Para Bou Rocks/Squid
Y para Manfariel
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8|.Sueños. ◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦
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HOROKEU.
- Pues… si no quieres ir a tu casa, vamos a la mía.
- ¿A tu casa?
- ¿Hay algún problema con eso?
No lo había. Simplemente, era un cambio: ya era casi un ritual llegar juntos desde la escuela hasta mi ventana, como si así hubiese sido desde siempre.
Negué con la cabeza y Ren me dijo que de todos modos, sus tíos se ausentarían durante unos cuantos días.
- ¿Hubo algún problema? – pregunté con curiosidad, algo atónito por la manera en que había pronunciado el término tíos, aunque era cierto que Ren no solía hablar mucho de ellos.
Mientras subíamos la escalera de madera, él se limitó a bufar, y no insistí.
Sólo cuando Ren me empujó para que entrara, me percaté de que no sólo era la primera vez que él me invitaba a su casa; también, era la primera vez que estaba en su habitación, lo cual me provocó una extraña sensación de alegría, que fue rápidamente reemplazada por sorpresa.
- Tus paredes son oscuras.- me pasmé, viendo el color cromoso con algo de desagrado; la pulcritud de Ren rayaba a tal extremo en perfeccionismo la mayoría de las veces, que había imaginado algo así como una alcoba impecable, de muros blancos y limpios y con una cama grande y ordenada.
No obstante, en una esquina de la oscura estancia, un catre común y corriente saludaba a quienes se percataran de su discreta presencia.
Discresión, ésa era la palabra justa para definir el cuarto de Ren.
- ¿Qué, nunca habías visto una recámara sin cachibaches regados por todos lados? – me volteé al escucharlo justo detrás de mí, a pesar de que hacía una centésima de segundo que se había acercado hasta la puerta para cerrarla.
En medio de la sombría estancia, la cara de mi vecino lucía aún más pálida y sus ojos, por algún motivo, sencillamente resplandecían; aunque eso no me impidió reaccionar por la indirecta.
- ¿¡Estás diciéndome que soy desordenado!?
- Tú empleaste el término, no yo.- me dedicó una sonrisa torcida, que respondí sacándole la lengua.-Muy maduro.
- ¡¿Quieres pelear?!
- Prefiero hacer otras cosas.
Me olvidé de fingir indignación, descolocado por tan inesperada contestación.
Cuando sus dos manos se aferraron al cuello de mi camisa, no pude reprimir un fuerte sonrojo que, afortunadamente, la penumbra del cuarto se encargó de enmascarar.
- ¿Q-qué estás haciendo?
- No me agrada que alguien distinto de mí te fastidie.
Al sentir sus palabras, bajo forma de aire, chocando delicadamente contra mis propios labios, mi temperatura corporal comenzó a incrementarse, mientras el recuerdo de aquel fatídico sueño iniciaba sus estragos en mi compostura.
A pesar de una enigmática dulzura oculta contenida en la declaración, me descubrí sonriendo divertido, de repente.
- No te preocupes, estás en primer lugar.- me burlé, a lo que su propia sonrisa se ensanchó, sin perder la ironía que la caracterizaba, reforzada por la mirada déspota de su dueño.
Claro que sí, Allen ya ni siquiera me importaba, no había modo de que me pudiera fastidiar más que Ren. Imposible.
Inesperadamente, los labios de Ren se soldaron a los míos y el calor que ya sentía incrementó de manera casi inverosímil, sin mencionar que violenta, mientras un suspiro involuntario por mi parte delataba las sensaciones que tal tipo de acercamiento me producían.
Mordí su labio inferior, al tiempo que le devolvía el gesto, en cuanto una de sus manos abandonaba mi camisa y se deslizaba hacia abajo, sin un paradero fijo. De un momento a otro, mis manos jugaban con los botones de su blazer desabrochado y su lengua delineaba mis labios.
- Mh…- gemí inevitablemente, algo avergonzado, cuando sentí su lengua infiltrándose en mi boca.
