†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
5|.Hipnosis. †◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
HOROKEU.
- Señor Usui, ¿me haría el favor de despertarse?
Abrí los ojos de golpe, recién percatándome de que me había echado sobre el pupitre sin la menor elegancia ni disimulo alguno.
- Perdón, señorita...
- Le agradecería que no me cambiara el sexo, gracias.
- Idiota, es la clase de aritmética.
Casi con miedo, procesé las palabras de Ren, que me habían llegado desde atrás y comprendí que, en efecto, llevaba al menos dos clases sin noción espacio-temporal.
- Señor profesor, hay alguien en la puerta.- el aviso, hecho por una voz piadosa a unos cuantos puestos del mío, hizo que el maestro volteara la cabeza.
Afortunadamente, aquel momento fue escogido por una de las inspectoras para asomarse al interior de la clase; quería dar una charla sobre las futuras elecciones del centro de alumnos y ocupó casi todo lo que quedaba de hora, por lo que el incidente fue olvidado.
- ¿Siempre has sido tan vago? – molesto, me giré sobre mi silla para encarar a Ren, que me miró con sorna.
Desde el día de nuestra entrada al instituto, su llegada había sido toda una primicia, como si se hubiese tratado del primer chico nuevo en la historia de la escuela, y evidentemente, no era así; supongo que eso se debía, más que nada, a su facilidad por impresionar a todo el mundo, por salirse con la suya siempre y su gusto por sentirse superior, cosas sencillas de obtener siendo como él era con gente como nuestros compañeros.
Claro, porque ninguno de estos suponía lo desagradable que él podía llegar a ser si le daba la gana.
La campana sonó y como siempre, tuve que apresurarme para guardar mis cuadernos, antes de que él me abandonara en la sala, sin la menor intención de aguardar por mí. Lo cierto era, por triste que sonara, que él encajaba en mi colegio mucho mejor de lo que yo lo hacía desde los últimos años.
- ¿Qué tenemos ahora?
- ¿Cómo quieres que sepa?
- Considerando que llevas años aquí, no es una idea del todo descabellada.
- ¡Pues para tu información, el horario cambia todos los años, así que no tengo por qué sabérmelo! – chillé a todo pulmón, lo que tuvo como consecuencia que uno de nuestros compañeros nos indicara algo cohibido que debíamos ir hasta los laboratorios.
- Hm.- sin siquiera agradecer, Ren se alejó a buen paso y no me quedó otra que seguirlo, preguntándome cómo era que desconocía el horario pero sí sabía hacia dónde caminar.
Acostumbrarme a su presencia en la escuela había sido incluso más sencillo que acostumbrarme a su llegada al vecindario, probablemente por la posterioridad y el hecho de que ya nos conocíamos un poco mejor; aunque en el fondo, si lo pensaba bien, yo no sabía casi nada sobre él, había miles de preguntas por hacerle, pero cuando lo intentaba, él siempre encontraba algo con qué evadirlas sin el menor disimulo, lo que me hacía preguntarme cómo es que alguien tan descarado podía ser tan discreto cuando se lo proponía.
- Buenos días, joven Tao.
- Señor Director…
- Veo que ya se ha adaptado.
- Se hace lo que se puede. Si me disculpa, no quiero llegar tarde.
- Por supuesto. Tenga una buena jornada.
Ren reinició el trayecto e ignorando completamente mi persona, el director se alejó campantemente.
- ¡De nada! Pudiste mencionarle que te he sido de ayuda o algo… - no pude evitar quejarme; quizá, me molestaba en parte que alguien que apenas y me había mirado una vez en su vida se tomara la molestia de detenerse a entablar conversación con él.
Me parecía injusto.
- Por favor, prácticamente es al revés.
- Pesado.- entramos al laboratorio indicado y me di cuenta de que mi enojo había comenzado, ya, a disiparse.
Porque aunque no iba a admitirlo, a pesar de que él fuese un engreído, ir a la escuela no era lo mismo que antaño, con Ren junto a mí.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
- ¡Nooo…! – desilusionado, vi que el maestro borraba lo anteriormente escrito en el pizarrón, que yo no había alcanzado a anotar por completo. A mi lado, sin necesitar estarlo viendo, supe que Ren había esbozado una sonrisa llena de mofa.
- ¿Realmente no pudiste escribirlo todo?
- ¡No es mi culpa que lo borre enseguida!
- Puedo asegurarte que tú y un tipo de la segunda fila son las únicas tortugas de la clase.
- ¿Cómo lo sabes, eh?
