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7|.Hipocresía. †◦ †◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
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HOROKEU.
Abrí los ojos.
Estaba ligeramente más oscuro que de costumbre, y me percaté de que Pilika no se encontraba en mi habitación chillándome para que me levantara, por lo que deduje que todavía era temprano.
Di varias vueltas sobre mi cama, buscando una posición lo suficientemente cómoda como para que el letargo retornara, pero todo fue inútil; comprendí que, sencillamente, no podía dormir más, si es que verdaderamente lo había estado haciendo.
Me senté sobre la cama, resignado, apoyando ambas manos sobre el colchón. La palma de mi diestra me escocía.
- ¿Dormiste bien?
Era Ren. Lo supe enseguida, sin mirarlo, sin siquiera necesitar escuchar cada sílaba de cada palabra para tener la certeza.
Todo estaba demasiado oscuro, como si no hubiera sol, como si el mundo entero se hubiera apagado de repente.
Escuche una risa extraña, de alguien que conocía, o que creía conocer, pese a que no tenía la menor idea de quién se trataba.
Entonces, vi los ojos de Ren en medio de la oscuridad, y eran completamente dorados, más que nunca; algo en ellos me provocó un agudo dolor en el pecho, pero no pude saber por qué, pues en ese momento me percaté de que mi mano estaba sangrando a chorros. Por eso me dolía.
Volví a mirar a Ren, asustado; no me salía la voz, sólo podía observarlo todo, y de pronto el cuarto no estaba negro, sino rojo, y había sangre por todos lados, y…
- ¡Usui, otra vez lo mismo!
- ¡¡¡Ren!!!
Fue maquinal: apenas acababa de pronunciar su nombre, pero ya me había arrepentido.
Sentí mis mejillas enrojeciendo progresivamente, hasta llegar a arderme, y la voz del profesor de aritmética reprendiéndome – una vez más – quedó opacada por las carcajadas que inundaron instantáneamente el salón.
Ni siquiera quise levantar la vista de mi mesa.
Observé mi mano derecha. Tenía un corte profundo, pero no muy largo, y me dolía de manera casi imperceptible; por otro lado, pasé brevemente mi lengua por mis labios, sintiendo la costra de mi herida del día anterior.
Estuve la hora y media que siguió – había dormido treinta minutos, casi – mirando el pizarrón con una concentración que nunca creí tener, en un estado de paranoia que me hacía pensar que todos estaban hablando de mí, que todos sabían que había soñado con Ren mientras me tocaba, que todos sabían que...
Que me gustaba.
- ¡Con permiso!
Al mismo tiempo que la mayoría de los presentes, fijé la vista en la puerta. Era Yoh.
Por supuesto, enseguida algunas personas empezaron a murmurar; no me atreví a mirar a Ren, pero al ver a Allen, constaté que, como yo, él sólo podía observar a Yoh con sorpresa. Una confusa sorpresa.
- Señor Asakura.
Yoh pasó tranquilamente, llevaba el uniforme, como siempre, y de hecho, parecía el mismo de siempre; lo que resultaba absurdo, considerando que tantas cosas habían cambiado. Intenté escuchar el diálogo que él y el maestro iniciaron, pero la voz de Ren me desvió de mi propósito.
- ¿Quién es él?
Me volví sobre mi silla, quedando ambos frente a frente; me sentí momentáneamente desentendido de la vergüenza que había pasado hacía un rato. Sin embargo, a pesar de que intenté sonar natural, me costó más de lo normal mirarlo mientras hablaba.
- Es Yoh, un compañero de hace tiempo.
- ¿Amigo tuyo?
Comencé a hurguetear en su estuche sin querer, supongo que porque necesitaba hacer algo mientras hablaba; estaba nervioso, no sabía si por el tema, o por Ren.
- Algo así. Dejamos de hablar luego de lo de Allen. – sin querer, desvié la vista hacia el mencionado, y mi mirada chocó con la suya. Volví a mirar el estuche de Ren, lleno de lápices impecablemente cuidados- No tengo idea de por qué ha faltado tanto a clases, aunque siempre ha sido así. Es algo hippie.
Dejé de hablar, justo cuando sonó la campana. No tenía mucho más que decir, o en realidad, no había mucho más que quisiera decir.
- Horo-horo.
