†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦

6|.Fricción. †◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦

†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦


HOROKEU.


- ¡Horo! ¿Cuántas veces vamos a pasar por esto, hermano?

La voz de Pilika me llegaba desde lejos, a pesar de que asumí que no estaba a dos metros de mi cama o en su defecto, verdaderamente estaba molesta, por lo que chillaba más fuertemente de lo común – es decir, increíblemente alto.

Llevaba un par de semanas durmiendo pésimo, despertándome en mitad de la noche incómodamente echado sobre mi escritorio o en un par de ocasiones, en el baño; esto se debía esencialmente a que estaba dejando muy de lado todo lo relacionado con la escuela y no me acordaba de manera verdaderamente consciente de las tareas hasta que Ren y yo nos separábamos, lo que de por sí sucedía cada vez más cercana la noche, en vista de que éramos no sólo vecinos, sino que, además, algo así como mejores amigos…

"Descuida, las personas como tú únicamente pueden brillar…"

Sepultado bajo las cobijas como me encontraba, pude de todos modos notar que el estómago se me removía plácidamente al recordar aquella tarde, una de las primeras semanas de clase, que estaba tan lejana y a la vez, se me antojaba muy reciente. Había sido el día en que yo me había convencido de que en efecto, el chico alojado por mis vecinos y yo éramos camaradas.

- ¡HERMANO!

- Con permiso. Buenos días, Pilika.

- ¡H-hola, Ren…! Tú por aquí, tan temprano…

Me sorprendí bastante, pero no pude evitar ponerme escéptico, de tan solo imaginar cómo se habría tornado el semblante matutinalmente huraño de mi hermana al ser súbitamente saludada por Ren, quien no había hecho el menor sonido al penetrar en mi habitación. Aún adormecido, hice un respetable esfuerzo por realizar algo semejante a las lagartijas, con el fin de salir de mi cómoda sepultura.

- Qué hay… - fue lo único que alcancé a decir, antes de que un sonoro bostezo se apoderara de mi boca; acto seguido, comprendí que necesitaba seriamente unas cuantas horas de descanso más.- Ren, creo que hoy mejor no voy.

- ¿Estás enfermo, Hoto? – ante su tono burlón y el hecho de que no me llovieron zapes a causa de mi declaración, asumí que Pilika se habría marchado, por lo que, bostezando otra vez, volví a tumbarme sobre mi colchón.

- Ajá…

Suspiré tranquilamente, feliz ante la perspectiva de poder quedarme en la cama por un día entero; sin embargo, aparentemente, aquello no contaba entre los planes de Ren, puesto inmediatamente después, las sábanas habían sido arrebatadas de mi poder.

- Nada mejor para recuperarte que una caminata hacia el colegio.

- ¡Oye! – a penas llevaba una playera vieja y pantalones cortos, por lo que el cambio de temperatura fue algo brusco. Arrugando el ceño, le lancé una de mis almohadas, que él esquivó como si nada, para variar.

Así comenzó el día; fui a comer con un pésimo humor, justo cuando mi madre le agradecía al pesado de Ren por ser tan buena influencia, siendo secundada por mi hermana.

- Así que, Ren, ¿qué tal van las notas? – me detuve en seco, esperando una respuesta que no me perjudicara enteramente; la verdad es que las pocas calificaciones que nos habían entregado hasta el momento no eran del todo benefactoras para mí y lo último que deseaba era volver a tener problemas con mis padres a causa de lo que ellos llamaban mi "flojera".

La verdad era que ellos no tenían ni idea…

- Los exámenes aún no comienzan.

Para mi sorpresa, Ren fue bastante poco específico, lo que aparentemente le bastó a papá, quien no insistió. Llegué hasta la mesa y, al tiempo que me sentaba, me encargué de tragar rápidamente cuanto pudiera, al mismo tiempo que mi hermana me recordaba lo tarde que era, cosa nada inusual en nuestro caso.

- ¡Es suficiente, yo me voy!

- ¿Puedes llegar sola, hija?

- Claro que sí, no soy una niña, mamá.

- En eso estoy de acuerdo.- desaparecí la mitad de un vaso de jugo, antes de recibir una mirada de reproche de parte de mi hermana. Para compensarla, me puse de pie rápidamente.- Vamos, ya terminé.

- ¿No crees que es poco saludable comer tan rápido, hijo?

- Mi organismo está acostumbrado.

- Entonces, tienes el organismo de un mamut.

-¿¡Qué dijiste!?

Contra todas mis expectativas, los demás miembros de mi familia no parecieron oír el comentario de Ren, que respondió a mi pregunta con una mirada de falsa incomprensión, sin moverse de su lugar. Pero pude ver claramente que a penas contenía una sonrisa satírica.

- No me digas que estás escuchando cosas, Horo…

- Sí, hermano; mejor deja de alucinar y ponte en marcha, si es que vas a irte conmigo. Vamos, Ren.

