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3|.Acercamiento. †◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦

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HOROKEU.


- …

- …

El umbral parecía volverse cada vez más áspero, dañándome la espalda tras un largo rato de haberla estado apoyando contra él; mis ojos estaban fijos en el sofá, sin que mi mente estuviera utilizando verdaderamente el sentido de la visión.

Ren, al contrario de mí, era lo más cercano a una estatua que había bajo mi techo a presente; sin que mis ojos chocaran con los suyos, yo sabía que estos últimos no se despegaban de mí.

Y por primera vez en todas las vacaciones de verano, me maldije por no haber acompañado a mi madre a hacer las compras, como ella siempre me pedía - obviamente, en vano. Nunca había tenido cargo de conciencia por ello; sin embargo, sucedía que aquel día, dos minutos después de haber quedado solo en mi casa (para variar), el timbre había sonado.

Aún entonces, más de media hora después de la sorpresiva visita de la señora Eliza y el poco corriente chico que residía con ella y su esposo, yo no podía decidirme qué me había pillado más desprevenido: si su petición de permitir que Ren pasara la tarde conmigo o el hecho de que éste último, como si hubiese sido la primera vez que nos veíamos, no hubiese demostrado el menor asomo de oposición.

Habiéndolo invitado a tomar asiento en la sala de estar, yo llevaba varios minutos casi clavado contra el marco de la puerta, como si una superficie invisible me hubiese estado impidiendo aproximarme hacia el asiento desde el que Ren me contemplaba, completamente inexpresivo.

- ¿Algo de beber? – ofrecí, basándome en las estrategias que había visto usar a mi padre para librarse de los ambientes incómodos.

Sin modificar una sola facción de su semblante, él se limitó a negar con la cabeza quedamente.

- Estoy bien.

Otra vez, un tenso mutismo – al menos, desde mí punto de vista- nos envolvió.

- ¿No quieres sentarte?

Con los oídos acostumbrados únicamente al repiqueteo de las manillas del reloj de mi salón, tal fue mi sorpresa ante su súbita pregunta, que olvidé mi arma de defensa y elevé la mirada hasta encajarla con la suya.

- Eh…sí.- finalmente, sonreí, a pesar de lo inhabitual de las circunstancias; lentamente, llegué frente a donde él se encontraba sentado, para enseguida tomar asiento a su lado, bastante alejado de él.

Otro silencio nació, matando otro puñado de tiempo, durante el que mi vista se concentró únicamente en mis rodillas. Un cosquilleo en la mejilla me advirtió que el extraño muchacho junto a mí había vuelvo a fijar su vista en mi persona.

- ¿Qué haces para entretenerte? – inquirió con tono monótono, justo cuando yo comenzaba a preguntarme a qué hora pensaban volver los demás habitantes de mi hogar. Rasqué mi cabeza.

- Me gusta jugar a la pelota, pero ya no queda nadie con quien hacerlo.

- ¿Y tu hermana?

- ¿Eh?

Me impresioné, no recordaba haberle mencionado a Pilika. Supuse que mis vecinos le habrían hablado de las familias cuyas vidas rodeaban las suyas, y cuyos integrantes, de vez en cuando, se cruzarían en su camino desde ahora

- No pienso jugar con ella.- confesé de inmediato, desentendido. No le veía la gracia a la idea, sinceramente.- De todos modos, Pilika siempre sale.

- Y ¿qué más?

- No lo sé… - suspiré, dándome cuenta de una horripilante verdad:- En realidad, hace mucho que no hago nada.

- ¿Nada? – una nota de burla me obligó a ponerme a la defensiva; quizá, me asustó la idea de volver a enfrentarme al sabelotodo al que había echado de menos, en sentido figurado, hasta esos momentos.

- Bueno, mi balón está desinflado, no tengo computador, mis amigos no están, no tengo dinero, y no le veo ningún atractivo a dar vueltas en círculo alrededor de mi casa.

- En resumen, pasas los días encerrado.

- Es un modo de decirlo.- fruncí el ceño, pensando que todo sonaba más grave viniendo de otra persona. Si lo decía yo, hasta podía oírse gracioso…

- Sin embargo – continuó y por dos segundos, temí que me soltara algún comentario desagradable. Pero no fue así, no enteramente.-, pareces más del tipo activo. Algo no encaja en todo esto.

- Eres raro.- sentencié, relajándome de repente. Me recosté con mayor comodidad y soltura, considerando la probabilidad comenzar de nuevo con aquel chico, ahora que no me inspiraba tanta antipatía como durante nuestro primer diálogo.