Me volteé, encontrándome con la familiar sonrisa de Yoh, mi antiguo amigo. A lo lejos, vi que Allen se ponía de pie en dirección hacia nosotros, pero intenté ignorarlo.
- Yoh. Hasta que llegas.
Hice lo posible por sonar como antes, es decir, más animado de lo que normalmente me encontraba dentro de la escuela, ahora último. Vi a Ren por el rabillo del ojo, probablemente él ni siquiera nos ponía atención pese a nuestra proximidad; pero el tenerlo a poca distancia me bastó para sentirme mejor.
Podía ser yo mismo, si él estaba cerca.
- ¡Yoh, qué milagro!
Allen e Yoh se saludaron con alegría, como si todo siguiera igual que antes y nadie hubiera peleado con nadie. Como si todavía tuviésemos trece años.
Me puse de pie y empecé a ordenar mis útiles, cosa que me tomaba más tiempo de lo normal.
- Apresúrate, ¿quieres?
Fruncí el seño por el tono de Ren, y por el hecho de que el decirme que me apresurara sólo iba a retrasarme más, como una ley de Murphy o algo así.
Además, aunque era vergonzoso pensarlo sin más, quería hablar con él, a solas, y no tendría oportunidad de hacerlo hasta dentro de horas, y no sabía si sería capaz de esperar horas, y eso me frustraba, y el tener a Yoh y a Allen al lado no me ayudaba a sentirme mejor.
- Un mal día.
El susurro de Ren me llegó por la espalda, por lo que me volví cuidando de no acercarme mucho, estaba inusualmente alterado y no podía controlarlo por más que quería.
En un acuerdo mutuo, nos encaminamos al patio; pero Yoh era Yoh, y su forma de ser era una especie de omnipotencia que me impediría alejarme de él y de Allen hasta que todo se aclarara.
- ¡Eh, Horo!
Ambos sonrieron, nos alcanzaron. Terminé caminando entre Ren y Allen, escuchándolos hablar – a ellos: Allen e Yoh, claro-, hasta que bajamos un piso.
- ¿Pasa algo, Horo?
- ¿Mm? Nada.
- Has cambiado mucho, ¿lo sabías?
Yoh se rió, pero Allen sólo sonrió desviando la mirada y yo torcí la boca, intentando quitar tensión al ambiente.
Fue cuando me di cuenta de que Ren se había ido, y me sentí realmente solo.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
- Esto es excelente. Muchas gracias, de verdad.
Mi primera idea fue darle un empujón, pero Ren no era otro amigo al que quería perder, ni siquiera sabía muy bien qué era en realidad. Así que me aguanté.
Claro que eso no disminuía mi enojo para nada; había pasado casi todo el recreo escuchando a mis dos antiguos mejores amigos charlando, y aunque Yoh había puesto todo de su parte y Allen fingía muy bien que yo aún le agradaba, había sido deprimente: yo allí, reprimiendo mis ganas de gritarles – sobre todo a Allen- y de buscar a Ren.
Él no dijo nada, sólo se sentó a mi lado, en el último puesto del laboratorio, mientras nuestros demás compañeros apenas entraban en la estancia.
Kyouyama se sentó en el lugar delante del nuestro, como le era habitual; mas esa mañana hizo algo fuera de lo común y se volteó, expresamente, a hablarme.
- Usui, ¿te dijo Yoh por qué faltó las primeras semanas?
- Eh… no.- la miré, bastante sorprendido, ya que cuando era estrictamente necesario intercambiar palabras con alguien de la clase, ella prefería a Ren mucho antes que a mí.
Tras echarnos a ambos un breve vistazo – otra vez, su vista se demoró un poco en mi acompañante-, ella volvió a mirar al pizarrón.
- Quién diría que hasta sueñas con Tao…
El lápiz que sostenía se soltó de mis manos, y la mirada atónita que le dirigí resultó completamente inútil, puesto que a ella ni siquiera le había preocupado mi posible reacción lo suficiente como para girarse nuevamente, aunque fuese un par de grados.
Fue cuando me percaté de que Yoh y Allen acababan de entrar.
Contemplé al primero, quien, en cuanto vio a Anna, sonrió un poco, una sonrisa distinta a las que nos dirigía a Allan y a mí; era evidente, pues si bien nadie sabía qué rayos era, todo el mundo tenía la certeza de que algo había entre Yoh Asakura y Anna Kyouyama, algo que el resto sencillamente no entendía.