- Hm…

Sinceramente hablando, algo en la insistencia de Pilika me desagradó, no por mi deseo frustrado de quedarme en casa, sino por su obvio interés en estar en compañía de Ren. Pero si lo pensaba bien, eso era lo suyo; a mi hermanita siempre le gustaban los chicos que yo llevaba a la casa, había ocurrido lo mismo con Allen, ¿por qué me extrañaba de que pasara con Ren?

Caminamos aceleradamente hasta la escuela o mejor dicho, Pilika arrastró a Ren delante de mí, puesto que personalmente, aquel día sólo quería dormitar un rato más. Afortunadamente, me había acordado de tener listo mi equipaje para la clase de Educación Física, una de las asignaturas mejor calificadas de mi historia académica.

Observé a Ren desde atrás y me pregunté qué tan ágil sería; su aspecto paliducho me inspiraba una cierta confianza, pues de seguro sería fácil ganarle en una carrera o un partido…

- Oye, Horo-horo, ¿podrías caminar a un paso menos deficiente?

- ¡Ja! Ya te quiero ver trotando más de diez minutos esta tarde, Ren.


†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†


- A partir de la próxima semana, no hay excusa; quiero que todos respeten el uniforme escolar y dentro de eso está incluido el vestuario de gimnasia. Ahora, vamos a comenzar.

Aquello fue lo único que alcancé a escuchar de todo el discurso pedagógico, me había retrasado en los vestidores a causa de un problema con mis viejas zapatillas deportivas y afortunadamente, aún no habían pasado la lista, por lo que llegué justo para ser marcado como "presente". El profesor anunció que la primera unidad del semestre sería el baloncesto, por lo que, tras una mañana somnolienta y tediosa, mis ánimos se renovaron: por fin tendría un poco de diversión; a pesar de que deberíamos ir a la cancha externa, situada en el patio…

- ¡Usui!

- ¿Eh? – salí de mi ensimismamiento, encontrándome cara a cara con Kyouyama, que me observaba más seria que de costumbre, lo que era mucho decir. A mi lado, me dio la impresión de que Ren, quien había permanecido de pie junto a mí, se situaba justo a mis espaldas, bastante próximo a nosotros. Y por algún motivo, la chica con la que hablaba también pareció percatarse.

- Tao.- saludó, lo que nunca hacía al hablar conmigo, cosa que no le indiqué sólo por la aprensión que involuntariamente sentía al estar cerca de ella, más que nada por la dureza con la que siempre hablaba o actuaba.- Los hombres deben ir al patio, ¿te importaría quitarte de en medio de la cancha?

- Cielos, lo siento.- me disculpé de mala gana y vi que ella iba a replicar, pero una voz nos interrumpió.

- Escojo a Tao.

Era la voz de Allen. Me volteé para verlo, olvidándome de mi enojo con Kyouyama y vi que él también me veía, a pesar de que Ren estaba junto a mí y de que acababa de escogerlo a él; eso me hizo comprender que seguíamos rivalizando y durante unos breves momentos, deseé ser capaz de derrotarlo.

- Parece que somos rivales… - mis ojos y los de Ren chocaron y me pregunté si sería todo más difícil estando él en el equipo de Allen.- Ni creas que voy a ser condescendiente contigo, Hoto.

Parpadeé un par de veces, antes de replicar:

- La cancha está esperando. Voy a tratar de no humillarte demasiado.

De ese modo, los chicos salimos del gimnasio, ya divididos en equipos iguales, en compañía del maestro.

Fue sólo al dar los primeros pasos del año sobre el cemento granuloso que recordé en qué condiciones había estado en el mismo sitio la última vez, el día en que Allen y yo habíamos terminado nuestra camaradería para siempre. Sin embargo, ahora se me hacía muy diferente; no porque Yoh no estuviera – recién entonces me percaté de que lo había visto una o dos veces durante las últimas semanas-, sino porque ahora, había alguien más: estaba Ren.

Y de algún modo, mi anhelo por derrotar a Allen quedó en el aire, reemplazado inconscientemente por mi afán de retar a mi nuevo mejor amigo.

- Horo-horo, da tú el salto.- el capitán de mi equipo, un chico de apellido Yakami, me tendió el balón y me dedicó una sonrisa que por algún motivo, más que alentarme, me descolocó un poco, lo que me hizo sentir algo mal.

Aparentemente, ya no es tan fácil como antes.

- Bien.- terminé por devolverle el gesto y me acerqué al centro de la cancha, sorprendiéndome de quedar frente a frente con Ren.

- Espero que no te duela decepcionar a tu equipo.- su siseó me llegó casi como una amenaza, mas ambos éramos igual de competitivos, por lo que mi sonrisa, que no había desaparecido, se acentuó.

- Espero que no te duela que pruebe cuán deficiente es tu juego.- contesté, utilizando su propio léxico.