- No más que tú.- ladeando una sonrisa llena de superioridad, él se cruzó de brazos, recargándose contra el respaldo del sofá. Comprendiendo, entonces, que era el mismo de la noche anterior, resoplé algo frustrado.- Oye, Horokeu.

- ¿…?

Por primera vez, aunque muchas seguirían, ocurrió algo que difícilmente podría explicar algún día: mi solo nombre pronunciado por él produjo una especie de retardo en el mundo, como si todos los movimientos de la superficie terrestre se hubiesen detenido ante el sonido de su voz pronunciándolo.

- Me aburro.

- Ll… Llámame Horo. Es más corto.- no obstante, decidí olvidar aquella extraña sensación que, después de todo, no tenía ni pies ni cabeza.

- Bueno, Hoto.

- Horo.

- Como sea.- volví a arrugar el entrecejo, algo irritado por su innegable facilidad para ignorarme.

- Y ¿qué quieres hacer? – me rendí, estirándome con pereza.

En cierto modo, no había esperado que alguien como él fuese del tipo que se aburría no haciendo nada, ya que lucía más bien tranquilo.

- En vista de que es tu casa, lo más indicado sería que usaras tu propio cerebro para determinar una actividad.

- … ¿Eh? – no supe si fue mi expresión o si él había hablado así a propósito para confundirme; el hecho es que en esos momentos, Ren rió por lo bajo, consiguiendo que un aura de madurez increíble lo rodeara.

Sin encontrar con qué responder su actitud soberbia, me limité a aguardar.

- Que pienses tú en algo, bobo. Yo soy la visita.- alzó una ceja, expectante y terminé por hartarme.

- Para ser una visita, eres bastante exigente.- apunté, consiguiendo, aparentemente, sorprenderlo con mi observación. Pretendiendo rascar nuevamente mi cabeza, levanté una mano hacia mi nuca; no obstante, en medio del trayecto, la suya la detuvo.

- Es que, ¿tienes un imán en los dedos? – ironizó, al tiempo que observaba mis yemas, como buscando algo.

De algún modo, esto me exasperó.

- ¿¡Cuál es tu problema, eh!? ¡Que yo sepa, no es asunto tuyo lo que yo haga o no con mis manos!

- ¿Recuerdas si Eliza mencionó a qué hora iba a volver? – pasando sobre mi exclamación, me dedicó una ojeada de completa indiferencia, todavía sosteniendo mi palma.

Comprendiendo que, con las personas como él, era difícil hacer valer mis opiniones, suspiré quedamente.

- No dijo nada… De todas formas, no veo por qué no pudo dejarte en su casa, no es como si la hubieses podido incendiar, ¿o sí?

- Mm. Aún no tengo una copia de las llaves… -recordó, hablando distraídamente y haciéndome sentir excluido (una vez más).

- Bueno, la tarde es larga.- dando un salto, me puse de pie bruscamente, imaginando que de ese modo me liberaría de su enojoso agarre. Contra toda expectativa, sólo conseguí que él se parara conmigo, sin soltarme.- Lo mejor será encontrar algo con qué matar el tiempo… ¿Te molesta? – le enseñé nuestras manos tomadas, sonrojándome sin motivo aparente. Él ladeó una sonrisa sin el menor disimulo, lo que me crispó.

- ¿Ya se te ocurrió algo? – desenganchando nuestras manos, me vislumbró con curiosidad, supuse que a la espera de alguna buena idea.

- ¿Conoces el vecindario? – dándole una cucharada de su propia medicina, aplasté su pregunta con otra, encaminándome hacia la puerta.

- No realmente.- admitió, siguiéndome de cerca y agradecí el hecho, porque ahora sería posible hacer algo más que estar sentados toda la tarde.

- Vamos a dar una vuelta, ¿te parece? Así aprovechas de ubicarte un poco; después de todo, ahora vives aquí.

- … Está bien.

Tras estas palabras, salimos de mi casa y, guardando mis llaves dentro de mi bolsillo, tuve la tentación de inquirirle algo acerca de su anterior residencia; mas, recordando lo que le había prometido a Fausto VIII, reprimí mi curiosidad.

- ¿A dónde vamos?

- Ehm… ¿Prefieres ir cerca del cerro o seguir la hilera de autos para conocer las casas?

- Qué variado recorrido.

- ¡Pues encuentra tú algo qué hacer! – le chillé, un poco harto por ver mis esfuerzos tan vilmente menospreciados. Cosa que me sorprendió: él sólo me dedicó una de esas muecas burlonas que, yo había constatado, solía esbozar.