La cosa es que, como se trataba de mí, y como el haberme librado de ellos tras el recreo era demasiado bueno para durar, Yoh y Allen acabaron compartiendo puesto con Kyouyama.
Delante nuestro.
- Esto se pone interesante.
No le respondí a Ren – mi cara seguía roja- , pero sí me intrigó un poco el sentido de su comentario. Sin embargo, verdaderamente me encontraba en medio de un mal día, algo que hacía bastante tiempo no tenía, así que me limité a sacar mi cuaderno del bolso y dedicarme a fingir que ponía atención.
Era triste, no podía negarlo; haber esperado que todo se solucionara porque había hecho un nuevo amigo, quien, de paso, me gustaba. Era triste y complicado, y lo peor era esa sensación de que todo había sido un engaño, de que nada había variado genuinamente y ahora volvería a sentirme como antes, igual de impotente, con Yoh intentando mediar algo irreparable, y Allen siendo tan asquerosamente falso que tendría que golpearlo a la salida de clases.
Ni siquiera me di cuenta de que la clase había acabado, hasta que Ren empujó mi cabeza hacia un lado y salí de mi ensimismamiento.
Recogí mis pertenencias para la siguiente asignatura, y dos horas después, cuando era tiempo de almorzar, me percaté de que no había estado presente durante más de la mitad de la mañana; había estado, pero sin estar. Algo difícil de explicar.
- Chicos, ¿comemos adentro o afuera?
- A mí me da igual.
- ¿Horo? ¿Ren?
Yoh llamando a Ren por su nombre, ni siquiera me asombré por su informalidad, y Ren simplemente pareció escéptico, pero sin que le interesara demasiado.
Encogí los hombros, y sólo cuando me vi sentado junto a Ren en una de las mesas del interior del casino – no al aire libre, como siempre-, recordé mis fallidas intenciones de que pudiéramos hablar en privado antes de volver a casa. De todos modos, ya no tenía muchos ánimos.
- ¿Y bien?
Hubo un pequeño silencio, ya que estaba más que claro qué era lo que Yoh quería saber. Eché una rápida ojeada a Allen, sentado junto a él, frente a nosotros, y deseé responder que era su culpa, que era un traidor.
Que nos había cambiado.
Pero no dije nada, cosa que, por supuesto, a Yoh le interesó más que cualquier respuesta.
- No has hablado mucho, ¿cierto, Horo-horo?
- Tao debe habérselo pegado.
Ni Ren ni yo replicamos nada; él estaba demasiado ocupado con su caja de leche, y su expresión que decía claramente que se aburría, y yo no tenía mucho que decir, aparte de lo que pensaba y que, para mantener la poca calma que reinaba, prefería callar.
- Sí, Ren es muy tranquilo. Es raro que tú y Horo se lleven bien.
Yoh rió. Me pregunté por qué él tenía algo tan especial con Kyouyama, y por qué aún podía tener amigos y yo los había perdido a casi todos, y por qué todo era tan fácil para él y yo sólo necesitaba esconderme porque me sentía un cobarde sin identidad.
Decidí que lo mejor era retirarme con la típica excusa del baño o de la enfermería, pero Allen me lo dejó aún más fácil.
- Hoy en día, es raro que cualquiera se lleve bien con Horo.
Curvó una sonrisa déspota, como la de Ren, pero aquella no me gustó para nada. Es más: la odié. Y me dolió.
Era detestable que aún me dolieran acciones de su parte, cuando se suponía que ya no éramos amigos y que, por ende, no debía importarme.
Porque lo hizo.
- Ya cállate.
No supe qué más decir, y sabía que ni siquiera iba a hacerme caso; pero era ese tipo de cosas que lo afectan a uno más de lo que sospechó en un principio. Y el que Yoh no perdiera la sonrisa, como si todo aquello fuera de esperarse, empeoraba todo.
- Oye, yo no soy el que anda buscando peleas cada vez que puede.
- …
Me pregunté qué responder ante algo tan cierto y tan falso a la vez, teniendo en cuenta que él había provocado todo por lo que me estaba culpando, y que él había decidido dejar de ser mi amigo, así de simple, como si hubiese sido una tarea más qué cumplir, para luego olvidarla.