El partido comenzó mediante el soplido de un potente silbato, fue la hora del salto y al mismo tiempo, él y yo golpeamos con la misma fuerza. Sentí mi mano retroceder poco a poco contra su impulso.

- ¡Corran!

Maldije mentalmente ante mi primer paso hacia la derrota, que decidí sería el único en ese juego.

Me volteé lo más rápidamente posible y corrí en picada hacia el balón, en el preciso momento en que uno de mis compañeros de equipo se lo quitaba a uno de nuestros rivales.

Me adelanté, sin perder de vista a Ren – que parecía decidido a cubrirme a mí y a todo mi equipo a la vez- ni al balón, que pedí poco después.

- ¡Usui!

Un chico de mi bando me lo lanzó demasiado alto, por lo que me apresuré a tomar impulso para saltar y atraparlo.

Cuando las yemas de mis dedos rozaron mi objetivo, sentí el peso de alguien embistiéndome, y sólo percibí una cabellera castaña y un uniforme igual al mío, antes de aterrizar de pie, algo tambaleante y sin el balón sobre mis manos.

Adelante mío, Allen se alejó un par de pasos, esquivando rivales lo mejor posible; algo en mi interior simplemente me superó y dos segundos más tarde, lo había adelantado y le bloqueaba el acceso a nuestro lado de la cancha. Entre pivotes y otras maniobras de esquive, sentí varias veces el material de la pelota contra mi piel, e incluso alcancé a golpearla con la suficiente fuerza como para desviarla del agarre de Allen, que maldijo por lo bajo.

Me sorprendí un poco al ver que detrás de mi ex-amigo, Ren observaba nuestros movimientos con una expresión indescifrable, aparentemente atento, pero sin ningún atisbo de estar por ayudar a su compañero de grupo.

- ¡Eso!

Me volví, atónito, en cuanto constaté que Allen acababa de alejarse de mí, boteando.

Habiendo estado tan cerca de arrebatarle el balón, no lo pensé dos veces antes de seguirle el paso; sin embargo, había olvidado por completo quién era el que me cubría. Nuevamente, giré bruscamente sobre mi lugar, lo que a penas la dio a Ren el tiempo de detenerse, puesto que corría velozmente detrás de mí; de esa forma, para evitar el choque, inconscientemente me alejé, con tan poca coordinación como para perder el equilibrio.

Asumí el impacto antes de que ocurriera, lo que no esperé fue que de un momento a otro, como si el distanciamiento anterior no se hubiera producido, Ren se encontrara incluso más cerca de mí que antes y que como acto reflejo, yo me sujetara de sus hombros. Desafortunadamente, la adrenalina era tan excesiva que mi impulso más el suyo acabaron perjudicando aquella última esperanza por no terminar en el suelo…

- ¡Cuid…!

Me dio la inverosímil impresión de que él también me sostenía, mas fue todo tan rápido que ni siquiera alcancé a concretar mi exclamación, cuando ya habíamos caído.

Mantuve los ojos fuertemente cerrados.

Todo a nuestro alrededor continuaba, el juego, los gritos, los silbidos. La atención iba con el balón y por supuesto, ninguno de nosotros lo tenía consigo, por lo que era fácil pasar desapercibidos.

- Nunca creí que diría esto, pero de veras que no imaginé que pudieras ser tan torpe.

Abrí los ojos con lentitud, haciendo – por esa vez – caso omiso de su sarcástica observación; único que pude percibir fueron los ojos casi amarillos de Ren frente a los míos y me di cuenta de que sus palabras habían chocado a corta distancia de mi rostro y de que el suelo debajo de mí estaba tibio en comparación a su cuerpo, que había quedado literalmente sobre el mío.

- …

Abrí la boca, pero estaba inexplicablemente mudo, como si el golpe, sin siquiera llegar a dolerme, me hubiese quitado la voz; al mismo tiempo, no pude despegar mi vista de la suya y no pude evitar que mi respiración, ya de por sí agitada por el juego, se acelerara más, quise suponer que por la sorpresa.

Tampoco fui capaz de determinar cuánto tiempo pasaba o si alguien se había percatado del incidente; únicamente percibí cómo la palidez de Ren no disminuía, mientras que yo ya me encontraba bañado en sudor.

- ¡Oigan, ¿están bien?!

En cuanto nuestros compañeros se empezaron a acercar, Ren ya se había puesto de pie y lucía como si nada; pero yo permanecí en el suelo, todavía algo estupefacto y con la atemorizante sensación de que acababa de experimentar algo…

agradable.

- Usui, ¿te lastimaste?

-Eh… no.- fue mi torpe respuesta, al tiempo que elevaba una de mis manos para rascarme la cabeza; aunque mi voz sí salió algo aturdida.

- Se perdieron la mejor parte, acabamos de ganar.

No reconocí quién hablaba, pero entendí que pertenecía al equipo de Allen, tanto por el bufido auto-suficiente que Ren soltó desde donde estaba como el hecho de que no percibí ningún tipo de comentario de los de mi propio grupo.