Cuando nos separamos, me descubrí respirando modo menos regular que antes, menos pausado; en realidad no quería admitir que era algo nuevo sentir todo eso, tener a alguien que me provocara tantas cosas, y a quien aparentemente yo no le era indiferente.
- … - contemplé sus ojos tan inusuales. Si lo pensaba bien, era muy probable que Ren ya le gustara a un montón de chicas que jamás se habrían fijado en mí.
- No sé por qué me sorprende el hecho de que no tienes idea de cómo besar a alguien…
- ¿¡Cómo?!
Evidentemente, me descoloqué con su comentario tan fatuo y a la vez, fuera de lugar; luego pensé que era obvio que no supiera besar, nunca había tenido nada parecido a una novia, o un novio, o lo que fuera. Nunca me había gustado alguien como me gustaba él y era irritante que él se aprovechara de eso para martirizarme a su gusto.
- Ven.
Lucía tan tranquilo, a pesar de todo, a pesar de que yo solía gritar tanto y solíamos pelear tanto; en cierto modo, su aspecto era técnicamente el mismo desde la primera vez que lo había visto, y me encontré pensando en cuánto había pasado desde entonces, y en cómo había cambiado mi vida desde aquel día.
Hacía tanto tiempo que no había imaginado tener algo que valiera la pena dentro de mi existencia, mas así era; las peleas eran estúpidas, y las ganas de golpearlo se esfumaban, cuando sentía sus dedos rozando los míos y Ren me miraba con esa seriedad.
Lo prefería así, tal y como era.
Poco rato después, tuve el chance de comprobar que su cama no era tan incómoda, ni el cuarto tan desagradable; con su boca sobre la mía, me costó trabajo deducir en qué momento me había desabrochado los primeros botones de la camisa, o en qué momento me había excitado tanto como para tener que aguantar los gemidos cada vez que sus caderas rozaban las mías, mientras yo hacía lo posible por actuar tan naturalmente como él, pese a mi escasa experiencia.
Recordé – una vez más -mi sueño, recordé lo vergonzoso que había resultado aceptar el hecho de haber fantaseado con mi mejor amigo; sin embargo en esos momentos, parecía mucho menos inexplicable, aunque igual de aterrador.
Cuando sentí sus primeros besos en mi cuello, mi vista se nubló y de pronto, todo se detuvo.
†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦ N i c t o f i l i a ◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†◦†
Me senté sobre mi lugar, algo desorientado, puesto que ya estaba bastante oscuro y no recordaba cómo había terminado durmiendo.
Un rayo de luz, artificial y débil, entraba por la ventaba, delatando el polvo que flotaba atemporalmente en el aire.
Estaba solo sobre la cama, y demoré unos segundos en rememorar lo que había estado haciendo antes de desvanecerme tan de repente. Evidentemente, enrojecí en cuanto lo hice, comenzando a sentir un leve y agradable hormigueo debajo del estómago.
Me puse de pie con cuidado, bastante intrigado tanto por el motivo de mi anterior cansancio – no solía dormirme así como así, de la nada- como por un extraño calor que recorría todo mi cuerpo. Abandoné la insípida habitación a paso lento, en realidad lamentaba tener que dejar el hábitat de Ren aunque fuera momentáneamente.
En el pequeño pasillo que unía las habitaciones del segundo piso, sentí curiosidad; primero que nada, me percaté de que, desde el primer día en que había visto el interior de aquella casa, aparentemente habían construido otra habitación en tiempo record, puesto que yo sólo recordaba dos; por otro lado, hasta entonces, nunca había conocido la casa de Fausto VIII más allá de dicho pasillo y la mayoría del primer piso, la primera y única vez que había penetrado en su morada.
Ahora sí podía hacerlo, sólo para ver. No podía encontrarme con nada indebido, ¿verdad? No era como leer un diario de vida o revisar cajones. Me acerqué a la puerta más cercana a la de Ren, preguntándome si habría fetos en frascos o algo parecido – en realidad, nunca habría podido ser médico, pues la sola idea me asqueaba.