Allen me había olvidado, sin pensar en que tal vez a mí me costaría un poco más olvidarlo a él, sin pensar que yo sólo necesitaba alguien con quien estar en la escuela, con quien salir en las vacaciones, en quien confiar, para darme por satisfecho.
Dejé las cosas allí, y atravesé el patio lo más rápido que pude. Ya no me interesaba lo que Yoh pensara, o lo que Allen tergiversara; me daba igual que creyeran que yo era un buscapleitos y Allen un chico normal.
Pues todo lo que había querido, durante todo ese tiempo, era tener a alguien.
Sólo quería…
Llegué hasta el baño de chicos del patio, que estaba vacío, como era típico; nadie lo usaba a causa de sus pésimas condiciones. Pero era un buen lugar para estar solo.
Caminé hasta quedar frente al espejo y me mojé un poco la cara con el agua del oxidado lavatorio, intentando evitar que mis facciones rebelaran un solo pedazo de lo que estaba sintiendo entonces.
Y cuando vi a Ren detrás de mi reflejo, apoyado contra el marco de la puerta, entendí que ahora las cosas eran diferentes; porque aún quería contar con alguien…
- S-sólo…
Pero ahora, sólo quería que ese alguien fuera Ren.
REN.
Cuando Horo se dio la vuelta, entendí que ni siquiera se había percatado de que ya estaba llorando, de que su voz se había quebrado y las lágrimas ya habían empezado a caer por sus mejillas.
Sus ojos estaban muy brillantes y tenía el ceño fruncido; todo en él denotaba una angustia reprimida que alimentó mi deseo de asesinar en ese mismo instante a sus estúpidos y antiguos camaradas.
Jóvenes e hipócritas, un detestable cliché.
Toda aquella jornada había sido un cruel experimento del que, me descubrí pensando, no me enorgullecía; había querido observar la conducta que humanos promedio tenían ante tal situación de tensión, y ni me había molestado en hablarle a Horo, a pesar de que sí había querido hacerlo – pese a mi inicial negación, que había resultado inútil- y sobre todo, pese a que él sí lo necesitaba, aunque yo lo había dudado al comenzar mi experiencia.
Así fue como, él lleno de tristeza y yo casi flameando de instintos poco ortodoxos hacia el par de culpables de las lágrimas derramadas, acabamos sentados contra la esquina de aquel endosado escondite; o más específicamente, yo sentado y él entre mis piernas, su espalda contra mi pecho, mi mentón sobre su hombro, una posición improvisada y desconocida por mi persona, pero que pareció aliviar una pequeña parte de su dolor.
Voy a matarlos, pensé, cuando lo escuché soltar un pequeño y ronco suspiro. Había llorado bastante, y para ser la primera vez que yo lo veía haciéndolo, realmente deseé no volver a presenciar aquella escena.
Decidí que no volvería a permitir que él llorara.
- No puedo evitarlo.
Con mi diestra tanteé hacia delante, buscando la suya, trazando con mi dedo un camino sobre el tajo que el vidrio roto había dejado sobre su piel. Él me preguntó qué era lo que no podía evitar, con una voz queda, tan distinta a la de siempre; le respondí que no podía evitar protegerlo.
Y fue como hablarme a mí mismo, porque hasta entonces, no lo había comprendido.
Me gustaba proteger a Horo. No me desagradaba estar con él, un humano. Un alimento, un objeto, una herramienta, un montón de venas, oxígeno, músculo, piel, grasa, órganos, todo efímero y frágil como una miserable mariposa.
Percibí una sonrisa tenue, provocada por mi sincera revelación, pero aquello sólo me hizo presionarlo más hacia mí haciendo uso de mi mano libre.
Él giró la cabeza; pese a los ojos vidriosos y las ojeras enrojecidas de tanto secar sus lágrimas, su mirada había vuelto a ser la misma. Una mezcla de tierno optimismo y desafío.
Por segunda vez, me apoderé de sus labios, pero entonces, no predominó la sed, o la posesión, ni me sentía tan aturdido como la noche anterior.
Sólo quise olerlo desde cerca, y darle lo que ambos, silenciosamente, habíamos estado esperando.
Decidí que Horo me pertenecía, y que nadie más tendría derecho a importar tanto como para dañarlo.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o fi l i a◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
A partir de ese día, hubo algo que cambió, y yo no pude determinar muy bien el qué, cosa que escapaba a lo que yo me encontraba habituado.