- Ni modo, habrá que hacer una revancha.

- ¡Terminó la clase!

Todos nos encaminamos hacia los camarines; en el trayecto, por algún motivo, insultar a Ren fue menos espontáneo que otras veces.


†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†


- Rayos…

Era una de esas noches en que tenía mil cosas por hacer y por primera vez no me importaba, mas al mismo tiempo, a pesar de que mis párpados descendían solos, no conseguía conciliar el sueño. El verano estaba llegando a su fin, por lo que me había abrigado un poco más que de costumbre y no podía evitar hacer algo que no solía permitirme mucho, por precaución.

Estaba pensando, raciocinar de veras, analizando mi vida, recordando cosas que no quería recordar, quizá sólo por distracción, pero era algo involuntario. Reflexionaba sobre muchos antes y después, como mi vida de antes, en Hokkaido y en mi vida tras la mudanza, mi vida cuando aún creía en los amigos para siempre y luego de eso, cuando había dejado de tener verdaderos amigos, a parte de Yoh- pero ése era otro asunto; no podía contar a alguien que a penas se aparecía por la escuela-.

Yo no era una persona depresiva ni melancólica, al menos, no conscientemente; por ello, me costaba un poco revivir dolores pasados y esas cosas y no entendí por qué de pronto había comenzado a hacerlo; mas así era y no obstante, siguiendo el orden cronológico, terminé en lo más reciente, en el día que acababa de morir para siempre.

Pensé en Ren. La verdad, aunque hasta entonces no lo había notado, era que solía pensar mucho en él, más que en un principio, cuando su misteriosos aspecto y actitud me inspiraban, principalmente, una casi infantil curiosidad. Ahora, lo veía con ojos completamente familiares y me di cuenta de que peleábamos mucho y de todos modos, éramos amigos, era tan obvio y tan sorprendente que comencé a rascarme la cabeza como algo mecánico, un método para aclarar mis ideas.

Ideas como el porqué a pesar de que él no era tan amable como los chicos que había conocido en el pasado y de su constante afán de subirse a un pedestal, simplemente ya no me acordaba muy bien de lo triste que era estar solo, a pesar de que antes de conocerlo, había comenzado a resignarme ante la posibilidad de que no quedaba otra para las personas como yo. Ideas como por qué me daba la impresión de conocerlo, pero al mismo tiempo, no sabía casi nada de él, como ignorar una definición, conociendo las propiedades; también vino a mi mente el modo en que se tornaba imposible quitarle la vista de encima, momentos en que acababa preguntándome cosas absurdas. Obvias, pero que ignoraba por algún motivo u otro.

Y la cadena de dudas concluyó con una que me sobresaltó en medio de la tranquilidad de mi habitación sin iluminar: aquella tarde, durante el partido, él me había querido ayudar, a pesar de siempre estar burlándose, había querido evitar mi caída, sin importar que ésta había terminado aún peor de lo esperable. Al revivir la sensación de tenerlo sobre mí, me descubrí sonrojándome.

- Horo.

No supe en qué momento mis ojos se habían cerrado ni cuándo la habitación había perdido forma y colores; estaba en aquel estado imposible entre la realidad y los sueños y quizá por eso, el estar oyendo su voz, a sabiendas de que yo me encontraba completamente solo, no fue algo completamente sobrenatural. Estaba soñando despierto.

- Ah…

Usar más ropa de la habitual había sido un error; de pronto, la estancia estaba caldeada, a pesar de ser tarde, sentí la parte de arriba de mi pijama pegándose ligeramente a mi cuerpo. Mi respiración se había agitado y estaba escuchando voces, casi alucinando; sin embargo, lo que me preocupaba no era eso, sino el hecho de que acababa de percatarme de que una de mis manos se había deslizado casi automáticamente hacia el borde de mi pantalón humedecido de sudor.

En medio de la oscuridad, deseé seguir escuchando esa voz y sentí que el calor se agolpaba en muchas zonas de mi cuerpo.

- "Deseas mi muerte". Lindo, ¿no?

- Ren… - salió de mis labios involuntariamente, mientras mis ojos se cerraban con fuerza y el negro que nublaba mi vista era reemplazado por su imagen.

Las sábanas cayeron de mi cama provocando una brisa sorda que a penas percibí, ocupado como estaba en intentar muy vanamente regular mi respiración, cuya aceleración había llegado al punto de hacerme levantar el pecho del colchón con cada suspiro, mientras mi mano derecha terminaba de meterse por mi viejo pantalón y la izquierda, la empleaba para cubrirme la boca.

Era la primera vez en toda mi vida que me encontraba en aquel estado, y el corazón me latía con dolorosa fuerza debido al miedo que me provocaba la idea de estarme masturbando, o mejor dicho, de pensar en un chico mientras me masturbaba. Pensar en Ren, mi mejor amigo.