- Observación.
Estábamos sentados en una de las últimas filas, porque a pesar de que mi vista no era la mejor, Ren siempre parecía evitar estar cerca de la gran mayoría, el profesor comprendido; lo cierto es que yo había notado, en los pocos días que llevábamos asistiendo a clase, que no solía interesarse mucho por casi ninguna materia, y aún así, siempre que le dirigían alguna pregunta, se salía con la suya. Algo que por desgracia yo no lograba casi jamás.
Intenté concentrarme, a pesar de sus constantes comentarios criticándolo casi todo y en un determinado momento, involuntariamente, me percaté de que sus discretas frases mordaces habían cesado. Al escudriñarlo, lo descubrí más serio de lo que era normal en él.
- ¿Pasa algo?
- Hoto, dile a tu amigo que deje de estar mirando para acá, ¿quieres?
- ¿Cómo dices?
Como por inercia, mi vista fue a parar directamente hacia donde Allen se había instalado, junto con un par de chicos de mi salón que solían desagradarnos cuando nosotros aún éramos los mejores amigos.
Desde donde estaba, él me semi-sonrió.
- Es molesto. – la respiración de Ren me llegó hasta detrás de la oreja y supe que se había acercado a imitar mi ademán de ver mejor a nuestro compañero; sin embargo, yo no entendía qué tanto le molestaba de Allen, a parte del hecho de que se trataba de una persona sociable, lo que podía significar que eran absolutamente opuestos el uno del otro.
Aunque yo no iba a defenderlo.
- ¿Podrían cerrar la boca?
Anna Kyouyama era una de mis compañeras de toda la vida y, aunque yo nunca había hablado más de dos minutos con ella, sabía muy bien que tenía una personalidad difícil y un carácter más bien fuerte; por lo mismo, en cuanto se giró bruscamente de su puesto adelante del nuestro, automáticamente di un respingo hacia atrás, chocando contra el torso de Ren, que fue un receptáculo más bien duro.
- D-disculpa, Kyouyama.
- Sí, lo que digas.- su mirada pasó fugazmente de mí hasta él, en quien se detuvo durante unos instantes.
Poco después, Anna volvió a mirar hacia la pizarra.
- ¿Quién es ella?- oí a Ren preguntándome y me di cuenta de que ya no me era tan inusual escuchar su voz de cerca, como si siempre me estuviera susurrando; quizá, porque él no era alguien tan ruidoso como yo, al menos, no todo el tiempo.
- Anna Kyouyama, mejor no te metas con ella.
Fui sincero y antes de agregar nada, descubrí que estaba sentado prácticamente contra él, en vista de que me había servido de muro para no terminar en el suelo cuando había retrocedido.
Sólo entonces estuve consciente de su tacto frío en mi brazo y espalda y del hecho de que él mismo no me había dicho nada o empujado, como habría sido natural.
Y aunque eso no era del todo común, lo que menos me fue comprensible fue mi repentino sonrojo.
- Oye, quítate. Pesas.
- …
Quise contraatacar con algo a la altura, mas me encontraba demasiado desorientado como para hacerlo, por lo que simplemente me acomodé sobre mi propio asiento y de un momento a otro, un inevitable bostezo me asaltó.
- Qué vago.
- Ya lo dijiste hace un rato.- le recordé, gruñendo, cerrando mi cuaderno con resignación, en vista de que ya había perdido la mitad de la materia de esa clase.
- Me alegra saber que le pones atención a todo lo que digo, es un halago.
- Hm…
No pude abstenerme de mirarlo de soslayo, si bien había decidido permanecer molesto durante un buen rato; puesto que, aunque no pretendía hacérselo saber, constaté que mirando bien las cosas, él tenía más razón de la que parecía.
- Ya lo sé.- dijo de pronto.
- ¿C-cómo?
- Nada. Toma, para que hagas algo productivo.- dándome con su cuaderno en la cara, él se dedicó a observar el pizarrón con expresión aburrida, casi como si hubiese estado oyendo y leyendo cosas que ya daba por sentadas.
- Gracias.-mascullé, antes de enfrascarme en la copia de lo que me había perdido anteriormente.
Finalmente, la clase concluyó y llegó la hora del almuerzo.
- ¡Yupi!
- Oye, Hoto, espera un momento…
- ¡Ni sueñes, tú nunca me esperas!
De ese modo, salí corriendo del aula con la esperanza de encontrar, para almorzar, un puesto apartado del resto; puesto que aunque no me molestaba la presencia de los demás estudiantes, prefería comer en privacidad, disfrutar la comida y el poco tiempo que tenía para hacerlo...