La rutina seguía siendo la misma, cumplir mi papel de vecino saludando a los Usui, compartiendo tiempo perdido en diálogos insulsos con cualquier familiar de Horo, ser interrogado eventualmente por el maniático que me hospedaba – sólo me molestaba en aclarar sus patéticas dudas por el hecho de alimentarme, lo mejor era no salir y atacar a cualquiera, ensuciándome de paso con sangre mal escogida-, dar vueltas por el vecindario que poco a poco recuperaba a quienes se habían ausentado durante las vacaciones.
No obstante, ahora era distinto. Aunque me costaba aceptarlo, en numerosas oportunidades dentro de un solo día, se me olvidaba el hecho de que todo era fingido, que todo era una mentira parte de dos planes entrelazados: el mío y el de ellos, mis supuestos tíos.
Me daba cuenta de aquel cambio, principalmente, en momentos en los que estábamos demasiado absortos como para discutir como era usual; normalmente, cuando Horo me miraba o yo a él, sintiendo que era casi el mismo tipo de admiración, como si no se tratara de dos seres distintos.
Algo enojoso, en cierto modo.
Otras veces, cuando me descubría incapaz de soltarlo, cuando simplemente no quería – en realidad, no podía – dejar de besarlo, también me percataba de que había habido ciertas consecuencias imprevistas dentro de mi proyecto.
Y en otros casos, cuando me encontraba particularmente hambriento, su olor era tan insoportablemente apetitoso, pero a la vez, era tan fuerte mi convicción de que no iba a atacarlo; podía darme cuenta de que él ya no era un simple humano cuya vida me servía como alimento.
Era algo más, algo con lo que yo no había contado antes, y cuya fuerza sobre ciertas acciones mías me descolocaba cada vez más.
- ¡Ren, Ren, Ren, Ren, Ren, Ren, Re-!
- ¿Qué es lo que quieres?
Entrecerré los ojos, abandonando mi estado reflexivo para dar paso a la irritación que me producían sus insistentes chillidos.
Horo me miró, estaba sonriendo a pesar de mi hostil reacción, y me relajé casi al instante.
- Dijiste que ibas a ayudarme.
- ¿En qué?
Fausto y Eliza habían cumplido su premonitorio viaje, debido a la supuesta agresividad que progresivamente se apoderaría de mí con el paso de los días.
Sin embargo, como siempre, mi fuerza de voluntad le ganaba a sus débiles investigaciones sobre lo desconocido, y nada parecía fuera de lo que una persona promedio habría tildado de normal.
- Lo de historia, obviamente.
- Claro.
- Sí que andas distraído Ren.
- Cállate, Hoto.
- Oblígame, Ren.- me sacó la lengua, pero yo sólo sonreí.
- Se me ocurren varias formas de hacerlo.
Evidentemente, no iba a llegar y besarlo en frente del resto de la clase, ya yo tenía claro que aquella clase de conducta no se veía mucho por los alrededores y no era la idea levantar sospechas. Demasiado problemático.
No obstante, el ver su rostro colorearse tan violentamente, y de forma tan espontánea, hacía que decir cosas sin un sentido preciso valiera la pena.
Los alumnos la llamaban hora libre, sesenta minutos destinados a tareas incompletas o un repaso antes del examen de la tarde, daba igual.
Era un trozo de tiempo bastante aburrido, durante el que la mayoría de nuestros compañeros se dedicaba a conversar de sus insignificantes y cortas vidas, con excepción de Horo, que siempre tenía una tarea olvidada que hacer, y de mí, que siempre tenía que – supuestamente, era mi deber como mejor amigo - ayudarle.
La rama de Historia era tan débil que resultaba patético, las fichas de información de aquel instituto apenas contaban con descripciones o detalles relevantes. Eran palabras sueltas describiendo períodos de manera tan tediosa, que no me sorprendía el desinterés de mis supuestos compañeros por hechos que, en su momento, habían resultado tan apasionantes como la actualidad. Ninguno de esos niñatos se imaginaba la intensidad de muchos hechos históricos de hacía apenas un par de siglos.
- Una completa pérdida de tiempo.
- ¡Te escuché!