- Ah-ah-aaah… - sin éxito, intenté enmudecer aquellos quejidos involuntarios, provocados por mi propia mano moviéndose; estaba tocándome lentamente, con la placentera e inexperta sensación de que no era mi tacto, a pasar de que la piel de mi palma rozaba la de mis muslos..

- ¡Ren…!

Cuando acabé, la mano que había cubierto mis labios con anterioridad estaba sobre mi pecho, por debajo de mi ropa, y mi cuello y mi nuca, húmedos de sudor. Intenté normalizar mi aliento, con la cara hirviéndome; había abierto los ojos, casi sorprendiéndome de encontrarme solo.

- ¿Qué…?

Mi propia voz me llegó débil, llena de un temor del que a penas tomaba conciencia. Y me pregunté, con la sangre bombeándome con violencia a causa de diversas las mociones que me colonizaban, qué era lo que sucedía conmigo…


REN.


Tras regresar a los vestidores, los ganadores ocuparon las duchas primero, y en vista de que se armó el típico jaleo de los estudiantes sobre-excitados, aproveché su descuido para escabullirme al cubículo más cercano y ponerme el uniforme otra vez, retirando una por una las prendas que no había sudado para nada.

Salí cuando estuve listo, con el tedio de tan inútil teatro pesándome sobre los hombros; Horo esperaba a que desocuparan las regaderas para poder ocuparlas, sentado en una de las banquillas de madera que poblaban los camarines.

- Jugaste bien.

Reconocí aquella voz hipócrita, la impotencia inundaba el aire cada vez que Allen le dirigía la palabra a mi supuesto mejor amigo.

Horokeu le replicó con un escueto gracias, en un tono que jamás usaba al dirigirse conmigo – sonreí complacido – y en cuanto uno de los tantos chicos que nos rodeaba salió recién duchado, él se alejó sin dirigirle, a quien había sido el jefe de mi equipo, la más mínima mirada.

Recordando las reglas de aquella afinidad elástica a la que me habían atado, me senté a esperar a Horo, ignorando a quienes me felicitaban por mis habilidades deportivas luego de años eternos de escuchar siempre las mismas palabras vacías. Podía oler la envidia y la sorpresa por mi aspecto supuestamente lánguido, y aquello me causaba repulsión.

Cometí el error de dejar mi mente volar por un mundo que quienes me rodeaban ni siquiera podían imaginar, recordé risas macabras y festines sangrientos, y la vista panorámica que tenía la caída desde una torre altísima que daba hacia el mar. Camas sucias con la violencia de la perversión, lágrimas de una niña mordida por un monstruo, distintas escenas desfilaron por mi mente sin que ninguna lograra atravesar una sola capa de mis emociones muertas.

Cuando las imágenes comenzaron a ser rebobinadas, deformándose de manera lúgubre, me percaté de que apenas quedaban personas en la estancia.

Extrañado por la demora de un ser vago, pero impaciente como Horo, me puse de pie con presteza, di los pasos que me alejaban de aquel pasillo acuático inundado de tibio vapor y me asomé en busca de la única razón de mi permanencia en tan banal espacio.

Chorros espumados de agua cálida acariciaban la piel descolorada por el encierro veraniego, cayendo desde la leve ampliación de los óseos hombros, pasando por un dorso lechoso, hasta resbalar por una cintura recta bajo la que comenzaban los pantalones que no habían sido retirados, pero sí alcanzados por la espuma.

Tardé en notar el paso del tiempo, hasta que el sonido del agua chocando contra el suelo de loza cesó de golpe, y Horo se volteó. Sus mejillas estaban sonrosadas y su cabello goteaba ligeramente; sus mejillas y sus labios estaban mojados, al igual que su cuello y su pecho. Adiviné el relieve de sus costillas y en cuanto sentí su mirada sobre mi rostro, me volteé en búsqueda de mi anterior asiento, abandonando las duchas.

- Date prisa, ¿quieres?

Supe que él había respondido algo, mas sus palabras no llegaron a su destino. Mi atención permanecía concentrada en el fatídico cuestionamiento que tenía lugar dentro de mi cabeza.

¿Por qué me había resultado imposible, durante breves instantes, quitarle la vista de encima?


†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†


La ventana de Horo era un objeto completamente vulgar, pero con paso hacia aquel paisaje tan conocido como ignoto: un misterio urbano lleno de historias mortales e insignificantes, lleno de vidas con las que yo podía acabar sin que me supusiera ningún esfuerzo, y que sin embargo me importaban tan incontestablemente poco.

De cualquier forma, el contemplarlo todo desde su habitación se había vuelto una especie de ritual después de la escuela.

Su casa realmente cambiada sin su hermana merodeando por ahí. Era un silencio pacífico que yo no podía conseguir en más tranquilas noches, por culpa de pesadillas de ojos abiertos y del eterno trabajo del insomne Fausto VIII.