- ¿Buscas algo? - Ren susurró en el instante en que mis dedos entraron en contacto con la manilla metálica.
Me volteé, soltando enseguida la manija y topándome con las dos circunferencias doradas que encerraban sus pestañas, brillando en la penumbra.
Sonreí, sin saber por qué, sin pensarlo.
- Estaba… me perdí.
- Bien.- alzó una ceja. El calor que me colmaba no había disminuido desde mi despertar.- Debes tener hambre.
- ¿Mm?
- Hace unas ocho horas que no comes, es normal.
Era inusual, a pesar de su explicación, que se comportara tan detallista.
Le pregunté si él no quería comer algo, intentando recordar una sola vez en que le hubiera visto tragando algo sólido.
- Estoy perfectamente. Deja de ser tan sicópata, tú nunca vas al psicólogo y yo no hago un alboroto por ello, Hoto.
- ¿Qué te hace pensar que necesito un psicólogo? Además, sólo me preocupo porque eres tú, Ren.
- ¿Y eso qué tiene que ver?
- Que deberías sentirte agradecido…
Desvíe la mirada, apenado. Era obvio que me importaba, cada cosa sobre Ren me importaba más que cualquier detalle respecto a mi persona.
Como una lluvia incontrolable, recordé los momentos antes de dormirme, los besos húmedos sobre labios y cuello, el deseo incendiándome por dentro y su seguridad ante todo, incluso ante mi inexperiencia.
¿Era, acaso, que él ya sabía de qué iba todo esto? Fue como un golpe, auto-formularme tan afilada pregunta, encarar esa duda masoquista mediante la que, por primera vez, me planteé la posibilidad de que Ren hubiese estado con otra persona, antes de mí.
Él era la primera persona con la que yo estaba.
- Me complace que lo hagas porque eres tú quien lo hace. Pero no debes preocuparte por tonterías.
- … - mi espalda siendo súbitamente apoyada contra la puerta aún cerrada, me devolvió completamente a la realidad, el exterior de mis pensamientos.
Los ojos de Ren, a centímetros de distancia, se convirtieron en mi propia definición de perfección.
- Tú quisiste a alguien antes de mí.
Lo afirmó de tal manera que sólo pude perderme en recuerdos enterrados hace mucho, en donde una chica mayor que yo, con el uniforme de la escuela, entraba a mi sala por equivocación.
Allen le hablaba. Teníamos once años, ella tenía catorce. Nos hicimos amigos. Ella era mayor y tenía un novio de su edad. Le regalé una flor para su cumpleaños y él la quemó con su encendedor.
Kanna se había graduado hacía dos o tres años.
- Nunca la besé.- comenté, sintiéndome sonreír nuevamente. Una sonrisa triste, quizá.
- Más te vale.
Sintiendo su lengua entrando en mi boca, estuve seguro de que no necesitaba haber besado a nadie más.
REN.
Por supuesto que había habido otras tantas personas, antes que él; no tanto por todo lo que yo sabía en comparación suya como por el tiempo que llevaba sobre la tierra. Los ojos, el cabello, la piel, el físico, todo estaba diseñado para convertirme en miel a los ojos de insectos humanos.
Y otros como yo, también habían pasado por noches de exploración carnal en conjunto.
Pero en cuanto la imagen de azules cabellos pobló el borroso manantial de su memoria, ni siquiera mi complicidad con tantas noches de lujuria desbordante me sirvió para aplacar por completo mi espíritu de posesión; así fue que detesté su recuerdo de aquella chica, pese a que los labios de Horo jamás conocerían los de ella ni los de nadie aparte de mí.
Sellé mi decisión cubriéndolos con los míos, ahondando la profundidad casi enseguida, dejando de lado su alimentación inestable y la humana costumbre de llamar en cuanto se presentara algo que te demoraría.
Porque si de algo estaba seguro, eso era el hecho de que Horo no llegaría a su casa hasta dentro de otro par de horas.