Tranquilamente.
- ¿Qué ocurre?
Me sobresalté con la pregunta o mejor dicho, por el hecho de que Ren ya se encontrara detrás de mí- a lo largo del tiempo, yo había notado que él tenía la asombrosa capacidad de ir de un lugar a otro con una rapidez fuera de serie, dando la sensación de que se tele-transportaba, si bien eso era imposible-.
O bien, tal vez mi consternación fue por la completa ausencia de sarcasmo en su voz.
- Erm… nada.
- Ja.
- ¿Qué? – caminamos lado a lado por el patio principal, hasta llegar afuera del casino, que contaba con una zona al aire libre muy aprovechable durante el inicio del año.
Al mirarle la cara, vi que las facciones de Ren estaban ligeramente contraídas, a pesar de que sonreía.
- Que no sabes mentir.
Recordé lo que me había dicho sobre lo de que éramos afines y lo que ello implicaba, que las cosas serían más fáciles para ambos. Y quise creer que de algún modo, era cierto.
- Sólo me acordaba… - comencé, de cualquier forma, sorprendido de que hubiera notado que algo no andaba bien en esos instantes.
Tomamos asiento en una de las tantas mesas del exterior, en la que ya habíamos pasado esa hora los otros días: ubicada lo más lejos posible del sector más concurrido.
Coloqué mi pote de comida sobre la superficie, era lo que habíamos cenado en casa la noche anterior y yo había alcanzado a salvar, porque no me daba para cocinarme algo durante la mañana y mi madre solía decir que ya estábamos grandes para ocuparnos de ello – cosa que a Pilika tampoco le simpatizaba mucho-; por su parte, Ren sacó uno de sus cuadernos sin diseño y un bolígrafo y cuando le pregunté si no pensaba comer, al tiempo que buscaba un jugo individual al interior de mi bolso, él me respondió sencillamente que no, sin justificaciones o detalles.
- Eso está mal… Con razón eres tan pálido.
- Sólo es un color de piel. No tengo hambre, así que no como, es todo.- vino a mi mente la impresión enfermiza que él me había dado la noche que nos habíamos visto por primera vez y quise volver a insistirle, pero él adivinó mis intenciones.- Métete en tus asuntos.
- Como quieras… ¡Diablos! – exclamé, al darme cuenta de que había llevado leche y no jugo, como había sido mi intención. En efecto, realmente no tenía tanta gravedad, sólo que… - No me gusta la leche.- suspiré.
- Yo la quiero.
- ¿Enserio? – no supe si mi alegría se debía al hecho de que no tendría que tragar algo que me desagradaba ni botar alimento o al hecho de que Ren iba a comer algo. Rápidamente, le entregué la caja.
- Es buena.
Él la recibió con una sonrisa ladeada y no pude evitar contemplar todo el proceso: desde que desenvolvió la pequeña caña, la llevó hasta la apertura del producto y la enterró, hasta que sus labios se posaron sobre el extremo de ésta y estuvieron listos para succionar la bebida…
- ¡¡Voy a comprar un jugo!!
- ¿¡Por qué demonios gritas!?
Sin replicar nada, me alejé, a grandes zancadas del lugar, en dirección a la cafetería interna, sin tener en cuenta que no llevaba mi billetera y, principalmente, que de todos modos, ésta estaba como nueva.
Es decir, vacía.
Pero nada de eso me importó en cuanto estuve dentro del casino, puesto que realmente me encontraba consternado por lo que acababa de suceder; es que, si tenía que ser sincero, no era algo nuevo, eso de quedarme pegado observando a Ren en una situación completamente normal, como cuando nos sentábamos a no hacer nada o caminábamos por ahí o incluso, algunas veces, cuando reñíamos – cosa que ocurría a menudo.
Ya yo me había percatado que, desde un inicio, con él, siempre me mostraba más observador que con el resto, lo que sin ser mucho, algo cambiaba las cosas; no obstante, en aquella ocasión, había sido distinto.
Había sido… peor.
- Auch… perdón.
- ¿Mm…?
La verdad es que ni siquiera sentí el impacto; sin embargo, según el semblante preocupado de la chica, cualquiera habría dicho que había sido algo notable, lo que me hizo pensar que o yo había estado demasiado reflexivo como para notarlo o ella estaba exagerando un poco.