- ¿Qué tanto miras? – sonrió, había olvidado por completo aquel malestar que anteriormente lo atormentaba; aquel día, yo había confirmado que a Horo le afectaba negativamente cualquier interacción con aquel tipo de nombre Allen, sin importar que dicho malestar fuera de corta duración.

Lo miré de soslayo, inhalando disimuladamente la vida que emanaba de él.

- Cuando no es un desastre, tu habitación es agradable.

- Cierra la boca. Ordeno cuando puedo.

Sentí su hombro contra el mío, vida contra muerte, calor contra piedra. Él avanzó unos pasos más, adelantándome, mirando más de cerca a través del vidrio cubierto con una fina capa de polvo que sus ojos no alcanzaban a vislumbrar.

El aroma volvió a penetrarme. Apreté los puños.

No podía ser tan patéticamente débil. Imposible.

- O-oye, Ren… me preguntaba algo.

- Exprésate.

- ¿Te gusta aquí? Creo que nunca te… lo he preguntado.

Observé su cabeza, él siguió dándome la espalda. Era una pregunta con doble filo, aunque él no lo sabía. Horokeu ignoraba todo, pero a cada momento, rozaba peligrosamente la verdad.

Abrí la boca para responder, mas mis sentidos me ganaron y aspiré una vez más el embriagante éxtasis de la sangre. Me adelanté un paso, mi nariz increíblemente próxima a su nuca.

Lo sentí estremecerse, y no sonreí únicamente porque estaba ocupado asfixiándome en silencio con la cercanía de lo prohibido.

- No me desagrada.

Una respuesta neutra, cortante. Sus hombros se tensaron cuando mis palabras chocaron contra su cuello. Mi pecho rozó su espalda, y lo supe titubeando una réplica que nunca llegó.

Esta vez, fue diferente: permití que mis manos jugaran en su cintura, aunque imperceptiblemente; su temperatura incrementó.

Aquella deliciosa fricción, que sin darme cuenta, había estado anhelando desde hacía tiempo, se mantuvo durante un rato largo que sólo fue interrumpido cuando ya el cielo comenzaba a oscurecerse, y la puerta de su casa fue abierta – pude percibir las ondas de las llaves colgando del llavero, golpeando el aire que a él parecía faltarle-.

Siguieron las escenas típicas, predecibles, una separación abrupta por la llegada de su madre, y luego la cena con su familia, donde me mostré inapetente – en casa me esperan, sólo estoy acompañando. Gracias-.

El retorno a mi residencia, precedido por una débil agitación de diestra de su parte – yo también, me descubrí pensado, desearía quedarme – fue un proceso borroso; entrada, ambiente odioso, interrogatorio robótico y la copa de sangre que me devolvería a la cordura.

- Salud, Ren.

Ignoré el cínico brindis de Eliza, quien se dirigió a la cocina para servirle la cena a su esposo.

Los ojos de Fausto VIII me escrutaban sin disimulo alguno desde uno de los sofás de la sala, mas me dediqué a ignorarlo durante todo el tiempo que me tomó alimentarme.

- Ren.

Lo miré sin ninguna expresión, interiormente percatándome de que era la primera vez que se dirigía directamente a mí, con apelativo incluido. Y sólo pude pensar, una vez más, que aquel tipo era un bastardo, sin que me importara en gran cantidad.

- Te ves fortalecido. Posiblemente, dentro de poco se desarrollarán todos tus instintos, así que Eliza y yo tendremos que ausentarnos por algunos días.

Alcé una ceja, sin entender, primero, qué conexión podían tener ambas cosas. Pero fue fácil deducirlo, percibir la desfachatez de su sonrisa, sus ojos enfermizamente tranquilos…

- Si seré un peligro público, ¿no deberías encerrarme como cuando llegamos? – cuestioné, sarcástico, mas con un amargo sabor en la boca.

- Apariencias, ante todo. Sabemos que puedes arreglártelas, nosotros aprovecharemos para investigar algunas cosas.

Resoplé en silencio; él estaba evadiendo toda clase de responsabilidad, y no era como si me importara estar a unos días de convertirme en un ente ferozmente sediento.

Simplemente, detestaba la cobardía.

- ¿Qué hay del mocoso? – lo mencioné lo más despectivamente que pude, atravesando al doctor con los ojos, justo en el momento en que Eliza retornaba para decir que estaba servido.

Fausto seguía sonriendo.

- Si lo matas, no dejes rastros.

La malicia en el aire era palpable; entendí que me estaban poniendo a prueba, y que les daba igual a quien matara, porque sólo necesitarían encerrarme por un mes o dos para descubrir un nuevo modo de dopar mis instintos.

En cuanto se retiraron para comer, me dirigí a mi aposento, sintiendo flamear mi cabeza con una furia incontrolable.