"Posiblemente, dentro de poco se desarrollarán todos tus instintos, así que Eliza y yo tendremos que ausentarnos por algunos días."
Tomando cada una de sus manos con las mías, permití que mi tacto recorriera las venas azules y sobresalientes de la cara interna de sus muñecas, levantándolas por sobre su cabeza hasta estamparlas contra la puerta tal y como estaba su espalda.
- A-ah…
Degustando su cuello con dedicación, aplaqué su cuerpo con el mío, deleitándome con las sensaciones que parecían estarlo derritiendo debido a mi ferocidad. Era cierto, no estaba limitándome como solía; prácticamente devoraba su piel y mi cuerpo sobre el suyo provocaba contactos precisos que no eran casualidad.
- Vamos… vamos a…
Era una buena idea, retornar a mi recámara para mayor comodidad y reserva; no obstante, sus entrecortados resuellos despertaron en mí tan superior apetito, que fue imposible dar más de medio paso antes de que termináramos sobre el suelo – una de mis manos sobre la madera, siviendo de apoyo temporal; la otra, sujetando su cabeza para impedir accidentes.
Sus manos tibias sujetaron mis mejillas, delineé con mi lengua sus adictivos labios, sintiendo nuestras piernas entrelazándose; libré mis manos de sus respectivas funciones y les permití explorar más allá de lo conocido. El primer contacto con su piel por debajo de la camisa desembocó en un casto gemido.
- Aaah…
No era ciertamente claro hasta dónde se suponía que llegásemos. Lo observé con deseo; era innegable lo sugerente de su sumisión, sin mencionar que tenerlo debajo de mí comenzaba a desatar impulsos poco favorables.
Mientras que sus caricias me embargaban de una sensual ternura, un lado de mí, el más oscuro, sólo clamaba por poseerlo.
"Si lo matas, no dejes rastros."
- Veo que te diviertes, Ren.
Reconocí su voz, y numerosos cabos sueltos de pronto cobraron sentido. La misma persona que nos había estado observando hacía pocas noches se encontraba ahora sobre el alféizar de la ventana, cuya apertura, de un modo u otro, yo no había percibido.
- Debe ser el efecto del amor. Te vuelve lento.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
- Por lo menos todavía puedes reconocerme; luego de tantos siglos de traición, cualquiera diría que podría engañarte.
- Tu nueva forma es patética.
La mirada de Hao era la misma, pese a su completo cambio físico. La escasa iluminación no me impidió hallar en él rasgos curiosamente familiares que no me molesté en identificar.
Horo no estaba.
- No te preocupes, esto es un sueño.
- No te atrevas a tocarlo. – sentí las primeras oleadas de agresividad que solían invadirme en cuanto buscaba alimento; estaba más que dispuesto a atacarlo.
La amistad de siglos atrás estaba enterrada.
- Ya te lo dije. ¿Crees que eres el único que puede hacerlo? Aunque, claro, no fue mala idea usar tus poderes para atrapar al humano. No está nada de mal.
- ¿Qué es lo que quieres?
Las voces comenzaban a resonar; ya ni siquiera era el mismo paisaje doméstico ni se notaba la hora en el cielo, puesto que al ventana había desaparecido. Hao estaba sentado sobre el aire.
- Sólo soy el mensajero. Los demás quieren justicia.
- ¿Los demás?
- Oh, no me digas que a ellos sí los olvidaste; qué dirán Jun y Marion.
Fue una sacudida extraña, no reconocí enseguida lo que sucedía. Era vulnerabilidad, tan humana como antes, cuando mis venas tenían algo más que veneno.
Hao habló antes de que mi mente encontrara las palabras que quise emitir.
- Si no te hubieras marchado como un cobarde, habrías sabido que tu hermana sobrevivió. Pero sueles irte en los momentos menos oportunos.
- Entonces…
- Exactamente. Jun ya no necesita guardaespaldas, por decirlo de algún modo.
Su risa. La misma de antes.
- Algunas cosas no cambian… En fin, estás advertido.
