsamo.
Vi cómo me analizaba, mucho menos discretamente de cómo yo lo examinaba a él. Era torpe, muy torpe y demasiado curioso, como la mayoría de las personas. El aire se impregnó de intenciones contenidas: él quería acercarse, pero al mismo tiempo, desconfiaba. Como si yo hubiese sido, de los dos, el menos confiable. Sabiendo que nada de lo que él intentara podría perjudicarme, di un paso hacia delante, disminuyendo un poco el espacio que nos separaba. La profundidad del aroma aumentó y los cabellos de mi nuca se erizaron.
- ¿Quién eres tú? – exigí saber, ignorando la gama de sensaciones que me invadían de repente.
Observándolo fijamente como lo hacía, pude ver que algo en mi pregunta lo aturdió un poco, mas no supe qué. De un momento a otro, me pareció que yo, que acababa de despertarme, me encontraba más lúcido que aquel chico.
- Este…
De pronto, lucía consternado, como indeciso sobre qué debía contestarme. Aquello me molestó; me gustaba que me obedecieran enseguida y no entendí por qué alguien tan evidentemente inferior se daba la libertad de dudar en mi presencia. De cualquier manera, no le presté mayor atención a su confusión: una descomunal puntada de dolor me recorrió por dentro.
Reacio a gritar, me recargué contra la pared más cercana.
- ¿Estás bien?
De súbito, algo quemó mis brazos: él me estaba tocando. Percibí el fluir de la sangre a través de sus venas; la vida lo recorría de pies a cabeza su cuerpo joven y lleno de energía y calor. Lo envidié, deseé poseer todo aquello, aunque yo era superior, mil veces más fuerte. Quería esa sangre, esa temperatura… a un nivel más alto de lo recomendable.
- ¡No me toques! – lo alejé de mí lo antes posible, ignorando si obraba por su bien o por el mío. Sin estarlo viendo como antes, olí su enojo.
- ¡Pues lo siento, no sabía que eras intocable!
Bien, eso sí me obligó a mirarlo nuevamente, mientras el ardor de mis entrañas comenzaba a atenuarse. Probablemente, mi organismo aún se estaba acostumbrando a la actividad. Al escudriñarlo, me encontré con una expresión de infantil enfurruño que no me causó el rechazo que habría supuesto.
- No has respondido.- espeté, dejando de lado tantos reparos inútiles.
- No tengo por qué.- abrí más los ojos, sorprendido por su repentina seriedad. No había escogido de qué manera responder su reacción, cuando un nuevo retorcijón me invadió.
- ¡Demonios…! – sin hacer caso a mi anterior orden, volvió a sujetarme, quemándome con su tacto. Esta vez, el dolor era más intenso y con rabia, me sentí languidecido.
- ¡Ah…!
Y claro, como no era de extrañar, su fuerza no alcanzaba para ambos; gracias a esto, acabamos tumbados en el suelo. Su cuerpo amortiguó la caída del mío y me resultó agradable lo acolchado y tibio que era; sin embargo, no sé por qué motivo, de un momento a otro, percibí en él un deje de angustia. Desentendido, supuse que le había dolido el impacto.
- Dis… culpa…
Articulé con esfuerzo, no sólo por mi malestar: su sangre seguía ardiendo. Me obligué a fijar mi atención en él, para no prestar atención a este detalle. Sólo entonces, me di verdadera cuenta de que se trataba de un ejemplar particular: sus ojos no eran ni claros ni oscuros, sólo azules, ni celestes ni negros, y sus rasgos tampoco se definían entre adultos o infantiles; todo en él sugería unas constantes duda e indecisión.
El eco de pasos de mi mente se materializó notablemente, hasta que oí la puerta al abrirse y concluí que había estado vislumbrando anticipadamente la llegada de los dueños de casa.
- Aquí estás, Horok… Oh.
Una voz de mujer quitó mi vista del humano. Era rubia e inexpresiva y misteriosamente, no me era del todo desconocida; fácilmente me habría detenido en ella unos segundos más, si el hombre recién llegado no hubiese hablado.
- ¡Ren! ¿Cómo…?
Sí, mi nombre era ése: Ren. Me llamaban Ren, desde hacía mucho tiempo; quizá, desde siempre. Quien me lo acababa de recordar se inclinó cerca del chico tumbado debajo de mí, analizándolo, a simple vista, con interés. Pero yo pude interpretar, en su mirada, una incomprensión bien contenida, además de preocupación; lamentablemente, me encontraba cansado como para seguir leyendo sus intenciones. Bajé la cabeza.
