La letra en cursiva marca los diálogos que da Rowling en las Reliquias Mortales.
Disclaimer: Ningún personaje es mío. Tampoco los escenarios. Yo solo pongo el drama.
Primavera. Abril de 1971
Allí estaba otra vez. Una tarde más, como todas desde que comenzase a salir el sol y dejase de llover a todas horas, Lily había llegado al parque. Esta vez, como otras muchas, con su hermana Petunia. Sí, al final había logrado averiguar quiénes eran, su apellido, dónde vivían. Si no fuera porque apenas contaba once años, cualquiera podría haberlo encontrado realmente enfermizo.
Severus se sentó en el suelo detrás de un arbusto y las contempló mientras se columpiaban y charlaban. Le encantaba oír a la menor de los Evans hablar, tenía una voz alegre y dulce, sin los chillidos que a veces soltaba su hermana mayor ni los habituales sonidos sollozantes o quejumbrosos que a veces les oía a otras niñas de su misma edad y que lo sacaban de quicio. No, Lily era como una personita adulta en miniatura. La encontraba fascinante, desbordaba buen humor, cariño e inteligencia por todos los poros del cuerpo, combinación de la que nadie que él conociese podía presumir como podría, pero no lo hacía, la pelirroja.
Y, por otro lado, no tan importante pero sí muy destacable, estaba el hecho de que consideraba a Lily Evans terriblemente guapa.
Ella, ajena a su pequeño espía y todo lo que en él despertaba, hacía su vida como siempre. Iba al colegio, se peleaba con su hermana por ver la televisión, corría por la calle y jugaba con sus vecinas. Y, al mismo tiempo, seguía desprendiendo ese aura de poder que había llamado la atención del joven Snape un puñado de meses antes.
Severus quería acercarse a ella, hablarle, presentarse, dejar de mirarla a escondidas imaginando cómo podría cambiar su vida si al fin lograse hacerse su amigo, pero no encontraba el valor necesario. Siempre había sido introvertido, se había encerrado desde siempre en sus libros, su casa, la fortaleza en la que vivía con su peor enemigo pero que, al y al cabo, lo protegía del mundo exterior. Ese mundo que no sabía lo que él era y que no llegaría a aceptarlo nunca.
- ¡Mamá te lo ha prohibido, Lily!
- ¡Pero si no pasa nada! Mira esto, Tuney, mira lo que hago.
Severus asomó la nariz un poco más para ver mejor. Lily sostenía en la palma de la mano una flor mustia, de las caídas del matorral tras el que él se encontraba, y la hacía abrirse y cerrarse en capullo con sólo tocarla. Severus la miró embobado, Lily ni siquiera se concentraba en lo que hacía, simplemente la energía salía de su piel con la misma naturalidad con la que le sonreía a Petunia en ese momento.
- ¿Cómo lo haces? – acabó preguntando la morena con curiosidad.
Snape decidió que esa era una oportunidad tan buena como cualquier otra para darse a conocer y salió de su escondite sin meditarlo. Si lo hubiese hecho, lo hubiera dejado correr una vez más. Como hacía siempre que tenía la posibilidad de acercarse a ella.
- Creo que está bastante claro, ¿no?
Las dos niñas lo miraron sorprendidas. Instantáneamente, Lily cerró la mano, escondiendo la flor y clavó sus ojos verde esmeralda en él, con el entrecejo levemente fruncido. Una mirada igual a la que había lanzado a su ventana la tarde en que él la vio por primera vez. Como si hubiese en él algo que no pudiera identificar.
- Sé lo que eres – añadió él, dirigiéndose sólo a la pelirroja.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó ésta y su expresión se borró de golpe.
- Eres… una bruja.
- ¿Te parece bonito decirle eso a una chica? – espetó ella ofendida.
Tanto ella como su hermana cruzaron una mirada y echaron a andar, dándole la espalda y con la intención de abandonar el parque. Severus, sonrojado por la reacción que Lily había tenido ante sus comentarios. Cuando las dos niñas se marcharon, él se dejó caer en un columpio, frustrado. Nada había salido como a él le hubiese gustado. Había esperado cierta complicidad por parte de la pequeña Evans, que lo reconociese como parte de su mundo, aunque aún no supiese muy bien qué significaba.
Se balanceó ligeramente mientras le daba vueltas a todo eso. Comenzaba a refrescar y el sol se estaba ocultando. Seguramente su hora de llegada a casa ya habría pasado hacía un buen rato, su madre estaría preocupada y su padre dispuesto a ponerle un buen castigo (y Severus sabía qué tipo de castigo podía esperar de alguien como él), pero le dio bastante igual. Todas las ilusiones que había tenido hasta entonces se habían desvanecido con la misma velocidad de un parpadeo.
Sólo le quedaba volver a intentarlo.
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