- Este…
Ambos nos giramos a la vez; taladré con la vista al chico, un tipo de ojos verdes, y casi tan pálido como yo mismo. Nunca antes lo había visto por esos lares, e intuí que Horo tampoco.
- Horokeu Usui, ¿no?
También, estoy seguro, alzamos una ceja al mismo tiempo; personalmente, era la primera vez que veía a alguien llamando a Horo por su nombre completo, aparte de mis supuestos tíos. Y aunque me gustaba dicho nombre, consideré que éste no sonaba bien en labios ajenos.
- Sí, soy yo.
- Mucho gusto. Me llamo Lyserg Diethel. Seamos amigos.
Su afable mirada recayó sobre mí; tenía ojeras parecidas a las mías, aunque el olor de su sangre me llegaba lo suficientemente potente como para cerciorarme de que no era como yo.
Era un humano que dormía poco, como yo en el pasado, como el mismo Horo en la actualidad.
- Eh… Claro, por qué no.
Ladeé una sonrisa al percibir cierta ironía en la respuesta de mi vecino y amigo; aunque no sin una sensación amarga, puesto que adiviné su pasmo, tras años de malas relaciones, de tan directa proposición de amistad.
Sin embargo, absteniéndome de pronunciar palabra, me permití únicamente dedicar al intruso una mirada poco hospitalaria, hasta que, tras un par de palabras amables dedicadas a Horo, por fin se marchó.
- ¿Quién demonios era ese?
- Tu nuevo amigo.- me puse de pie, Horo dijo algo a lo que no puse atención y me siguió hasta el pasillo.
- ¿…, eh? ¿Estás celoso, Ren?
Soltó una risita que, deduje, había quedado como único vestigio de su añeja amistad con Asakura, y yo medité por algunos segundos. No lo estaba, no podía estarlo. Era una idea tan ridícula, que la estaba considerando porque, sencillamente, no la había concebido anteriormente.
- Hola, Ren. Horo.
- Usui para ti.
Apoyándose contra la pared, Allen sonrió con sorna, permitiendo entrever lo engañosa que era su apacible apariencia. Aborté mi inicial ademán de de dejar a Horo hablando solo, desplazándome hasta quedar junto a él.
- Sólo quería advertirte.
Un vistazo fugaz me bastó para ver que Horo mantenía una expresión neutral, casi inocente, y que ya no era tan vulnerable ante las palabras de aquel chico, lo que me hizo sonreír a mi vez, hecho que pareció contrariar a nuestro interlocutor.
- ¿Sí? ¿Y sobre qué quieres advertirme?
- Sobre Yoh.
- No tengo nada en contra de Yoh.
El problema es contigo. El mensaje quedó tan claro que no hubo necesidad de palabras, y de algún modo me enorgullecí, era una especie de pequeña venganza personal, porque me había dado cuenta de que los ojos de Allen estaban fijos en mí, tal y como los míos habían estado fijos en él cuando había terminado de herir a Horo-horo.
- De todos modos, supongo que notaste que él es mi amigo. Así que no te metas con él, ni le digas cosas que no son ciertas.
- …
Horo inició su retirada, pero esta vez fue tranquila, desentendida, porque ya no tenía nada más que discutir con aquel sujeto.
Yo observé al otro chico, sin apartar la vista un segundo, cosa que pareció enervarlo: inesperadamente, cortó la distancia que Horo había marcado al alejarse por el corredor, y, siguiendo sus pasos, cometió la garrafal estupidez de halarle el brazo hasta voltearlo con brusquedad.
- ¿Alguna vez vas a responder cuando te-
Por supuesto, no pudo terminar la oración, pues mi puño llegó antes a su rostro.
Tao para ti, idiota.
Para ser mi primer golpe en tanto tiempo, resultó indudablemente certero, sin mencionar que bastante agradable de dar.
No me detuve a mirarlo, su patética imagen derrotada no me tentaba lo suficiente para gastar tiempo observándole; en cambio, yo mismo así el brazo de Horo y, adivinando sin ganas los miles de pensamientos que invadían su mente tras lo ocurrido, y que aún no se traducirían en palabras, nos dirigí hacia el patio, lejos de los problemas.
- Ren…
- Sólo camina.
Gracias por la paciencia y el apoyo. Quienes esperan la llegada de los amigos de Ren, prepararse.