- Hao, estoy hablando en serio, no vas a-
- Preocúpate por ti, Ren. Me alegra que usaras tu nombre real, por cierto; aunque el otro me caía mejor.
- … Dile a Jun que lo siento.
- Pronto podrás decírselo tú mismo.
- …
- Si tantas ganas tienes de cazar un humano, no te encariñes de ese modo.
Desapareció antes de que le respondiera. Todo seguía oscuro.
Abrí los ojos.
- ¿Ren?
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- Te dormiste mientras nosotros…
- Tú hiciste exactamente lo mismo.
Se sonrojó, cómo no; últimamente era fácil hacerlo sonrojar con cualquier tipo de comentario.
Dormirme en medio del pasillo sonaba mucho más extraño a que él se hubiese dormido sobre mi cama, sin duda alguna. Afortunadamente, a pesar de su usual desenvoltura, Horo era tímido en algunos aspectos.
- Ren…
- ¿Aún tienes hambre? – tras sentarme, le miré.
Preocupación mal disimulada.
- Bueno, al final nunca comimos.
Nos encontrábamos sobre el suelo desde que me había despertado, acostado boca arriba y con Horo sentado junto a mí. Él no tenía cómo saber que era la primera vez que despertaba en mucho tiempo.
Entonces recordé mi sueño, que en el lenguaje que yo conocía, no era sino un mensaje premonitorio completamente intencional. Mis palabras salieron por sí solas.
- Quédate a dormir.
- ¿Que me quede…?
- No va a venir nadie, así que no van a molestarnos.
- ... C-claro. Tengo que llamar a mi casa y…
- No te preocupes por la ropa, no es ningún problema.
- … - las imágenes que sacudieron su imaginación consiguieron sacarme una sonrisa.
Me levanté rápidamente, observando de reojo sus labios incendiados y su ropa a mal traer.
Si bien era peligrosamente tentador, conseguí ponerme de pie y alejarme un par de pasos.
- Ven. Bajemos a comer algo.
- Dirás a que yo…
- Sï, a que tú comas; apresúrate.
Ya en la cocina, le permití explorar el refrigerador pese a sus protestas defendiendo estúpidas costumbres humanas relacionadas a la privacidad de las casas ajenas. Era tan absurdo que, de no ser porque tenía algunas cosas en que pensar, me habría llegado a reír.
- Ren, deberías comer.
- ¿Es enserio? – sus ojos rehuyeron los míos, pero vi cómo sus labios formaban una mueca bastante infantil- ¿Vas a seguir insistiendo?
- Es que… ¡tal vez te desmayaste o algo! La verdad es que me preocupé cuando te caíste sobre el suelo y no te despertabas, no creí que realmente te hubieras dormido. ¡Ni siquiera respirabas!
- Tengo el sueño muy pesado.- la sangre agolpada en sus mejillas tras su honesta declaración comenzó a disminuir.- Come lo que quieras y luego llama a tu casa, ¿bien?
Mientras mordisqueaba un sándwich – flojo-, lo vi curiosear por la impecable cocina.
"Si tantas ganas tienes de cazar un humano, no te encariñes de ese modo."
Encariñarse… no era una palabra que me describiera.
La imagen de Hao me llenó de una efímera rabia, que se disipó en cuanto, parado frente a mí – me había recostado contra el horno apagado-, Horo, terminando de masticar el último bocado, me tocó la mejilla con su tibia diestra, mientras sus grandes ojos, que se veían más azules que nunca por estar justo debajo de la lámpara de la cocina, me escrutaban con devoción.
- …
- …
- Y yo soy el distraído. – murmuró; la sutil caricia concluyó, no así la calidez que había provocado- Eres un fraude, ¿lo sabías?
- No me digas.
El tono sarcástico fue tan evidente, que supe que lo captaría aún siendo él…
- Sí te digo.
- …
- ¿Dónde está el teléfono? Voy a llamar antes de que me fastidien…
… pero, una vez más, logró sorprenderme, en cuanto la sonrisa que curvó me pareció lo más bello que había visto.
Gracias por leer.