- Es que no te vi, de veras lo siento, ¿te lastimaste? Debo fijarme mejor por dónde voy, de hecho, no debería ir a ningún lado, porque soy un peligro público… y hablo demasiado, ¿verdad? Lo estoy haciendo, estoy hablando demasiado; ay, siempre es lo mismo, una vez que empiezo yo no…
- Eres graciosa.
No pude no decirlo, era cierto y por otro lado, ella acababa de sacarme una sonrisa y hacer que me olvidara de lo que estaba pensando. Aparentemente, mi comentario la hizo sonreír a ella, quedando ambos iguales. Y sólo entonces, me di cuenta de que su rostro se me hacía más o menos familiar.
- ¿Te conozco? – ella pareció algo estupefacta por la pregunta tan brusca, una manía mía de soltar las dudas sin premeditarlo.
Sus ojos castaño rojizo, casi fucsia, a penas y se fijaron en mí, antes de replicar.
- N-no realmente. O sea, yo sé quién eres y todo, pero… pero no nos conocemos, realmente, aunque una vez, t-tú… realmente no sé si debería mencionar esto… el año pasado, tú y tu amigo se pelearon y… y yo…
- ¡Ah, ya me acuerdo! Tú me ayudaste, ¿no? – no había querido cortarla, pero ella ya estaba tartamudeando y por otro lado, el recuerdo me había impulsado a hacerlo sin querer.
Ciertamente, se trataba de la muchacha pelirrosada que me había llevado a la enfermería el año anterior, luego de la primera y actualmente última pelea tras la que yo había terminado verdaderamente mal y no sólo físicamente; porque desde aquella ocasión, Allen y yo habíamos dejado de hablarnos.
- No fue nada, realmente… ¡¡Este…, no quise decir que no sirviera para nada, sino que haría lo mismo si se diera la ocasión!!
- Je, je… Dices mucho "realmente", ¿verdad?
- Realmente no lo hago a propósito… - murmuró ella con timidez, haciendo que yo terminara por reír.
- ¿Pasando un buen rato, Hoto?
Me volteé bruscamente, quedando frente a frente con Ren, quien soltó una risita déspota y lanzó a mi acompañante una mirada bastante intimidante, con cuyo motivo yo no pude dar.
- ¡Ren! Sí, ella es divertida.- volví a mirar a la chica, a la que la presencia del recién llegado parecía haber puesto aún más nerviosa que antes; por alguna razón, el ambiente no era del todo relajado, como instantes atrás, por lo que decidí alivianarlo.- Ah, oye, no me has dicho tu nombre.- le sonreí, después de todo, ella era muy dulce.
- Y-yo… me llamo Tamao.
- Yo soy Horo-horo, mucho gusto. Aunque ya nos conocíamos, ¿no?
- S-s-…
- Y yo soy Ren Tao, es un placer.- se presentó el mismo, adelantándoseme hacia Tamao, lo que me impidió ver qué posible expresión estaría luciendo. Eso sí, asumí que no era igual de amigable que la manera en que se estaba presentando, puesto que casi enseguida, ella se alejó un par de pasos y evitó verlo de frente.
- El pla… cer es m-mío… P-perdón, pero… ¡me tengo que ir!
- Pero…
- M-me alegra mucho haberte conocido al fin, Horo-horo.- pronunció a una velocidad asombrosa, antes de alejarse muy a prisa, lo que me hizo suponer que la comida de su bandeja ya se habría vertido toda…
- Así que, ¿ya la conocías, Hoto?
- ¡Es Horo! ¡Y ya van dos!
- ¿Y tu jugo?
No comprendí la razón por la que de pronto, yo mismo estaba algo tenso; quizá, debido a la reaparición de un nerviosismo anterior, el mismo que me había impulsado a levantarme de nuestra mesa tan exasperadamente, hacía un rato.
O podía ser a causa de que la mirada intimidante era, ahora, exclusivamente para mí.
- Se me olvidó la billetera.
- ¿Y Tamao te lo hizo notar, amablemente?
- ¡Uuy, ¿cuál es tu problema, eh?!
- ¿Qué quieres decir? Yo únicamente te hice una pregunta; si tú te exaltas así, sin motivo, es cosa tuya.
Mi primera voluntad fue golpearlo allí mismo, pero no era el lugar y tampoco se suponía que me buscara los mismo problemas del año pasado, cometiendo los mismos errores – reflexión que supuso un esfuerzo desmesurado para mí, porque Ren verdaderamente podía ser irritante algunas veces. Por lo que solamente di media vuelta y traté de respirar hondamente, contando, dentro de mi mente, hasta diez, técnica que mi hermana solía usar conmigo de niños.