- Querido, creo que algo anda mal con Ren.
Sus ojos, entonces, se posaron en mí y aunque no me encontraba en condiciones óptimas, lo reconocí. Después de tanto tiempo siendo lo único que yo solía ver desde mi prisión, era imposible que me hubiese olvidado de aquella mirada calculadora y ese rostro engañador. Y capté lo que pensaba: un niño acababa de descubrir parte de su trabajo y este hecho le fascinaba y desconcertaba a la vez.
- ¡Cierto, cierto!
Sí, su voz era la misma de los invariables diagnósticos de antaño.
- Lo llevaré a su habitación. Mi cielo, por favor, acompaña a nuestro invitado por el momento.
- Vamos.- la mujer ayudó al chico a levantarse, lo que me obligó a sentarme sobre el suelo.
Los vi alejarse; el más joven me lanzó una ojeada colmada de consternación. ¿Era posible que se hubiera preocupado? Claro que no: se trataba de esa simple y repugnante manía humana de interesarse, de manera superficial, por el mal de otros.
- Tranquilo, tranquilo.- murmurando incoherencias de ese estilo, Fausto VIII me hizo incorporarme. Sus manos no poseían una alta temperatura; en realidad, carecían de ella.
Cerré los ojos, súbitamente agotado y me dejé conducir, absurdamente habituado a obedecerle.
No obstante, en cuanto me descubrí nuevamente acomodado dentro del vítreo sarcófago, un odio descomunal llenó cada una de mis células, tan profundamente, que ni siquiera fui capaz de rugir. De todos modos, aunque ésa hubiese sido mi intención, Fausto se encargó de prevenirla inyectándome aceleradamente una sustancia que me calcinó por dentro.
Casi instantáneamente, mi vista se nubló; su rostro ojeroso se deformó frente a mí y caí en un estado que ya conocía bien, de falso sopor. Eterna pesadilla.
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Al despertar, todas mis molestias habían desaparecido; sentía, incluso, la necesidad de desgarrar algo, de romper cosas, de destruir.
Contrariamente a lo que yo recordaba, la puerta de mi cárcel estaba herméticamente cerrada una vez más. Sonreí.
- Dime, Horokeu, ¿qué te parece tu instituto?
Por primera vez, no fue el rencor lo que me poseyó al distinguir, no lejos de donde me encontraba, aquella voz grave. Antes de que esto sucediera, mi atención recayó en el nombre.
Horokeu. Me agradaba.
- Es bastante bueno.
Él seguía allí, debajo de mis pies. Intenté atrapar, en el aire, su aroma fresco – que seguramente estaría impregnado con la mentira que divisé en sus palabras-, mas el material de la cápsula frustró mi acción. Mi sonrisa, evidentemente, había desaparecido.
Siguieron llegándome sus comentarios, por mucho que yo hubiese cesado de intentar escucharlos. Sabía que debería mejorar eso, pero antes que nada, quería salir a divertirme.
PLAF.
La puerta se abrió en ciento ochenta grados o más, yo salí sin grandes ceremonias de donde me habían encerrado (otra vez) y llegué hasta fuera de esa oficina falsa, frente a la gran ventana que antecedía los primeros escalones. A punto de salir, más que nada por curiosidad, cometí el error de volver a prestarles atención.
- ¿Te gustaría ir a ver qué necesita?
- Claro.
No, pensé. Eso no importaba, yo saldría. Ese chico llegaría arriba y yo me habría marchado y probablemente, nuestro primer encuentro habría sido el último. Avancé hasta la ventana, que estaba abierta y la noche me acarició el rostro, invitándome, una vez más, a una nueva aventura donde el cielo sería mi único testigo. La tentación no se limitaba a ser enorme: era irrechazable, como el hecho de existir. Sólo la muerte podría matar aquel llamado poderoso.
Agarrotado, me senté. Sólo me senté, inmerso en una humillante derrota mental, mientras oía sus pasos aproximándose y observaba, con desgano, aquel delicioso universo incoloro del que, en aquella ocasión, yo no formaría parte.
- Ehm…
- ¿Qué quieres? – lo detestaba. Detestaba su presencia y la manera en que ésta, según lo que constaté, conseguía alborotar mi manera de obrar.
