Por sutiles indirectas plagadas de pasión.

Dicen que de nuestros errores aprendemos, pues bien, yo he cometido miles y sigo sin saber de que forma hacer que te dejes sacar la ropa.

Ese día fui hasta ti contando dar los mismos treinta pasos antes de acorralarte contra la pared. No puedo siquiera enumerar las veces que pasado por la misma situación y en cambio, sé perfectamente que siempre son tres los botones de tu camisa los que me dejas desabrochar antes de querer golpearme.

Recuerdo que todo marchó como siempre. Perdiéndome en la suculencia de tu cuello palpaba tu pecho en busca del primer botón, mordisqueando tu oreja me dirigía al segundo, probando tus labios terminaba con el tercero. Sin embargo, aquel día las cosas resultaron, después de todo, diferentes; besar tu frente mientras reposaba mi mano libre en tu mejilla me dio acceso al cuarto.

Luego, sobando mi cabeza me pregunté cómo llegar al quinto.