- No es para tanto, ¿o sí? – percibí la pregunta a poca distancia, mas recién iba en el número cinco, por lo que apreté los puños y guardé silencio.- Creí que teníamos la misma edad.- agregó, justo cuando mi sacrificio por no cometer actos violentos en un lugar tan concurrido concluía.
- ¡Acaso, ¿quieres pelear…?! – corté mi interrogación, puesto que al girarme, lo había hecho para gritarle a un espacio vacío; a pesar de que acababa de hablarme, él no estaba ya detrás de mí, lo que me dejó perplejo.
Y entre lo que pasó desde que me percaté de su ausencia hasta que volvió al rincón en el que habíamos acabado, pude percatarme de que, sin contar que Ren me había estado molestando a propósito y que había tratado muy fríamente a Tamao, lo que me tenía alterado era el hecho en sí de estarme esforzando por no pelearme con alguien, cuando él y yo nos la pasábamos insultándonos y todo el embrollo.
En el fondo, con Ren, yo parecía otra persona…
- ¿O es que comenzaste a serlo?
- … ¡¿Por qué siempre haces eso?! ¡Es atemorizante!
Era una costumbre, aquello estaba declarado; ya ni siquiera podía ensimismarme por un momento, si no quería andar dando saltos de susto cada vez que Ren cortara bruscamente el silencio, apareciendo de la nada y asustándome. Aunque asumí que me acostumbraría.
- No es como si no te fueses a habituar. No sabía que eras un cobarde, pero lo tendré en cuenta desde ahora.
Antes de que le reclamara, él cogió en mi mano con la suya, siempre helada, y me hizo entrega de un paquete rectangular, algo alargado y de cartón, igualmente frío y con la imagen de una manzana reluciendo en el envase.
- Esto…
- Creí que a eso habías venido. A menos que tengas algo nuevo que relatarme.
REN.
- Esto… - antes de que una ligera sonrisa, poco común en él según lo que yo había podido ver hasta entonces, asomara en su rostro, ya yo la había visto formarse dentro de sus ojos.
- Creí que a eso habías venido. A menos que tengas algo nuevo que relatarme.
No conseguí comprender por qué me callaba, en lugar de hacerle dar la cara como el hombre que creía ser y admitir los motivos que había tenido para dejar nuestro lugar de almuerzo. Genuinamente, ¿creía él que yo no había notado el verdadero motivo de su partida, hacía un rato?
Tanta desfachatez era capaz de irritarme, mas, por alguna razón, yo no me encontraba molesto; al menos, no por ello.
Retornamos a la mesa, en donde su comida aguardaba todavía, junto al envase vacío de leche.
Lo cierto es que los alimentos líquidos, como ésta o el vino, no resultaban tan repugnantes como los bocados sólidos, a pesar de ser técnicamente inútiles; consumir algo de necesidad humana era un reto que me había auto-impuesto, casi por aburrimiento, a pesar de que el gusto metálico propio del calcio era relativamente placentero.
- Está rico.- me informó, dando un sorbo de jugo de manzana, antes de tomar sus utensilios para comer.
Yo lo había notado: era común entre nuestros co-habitantes de la escuela obsequiarse cosas entre ellos, una actitud tonta, pero que también me había apetecido probar aquella mañana, descubriendo con bastante asombro que al hacer ese tipo de cosas, por lo menos en cuanto a lo que Horokeu se refería, no era del todo insoportable.
Así como tampoco me había sido enojoso ver cómo su vista no se despegaba de mí, si bien su propia respuesta frente a ello, cuando él se había dado cuenta y había salido prácticamente corriendo con la excusa de comprar, me había parecido algo demasiado impulsivo.
- ¿Cómo conocías a Tamao? – quise saber, formulando bien la pregunta para obtener una respuesta libre de los infantilismos tan propios suyos.
La chica era notoriamente menor, además de demasiado introvertida y temblorosa para alguien como Horo; lo primero que me había venido a la mente al tenerla cerca había sido la idea de que ella no era para él, pensamiento acompañado de un rechazo inminente que hacía mucho tiempo que no me embargaba y que, por cierto, no tenía mayor justificación.
Sólo había deseado que ella se marchara y, como era de esperar, lo había conseguido; pero, objetivamente hablando, yo entendía que tanto repudio – pues sobrepasaba el desdén que me inspiraba el resto de la humanidad con la que debía interactuar- no era algo común ni netamente explicable.
- Me ayudó en un mal momento – él estaba siendo menos preciso de lo normal, lo que me pareció no sólo sospechoso, sino que hasta molesto.