Claro que la vida de los humanos me daba lo mismo, fuera de quien fuera…

-… - me descubrí frente a la ventana de la estancia, mirando hacia la habitación de Horo. No había hecho una sola pausa, mi mente no se había detenido hasta que me encontré viendo hacia esa dirección.

Él estaba acostado, pensando. Pensaba más de lo que cualquier persona normal habría podido imaginarse sin leer su mente, sus pensamientos. Horo era engañoso en ese sentido, algo impredecible.

Constaté, no sin cierto asombro, que esa era justamente una de las cosas que lo hacían…

Interesante.

Mi incredulidad ante mi propio descubrimiento se interrumpió en cuanto pensamientos sobre mí llenaron su habitación, sonreí al ver una imagen de su estúpido tropiezo durante el juego; pero fue en cuanto sus reflexiones se impregnaron de bochorno cuando recién entendí el matiz que habían tomado las cosas dentro de su mente.

Recordé la escena en las regaderas, el sincero apetito que me había poseído por tan escasos segundos; recordé el aroma que manaba de su cuello, y la prepotente alarma que me inspiraba la presencia de la chica de cabello rosado que parecía idolatrarlo – era obvio.

Y quise culparlo, porque los humanos eran inferiores, y sólo él podía tener la culpa de esas sensaciones indomables que lo arruinaban todo, porque no estaban previstas, y nada imprevisto podía ser remotamente bueno.

Quise odiarlo por ser el culpable de ello.

Y quise odiarlo más, romper la distancia que nos separaba y matarlo, por mi incapacidad para detestarlo como necesitaba hacerlo y porque era tan sincero consigo mismo cuando estando conmigo no era capaz de darme una simple señal de cuánto le atraía.

- Horo.- inconscientemente, pronuncié su nombre sin rabia ni rencor, sólo una emisión banal de un sonido igualmente banal.

- Ah…

Un calor inminente me inundó al percibir aquel quejido producido por mi imagen a su persona; descubrí que cualquier cosa que me propusiera repercutiría sobre él, porque yo tenía el poder y las armas y él era sólo una víctima que utilizaría a largo plazo.

"Deseas mi muerte. Lindo, ¿no?"

Recordé igualmente el acónito del verano, el subliminal contenido de aquellos pétalos oscuros, como una florida premonición de nuestro destino.

Y comprendí que podía hacer lo que quisiera, porque acababa de advertir que su rendición ante mi persona estaba a poca distancia de ser total.

- Ren…

Me descubrí cerrando los ojos, plácidamente, al oír mi nombre saliendo de sus labios. Pero era sólo aquel voraz apetito que me atormentaba hacía siglos, sólo me interesaban sus venas, no podía ser otra cosa.

Su voz ahogada por el deseo y la tímida manera en que comenzó a tocarse, todo por mí, por nadie más que yo, consiguieron lo que ni Fausto ni ningún otro demente médico había logrado. Sentí mis poros contrayéndose, mientras un sutil escalofrío me recorría.

- Ah-ah-aaah…

Era como estar ahí, en esa habitación, frente a su cama y su cuerpo caliente, viéndolo tan susceptible a cualquier acción, cualquier palabra que proviniera de mí.

Pertenecer.

En cierto modo, constaté que él ya me pertenecía. Sólo necesitaba ir por él, en cualquier momento, cualquiera de esos días.

- ¡Ren…!


†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†


La mañana siguiente – no había clases- me sorprendió sentado sobre el gran ventanal del segundo piso cuya vista daba hacia la ciudad.

Un aroma delicioso – una reserva de sangre recién abierta – me atrajo desde el primer piso. Bajé sin precipitaciones, sabiendo que de una u otra manera, en algún punto del día, lo que esperaba sucedería.

- Buen día, Ren.

- Me gusta tu color. Espero que no tengas planes para la tarde.

- Iré a preparar los implementos.- en cuanto Eliza se hubo retirado, tras dirigir a Fausto una mirada interrogante, me apoderé de mi copa de escarlata contenido.

Otra vez, O positivo.

- Exámenes. Es necesario de vez en cuando.

- …

- Primero serán externos, pero necesitamos analizar el estado de tus órganos. Han funcionado durante bastante tiempo.

No me importaba perder una estúpida tarde. Las horas no eran distintas entre ellas, siempre daba lo mismo el color del cielo si de tiempo se trataba. Por lo que me sometí a los fastidiosos exámenes con el fin de librarme lo antes posible de la exasperante compañía de mis caseros, esperando algo que desconocía.

Fue muy entrada la noche, cuando golpes en mi ventana intentaron sacarme de un letargo falso que disfrazaba mi infernal desvelo.

Lo supe enseguida. Era él.

Mi mudo llamado servía contra la cólera que me provocaba el inconsciente hecho de haber deseado su retorno a mí; pero era demasiado tarde, pues con sólo querer verlo, él había acudido a mí, bajo un hechizo sombrío del que nunca se enteraría.