- No tienes para qué alterarte. Vamos al cerro.

La tarde estaba fresca, a pesar de la estación en la que nos encontrábamos; lamenté no haberme llevado un sweater.

Ren, quien tampoco estaba muy abrigado, lucía perfectamente acorde con el clima, me pregunté si sería posible que yo padeciera de hipotermia; él no habría podido verse tan a gusto si verdaderamente estaba helado…

- ¿Sueles venir mucho por acá?

Las faldas del cerro eran el final de una especie de mini-barrio en la que los chicos de en donde yo vivía solían hacer partidos de fútbol o fumar, según la ocasión lo ameritara; claro que, en vista de que estábamos de vacaciones, en aquel entonces, la zona estaba desierta.

- Antes…-repliqué.

Recordé que, cuando yo tenía trece años, mi mamá había encontrado una cajetilla vacía en uno de mis pantalones sucios; se me había prohibido volver a ese lugar, hecho que únicamente duplicó mis idas, normalmente clandestinas.

Me sentí extraño y volviendo al presente, constaté que mi acompañante volvía a contemplarme, casi como si hubiese compartido mis memorias con él.

- Ven, subamos un poco.

- Como quieras.

De ese modo, me encontré dando grandes zancadas cuesta arriba, por entre muchos troncos y sobre un suelo terroso y desigual, cuya humedad era insensible a la luz del sol.

- Quizá por el ramaje.- oí a Ren decir, al mismo tiempo que, con mucho menos esfuerzo que yo, ascendía por entre los árboles.

- … - yo no supe qué responderle; puesto que, aunque era evidente que se refería al porqué de la humedad del ambiente, no comprendí cómo había adivinado lo que me estaba cuestionando.

Pero me olvidé de ello cuando estuve a punto de resbalarme, luego de lo cual me concentré en llegar vivo hasta donde fuera que íbamos.


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- No es un lugar desagradable.

- Eso es lo más amable que te he escuchado decir.

- … Estúpido.

- ¿¡Qué dijiste?!

Estábamos en una especie de llanura entre el inicio de la cuesta y su cima, donde el Sol pegaba un poco más fuerte, mas no lo suficiente como para que hiciera calor. Durante todo el trayecto, más que dialogar, nos la habíamos pasado discutiendo por tonterías y en cierto modo, yo ya me había acostumbrado a ese sistema.

- No me digas que te cansaste.- se asombró él, de un modo bastante engreído, en cuanto me senté sobre un tronco talado, quedando frente a un cuadro compuesto esencialmente por plantas, esto último haciéndome olvidar replicarle con algún insulto.

Siempre me habían agradado las áreas verdes y lo cierto era que aquélla era una de las principales razones por las que nunca había cesado de ir a ese sector, hasta hacía poco.

Estaba sumido en esas reflexiones, cuando Ren, quien había estado explorando tranquilamente el sitio, volvió a hablar.

- Quién lo diría.

- ¿Mm? ¿Qué pasa?

Me puse de pie y fui donde él se encontraba, medio inclinado hacia un rincón entre dos arbustos. Traté de ver qué era lo que había llamado su atención, por lo que me tuve que acercar bastante, hecho que lo sacó de su ensimismamiento.

- No pensé que volvería a ver de estos.- acto seguido, se agachó ágilmente, obligándome a hacer lo mismo en caso de que quisiera comprender de qué estaba hablando. Levanté un poco la cabeza y comencé a buscar con la vista.

- ¿Ver qué cosa? –quise saber; él se inclinó aún más hacia los matojos y según lo que alcancé a distinguir, arrancó algo de allí.

Entonces, se giró en mi dirección, quedando los dos frente a frente y me enseñó una flor semejante a una rosa marchita, de un oscuro color violeta y pétalos más bien grandes. Era muy bella, de un modo muy inusual.

- ¿Te gusta?

- Está bonita. ¿Qué es? – me allegué un poco más para verla bien, sin notar que ya casi no había espacio entre nosotros. Él aproximó la planta a mi rostro y contestó:

- Es un acónito…

Sin saber el motivo, me vi inexplicablemente absorbido por la contemplación del acónito, como si la flor hubiese tenido algún tipo de poder hipnótico. Cuando me di cuenta, los ojos de Ren estaban paralelos a los míos, es decir que él también se había acercado para observar.

- Te gusta la naturaleza, ¿cierto, Hoto?