- ¿Cuándo? – insistí, sabiendo que se refería a una ida a la enfermería, puesto que sabía escuchar mejor de lo que él podría suponer jamás.
Cuando un halo de dolor traspasó momentáneamente sus ojos, fue como si una semilla de odio hubiese comenzado a crecer ardorosamente dentro de mí y tuve la certeza de que detestaría a alguien implicado en lo que oiría a continuación.
- El año pasado… - dejó de comer durante un momento, clavando sus ojos en los míos, mientras me percataba de que el amago de sonrisa de su rostro era casi tan falso como la neutralidad de su voz.- El que era mi mejor amigo, dejó de serlo. Y nos peleamos y… bueno, terminé en la enfermería. Tamao me llevó, por eso la recordaba.
- ¿Por qué se pelearon? – recordé al chico moreno que había estado viendo en nuestra dirección durante una de las clases de la mañana, en el laboratorio, y la sensación de oposición que acompañaba su imagen en mi mente. Supe que me hablaba de él.
Él esel culpable.
- No lo sé. – fruncí el ceño, copiando, sin querer, su procedimiento para demostrar desagrado.
- No me mientas. Creí haberte indicado que no funciona conmigo.
- ¿Me prometes que no vas a decírselo a nadie? – rodé los ojos, otro de los malditos hábitos que se pegaban en esa comunidad.
- ¿A quién se supone que podría decirle, hazme el favor?
Pero, en cierto modo, algo en su última pregunta me causó un involuntario gozo…; aparentemente, ya me había ganado su confianza.
Y eso me gustaba.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
- ¡Oigan, caminen más rápido, que quiero llegar pronto para comer algo! ¡Vamos, Ren!
La hermana de Horo-horo tironeó tercamente de la manga de mi blazer nuevo, por lo que me vi obligado a adoptar su ritmo – demasiado acelerado para mi gusto… y el de cualquier "persona" normal-, al tiempo que mi supuesto amigo se burlaba de mi infortunio.
- ¡Gracias, Ren, ahora ya no me fastidiará a mí! – leí bien en su frase el subentendido "porque estará ocupada fastidiándote a ti"; mas antes de poder rebatir su ilusa observación, Pilika interfirió.
- ¡Eres muy malo, hermano! Lo que pasa es que Ren es un caballero, así que es normal que todos lo prefieran a él.- eso y una exposición bastante poco femenina de su lengua dejaron a su hermano en silencio.
A pesar de que la menor de los tres iba despreocupada y veloz por el camino, fácilmente pude girarme para ver qué le había parecido el comentario a Horokeu, pero no tenía un aspecto indignado por aquella verdad, tan crudamente dicha, cosa que a mi parecer habría sido menos aburrida.
"- Fue algo tonto. Desde que teníamos trece, coincidíamos en casi todo: a los dos nos gustaban las plantas, los deportes, los animales… pero hace año y medio, llegaron a donde él vive unos chicos algo mayores con los que Allen se empezó a reunir.
- Con mayores, no te refieres tanto a los años, ¿cierto?
- Tendrán dos años más que nosotros, como mucho. Pero siempre estaban actuando como adultos, se creían muy maduros.
- ¿Y? No veo por qué razón habrían de golpearse por ello.
- Argh, seré breve: nos juntamos y me peleé con ellos por algo que dijeron, una tontería que ya ni recuerdo. Luego Allen empezó a distanciarse y cuando por fin le pregunté, me salió con que yo lo… opacaba.
- ¿Él te golpeó?
- No… yo lo hice. Y terminó peor de lo que habría esperado. Pero no me arrepiento, no lo necesitaba."
Era una historia banal para mi gusto, pero con sólo recordar el esmalte afligido de sus palabras, algo me hacía desear yo mismo opacar al tal Allen y no en un buen sentido. Total, era un humano menos en el mundo.
Pero había distinguido en la mirada de Horokeu y en su manera de no dar detalles que aún quedaba en su corazón estúpidamente grande algo de aprecio por alguien tan notablemente despreciable y eso era, en realidad, lo que era intolerable, más que meros hechos de un pasado en el que yo no me veía implicado.
Lo cierto es que su viejo amigo representaba un intruso para mí.
- ¿Pasas a casa, Ren?
Antes de lo que comúnmente se me hacía de largo el camino, ya marchábamos sobre nuestra cuadra; Pilika pestañeó rápidamente mientras sus ojos claros me vislumbraban y me descubrí asintiendo. Supuse que, tal y como había sucedido con su hermano, ya comenzaba a habituarme a su molestosamente energética personalidad.
