El día
fatídico se acerca
y los sueños,
torpes, se mueren
igual que se funde la nieve
cuando despierta la primavera
- ¿Ahora escribes?
- No escribo. Sólo dibujo palabras.
- Ergo escribes.
- Déjame un rato en silencio.
Voces,
terror y silencio,
miedo al oscuro futuro.
¿Qué
pasará con mi mundo?
Se romperá, como
el hielo.
- ¿Te encuentras bien?
- Perfectamente.
- ¿Entonces?
- ¿Entonces qué? ¿No puedo escribir?
- Sí, puedes; pero...
- Entonces, déjame escribir.
No
debería estar haciendo ésto
y en
cualquier caso lo seguiré haciendo
aunque se
me eche encima el maldito tiempo,
asesino
silencioso de los sueños.
- Te lo digo en serio. Tú no estás bien.
- Sí, lo estoy.
- Ése no eres tú.
- Sí, lo soy.
- No te creo.
Nervios, nervios, todo son nervios,
agujas
que hieren la vida,
desamparada, sometida
a
la cruel tortura del tiempo.
- Deberías dejarlo.
- No quiero hacerlo.
- En serio, es preocupante.
- ¡Calla! Sólo quiero seguir escribiendo
- Deberías estar estudiando.
- Lo sé.
- Me repito: es preocupante.
Maldita conciencia,
maldito
remordimiento,
maldito todo...
¡Que
se pare el tiempo!