- ¿Te encuentras mejor?
- Sí. – vacilé, dos segundos antes de replicar con tono monótono, brindando a mi respuesta una falsa indiferencia: en efecto, su pregunta había removido algo en mi exánime fuero interno, mas era demasiado improbable como para aceptarlo entonces. Inusualmente dudoso, me decidí y lo inspeccioné, intentando adentrarme en aquel enigmático mirar cuyo dueño me confundía sin saberlo, como nadie nunca lo había logrado. También, determiné arriesgarme y mantener mi orgullo intacto, aplicando métodos de coraje. Experimentando:- Gracias.
- Eh… y-yo. Hm, no hay de qué.- capté su consternación.
- Así que, ¿no te agrada tu escuela? – comprendí que nunca dejaría de ser un placer el ser superior hasta los más mínimos detalles, en cuanto distinguí en su presencia una cuota de estupefacción.
- ¿Estabas escuchando? – decidí dejarlo creer lo que para sus limitadas expectativas era creíble.
- Algo así.
- No dije que no me gustara.-
- La detestas.- me corregí, asombrándome de la sonrisa que sus vacilaciones me provocaron.
- Bueno, ¿conoces a alguien a quien le guste ir a clases?
- No conozco a mucha gente. – me limité a hacerle saber. Más que mal, era cierto.
- Oh… bien, de todos modos, el punto es que no soy un adicto al estudio, es todo.
- Pero antes te gustaba.- y mi gusto por los riesgos, para mi sorpresa, seguía conmigo.
- ¿Qué cosa?
- Olvídalo.
¿Cómo esperar que alguien como aquel muchacho asumiera que yo podía conocerlo más que él mismo?
Era incoherentemente interesante, el cómo no podía estar tranquilo tan solo porque lo observaban. Y es que con cada segundo de silencio que moría, la inquietud en su aura aumentaba un poco más.
- Por cierto. ¿Qué fue ese sonido?
- No sé de qué hablas. – y por sobre todo, era tan gratamente sencillo el mentirle sin un solo atisbo de vacilación, porque ¿quién era él para mí? Podía ser yo mismo sin temer nada, porque yo era él más fuerte y él sólo estaba a mi merced.
- Vamos, claro que lo sabes. Acabamos de oírlo allá abajo, por eso vine.
- Viniste porque Eliza te lo pidió. – él, al contrario, no servía para cambiar las verdades, ni siquiera inconscientemente y mucho menos, con el menor disimulo. Como yo me había percatado que acostumbraba a hacer, desvió la conversación.
- Entonces, sí estabas escuchando.
- De todos modos, no tengo por qué contestarte.
Después de todo, algo de valor debía de mostrar al menos uno de nosotros y estaba más que claro que él no tendría la cortesía de asumir la verdad de la situación. Por otro lado, poco me importaba el enojo que mi sinceridad podría producirle ni las consecuencias de éste. Él podría interrogarme toda su vida, sin conseguir un solo dato relevante sobre mí, puesto que siempre estaría en desventaja…
- Bien, como quieras.
Y se marchó.
Con toda la resolución y simpleza del mundo, ese chico se dio la vuelta y se retiró de mi vista, como si nada en mí hubiese podido inducirle la menor curiosidad. Indignación, odio, rabia… todo pasó de largo, dejando paso a una sensación que yo jamás habría esperado incubar a causa de alguien de su especie: intriga.
Lo peor fue que, de pronto, todo parecía más oscuro y ajeno y por un instante, mi seguridad tuvo la desfachatez de vibrar ligeramente y me encontré preguntándome qué movía las reacciones de aquel chico, Horokeu y más ilógico aún, cómo podía ser controlado.
- ¿Descansaste? – gracias a un atisbo de consideración, Fausto VIII mantenía en la más absoluta oscuridad cada habitación de su casa, desde el instante mismo en que su joven vecino se había ido. Tras hacer la interrogación, como si mi respuesta hubiese podido importarle, su mujer se levantó de su asiento y desapareció tras una de las puertas.
- Hasta que dignaste a bajar.- con una sonrisa que me desagradó, él, aún sentado, me invitó a sentarme, gesto que no tomé en cuenta.- Debo pedirte que te abstengas de golpear la puerta de la cúpula de nuevo, Ren.
- Abstente de encerrarme.- le sugerí.