- Adelante.- invitó Horo, en cuanto la única chica de nosotros tres ya se había propulsado hacia el interior de la casa de los Usui.
Fueron dos segundos, entre dar un par de pasos desde la entrada de su vivienda hasta haberme adentrado; sin embargo, mi vista se clavó ínfimamente en la suya. Y aquello bastó para hallar en su semblante un halo de sentimientos encontrados que habían estado siendo reprimidos y que él volvió a enmascarar. Sólo dos segundos.
- ¿Quieres comer algo? – entramos, como ya era costumbre, a su desordenada e increíblemente abastecida cocina, en donde Pilika ya había dejado sus huellas.
Como ya era habitual, pasé por alto su ofrecimiento absurdo, mientras él se dedicaba a buscar algún aperitivo.
- Tengo mis nuevas llaves.- anuncié, recordando que se suponía que aquello fuese una noticia medianamente relevante.- Puedes pasar cuando quieras.- agregué, suponiendo que él sería capaz de interpretar la dureza de tan forzada invitación.
- Ni que me importara.- y no me equivoqué.
Luego de que su anormalmente potente apetito fue saciado, subimos hasta su revuelta habitación, lo que me alivió por ser una garantía de que su pequeña pariente no volvería a revolotear a mi alrededor muy pronto, en vista de que por una u otra razón, los demás integrantes de la familia Usui respetaban, al menos, la privacidad de Horo-horo.
- ¿Ya quieres hacer los deberes? – me preguntó, cosa inusual en él.
- Planeo hacerlos más tarde.- respondí con generalidad, absteniéndome de hacerle saber que todo cuanto nos preguntaban era de mi absoluto conocimiento.
Me senté sobre su cama destartalada, haciendo caso omiso de la repulsión que el contacto con tan burdas mantas provocaba a mi organismo y me dediqué, inertemente, a analizar las probabilidades de que los planes de Fausto VIII incluyeran de forma permanente a una persona común e ingenua como el dueño de una habitación tan típica.
La verdad de las cosas, para mí no suponía ninguna clase de problema utilizar herramientas vivas para yo mismo sobrevivir, aquélla era mi regla de vida, y una larga temporada sobre el mundo, además de distintas sociedades, me hacía inclinarme certeramente hacia la total indiferencia frente a mi entorno; el trabajo en equipo no existía para los que compartían mi maldición.
Sin embargo, a mi estructura individualista se había amoldado demasiadamente bien otro tipo de rutina; casi como si Horokeu Usui pudiera volverse particularmente esencial, a pesar de que yo tenía muy claro que el humano seleccionado por mis opresores no era ni más ni menos que eso: una herramienta…
- …
Fue cuando sucedió. Más rápida que su don del habla, su mente ya formulaba la dolorosa reflexión que él se había mantenido reacio a emitir aquel día y en cuanto mis sentidos lograron interceptarla, algo peligrosamente similar al respeto por algo ajeno asaltó momentáneamente mi parecer.
Antes de que me diera cuenta, me encontraba detrás de él, quien sólo observaba a través de su ventana el paisaje comunal y aburrido de su vecindario, callado como nunca daba la impresión de poder mostrarse.
- Fue más de lo que habrías querido soportar.- declaré seriamente, casi con crudeza, paseando mi vista desde su hombro hasta el paisaje que él vislumbraba a través del vidrio.
- Claro que no. Sólo que… nunca quise opacar a nadie.
- Descuida – me descubrí aún más próximo a su espalda, con los labios abiertos a pesar de mi siempre prudente política de guardar un acertado silencio, al tiempo que términos involuntarios brotaban casi hostilmente de los primeros- , las personas como tú únicamente pueden brillar…
Las primeras veces, había sido instintivo: me había preguntado cuán deliciosa y cálida sería su sangre, cuán delgadas sus venas, cuán saciado quedaría yo en el caso de que Horokeu se me aproximara demasiado en un momento en que mi organismo sufriera de una baja alimenticia.
Sin embargo, en esos instantes, mis labios se encontraban a escasos centímetros de su cuello, quizá algo más arriba, y ninguna interrogación de las anteriores apareció.
- Gracias… creo.