- Es Horo. Y sí, me gusta mucho.

- ¿Sabes el significado de esta planta?

A presente, mi vista se había deslizado del vegetal al chico frente a mí; algo en su mirada estaba distinto, ya no era burlona ni escéptica, sino increíblemente fría, pero impregnada de algo más que yo no era capaz de identificar.

- No… - justo cuando iba a preguntarle si él lo sabía, los pétalos de la planta rozaron mi nariz y fueron resbalando hasta mi labio superior; aún sin percibir ningún aroma emanando de ella, me sentí ilógicamente absorto.

- Buscas mi muerte.

- …

- Lindo, ¿no?


REN.


- ¿Sabes el significado de esta planta?

- No… - fue su única respuesta; dejándome llevar por la incomprensión, lo analicé sin disimulo, con una sensación extraña, dividida entre la neutralidad y algo alarmantemente similar a la sugestión.

Él estaba en una especie de trance y para que escuchara lo que yo decía, tanteé su rostro con la flor, sorprendiéndolo a penas un poco; después de eso, se mantuvo casi tan aturdido como antes.

- Buscas mi muerte.

- …

- Lindo, ¿no? – pregunté, sin aguardar respuesta. Acto seguido, estiré mis rodillas para quedar de pie, sin soltar el acónito, y aguardé a que él hiciera lo mismo.

Un sonido de pasos acaparó mi atención y lo impulsó a él a girarse sobre sí mismo, sin variar su postura y quedando, sin embargo, de espaldas a mí; a pesar de que evidentemente, su reacción fue muy posterior a la mía.

- ¡Por aquí nunca vien…! Oh…

- ¿Qué sucede?

Tal y como yo lo había intuido, se trataba de un pequeño grupo de gente, chicos entre los once y los trece años, quienes, a penas nos vieron, se detuvieron en seco, intentando parecer únicamente sorprendidos. Mas era demasiado tarde: mi olfato ya había alcanzado el aroma del alcohol de la botella que uno de ellos escondía tras su espalda.

Patéticos. Los humanos son patéticos.

- Mejor nos vamos…

- Seh…

- … Qué extraño, por aquí no suele venir tanta gente…

Al tiempo que los enanos se alejaban, Horo se puso de pie y estando a unos centímetros de mí, pude percibir la sangre bullendo en él.

- …

Tengo sed.

Fue un momento, nada más que eso, pero sucedió: él aún dándome la espalda, mi cuerpo estuvo a punto de actuar por sí solo y lo cierto es que me invadió, a pesar de que intenté reprimirla, una voluntad insoportable de acercarme aún más, de tocarlo.

- Mmm, tengo hambre.

Pero fue sólo un momento. Un instante de debilidad.

- Por lo que he notado, eso no es nada nuevo… - me aparté, esforzándome por llenar mis pulmones con el aire puro, con el fin de eliminar esa sensación tentadora de mi interior.

- Já, lo dices como si nos viéramos todos los días. No sabes nada de mí.

- Sé más de ti de lo que tú llegarás a saber de mí en el porvenir.- le indiqué, algo confuso; puesto que se suponía que sus palabras me fueran insignificantes y no obstante, me había percatado de que no podía evitar reaccionar cada vez que me hablaba.

- ¿Quieres apostar?

- No tiene caso.

- Sí, cómo no… ¡Oye, espérame!

Percibí su correteo detrás de mí, en cuanto me dedicaba a descender de la explanada y el hecho de que él me pidiera que lo aguardara, de alguna forma, no me molestó para nada.

- Mejor tú date prisa… - claro que no por eso iba a obedecerle.

La bajada fue incluso más breve que la subida, y al iniciar el retorno hacia la zona donde se alzaban las viviendas, mientras él me comentaba algunas nimiedades acerca de los alrededores – cosas que Fausto y su mujer, por cierto, ya me habían informado con anterioridad-, noté que era más tarde de lo que yo había imaginado que sería durante nuestro regreso.

Y considerando mi experiencia con el paso del tiempo, eso era verdaderamente notable, sobre todo si alguien de su nivel se veía implicado.

- ¿No tienes frío?

- No.

- Para ser verano, el clima realmente apesta.- se quejó, haciéndome recordar que ésta era una costumbre bastante común en la gente.

- ¿Debo deducir que no te place el frío? – lo cierto es que no me interesaban sus gustos y aversiones; mas se suponía que debía acatar ciertas cualidades suyas, eso había entendido, aunque la idea no era de mi absoluto agrado.