Mi voz salía fría y secamente, sin que este detalle pareciera llegar hasta sus oídos. Seguramente, para alguien como él, todas las voces eran iguales, a excepción de la suya y la de su esposa.
- Eso dependerá de tu comportamiento.- me informó el responsable de que yo estuviera allí en esos precisos momentos, al tiempo que Eliza volvía con nosotros. Percibí un familiar y placentero aroma e instantáneamente, mi vista recayó en la copa que sus manos sostenían firmemente, mientras ella llegaba frente a mí.
- Debes tener hambre.
El líquido oscuro contenido en el fino recipiente de cristal, cual imán, me obligó a aproximarme y ella no retrocedió, como lo habría hecho cualquier otra mujer en su lugar.
- Creo que lo mejor será volver a invitar a Horokeu a cenar – mientras ella hablaba, el cálido elixir penetraba mi garganta. Cerré los ojos, disfrutando de una tétrica y momentánea paz-. Por mucho que puedas dudarlo, él es el método más seguro para que te adaptes.
- Adaptación.- asintió Fausto. Quise atravesarlo con mi mirada, una vez que mi alimento se había terminado, mas su sonrisa no se alteró.- No te aflijas, cuando estemos asegurados, ya no tendrás que verlo más. Pero actualmente, tendré que pedirte que lo mantengas cerca.
- ¿Que yo lo mantenga cerca? – no había querido hablar a menos que fuese necesario, sabiendo cuánto valor le otorgaría a mis palabras. Sin embargo, la extrañeza, por una vez, ganó a mi fuerza de voluntad.
- Por su parte, es obvio que no tendrá inconveniente en acercarse a ti; tiene una mentalidad increíblemente sencilla. Pero para la gente como él, la frialdad de los de tu clase resulta casi como un repelente.
- Como siempre, Eliza tiene la razón. Estudia su comportamiento cuando te encuentres con él y trata de imitar lo que parezca relevante.
- No tienes por qué copiarlo en todo – tranquilizante oración me dedicó la amada del científico, en el preciso momento en que sentí algo rugiendo dentro de mí. Jamás, jamás me habría rebajado a tomar a un humano como ejemplo.- Sólo observa su estrategia de tolerancia y qué lo hace ser del promedio.
- ¿No pudieron escoger algo mejor?
- Como te indiqué, él es lo más seguro, ya que, primero que nada, es uno de los pocos jóvenes que viven cerca, y desde ahora, tienen la misma edad.
Lamí mis labios, quitándoles el privilegio de tener mi atención. Mis pasos sonaron por la estancia, mientras ambos se enfrascaban en un diálogo que únicamente les concernía a los dos. Reflejándose en el vidrio de la ventana frente a la que mi caminar me había llevado, un hilo restante de sangre me prometió que si tenía paciencia, habría resultados fructíferos y satisfactorios. Al tiempo que mi lengua limpiaba aquella última evidencia de mi primera cena en mucho tiempo, mis ojos vagaron hasta la negra estructura a la cual tenía vista.
Descubrí, entonces, que la ventana más alta de la casa de Horokeu, más cercana de lo que yo había imaginado al hogar de quienes me hospedaban y retenían simultáneamente, daba directamente al rincón que emanaba su nombre: su alcoba. A través de la penumbra y burlándome de la distancia, que habría impedido a cualquier persona ordinaria observar el menor movimiento al interior de la habitación, percibí lo que debía ser el respaldo de su cama, disimulado por las diversas sombras que a esas horas llenaban el dormitorio.
Nuevamente, mientras una sonrisa curvaba mi boca con discreción, sentí aquella satisfacción de llevar una eterna delantera, conociendo más de aquel a quien, quisiera o no, debería encadenar mi destino para pertenecer a aquel mundo que siempre me había repugnado. Y contrariamente a lo que yo mismo habría esperado de mí, me descubrí cuestionándome ante la posibilidad de que algo dentro de toda la mentira que estaba a punto de forjarse tendría el más mísero valor para nadie.
Wii. No es un capítulo realmente interesante, pero sí muy útil al momento de plasmar la repercusión individual del primer encuentro - léase: sirve para saber qué madres pasó por la cabeza de Ren y de Horo cuando y después de que se vieran por primera vez-.
Gracias a la gente mencionada y a quien haya leído hasta aquí. Nos vemos en el tercero.