Asomé mi rostro por la ventana de mi dormitorio críptico, vi la expresión ojerosa de Horo, que dejó de lanzar piedras contra el vidrio en cuanto me vio, y entendí que no podía dormir, probablemente por un tema en común.

Bajé, como en cualquier circunstancia lo habría hecho, sólo con el fin que se ocultaba bajo las miles de capas de mi orgullo vulnerado.

Nadie investigó mi descenso hacia el patio, tanto Fausto como su esposa sabían de mi necesidad por las expediciones nocturnas por lo menos tres veces por semana, y aquella sólo llevaba una, ocupado como estaba en observar hacia la casa anexa durante las horas oscuras.

- ¿Qué pretendes?

- Bueno, es – constaté que había extrañado el impreciso timbre de su voz- … no sé, fue raro no verte hoy y que no me fastidiaras el día.

Escuché a medias su arrogante respuesta, pues en ese momento mis oídos percibieron pasos rápidos y lejanos moviéndose mudos sobre los tejados, y un crujir de huesos sobrenatural que me alertó sobre la vigilancia de la que habíamos sido durante los dos segundos que me tomó llegar a él.

Alguien acababa de irse.

- ¡Oye! ¿Me estás escuchando? – me sacó de mi análisis, lo taladré con una mirada inquisitiva que pareció cohibirlo.

Horo llevaba la vieja playera con la que dormía, inhalé aquel íntimo aroma oculto debajo de un sweater oscuro y noté que su cabello estaba despeinado y sus labios, secos.

Me pidió que diéramos una vuelta, mientras yo no dejaba de examinar los pequeños detalles que indicaban lo difícil que se le había hecho conciliar el sueño durante los últimos días.

Accedí.

- No sé por qué no puedo dormir… - comentó, metiendo una mano en cada bolsillo.

Caminé a su lado, silencioso, mi mente dividida en sus débiles excusas para que nos viéramos, que saboreé sádicamente, y el sabor a intriga que me había dejado mi reciente descubrimiento sobre un posible espía.

Horo siguió hablando, hasta que su voz empezó a variar, escuché la mención del reciente partido de baloncesto que habíamos tenido, y de aquel chico llamado Allen que comenzaba a desagradarme seriamente.

Pero mi atención no recayó exclusivamente en él hasta que, perdido en un manojo de palabras que no consiguieron ocultar un dejo de dolor que me alertó sobre su pasado – Yoh solía decírmelo, pero no le hice caso y luego dejamos de hablarnos-, tropezó de una manera poco decorosa con un montón de basura al final de la cuadra, soltando una palabra que rompió la delicadeza de su confidencia recién iniciada, y terminó sobre el asfalto del condominio, chillando a un volumen exagerado.

- No puedo creer que…- un quejido febril asesinó el resto de mi malintencionada frase, haciéndome aproximarme al lugar del accidente.

Fue cuando aquel aroma característico golpeó mis sentidos con una nueva violencia, como si los límites de la tentación acabaran de romperse.

Cuando, ya inclinado hacia el montón de desperdicios desparramados, vislumbré a Horo levantándose del suelo con el labio roto y otros leves rasguños, entendí de dónde provenía el potente, atrayente aroma que había nublado mi capacidad para pensar.

- Mierda. Me corté la mano.

Una botella rota a nuestros pies explicó enmudecida la causa de tan riesgoso incidente. Me acerqué a él, analizando la fisura abierta de su diestra, mientras él comenzaba a decir algo que casi murió en sus labios en cuanto mis dedos rozaron la piel de su muñeca.

- No es nada. Digo, me duele pero…

Ni siquiera supe qué lo llevó a cortar sus palabras; pues en esos momentos, sólo mi vista funcionaba, y estaba completamente abstraída por el escaso, pero visible líquido escarlata que brotaba ligeramente de su herida, ensuciando la piel tersa.

- …

No obstante, sí hubo algo que bastó para desligar mi vista – no así mi tacto- de su herida, y fue la extraña mezcla de miedo y ternura que comenzó a emanar de él.

Clavé mis ojos en los suyos: estaban tan abiertos que su expresión de aparente calma era poco creíble; luego, mi visión bajó hasta su boca.

En un acto repentino, mis labios se encontraron presionando los suyos.

Escuché cómo los latidos de su corazón se aceleraron.

... El sabor era sublime.


Demasiadas ideas, mi cerebro se sobrecarga con ideas para nuevos fics, y sin lugar a dudas, no hay espacio suficiente porque ya tengo en mis archivos almacenazo lo que sucederá en este fic. Así que me hice la idea de terminar con éste antes de subir cualquier otra cosa.

Ahora bien, se está dando la gran posibilidad de que este fic se divida en partes, es decir que cuando ponga Complete, sea un final que dé pie a otro comienzo con los mismos involucrados y etcétera. Sólo aviso.

Gracias por leer, su apoyo es fundamental :3