- Sí me place, sólo que me… deshabitué.

- Mucho tiempo sin ir a las montañas.- complementé, obviando el detalle de que él no me había mencionado nada relativo a las montañas…

- ¿Cómo sabes eso? ¿Te contaron que mi familia viene de Hokkaido?

- Es obvio, ¿no crees? – evadí la interrogación, algo fastidiado ante la posibilidad de tener que inventarle siempre excusas sobre el porqué de mi aparente exceso de conocimiento. Una cosa más a la que yo no estaba dispuesto.

- Bueno, sí, un poco… jejeje.

Sin ocultar mi anonadamiento, lo escudriñé, bastante asombrado de su capacidad para reír tras un comentario sarcástico como el que yo le había hecho.

Ésa sería una de las muchas características de Horokeu que yo entendería que no iba a encontrar en ninguna otra persona.


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- ¿Seguro que no quieres?

- Te repito, por segunda vez, que no.

- ¿Tampoco quieres comer algo?

Sosteniendo una taza de chocolate con ambas manos, me dedicó tan incrédula mirada que me inspiró una suerte de sorna.

- Veo que tienes problemas para captar los mensajes.- no me abstuve de comentar, a lo que él replicó de la forma que ya había adoptado, musitando, con el ceño fruncido, algo sobre una supuesta falta de modales mía, entre otras cosas sueltas.

- … además, si mal no recuerdo, tienes una salud muy delicada y además, nunca te he visto comer. Además…

- "Y además… y además", no te metas en lo que no te importa.

Estábamos en su cocina, iluminados a penas por una débil lámpara que resplandecía desde el techo, de la que yo me encontraba confortablemente alejado. Lo vi adoptar una expresión confusa por mi repentina pérdida de paciencia y me ofuscó el hecho de que él fuese capaz de sacarme de quicio con su insistente y sobre todo, impertinente forma de ser.

Y es que, si se suponía que debíamos pasar tiempo juntos, yo me las tendría que ingeniar para conseguir que él dejara de hacer tantas observaciones.

- Tú lo dijiste – masculló entre dos sorbos de su bebida, al tiempo que yo daba un par de pasos hacia donde se encontraba- : no me importa.

- Y para tu información, mi salud no es delicada, así que en adelante, abstente de hablar sin saber lo que dices.

- ¡Te repito que me vale un huevo cómo esté tu salud, ya veo que de todos modos aunque trate de ser amable, tú eres igual de pesado!

Suficiente. Demasiado.

Fue rápido, más de lo que yo mismo habría esperado; antes de darme cuenta, ya estaba a dos pasos de empujarlo contra el refrigerador que había a su espalda. Si no hubiese sido por el timbre…

- Debe ser la señora Elisa… - pasando junto a mí y según noté, reacio a dirigirme la más fugaz mirada, Horokeu fue a abrirle a mi supuesta tía, dejando su taza sobre el mueble junto al fregadero.

Una duda irremediable me envolvió durante breves instantes, antes de que su voz, ya menos crispada que dos segundos atrás, me llegara desde el pasillo que llevaba hasta la puerta principal de la casa, en donde supe que la mujer de Fausto esperaba.

- ¿Piensas quedarte allí parado?

- … Necio.

Antes de que lo alcanzara hasta la entrada, ya había distinguido la esencia característicamente opaca de Eliza; en cuanto llegué, vi cómo ella fingía ser una persona completamente normal y cálida, sonriendo al ingenuo dueño de casa como la vecina ideal que él la consideraba.

Y lo que eso me inspiró no fue principalmente rencor hacia esa mujer ni desprecio por Horo, sino una injustificada determinación a encargarme de que aquel chico, a lo largo de lo que durara mi condena en aquel vecindario, fuera capaz de ver con ojos menos ingenuos lo que había a su alrededor.

Previendo que no sería fácil, sólo pude ladear una sonrisa, la última del día.


¡Y falta poco para que las cosas se calienten!

Omg lo del acógnito sinceramente me excitó xd pese a que lo escribí hace meses... a los que no entiendan, do not worry: ya aparecerá en un futuro... lejano xd

(pensad, pueblo, pensad: vampiros..., desear..., muerte..., slash. xd)

Bueno, muuuchas gracias por haber leído; debo admitir que estuve mucho tiempo esperando a llegar a los 20 reviews, pero ni modo, soy una maniática con esto de promediar la cantidad de comentarios por capítulo y esas cosas. De todos modos, a quienes esperaban la actualización, aquí está para Uds :)

¡Nos vemos!