Mis brazos lucharon contra un impulso de encerrar su cintura, delante de la mía, mientras mi propio cuerpo ya había eliminado casi completamente el espacio entre nosotros. Instantáneamente, me intrigó de forma anonadante la razón de que algo relacionado a un ser inferior pudiese sepultarme en un estado con aquel calibre de trance, y también, si cabía la probabilidad de que algo así tuviese peores consecuencias de las que ya se podía entrever.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
Cuando hube retornado a la casa junto a la de Horokeu, tanto el doctor como su esposa me escudriñaron de un modo impertinentemente analítico, antes de que la mujer me alcanzara mi copa nocturna.
- Es O positivo – me advirtió con su voz pétrea y llena de falsa amabilidad, mientras mi vista navegaba por el líquido. Desilusionado, hice un gesto de disgusto.- Pronto llegan nuevas reservas, pero no es conveniente que el hospital se dé cuenta de las repentinas faltas, de momento. Ten paciencia.
- Ren tiene un paladar más fino que el promedio.- acotó Fausto, disfrazando su burla de halago.- Este tipo de sangre tan común ha de resultarte repugnante; no te preocupes, dentro de pocos días tendrás algo de mejor calidad.
- Creí que tenían alcance a todas las clínicas.- balanceando el cristalino recipiente, aguardé a que su diálogo cesara de incluirme; detestaba alimentarme en su molesta presencia, pero el hambre empeoraba considerablemente mi humor.
- Veo que no ves las noticias. Ha habido un sinnúmero de accidentes últimamente y las transfusiones se han multiplicado en muchos establecimientos de salud. Desafortunadamente para nosotros, eso significa una limitación en cuanto a tu nutrición; pero por supuesto, no quiero decir que me desagrade que hayan podido salvar a todas esas personas.
- Por supuesto que no, querido; tú mismo hiciste milagros el día de hoy.
Por algún motivo, el sustantivo "accidentes" sonó muy poco específico, considerando quién era mi interlocutor, por lo que me fue posible adivinar que era probable la existencia de un vínculo entre mi estancia en su falsamente perfecto hogar, la simplicidad de mis brebajes últimamente y los sucesos causantes de la segunda. Mas eso no era lo suficientemente intrigante, por lo que, tras terminar de beber, me retiré de aquella estancia colmada de ambición y farsa, preguntándome cuánto alimento me faltaba aún para recobrarme por completo.
Porque en cuanto recuperara mi bienestar original, ellos serían historia.
Mi intento de habitación, un conjunto de muebles escogidos por el insano matrimonio que me hospedaba, permitía una vista incluso mejor que la de la ventana más grande del segundo piso, por donde yo me había habituado a escapar durante las noches, antes de verme relativamente instalado en una nueva alcoba más sombría que la casa en sí, lo que resultaba perfecto. Quedaba aún más próximo a la casa vecina, en donde los Usui vivían una rutina carente de la menor sospecha sobre lo que se urdía a una cincuentena de metros de su nido.
Me gustaría saber cuánto tardarán en venir.
Un sonido lejano me distrajo del comienzo de reflexión en el que me sumergía; a lo lejos, Horo-horo, encorvado sobre su humilde escritorio, como cualquier humano promedio y aburrido, se dedicaba sin ganas a completar como fuera uno de los cuadernos que llevaba en su mochila, deduje que el de ciencias, en vista de que el resto de las asignaturas debían ser para él cual lagunas mentales, si intentaba recordarlas.
Eres un instrumento, no tienes idea de lo fácil que me sería destruirte cualquier día de estos.
Lo vi bostezar con hastío y deseé estar con él, expresamente, para comparar en voz alta su boca con la de un hipopótamo; evidentemente, eso no era conveniente y tampoco me influía demasiado. Sólo era para matar el tiempo, puesto que era difícil encontrar algo que hacer cuando no se tenían necesidades básicas que marcaran mi horario.
La noche es día y el día es noche, cada uno llega siempre sumido en la oscuridad.
Al verlo dormirse sobre la silla, me pregunté cuánto le habría importado saber la mitad de lo que sucedía a su alrededor y si el hecho de no decírselo era por proteger mi identidad o la suya.
Cuando el cielo comenzó a esclarecer, tornándose grisáceo, recién me percaté de que seguía en la misma posición frente a mi ventana y con la vista hacia su vivienda; sin preocuparme por la hora, sabiendo que era menos de las cinco de la madrugada, bajé tranquilamente las escaleras, cuestionándome si sería posible que en la cocina de Fausto VIII hubiese algo similar a la leche.
Wii. Gracias por leer :D Como vemos, la relación entre Ren y Horo cada vez se parece más a la de un par de amigos comunes, aunque sin perder la particularidad que existe entre ellos (léase: la costumbre de pelearse causa de cada partícula en el aire).
Nos vemos pronto :3
